La virgen prohibida del jeque de AKASH HOSSAIN

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El sueño le llegó de nuevo. Era un asalto de los sentidos y de la memoria, una maraña de imágenes, manos que se agarraban, el mar que se ahogaba. Aarif Al’Farisi dormía con los ojos cerrados, las manos apretadas sobre las sábanas, un brillo de sudor brillando en su piel.

Ayúdame… ayúdame… ¡Aarif!

El grito desesperado de su nombre resonó sin cesar, impotente, por los pasillos del tiempo y la memoria.

Aarif se despertó de repente; sus ojos se abrieron y se adaptaron a la oscuridad de su habitación. Una pálida franja de luna proyectaba una franja de luz irregular en el suelo. Respiró hondo y estremecido y se sentó, balanceando las piernas sobre el costado de la cama.

Tardó un momento en calmar su acelerado corazón. Cada respiración cuidadosa y mesurada lo estabilizó e hizo que las sombras se retiraran. Por ahora. Se pasó una mano por el pelo revuelto por el sueño, todavía húmedo de sudor, y se levantó de la cama.

Desde el balcón del palacio real de Calistán podía ver una extensión interminable de arena iluminada por la luna, un desierto árido, hasta el río Kordela con sus diamantes, la sangre vital de Calista, mezclados traicioneramente en su limo. Mantuvo su mirada en las ondulantes olas de arena y en la promesa del río con su tesoro guardado, y dejó que su respiración volviera a la normalidad mientras un viento seco del desierto enfriaba el sudor de su piel.

Odiaba sus sueños. Odiaba que incluso ahora, veinte años después, le dejaran temblando, asustado, impotente. Débil. Instintivamente, Aarif sacudió la cabeza, como si quisiera negar el sueño. La realidad. Porque la verdad, por cruda que fuera, era que había fallado a su hermano y a su familia todos esos años, y estaba destinado a revivir esos momentos de agonía en su mente cada vez que los sueños lo visitaban.


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