La Bestia de Carmen Mola

La Bestia de Carmen Mola

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La novela “La Bestia”, de Carmen Mola, ganadora del Premio Planeta 2021. ¡Enhorabuena!

Premio Planeta 2021

La novela ‘La bestia’, escrita a seis manos, gana el #PremioPlaneta2021. El galardón, dotado por primera vez con un millón de euros, ha sido entregado por los Reyes a ‘Carmen Mola’, cuya identidad por fin ha sido revelada.

Sinopsis de La Bestia:

De manera magistral, Carmen Mola teje, con los hilos del mejor thriller, una novela frenética e implacable

Corre el año 1834. En un Madrid asolado por la epidemia del cólera, sus habitantes se enfrentan a una terrible bestia que asesina a niñas de baja condición social. Un thriller histórico brutal, impactante.

…..

Estamos ante una mezcla de novela histórica y thriller que fue presentada a concurso como Ciudad de fuego firmada con el seudónimo Sergio López.

La bestia está ambientada en 1834 en Madrid, durante la epidemia de cólera que castigaba la ciudad. En esta situación se producen una ola de asesinatos de niñas pobres, que aparecen descuartizadas. Un periodista, un policía y una niña intentarán desentrañar el enigma que se esconde tras este misterioso crimen.

Siguiendo el estilo de Carmen Mola — el seudónimo bajo el que publican Antonio Mercero, Agustín Martínez y Jorge Díaz—, la obra está plagada de asesinatos y terror.

 

SOBRE EL AUTOR DE LA BESTIA

Carmen Mola

Carmen Mola nació en la primavera de 2017, en Madrid, cuando los autores Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero decidieron lanzarse a una aventura de creación colectiva que cristalizó en una primera novela, La novia gitana, a la que seguirían La red púrpura y La nena. A lo largo de estos años, los tres autores han continuado con sus proyectos personales, tanto novelas como guiones.

Jorge Díaz (Alicante, 1962) es autor de las novelas Cartas a Palacio y La justicia de los errantes, entre otras, así como de series de televisión como Hospital Central.

Agustín Martínez (Lorca, 1975) es creador de series como Feria, la luz más oscura o La Caza (Monteperdido y Tramuntana), y autor de las novelas Monteperdido y La mala hierba.

Antonio Mercero (Madrid, 1969) ha llevado en paralelo la escritura de guiones de cine y televisión (Felices 140Hospital CentralHache) con la publicación de novelas, entre cuyos títulos se encuentran Pleamar o El final del hombre.

POR QUÉ LEER LA BESTIA

  1. Esta obra ha obtenido el Premio Planeta de Novela 2021.
  2. Desde la publicación de su primer libro, Carmen Mola se ha convertido en un fenómeno literario que ha revolucionado el mundo editorial. Con numerosas ediciones, su trilogía de Elena Blanco ha cautivado a miles de lectores.
  3. La Bestia es una novela intrigante, adictiva, violenta, con una exhaustiva labor de documentación que nos traslada a un Madrid costumbrista, una ciudad llena de contrastes y en permanente evolución. Una novela dickensiana pasada por la trituradora de Carmen Mola.
  4. El estilo directo, sin rodeos, está presente a lo largo de toda la obra, dotándola de una capacidad de evocación que permite al lector trasladarse sin dificultad al Madrid de mediados del siglo XIX.
  5. Sorprende en la lectura encontrarnos con un Madrid histórico en plena epidemia, tan lejana a la de 2020, pero tan similar a ella.
  6. Redonda, sin fisuras, atractiva y adictiva, que hará las delicias de los lectores.

 PREMIOS

Premio Planeta de Novela Ganador Edición 2021

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La Bestia

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Primera parte
SOLO
¿Por qué me dejas y desapareces?
¿Y si yo me interesara por otra?
¿Y si ella de repente me conquista?
El vestido de novia le queda estrecho, huele a naftalina y, aunque hace tiempo debió de ser blanco, ahora es de un color indeterminado, entre crema y amarillo. La de hoy no era, desde luego, la boda con la que Valentina soñó a sus quince años. El vestido es de Ramona, la madre del hombre con el que se ha casado, un novio que ni le ha concedido un beso cuando el funcionario que oficiaba la boda les ha dicho que ya eran marido y mujer. Ramona, su suegra, es seca y antipática, más corpulenta que ella, pero a Valentina las costuras del vestido casi le revientan porque está embarazada de cuatro meses. No sabe por qué su esposo ha aceptado casarse con ella cuando está esperando el hijo de otro.
Valentina se quita el vestido. Su ropa interior es vulgar, de mercadillo. ¿Cuántas veces había pensado que para su noche de bodas se compraría lencería como la que las chicas del club usaban con los clientes? En lugar de eso, lleva unas bragas blancas y un sujetador que no hace juego, que a duras penas alcanza a sostener unos pechos que no paran de crecer con el embarazo. Su propia imagen le causa pena y rechazo.
A pesar de todo, sabe que es mucho más atractiva que Antón, su marido, un hombre pequeño, retraído, con poco pelo pese a su juventud, con mirada huidiza y olor agrio, como si pasara días y días sin ducharse y su sudor se contagiara de la peste a cerdo que no abandona la nariz de Valentina desde que ha llegado a la casa. Una casa que será la suya, supuestamente, para siempre.
Ella tiene veintitrés años, como mínimo cinco más que su ahora marido, y su cuerpo, si no se hubiera empezado a deformar por el embarazo, sería muy armonioso. Su rostro menos, no puede ocultar los rasgos indígenas de casi todas las bolivianas. Nunca había pensado que eso fuera feo, pero a los españoles no les gusta. Si supieran cuántas cosas no le gustan a ella de los hombres que ha conocido en este país.
No ha encontrado ni una mínima porción de suerte desde que llegó a España: quería abrir su pequeño negocio, pero tuvo que servir en una casa en la que el marido abusaba de ella cada vez que se quedaban a solas hasta que la señora, que algo se debía de oler, la despidió sin explicaciones. Después fue de trabajo en trabajo hasta llegar a su boda, y no sabe si su vida será feliz y tranquila o ha cometido su peor error. No pide tanto, se habría conformado con una casa que no oliera a porquerizas y un marido más guapo, más hombre y más agradable que Antón. Pero nada ha salido bien y lo único que ella creyó que era una buena noticia —la posibilidad de casarse— la ha traído hasta este pueblo, hasta esta casa, que no es mucho mejor que la que dejó en Cotoca, cerca de Santa Cruz de la Sierra, donde nació y donde su padre construyó un hogar con sus propias manos.
Las bodas en su tierra se preparan con tiempo, se bebe mucha cerveza y se come carne de res hasta hartarse; las invitadas llevan polleras y sombreros y ellos se atavían con sus mejores galas; se contrata a un grupo musical que interpretará el vals para que lo bailen los novios, es un día feliz… En la boda de Valentina no ha habido invitados, solo ella y Antón, y Ramona y Dámaso, los padres del novio, que oficiaron como testigos; tampoco sonó la música ni arrojó nadie arroz o pétalos de flores sobre los recién casados. El banquete ha consistido en unos refrescos en el bar de la plaza con un plato de frutos secos y una ración de calamares a la que ha invitado Aniceto, el dueño del bar, feliz de que una novia entrara en su local: es el único que le ha dado la enhorabuena a Valentina y ha gritado un tímido «¡Vivan los novios!».
Ahora está sola en la habitación, su marido no ha entrado con ella. Pensaba que querría consumar el matrimonio nada más llegar, pero, por lo visto, prefiere esperar a la noche. Aunque lo cierto es que Antón, en el breve noviazgo que han mantenido, o por decirlo mejor, en la mera pantomima que ha formado el preludio de la boda, no ha mostrado nunca el menor ademán de desearla.
—En media hora está la cena, no te retrases.
Ramona ha entrado sin llamar, la ha encontrado así, mirándose al espejo en bragas y sujetador. Aunque no ha hecho ningún comentario, la ha ignorado con desprecio. En la media hora que falta para cenar, a Valentina no le dará tiempo a ducharse y quitarse el olor a naftalina del vestido y la sensación de suciedad que la envuelve, pero no se atreve a contrariar a esa mujer.
A Antón no lo conoció hasta hace quince días. Quien fue a verla al club de carretera en el que trabajaba —no, ella no era una de las chicas de alterne, solo la que fregaba los suelos, los baños y las copas— fue su padre, Dámaso.
—Si te casas con mi hijo, te saco de aquí —le propuso—. No somos ricos, pero no te va a faltar de nada.
—Estoy embarazada.
—Le daremos nuestro apellido a tu hijo.
Nada más. Ella ni siquiera preguntó a qué se dedicaban, solo pensó en que el bebé que esperaba —todavía no sabe si será niño o niña— viviría en una casa normal, no en un club de carretera rodeado de prostitutas, y en que no pasaría las necesidades que ha pasado ella.
De cena hay albóndigas y Valentina debe reconocer que están exquisitas, las mejores que ha probado nunca. Apenas se habla en la mesa, tan solo Dámaso, su suegro, le explica que lo más importante allí son los cerdos, que de ellos viven todos; le detalla las horas a las que hay que darles de comer, las tareas de limpieza que le corresponden y los cuidados que necesitan los animales…
—Estas son las costumbres de la casa —concluye.
Para Valentina eso no son costumbres, son reglas. Y por el silencio de los demás cuando Dámaso las enumera, son reglas de obligado cumplimiento.
Ya en la alcoba, tras la cena, espera a su marido. Piensa que ahora sí querrá yacer con ella y se prepara, se pone un camisón que le regaló una de las chicas del club, uno que usaba con los clientes y que, según le dijo, encendía a los hombres.
—Haz que te desee, agárralo por los huevos; si lo consigues, da igual de dónde haya salido, te cuidará para siempre.
El verdadero padre de su hijo nunca la cuidó, es un viajante que pasó una noche por el club, no sabe su nombre ni por qué se acostó con él, ni siquiera está segura de que pudiera reconocerlo si lo volviera a ver. No necesita que nadie le explique la falta de delicadeza de los españoles, ya lo ha comprobado, es lo que espera esta noche de su marido. Pero Antón, al parecer, es diferente: entra en el cuarto —al olor a cerdo se le ha unido el olor a vino—, no se molesta en darle las buenas noches ni un beso, se acuesta y se duerme.
Valentina también intenta dormir, pero le resulta imposible, es su noche de bodas y se siente frustrada. Son las tres de la mañana cuando decide salir de la habitación. Recorre la casa a oscuras y se da cuenta de su temeridad. En apenas unos días se ha casado y se ha recluido en un lugar alejado de todo el mundo, con un hombre que le provoca repulsión y con unos suegros autoritarios. ¿Cómo ha sido tan ingenua para meterse en la boca del lobo de esa forma? Trata de quitarse de la cabeza esos miedos. Antón solo es un joven timorato, poco a poco lo irá suavizando, lo intuye. A cambio ha conseguido encontrar una estabilidad para dar a luz a su hijo. ¿Qué vida le iba a proporcionar ella si no tenía ni un céntimo?
Sale de la casa al enorme campo iluminado por la luz de la luna. Su paseo la lleva hasta las porquerizas. Quiere convencerse de que un día amará este lugar, lo considerará su casa. Se pasea por el pasillo frente a las jaulas donde duermen los cerdos. De repente un ruido la sobresalta. Un animal parece haberse lanzado contra la puerta de la jaula, que ha resonado metálica. Ella se asoma para mirar y, en las sombras de la noche, le parece ver que lo que hay dentro de esa jaula no son cerdos, son dos hombres desnudos y encadenados.
—Hola —le dice el que se ha lanzado contra la puerta.
Se está masturbando, un hilo de baba se le escapa de la boca; el otro está en cuclillas y se ríe. Apenas puede verlos bien, solo por su voz se ha convencido de que son personas, no animales. Pero oye otra voz a su espalda.
—¿Qué haces aquí?
Es Dámaso, su suegro.
—Si vuelves a faltar a las normas, acabarás también ahí, en la jaula.
Valentina se abraza instintivamente el vientre para proteger a su hijo.
Capítulo 1
El bar está lleno, los clientes son españoles en su mayoría, pero también hay grupos de chinos y algún turista distraído. La decoración, eso sí, es completamente asiática: lámparas y colgantes coloridos con exóticas letras chinas y un muñeco de esos que parecen un gato y mueven el brazo en señal de saludo. Por debajo de todo eso queda el bar de siempre, de los de barra de estaño y mesas de formica, de los que tendrían ceniceros de Cynar o de Martini si todavía se permitiese fumar. Los vecinos de Usera ya se han acostumbrado a vivir en un lugar al que en otras ciudades se llamaría Chinatown.
A Chesca no le importa que en este bar, que en tiempos llevaba Paco, un segoviano al que conocía desde que llegó al barrio, haya esos letreros en chino y hasta un Buda junto a la caja registradora. El camarero de ojos rasgados que atiende ahora le sirve los mismos cafés descafeinados manchados, las mismas cañas bien tiradas y unos callos a la madrileña que superan los de los mejores tiempos. Tiene un nombre impronunciable, así que, para los clientes españoles, ha heredado el del primer dueño del bar: Paco. Además, Paco, aunque sea chino, es del barrio, habla español como cualquiera.
—Paco, dame una lata de cerveza para llevar y dime qué te debo.
—Hoy estás invitada, ¿no te quedas? Todavía no empieza la fiesta.
—Me voy a casa, que tengo conjuntivitis y ni siquiera tenía que haber bajado. Solo he venido para desearte feliz año del cerdo.
—Gracias, pero yo he nacido en Madrid, en La Milagrosa. Para mí el fin de año es en Nochevieja… Esto son cosas de chinos —se ríe.
Chesca se quedaría más tiempo para disfrutar del ambiente, pero el bar está atestado y a ella le escuecen los ojos. Además, mañana se tiene que levantar temprano, está citada como testigo en los juzgados de la plaza de Castilla por el caso de una red de trata de blancas que ha desmantelado la Brigada de Análisis de Casos. Son las obligaciones que debe atender por ser la coordinadora de la BAC —solo coordinadora, no jefa, como le repite siempre Rentero—. La discusión que ha tenido hace un par de horas con Zárate tampoco le ha dejado cuerpo de fiesta. Pensaba que iban a cenar juntos, pero él se ha largado con sus amigos y le ha dado plantón. Ni la misma Chesca entiende por qué se ha enfadado tanto con él: son adultos, que cada uno haga lo que le dé la gana. Y sin embargo…
Antes de salir del bar, se aparta y cede el paso a un grupo de hombres disfrazados de dragón y que bailan al ritmo de la música que marcan los tambores y una especie de panderetas. No sabe cómo van a caber todos en el local, pero los de dentro les hacen sitio; ya le dijo Paco que cuanta más alegría y más alboroto, mejor suerte tendrían para el año que entra.
La calle también está abarrotada, pero encuentra un lugar tranquilo en el que se pone el colirio que le recomendó esta tarde Buendía para los ojos. Abre la lata de Mahou y le pega un largo trago mientras mira los disfraces y escucha la música, los aplausos y los petardos. Se le acerca entonces un hombre, es español, pero le habla en chino.
Zhuniáng Jíxiáng.
—No he entendido ni una palabra —le contesta ella sonriente.
—Pues espera, que te lo repito —tiene que coger un papel que lleva en el bolsillo y volverlo a leer—. Zhuniáng Jíxiáng.
—¿Y qué quiere decir?
—Un chino me acaba de prometer que así se dice buena suerte para el año del cerdo. Pero vete tú a saber, lo mismo quiere decir rollitos de primavera o cerdo agridulce, estaría bien: feliz año del cerdo agridulce. Me llamo Julio.
—Yo Chesca.
Se dan dos besos, formales. Chesca se fija en Julio, es alto, fuerte y bien plantado, aunque va vestido de una manera un poco antigua, con una trenca verde con el forro naranja. Podría decirse que es un hombre guapo, además le ha parecido que tiene sentido del humor.
—¿Vives por aquí? —le pregunta ella, extrañada de no haberse cruzado nunca con él. Madrid es muy grande, pero en los barrios, los madrileños tienen la falsa sensación de que todo el mundo se conoce.
—No, soy nuevo en Madrid. Profesor de instituto, me han dado plaza en uno muy chungo en el barrio —Julio se arrepiente enseguida de lo que ha dicho—. Perdón, ahora me dices que tú estudiaste en ese instituto y me da algo.
—No te preocupes. Yo llegué a este barrio ya de mayor. Y, además, fui a las monjas.
—No sé qué es peor.
—Las monjas —se ríe Chesca.
Le compran cuatro latas de cerveza y una bolsa de patatas fritas a un vendedor ambulante chino y se acercan a la plaza de Julián Marías. Allí, en el lado contrario a la calle de Marcelo Usera, donde hierve la fiesta del fin de año chino, hay unos bancos tranquilos en los que se pueden sentar.
—Lo que yo les digo a los chicos es que si están allí, en clase, es porque han elegido llevar una vida distinta a la de los que se quedan en la calle, a la de los que van al parque de Pradolongo a pasar el día entre cervezas, porros y pastillas.
Ella no está de acuerdo, pero teme empañar el principio de seducción con una discrepancia muy marcada. Así que opta por una protesta tibia.
—¿Tan malo es ese instituto? Yo soy casi del barrio y no lo veo tan chungo, es un sitio difícil, pero no es el peor de Madrid, ni mucho menos.
—Quizá haya cambiado desde que tú estudiaste… Yo les insisto en que deben tener la cabeza bien alta por seguir en clase, porque esa ha sido su elección.
A Chesca le sorprende lo que le cuenta Julio: está apropiándose de una escena de Michelle Pfeiffer en Mentes peligrosas. Hasta podría decir la frase exacta de la película: «No me esconderé de la muerte, cuando vaya a la tumba iré con la cabeza alta y el espíritu fuerte, siempre hay elección». Pero le hace gracia, quizá ese chico guapo y un poco redicho considere que repetir la frase de una película es una buena forma de ligar. A ella le viene bien un poco de distracción, necesita olvidarse por un rato del trabajo en la BAC, del juicio al que tiene que ir mañana y de su enfado con Zárate. Necesita vaciar la mente y el chico parece un buen candidato para un desahogo, de manera que detiene su parloteo con un beso.
—¿Vives lejos? —le pregunta.
—Un poco —contesta él, más aturdido que ansioso.
—¿Has traído coche?
—No, he venido en metro.
—Vamos en mi moto.
Sería más cómodo subirlo a su casa, pero no le apetece, no sea que al final Zárate suspenda su quedada con los amigos, se presente y la encuentre en la cama con un hombre al que acaba de conocer. Mejor no arriesgarse.
Llegan en su moto hasta la plaza de las Comendadoras, aparcan allí y suben a un apartamento muy pequeño. A Chesca le escuecen los ojos, así que entra en el baño y se pone el colirio. Le llama la atención que no haya objetos personales en el lavabo o en las repisas de cristal, pero no se para a pensar, solo quiere tener sexo, es la primera vez en mucho tiempo que lo va a hacer con alguien distinto a Zárate y siente un cosquilleo por la espalda.
Julio la espera con una botella de vino abierta y una copa servida. Se ha quitado la camisa y a Chesca le gusta lo que ve. Nada más brindar empiezan a besarse. Él es diestro con las primeras caricias, con las primeras maniobras para desnudarla. Parece que quiere imponer un ritmo lento, pero Chesca se desnuda de golpe porque prefiere un polvo rápido y volver a su casa. Lo empuja contra la cama y al sentarse sobre él nota un mareo muy fuerte. Se tumba, él la abraza, la besa y ella se deja llevar mientras su cabeza le dice que algo va mal… Él baja con la boca hacia su sexo y el mareo de Chesca se confunde con una oleada de placer. Entrecierra los ojos, pero los abre de nuevo porque una sombra ha cruzado por la habitación. Está segura de haberla visto. Sobre su consciencia debilitada se posa una sensación aterradora: no está sola con Julio en ese lugar. Unos gruñidos la alertan. No son los de Julio, vienen de otro punto del dormitorio. Abre los ojos y ve una silueta que recorta la luz de las farolas: hay un hombre apoyado en el quicio de la puerta, mirando la escena como si nada. Y, al pie de la cama, dos cabezas presencian cada movimiento con la fijeza de los hipnotizados.
Chesca quiere resistirse, huir, pero sus músculos y su voluntad ya no responden.
Capítulo 2
En la entrada, sentada en una silla, inmóvil, con la mirada fija en algún punto de la pared, hay una mujer con aspecto andrógino. Lleva un traje masculino, gris oscuro: americana, pantalón y chaleco, una camisa blanca, de la que asoman los puños con gemelos rojos, y una corbata a rayas, de las clásicas de las universidades inglesas, con nudo Windsor. Tiene el pelo corto, con los lados y la parte de atrás casi rasurada. Pese a todo, pese a sus aparentes esfuerzos por parecer un hombre, no logra ocultar que es una mujer muy bella.
—Está esperando a Chesca —informa Buendía a Orduño desde detrás de la puerta de vidrio, con cuidado para que ella no lo oiga—. Tendrás que hacerte cargo tú hasta que llegue. ¿Sabes quién es?
—Sí, es la nueva. Ayer Chesca me avisó de su llegada. Pero se suponía que la iba a recibir ella.
—¿La sobrina de…?
Orduño asiente sin necesidad de que Buendía diga el nombre. Tras la marcha de Elena, el comisario Rentero le ofreció a él coordinar la BAC. Fue él mismo quien rechazó el cargo y recomendó que este fuese para Chesca. Rentero insistió en todo momento en que era un puesto provisional, hasta encontrar a la persona correcta; nunca ocultó que su verdadero interés era la vuelta de la inspectora Elena Blanco. Hasta la fecha, Chesca ha hecho una gran labor, todos creen que antes o después superará la interinidad. Recibir a la nueva es solo uno de los inconvenientes del cargo, pero hoy le va a tocar a Orduño, el que se puso más en contra de que la aceptaran cuando supo quién era.
—Buenos días, ¿Reyes Rentero?
La mujer se pone en pie y se cuadra marcial.
—Soy yo.
El gesto es tan exagerado que Orduño se pregunta si no habrá algo de mofa en esa solemnidad.
—Tranquila, esta es una brigada especial. Las formas son más… relajadas.
No sabe si besarla o no, así que le tiende la mano. Ella se la estrecha, aprieta con fuerza, un apretón masculino.
—Esperaba encontrarme con la subinspectora Francisca Olmo.
Orduño sonríe; nadie llama Francisca a Chesca, supone que es el nombre que sale en los documentos del Ministerio, pero en la BAC ha desaparecido por completo. Hasta en su placa dice Chesca Olmo.
—Verás, hay un problema, Chesca está en los juzgados y no sabemos a qué hora va a llegar. Como supongo que no te quieres quedar ahí sentada todo el día, te atenderé yo. Soy también subinspector, me llamo Orduño.
—A sus órdenes.
—Ya te he dicho que no es necesario, aquí se trata a todo el mundo de tú y sin protocolo, tranquila. De momento, lo que vamos a hacer es tomar un café, te presento a la gente y charlamos, ¿te parece?
—Como usted mande.
—De tú. Y no mando nada. Aquí solo manda tu tío.
Pese a su hieratismo, Reyes no ha podido evitar una mueca de disgusto al oír nombrar al comisario Rentero. Orduño no lo siente, Reyes está en la BAC por enchufe, tendrá que ganarse la simpatía de todos.
En la sala común, Mariajo recorta una noticia entusiasmada, tiene varios periódicos de provincias sobre la mesa. No espera a que le presenten a la nueva, habla amistosa en cuanto entra.
—Mirad: «Un científico chino anuncia la creación de agujeros negros en laboratorio».
Ha leído el titular con un aire tan risueño que Reyes se siente invitada a contestar.
—¿En un laboratorio? Qué barbaridad.
—Ya ves, pues ya lo he recortado de seis periódicos y estoy segura de que mañana lo sacarán otros tantos. No sé de dónde habrá salido la noticia, de alguna oficina siniestra en Siberia, allí es donde se crean los bulos. Soy Mariajo, tú debes de ser la sobrina del comisario.
—Soy Reyes.
—Yo soy Buendía —se presenta el otro ocupante de la sala—. No hagas caso a Mariajo, no hay oficinas siniestras en Siberia, se inventa ella misma las noticias y las pone en circulación.
Buendía se acerca a darle dos besos y Reyes los acepta. Nadie ha hecho comentarios sobre su aspecto, aunque ninguno esté seguro de cómo comportarse. Si como lo haría con un hombre o como con una mujer. Para todos ha sido un alivio que ella parezca no darle importancia.
Mariajo la agarra del brazo con algo de brusquedad, pero ella consigue que esos gestos parezcan cordiales.
—Te enseño la máquina de café, parece sencilla, pero tiene truco.
—Gracias. ¿Es verdad que la noticia esa se la ha inventado usted?
—Claro. Agujeros negros en laboratorios, imagínate qué disparate. Pero yo no sé quién hace los periódicos, verdaderos analfabetos.
—¿Y qué gana con eso?
—Van todos los recortes al álbum, algún día sacaré a la luz todos mis bulos. Va a caer el prestigio de más de un medio y me estudiarán en las universidades de periodismo de todo el mundo —se ríe Mariajo y nadie sabe si lo dice en serio o en broma.
Entra Zárate, trae el semblante preocupado. No se quita la cazadora, se planta en medio de la sala y cuando habla no parece dirigirse a nadie en concreto.
—¿Ha venido Chesca?
—Hoy tenía la citación en los juzgados —contesta Orduño.
—No ha comparecido.
Orduño lo mira con un gesto de incredulidad.
—No es posible. Llevaba toda la semana preparando su declaración.
—Vengo de los juzgados, no ha ido, el fiscal está que trina. ¿No ha llamado? ¿Nadie ha tenido noticias de Chesca en toda la mañana?
Barre la sala con la mirada y ahora están todos incluidos en la pregunta. La respuesta que llega es un silencio teñido de estupor, de incomprensión y algún atisbo de alarma. Hasta Reyes comprende que no es momento de mostrar su desparpajo y saludar al recién llegado. En esos instantes se quiere hacer invisible o camuflarse en el archivador o con la máquina de café. Ya se presentará ante Zárate cuando se haya rebajado la tensión.
—No es propio de Chesca faltar a una citación judicial —dice Buendía.
—Y menos en un caso que ha llevado ella.
La apostilla es de Mariajo. Zárate asiente con gestos furiosos, como reprochando a sus compañeros que en lugar de espantar su preocupación le añadan varias paletadas. Chesca desarticuló una red de trata de blancas tras varios meses de investigación. Es la testigo principal en el juicio que empezaba hoy. Su incomparecencia le viene de perlas al abogado de la defensa.
—¿La has llamado al móvil?
Orduño sabe que es una pregunta retórica, es evidente que la ha llamado, pero quiere buscar a tientas algo que aplaste la aprensión que ya nota dentro de él.
—Más de veinte veces. No lo coge.
—¿Has ido a su casa? —Mariajo está inquieta.
—He llamado al timbre, he pegado la oreja a la puerta. Nada.
—¿No tienes llaves?
—No —responde molesto.
Reyes junta las piezas en tres segundos. La asunción general de que Zárate tiene un juego de llaves de la casa de Chesca le permite deducir que los dos mantenían o mantienen una relación sentimental. Pero Zárate no tiene llaves de esa casa, luego la relación es menos seria de lo que todos creían.
Se suceden las conjeturas, las alarmas, las cautelas, puede que algún vecino tenga llaves, no podemos entrar en su casa sin permiso, ¿y si anoche le dio un ataque de algo y está muerta en la cama?
—¿Y si está con un tío en la cama después de una noche de sexo? —dice Mariajo con brutalidad, como para zanjar la cuestión—. Para abrir la puerta por las buenas debe dar la autorización un juez. Y no nos la van a dar solo porque Chesca no responda al móvil.
—Y el plantón en el juzgado, no te olvides de eso.
—Aun así, es poco, Zárate.
Él asiente. Sabe que es imposible conseguir la orden. Pero se le ha metido la preocupación hasta lo más hondo, la angustia se está anudando en su estómago.
—Ayer era el año nuevo chino en Usera —dice Orduño—. Me dijo que pensaba darse una vuelta.
Antes de hablar, Buendía corrobora la información con un gesto.
—A mí también me lo dijo. Estaba con los ojos irritados, pero no era nada grave, le recomendé un colirio.
—Qué manía de automedicarse —Orduño niega con la cabeza.
—Soy médico. Aunque me haya especializado más en los muertos que en los vivos, soy capaz de recetar un colirio si hace falta.
Zárate se mete en el despacho de Chesca. Escruta cada rincón, como si en alguna mota de polvo pudiera hallar la clave de lo que está pasando.
Reyes nota cómo se espesa el ambiente según avanzan las horas. De momento, su llegada al cuerpo —después de lo mucho que le costó convencer a su tío, al que no le bastaba con que ella tuviera el mejor expediente de la Academia— no es como ella se imaginaba. Sabía que la mirarían con prevención por ser la sobrina de Rentero, el jefe de todas las unidades operativas, pero eso no le preocupa, está segura de que está plenamente preparada para trabajar allí y pronto lo demostrará. Lo que no esperaba era vivir en esta especie de estupor que ha causado a todos la desaparición de Chesca.
—Supongo que ya te han contado a qué nos dedicamos en la Brigada de Análisis de Casos —Orduño no sabe de qué otra cosa hablar con la nueva.
—Me han contado, pero prefiero que seas tú quien me dé su versión. Si no te importa.
—Pues a ver cómo te lo explico. Somos un departamento que sirve un poco para todo, desde casos que se atascan, investigaciones mal hechas o inspectores que no están siendo muy profesionales con su trabajo, hasta archivos antiguos que se abren de nuevo por algún motivo. Es decir, aquí puedes investigar una red de trata de blancas en León un día y un asesinato de 1984 el día siguiente.
—¿Mucha acción?
—No tanta. Si querías acción tenías que haber pedido otros cuerpos.
—No, estoy bien aquí —responde Reyes enigmática—. Unos días necesito acción, pero otros prefiero la tranquilidad.
Zárate ha ido a dar una vuelta por Usera, a hacer preguntas aquí y allá. Paco, el dueño del bar que ella frecuenta, la vio por allí, tomando una cerveza. No notó nada raro. Pregunta a los vecinos, al dueño del bazar en el que compra bombillas, pilas y cosas así. Pero no obtiene ninguna pista.
Decide regresar a la BAC y coger el toro por los cuernos.
—Quiero entrar en casa de Chesca.
Suelta la frase sin introducciones ni saludos. Su gesto es firme, han transcurrido unas horas y siguen sin noticias. Esta vez no habrá debates éticos sobre si se puede allanar o no una morada.
—¿Preparo una petición para el juez? —se ofrece Orduño.
—No. Prefiero a Rentero. Nos vale con su permiso. Es un caso especial. Pero le he llamado y no está en su despacho, tampoco coge el móvil.
Los ojos de todos se vuelven hacia Reyes. Pero es Zárate quien avanza hacia ella.
—¿Sabes dónde está tu tío?
—¿Esa es tu forma de saludarme en mi primer día de trabajo?
Zárate la mira fijamente y trata de contener un brote de ira. ¿Quién es esa mocosa que le habla en ese tono cuando hay una compañera desaparecida? Reyes aguanta la mirada. Entiende que Zárate pueda estar nervioso, pero eso no le autoriza a ser maleducado con ella. Además, se tiene que defender, tiene que poner barreras o nunca dejará de ser la sobrina de Rentero.
—¿Dónde está tu tío? —insiste Zárate.
—Ni puta idea, soy policía, no la sobrina de nadie.
Mariajo disimula una media sonrisa y decide mediar antes de que la sangre llegue al río.
—Yo me entero de su agenda.
Después de un par de llamadas y de hablar con otras tantas secretarias del Ministerio, de su misma edad, como si hubiera una red de sexagenarias que se ayudaran unas a otras, Mariajo llega con la respuesta.
—Rentero está en el Casino de Madrid, el de la calle Alcalá. Hay un acto para conseguir fondos para escuelas en Myanmar.
—Voy al Casino a por ese permiso —dice Zárate—. Y tú te vienes conmigo.
Señala a Reyes.
—¿Yo?
—Sí. Quiero que me ayudes a ablandar a tu tío.
Capítulo 3
Chesca tiene un sueño extraño, un sueño en el que huele a estiércol. No consigue despertarse, pero sí recordar, en el duermevela, la noche anterior: el desfile de los chinos, las cervezas con Julio, el paseo en moto hasta las Comendadoras y, desgraciadamente, a los otros tres hombres a los que descubrió mirando mientras ella y su acompañante practicaban el sexo. Cree que la violaron, pero no consigue recordarlo. Por un instante, lo único real es el olor, ese olor a cerdo.
Por fin logra abrir los ojos, le arden, le duele la cabeza, la conjuntivitis ha ido a más, pero eso no es lo peor: está desnuda y esposada a la cama por las muñecas y los tobillos. Tira de los brazos y de las piernas, obscenamente abiertas, pero hasta el más mínimo esfuerzo le causa un dolor severo. La estructura de la cama es fuerte y apenas se mueve con el zarandeo que intenta provocar.
Cierra los ojos y, aunque parezca imposible, se vuelve a dormir. Cuando se despierta no sabe cuánto tiempo ha transcurrido, si unos segundos o unas horas. Sigue sin poder poner orden en todo lo que le pasó desde que ese chico guapo, pero vestido como lo haría un joven de los setenta, la abordó en la calle de Marcelo Usera. Al llegar al piso, después de que ella se metiera en el baño para ponerse el colirio, la esperaba con una copa de vino. Pensar en el vino le provoca arcadas, así que, aunque sea un método nada científico, supone que ahí estaba el sedante o lo que fuera que le dieran. El escozor de los ojos le resulta insoportable, pero sabe que en este momento la conjuntivitis es el menor de sus problemas.
Mira alrededor, incorporándose todo lo que le permiten las ataduras y sus músculos doloridos. Está en una especie de sótano, hay ventanas altas, pero están tapadas con cartones. Lo poco que se ve es gracias a la luz que entra por las rendijas que han quedado al cubrirlas. En la penumbra distingue algunos bultos, tal vez cajas y muebles viejos. A algunos metros de los pies de la cama hay una escalera que sube y una puerta arriba. Esa es la puerta que deberá alcanzar si quiere salir con vida.
Intenta concentrarse en la zona de la vagina. ¿Siente dolor, irritación? Tal vez así pueda saber definitivamente si la violaron o no, pero no nota nada especial. Quizá lo que le dieron le hizo abandonarse tanto que no tuvieron que forzarla en absoluto, quizá se conformaban con mirar cómo tenía sexo con Julio. No hay nada en su mente desde el momento de terror al ver a esos tres hombres rodeando la cama hasta que se ha despertado atada. Le viene como un alud una palabra: la «manada». Pero tal como huele allí —el olor no era parte del sueño— debería decir la piara.
A medida que se calma, aunque el dolor de cabeza no remita y los ojos le sigan escociendo, va pensando con más claridad. ¿Cómo pudo ser tan poco precavida, cómo pudo ignorar las señales de alerta? Julio se acercó a ella y le contó una escena de película haciéndola pasar por una ocurrencia suya, como si llevara un guion preparado; en el baño del piso al que la llevó no había objetos personales, ahora se da cuenta de que en el salón tampoco. Julio no la llevó a su casa sino a un apartamento alquilado, probablemente un apartamento turístico donde ya estaban esperando los otros tres. Inventa una teoría: son cuatro hombres que mandan al guapo a ligar con una mujer cualquiera, después la violan entre todos y desaparecen. Le ha tocado a ella como podía haberle tocado a otra. Y si ha caído en la trampa ha sido por la rabia: estaba tan obsesionada por olvidarse de que Zárate le había prometido acompañarla y le había dado plantón que olvidó las cautelas más elementales. La rabia, el odio, no dejan pensar, siempre lo ha sabido; todo lo que ha salido bien en su vida ha sido cuando ha hecho las cosas de manera consciente, hasta las más extremas.
La del guapo ligón y los feos violadores es una teoría que estaría bien, que tendría lógica. Cuando las cosas tienen lógica y se entienden son tranquilizadoras. Pero no es el caso. Si solo hubieran querido violar a Chesca, no la habrían trasladado a este lugar que huele a estiércol, no la habrían atado así, desnuda a la cama. ¿Qué es lo que pretenden hacerle?
No puede juntar a la rabia y el odio el miedo; si lo hace, no tendrá opciones de salir de allí.
Capítulo 4
Reyes ha estado muchas veces en el Casino de Madrid, siempre en fiestas y celebraciones. De hecho su padre, el hermano de Rentero, es socio. Al que se le nota que no está acostumbrado a esos ambientes es a Zárate, que mira un poco impresionado la magnífica escalera de honor.
En cuanto el portero se le acerca le enseña su placa.
—Soy el subinspector Ángel Zárate, de la Brigada de Análisis de Casos de la Policía Nacional.
—Llamaré al director.
—No hace falta que le moleste, solo quiero hablar con el comisario Rentero, está en un acto para recaudar fondos.
—Lo siento, subinspector Zárate, no estoy autorizado a dejarle pasar. Si habla con el director no habrá ningún problema.
Reyes da un paso al frente.
—Basilio, tengo que hablar con mi tío. Es solo un momento.
—Sabes que no está bien entrar así, Reyes —protesta el portero.
—No te enfades, nos marchamos enseguida y no vamos a robar los ceniceros.
La disculpa viene acompañada de una encantadora sonrisa que desmiente la brusquedad de su traje masculino y su corte de pelo agresivo.
—Están en el Salón Real. No hagas que me arrepienta de dejarte entrar.
—No te preocupes.
El portero se aparta y ahora es Zárate el que sigue a Reyes, que le va indicando el camino hacia el lugar de la recepción.
—¿Por qué no has dicho que le conocías?
—No lo has preguntado.
Nada más entrar en el Salón Real —el mejor del Casino, de estilo neorrococó, con imponentes vidrieras, lámparas, un friso de mármol de Benlliure y valiosas pinturas, entre ellas una de Julio Romero de Torres—, Zárate localiza a Rentero hablando con una mujer mayor. Están en un cóctel de palabras murmuradas, con alguna risa que levanta el vuelo de cuando en cuando sin desbaratar el tono civilizado y un tanto irreal de las conversaciones. Reyes no entiende por qué no se acercan sin más dilación al comisario. Zárate se ha quedado en el umbral, paralizado, como si un acceso de miedo o de pudor le impidiera adentrarse en la sala. O como si hubiera visto un fantasma. Y en cierto modo es así: enmarcada entre una escultura griega de Palas Atenea y un hombre orondo de chaleco y leontina está Elena Blanco. Luce un elegante vestido largo en color crema y la sonrisa tensa y artificial que muestra a su interlocutor se relaja de pronto al ver a Zárate y se convierte en un gesto espontáneo de sorpresa, un gesto risueño, curioso y feliz, el de los reencuentros con los viejos amigos. Se aproxima a Zárate abriendo los brazos, una efusión que en ese ambiente de expresiones controladas y escuetas resulta casi obscena.
—¡Qué sorpresa!
—Eso digo yo. ¿No estabas viviendo en Italia?
—Pasando una temporada nada más —corrige—, ya tenía ganas de volver a Madrid y mi madre me ha liado para organizar un evento benéfico, conseguir dinero para unas escuelas en Myanmar.
Al decirlo ha señalado a la mujer que acompaña a Rentero, una dama de elegancia exquisita. Pese a su edad, es una mujer bella, con esa belleza altiva que solo tienen los ricos. Al comisario se le tuerce el gesto cuando ve al agente de la BAC y a su sobrina, que ha ganado posiciones con disimulo y se ha situado junto a Zárate. El olfato de Rentero le dice que hay problemas, lo último que le apetece cuando le acaban de servir un exquisito amontillado, un Versos 1891 de Barbadillo. Se acerca a ellos.
—No esperaba encontrarte aquí, Reyes —dice Rentero sin disimular el fastidio—. Tampoco a ti.
Zárate trata de sofocar un sentimiento desagradable. Ha venido con el apremio de abordar al comisario y de repente se siente molesto con él por haber interrumpido su conversación con Elena. Es solo un segundo de desconcierto, pero un segundo muy intenso en el que se produce un reajuste inmediato de las prioridades: hay que encontrar a Chesca cuanto antes. Le cuenta lo sucedido, el plantón en el juzgado, la falta de noticias, la preocupación general de que le ha podido pasar algo. Rentero escucha con impaciencia y puede que sea su mal humor el que hable por él cuando le quita importancia al asunto. Lo achaca a la presión del cargo —«aunque Chesca es la coordinadora, no la jefa», puntualiza, como dejando bien claro que ninguno de ellos está a la altura de la dirección de la brigada— y está convencido de que aparecerá en cualquier momento.
—No es normal que no se haya presentado en el juzgado. Ese caso lo llevó en persona y ahora los acusados podrían quedar en libertad —discrepa Zárate.
—No vamos a allanar un domicilio, a rastrear su móvil o a entrar en sus cuentas de correo electrónico solo porque haya conocido a un hombre y se esté corriendo una juerga —concluye Rentero sin la menor delicadeza.
Reyes nota que con esa frase pretende dar carpetazo al asunto, pues ya está amagando la retirada. Lo agarra del brazo.
—Tío, es solo entrar en su casa y comprobar que está todo bien. No vamos a poner el piso patas arriba.
Rentero la mira con las pupilas brillando de indignación. No hay asomo de parentesco en esos instantes, no es su tío, es un superior que no va a consentir el menor contacto físico con una becaria.
—Les ruego que nos dejen seguir con el acto. Me alegro de que mi sobrina Reyes esté en la brigada, seguro que se va a convertir en una excepcional policía.
Rentero se aleja.
—Qué hijo de puta —murmura Zárate. Nota que Reyes enarca una ceja—. Con perdón.
—No te preocupes por mí, yo tengo mi propia opinión de él.
—Así que tú eres sobrina de Rentero.
—Y tú la mítica Elena Blanco.
—No tengo nada de mítica, créeme.
—No sabes lo que se cuenta de ti en la Academia.
—Prefiero no saberlo.
Zárate carraspea. Está intranquilo.
—Elena, ayúdame. Sé que a Chesca le ha pasado algo grave.
—Ya no soy policía, Ángel.
—Pero eres su amiga. O por lo menos habéis sido compañeras durante años. ¿Eso no significa nada?
Elena ve a su madre llamándola con un gesto.
—Lo único que puedo hacer es darte mi opinión. Chesca jamás habría faltado a una obligación con el juzgado. Siempre ha sido muy responsable. Y tampoco es normal que no dé señales de vida durante un día entero.
—¿Me dices eso y te quedas tan tranquila?
—¿Qué quieres que haga?
—Ayúdame a encontrarla. Te necesito.
Elena esquiva una nueva mirada de su madre, fría como el acero, una mirada que envía un mensaje muy claro: deja de hablar con esos dos desharrapados y vuelve a tus obligaciones sociales.
—Entra en su casa —dice Elena con resolución—. No importa lo que diga Rentero. Ve ahora mismo a casa de Chesca y entra.
—¿Sin autorización?
—Sin perder un segundo.
—Esta no eres tú. Siempre has sido escrupulosa con las normas.
—Pero ya no soy policía. Y es Chesca, tú mismo lo has dicho. Es una compañera.
Zárate asiente.
—Y ahora me tienes que disculpar, me reclaman.
—Ven conmigo. Vamos a buscar a Chesca. Los dos juntos.
—No puedo.
Zárate la mira fijamente, como si así pudiera penetrar en esa resistencia que ella ha construido.
—Lo siento. Seguro que aparece pronto. Me alegro mucho de verte —Elena se vuelve hacia Reyes—. Y a ti te deseo lo mejor. Para aprender, estás en el mejor sitio de toda la policía.
Reyes sonríe con gratitud. Elena se mezcla con el grupo de su madre, bajo cuya sonrisa se puede adivinar un reproche amargo que esperará su momento para ser pronunciado.
Zárate y Reyes cruzan la sala hacia la salida. Ella sonríe, por fin ha conocido a la famosa inspectora Elena Blanco y no le ha defraudado. Él camina enfurruñado, colocando como puede el impacto que le ha causado el reencuentro con la antigua jefa de la BAC.
Elena atrapa una copa de vino blanco y lamenta que en estos actos tan elegantes haya que beber a base de tragos cortos. Ella vaciaría la copa de una sola vez para intentar sofocar el incendio que le ha provocado la aparición de Zárate. Por su presencia rotunda, su olor, su voz. Por los problemas que le ha contado. Problemas que forman parte de su otra vida, la que ya había superado. Esa vida ha vuelto de repente con todos sus contornos. Ahora, solo alargando la mano puede tocar con los dedos un pasado que ella consideraba muy remoto.
Capítulo 5
El primer trámite al llegar a Usera es inspeccionar el garaje. Ya lo ha hecho por la tarde: allí estaba el C3 de Chesca, pero no su moto, una Honda CBR 500R. Nada ha cambiado. En la plaza número dieciséis solo está aparcado el coche. Desde la BAC han cursado la orden de buscar la moto, pero de momento no hay noticias. La inspección del garaje obliga a reconstruir los pasos de Chesca con una luz que Zárate se resiste a encender. Ella quería pasear por el barrio y celebrar el año nuevo chino. Y es cierto que lo hizo, o al menos un testigo la vio por allí. Pero entonces, ¿por qué cogió la moto? ¿Qué imprevisto surgió de pronto para que ella cambiara sus planes? ¿Por qué se hizo necesaria la moto cuando el plan consistía en pasear por el barrio y disfrutar del ambiente?
El piso de Chesca podría albergar las respuestas. Es imprescindible allanar ese espacio privado, Zárate lo sabe. También sabe que debe entrar solo. Nota la excitación de Reyes por la aventura, el morbo de verse inmersa en un drama en su primer día de trabajo, pero no quiere meterla en problemas.
—Voy a entrar solo. No quiero que esto te salpique, vete a la BAC.
Reyes se lo queda mirando como si acabara de pronunciar una ristra de insultos.
—No me trates como si fuera una niña. Yo entro contigo.
—Hazme caso, un expediente no le viene bien a ningún currículum.
—Me arriesgaré. Bastante bueno es ya mi currículum.
Zárate suspira en un gesto de paciencia. No tiene tiempo de entretenerse con explicaciones, cada segundo puede ser importante.
—Te estoy dando una orden. Vuelve a la BAC y espera a que te llame.
Reyes se aleja con las manos en los bolsillos del pantalón, caminando a buen paso y abriendo ángulos a izquierda y derecha con cada zancada. Zárate tiene la impresión de que en cualquier momento va a patear una papelera o una señal de tráfico. Pero no lo hace.
Desde el garaje hay un acceso a la escalera que él ha usado varias veces. La puerta del piso no está blindada. Y además no hay un cerrojo que se interponga en la maniobra de Zárate con la ganzúa. Chesca debió de salir tan enfadada de casa que ni siquiera se detuvo a cerrar con llave.
Zárate pisa el recibidor y al instante comprende que ese lugar está vacío. Se lo dice el instinto, pero también el silencio y el recogimiento extraño, como expectante, de los objetos. Los cojines aplastados, la manta que cuelga del sofá, las dos latas de cerveza que se bebieron por la tarde.
Es un apartamento pequeño, con muebles de Ikea, con pocos adornos personales a la vista y apenas libros. Hay varios trofeos de carreras de motos y un saco de boxeo en un rincón. Zárate recorre ese lugar que ha visitado tantas veces y trata de contener la aparición de los recuerdos que pese a todos los esfuerzos se van agolpando en su cabeza. La alfombra en la que retozaron la primera tarde que él estuvo allí, la cocina en la que prepararon juntos unos pimientos rellenos que terminaron quemados en el horno, el cuarto de baño con la ducha que los acogió tantas veces a los dos cuando les daba por desafiar la estrechez del espacio. El dormitorio, la cama con las sábanas arrugadas, su lado de la cama —porque él ya tenía un lado de la cama— mucho más alisado, esa mitad de la cama esperando su regreso como la mujer anhelante que aguarda la vuelta del soldado. No quiere pensar en las muchas horas que ha pasado en ese lugar, en las ilusiones que empezaron a forjarse allí, en una conversación en la cama después de hacer el amor. Ahora solo importa encontrar alguna pista, algo que le señale el camino que lleva hasta Chesca. Hay una botella de vino francés en la mesa del comedor, con un lazo morado a modo de adorno. Una botella sin abrir para celebrar algo que nunca sucedió. En el armario de la entrada, detrás de las chaquetas, está la pistola de Chesca. No salió de casa para algo relacionado con su trabajo, piensa Zárate. Se la habría llevado.
No hay nada en el piso que haga pensar en una escena violenta. Ni el ojo más entrenado encontraría allí algo sospechoso. Solo podría llamar la atención la botella de vino francés para alguien que conociera bien a Chesca, que no era aficionada al vino y apenas bebía alcohol más allá de alguna que otra cerveza. Pero esa botella de vino francés no contiene la respuesta a un posible acto criminal, contiene las lágrimas de un desengaño amoroso.
Suena el timbre y Zárate imagina a Reyes alejándose por la calle, caminando como un ánade y dándose la vuelta de repente para volver a la misión de la que había sido injustamente relegada. Le da la impresión de que no le va a molestar esa desobediencia. El piso está lleno de recuerdos y de fantasmas, casi agradece algo de compañía. Pero no es Reyes quien ha llamado a la puerta. Quien entra es Elena Blanco.
—¿Algo sospechoso?
Zárate sonríe y la deja pasar.
—Me alegro de verte.
—No te la has encontrado muerta en el váter con un infarto, eso es una buena noticia.
—Estoy muy preocupado, Elena.
Ella entra y se fija en los detalles decorativos, en las fotografías que adornan la pared del salón, recuerdos de algún viaje exótico y también de alguna quedada de moteros. En una de las fotos sale abrazada a Zárate, en un paisaje de cerezos en flor.
—Eso fue en el Jerte —dice Zárate.
Elena no dice nada. Sigue inspeccionando el salón. Se fija en las dos latas de cerveza vacías y las señala con una interrogación.
—Ayer estuvimos juntos un rato por la tarde.
Se fija ahora en la botella de vino. Zárate menea la cabeza, no sabe por qué hay una botella tan cara en la mesa del comedor. Elena continúa con la inspección del piso. Los detalles, los hallazgos y las conjeturas van formando un magma en su interior. Ya se solidificará, no tiene prisa para armar sus deducciones. En el cuarto de baño hay un vaso con dos cepillos de dientes.
—¿Uno de esos cepillos es tuyo?
—Elena…
Zárate se siente incómodo con la situación, quiere deslizar alguna explicación que no sabe si le va a quedar como una frase de disculpa o como una petición de respeto a su parcela privada.
—No me interesa cotillear en tu intimidad —le interrumpe Elena—. Solo quiero saber si podría haber entrado alguien más aquí. Es importante.
—Ese cepillo es mío —dice Zárate.
—¿El azul o el verde?
—Elena…
—Déjalo.
Ya no se conforma con la inspección visual. Elena abre armarios, levanta cojines, aparta muebles. En el cajón de una cómoda encuentra una tablet sin contraseña.
—Déjamela —Zárate le quita la tablet.
Con un clic abre la galería de fotos y empieza a borrar imágenes.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta Elena.
Zárate no responde. Continúa con la mirada fija en la pantalla. Elena le quita la tablet.
—Dámela, no quiero que veas el contenido —protesta él—. Es privado.
—Chesca desapareció anoche y tú estuviste con ella bebiendo cerveza a las ocho de la tarde. Si quieres que te ayude, tengo que saberlo todo.
Zárate se resigna a que ella vea las fotografías. Elena no comenta las imágenes que va pasando. Zárate desnudo en una pose grotesca, Zárate en la cama con una planta cubriendo sus partes íntimas, Zárate desnudo con una botella de zumo de naranja en la mano y la puerta de la nevera abierta.
Una llamada rompe el momento de incomodidad y él se apresura a sacar el móvil de su chaqueta. Es Mariajo. La moto de Chesca ha aparecido tirada cerca de la M-30, en un descampado junto al Ruedo.
—Que vaya Orduño y se entere de cómo ha llegado hasta allí. Y que se lleve a la nueva.
Cuelga. Elena sigue mirando fotos, actúa como si no le interesara el hallazgo en la investigación.
—Ha aparecido la moto de Chesca en un descampado —dice Zárate.
—Lo he oído. Esto no me gusta nada.
—¿Te refieres a las fotos?
Elena le mira con asombro. Le tiende la tablet.
—Escúchame bien, Ángel. No me interesa si pensabais casaros y tener hijos o solo echabais un polvo de vez en cuando, lo único que quiero es averiguar dónde está Chesca. Cuéntame el último caso en el que habéis trabajado.
Zárate intenta hacerle un resumen rápido: hace catorce años apareció una mujer descuartizada en un vertedero de Valladolid. La investigación del caso no llegó a nada, pero, cuando la BAC lo retomó, revisaron las autopsias y los datos del expediente y dieron con un hilo del que tirar: la víctima estaba casada, pero tenía un affaire extramatrimonial; hasta consiguieron el nombre de su amante, Alejandro Cesa. Era dueño de un bar en aquella época, pero la adicción a las drogas le había hecho perder todos los negocios. Hasta hace unas semanas, estaba enredado en una red de trata de blancas dedicada a las mujeres del este. No era un mandamás en la organización, más bien un subalterno que se encargaba de vigilar a las mujeres para que no denunciaran nada. Chesca cerró así dos casos a la vez: la detención de Alejandro Cesa por el asesinato de aquella mujer y la desarticulación de la red. Dejaron en libertad a más de quince mujeres que estaban bajo su yugo.
—¿Crees que puede tener algo que ver con su desaparición? —pregunta Elena.
—No lo sé.
—De cualquier forma, pide todos los expedientes de los acusados y estúdialos uno a uno.
—No salió de casa por nada de trabajo. Se habría llevado el arma.
Le muestra la pistola de Chesca.
—¿Dónde?
Se dirigen al armario de la entrada, lleno de abrigos y chaquetas. Elena palpa las prendas, busca en los bolsillos. Saca un móvil de uno de ellos.
—Es su móvil —dice Zárate.
Elena intenta encenderlo, pero está bloqueado.
—¿Te sabes la contraseña?
—¿Por quién me tomas? No soy uno de esos celosos de mierda que espían el móvil de su pareja.
—Me lo llevo —dice guardándoselo en el bolsillo—. Me tengo que ir, si no vuelvo al Casino mi madre me va a matar.
—Espera, ¿en qué abrigo estaba ese móvil?
Elena saca una gabardina color hueso. Zárate hurga en los bolsillos. En uno interior hay algo. Un DNI. Lo estudia con interés y clava la mirada en su compañera. Ella comprende que pasa algo.
—Mira esto. Un DNI falso. La foto es de Chesca. Pero el nombre…
Elena coge el documento.
—Leonor Gutiérrez Mena. ¿Quién es esa mujer?
—Ni idea.
—¿Por qué tenía Chesca un DNI falsificado con otro nombre?
Zárate no es capaz de contestar a la pregunta de Elena.
—Llévatelo a la BAC y dáselo a Mariajo para que lo investigue.
Zárate asiente y se guarda el DNI.
—¿Hay algo que no me hayas contado, Ángel?
—No.
Elena prefiere callar que no le cree.
Capítulo 6
El Ruedo es un edificio famoso en Madrid, todo el mundo lo ha visto desde la M-30 y ha sentido respeto por ese muro de ladrillo con pequeñas ventanas que más parece una cárcel que un lugar donde vivir. Pero desde cerca, concretamente desde dentro de la espiral que forma, asusta menos. Ahí se ve colorido y ajardinado, con balcones y zonas de juegos infantiles, con jubilados sentados en bancos a la sombra y parejas de novios charlando de la mano. Cuando se construyó, a finales de los ochenta, sirvió para realojar a familias de ingresos bajos, aunque con los años ha ido perdiendo su fama de lugar prohibido y peligroso, de los que hay que evitar. Sigue sin ser el mejor lugar de Madrid para vivir, pero ya no supone marginación y tráfico de drogas, como en sus inicios.
La moto de Chesca ha aparecido en un descampado cercano, tirada en el suelo y con menos piezas de las que tenía cuando ella la sacó del garaje. Pero conserva la matrícula y eso ha hecho sonar las alarmas en cuanto un vecino del Ruedo llamó a la policía para denunciar su hallazgo.
Una pareja de la Policía Municipal custodia la moto hasta la llegada de los agentes de la BAC. Con ellos, el vecino que la encontró, un jubilado molesto con su actuación.
—Ya les he dicho a sus compañeros que la culpa la tienen los rumanos que han montado el campamento allí abajo. Pero nada, aquí la policía solo interviene si eres español; a los de fuera les ponen una alfombra roja. Todavía les darán una paga y pisos nuevos.
—No se enfade y cuénteme, que nosotros no tenemos nada que ver con lo del campamento —lo tranquiliza Orduño—. ¿Vio quién dejó aquí la moto?
—Ya le he dicho, un rumano de esos. Pero después nos echarán la culpa a los que vivimos en el Ruedo. Si es que los hay que cardan la lana y los hay que nos llevamos la fama. Aquí, en lugar de un descampado, lo que tenía que haber es un campo de fútbol.
—No te veo jugando al fútbol a tu edad, a ver si te va a dar un yuyu y estiras la pata, abuelo —le lanza, inopinadamente, Reyes.
Tanto el vecino como Orduño la miran extrañados, ¿a qué viene esa falta de respeto? Orduño no quiere hacer como que no lo ha oído.
—Perdone usted la mala educación de mi compañera. Me decía que había visto llegar a un vecino del asentamiento de chabolas…
—Mire, los vecinos del Ruedo veníamos realojados de Vallecas, del Pozo del Huevo, y el barrio nos recibió de uñas. ¿Sabe cómo se llama este barrio? La Media Legua, que todo se olvida. Nosotros nos manteníamos al margen, aunque algunos se dedicaran al trapicheo, pero aquello ya pasó. Ahora somos normales, hasta hay un equipo de fútbol, tenía que ver lo bien que juegan algunos chavales… Pero lo de los rumanos es distinto. Yo no sé por qué no los devuelven a su país en cuanto llegan a la frontera.
Orduño, como forma de pedir perdón por la bordería de Reyes, se ve obligado a escuchar la perorata del vecino antes de cortarlo.
—Le agradezco todo lo que me cuenta y se lo haré saber a mis superiores, pero ahora necesito que me ayude. ¿Sabría usted reconocer al hombre que tiró aquí la moto?
—¿Reconocerlo? No, yo no me meto en líos con esa gentuza. Que son rumanos, que no son gente como nosotros. ¿No los ha visto? Son pendencieros. Si voy con ustedes a su campamento y me pillan, no salgo vivo.
—Está bien, por lo menos díganos cómo era.
—Pues como son todos.
Hasta Orduño empieza a dudar de la sinceridad del testigo.
—¿Llegó montado en la moto?
—¿Y yo qué sé?
No parece un testigo muy fiable, tiene más ganas de echar a los rumanos que de ayudar a esclarecer algo sobre la moto.
—Vamos al campamento de los rumanos —ordena Orduño—, a ver lo que nos dicen allí…

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