Maldito Mercurio retrógrado de Ana Calderón

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY Y ahora supera mi beso de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida…

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Ya me lo advirtió aquella alba El horóscopo de las estrellas, aunque no le hice acontecimiento. «querido leo: Mercurio ultramontano podría jugarte una jugarreta. Antes de ingerir cualquier sentencia, frena». Pero no frené. Sí, creo en la astrología y tampoco se te ocurra juzgarme si crees que a la casto María la preñó una paloma. Un recorrido el planeta me dio la dicha y diez años a posteriori Mercurio reaccionario me la quitó. ¿o quizás afuera al envés? Y inmediatamente estoy acá, en Villares de la Siberia, un lugar perdido de Extremadura, con mi hijuelo Arnau, dos chivas enanas, un gato de tres babillas y una memorial de vigilancia de mi exmarido en la preparación. Soy Julia. Soy La Chica Que ArruinÓ Su Vida Por Culpa De Un Pistacho, Por Ignorar Una Puta SeÑal.


Para Sara. Aquí tienes
el final feliz que te mereces.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
Poema nº 20, Pablo Neruda 
1
Símbolo leo
«Querido Leo: es hora de brillar»
«¿Quién vive en la piña debajo del mar? ¡Bob Esponja!», se oía cantar a Arnau a gritos desde la cocina. Aquel era uno de esos días que a mí también me hubiera gustado vivir en el fondo del mar alejada de la realidad, donde el exterior se viera difuso, distante, como si fuese el mundo de otros y no el mío.
«Querido Leo: hoy te darás cuenta de que no todas las decisiones que has tomado han sido equivocadas. Tu vida está a punto de dar un giro. Es hora de brillar».
Eran las diez de la mañana y no había pegado ojo la noche anterior. Arnau se había despertado tres veces y había tenido que acostarme con él en su minúscula cama. Necesitaba cambiarla cuanto antes porque el niño tenía bendita razón: era muy incómoda. Tenía una lavadora que si abría la puerta de casa se hacía el camino de Santiago, dos cabras enanas, un gato con tres patas y un niño que alimentar. Y también una demanda de custodia compartida. Volví a mirar a la parte superior de la pantalla del móvil esperando haberme equivocado y que en vez de Leo pusiera Cáncer. Pero no, había un león dibujado. Ni Arnau dibujaría un cangrejo con melena, rabo y cuatro patas. Era un puto león.
Me levanté del suelo y me guardé la carta en el bolsillo del pantalón para que Arnau no la viera. Demasiado tarde.
—Mamá, ¿qué es eso?
—Nada, cariño. Es una carta del abuelo, que va a venir a vernos pronto.
—¿Y po eso llolas?
Nunca le había mentido a mi hijo, pero aquel día le solté la primera mentira de un millón que vendrían después. A veces la mentira es la única forma que tenemos de evitar que otros sufran por culpa de nuestros errores.
—No es por la carta, es que me ha hecho mucha ilusión el dibujo de Bob Esponja.
Arnau me abrazó. Cuando lo hacía, que por suerte era muy a menudo, sentía que no todas las decisiones que había tomado en la vida habían sido incorrectas. Me fui al baño y me senté en el inodoro a descargar toda mi rabia sin que mi hijo se diera cuenta de que aquellas lágrimas no eran de orgullo de madre.
Pero no os estoy contando esto para daros pena y que me veáis como una víctima. En realidad, soy yo la causante de todo lo que me ha pasado en los últimos meses.
Me acabo de dar cuenta de que todavía no me he presentado. Soy Julia. Soy la chica que arruinó su vida por culpa de un pistacho. Por una señal.
2
Universo
Las señales del universo
Siempre me ha sorprendido que nadie tache de loco a alguien que cree que a la virgen María la preñó una paloma y sí a los que creemos en las señales del universo. Y no, no estoy desviando el tema, os juro que aunque no lo creáis, el universo y el pistacho están íntimamente relacionados en esta historia. Pero antes os tengo que explicar varias cosas para que lo entendáis.
Los dioses a los que yo rezo son los astros. Gracias a mi madre, la astrología ha estado siempre muy presente en mi vida. Creo que la posición y el movimiento de los astros tienen un papel crucial en nuestro destino y que existe una fuerza mayor llamada universo que constantemente nos envía señales para guiarnos. Sí, estaréis pensando que estoy loca, pero puedo asegurar que las señales existen e incluso la Psicología, que es una ciencia en toda regla, les ha puesto nombre: sincronicidades. Seguro que alguna vez habéis pensado en alguien que hacía años que no veíais y os lo habéis encontrado ese mismo día en el metro u os habéis acordado de su canción y de repente ha sonado en la radio. Y os preguntaréis qué tiene que ver el universo con todo esto. Mucho más de lo que creéis: los astros han hecho su magia y han puesto a esa persona o esa canción en vuestro camino por un motivo.
Sé que estaréis a punto de dejar de leerme, pero permitidme que os dé un nuevo argumento para que entendáis que lo que estoy diciendo no es ninguna tontería: Newton desarrolló la teoría de la gravedad después de que se le cayera una manzana en la cabeza. Decidme que ese manzanazo no fue una señal del universo. Igual que esa persona que de repente aparece en vuestra vida o ese lugar o ese pistacho que hace que todo cambie. Y si a eso le añadimos que el malvado Mercurio está en retroceso, ya os digo yo que no hay nadie que os salve de su influjo.
Lo peor de las adversidades es que nunca las vemos venir. Aquel día de primavera de hacía cuatro meses en el que aquel miserable pistacho arruinó mi vida, parecía un día cualquiera. Pablo llevó a Arnau por la mañana a la guardería. Solía hacerlo yo, pero aquella mañana tenía que estar antes de las nueve en el supermercado para hacerme con aquel robot de cocina que llevaba meses queriendo conseguir. Eso había originado, cómo no, una nueva discusión entre nosotros. Pablo siempre tenía otras prioridades por delante de sus obligaciones como padre y marido y, cómo no, era yo la que tenía que cancelar mis planes para no fastidiar los suyos. Mientras esperaba fuera del supermercado a que abrieran las puertas con otra docena de personas, abrí El horóscopo de las estrellas como cada mañana. «Querido Leo: Mercurio retrógrado podría jugarte una mala pasada. Antes de tomar cualquier decisión, frena». En la cola del supermercado, llamé a mi hermana Laura para contarle la discusión que habíamos tenido Pablo y yo la noche anterior.
—Estoy harta, Laura. Es como si Arnau solo fuera hijo mío y mi única responsabilidad. Él nunca puede cancelar una maldita clase de pádel o renunciar a algo, siempre soy yo la que tiene que ceder. ¡Siempre! Claro, como he expulsado a nuestro hijo por la vagina, soy yo la que tiene que renunciar a tener un momento para hacer algo que no sea preparar meriendas y poner lavadoras.
—Ay, Julia, todos los hombres son así.
—Pablo no era así.
—Pablo Marido, no Pablo Padre, ese todavía no existía. Pablo Padre nació el mismo día que Arnau.
Laura tenía razón. Nunca sabrás cómo va a ser un hombre como esposo y padre hasta que no te cases con él y tengáis hijos. Estaba claro que Laura era más lista que yo, porque días antes de que su Adrián Novio se convirtiera en Adrián Marido, había sabido leer las señales y había cancelado sus planes de boda. Desde entonces Laura era wedding planner[1], o como ella le llamaba, la que pillaba a la novia llorando minutos antes de llegar al altar y la ayudaba a salir por la puerta de atrás sin que se percatase la suegra.
No obstante, como buena leo, no podía dejarlo estar, no iba a quedarme callada y dejar que Pablo se volviera a salir una vez más con la suya, así que decidí darle un escarmiento. Habíamos quedado en que él también recogería a Arnau de la guardería aquella tarde. Solo tenía que llegar a casa antes de las cinco para que él pudiera irse a su clase de pádel de los miércoles. Seguro que no os sorprenderéis cuando os diga que no lo hice. A esa hora estaba en mi coche engullendo una bolsa de pistachos con el único propósito de fastidiar sus planes. Pablo empezó a llamarme una y otra vez mientras yo comía pistachos como un hámster en mi recién estrenado SUV hasta que solo quedaban los cerrados, los que normalmente tiro a la basura. Pero ese día decidí abrir uno con los dientes y por eso estoy ahora mismo en Villares de la Siberia, un pueblo perdido de Extremadura, con un niño, dos cabras enanas, un gato de tres patas y una demanda de custodia de mi marido en la mano por culpa de un pistacho, por ignorar una puta señal.
3
Pistacho
El pistacho que arruinó mi vida
Pensaréis que estoy loca cuando le echo la culpa de todos mis males a un simple fruto seco. Por supuesto que no estoy tan pirada —ya no— como para pensar que Pablo y yo no pusimos un poquito de nuestra parte en todo esto. Pero lo que no se puede negar es que de haber elegido unas simples pipas o unos Doritos, no estaría contando exactamente esto desde un pueblo en medio de la Siberia extremeña mientras veo a Arnau desde la ventana de la cocina jugar al escondite con dos cabras enanas.
Volvamos al momento en el que el drama se desencadenó. Como os he contado, todo sucedió bajo el influjo de Mercurio retrógrado, ese momento en el que, según la astrología, debemos evitar tomar decisiones. Estaba en mi coche comiendo pistachos como un hámster con el único propósito de fastidiar a Pablo cuando, de repente, tuve la horrible idea de intentar abrir con los dientes un pistacho cerrado. Recuerdo hasta la canción que estaba sonando en la radio en aquel momento; era Tenía tanto que darte de Nena Daconte, una de las canciones que sonó en nuestra boda. Pablo y yo solíamos bromear con que aquella canción no era más que un maldito presagio de cómo iba a ser nuestra relación después de unos años. Y aunque parezca increíble, no vi venir que aquella era la mayor señal que el universo me había enviado en toda mi miserable existencia. Cogí el pistacho que arruinó mi vida con los dedos pulgar e índice justo cuando la canción decía «camino despacio pensando volver hacia atrás» —Mercurio retrógrado avisándome hasta por la radio—, pero no, no lo vi venir. Me puse el pistacho que arruinó mi vida entre los dientes, apreté y sentí cómo uno de mis paletos se partía. ¡Joooooooder! Me miré en el espejo retrovisor y pude comprobar que sí, que me había partido el paleto derecho y, además, sangraba. Saqué mi móvil del bolso y llamé a Pablo, que no tardó en cogerlo.
—¿Dónde te has metido, Julia?
—Ya estoy llegando a casa, me ha surgido un imprevisto.
—No te preocupes, he llevado a Arnau a casa de tu hermana y ya estoy en el club.
—¿Cómo? ¿Que porque he tardado diez minutos le has colocado el niño a mi hermana sin decirme nada?
—Te lo estoy diciendo ahora.
—¡Pablo, que he tardado diez minutos! ¿Es que no puedes esperar diez minutos para librarte de tu hijo?
—Bueno, si hubieras cumplido tu palabra, no hubiera tenido que hacerlo. Voy a colgar, va a empezar la clase. Ya hablaremos de esto.
«Ya hablaremos de esto» era la frase favorita de Pablo. Teníamos tantos estos de qué hablar que, mientras llegábamos a un acuerdo, se podrían haber rodado tres secuelas de El señor de los anillos y su versión extendida. De todas formas, no servía de nada dialogar con él, no iba a cambiar. No lo sabía entonces, pero me hubiera ayudado a no sentirme tan culpable y a no haber acabado en el lugar donde acabé.
Llamé a Susana, la exnovia del hermano de Pablo, que tenía una clínica dental en la calle Serrano, en pleno centro de Madrid. A pesar de la ruptura, tanto Pablo como yo manteníamos una muy buena relación con ella. Además, Susana era la madrina de bautismo de Arnau y una de las pocas personas, aparte de mi hermana, a la que le confiaba mis problemas con Pablo. No contestó, pero sabía que solía quedarse en la clínica hasta las seis de la tarde y a veces incluso hasta bien entrada la noche, así que arranqué el coche y conduje hacia allí. Tuve la —mala o buena, según se mire— suerte de aparcar justo delante de la puerta. Volvió a sonar en la radio Tenía tanto que darte, era ya la tercera vez que la escuchaba en menos de media hora. Volví a cambiar de emisora, pero volvió a sonar esa maldita canción. Llegué a pensar que me estaban gastando una broma de uno de esos programas de inocentadas. Antes de salir del coche, llamé a mi hermana Laura para disculparme por haberle fastidiado su tarde libre.
—Laura, lo siento, de verdad —dije avergonzada.
—Julia, no te preocupes, si estoy encantada de pasar la tarde con mi sobrino. ¿Pero qué te ha pasado? ¿Estás bien?
Laura era la única persona que me preguntaba si estaba bien, pero nunca le decía la verdad.
—Sí, estoy bien. Es que se me ha roto un diente y he tenido que venir a la consulta de Susana a ver si me lo puede mirar. Es muy tarde, no creo que pueda hacer nada hoy, pero al menos podrá echarle un vistazo.
—No te preocupes por Arnau que vamos a estar de maravilla.
—Gracias, Laura. Siempre me sacas de todos los apuros.
—Para eso están las hermanas.
Colgué y guardé mi móvil en el bolso. Quité las llaves y abrí la puerta. Y cuando miré hacia la entrada de la clínica, vi a Susana salir. Vaya, justo aquel día había terminado antes. Dudé si debía acercarme y decirle lo que me había pasado, pero probablemente la pondría en un compromiso y parecía que tenía planes. Iba guapísima: vestido rojo, abrigo negro, tacones de vértigo y un bonito maquillaje de fiesta. ¿Habría conocido a alguien? Eso esperaba, porque desde la ruptura con Sergio no parecía levantar cabeza. La echaba muchísimo de menos en las aburridísimas reuniones familiares de los Álvarez de Tejada y no me gustaba nada cómo la habían tratado, sobre todo porque la causa de la ruptura había sido una infidelidad de Sergio. «De casta le viene al galgo», pensé en cuanto me enteré.
Volví a cerrar la puerta del coche y a encender el motor. Y volvió a sonar la maldita canción. De repente miré hacia el frente y vi a Susana justo delante de mi coche, mirando a la acera opuesta. Estaba a punto de apretar el claxon cuando desapareció. Segundos después me di cuenta de que cruzaba la calle y abría la puerta de un coche negro. Se sentó en el asiento del copiloto y le besó. Y vi mi mundo estallar en mil pedazos ante mí cuando me di cuenta de quién era el coche en el que se había subido. Y en medio de aquella explosión, retumbaba dentro de mi nuevo y flamante coche aquella maldita canción.
«Tenía tanto amor guardado para ti».
No lo vi venir. Nunca me imaginé que Pablo tuviera una amante, y mucho menos Susana. A Pablo le gustaba disfrutar de sus hobbies a solas. No era uno de esos hombres que se apunta al gimnasio o a clases de baile con su pareja, y esa era precisamente una de las cosas que me gustaba de él y que nos permitía a ambos tener un tiempo y un espacio para nosotros solos, o por lo menos así había sido hasta que nació Arnau. Rara vez me contaba lo que hacía cuando no estábamos juntos, no solía hablar de ninguna de sus muchas actividades de tiempo libre, si es que realmente hacía algo que no fuera tirarse a Susana en su piso de soltero que, según él, tenía alquilado a una pareja de arquitectos desde hacía tres años.
Lo primero que se te pasa por la cabeza cuando te ponen los cuernos es cuál es el alcance del engaño. ¿Cuánto tiempo llevarán juntos? ¿Es solo sexo o es amor? ¿Sentirá alguno de los dos algún tipo de remordimiento o me pondrán a parir después de follar? Y luego llega la gran pregunta: si se enterara de que lo sabes, ¿se quedaría con ella o contigo? Todas esas preguntas pasaron por mi cabeza en aquellos escasos segundos desde que los vi besándose en el coche hasta que se fueron. Apagué la radio para no seguir escuchando esa maldita canción y me quedé mirando fijamente a la pegatina de bebé a bordo del coche que estaba aparcado justo delante de mí. ¿Y si Pablo me dejaba por ella? ¿Cómo iba a afectarle a Arnau? Porque si Pablo ya era un padre pésimo, no me podía imaginar cómo sería si no viviera en casa con nosotros. Si me hubiese enterado de aquello antes de estar embarazada, habría reaccionado de una forma totalmente diferente. Sin ninguna duda, habría sacado a Pablo de mi vida de un buen zapatillazo, como a una cucaracha. A Pablo Marido, pero no a Pablo Padre. Sacar a Pablo Padre de nuestras vidas iba a ser imposible. Lo único que me importaba era que mi hijo no sufriera, nada más. Mis ganas de triturarle y hacerme una hamburguesa con sus restos pasaban a un segundo plano.
Puede que no me creáis, pero en aquel momento ni siquiera tenía pensado hablar con Pablo y contarle que los había visto, pero Mercurio retrógrado, una vez más, hizo de las suyas. De pronto me vi una mancha de sangre en la camiseta. Siempre que me llevaba un disgusto me sangraba la nariz, algo que también había heredado Arnau de mí. Arnau y yo nos parecíamos mucho, por suerte. Los dos teníamos el mismo cabello dorado, los ojos grandes y redondos de un marrón miel que con la luz del sol tenía algún destello verdoso y la misma complexión ósea pequeña y atlética.
Arranqué el coche y me dirigí a casa de mi hermana a recoger a Arnau. Crucé la calle Serrano en dirección a Atocha y me puse en el carril izquierdo para adelantar al autobús. Al poner el intermitente para incorporarme otra vez al carril derecho, vi que el coche de Pablo me adelantaba por la derecha. Así que me quedé en el carril izquierdo y les adelanté unos metros más adelante. Y él volvió a hacer lo mismo, adelantarme por el otro carril. Y diréis que es imposible que no hubiera reconocido mi coche, pero lo que no sabéis es que lo había recogido mi padre el día anterior y me lo había traído a casa por la noche cuando Pablo ya estaba dormido, así que él ni siquiera conocía la matrícula. Había un buen atasco en el paseo de Recoletos y estuve parada más de quince minutos, mientras veía a unos metros delante de mí el coche de Pablo. De pronto los vehículos de delante empezaron a avanzar, mientras que en el carril izquierdo seguían parados y, cuando me di cuenta, estaba al lado del coche de mi marido otra vez. Y entonces pasó. Miré a la izquierda y Susana giró la cabeza hacia mí y me vio. Su cara pasó de adolescente encoñada a actriz de película de terror de serie B. Le dijo algo a Pablo, que me miró con la misma cara de pavor que tenía ella. Bajé la ventanilla del coche y Susana hizo lo mismo.
—Cariño, ¿qué te ha pasado? —dijo, mirando con estupor la vena de mi frente que parecía que iba a explotar, la sangre que caía de mi nariz hasta mi pecho y mi nueva sonrisa «cuñao». Sí, parecía Jack Nicholson en El resplandor.
—¿Que qué me ha pasado? —grité iracunda—. ¿Qué te ha pasado a ti? ¿Qué ha sido del «tú eres mi todo y sin ti no soy nada»?
—Julia, cálmate y vamos a hablarlo como personas civilizadas —dijo Susana.
—¡No tengo nada de qué hablar contigo! ¡Esto es un asunto entre mi marido y yo! ¿Entiendes? No voy a hablar nada de mi familia con la zorra que se tira a mi marido.
—Julia, por favor, deja de montar el numerito —increpó Pablo en tono jocoso.
—¿Montar el numerito? ¿Quién está montando el numerito? ¿Yo o tú tirándote a tu excuñada? El numerito te lo va a montar Sergio cuando se entere.
El coche de Pablo avanzó y pegué un volantazo brusco para pasarme a su carril entre los pitidos del coche que estaba detrás de él y que casi golpeo. Empezó a acelerar y yo hice lo mismo. Giró abruptamente a la derecha en la plaza de Colón hacia la calle Génova y le seguí. De repente paró y se bajó del coche. Se acercó a mi ventanilla y la golpeó. La abrí.
—¿Qué quieres? —gritó.
—¿Qué quieres tú que hagamos ahora?
—Divorciarme de ti —espetó.
Y sin saber por qué, empecé a llorar. Pero no era un llanto normal, era como el llanto de un bebé. Yo que rara vez lloraba. Ni siquiera había derramado una lágrima en el nacimiento de mi hijo ni el día de mi boda. No podía pararlo, era como si llorara todos los años de sufrimiento que había pasado a su lado. No era un llanto de dolor, era un llanto liberador. Aún no lo sabía, pero aquello solo era el principio de una nueva oportunidad que me brindaba la vida para hacer las cosas bien y ser feliz. Del llanto pasé a la carcajada. Pablo, que al verme llorar empezó a decirme que lo sentía y que no quería verme así, cambió el semblante y sacudió la cabeza.
—Estás loca —dijo.
ESTÁS LOCA. Entonces aún no lo estaba, y eso que era difícil no volverse loca después de tres años de noviazgo y siete de matrimonio con él. Diez años viviendo al lado de alguien con menos responsabilidad afectiva que ese pistacho que me arruinó la vida o me la salvó, según se mire, y al menos cuatro años sintiendo que no era suficiente para él y que si seguía conmigo era porque teníamos un hijo en común. Pero ni por nuestro hijo me guardaba el más mínimo cariño o respeto. No nos quería a ninguno de los dos, éramos un estorbo para él. Y ahora ya tenía un nuevo juguete.
Recordé el horóscopo de aquel día. Frena. Pero no lo hice. Es más, aceleré.
Aquella noche mi coche y el suyo acabaron en el taller, Susana con un esguince cervical y yo en el ala de Psiquiatría del Hospital Puerta de Hierro. No, Mercurio retrógrado no tuvo piedad conmigo.
4
Símbolo acuario
Julia, la loca
Es curioso que justo el día que sentí que había recuperado el juicio fuera el mismo día en que un psiquiatra me diagnosticó oficialmente la locura. Eso sí, transitoria. «Brote psicótico causado por estrés postraumático». Apenas recuerdo algún detalle de aquellos días oscuros y lo poco que sé es por mi informe psiquiátrico y por mis padres, que fueron los únicos que me vieron durante esos días en que al parecer pensaba que mi marido me quería quitar a Arnau y vendérselo a una tribu maorí, que el rey estaba detrás de todo porque jugaba al pádel con Pablo y que las enfermeras me querían matar poniendo plutonio en mi zumo de naranja. Por suerte, mis delirios desaparecieron con la medicación y, después de unos meses, pude abandonar el hospital.
Todavía recuerdo el día en que salí de allí. Mi padre quería ir a recogerme, pero le dije que prefería coger un taxi a casa yo sola. Arnau estaba con él. Entre Laura y mi padre se las habían ingeniado para que el niño estuviera entretenido en todo momento. Pablo no había puesto ningún impedimento para que mi padre se quedara con Arnau y, aunque mi hermana todavía creía que lo hacía por el bien del niño, mi padre pensaba lo mismo que yo: que no quería hacerse cargo de él y renunciar a su ajetreada vida social —y sexual— por cumplir con sus responsabilidades parentales.
Mi padre no paraba de repetirme que tuviera cuidado con él y que contratara a un buen abogado, pero para entonces yo todavía pensaba que Pablo simplemente era un niño pijo mimado de Madrid con complejo de Peter Pan y que nunca sería capaz de hacernos daño a mí y a Arnau. Pero me equivoqué.
Después de vestirme, despedirme de las enfermeras y del doctor Arteaga, mi psiquiatra, encendí mi teléfono móvil que había mantenido apagado todo ese tiempo por recomendación de él y me monté en un taxi en dirección a casa de mi padre. Cuando estaba a solo diez minutos de llegar, mi móvil empezó a sonar.
«Tenía tanto que darte, tantas cosas que contarte, tenía tanto amor guardado para ti». Era Pablo. Cometí el error de contestar la llamada.
—Te llamo porque quiero que sepas por mí que he pedido la custodia de Arnau.
—Pablo, tú no eres un buen padre para Arnau.
—Al menos no estoy loco como tú.
Bajé la ventanilla del taxi y lancé el teléfono a la calzada.
Aquel mismo día, mi padre habló con un amigo de la infancia cuyo hijo era uno de los mejores abogados de Madrid. Tengo que admitir que al principio tuve ciertas reticencias a que fuera un hombre quien me representara, pero Jesús, además de ser el mejor abogado que había podido tener, era un hombre con una gran sensibilidad y empatía que en todo momento creyó en mí y no me vio como una zorra vengativa y desquiciada, sino como una madre que estaba dispuesta a luchar con uñas y dientes por el bienestar de su hijo.
Al principio pensé que me resultaría fácil obtener la custodia, ya que mi trastorno había sido transitorio y no tenía por qué afectar a mi capacidad futura como madre, pero me equivoqué. Pablo basó su defensa en hacerme parecer una neurótica y demostrar que aquel episodio no había sido algo puntual. Jesús empezó a desesperarse y me pidió que cambiáramos nuestra estrategia, pero yo no quería atacar a Pablo, no quería que mi hijo un día me recriminara que jugué sucio para obtener su custodia. Y, cuando ya lo dábamos todo por perdido, la suerte se nos puso de cara. Mientras Pablo declaraba ante el juez, a Jesús se le ocurrió hacerle una serie de preguntas aparentemente fáciles para cualquier padre.
—Señor Álvarez de Tejada, me gustaría preguntarle si sabe usted cuál es la primera palabra que pronunció su hijo.
—¿Qué? ¿Eso a qué viene ahora? —dijo Pablo, nervioso.
—Conteste a la pregunta, por favor —le recriminó el juez.
—Pues… creo que mamá, como todos los niños.
—¿Cuándo es el cumpleaños de su hijo?
—¿Pero qué importancia tiene eso?
Pablo empezó a ponerse rojo y el juez le miró asombrado.
—No es una pregunta tan difícil, todo el mundo recuerda el día en que nació su hijo. Para la mayoría de seres humanos, es uno de los días más importantes de su vida. Pero no se preocupe, no me conteste, mejor le hago una pregunta más fácil.
—Sé cuándo nació mi hijo. En agosto, como su madre. El… el… el cinco de agosto.
—¿Y es su hijo alérgico a algún medicamento?
Pablo miró de soslayo a su abogado, que tenía el rostro desencajado. El juez le ordenó que respondiera.
—Al ibuprofeno —respondió cabizbajo.
—¿Lo puede repetir? Es que no le he oído.
—Al ibuprofeno —repitió subiendo el tono de voz.
—Me alegro de que ahora sí lo recuerde. Señoría, le entrego una nueva prueba. Es un informe del Hospital La Paz. Arnau Álvarez de Tejada Cuesta ingresó hace un año y dos meses con dificultad respiratoria porque su abuela paterna le dio Dalsy. Su padre, el señor Álvarez de Tejada fue a comprarlo a…
—¡Fue un error! ¡Todos los padres cometen errores, por Dios! —gritó Pablo desesperado, poniéndose de pie.
—Siéntese, señor Álvarez de Tejada —increpó el juez.
—Por supuesto, pero si mi clienta, a la que usted tacha de trastornada, no se hubiera bajado de un avión cinco minutos antes de despegar, quizá no estaríamos aquí.
El abogado de Pablo no paraba de hacer aspavientos y el juez le llamó la atención. Jesús se acercó al estrado y le entregó una carpeta. Luego se dio la vuelta y me miró. Yo tenía los ojos vidriosos y me temblaban tanto las manos que no podía ni sacar la bolsa de pañuelos de papel de mi bolso. Me sonrió y con ello consiguió liberarme de la presión que sentía en el pecho.
—El cumpleaños de Arnau es el diez de agosto y la primera palabra que dijo fue «titín», refiriéndose a su abuelo Joaquín. No hay más preguntas, señoría.
—Arnau, como no vengas a desayunar, vamos a llegar tarde al colegio.
Le puse la comida a Niebla, que como todo los días se abalanzó sobre ella como un león a su presa. Arnau seguía sin venir a la cocina y solo nos quedaban unos quince minutos para salir de casa. Después de llamarle dos veces más y de empezar a preocuparme por no escuchar ningún ruido salir de su habitación, me acerqué y le vi sentado en una esquina de su cama hecho un ovillo.
—Arnau, cariño, ya lo hemos hablado. Tienes que ir al colegio. No te puedes quedar todo el año en casa.
—Lo sé, mamá, pelo es que no estoy plepalado.
Una de las cosas más difíciles de la maternidad es conseguir que tu hijo no herede tus putas taras mentales e inseguridades. Un niño de seis años que se pasa el día pegado a ti es un esponja, así que tienes que tener mucho cuidado con la imagen que proyectas, con tus actos y, si eres leo, con lo que sueltas por esa bocaza, porque te va a copiar. Sí, se empapan de todo, hasta de tu miedo a salir del cascarón por si alguien se hace con tu corazón una tortilla francesa.
—Cariño, a veces en la vida suceden cosas que no esperamos que sucedan, pero todo pasa por algo.
Clalo, mamá. El univelso nos manda señales y todo eso del holóscopo.
Arnau se levantó de la cama, cogió su mochila y se fue a la cocina sin rechistar. Mientras él se tomaba el segundo tazón de cereales, salí a la puerta a mirar si había recibido algún mensaje. Dentro de la casa había mala cobertura. Tenía un mensaje de Elisa, una de las pocas amigas que conservaba en el pueblo que me proponía ir a una de esas quedadas de solteros que se organizaba cada mes en Villanueva, a escasos kilómetros de nuestro pueblo.
«Vamos, Julia, tienes que rehacer tu vida. Ya ha pasado casi un año desde que te divorciaste de Pablo».
Resoplé y contesté al mensaje:
«Todavía no estoy preparada».
En aquel pueblo no había casi nada que hacer, solo casas, campo, animales, un bar, una pastelería, tres tiendas de ultramarinos y un puticlub en la carretera. Y pensaréis, ¿qué hace una urbanitas como yo, divorciada, con un hijo de seis años, un gato con tres patas y dos cabras enanas en un pueblo de doscientos habitantes y ochocientos animales donde no pasa nada?
Pues lo que estáis pensando. NADA. Solo existir.
5
Corazón ardiente
Mi corazón ardía como el Windsor
«Señores pasajeros, les damos la bienvenida al vuelo 4001 con destino a Nueva York. No olviden abrocharse los cinturones para el despegue y mantener su mesa plegada. Y, por favor, Julia, no se te ocurra tirarle el café encima al pasajero del 34C si no quieres joderte la vida».
—Mami, tengo fieble y no puelo il al cole —susurró Arnau, despertándome de mi extraño e inquietante sueño.
—Vamos a ver —dije, poniendo mi mano en su frente—. No, no tienes fiebre.
—Mamá, te julo que estoy malito.
—Arnau, las madres tenemos superpoderes y adivinamos si nuestros hijos están enfermos poniéndoles la mano en la frente. Y también sabemos cuándo nos están mintiendo para no ir al cole y quedarse todo el día holgazaneado.
—¡Mamá, que estoy muy enfelmo, de veldad! —insistió.
Le metí en la cama conmigo y me abrazó con fuerza. Y me sentí culpable por pensar que ojalá alguien me estuviera abrazando en vez de él en aquel momento. Sabía que no debía sentirme así, pero no podía evitarlo. Llevaba demasiado tiempo sin tener a un hombre a mi lado. A mi lado de verdad, porque en el otro lado de la cama ya habían dormido varios, pero ninguno se había quedado. Por el momento, con ninguno había sentido lo mismo que aquel día que conocí a Pablo.
Amaba mi profesión. ¿Quién no amaría poder salir de su aburrida rutina de cumpleaños infantiles, parques de bolas y largas jornadas de planchado durante unos días y, además, cobrar por ello? Cuando conocí a Pablo trabajaba como auxiliar de vuelo y tenía una relación. Miguel era mi novio desde la universidad y nunca me había cuestionado nada sobre nosotros. Creía que éramos felices y los dos nos parecíamos mucho. Amábamos nuestra profesión por encima de todo y no hacíamos planes a largo plazo. Visto en retrospectiva, puedo entender por qué duramos tanto: porque no nos daba tiempo a encontrar una razón para dejarnos. Miguel era arquitecto y también viajaba mucho por trabajo. No pasábamos ni dos días juntos cuando alguno tenía que hacer las maletas. Estoy convencida de que si todas las relaciones fueran así, no habría rupturas. Pero aquel vuelo lo cambió todo. Yo ni siquiera debería haber estado allí, sino en Playa del Carmen tomando el sol con un margarita en la mano, pero tuve que sustituir a una compañera que se había roto una pierna esquiando y aplazar mis vacaciones. Sin embargo, allí estaba y, una vez más, Mercurio retrógrado tenía sus propios planes para mi futuro.
Como os he dicho, nunca me había cuestionado lo que sentía por Miguel, hasta que le tiré a Pablo el café encima y como en aquella canción de Pereza, mi corazón ardió como el Windsor, casi tanto como su entrepierna. Pasé con él las dos noches siguientes en Nueva York, con sus respectivos días. Cualquiera que nos hubiera visto pensaría que éramos una de esas parejas de turistas enamorados que visita la Gran Manzana casi a diario. Ahí empecé a darme cuenta de que aquello era nuevo para mí y de que sentir la necesidad de besar la comisura llena de mayonesa de alguien en medio de un montón de extraños en Central Park era algo extraordinario que hasta entonces no había experimentado. Eso era lo que faltaba en mi relación con Miguel, ilusión y pasión. Y a esos días le siguieron otros tantos en Madrid, hasta que la situación se volvió insostenible. Un buen día, los dos decidimos dar un paso adelante y me mudé a su piso en el centro de Madrid, y después de tres años de relación, decidimos casarnos. Os preguntareis si todo empezó a joderse cuando firmamos aquel contrato. No, ahí todavía no, pero eso es algo que os contaré más adelante.
Un ruido que venía de la entrada de la casa me hizo levantarme de la cama sobresaltada y me sacó abruptamente de mis pensamientos. Arnau también se asustó y se escondió bajo las mantas. Me dirigí hacia la puerta y abrí la mirilla para ver de dónde venía aquel ruido. Vi una caja enorme y una mano con dos vistosos anillos que tocaba la puerta. No hacía falta ver más para saber quién era. Abrí.
—¿Pero qué demonios es eso? ¿Te has vuelto loca?
—Es que lo íbamos a tirar y no pude evitarlo. Tenía que traérselo a Arnau.
—Dime que no es otro animal, Laura, que ya tenemos bastante con esas dos cabras endemoniadas.
—Bueno… más o menos. Pero esta vez es de poliespán.
Laura empujó la enorme caja por el pasillo de la entrada y Arnau llegó en cuanto escuchó su voz.
—¿Pero tú quién eres? —dijo ella con sorna.
—Soy Alnau, tía Lauga.
—Tú no eres Arnau, eres un niño enorme con la voz de Arnau. Madre mía. ¡Cómo has crecido!
Sonreí orgullosa. Sí, aunque nadie me creyera capaz, había conseguido criar sola a mi hijo e incluso había crecido. Gallifante para Julia.
Entre Laura y Arnau abrieron la enorme caja de cartón y, apenas unos segundos después, pudimos descubrir lo que había en su interior. Estaba a punto de gritarle un buen número de improperios a mi hermana hasta que vi la cara de Arnau, que probablemente nunca hubiera imaginado que aquel día fuera a hacer realidad uno de sus más ansiados sueños.
—¡Mila, mamá! ¡Es un Olaf gigante!
—Sí, cariño, un Olaf gigante, qué guay —dije, entre dientes, echándole una mirada asesina a mi hermana.
Me fui hacia la cocina a prepararme un café. Definitivamente lo iba a necesitar. Saqué la cafetera del armario y abrí la lata de café que estaba sobre la encimera de la cocina.
—No te enfades, Julia. Es de la boda que te dije que iba a organizar en Ponferrada. Cuando lo vi al día siguiente al lado del contenedor de basura, supe que tenía que traérmelo. Nos hicieron montar un parque infantil temático de Frozen y sabía que a Arnau le volvería loco. Y mira cómo se ha puesto.
—Laura, es que primero fueron dos cabras y ahora un Olaf de metro y medio. ¿Por qué no le regalas algo de Lego como la gente normal?
—Porque alguien de los dos tiene que ser feliz en esta casa, y tu hijo es más fácil de complacer que tú.
—Yo soy feliz, Laura.
—Sí, se te nota en la cara.
—¿Qué le pasa a mi cara?
—¿Desde hace cuánto tiempo no te echan un buen polvo?
—¿Qué?
—Que necesitas follar, Julia. Que mira la pinta que llevas.
Me miré el pijama y vi qué era lo que había captado la atención de Laura: una enorme mancha de café. ¿O sería el agujero en la costura?
—Me acabo de divorciar.
—Ya ha pasado casi un año —interrumpió Laura—. No te acabas de divorciar, y a esa rata no deberías guardarle tanto luto.
—Ojalá fuera como tú y pudiera pasar página tan rápido, pero mi exmarido quiere quedarse con mi hijo para jugar a las casitas con la zorra de Susana.
—Y su nuevo hijo del todo a cien —dijo, achinando los ojos. Laura era mucho más expresiva que yo. A veces solo tenías que mirarla para saber lo que pasaba por su cabeza, aunque su lengua era afilada como un cuchillo.
—No seas mala.
—Susana es estéril y sabe que si no ata bien a Pablo, a ella le va a hacer lo mismo que a ti, así que ha comprado un niño en China para que no se lo haga a otra y pillarle por los huevos.
—No voy a ser yo la que diga que estás equivocada.
—Y tú estás aquí esperando a ver qué hace, como siempre. Estás dejando que Pablo siga decidiendo en tu vida.
—Laura, estoy preocupada, tú no lo estás porque no es tu hijo. Podría quitármelo, ¿te das cuenta?
—Claro que estoy preocupada, pero por ti, porque por Arnau ya se preocupa todo el mundo. ¿Y qué pasa contigo? Eres joven, guapa, inteligente, y te has escondido en este pueblo de mierda como si fueras una divorciada de sesenta años a la que ha dejado su marido para irse con una veinteañera tiktoker.
—No me estoy escondiendo de nadie. Me he mudado aquí porque necesitaba un cambio, Madrid me estaba ahogando.
—¿Has hecho amigos?
—Sí.
—Digo además de Elisa…
—¿Qué problema tienes con Elisa? No hay mucha gente por aquí mayor de cuarenta además de ella, solo madres de familia cuya vida social es ir al parque con sus hijos y viejos que juegan la partida en el bar por las tardes. No me interesa la gente aburrida como yo.
—¿Y no hay hombres?
—Todos casados o divorciados.
—Ya, lo de casados nunca sale bien y, divorciados, peor. No conozco un solo divorciado que no tenga alguna tara. ¿Y Teo?
—¿Qué pasa con Teo?
—Quiero decir que si lo has visto.
—Se habrá ido del pueblo, aquí no hay nada. Sus padres murieron hace años.
—Vaya. Seguro que le encantaría cumplir su promesa. Y a ti no te vendría nada mal en este momento, no lo niegues —dijo guiñándome el ojo.
—Laura, éramos unos críos. Han pasado más de veinte años. Si nos encontráramos, ni siquiera nos reconoceríamos.
—El primer amor nunca se olvida.
—¿Amor? Éramos unos críos y nos dimos un beso bajo un árbol. Nada más.
—Y te prometió que si se iba del pueblo, un día volvería a por ti y os casaríais.
—Laura, por favor, que aquello fue una tontería de críos. Por supuesto que no va a venir a buscarme con una carroza de oro y dos caballos blancos en cuanto se entere de que Julia la loca ha vuelto al pueblo. Seguro que se ha casado y vive en Barcelona o Madrid. Es virgo, así que será funcionario y tendrá una vida monótona y aburrida con una mujer perfecta y ordenada como él que tendrá los calcetines separados por colores. Lo que me faltaba, otro virgo como Miguel que hasta planifique los polvos semanales. ¿Crees que va a dejar su aburrida vida planificada al milímetro por Julia, la pirada, la reina de la improvisación?
—Bueno, ya sabes lo que dice mamá, que no siempre nos define nuestro signo. Igual tiene ascendente libra.
—Laura, un virgo es un virgo. Son más aburridos y predecibles que una película navideña.
Cogí mi taza de café y salimos a la terraza. Arnau seguía en el salón cantando Suéltalo y bailando con Olaf. Laura cogió una cerveza del arcón y las dos nos sentamos en dos viejas butacas. Aquella mañana hacía un tiempo agradable para ser febrero, brillaba el sol y solo se escuchaba el canto de los pájaros y el viento rozando las hojas.
—Iñaki se va un año a Nepal a un retiro espiritual.
—¿Un retiro espiritual? ¿Iñaki? ¿El mismo Iñaki que quería dejar su trabajo en el banco para ser Youtuber?
—Sí, y no sabes el susto que me dio cuando vino llorando a decirme que quería encontrarse con Nirvana, pensé que se iba a pegar un tiro como Kurt Cobain.
—Estás de coña, ¿verdad? ¿Iñaki en un templo budista?
—Van a ser solo unos meses.
—¿Y por qué no te vas con él?
—Porque ahora tengo mucho trabajo, no puedo dejarlo e irme a Nepal. Y, además, él necesita hacer esto solo.
—No te ha pedido que te vayas con él, ¿verdad?
—Bueno, no ha salido el tema todavía…Son solo unos meses, y ya sabes que está muy mal desde que murió su padre. Puede que le venga bien cambiar de aires, su psiquiatra dice que necesita vivir nuevas experiencias y dejar el sufrimiento atrás.
—¿Su psiquiatra o él? Laura, no me parece bien que no te haya dicho que te vayas con él. No son unos meses, es un año. ¿Estás segura de que no quiere dejarte?
—¡Claro que no! Iñaki nunca me dejaría. He estado a su lado en los peores momentos de su vida y él en los míos.
—Vamos a ver, Laura, que a ti lo único malo que te ha pasado desde que estás con Iñaki es que te quemaron el pelo en la peluquería y te tuviste que cortar tres palmos.
Un coche pasó por delante de nuestra casa, giró hacia la derecha y se detuvo delante del puticlub. Laura miró sorprendida.
—¿Y qué tal con tus vecinas? ¿Han venido alguna vez a pedirte sal o azúcar?
6
Hogar feliz
Dulces sueños
Villares de la Siberia no era el único pueblo en el que había un puticlub en la entrada y, además, estaba de todo menos concurrido. Alguna mañana había visto a varias mujeres entrar muy temprano, antes de ponerse el sol, e irse por la tarde. ¿Prostitutas de día? Aunque eran nuestras únicas vecinas, me resultaba muy extraño no haber visto nunca a quien fuera que lo regentara y, sobre todo, a ningún cliente. ¿Qué puticlub podía sobrevivir tantos años abierto sin clientela? En un año solo había visto a un hombre merodeando por allí de vez en cuando y no parecía el tipo de cliente que frecuentaba puticlubs.
Laura y yo pasamos aquella apacible mañana en el jardín. Arnau no paraba de protestar porque las cabras no hacían lo que él quería.
—Arnau, ya te he dicho mil veces que Tito y Piraña son cabras, no perritos, y no van a hacer lo que tú les digas. Y, por favor, baja la voz —grité.
—¿Qué les das de comer a esas cabras y a ese niño? Parece que van pasados de vueltas —dijo Laura entre carcajadas.
—Esta mañana me ha engañado para no ir al colegio. Lleva ya unos días inventándose excusas para librarse, pero hoy no lo he llevado porque pensaba que había estado incubando un catarro y podría empeorar a lo largo del día. Y ya ves que está de maravilla. Voy a tener que ir otra vez a hablar con su profesor. Y tú, menuda idea de mierda tuviste al traerme a esos dos bichos de Satanás. He intentado colocárselos a alguien, pero no hay manera.
—Pregúntale a las putas si los quieren.
—No las conozco.
—¿Viven justo enfrente de tu casa y no las conoces?
—No, nunca he hablado con ninguna de ellas, solo las he visto entrar muy temprano e irse sobre las cinco.
—¿A quién se le habrá ocurrido llamarle «Dulces sueños»?
—A alguien muy pretencioso —bromeé.
Me levanté de la butaca y fui a asegurarme de que la puerta estaba cerrada y Niebla seguía tumbada sobre el felpudo como siempre. Me agaché y la acaricié. Era la gata más dócil y cariñosa que había tenido en toda mi vida y, sin duda, la más bonita. Tenía el pelaje blanco inmaculado y unos ojos verdes enmarcados por unas frondosas pestañas poco habituales en un gato. Cuando la encontré en la carretera, tenía una de las patas traseras en muy mal estado y se la tuvieron que amputar, pero se las arreglaba perfectamente y tenía la misma vida que cualquier gato. Se tumbó boca arriba para que le rascara la barriga. Escuché a lo lejos un siseo.
Volví a salir al jardín y vi a Laura junto a la valla de la entrada con Arnau en brazos. Estaba hablando con alguien. Desde allí no podía ver de quién se trataba. Me acerqué un poco y entonces vi que hablaba con aquel hombre que solía frecuentar el puticlub casi a diario. Llevaba unos pantalones marrones raídos y una sudadera azul marino llena de tiznones blancos. Parecía que se hubiera manchado las manos de tiza y se las hubiera limpiado en ella. Me miró y me saludó con la mano desde lejos. Yo hice lo mismo de manera casi instintiva. Se alejó y Laura se quedó mirándolo desde la valla.
—Si tú vas a acabar conociendo a mis vecinos antes que yo —ironicé.
—Pues encantada de conocerlos si son todos así. Creo que voy a venir más a menudo.
—¿Quieres decir que visten como mendigos y frecuentan puticlubs?
—¿Crees que es cliente del puticlub? Igual ha venido a arreglar algo. No le he preguntado el nombre, o tal vez mis hormonas gritaban tan fuerte que no lo he escuchado. Sí, me lo ha dicho, pero no me acuerdo. Marcos… Miguel… algo que empieza por la letra eme.
—Mendigo de nombre y Putero de apellido —espeté.
Después de una larga mañana en el jardín, que se extendió hasta la hora de comer, le pedí a Laura que nos acompañara al pueblo y esperara en el coche con Arnau mientras yo hacía algo importante. Había hablado unos días antes con Luciana, la mujer del dueño del bar del pueblo, y me había dicho que me pasara por allí alguna tarde cuando estuviera su marido porque quizá podría darme trabajo. El viejo necesitaba a alguien por las mañanas antes de abrir para que se ocupara de cosas que él ya no podía hacer. No sabía a qué se refería, pero necesitaba trabajar.
Desde que me había separado, vivía de mis ahorros. Nunca había aceptado un duro de Pablo para mí y todavía no había conseguido vender mi piso de la Gran Vía. Él había intentado resarcir todo el daño que me había hecho con dinero, pero, por suerte, no necesitaba su ayuda económica para criar a mi hijo. Durante los últimos años había ahorrado el dinero suficiente como para poder pasarme una buena temporada sin trabajar, pero necesitaba una distracción y ya era demasiado mayor para pasar tanto tiempo fuera del mercado laboral. Y tenía que pagar un buen abogado. Jesús podía haberme defendido mucho mejor, pero había declinado su oferta de hacerlo gratis después de acostarme varias veces con él después del juicio. Y la cosa se complicó aún más cuando me propuso que empezáramos una relación y me negué. No iba a dejar mi futuro en manos de un ex, probablemente resentido. Nota mental: no acostarme con mi abogado habiendo mil hombres solteros, viudos o divorciados bebiendo solos en bares y que no puedan arruinarme la vida.
Saqué unos vaqueros que llevaban meses metidos en un cajón y pude comprobar que definitivamente sí, había perdido bastantes kilos, pero nada que no se pudiera arreglar metiéndome el jersey por debajo del pantalón y poniéndome un cinturón, al que le tuve que hacer dos agujeros con una tijera. Aquello no iba a ser una entrevista de trabajo como las que había hecho anteriormente, pero quería dar una buena impresión. Ya había intentado encontrar un empleo fuera del pueblo, pero me resultaba imposible poder hacerme cargo de Arnau trabajando a cincuenta kilómetros de casa, y el bar era la única oferta laboral que había tenido durante meses. Solo había tenido dos trabajos en mi vida: auxiliar de vuelo y responsable de marketing. El primero había sido el que más me había llenado y, el segundo, el que más lágrimas me había hecho derramar.
Aparqué en la parte trasera del bar y lo primero que vi fue a Elisa. Se acercó y bajé la ventanilla.
—Iba a llamarte esta semana, hace mucho que no sé nada de ti. ¿Estáis bien? —dijo mirando a la parte trasera del coche y saludando con la mano a Laura y Arnau.
—Sí, vengo a ver a Heladio, puede que trabaje en el bar.
—Eso es estupendo, Julia. Te vendrá bien salir de casa. Oye, si quieres os espero y nos tomamos algo en el quiosco de la plaza cuando termines.
—¡Un helado! —exclamó Arnau.
—Tú no deberías tomar helado si estás malo, señorito —le reñí—. Anda, bajad del coche los dos y esperadme con Elisa en el quiosco de la plaza. Iré en cuanto termine.
Cuando entré en el bar, lo primero que noté fue un fuerte olor a café, tabaco y madera carcomida. Aquello no había cambiado nada desde la última vez que había estado con mis padres allá por los años 90, salvo por la nevera enorme con un logo de Coca-Cola donde antes había un congelador con una llamativa pegatina de Frigo y un cartel luminoso de Mirinda justo encima. Sin querer, me había transportado a aquellos veranos de finales de los ochenta en los que Teo y yo jugábamos a la rayuela en la puerta. Heladio nos sacaba dos Mirindas y un plato de cortezas de cerdo y allí pasábamos las mañanas de los fines de semana. Lo primero que hacíamos cada sábado nada más llegar al bar era pedirle a Heladio la piedra y la tiza para repasar las líneas de la rayuela. Ya antes de entrar, estaba el joven Heladio, entonces lampiño y de cara enjuta, sirviendo las cortezas en un plato y ordenándole sacar a su madre las Mirindas del frigorífico.
Luciana salió de detrás de la barra y me invitó a sentarme. En mis recuerdos, el bar era mucho más grande, tal vez porque la última vez que lo pisé las mesas me llegaban por la cintura. Parecía que los espacios entre mesa y mesa se hubieran estrechado y los techos se hubieran vuelto más bajos. Lo mismo me pasó cuando llegué a la casa de mis padres, que en mis recuerdos parecía Falcon Crest, pero apenas tenía cien metros cuadrados, aunque eso sí, muy bien aprovechados. Y entonces salió don Heladio de la trastienda. Ya nada quedaba de aquel joven con el que coqueteaban todas las solteras del pueblo. Había engordado y una poblada barba enmarcaba un rostro mucho más lustroso que el de antaño. No parecía estar en su mejor día, o quizá se hubiese vuelto gruñón con los años. No podía escuchar bien lo que él estaba diciendo, pero sí a Luciana.
—No podemos seguir así, ella seguro que sabe de estas cosas, tiene estudios.
—Si el traidor de tu hijo hubiese hecho lo que debía, no necesitaríamos que una forastera viniera a meterse en los asuntos de la familia. Pero lo has criado mal, muy mal, mujer. Ya te lo dije hace tiempo, que con tanto sándwich de pavo, mira cómo nos ha salido. ¡Pues amariconao, joder!
Sin duda, Heladio se refería a Joaquín, el único hijo varón de la familia y quien, por tanto, debería haberse hecho cargo del bar como hizo Heladio a los veinticinco años. Sin embargo, Joaquín había decidido mudarse a Amsterdam y, lo que era aún peor para un hombre chapado a la antigua como Heladio, era bailarín, que según el viejo era «de mujeres y maricas». Joaquín había bailado para las mejores compañías de danza de toda Europa y vivía de su pasión, algo que para Heladio no parecía tener la más mínima importancia si no respetabas la tradición de seguir con el negocio familiar.
Finalmente decidió salir de la trastienda y se sentó al otro lado de la mesa. Luciana se quedó de pie detrás de él, probablemente para evitar que se fuera corriendo. Fue ella la que rompió el hielo mientras Heladio parecía cada vez más malhumorado.
—Pues verás, Julia, Joaquín va a volver al extranjero y vamos a necesitar a alguien que se ocupe de los papeles, los pedidos y esas cosas. Él lo ha estado haciendo desde que a Heladio le dio el último apechusque que casi la rosca y dice que solo se necesita a alguien que tenga estudios y sepa de ordenadores. Solo tendrías que trabajar por las mañanas un par de horas. Sé que tienes un hijo y necesitas el dinero, así que se nos ha ocurrido —dijo, poniendo las manos sobre los hombros del gruñón Heladio que, por supuesto, no había decidido nada de lo que Luciana estaba alardeando— que vengas por las mañanas cuando dejes a Arnau en el colegio y te vayas a la hora de recogerlo. Y si algún día tienes que traerlo, no nos importa. Cuando acabes con las cuentas, puedes echar una mano a Heladio en el bar. Sé que no es una gran cosa, pero…
—Acepto —interrumpí.
Heladio levantó la cabeza y me miró por primera vez desde que había entrado.
—Pero no te hemos dicho lo que te vamos a pagar, no es mucho —observó Luciana.


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