La tentación de Ana de Christian Martins

La tentación de Ana de Christian Martins

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY ¿Y si lo probamos...? de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida...

DESCARGAR AQUÍ


La tentación de Ana de Christian Martins pdf

La tentación de Ana de Christian Martins pdf descargar gratis leer online

Ana es consciente de que su relación con Marcos se está yendo al traste, aunque no consigue entender por qué. A pesar de llevar a su lado más de ocho años, ella todavía sigue enamorada de ese chico que le robó el corazón en mitad de una noche entre las calles de Bilbao.

Y por si sus problemas eran pocos, todo termina complicándose cuando Leo aparece en escena. Una tentación que parece llegar en el momento más oportuno.

Una historia tan real, que la sentirás tuya.

¿Te apetece vivirla junto a Ana?

»ChristianMartins»

La tentación de Ana

»LEER»

Para Ana, Vane y Cipri.
Por estar a mi lado siempre y no dejarme caer en los peores momentos.
Sois mi salvavidas en una noche de tormenta.
Os quiero infinito, mis chicas de oro.
Hay muchos tipos de amor en este mundo,
pero nunca el mismo amor dos veces.
F. Scott Fitzgerald
1
La casa está en silencio.
Siempre está en silencio. Y soy consciente de que no tiene por qué ser malo…, en absoluto. Me encanta el silencio y pasar tiempo conmigo misma. Pero últimamente el silencio es tan asiduo que resulta abrumador.
Sé que Marcos está por aquí. No, no vivimos en una mansión. Tenemos un pequeño y céntrico piso bilbaíno que no pasa de los setenta metros cuadrados. Y aún así, no nos vemos, ni nos hablamos, ni siquiera nos sentimos. Es como si no estuviéramos juntos, como si no fuéramos una pareja real.
Es como si no nos conociéramos.
Y, en el fondo, creo que ese es el problema. Tenemos la mala costumbre de decir que las personas no cambian y que cuando dicen que lo harán, es una pantomima; pero nada más lejos de la realidad. Las personas cambian, evolucionan. Yo no soy la misma chica que era el año pasado. ¡Joder! ¡Ni siquiera soy la misma que la semana pasada!
Sí, puede que siga devorando novelitas rosas, que me encante el chocolate y que me muera por el helado de vainilla. Pero no soy la misma que era ni que fui. Y Marcos no es el mismo que conocí cuando, recién cumplidos mis veinte, se me cruzó en uno de los bares de moda de Bilbao. Recuerdo que iba vestido con unos vaqueros desgastados y una camiseta blanca que resaltaba su moreno. Estaba guapísimo. Pensé que era uno de los chicos más atractivos que había visto jamás, así que ni siquiera lo medité mucho antes de lanzarme a por él. Calculé que era mayor que yo. Él parecía un crío, pero el resto de sus amigos aparentaban entre treinta y treinta y cinco años. No me importó demasiado. Diez o quince años no suponían ningún impedimento en mi cabeza. Es más, me pareció que todo eran ventajas: más experimentado, mejor amante. Una conclusión rápida que me puso a mil por hora cuando nuestras miradas tropezaron.
Me acerqué con una sonrisa coqueta. Él me devolvió el gesto. De fondo, mis amigas se reían y decían tonterías a pleno pulmón. Sentí cierta vergüenza al girarme y verlas allí, tan niñas, tan infantiles. Me costaba encajar con ellas, pero las conocía desde siempre y las quería con todo mi corazón.
Yo era —y sigo siendo—, el bicho raro. También han aprendido a quererme y aceptarme con mis rarezas, pero nunca he ido en concordancia con ellas. Nunca he sido de discotecas, ni de música alta, ni de reggaetón. En los CD’s de mi coche uno podía encontrar desde Loquillo, hasta The Bangles. Por lo general, la música que se hizo a partir de los dos mil dejó de gustarme.
Marcos me sonrió y algo se me revolvió en el estómago. Una simple sonrisa y había despertado el deseo en mis entrañas. Él bebía un gin-tonic, yo tenía una copa de Moscato en la mano. Me presenté devolviéndole la sonrisa y, en ese instante, estuve convencida de que aquel chico me iba a encantar. Tenía ese je ne se cua que lo hacía tan irresistible. Y, por supuesto, que lo convertía en mi próximo objetivo.
Me presentó a sus amigos. Ninguno de ellos me pareció demasiado interesante. Algunos, a pesar de haber dejado atrás hacía años los veintimuchos, parecían críos. Pero Marcos era cautivador. Arquitecto, guapo, trabajador e inteligente. De buenas a primeras, no le encontré ningún defecto.
Recuerdo que me contó alguna anécdota graciosa y que yo me empecé a reír de forma exagerada. No era tan gracioso, pero quería seguirle el juego. Y a los tíos, por lo general, les gusta eso. Sentirse graciosos, deseados y el centro de atención. En realidad, ¿a quién no le gusta sentirse así? Marcos apoyó la mano en mi cintura y ese familiar cosquilleo de deseo se instauró en mi vientre. Levantó mi cabeza colocando su mano bajo mi barbilla y me besó. Solamente fue un ligero roce de nuestros labios, nada más. Mi amiga Laura empezó a silbar y a decir tonterías. Yo me reí, procurando ignorarla y centrarme en él. En sus manos suaves, en su mandíbula tensa y en la forma que tenía de aproximar mi cuerpo al suyo, atrayéndome por mi cintura.
Cerré los ojos y volví a buscar su boca. El beso, en esa ocasión, fue mucho más intenso, mucho más pasional. Dos segundos más tarde, se separaba de mí dejándome sin respiración y con ganas de más. De mucho más.
Cogí aire profundamente, esforzándome por volver a la realidad. Me sentía tan excitada que me costaba concentrarme y recordar que estábamos en mitad de un bar, rodeados por sus amigos y mis amigas.
—¿Nos vamos? —propuse.
Aunque ni siquiera sabía a dónde ir.
Por aquel entonces compartía piso con mi amiga Laura. Seguíamos estudiando en la UPV y vivíamos en un luminoso pero apartado piso en Urduliz, un pueblo de caseríos y vacas que no tenía mucha vida, pero sí la playa muy cerca. Estaba empezando con derecho, porque así lo había querido siempre mi madre, aunque intuía que iba a costarme horrores terminar la carrera. No me gustaba. Es más, detestaba cada una de las asignaturas de las que estaba compuesta.
—A donde tú quieras… —susurró en mi oído.
Cogí mi chaqueta vaquera y me despedí de mi amiga Laura. El resto del grupo siempre estaba disperso, pero ella y yo éramos un pack. Un dúo. Era plenamente consciente de que tarde o temprano nuestros caminos se separarían, pero también sabía que nuestra amistad sería de las que dura toda la vida. Éramos como la noche y el día, pero, a su vez, nos entendíamos de maravilla. Me besó la mejilla y me sonrió con picardía mientras se despedía diciéndome que me lo pasara muy bien.
Ambos salimos del bar. Era septiembre, pero hacía semanas que no quedaba rastro de aquel último verano en Bilbao. Ocho años han pasado desde entonces y sigo recordando aquel instante con cariño. Le miraba, atontada, mientras él se fumaba un cigarrillo. Me contaba que acababa de meterse en una reforma, que había comprado un piso en el centro y que hacía un año que había abierto su nuevo estudio de arquitectura. Era un chico emprendedor, muy inteligente. Recuerdo que me fascinaba todo lo que me decía. Aún me faltaba mucho para llegar, siquiera, a plantearme comprar mi propio piso. Por aquel entonces, trabajaba cuidando niños, metiendo horas en el bar del tío de mi amiga Laura y dando clases particulares a preadolescentes rebeldes. Marcos me parecía fascinante, aunque estaba convencida de que él a mí solo me veía como una cría. Una niña de veinte años que no tenía muy claro lo que quería en su vida y a la que aún le quedaba mucho para estar a su altura.
Y creo que eso fue lo que me engancharía a él en el futuro. Por aquel entonces, mientras caminábamos a las dos de la madrugada entre las calles de fiesta de Bilbao, yo no lo sabía. Pero me volvería loca por él y todo, absolutamente todos mis actos de ahí en adelante, tendrían como objetivo impresionarle.
Supongo que ese fue el problema; se me olvidó que a quien debía de impresionar, era a mí misma.
Estábamos caminando sin rumbo cuando vimos a un par de chavales que salían de un portal. Marcos se aproximó y, con rapidez, retuvo la puerta para que no se cerrase.
—¿Qué haces? —le pregunté entre risitas nerviosas.
Él no respondió, simplemente sonrió y estiró el brazo para que yo sujetase su mano. Nos adentramos en el portal. Estaba a oscuras y era grande. Bastante pijo. De esos que tenían una alfombra en la entradilla y espejos por todas partes. Nos arrinconamos en una esquina, sin encender la luz, y comenzamos a besarnos. Podía sentir las manos de Marcos paseándose por todo mi cuerpo, cada vez más impacientes. Aún lo recuerdo como si fuera ayer: yo llevaba una falda vaquera y un top blanco que le había robado a Laura del armario. Solía vestir mucho más escueta y formal, pero de vez en cuando me desmelenaba. Laura solía animarme a hacerlo, diciéndome siempre que era demasiado estirada a la hora de vestir.
Sentí sus manos frías sobre mis muslos, apretándolos. A mí me sobraba la ropa y, a él, las ganas. Pero no podíamos perder la cabeza allí, en una propiedad ajena donde cualquiera podía sorprendernos. A pesar de ello, las caricias se intensificaron. Mis manos recorrieron su torso hasta terminar peleándose con la hebilla de su cinturón. Sentía mi cuerpo apretado, oprimido. A un lado, la pared, y al otro, él. Su erección. Sus músculos, su olor…
Lo de no perder la cabeza resultó imposible.
Cerré los ojos y me rendí a él. Podía notar la fuerza que ejercía sobre mi cuerpo mientras me aupaba entre sus brazos. Enrosqué las piernas alrededor de su cintura y sentí cómo, muy lentamente, se hundía en mi interior. El placer fue… indescriptible. Me sujeté a sus hombros, clavándole las uñas en la piel. Intentaba ahogar los gritos de placer mientras mi cuerpo se movía al compás del suyo, buscando más. Pidiendo más. Anhelando más. Queriendo mucho más. Abrí los ojos un instante y vi el reflejo de Marcos en el espejo que teníamos en frente. Mis piernas enroscadas a su cuerpo, como una serpiente reptando a su alrededor. Sus piernas desnudas, morenas, y sus nalgas contrayéndose. Y, en ese instante, me vi a mí misma y mi propia imagen me fascinó. Me gustó verme de aquella forma, tan libre, tan salvaje, tan excitada. Tenía el cabello revuelto y el pintalabios corrido. Me sonreí a mí misma antes de volver a cerrar los ojos. Era mi forma de concentrarme en el placer, en sentir al máximo. Pude notar cómo su respiración se volvía más intensa y supe que, en cualquier instante, estallaría. Contraje mis músculos en busca de mi propio orgasmo cuando le sentí. Cuando explotó. Dos segundos más tarde, me rendía al éxtasis dejándome caer sobre él.
Aquella vez fue la primera vez que sentí a Marcos. Y, la verdad… Me cautivó.
Recuerdo que nos recolocamos la ropa y nos quedamos allí sentados, sobre la alfombra de aquel portal desconocido. No suelo frecuentar mucho aquella zona de Bilbao, pero cuando lo hago no puedo evitar que una sonrisa florezca en mis labios al pasar frente al número doce de la calle Ledesma.
Por aquel entonces Marcos era fascinante. Todo fuego, ganas, e imaginación.
Nos intercambiamos el número de teléfono sin demasiadas expectativas. En aquel entonces no podía imaginar que unos años más tarde estaríamos viviendo juntos, por supuesto.
—¿Me escribes? —preguntó.
Yo aferraba el teléfono móvil sin saber si, en realidad, me convenía hacerlo o no.
Recuerdo que pensé que era muy guapo. Recuerdo que me pareció demasiado tentador, demasiado embriagador.
Nos despedimos en la boca del metro con un beso fugaz, uno de esos que no prometen nada pero que cuentan la historia de una noche. Un beso de despedida, de adiós.
2
Suena mi teléfono móvil.
Es un mensaje de mi amiga Laura, preguntándome si me apetece hacer algo este sábado. Con los años el grupo de amigas se ha disipado, pero nosotras seguimos manteniendo el contacto de vez en cuando. No nos vemos de forma habitual, pero sí que solemos quedar un par de veces al mes para tomar un café. Ella es mi pilar, la cuerda que me mantiene atada a la vida real y que no permite que me hunda en mis propios pensamientos. Sí, puede que para el resto del mundo esta última frase no tenga demasiado sentido, pero para mí sí.
Trabajo desde casa. Hace tiempo que monté en la habitación que nos sobra mi propio estudio de arte, así que mi conexión con el mundo exterior cada día se disipa con más facilidad. Pinto y escribo. Poemas e ilustraciones. No esperaba que mi primer poemario fuera un éxito rotundo, pero así fue. Y, por mucho que me cueste admitirlo, todo fue gracias a Marcos. La única razón por la que quise hacer algo grande, algo diferente, algo que me hiciera destacar entre el resto de las personas mundanas, fue él. Siempre supe que yo no era como los demás, y quería que él lo viera. Quería que él me viera.
Y lo hizo, por supuesto. Aunque no fue algo que sucedió de la noche a la mañana. Mi historia con Marcos es mucho más complicada de lo que puede parecer en un principio. Todo empezó como un juego sin expectativas, sin que ninguno de los dos quisiéramos más.
Yo no me veía con él, porque en el fondo siempre estaba ese maldito pensamiento que me hacía sentir insuficiente. Tenía la sensación de que yo acababa de dejar atrás la adolescencia y que todavía no había definido la clase de adulta que quería ser en un futuro. En realidad, no había definido ni mi propio presente. Y Marcos, en cambio, tenía su vida hecha. Tenia su mundo, su estabilidad, su todo.
Respiro profundamente.
Volver al pasado siempre es doloroso, aunque se haga rememorando anécdotas felices. Resulta curioso cómo la mente humana transforma los recuerdos y los modifica a su antojo. Como disipa lo malo y potencia lo bueno. Muchas veces me pregunto si todo lo que recuerdo, es verdad. Empiezo a pensar que no lo es, que mi cabeza a distorsionado tanto el pasado que nada de lo que visualizó sucedió.
Recuerdo aquellas noches en Artxanda con Marcos. Subíamos al mirador con el coche y nos quedábamos observando cómo parpadeaban las luces de la ciudad mientras hablábamos de todo y de nada. Sobre la vida, sobre los sueños y, sobre todo, de los deseos ajenos. Marcos escuchaba mis inquietudes. No eran charlas extensas, porque antes de que quisiéramos darnos cuenta terminábamos sin ropa y en los asientos de atrás. Me encantaba esa intensidad que Marcos transmitía en el sexo, esa forma de tocarme tan perversa, esas ganas que tenía de hacerme suya. Porque eso sentía; que, por unos minutos, yo era suya y él me pertenecía a mí. Su cuerpo, sus suspiros, sus jadeos, su calor, su sudor… Nuestros cuerpos se complementaban de maravilla. Marcos me resultaba atractivo, por supuesto, pero también era consciente de que podía estar con otros tíos que físicamente, estaban mejor. Pero Marcos…, me hacía perder la cabeza con su inteligencia, con su forma de hablar y con esa calma que trasmitía siempre. A veces le escuchaba hablar y sentía que, por muy listo que se creyera, yo lo era más. Me encantaba pensarlo, porque sabía que él se sentía superior al resto en cada instante.
Eso me excitaba. Su inteligencia era lo que más me gustaba de él.
Vuelve a sonar mi móvil, devolviéndome a la realidad. Es Laura de nuevo, insistiendo en saber si nos vamos a ver el sábado o no. Le respondo que “sí” con rapidez y vuelvo la vista al cristal. Son las dos del mediodía y Marcos debería de estar en casa. Bueno, hace tiempo que ya no viene a comer conmigo. Antes lo hacía, por supuesto. Teníamos una rutina y pocas veces variaba, cosa que yo agradecía. Trabajar aquí en este estudio, me hace sentir majara. Son demasiadas horas en soledad, observando cómo las agujas pasan y como el tic-tac del segundero se me va metiendo más y más hondo en la cabeza. En silencio, sin hablar con nadie, sin siquiera vestirme ni quitarme el pijama.
Suspiro hondo y me alejo de la ventana en dirección al baño. Este piso me encanta. Ya sé que, en realidad, no es mi piso. Pero llevo tanto tiempo aquí que no puedo evitar sentirlo tan mío como suyo. En ocasiones, sobre todo ahora que la relación está tan mal, no puedo evitar preguntarme si a conocido a otra persona. Ya no queda nada entre nosotros, solamente un intenso vacío, tenso, distante y frío. Ya no quedan palabras de cariño, ni siquiera pasión. Él no lo sabe, pero anoto en el calendario las veces que tenemos relaciones sexuales. Empecé a hacerlo cuando, en las discusiones conyugales, me dejaba de loca desquiciada. Según él, todo es perfecto. Pero hacer tener sexo de forma trimestral indica claramente que algo no va bien. En realidad, indica que algo va muy, muy mal.
Debería asimilarlo. Y lo intento, por supuesto. Pero no puedo evitar preguntarme “¿qué ha sucedido?” y regresar al pasado una y otra vez, en bucle, intentando averiguar qué es lo que ha hecho mella en nuestra relación, qué es lo que la ha estropeado.
El tiempo, supongo.
Lo he visto en tantas parejas de nuestro alrededor que me duele pensar que hemos caído en lo mismo. Que no hemos sido diferentes, más fuertes. Que, al final, nos hemos aburrido el uno del otro. Nos hemos apagado. Observo la imagen que me devuelve el espejo y me doy cuenta de que estoy hecha un asco. Me lavo la cara, pero mi aspecto no mejora. Tengo ojeras, estoy despeinada y cansada. Se me aprecia muy cansada. Paso la yema de mi dedo índice por encima de mis marcadas ojeras, como si de esa forma intentara borrarlas. Hacerlas desaparecer. No parezco una chica joven de treinta años. No, en realidad, parezco mucho más mayor de lo que soy.
Cojo aire profundamente y lo suelto con lentitud, vaciando mis pulmones con ahínco mientras mi pecho se deshincha. Entonces escucho el sonido de la puerta. Es Marcos. Vuelvo a mirar el reloj y me sorprendo al comprobar que ha vuelto a casa para comer conmigo. Mierda. No he preparado nada, porque no contaba con ello.

PREPARANDO LA DESCARGA...



En unos instantes podrás disfrutar de tu libro



 

Deja un comentario:

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.