Mas que un rabino: La vida y ensenanzas de Jesus el judio de Cesar Vidal

Mas que un rabino: La vida y ensenanzas de Jesus el judio de Cesar Vidal

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Millones y millones de personas adoran, veneran y admiran a Jesus de Nazaret. Dios, para algunos, maestro, para otros. La verdad, sin embargo, es que su historia y sus verdaderas ensenanzas son ignoradas por las masas. Siglos de interpretaciones y manipulaciones han ocultado el hecho de que Jesus no era un cristiano. El reconocido historiador Cesar Vidal nos presenta en Mas que un rabino a Jesus quien nacio, vivio y murio como judio. No podemos entender a cabalidad sus ensenanzas y su impacto en la religion hasta que entendamos completamente este hecho.

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Tabla de Contenidos

  1. Índice De Abreviaturas
  2. Introducción
  3. Capítulo I. «Vino Un Hombre Llamado Juan…»
  4. Capítulo II. El Primer Rechazo Del Poder Y Los Primeros Discípulos
  5. Capítulo III. El Gran Ministerio Galileo
  6. Capítulo IV. El Mayor Maestro De Parábolas
  7. Capítulo V. La Compasión Del Mesías
  8. Capítulo VI. Los Doce
  9. Capítulo VII. La Enseñanza Para Los Discípulos
  10. Capítulo VIII. El Hombre Que No Quiso Ser Ese Rey
  11. Capítulo IX. Seguimiento Y Rechazo
  12. Capítulo X. Más Que Un Rabino (I)
  13. Capítulo XI. Más Que Un Rabino (II) El Mesías Y El Hijo De Dios
  14. Capítulo XII. La Luz Del Mundo
  15. Capítulo XIII. El Último Año
  16. Capítulo XIV. La Última Semana (I) Del Domingo Al Martes
  17. Capítulo XV. La Última Semana (II) Del Miércoles Al Jueves
  18. Capítulo XVI. Arresto Y Condena (I) El Sanedrín
  19. Capítulo XVII. Arresto Y Condena (II) La condena romana
  20. Capítulo XVIII. La Crucifixión
  21. Capítulo XIX. «No Busquéis Entre Los Muertos Al Que Vive»
  22. Capítulo XX. Hasta lo último de la tierra
  23. Conclusión. Más Que Un Rabino
  24. Apéndice I. Las Fuentes Extrabíblicas Sobre Jesús.
  25. Apéndice II:Algunas Cuestiones Relacionadas Con El Nacimiento De Jesús
  26. Apéndice III. Jesús Y Las Profecías Mesiánica
  27. Bibliografía

Introducción

Fue mérito del Dr. Albert Schweitzer1 el elaborar una historia de las biografías de Jesús anteriores a su época y dejar claramente de manifiesto que en ellas no se encontraba al Jesús histórico sino, fundamentalmente, las meras proyecciones de la personalidad de los diversos biógrafos. Al final, tras leer todo el elenco de textos analizados por Schweitzer, poca duda podía quedar de que el lector no se encontraría en ellos con Jesús sino con el escéptico, el descreído, el liberal o el antiguo clérigo que los habían redactado. El mismo Schweitzer había rechazado a esas alturas la tesis —muy popular a la sazón— de que Jesús era un enfermo mental. Ciertamente, también él abordaría el mismo tema, y aunque no puede dudarse de que su aporte implicó un cierto avance historiográfico, no resulta menos cierto que se vio lastrado no poco por su propia teología liberal.2 Desde entonces a acá —y ha pasado más de un siglo— la situación no ha variado sustancialmente, aunque los resultados sean diferentes.

Un caso extremo, por ejemplo, fue el de Morton Smith, que pretendió equiparar a Jesús con un mago3 y obtuvo cierto éxito público; luego, poco después, sostuvo que Jesús era un sodomita que sometía a sus discípulos más cercanos a una iniciación homosexual.4 El libro fue publicado con un prólogo de Elaine Pagels y pretendía basarse en un documento primitivo. La realidad es que Morton Smith —él mismo un homosexual— había falsificado el documento y falleció en medio del mayor descrédito.5 Hoy en día, se ha tejido un espeso manto de silencio sobre Smith al que han contribuido especialmente los eruditos asociados con él. Lamentablemente, no todas las imposturas son descubiertas con tanta claridad.

Otras ocasiones, también han surgido voces que han pretendido reducir a Jesús a un simple revolucionario que habría sido ejecutado como un zelote, el partido religioso violento que desempeñó un papel fundamental en la guerra del 66-73 d.C. contra Roma. Los autores defensores de semejante tesis han solido presentarla incluso como un hallazgo propio y original cuando, en realidad, todos ellos —lo sepan o no— son tributarios de R. Eisler,6 quien la expuso en el primer tercio del siglo XX. A decir verdad, los que han abundado después en esa dirección —S. G. F. Brandon,7 Hyam Maccoby,8 Joel Carmichael, más recientemente el musulmán Reza Aslan—9 no suelen mencionar a Eisler y tampoco han logrado fundamentar su posición de una manera medianamente sólida. De hecho, Hernando Guevara, en un libro magistral y lamentablemente poco conocido, ha demolido totalmente la tesis no solo de que Jesús fuera un zelote sino también de que los zelotes hubieran existido en su época.10

Con todo, debe reconocerse que este punto de vista no solo es marginal sino incluso despreciado, y más bien los retratos interesados sobre Jesús han seguido sucediendo casi con una meta común:dejar de manifiesto que no pasó de ser un rabino, un maestro de moral, incluso un fariseo aunque de corte liberal. Los ejemplos, al respecto, son múltiples. Es el caso, desde luego, de la primera biografía de Jesús escrita por un judío en la que el retrato no era trazado con tintes negros sino buscando asimilar al personaje en el seno de la historia judía. La obra en cuestión, debida a Joseph Klausner,11 fue agriamente criticada por otros autores judíos ya que pretendía aceptar como propio a alguien que durante siglos había sido contemplado como un blasfemo y fuente de inmenso sufrimiento para el pueblo judío. Sin embargo, iba a marcar un rumbo que, con mayor o menor fortuna, iban a seguir otros autores en no pocos casos también judíos. Fue, desde luego, el caso del rabino alemán Leo Baeck,12 dispuesto a ver en Jesús a un judío, e incluso a un rabino, pero jamás al Mesías. Fue también lo que aconteció con el también judío Hugh J. Schonfield, casi olvidado en la actualidad, pero que en los años setenta del siglo XX obtuvo una extraordinaria popularidad con su libro The Passover Plot (El complot de Pascua), donde pretendía haber descubierto la clave para comprender la vida de Jesús.13 Volvemos a encontrarlo, de manera semejante, en Schalom Ben-Chorin14 e incluso en David Flusser,15 posiblemente el autor judío más destacado de los que ha escrito sobre el tema. Jesús ha pasado de constituir un personaje odioso a convertirse en alguien aceptable, pero solo a condición de que no fuera más allá de ser un rabino o un maestro de moral.

Con todos los matices que se desee, una posición no muy distinta fue la seguida por Rudolf Bultmann y los post-bultmanianos. Para Ernst Käsemann —el iniciador de la denominada Nueva Búsqueda de Jesús—, Günther Bornkamm o Norman Perrin, Jesús fue, sustancialmente, un maestro de moral con tintes carismáticos o taumatúrgicos. Algo similar —aunque más crítico con las fuentes históricas— encontramos en el Jesus Seminar, un grupo que, por primera vez en la historia, decidió someter a voto la fiabilidad de las fuentes, y optó por posiciones de rechazo masivo a buena parte de lo contenido en las mismas. Las posiciones del Jesus Seminar han sido ásperamente criticadas por los especialistas, cuestionando incluso la integridad de sus componentes principales.16 A decir verdad, si su peculiar metodología se aplicara a la Historia Antigua impediría totalmente ahondar en la investigación.

Esa visión del Jesús rabínico aparece igualmente en algunos de los libros de más éxito de las últimas décadas. La encontramos en J. P. Sanders17 —aunque reconoce que, implícitamente, Jesús se proclamó rey—, John P. Meier o Gerd Theissen.18

En algún caso, incluso el rabino deja de serlo —la formación de Jesús, según esta interpretación, habría sido deficiente— para convertirse en un personaje carismático semejante a Honi el trazador de círculos, un ser legendario que, supuestamente, obligaba a Dios a escucharlo mediante el expediente de dibujar un círculo, entrar en su interior y amenazar con no salir hasta que el Altísimo lo escuchara. Tal fue, por ejemplo, la posición del difunto académico judío Geza Vermes.19 Dicho sea de paso, esta visión ruralizante de Jesús es la que encontramos también en el antiguo sacerdote católico-romano John Dominic Crossan,20 que ha decidido convertir a Jesús —¡de nuevo!— en un maestro de moral, pero limitado por su enfoque campesino hasta el punto de ser un equivalente de los filósofos cínicos de la Antigua Grecia. Como tendremos ocasión de ver en la presente obra, ni Galilea era una zona pesadamente rural ni Jesús se movió única y exclusivamente en ese trasfondo. A decir verdad, existe un cosmopolitismo en la enseñanza y en los lugares por donde Jesús se movió que resulta indispensable tener en cuenta. De manera bien significativa, Crossan ha llegado incluso a especular con la idea de que el cuerpo de Jesús nunca apareció… porque se lo comieron los perros.21

En estas visiones, en todos y cada uno de los casos, a pesar de la diferencia de matices, existe una coincidencia fundamental y es el peso del entorno cultural donde el gurú, el maestro de espiritualidad y el predicador son elementos aceptados porque pueden proporcionar, en apariencia, consuelo sin exigir ningún cambio real en las distintas existencias humanas.22 Ciertamente, la figura de Jesús no puede ser arrojada a los márgenes de la historia y, por supuesto, resulta imposible presentarla en los términos denigratorios que aparece en escritos judíos como el Talmud o el Toledot Yesu. Sin embargo, tampoco resulta de recibo aceptar lo que sobre Él muestra el contenido de las fuentes históricas. Por el contrario, estas se ven sometidas a recortes y despieces debidos simplemente a los prejuicios, más o menos evidentes, de los autores. Así, partiendo, por ejemplo, de la base inicial de que no pudo haber responsabilidad de judío alguno en la condena de Jesús, se descartan todos los datos de las fuentes que van en contra de esa posición y se llega al resultado deseado:toda la responsabilidad está del lado romano.23

En términos propagandísticos, apologéticos, incluso políticos, ese acercamiento a la figura y la enseñanza de Jesús resulta comprensible. Sin embargo, desde la perspectiva de la labor científica del historiador solo puede calificarse como inaceptable en la medida en que resulta obligado examinar de manera crítica todas las fuentes y extraer de ellas resultados y no, por el contrario, volcar en las fuentes los puntos de vista ya previamente asumidos. Ese enfoque propio de la ciencia histórica es el utilizado por el autor de esta obra. A decir verdad, es el único válido para la realización de una investigación de carácter histórico. Precisamente a partir de esa metodología se puede afirmar que Jesús fue más, muchísimo más, que un rabino o un maestro de moral.

En buena medida, el presente libro es la culminación de una trayectoria de más de tres décadas dedicada al estudio y la investigación de la historia del pueblo judío y de la figura de Jesús y de sus primeros discípulos, especialmente aquellos que eran judíos. Semejante trabajo ha ocupado un lugar privilegiado en el trabajo profesional del autor tanto en calidad de historiador como de escritor de obras de ficción. No resulta extraño, pues, que, de manera muy cercana en el tiempo, apareciera publicado su estudio sobre los primeros discípulos de Jesús en el período previo a la ruptura entre la nueva fe y el judaísmo,24 —un texto que constituyó su tesis doctoral en Historia y que no solo obtuvo la máxima calificación académica, sino que también fue objeto del Premio extraordinario de fin de carrera— y su primera novela que abordaba la cuestión de los orígenes históricos de Israel a su salida de Egipto.25


En el curso de los siguientes años, junto con otros estudios sobre el judaísmo del segundo Templo, fueron apareciendo obras dedicadas al estudio de la historia judía que intentaban, a título de ejemplo y sin pretender ser exhaustivos, compendiarla,26 y que se centraban en aspectos concretos como el Holocausto27 o que pretendían acercar su pensamiento religioso al gran público.28 En paralelo, tenían lugar acercamientos novelísticos a la andadura histórica del pueblo judío, tomando como punto de referencia personajes históricos como Maimónides29 y Gabirol30 o legendarios como el famoso judío errante.31

Algo semejante ha sucedido con los inicios del cristianismo, como puede desprenderse de sus obras sobre los orígenes de los Evangelios,32 su contenido,33 la relación con fenómenos de la época como los sectarios de Qumrán,34 la figura de Judas,35 o la vida de Pablo de Tarso.36 A ellos hay que añadir un acercamiento a la judeidad de Jesús que constituye un precedente de este libro, si bien con una extensión de menos de la mitad de páginas.37 También esos temas han sido abordados desde una óptica de ficción tanto en referencia a los orígenes del Evangelio de Marcos38 o a la investigación llevada a cabo por Lucas para redactar su Evangelio.39

Considerada desde esa perspectiva, la presente obra implica un jalón más que relevante en el curso de una trayectoria de investigación que se ha prolongado a lo largo de varias décadas. Más que un rabino constituye la culminación, desde una perspectiva rigurosamente histórica, de años de trabajo dedicados a abordar quién fue Jesús, qué enseñó y cómo se vio a sí mismo. Este libro no es una obra de teología ni un comentario de los Evangelios —aunque las referencias a ambas áreas resulten ineludibles—, sino de historia. Su metodología es la histórica y, de manera muy especial, la utilizada por la investigación científica en el terreno de la Historia Antigua. Con todo, a pesar de su carácter histórico, estas páginas, con seguridad, pueden servir de instrumento auxiliar para las personas que se dedican a esa disciplina. He decidido por eso que determinadas cuestiones de carácter dogmático, especialmente alguna que solo muy lejanamente puede considerarse cristológica, sean abordadas en el cuerpo del texto. También he desarrollado en excursus y apéndices aspectos de interés que, intercalados en el discurrir de los capítulos, habrían dificultado su lectura. Finalmente, hay una serie de cuestiones que he desplazado a la Guía de estudio del presente libro. En esa ubicación, pueden ayudar a comprender con más cabalidad el texto y, a la vez, no distraer de la lectura.

El lector puede acercarse a esta obra de distintas maneras. Por supuesto, la puede leer de seguido desde la primera hasta la última página y, de hecho, la redacción ayuda a seguir ese rumbo. Sin embargo, también es posible detenerse en algunos de los aspectos proporcionados por los excursus y apéndices, que están colocados fuera del texto principal precisamente para no obstaculizar una lectura que podríamos denominar biográfica. Piensa el autor que, en estas páginas y en la Guía de estudio, han quedado cubiertas no solo la descripción ordenada de la vida de Jesús y de su enseñanza sino también sustancialmente todo lo relacionado con el contexto histórico, las instituciones religiosas y civiles y las discusiones y controversias sobre los más diversos aspectos relacionados con las fuentes y su contenido.

Como todas las obras humanas sin excepción, el autor es consciente de que este libro es, con toda seguridad, perfectible y, por eso mismo, agradece por adelantado las críticas formuladas a partir de posiciones documentadas y científicas y carentes de prejuicios o dogmatismos ya asumidos.

No deseo entretener más al lector. La historia de Jesús, alguien que, definitivamente, fue más que un rabino, lo está esperando.

Miami, FL. 2019

Capítulo I «Vino un hombre llamado Juan…»

En el año décimoquinto de Tiberio César

En el año 25 d.C., hizo irrupción en la vida de Israel un personaje que ha pasado a la historia con el nombre de Juan el Bautista. Sus coordenadas espacio-temporales —paralelas a las de Jesús hasta esa fecha— aparecen recogidas por la fuente lucana en un texto que afirma mucho más de lo que parece a primera vista y que dice así:

En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes, tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe, tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia, y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto (Lucas 3:1,2).

Lejos de tratarse de una mera nota histórica, Lucas estaba trazando todo un panorama del mundo en que se desarrollaría el ministerio público del Bautista y, aproximadamente, medio año después, el de Jesús. En la pirámide de ese mundo se encontraba Tiberio César, el emperador de Roma, la primera potencia de la época. En el año ₁4 d.C., Tiberio se había convertido en emperador —lo sería hasta el año 37— tras una larga peripecia personal. Hijo de Tiberio Claudio Nerón y de Livia Drusila, Tiberio vivió el divorcio de su madre y su ulterior matrimonio con el emperador Octaviano. De esa manera, Tiberio se convirtió, primero, en hijastro del emperador, se casaría después con su hija Julia y, finalmente, sería adoptado por Octaviano. Tiberio dio muestras de una notable competencia militar conquistando regiones de Europa como Panonia, Dalmacia, Retia e incluso partes de Germania, y acabó sucediendo a Octaviano como emperador tras la oportuna desaparición de otros pretendientes al trono. Igualmente estaba dotado de una notable capacidad militar y administrativa y no le faltó habilidad para tratar con el senado o para conseguir que la tranquilidad reinara en calles y caminos. Sin embargo, esos logros innegables no constituían el cuadro completo de su personalidad. Por ejemplo, aborrecía las religiones orientales y, en especial, la egipcia y la judía40 y, por encima de todo, albergaba un temperamento depresivo y una mentalidad pervertida. En el año 26 d.C., decidió abandonar Roma y, tras dejar el poder en manos de los prefectos pretorianos Elio Sejano y Quinto Nevio Sutorio Macrón, se marchó a Capri. Allí se entregó a una verdadera cascada de lujuria. A la vez que recopilaba una colección extraordinaria de libros ilustrados con imágenes pornográficas, disfrutaba reuniendo a jóvenes para que se entregaran ante su mirada a la fornicación.41 Por añadidura, mantenía todo tipo de relaciones sexuales —incluida violación— con mujeres y hombres42 y, no satisfecho con esa conducta, se entregó a prácticas que el mismo Suetonio relata con repugnancia:

Incluso se cubrió con una infamia tan grande y vergonzosa que apenas se puede narrar o escuchar —mucho menos creerse— como que acostumbraba a niños de muy corta edad, a los que llamaba sus «pececillos» a que, mientras él nadaba, se colocaran entre sus muslos y, jugando, lo excitaran con la lengua y con mordiscos, e incluso, siendo ya mayores, pero sin dejar de ser niños, se los acercaba a la ingle como si fuera una teta.43

Como en tantas épocas de la historia, una potencia concreta, en este caso imperial, ostentaba la hegemonía y, al frente de la misma se hallaba un amo absoluto. En el caso de Roma, durante los ministerios de Juan, primero, y de Jesús, después, la cúspide de la pirámide la ocupaba un pervertido sexual que no tenía el menor escrúpulo a la hora de violar a hombres y a mujeres o de abusar de niños.

La presencia del poder romano derivado del emperador Tiberio en la parte del mundo donde estaba Juan se hallaba encarnada en Poncio Pilato, el segundo personaje de la lista que encontramos en la fuente lucana. A decir verdad, las vidas de Juan y de Jesús fueron transcurriendo en paralelo a un peso creciente de la presencia romana en Judea. Coponio fue el primer prefecto romano de la provincia de Judea —que, en este período, solo comprendía el territorio que había sido regido previamente por Arquelao— y, según Josefo, durante su gobierno, se produjo la rebelión de Judas el galileo en oposición al pago del impuesto a Roma, aunque existen poderosos indicios que hacen pensar en que el mismo fue anterior.44 Se ha insistido en identificar a Judas el galileo como el fundador del grupo de los zelotes, pero tal afirmación resulta insostenible. Judas fue un resistente violento contra Roma, pero no el fundador de una secta que alcanzaría su zénit siete décadas después.45 Si es más verosímil que, efectivamente, durante su administración, los samaritanos profanaran los patios del Templo de Jerusalén esparciendo en ellos huesos humanos. Semejante tropelía no provocó una reacción violenta de los judíos (ese tipo de acciones se sitúan, con la excepción del levantamiento de Judas el galileo, generalmente en el periodo posterior a la muerte de Herodes Agripa). Sin embargo, se redoblaron las medidas de seguridad para que el hecho no volviera a repetirse.

Del año 9 al 26 d.C. —la etapa de infancia, adolescencia y juventud de Jesús— se sucedieron tres prefectos romanos:Ambíbulo (9-₁2 d.C.), Rufo (₁2 al ₁5 d.C.) y Grato (₁5 al 26 d.C.). Grato llevó una política arbitraria en relación con los sumos sacerdotes, impulsado posiblemente por la codicia. Así, destituyó al sumo sacerdote Anano y nombró a Ismael, hijo de Fabo. Con posterioridad, destituiría a Eleazar y nombraría a Simón, hijo de Camit. Menos de un año después, este fue sustituido por José Caifás.46 Sin embargo, de manera bien reveladora, no parece que la situación fuera especialmente intranquila en lo que al conjunto de la población se refiere.

A Grato le sucedió Pilato (26-36 d.C.). Su gobierno fue de enorme tensión,47 y Josefo como Filón nos lo presentan bajo una luz desfavorable48 que, seguramente, se correspondió con la realidad. Desde luego, se vio enfrentado con los judíos en diversas ocasiones. Josefo narra49 cómo en uno de esos episodios introdujo, en contra del precepto del Decálogo que no solo prohíbe hacer imágenes sino también rendirles culto (Éxodo 20:4,5), unas estatuas en Jerusalén aprovechando la noche. No está muy claro en qué consistió el episodio en sí (¿fueron quizá los estandartes militares los que entraron en la ciudad?) pero, fuera como fuese, la reacción de los judíos resultó rápida y unánime. De manera reveladoramente pacífica, marcharon hacia Cesarea, donde se encontraba a la sazón Pilato, y le suplicaron que retirara las efigies de la ciudad santa. Pilato se negó a ceder ante aquella petición, y entonces los judíos permanecieron durante cinco días postrados ante la residencia del prefecto. Cuando este, irritado por aquella conducta, los amenazó con la muerte, los judíos mostraron sus cuellos indicando que preferían morir a quebrantar la ley de Dios. Finalmente, Pilato optó por retirar las imágenes. El episodio resulta de enorme relevancia porque de él se desprende que los judíos optaron por llevar a cabo una acción que podríamos denominar no-violenta y que les permitió alcanzar su objetivo.

Una respuesta similar, en lo que a la ausencia de violencia se refiere, fue la que dieron también los judíos con ocasión de otro de los desaires de Pilato. Nos estamos refiriendo a la utilización de dinero sagrado de los judíos por parte del romano con la finalidad de construir un acueducto.50 Para los judíos resultaba obvio que el aspecto religioso primaba sobre la consideración práctica de que Pilato hubiera traído el agua desde una distancia de doscientos estadios. Sin embargo, aún así, optaron por una conducta pacífica que excluía cualquier forma de violencia. Pilato resolvió entonces disfrazar a parte de sus tropas y darles la orden de que golpearan a los que vociferaban, pero no con la espada, sino con garrotes. El número de heridos fue considerable (entre ellos, los pisoteados por sus compatriotas en el momento en que huyeron en desbandada), pero allí terminó todo el tumulto.51

El representante de Roma en la zona del mundo donde vivieron Juan y Jesús era, por lo tanto, un hombre sin escrúpulos morales, que despreciaba a los judíos, que no tenía problema alguno en recurrir a la violencia para alcanzar sus objetivos y que era sensible a las presiones que pudieran poner en peligro su posición. Como tendremos ocasión de ver, esas características se revelarían dramáticamente presentes en la vida de Jesús.

En tercer lugar, la fuente lucana menciona a tres personajes que representaban el poder local, a saber, Herodes, tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe, tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia. Tan peculiar reparto estaba conectado con la desintegración del reino de Herodes el Grande a manos de Roma.52 Para entender ese episodio, debemos remontarnos varias décadas atrás. Durante el convulso período de las guerras civiles que acabaron con la república de Roma y abrieron paso al imperio, un idumeo llamado Herodes se había convertido en rey de los judíos. Muestra de su talento excepcional es que, por regla general, al iniciarse las guerras se encontraba en el bando que resultaría perdedor, pero siempre lograba al final del conflicto hacerse perdonar y beneficiarse del triunfo de los vencedores. Comenzar un conflicto bélico en el bando perdedor y concluirlo siempre en el ganador dice no poco de Herodes.

Herodes el Grande reinó desde el año 37 a.C. al 4 a.C. dando muestras repetidas de un talento político eficaz y despiadado. Durante su primera década en el trono (37-27 a.C.), exterminó literalmente a los miembros de la familia de los hasmoneos y a buena parte de sus partidarios, y, sobre todo, supo navegar por el proceloso mar de las guerras civiles romanas pasando de la alianza con Marco Antonio a la sumisión a Octavio. Este supo captar a la perfección el valor que para Roma tenía un personaje como Herodes y no solo pasó por alto sus relaciones previas con su enemigo Marco Antonio, sino que incluso amplió las posesiones de Herodes en la franja costera y Transjordania.

Durante la siguiente década y media, Herodes, ya consolidado en el poder, dio muestras de un talento político notable. Por un lado, intentó satisfacer a sus súbditos judíos comenzando las obras de ampliación del Templo de Jerusalén y celebrando con toda pompa las festividades judías.53 En paralelo, se caracterizó por una capacidad constructora que se reflejó en la fortaleza Antonia de Jerusalén, el palacio-fortaleza de Masada o el Herodium entre otras edificaciones. Era, sin duda, un monarca judío que, a la vez, se preocupaba por incorporar los avances de la cultura helenística —acueductos, nudos de comunicación, etc.— con auténtica pasión. No deja de ser significativo que, a pesar de su acusada falta de moralidad, se ganara la reputación de euerguetes (bienhechor) gracias a sus muestras de generosidad hacia poblaciones no judías situadas en Fenicia, Siria, Asia Menor e incluso Grecia. De entre los grupos religiosos judíos, los saduceos,54 ciertamente, no pasaron de ser un dócil instrumento entre sus manos, pero los fariseos lo fueron contemplando con una hostilidad creciente y no parece que fuera amado por un pueblo que quizá lo respetaba, pero que, por encima de todo, lo temía.

La última década de gobierno de Herodes (₁3-4 a.C.) estuvo envenenada por confrontaciones de carácter doméstico provocadas por el miedo de Herodes a verse desplazado del trono por sus hijos. De Mariamne la hasmonea —a la que hizo ejecutar en el 29 a.C., en medio del proceso de liquidación de la anterior dinastía—, Herodes tuvo a Alejandro y a Aristóbulo que serían envíados a Roma para recibir una educación refinada; y de Doris, una primera mujer posiblemente Idumea, tuvo a Herodes Antípatro. En el 7 a.C., con el consentimiento de Roma, Herodes ordenó estrangular a Alejandro y Aristóbulo. La misma suerte —y también con el permiso de Roma— correría Herodes Antípatro acusado de conspirar contra su padre. La ejecución tuvo lugar tan solo cinco días antes de que el propio Herodes exhalara el último aliento en Jericó (4 a.C.).

El legado de Herodes fue realmente extraordinario y nada tuvo que envidiar, en términos territoriales, al del propio rey David. Al llegar al poder en el 37 a.C., Herodes solo contaba con la Judea de Antígono. A su muerte, su reino abarcaba toda Palestina a excepción de Ascalón; territorios en Transjordania; y un amplio terreno en el noroeste que incluía Batanea, Traconítide y Auranítide, pero excluía la Decápolis. Por otro lado, la absorción de los beneficios de la helenización eran indudables y, de hecho, los súbditos de Herodes eran, como mínimo, gentes bilingües que, pensaran lo que pensaran de la cultura griega, se aprovechaban, sin embargo, de no pocos de sus logros. Pero, toda aquella herencia no tardó en verse profundamente erosionada.

A la muerte de Herodes, estallaron los disturbios contra Roma y contra su sucesor, Arquelao. En la Pascua del año 4 a.C. se produjo una sublevación de los judíos porque Arquelao se negó a destituir a Joazar, el nuevo sumo sacerdote de dudosa legitimidad. Pese a que el disturbio quedó sofocado con la muerte de tres mil judíos, apenas unas semanas después, durante la festividad de Pentecostés, el romano Sabino tuvo que hacer frente a un nuevo levantamiento judío que solo pudo conjurar tras recibir ayuda de Varo, el gobernador romano de Siria.55 Para colmo, el problema no concluyó.

En poco tiempo, la rebelión se extendió, como una mancha de aceite, por todo el país. Un rebelde llamado Judas se apoderó de Séforis. Otro, de nombre Simón, se sublevó en Perea. Atrongues y sus cuatro hermanos comenzaron a campear por Judea. Sin embargo, la descoordinación era obvia ya que lo único que los unía era el odio contra Roma y el deseo de ser reyes.56 La respuesta de Roma fue rápida y contundente. Séforis fue arrasada y sus habitantes vendidos como esclavos. Safo y Emaús fueron destruídas. Jerusalén fue respetada; aunque se llevó a cabo la crucifixión de dos mil rebeldes.

Aquella sucesión de revueltas había dejado de manifiesto que Arquelao había demostrado su incapacidad para gobernar y semejante circunstancia no podía ser tolerada por Roma. De manera fulminante, el antiguo reino de Herodes fue dividido entre tres de sus hijos:Arquelao recibió Judea, Samaria e Idumea; Herodes Antipas, Galilea y Perea, con el título de tetrarca; y Filipo, la Batanea, la Traconítide, la Auranítide y parte del territorio que había pertenecido a Zenodoro. Por su parte, Salomé, la hermana de Herodes, recibió Jamnia, Azoto y Fáselis, mientras que algunas ciudades griegas fueron declaradas libres.

Los distintos gobiernos, en que había quedado fragmentado el antiguo reino de Herodes, sufrieron destinos bien diversos. De Filipo apenas debemos hacer mención, porque su relación con la historia que nos interesa, la de Jesús, fue mínima. Su reinado, del que Schürer señaló que había sido «dulce, justo y pacífico», no se entrecruza realmente con nuestro objeto de interés.

Cuestión distinta es Arquelao. Su incapacidad como gobernante siguió siendo tan acentuada que el año 6 d.C. Roma decidió privarle de su reino —aunque, en puridad, ya no era rey, sino etnarca— y absorber los territorios que lo componían.

El panorama derivado de este desarrollo histórico no podía ser más elocuente. Los sucesores de Herodes no eran, ni de lejos, mejores moralmente que el monarca idumeo, pero sí eran más torpes, más incompetentes, más necios. Su ausencia de poder no se tradujo, por lo tanto, en mayor libertad o en mejor gobierno para sus súbditos sino en una tiranía semejante desprovista por añadidura de los logros del fundador de la dinastía. En el terreno de la política, ya fuera nacional o extranjera, los contemporáneos de Juan el Bautista y de Jesús, ciertamente, tenían pocas razones para estar satisfechos.

Este cuadro —sin duda, sobrecogedor— transmitido por Lucas quedaba completado por la mención de las autoridades espirituales de Israel, el último recurso al que, supuestamente, podían acudir los habitantes de aquella castigada tierra. Una vez más, la fuente lucana deja de manifiesto una especial agudeza ya que menciona como sumos sacerdotes no a un personaje sino a dos, en concreto, Anás y Caifás. Con esa afirmación —que un observador descuidado habría tomado por un error histórico—, Lucas señalaba una realidad que marcó durante décadas la política religiosa en el seno de Israel. El sumo sacerdote siempre fue, de facto, Anás, dando lo mismo si ostentaba o no oficialmente el título. En otras palabras, en no pocas ocasiones, hubo un sumo sacerdote oficial —como Caifás— y otro que era el real y que se llamaba Anás.

Anás fue designado como sumo sacerdote en la provincia romana de Judea por el legado romano Quirinio en el año 6 d.C. Se trató de un paso de extraordinaria relevancia porque tuvo lugar justo después de que Roma hubiera procedido a la destitución de Arquelao y hubiera colocado Judea bajo su gobierno directo. Anás se convertía así en la primera autoridad judía precisamente en el lugar donde se asentaban Jerusalén y su templo. Durante una década que fue del 6 al ₁5 d.C. Anás fue sumo sacerdote. Finalmente, el procurador Grato lo destituyó, aunque no consiguió acabar con su influencia. De hecho, durante las siguientes décadas, Anás mantuvo las riendas del poder religioso en sus manos a través de alguno de sus cinco hijos o de su yerno Caifás, todos ellos sucesores suyos como sumos sacerdotes aunque, en realidad, no pasarían de ser sus subordinados. Josefo dejó al respecto un testimonio bien revelador:

Se dice que el anciano Anás fue extremadamente afortunado. Tuvo cinco hijos y todos ellos, después de que él mismo disfrutó previamente el oficio durante un periodo muy prolongado, se convirtieron en sumos sacerdotes de Dios —algo que nunca había sucedido con ningún otro de nuestros sumos sacerdotes.57

Anás y sus sumos sacerdotes subrogados mantuvieron su poder hasta el final del período del segundo Templo y lo hicieron convirtiendo el sistema religioso en una inmensa trama de corrupción. Como acabaría diciendo Jesús, convertirían el Templo en una cueva de ladrones (Mateo 2₁:₁3). Es un juicio moderado si se compara con lo que el mismo Talmud dice de los sumos sacerdotes de la época a los que se acusa de golpear con bastones, dar puñetazos o, en el caso de la casa de Anás, silbar como las víboras, es decir, susurrar con un peligro letal.

Suele ser un hábito común el hablar pésimamente de la época que le toca vivir a cada uno e incluso referirse a un pasado supuestamente ideal y perdido. Sin embargo, se mire como se mire, las coordenadas cronológicas expuestas por Lucas en pocas frases resultan dignas de reflexión. El mundo en que Juan —tras él, Jesús— iba a comenzar su ministerio era un cosmos en cuya cúspide un degenerado moral renunciaba al ejercicio del poder para entregarse al abuso sexual de hombres, mujeres y niños; donde su representante era un hombre que carecía de escrúpulos morales, pero también tenía una veta oculta de cobardía; donde Israel seguía estando en manos de gobernantes malvados y corruptos, pero, a la vez, desprovistos del talento político de Herodes el grande; y donde la esperanza espiritual quedaba encarnada en una jerarquía religiosa pervertida en la que el nepotismo y la codicia resultaban más importantes que la oración y el temor de Dios. En tan poco atractivo contexto, Juan el Bautista comenzó a predicar en el desierto, siendo precedente al Mesías y, aproximadamente, medio año antes de que Jesús hiciera acto de presencia.

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