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Los Amores de Lorena (Los Apostadores de Las Vegas nº 2) de Erika Fiorucci

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY ¿Un último baile, milady? de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida...

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«La autora nos regala una historia de amor preciosa. No es solo sobre el amor romántico, sino también sobre el amor propio, el amor a la familia, el amor por lo que haces» (Miriam Meza- Autora de la Saga «Las víctimas de Murphy»)

Lorena Moore tiene tres amores en su vida: Su familia, su trabajo y ganar.

Es una mujer inteligente y altamente competitiva, directora ejecutiva del equipo de béisbol de su familia: Los Apostadores de Las Vegas. Está acostumbrada a las críticas y a los comentarios condescendientes lanzados en su dirección por ser una mujer joven y bonita en un mundo dominado por hombres. No le importa porque su lema es «yo quiero, yo puedo» y le encanta demostrarlo.

Sin embargo, el amor llega a su vida sin invitación y la toma por sorpresa. No ayuda que sea un amor «inconveniente» desde el punto de vista laboral, que aceptarlo podría significar dejar ir todo lo que le ha costado tanto construir, lo que más ama.

Le tocará aprender que nadie gana el campeonato sin perder algunos juegos.

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Los Amores de Lorena

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Los Amores de Lorena
(Los apostadores de Las Vegas 2)
Erika Fiorucci
Derechos de autor © 2021 Erika Fiorucci
Todos los derechos reservados

Los personajes y eventos que se presentan en este libro son ficticios. Cualquier similitud con personas reales, vivas o muertas, es una coincidencia y no algo intencionado por parte del autor.

Ninguna parte de este libro puede ser reproducida ni almacenada en un sistema de recuperación, ni transmitida de cualquier forma o por cualquier medio, electrónico, o de fotocopia, grabación o de cualquier otro modo, sin el permiso expreso del editor.

Diseño de la portada de: Macchiato Design (@macchiato.desing)

Capítulo 1
I will survive, Gloria Gaynor
Lorena
Odio este lugar.
Aunque debo reconocer que no es por el lugar en sí, por ese frío que parece colarse hasta los huesos, por los ruidos amortiguados que esconden un barullo que nadie quiere reconocer, ni siquiera por la soledad que me hace sentir. Estoy acostumbrada a estar sola, me va mejor así.
Lo odio porque en este lugar no hay triunfo posible para mí. Las armas usuales con las que aseguro mis victorias: inteligencia, visión de negocios, el atuendo especialmente elegido para trasmitir un mensaje y el cabello peinado a la perfección que me hace lucir fría y competente, una mujer, sin lugar a dudas, pero una de temer; no sirven de nada. Tampoco el poder que heredé y convertí en mío, mucho menos mi terquedad. Aquí no hay dinero, contactos o inteligencia que puedan amedrentar a mi adversario. No pude anticiparlo y no tengo la capacidad para enfrentarlo.
Odio sentirme desamparada, no poder arreglar las cosas, no ganar.
A fin de cuentas, soy Lorena Moore y mi atributo principal es que puedo arreglarlo casi todo y siempre gano.
Es lo que espero de mí misma y lo que le enseñé al mundo entero que debe esperar de mí, pero este enemigo no es uno al que pueda enfrentarme y salir airosa, como de costumbre. No se trata de hombres mayores que me miran de forma condescendiente por ser una mujer joven y bonita en un mundo dominado por el sexo opuesto, con ellos sé cómo lidiar; también con mis cientos de empleados de los que me gané el respeto a fuerza de decisiones acertadas que nadie podía obviar.
Mi adversario es la muerte.
Miro nuevamente el teléfono, como obligándolo con la fuerza de mi mirada iracunda a que reciba un mensaje; y no cualquier mensaje sino el que espero, porque como esta situación está por encima de mis capacidades, hago lo que toda gerente competente hace: delego mi éxito en otro con más habilidades.
Mis miradas, generalmente infalibles, no funcionan con el aparato y es frustrante.
«¡Maldito Silas! ¿De qué sirve tener un primo médico si no te envía información oportuna? Si Silas fuese uno de mis asistentes…».
Pero no lo es.
No puedo controlar y ordenar a Silas como lo hago con mis empleados porque, además de que es una de las pocas personas en el mundo que no teme a los efectos de mi mirada iracunda, es mi primo, mi mejor amigo, mi hermano de la vida.
Obviamente que eso no lo salva de los regaños usuales de una mujer como yo, es decir, una con la vida perfectamente planeada y para la que los errores son una ocurrencia extraña. La mayoría de ellos los dejé en mi adolescencia, aprendí de ellos y seguí adelante.
¡Muchas gracias!
Silas, por el contrario…
Aunque su vida profesional es una hoja sin mácula: famoso médico de deportistas con su propio reality show donde los espectadores siguen paso a paso la rehabilitación de atletas de la mano de un doctor que es incluso mucho más apetecible que sus bien tonificados pacientes; su vida personal o, mejor dicho, su vida sentimental, es un desastre. Mi primo querido se enamora como un tonto y siempre la caga.
Eso no es lo peor, también es físicamente incapaz de guardar rencor a los idiotas que le rompen el corazón y tengo yo que compensar esa parte odiándolos por los dos. Es como un defecto familiar: Mi hermana Laura no odia a su ex, Bobby, que es un completo imbécil; pero Silas y yo lo odiamos por ella.
Sí, somos ese tipo de familia: Una unidad casi estilo militar, aunque el gen del buen corazón, afortunadamente, pasó de colarse en mí. No lo tengo, aunque Silas y Laura afirman seguir encontrado pruebas de su mítica existencia que yo me resisto a reconocer.
Tengo una imagen que mantener.
Una imagen de perra fría y despiadada.
Los minutos siguen caminando lentos por el reloj mientras vigilo esa puerta que no estoy autorizada a cruzar, y que conste que no recuerdo la última vez que una puerta me detuvo, lo que aumenta, si es posible, mi necesidad de comenzar a dar órdenes a mi alrededor para que todos y todo, incluyendo esos minutos perezosos que se deslizan por el reloj como si no pudiera importarles menos mi sufrimiento, se dediquen a ser más eficientes.
Sin saber por qué, tal vez porque ya estoy harta de que la puerta se burle de mí, resaltando su propia importancia, y que no llegue ninguna información al móvil; tal vez porque el paso de las enfermeras de un lado al otro y el penetrante olor a desinfectante me están volviendo loca, tanto que estoy pensando en hacer que el paso del tiempo se doblegue a mi voluntad y contratar un sicario cuyo objetivo será una puerta, miro hacia el elevador justo en el momento en que las puertas se abren.
Ni pensar que hace segundos estaba recordando los errores de la adolescencia, esos de los que aprendí y dejé atrás.
Si yo fuese una romántica, tal vez estaría pensando que esa dirección que decidió tomar mi mirada es una especie de sexto sentido o una serendipia, pero no soy una romántica, nunca. Los románticos solo ganan en los libros y a mí me gusta ganar en la vida real. Soy pragmática.
Sin embargo, prefiero considerar el romanticismo, es menos peligroso que evaluar el porqué la visión de la figura alta, rubia, barbuda y vestida con un traje de tres piezas y una corbata de diseñador que sale de ese elevador y camina hacia mí casi con desesperación, me hace respirar con algo más de alivio. Al parecer, ese oxígeno extra llega a los músculos de mis piernas que me levantan y me llevan a encontrarme con él en la mitad del pasillo sin que yo haya emitido orden alguna.
Me abraza sin mediar palabra y debo admitir, aunque no me guste, que ese abrazo me hace sentir mejor.
Max Bryce siempre ha tenido ese súper poder y lo olvidé.
«No lo olvidaste. Te negaste a pensar en ello».
Lo que sea.
Max y yo no nos abrazamos ya.
Hace más de una década que no lo hacemos.
Preferimos pelear.
—Max, mi papá… menos mal que pasé a verlo. Si no lo hubiese hecho… —balbuceo contra su pecho y aspiro su olor, ese que, aunque no lo admitiría ni frente a un pelotón de fusilamiento, me vuelve loca cuando nos sentamos en esquinas opuestas de una mesa de negociaciones porque Max usa la misma colonia desde que era un adolescente y la memoria olfativa es una perra.
Lo más seguro es que mañana me odiaré por este momento de debilidad, por mi voz quebrada, por aferrarme a él como a una tabla de salvación en medio de esta sala de espera que representa un océano lleno de criaturas que no comprendo. Es decir, por lo que consideraría, en circunstancias normales, una exhibición desproporcionada de sentimentalismo en la que casi nunca incurro, menos si hay testigos y mucho menos si ese testigo es Max Bryce porque yo ODIO, sí así con mayúsculas, a Max Bryce.
Lo he odiado por tanto tiempo que ya no llevo la cuenta.
«Se cumplieron quince años el pasado verano».
Bueno, como dije, fue hace tiempo, mucho antes incluso de que fuera directora general de un equipo de béisbol y él un agente deportivo cuyo trabajo consiste, la mayor parte del tiempo, en hacer la firma de los contratos de sus jugadores un dolor en mi bien tonificado trasero.
No obstante, ahora no estoy aferrada al Max del presente, a ese con el que disfruto tener una discusión acalorada y ganar la mayoría de los puntos posibles usando cualquier artimaña a mi alcance, sino a uno de un pasado remoto, uno que me hacía reír y también suspirar, uno que iluminaba mis días de adolescencia cuando todavía no tenía preocupaciones ni cargas, cuando solo era una niña rica que se divertía, la heredera de un imperio deportivo en Las Vegas.
Estoy abrazada a un recuerdo de una época feliz, fácil, porque en este momento lo necesito y estoy dispuesta a pagar el precio.
Encontrar a papá tirado en el suelo de la cocina, llamar a Silas, después a la ambulancia y estar sentada por casi dos horas en esta sala de espera, sola, sin nadie a quien gritar o de quién demandar soluciones, minaron mi entereza.
Si soy honesta, en este instante me siento menor que mis treinta años, me siento una niña que no comprende el mundo que la rodea, de esas que están convencidas de que su papi es una especie de súper héroe que vivirá para siempre, haciéndola saber que la quiere y que todo estará bien.
En eso sí tienen razón todos mis detractores: Lorena Moore es una niña de papi y estoy muy orgullosa de serlo.
—Todo va a estar bien, Lore. Ya verás —susurra Max contra mi cabello y casi se siente como un beso, al igual que lo hizo aquella primera vez, como lo hizo hace tanto tiempo, y una voz que se parece a una advertencia, una que me recuerda casi a gritos que ya pasamos por esto, que las adolescentes pueden equivocarse pero las mujeres adultas no; me saca de esa burbuja en la que estoy tentada a quedarme.
—¿Qué haces aquí? —pregunto separándome un poco para verle la cara. Desde que decidió dejarse esa barba que mantiene recortada cerca de su piel, Max se volvió mucho más apetecible de lo que siempre fue y ese es un juicio total y completamente objetivo porque soy mujer y tengo ojos—. ¿Cómo…?
—Silas me llamó.
Solo esas tres palabras son suficientes para que lo que quedaba del remanente del Max del pasado estalle en mil pedazos y la explosión me traiga de forma brusca de vuelta a la realidad. Esas tres palabras tienen más efecto que los gritos desesperados de mi subconsciente.
En ese pasado Max, Silas y yo fuimos los mejores amigos. Max fue mi primer beso adolescente una noche con luna llena a la orilla de la piscina y al día siguiente me envió un enorme ramo de rosas para invitarme a que fuera con él a su baile de graduación.
Tenía quince años, Max diecisiete.
El solo recuerdo me hace sonreír.
El solo recuerdo duele.
Es exasperante que todavía esos recuerdos me hagan sentir tantas cosas. Lo peor es que cuando uno comienza a recordar, las imágenes siguen pasando, un catálogo de momentos lindos que al final no fueron otra cosa que malas decisiones.
Después de la fiesta de graduación, Max fue mi novio durante todo el verano antes de partir a la universidad. Fue el primer hombre con el que estuve, el primero que me prometió cosas fabulosas, incluyendo un futuro, el primero, o más bien dicho, el único, con el que hice planes… y todo se fue a la mierda.
Tras el verano, Max se marchó como estaba previsto y aunque a mí me quedaban todavía dos años de instituto, nos prometimos que lo haríamos funcionar.
¿Todos los adolescentes son tan ingenuos?
Supongo que sí.
Antes de comenzar el curso, se me ocurrió hacerle una visita a mi primo Silas a Baltimore para contarle las buenas noticias y pedir su consejo, como siempre lo hacía en aquel entonces, y lo que encontré fue a Max desnudo en su cama y, aparentemente, esa no era la primera vez.
Max y Silas.
¿Cómo no pude ver que solo fui una tapadera para algo que Max intentaba ocultar?
En mi defensa, tenía solo quince años y a esa edad los instintos no están tan afinados.
Desde ese entonces me prometí que podría verlo todo, que nadie me anticiparía ni me tomaría por tonta otra vez. He tenido éxito con eso, al menos hasta que me topé con la muerte, con un ataque cardiaco que pretende arrebatarme a mi padre.
A Silas pude perdonarlo eventualmente. Es mi familia, el hombre más importante en mi vida después de papá; y además no sabía nada mi relación con Max, de ese noviazgo, porque al terminar la secundaria no esperó por la fiesta o el acto formal, huyó de Las Vegas buscando espacio y respuestas. Espacio de un padre que nunca fue un gran modelo a seguir y respuestas sobre su propia sexualidad.
Ese mismo perdón no pude extenderlo a Max. No le reprocho lo que es, no podría; la mentira sí no se la perdono. Jugó con mis sentimientos en su beneficio y continuó haciéndolo con Silas durante unos cuantos años más, utilizándolo para probar hipótesis sobre sí mismo.
No puedo entender cómo mi primo sigue considerando a Max uno de sus mejores amigos; cuando para mí se convirtió con el paso de los años en mi peor enemigo porque, además de que nunca se disculpó, se empeñó en perseguir una carrera como agente deportivo lo que hace inevitable que nuestros caminos se crucen, recordándome con su presencia que alguna vez existió una Lorena sonriente y confiada, tonta, estúpida.
—¿Silas te dijo algo más? —pregunto dando un par de pasos atrás, subiendo los escudos y utilizando la relación de Max con Silas para tener algún tipo de información. Siempre hay que intentar ganar algo, incluso cuando estás en una situación de mierda—. A mí no me ha dado ninguna novedad.
—Me llamó justo antes de entrar al quirófano. Si no ha salido a hablar contigo es porque todavía está allá adentro.
—No entiendo por qué tarda tanto —replico mirando mi reloj de pulsera, cualquier cosa es mejor que los ojos verdes de Max que parecen verme completa, mis grandes temores y vergüenzas, y no puedo permitir que nadie se dé cuenta de que los tengo.
—Y no lo entiendes porque no eres médico.
Le lanzó lo que mi hermana Laura llama «la mirada asesina patentada». Esa en la subo una ceja y el receptor se siente del tamaño de una hormiga y se congela. Es lo que merece por estar resaltando lo obvio.
—Te agradezco que no uses conmigo ese tono condescendiente —le respondo creciendo de la nada un par de centímetros adicionales a los que ya me prestan mis tacones—. Si yo fuera médico, te aseguro…
—Que serías la mejor, que destruirías estereotipos y hallarías un sistema revolucionario de gerenciar la salud, porque eso es lo que haces con todo lo que tocas: ser eficiente; pero no eres médico.
—Podría serlo. Todavía estoy joven y si me lo propongo puedo hacer cualquier cosa. Por cierto, yo no soy «eficiente» —marco las comillas con la mano—, soy brillante.
Max sonríe y suspira al mismo tiempo.
—¿Llamaste a tu madre?
—Está en un crucero. Son sus vacaciones anuales de todos nosotros para conectar con la naturaleza, lo que sea que eso signifique. No voy a alterarla hasta que tenga algo que informar y, gracias a Silas, no lo tengo.
Max vuelve a suspirar, esta vez sin sonreír.
—¿Al menos llamaste a tu hermana? ¿Dónde está Laura?
—Laura está en Alabama visitando a la familia de Dallas ahora que ambos están de vacaciones. —Cruzo los brazos sobre el pecho—. Mi hermanita por fin tiene un novio que es un buen chico, decente…
—La prensa llama a Dallas Osbourne «La víbora del desierto».
—Los comentaristas aman poner nombres a los jugadores que destacan y es bueno porque para ser un gran lanzador siempre se requiere infundir un poco de miedo. El apodo da un aura que se trasmite al equipo y eso nos conviene.
—No puedo creer que estemos hablando de béisbol en un momento como este —dice Max pasando una mano por su cabello.
—Fuiste tú quien sacó el tema.
—Porque no imaginaba que ibas a comenzar a hablar de estrategias de negocios. No puedes pasar por esto sola, Lorena. No tienes que cargar siempre con todo el peso.
—Ya te lo dije, puedo con todo, puedo ahorrarles la angustia a mi mamá y a Laura hasta que el panorama esté más claro. Sola es como mejor funciono.
—Obviamente, la gran Lorena Moore y sus tacones —dice Max sarcástico—: La gerente general de Los Apostadores de Las Vegas, que ha mostrado resultados que le permiten mirar de arriba a abajo a hombres que le doblan la edad y llevan haciendo esto toda su vida, y lo hace mientras resuelve la vida sentimental de su hermana y su primo, está pendiente de que su tío no deje a Silas sin herencia con todos esos matrimonios con jovencitas, hace trabajo de psicóloga o hermana mayor, según sea el caso, con todos los jugadores del equipo, tiene una plantilla de empleados leales que la admiran y visita a su padre al final del día cuando sabe que está solo para llevarle la cena. Todo eso vestida de diseñador y sin un cabello fuera de lugar. ¿Es que nunca te cansas de tanta perfección? Si no pides ayuda, algún día se te va a caer la bola.
—Yo no dejo caer la bola, nunca, yo la saco del parque y si no anoto la carrera ganadora, al menos la impulso.
—La prensa se va a enterar, Lorena. —Max bufa mientras niega con la cabeza y ve a todas partes como esperando un apoyo que sabe que no encontrará aquí—. Tu padre es el dueño de un equipo de béisbol de las grandes ligas, uno que, gracias a su hija, ha alcanzado un éxito importante en corto tiempo. La noticia se filtrará y tu madre se enterará por la televisión mientras está en el gimnasio del crucero y Laura…
—¿Se enterará cuando Bobby se lo diga? —le pregunto echando chispas por los ojos—. No te atrevas, Max. Te lo estoy advirtiendo. —Lo señalo con el dedo—. Si alguien en el equipo lo sabe, será tu culpa; si la prensa se entera, será tu culpa; si nuestras acciones bajan, aunque sea un dólar, será tu culpa.
—Por favor. Yo no soy todopoderoso e infalible como tú.
—Pero te encanta esparcir chismes para hacerte el importante, para demostrar que estás bien informado.
—Eso no es cierto.
—No se me olvida que fuiste tú quién le dijo a Bobby sobre las circunstancias de la contratación de Dallas y mira todo el drama que eso trajo consigo. Casi le arruinas la vida a mi hermana.
«Como arruinaste la mía…».
—No sabía que era un secreto, metí la pata. ¿Tú nunca te has equivocado?
—No recientemente, no.
Max vuelve a suspirar.
Bien.
Se siente bien verlo batallar para ganarme una discusión.
—Conozco a Laura desde que era una niña en coletas —dice finalmente—, la quiero, es como mi hermanita, no pretendía hacerle daño, todo lo contrario. Solo quería que Bobby y su loca esposa la dejaran en paz, alejarla de todo ese drama del divorcio.
—Y que Bobby firmara el contrato con los Yankees que te hubiera dejado una muy buena comisión.
—Velar por conseguir el mejor contrato para mi cliente es lo que hago, soy agente deportivo y, sí, los Yankees ofrecían un mejor contrato que ustedes y el cambio hubiese sido beneficioso para Bobby, al menos financieramente. —Abro la boca para rebatir su afirmación, pero no me lo permite—. No te atrevas a hacerte la santurrona conmigo, Lorena, porque fuiste tú la que exhibió a su hermana frente a Bobby como si fuera un jugoso filete para que ignorara la oferta de Nueva York.
Las palabras burbujean en mi garganta y la mano me pica, pero algo en mi mente me recuerda que, si lo golpeo, tendré que pasar horas con los abogados.
—No seas idiota, no hables de lo que no sabes —digo metiendo las manos en los bolsillos de mi chaqueta, no vaya a ser que se me escapen—. Si me conocieras tan bien como afirmas sabrías que, a diferencia de otras personas, yo no utilizo a quienes amo, no les miento.
—Yo nunca te utilicé, Lore.
«Pero sí me mentiste».
—No hablo de mí, no faltaba más. —Pongo los ojos en blanco y hago una mueca perfectamente estudiada para dejarle bien claro que él no me afecta, que lo que haga con su vida me sabe a rayos y que si se mete con mi familia encontraré una forma de hacerlo pagar—. No presumo de un afecto que nunca me tuviste, hablo de Silas. De seguro aprovechaste esa inexplicable debilidad que siente por ti para sacarle información, como es tu costumbre.
—No me conviertas en un villano de historietas. Silas es un hombre hecho y derecho, un cirujano exitoso, una personalidad de televisión, tres años mayor que tú, si no recuerdas. No lo trates como si fuera un niño, no le faltes el respeto de esa manera. Tu primo es mi mejor amigo desde que éramos niños, pasamos mucho juntos, lo amo.
Y quince años después las palabras duelen como el primer día, solo que ahora soy mucho mejor en pretender que no me afectan.
—Rompiste su corazón —digo calmada.
«¡Y el mío también!», grito en mi mente.
—Éramos demasiado jóvenes para saber lo que queríamos, pero Silas y yo maduramos juntos, descubrimos lo que nos hacía felices y no era despertar uno al lado del otro. Por eso todavía somos amigos, por eso sé que su corazón está en otra parte, mientras el mío…
—¿Desapareció? ¿Naciste sin él?
—Lore, no digas que nunca te quise.
—No sé por qué todavía hablamos de esto. Ya no importa. Tengo cosas más importantes de las que encargarme ahora. —Miro nuevamente el teléfono. «Silas, cariño, es momento de que aparezcas»—. Solo aléjate de mí y si quieres esperar a Silas hazlo en otro lado. —Hago un gesto vago como la mano como quien espanta una mosca—. Este hospital es muy grande.
—No vine solo por Silas. Vine para estar contigo, para acompañarte, para sostener tu mano.
¡Será imbécil!
¿Puede alguien ser más cursi?
—No necesito a nadie que sostenga mi mano, ambas están perfectamente sujetas a mis muñecas.
—No entiendo por qué ahora eres así, por qué te gusta exasperar a la gente, por qué insistes en sacar a flote lo peor de mí. —Max se pasa las manos por el cabello y no puedo evitar notar que hasta despeinado se ve bien. Siempre se ve bien el muy maldito—. ¿Por qué haces el quererte una labor tan difícil?
—Porque no deseo que me quieras ni que estés cerca. Lo único que haces es lastimar a mi familia.
—Al único miembro de la familia Moore que alguna vez lastimé, fue a ti, y me arrepiento. Cada día de mi vida, cada vez que te veo, me arrepiento; pero necesitaba pasar por eso, necesitaba saber por qué sentía las cosas que sentía, y tú eras solo una adolescente, no podías entender, no podías ayudarme.
—Jódete Max y déjame sola.
—Lorena, si quieres saber la verdad, tú fuiste el único punto luminoso, alegre, de mi vida en ese momento y muchas veces creo que daría lo que fuera por volver a ese verano, por hacerlo todo de nuevo.
—Pues yo no. Si hoy apareciera el genio de la lámpara y me garantizara un anillo de serie mundial, el trofeo en mi oficina con el que finalmente le callaré la boca a todo el mundo que insiste en que soy una niña malcriada a la que su padre le regaló un juguete de millones de dólares, a cambio de volver a vivir esa época contigo, le diría que no, que no creo en las soluciones mágicas, que tengo lo que yo me gano.
—No fue tan malo y lo sabes. ¿No recuerdas aquella vez…?
—No quiero escucharte —grito, perdiendo la compostura.
¿Ven por qué odio a Max Bryce?
Lorena Moore nunca pierde la compostura.
—¿Por qué? —Max también levanta la voz—. ¿No quieres recordar esa época en la que todavía eras capaz de sentir algo? ¿De reír?
—¡No tengo que escucharte! Yo soy Lorena Moore.
—Y yo no soy nadie, solo el hombre que solía amarte
—Cállense ustedes dos. —Silas sale por esa puerta que hasta hace poco vigilé celosamente y que después de la aparición de Max pasó a segundo plano—. Esto es un hospital.
Capítulo 2
All of me, John Legend
Max
Lorena Moore.
Su fotografía debería estar en un diccionario al lado de la definición de «mujer perfecta».
Sí, MUJER.
Esas cinco letras en las mayúsculas más grandes.
Cualquiera podría pensar que en mi mente todavía vive aquella jovencita de quince años que me robó el corazón cuando era una adolescente, pero no. Guardo hermosos recuerdos de esa Lorena, fue lo que necesitaba: diversión, libertad, familia y una actitud de «todos pueden irse a la mierda» que me venía a las mil maravillas en ese momento de mi vida en el que me sentía tan solo y confundido. Aunque ella no lo supiera, me ayudó a ser valiente porque ella siempre lo fue, a mirar al mundo a través de esos ojos que creían que podían tomarlo todo si se lo proponía, porque las primeras palabras de Lorena de seguro fueron: «yo quiero, yo puedo».
Pero la Lorena de ahora, la mujer en la que se convirtió, es todavía mucho más impresionante y cada vez que me la encuentro por motivos laborales, cada vez que se avecina alguna de esas tormentosas discusiones, me consume la anticipación. Si eso es lo que ahora puedo obtener de ella, me conformo.
¿Me exaspera? Obvio.
¿Deseo ganarle y reírme en su cara? También.
Sé que cualquier psicólogo consideraría muy interesante la dinámica y diría que me comporto como ese crío que tira de las coletas de la niña más linda del parque, que quiero que Lore me note de cualquier forma posible, y si es una manera que deja poderosos sentimientos en el camino, pues mucho mejor.
Nunca admitiré ante nadie, ni siquiera ante ese psicólogo imaginario, que tengo lo más parecido a erecciones mentales cada vez que se aproxima una de esas discusiones épicas con Lorena y que me dejan al terminar con la sensación de un orgasmo, también mental.
Si no estuviese en un hospital ahora, querría encender un cigarrillo, porque, al igual que en ese sexo hipotético que NO TENGO con ella, importa poco el destino, quien gane la discusión; lo que importa es la lucha.
Estoy muy al tanto de lo que dicen de ella en los círculos deportivos, cualquiera con información superficial sobre el mundo del béisbol lo está. Cuando su padre la nombró gerente general de Los Apostadores, hasta la junta de directores trató de impedir el nombramiento aun sabiendo que el trabajo lo venía haciendo ella antes de ostentar el puesto.
«¿Cómo puede una mujer gerenciar un equipo de béisbol? Los Moore perdieron la cabeza. Quieren irse a la quiebra. Nadie querrá trabajar con ella», eso decían en distintas versiones, desde los fanáticos hasta la prensa.
Por ello fue tratada con condescendencia una y otra vez por otros gerentes, dueños de equipo y hasta los responsables de la liga. Incluso ahora, cuando sus éxitos han demostrado su valía, cuando logró conformar una franquicia sólida, de temer, que gana y siempre está en las primeras posiciones, con una plantilla de jugadores jóvenes y talentosos; nadie le da crédito. Si descubrió a un lanzador extraordinario como Craig Thompson que maravilló a todos desde su debut en grandes ligas, o contrató a Dallas Osbourne cuando todos decían que su carrera había terminado para convertirlo en la nueva sensación; afirman que es gracias a su personal, a sus entrenadores y reclutadores, y obvian la mano de Lorena en todo el proceso.
Ella logró construir un equipo ganador, con fanáticos leales y patrocinadores deseosos, y todos lo atribuyen a cualquier cosa, hasta la magia y la buena suerte son excusas válidas; nunca a la capacidad de Lorena. La llaman controladora, perra, frígida, dicen que eventualmente construiría toda su plantilla de jugadores con los novios y ex novios de su hermana y su primo, que usa su poder para conseguir hombres con quienes ella, Laura y Silas puedan follar.
¡Pura misoginia!
Como toda buena misoginia, tiene detrás mucho de temor.
Tal vez si fuese fea, si no vistiera como si estuviera a punto de ser fotografiada para Vogue y si no usara esos tacones que podrían ser utilizados como un arma punzante, la tendrían en más alta estima, porque nos guste o no, así funcionan las áreas dominadas por hombres: O eres bonita o eres brillante. No puedes ser las dos cosas y Lorena es todas las cosas que existen en el universo.
Prueba de ello es que cuando Lorena Moore entra a una habitación, todos caen presos de una mezcla de fascinación con miedo. La admiran y les da miedo admitirlo, como si eso fuese a disminuir sus niveles de testosterona; la desean y no les gusta porque no pueden conciliar que una mujer competente, una gerente que gana, se las ponga dura. Como si al reconocer que ella puede hacer perfectamente el trabajo de un hombre estuvieran entregando la parcela que sienten que el mundo les debe de forma exclusiva por tener pollas.
Yo no tengo ese problema porque yo veo a Lorena, a la de verdad. Para mí no hay dos Lorenas, no hay disociación. Es una persona competente, valiente, y es bellísima. La admiro hasta el punto de la adoración. Punto.
Amo cada uno de sus éxitos y los celebro. Su poder, su seguridad, su confianza, me parecen sexys como un demonio de la lujuria, y sueño secretamente con follármela con los tacones todavía puestos y sus faldas de diseñador enrolladas en las caderas.
Sí, guardo un recuerdo hermoso de la Lorena adolescente, de las veces que estuvimos juntos cuando ambos todavía éramos torpes, con más deseo que destrezas; pero la de ahora me parece impresionante.
—Ustedes dos deberían tener un poco más de respeto —insiste Silas y su presencia me recuerda por qué algún tipo de relación con Lorena es un sueño inalcanzable.
¿Me arrepiento de mi relación con Silas?
NUNCA.
Y jamás me disculparé por ella.
Es mi mejor amigo y me ayudó a entender muchas cosas sin las que nunca hubiese llegado a ser un adulto con todo bastante claro.
Silas es la boya a la que, todavía ahora me ato cuando siento que pierdo el rumbo, y ayuda mucho que sea una boya sabia, calmada la mayoría de las veces, y muy, muy sexy.
Es que esos putos genes de la familia Moore deberían premiarlos, aunque Silas y Lorena sean en apariencia tan diferentes como la noche y el día. Ella con ese cabello oscuro, ojos color miel y esas curvas de infarto, y Silas enorme, alto, esbelto y con el cabello rubio oscuro y los ojos avellana. Ambos comparten esos hoyuelos que se les hacen en las mejillas cuando sonríen de verdad, cosa que es más fácil de atestiguar en Silas que en Lorena. También ambos poseen un carácter de mierda cuando están de malas.
—¿Cómo está papá? —pregunta Lorena, seria, demandante.
—La cirugía salió bien. El cardiólogo encargado de su caso es de los mejores —le informa Silas en tono profesional—. Pasará la noche en recuperación.
—¿Puedo verlo?
—No. Como te dije está en recuperación y todavía bajo los efectos de la anestesia. —Silas suspira y la fachada del médico competente y famoso cae por un momento y se convierte en el hermano mayor—. Ve a casa, Lorena. Llama a la tía y a Laura, descansa. Lo peor ya pasó.
—Pero no quiero que papá esté solo cuando despierte. Seguro estará desorientado.
—Yo estaré con él.
—¿Por qué tú?
—Porque yo soy médico y tengo acceso.
Una parte de mí me dice que debo dar un par de pasos atrás y apartarme, que este es un momento familiar; pero ver a Lorena y a Silas actuar de esta forma, siendo ellos más allá de la versión que representan para el resto del mundo, me hace sentir nuevamente que soy parte del triángulo perfecto, que son mi familia, la que elegí, la que realmente importa.
Al Silas que vive lejos de las cámaras de televisión y la sonrisa comprensiva, estoy acostumbrado. Pocos conocemos que detrás de la afabilidad fingida hay un carácter explosivo, pasional, que es un gruñón malhumorado la mayor parte del tiempo. No obstante, una Lorena vulnerable es algo que nadie, fuera de su familia, atestigua nunca y esa interacción con su primo es la cosa más hermosa que he visto en mucho tiempo.
Esta no era una Lorena para follar con la ropa puesta contra una pared, esta es una que quiero abrazar y consolar y ambas existen en la misma persona.
«Estoy jodido. Son muchas Lorenas y yo las quiero a todas».
—Eso no es justo —replica Lorena y, a pesar de las palabras, su tono no es quejica sino amenazante.
—Tú, mejor que nadie, sabes que la vida rara vez lo es —le responde Silas sin inmutarse—. Ve a casa.
—Yo te llevo —me ofrezco sin pensarlo, solo porque quiero serle de alguna utilidad a la reina de mis pensamientos, porque quiero ser parte de eso que ellos tienen, de esa unidad familiar estilo frente militar romano que atrajo al chico solitario que fui.
Claro que si lo hubiese pensado unos segundos habría notado que decirlo es un error monumental. Mis palabras no se han extinguido cuando Lorena lanza en mi dirección una de esas miradas asesinas que la caracterizan.
—En caso de que se te haya olvidado, tengo mi propio coche —me anuncia—, y primero tengo que llamar a George.
—¿Primero vas a llamar a tu jefe de prensa? —pregunto confundido porque parece que no puedo quedarme callado, que siempre tengo que replicar todas sus decisiones—. Tú no tienes remedio.
Hola, mi nombre es Max y soy un adicto a las peleas con Lorena Moore.
¡Hola Max!
—Pensé que estarías complacido —responde ella con una mueca sarcástica—. Fuiste tú el que mencionó que la prensa se iba a enterar tarde o temprano. Sigo tu consejo, siéntete afortunado, márcalo como día feriado en tu calendario si lo deseas.
—Y me refería a que por eso deberías llamar a tu familia, no al jefe de prensa de Los Apostadores.
—Y allí está la diferencia del pensamiento estratégico: Por eso yo soy una gerente exitosa y tu solo un agente entre muchos.
Con esa declaración, Lorena saca su teléfono del bolso y se aleja.
—No me digas ahora que te sorprende la respuesta —escucho la voz de Silas a mis espaldas y sé que está sonriendo aunque no lo veo, y no lo veo porque mi mirada sigue los pasos de Lorena—. Te encanta replicarle y que ella te insulte.
—No quieres saber lo que las respuestas de Lorena me hacen sentir —digo antes de volverme.
—Creo que ambos se beneficiarían mucho de unas buenas sesiones de terapia.
—¿Es tu opinión profesional?
—Absolutamente.
Silas me regala una de sus maravillosas sonrisas, de esas tan intensas que traspasan las pantallas de los televisores y ponen a suspirar a hombres y mujeres por igual, y quiero besarlo.
No un beso en los labios cargado de pasión, hace una década que no nos damos uno de esos, sino uno fraternal en la mejilla.
No lo hago, obviamente.
La sociedad ha avanzado mucho, pero un hombre besando a otro con ternura, uno de ellos famoso y el otro con barba, siempre genera miradas de soslayo y comentarios que eventualmente crecen. No quiero causarle problemas a Silas en un lugar donde es respetado y admirado.
Hacen falta cojones para aceptar lo que somos delante del espejo y el doble para que te importe una mierda lo que el mundo piense, para que arriesgues todo lo que tienes.
—¿Me puedes explicar por qué la fantasía de muchos hombres es encontrar a su mujer en la cama con otra, pero hay un gran escándalo cuando una mujer encuentra a su novio en la cama con otro hombre? —pregunto volviendo mi mirada hacia Lorena quien habla por teléfono muy concentrada.
Escucho a Silas suspirar y, aunque suena cansado, ese suspiro no está exento de diversión.
—Primero que nada, no creo que esa sea una fantasía recurrente —me dice.
—Te sorprenderías.
—Y segundo —continúa solemne y despego mi vista de Lorena—, imagina cómo correría esa fantasía si ese hombre, que aseguras es mayoría, encuentra en la cama a su mujer con su hermana.
Doy un involuntario paso hacia atrás porque la imagen es muy fuerte.
—Tú no eres el hermano de Lorena —digo a la defensiva.
—Lo soy, para todo lo que cuenta. Lorena y Laura son mis hermanas y mi tío Landry no es mi papá porque el biológico se asegura de que lo tenga muy presente con todas las idioteces que va haciendo por la vida, pero en algún rincón de mi mente de cierta forma lo es.
—Si lo pones de esa manera —concedo y levanto las manos.
No importan todas las explicaciones: que era joven, que estaba confundido, que Silas me hacía sentir cosas que Lorena no, que cuando se fue a la universidad sin esperarme lo extrañé tanto que me dolía el alma…
No importa.
La cagué.
Buscaba respuestas y las encontré, pero esas respuestas me costaron hacerle daño a ella.
—Max —me llama Silas trayéndome de vuelta.
—¿Silas?
—Ambos sabemos que la percepción de la sexualidad de otros es complicada y lo que son fantasías no siempre queremos que se traduzcan en la realidad. La mayoría de la gente, por más moderna y abierta de mente que pueda ser, ve caminos en línea recta: te gustan los hombres o te gustan las mujeres. —Suspira. Se ha puesto serio. No serio en plan doctor, sino serio en plan Silas siendo ominoso—. Todo lo demás que está por fuera de ese camino es difícil de entender a menos que lo vivas. Fue difícil de entender incluso para nosotros que lo estábamos viviendo, y si a todo eso le sumas los sentimientos de una niña de quince años que se sintió engañada y traicionada… —Silas niega con la cabeza—. Dale tiempo.
—Han pasado quince años.
—Y tus sentimientos no han cambiado.
—Han cambiado. —Sonrío sin un ápice de alegría—. De eso no te quepa la menor duda.
—Es curioso como todos parecen darse cuenta de que corres alrededor de ella como un perrito, ladrando enfurecido para llamar su atención, y ella no tiene ni idea.
—Y esa frase acaba de minar mi autoestima más que todas esas veces que mi padre me dijo que no era lo suficientemente inteligente para ser un buen abogado.
Silas me mira triste.
—Padres… —Silas suspira—. Cuanto daño pueden hacer.
—Al menos teníamos a Landry Moore.
—Y todavía lo tenemos. Lo tendremos por muchos años más porque mi tío es tan fuerte como Lorena, aunque algunas veces tiene el mismo corazón blandengue de Laura.
Y esa es otra de las razones por las que ahora estoy aquí. No solo es para apoyar a Lorena y a Silas, sino porque el patriarca de la familia Moore nunca se conformó con sus dos maravillosas hijas, sino que acogió a todo joven perdido que encontró en su entorno.
—Dale tiempo a Lorena. Yo todavía apuesto por ustedes.
—La mayoría de las veces creo que mi situación con Lorena es una que no tiene remedio.
—Hay que tener esperanza —dice Silas y por la expresión en su rostro sé que no está pensando únicamente en mi situación con Lorena. Él también la cagó de la misma forma en que yo lo hice y perdió al amor de su vida. Claro para él no han sido quince años—. Algunas veces, esa esperanza de que el tiempo lo acomode todo es lo único que nos queda.
—Somos personas terribles —digo con una sonrisa y le paso el brazo por los hombros. No sirve de nada que ambos nos sintamos miserables por algo que no podemos solucionar, al menos no aquí y no ahora—. No solo engañamos a nuestras parejas, sino que lo hicimos con personas del sexo opuesto. ¡Que nadie nos llame aburridos!
—Tú eras un adolescente. ¿Cuál es mi excusa?
—¿La presión de la residencia médica? ¿Veías a Vanessa más que a Craig porque tú estabas concentrado en ser el mejor médico del mundo y él en llegar a las grandes ligas?
—¿En serio estamos buscando excusas para justificar que pusimos cuernos? —Silas me ve de reojo.
—Claro que sí. ¡Somos hombres!
Se ríe.
Mi brazo todavía está sobre su hombro y es él quien se inclina y me da un beso en la mejilla.
Siempre ha sido el más valiente de los dos.
Claro que ese es el momento de Lorena escoge para dejar de hablar por teléfono y mirar en nuestra dirección.
No puedo ganar una con esta mujer.
Capítulo 3
Independent Women, Destiny´s child
Lorena
Hicieron falta unas cuantas explicaciones del cardiólogo de papá y muchas más de Silas, enumerando todas las razones por las cuales pasar la noche en la silla de un hospital era una mala idea, para que decidiera venir a mi casa a dormir un poco. Claro que para hacerlo tuvieron primero que dejarme ver a mi papá en lo que pasó el efecto de la anestesia, porque mis habilidades como negociadora son famosas, y aunque estaba medio grogi, me sonrió, me dijo que todo estaría bien y le creí.
Podría habérmelo dicho la comunidad médica internacional, pero para mí la palabra de mi padre siempre va primero.
También aproveché la estancia en el hospital, todas esas horas muertas hasta que me dejaron verlo, para poner a trabajar a mi jefe de prensa con el comunicado respectivo, a mi auxiliar administrativo para que trajera a mamá desde Grecia lo más pronto posible y a mi asistente personal para contratar cuidados médicos profesionales para cuando papá estuviera ya en casa. Consideré contratar también a un chef especializado, tenía que haber alguno, en caso de que necesitara una dieta especial, pero mejor era esperar por la opinión de Silas sobre eso.
Claro que todas esas actividades sirvieron para no tener ningún tipo de interacción con Max. Ni siquiera quería recordar cómo me hizo sentir verlo abrazado a Silas y compartiendo un beso, tampoco ahondar dentro de mi mente sobre por qué me seguía importando tanto que fueran amigos tan cariñosos.
«Porque Max no es de confiar, recuerda lo que pasó hace seis meses con Laura. Tienes que cuidar el corazón de Silas porque él no sabe hacerlo».
Era por eso, por nada más.
Como vengo sosteniendo esa conversación mental conmigo misma no veo el coche deportivo aparcado en la acera contraria a mi casa. Solo cuando atravieso mi pequeño jardín, veo a la figura sentada en las escaleras de la entrada y no me hace falta que se ponga de pie para saber quién es.
Algo parecido a la alegría revolotea en mi estómago, un alivio que me hace soltar el aire tenso que vengo conteniendo.
—¿Qué haces tú aquí? —pregunto de forma brusca porque odio sentirme vulnerable, que la presencia de otras personas me traiga un alivio que debería ser perfectamente capaz de encontrar en mí misma.
Ya he tenido demasiado de eso por el día de hoy.
Menos mal que a Javi García mi malhumor y hosquedad le importan poco. Está acostumbrado.
Hace cuatro años que lo encontré en un equipo universitario en Florida y sin pensarlo lo contraté como el segundo receptor de Los Apostadores porque era talento puro, sin pulir. Es duro, agresivo y no le tiene miedo a nada, siempre está dispuesto a afrontar cualquier cosa que vaya en su dirección y mientras más complicada, mejor. Por eso es bueno en lo que hace, por eso es el receptor de Dallas «La víbora del desierto» Osbourne, por eso es mi amigo, por eso y muchas otras cosas más lo quiero.
—Estaba con George cuando llamaste —explica y se pone de pie, su metro ochenta de estatura y sus noventa y cinco kilos de músculos llegando a posición vertical con más gracia y precisión de las que un hombre de su tamaño debería poseer.
«No es un hombre, es un crio. Que no te engañe el tamaño y la seriedad, solo tiene veinticuatro años», me regaña mi subconsciente, pero estoy tan cansada que ni reparo en su afirmación.
—No sabía que eran amigos —digo pasando al lado de Javi y sacando las llaves del bolso.
—No todo el mundo está al tanto de quiénes son mis amigos —responde y pongo los ojos en blanco—. Me gustan los bebés —aclara—, y el hijo de George es una belleza. Algunas veces voy a echarle una mano.
Ahora lo veo con sorpresa porque es lo último que esperaría de Javi.
Todo el mundo cree que los latinos son divertidos y bromistas, directamente sacados del video de Despacito, pero Javier García es serio y un poco amargado. No puede ser considerado por nadie el alma de la fiesta y nunca lo hubiese imaginado como un niñero ejemplar.
«Le gustan los bebés», anuncia mi mente con un parpadeante anuncio de neón y eso me pone incómoda porque no entiendo por qué es una cualidad, por qué es eso lo que llama mi atención.
Estoy cansada y mi proceso neuronal como que no funciona muy bien.
—¿No deberías estar en Florida visitando a tu familia? —le pregunto para apartar de mi mente la idea de Javi cargando bebés gorditos, con esas piernitas que provoca morder—. Estamos de vacaciones.
—Soy un hombre joven y soltero que vive en Las Vegas y no lo disfruta porque en lo que inicia la temporada tengo que comportarme. Siempre me quedo unas semanas más en la ciudad para portarme mal.
Otro pensamiento que me incomoda y ya es demasiado, así que abro la puerta y entro a la casa.
—Además, con este trabajo nuestro —continúa Javi entrando detrás de mí—, tenemos vacaciones de Octubre a Febrero y las playas de Florida no son las mejores en estas fechas. Siempre tengo que ir a Puerto Rico a casa de mi abue.
—Bueno, trataré de hacer mi trabajo de forma menos eficiente para que nos eliminen rápido y tú puedas ir a la playa en una temporada más conveniente, aunque deberías apreciar el hecho de que al menos ustedes tienen vacaciones.
Javi sonríe. Es poco, un gesto que apenas está allí, pero que lo transforma. Lo vuelve lindo y, por sobre todas las cosas, joven.
Muy joven.
Demasiado.
Cuelgo el bolso en el perchero y comienzo a quitarme la chaqueta. Javi sigue su camino, encendiendo las luces a su paso. Una vez que me quito los zapatos, lo sigo hasta la cocina, donde ya está preparando café en mi cafetera expreso.
Javi me conoce bien, no tanto como mi familia, pero más que la mayoría; y también sabe dónde está todo en mi cocina, así que me siento en la preciosa mesa que tengo allí y que casi nunca uso, cierro los ojos y me concentro en respirar, en disfrutar del olor de los granos transformándose en esa deliciosa infusión mientras siento que todo mi cuerpo se relaja y que la tensión, hasta la que hay en los dedos de mis pies, va esfumándose.
La gente puede decir lo que quiera, pero no hay nada más relajante que el olor del café, y no me hagan comenzar a enumerar lo que beberlo me hace sentir.
No entiendo por qué hay quienes se empeñan en darle mala fama a mi bebida favorita, que si altera los nervios, que si no deja dormir. A mí me relaja.
Solo vuelvo a la realidad cuando el olor se hace más cercano, justo debajo de mi nariz, y sé que Javi ha traído mi taza.
Abro los ojos y allí está él, no al otro lado de la mesa, sino a mi lado, con la silla orientada hacia mí. Su enorme forma reducida porque tiene los antebrazos en las rodillas.
—¿Cómo está tu papá? —pregunta muy serio y no es de esa seriedad fingida que la gente usa cuando sabe que está preguntando algo difícil de responder y siente que tienen que poner una expresión determinada. Javi siempre es serio.
—Mejor —digo y admitirlo ante él tiene el mismo efecto que admitirlo ante mí. Siento que es la primera vez que lo digo en voz alta y me lo creo, que no es parte de un guion para tranquilizar a mi mamá o a Laura—. Saldrá de esto.
Tomo la taza, le doy un largo trago y sin darme cuenta cierro nuevamente los ojos y se me escapa un suspiro.
Es que Javi podrá no tomar café, pero lo prepara de maravilla, y tras pasar horas bebiendo esa cosa que hay en el hospital, esto me sabe a bebida de dioses.
—¿Y tú cómo estás?
Abro los ojos y allí está ese rostro serio, esos ojos oscuros, exactamente del color de mi bebida favorita, rodeados de gruesas pestañas que, extrañamente, no lo hacen lucir delicado para nada.
—Cansada —confieso y aunque no hay nada que desee más que terminar mi café y, si es posible, pedirle otro, comienzo a sacar las leales horquillas que han mantenido mi peinado en posición a lo largo de todo el día, y masajeo un poco mi cráneo—. Es extraño, porque no he hecho otra cosa que estar sentada la mayor parte de la noche.
—Es el estrés. Tu mente está cansada y está obligando a tu cuerpo a que se tome un tiempo para que ambos puedan recuperarse.
Lo miro por encima del borde de mi taza.
—Lo que usted diga, profesor García; pero le recuerdo que yo no sufro de crisis de estrés porque debido a mi línea de trabajo ya me habrían causado una úlcera.
Javi se pone de pie y camina hasta colocarse a mi espalda.
—Que manejes bien el estrés no significa que no lo sientas o que no te afecte de alguna manera. —Comienza a masajear mi cuero cabelludo y el masaje es casi tan bueno como su café. Si me lo permitiera creo que hasta gemiría—. Esa es la clave para que un deportista con talento pueda pasar años en alta competición.
—No soy deportista, a menos que cuentes las horas haciendo zumba.
—No lo eres, pero tienes que asegurarte que una plantilla enorme de desadaptados como nosotros tenga éxito y lo haces muy bien.
—No todos son desadaptados —digo escondiendo la sonrisa por el cumplido.
El masaje para y casi hago un puchero. Solo me controlo porque soy una mujer adulta y se supone que no hacemos pucheros.
Javi aparece nuevamente ante mí y se agacha hasta quedar justo a la altura de mis ojos.
—Tu papá va a estar bien —afirma como si pudiera ver el futuro, como si mi rostro tuviera todas las respuestas que necesita para hacer esa afirmación—, y tú vas a llevar todo esto con toda la gracia y eficiencia que te caracteriza, solo no te agotes y recuerda pedir ayuda. ¿Llamaste a Laura?
Asiento antes de responder.
—No me hizo mucha gracia interrumpirle sus vacaciones con Dallas, tampoco las de mi mamá en Grecia, pero sería peor que se enteraran por la prensa.
—Bien pensado.
«Fue idea de Max, aunque de seguro se me hubiera ocurrido tarde o temprano».
—Aunque lo lamento por Dallas —dice Javi y se pone de pie, recoge mi taza y va hacia la cafetera.
—¿Por qué lo lamentas por Dallas? —pregunto mientras deja otra taza llena sobre la mesa—. Entiendo que es un tipo familiar que le gusta pasar tiempo con sus padres allá donde el diablo dejó los calzones.
—No vive donde el diablo dejó los calzones —me corrige Javi.
—Lo que sea. Alabama para mí es el lejano oeste, tierra de gente con acento, barba y graneros. Ni si quiera tienen un equipo de béisbol. —Hago un fingido gesto de horror—. El caso es que Dallas ya tendrá tiempo de recuperar el tiempo perdido con su familia, tiene cuatro meses para hacerlo.
—No era tiempo con su familia lo que buscaba Dallas en estas vacaciones.
—¿Y qué buscaba? ¿Paz interior? No me digas que es un hippy como Laura que quiere una vida libre de drama y estar en contacto con el cosmos y la naturaleza. Ya comprendo por qué mi mamá, la otra hippy familiar, lo quiere tanto.
—Dallas iba a proponerle matrimonio a Laura en estas vacaciones —responde y, como si no fuera mayor cosa, va hasta el refrigerador.
Por unos segundos mi mente se queda totalmente en blanco.
—¿QUÉ?
Javi cierra la nevera. Tiene una botella de agua en una mano y una sonrisita de suficiencia en la otra.
—¿No es como muy pronto? —insisto ligeramente horrorizada.
—¿No te gusta Dallas de cuñado? —pregunta inocente y se bebe la mitad de la botella de agua de un trago—. Porque a estas alturas todos estamos claros que tu hermana va a decir que sí. ¿No estás feliz?
—No, no es eso —digo procesando todavía la información. Eso no lo vi venir y odio las cosas que no veo venir—. Me agrada Dallas. Estoy feliz por Laura, por ambos.
—No te ves muy feliz.
—Es que no tenía ni idea.
—Por más que te guste controlar el mundo, mami; hay cosas que no tienen nada que ver contigo y no tienes por qué saberlas.
—Tú lo sabías.
—Soy el receptor de Dallas y uno de sus mejores amigos en Las Vegas. Yo lo acompañé a comprar el anillo.
—¡Y no me dijiste nada!
—No soy tu agencia de noticias y, como te dije, no tenía nada que ver contigo.
—¡Laura es mi hermana!
—Pero ella no sabe nada. —Me guiña un ojo—. Y que no se te vaya a ir la lengua cuando regresen, Lorena Moore.
—Tal vez ya se lo propuso.
—No. Lo iba a dejar para el final de las vacaciones, toda una gran producción, y ningún hombre en sus cabales le propondría matrimonio con prisas a la mujer que ama, menos en el mismo momento en que su padre está en el hospital. Queremos que recuerden la fecha de forma feliz.
—¿Sabes mucho del protocolo para proponer matrimonio?
—Tengo una hermana y ayudé a mi cuñado en el proceso que corrió sin una sola falla.
Sonrío, mucho y muy amplio. Javi consigue que aparte mi mente de los horribles acontecimientos de este día. Además, Laurita va a casarse, con Dallas…
«Tengo que llamar a los abogados. Tiene que haber un contrato prenupcial. Laura no gana mucho, pero es una heredera con bastante dinero en el banco. Dallas tampoco es que sea millonario. De hecho, lo firmé muy barato porque su carrera estaba por el piso, pero este año su agente, de seguro, pedirá un mejor contrato debido a su actuación la temporada pasada…Tengo que revisar los contratos que tengo pendientes para la próxima temporada para que no me tomen desprevenida y preparar algunos datos para defenderme de las peticiones del agente de Dallas. También debería echar un ojo al fideicomiso de mi hermana para ver a cuánto asciende porque ella no toca ni los dividendos y, cuando esté en eso…».

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