Melina ya no quiere más cintas… (Hermanas de sangre nº 3) de Sofía Ortega Medina

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY Las Guerreras Maxwell, 7. Atrévete a retarme De Megan Maxwell

Regresa Megan Maxwell con la séptima entrega de la famosa saga «Las guerreras Maxwell».

Sin duda te llegará al corazón. Descubre, con esta nueva entrega, cómo los retos acaban dando paso a nuevas oportunidades...

DESCARGAR AQUÍ


Melina ya no quiere más cintas de Sofía Ortega Medina pdf

Melina ya no quiere más cintas… (Hermanas de sangre nº 3) de Sofía Ortega Medina pdf descargar gratis leer online

Una chica que dibujaba solo lo que sentía…

Hacía demasiado tiempo que Melina no quería avanzar, pero ya no tenía más remedio que hacerlo: él la necesitaba. Y su mundo empezó a llenarse de color, pero ¿qué pasará cuando la oscuridad se empeñe en apagarlo?

Un hombre que había renunciado al amor…

Con ella, era Alex, a secas, lo que siempre había querido… Entonces, ¿por qué le daba tanto miedo contarle la verdad? ¿Y por qué parecía que su sueño estaba cayendo como fichas de dominó?

Secretos, despedidas y un conjuro muy especial a punto de cumplirse… ¿despegamos por última vez rumbo a Brasil?

»SofíaOrtegaMedina»

Melina ya no quiere más cintas… (Hermanas de sangre nº 3)

»leer»

A los que creéis en el amor…
1
Mayo, 2018
Río de Janeiro, Brasil
¡Su primer beso! ¡Por fin!
Había sido un mero roce que había durado tres segundos, labios cerrados pegados a labios cerrados, ojos grises abiertos frente a ojos marrones abiertos, apenas ni un suspiro. Sin embargo, Melina y Alex se quedaron mudos, ruborizados y sin respiración. Él la tenía agarrada por la cintura, con las caderas pegadas a las suyas; ella estaba inclinada ligeramente hacia atrás, los brazos caídos a ambos lados de su cuerpo, y, si Alex no la hubiera mantenido sujeta, hubiera aterrizado en el suelo por la impresión.
No se había sorprendido, ya lo habían hablado, pero no pudo evitar ponerse muy nerviosa cuando le escuchó proclamar en el departamento de Publicidad de Teix, justo donde se hallaban en ese momento, delante de compañeros de trabajo, amigos y familia, que ella era su prometida.
Ella. Melina.
¡Ella!
Porque aunque ya lo hubieran hablado, una cosa eran las palabras y otra bien distinta, los hechos.
Ya lo habían hablado… ¡Pero no habían concretado nada! ¡Y aquella conversación había sido hacía casi cinco meses! ¡Ella no estaba preparada! ¡Por supuesto que no! ¡Si todavía alucinaba con que Alex le hubiera pedido que se casara con él!
Y acababa de besarla delante de todos, reafirmando que se iban a casar.
Se iba a casar con Alex…
Se iba a casar con el hombre más irresistible que había conocido en su vida…
Se iba a casar, para su desgracia, perdidamente enamorada de él…
Se iba a casar con un hombre que no la amaba…
Se iba a casar por conveniencia en pleno siglo XXI…
Se iba a meter en un buen lío.
Pero no podía negarse. Tampoco quería…
—¿Podemos hablar un segundo, Mel? —le preguntó Cayetana—, ¿a solas?
Ella asintió.
Ambas, cogidas de la mano, salieron del departamento, ubicado en la quinta planta del edificio, atravesando el pasillo central que dividía en dos partes iguales el espacio, formado por largos tableros, hacia los ascensores. Giraron a la derecha y abrieron la puerta que conducía a las escaleras, el único lugar carente de cámaras de seguridad.
—Por favor, Mel —le rogó Caye, enlazando las manos como si rezara—, dime qué acaba de pasar ahí dentro. Dani y yo sabíamos que Alex quería casarse contigo para no perder el control de la revista, pero nos quedamos ahí —frunció el ceño, con los puños en la cintura—. Hace ya casi un mes que volví de París, ¿no se te ha ocurrido ponernos al tanto a Dani y a mí de esto? ¡Joder, Mel!
Ella parpadeó, sorprendida por el taco.
—¿Desde cuándo dices palabrotas?
—Desde ahora —la señaló con el dedo—, y no te desvíes del punto. ¿No te ha parecido importante contarnos esto? —suavizó su expresión, mostrando dolor—. Sé que estuvimos distanciadas, pero…
—Lo siento, tienes razón —la tomó de las manos, sonriendo con tristeza—. Si te soy sincera, nunca me llegué a creer que fuera a pasar de verdad… —suspiró sonoramente—. Hablamos mejor esta noche y os lo cuento a las dos en casa, Dani no me perdonaría enterarse la última.
—Dani se va a enterar la última porque… ¡ya lo sabe todo Teix! —se apartó y alzó los brazos al techo—. Pero, vamos —sacó el móvil del bolsillo trasero de sus vaqueros—, que esto lo soluciono en un santiamén, querida —llamó a Daniela—. ¡Dani, tienes que venir ahora mismo a Teix! —habló a través del teléfono—. No, Dani. Ahora. ¡S.O.S.! —esperó unos segundos callada, escuchando a Daniela—. ¡Es verdad, están tus padres aquí! —se golpeó la frente—. Te pongo en altavoz, entonces. Es una situación desesperada que requiere medidas desesperadas.
—Eso es de Aladín —Mel se echó a reír, tapándose la boca.
Su hermana Caye la ignoró, activando el altavoz del móvil para poder hablar las tres a la vez.
—Hola, Dani —la saludó Melina.
—¡Hola, Mel! —contestó la melodiosa voz de Daniela a través de la línea—. Bien. ¿Quién empieza?
—La boda triple se nos adelanta, Dani —anunció Caye de sopetón.
Silencio.
—¡Reacciona, Dani! —exclamaron Cayetana y Melina al unísono, reprimiendo una sonrisa.
—¡Oh, Dios mío! —gritó Daniela—. ¡Por fin me caso con mi príncipe azul! ¡No me lo creo! —y volvió a gritar, ahora entre carcajadas—. Verás cuando Branko se entere…
—Branko ya lo sabe, querida.
Silencio otra vez.
—Mel —añadió Cayetana, seria—, desde el principio.
Esta respiró hondo y comenzó:
—En Nochevieja, Alex y yo nos dimos nuestros móviles y empezamos a… hablar. Hablamos sobre ti y Gabi, Caye. Branko y Dani ya estaban viviendo juntos y sabíamos que a vosotros os quedaría poco —sonrió—. Alex me dijo que iba a buscarse un apartamento, no quería incomodaros o interferir en vuestra relación. Yo le conté lo de mi despido —continuó, utilizando su característico tono tranquilo y dulce—, que yo también necesitaba una casa y un trabajo. Me propuso compartir piso para que así no me costase tanto dinero un alquiler en Río de Janeiro y fue cuando me dijo que me presentara en su despacho de Teix para hacerme una entrevista. Y también me dijo que había encontrado la solución para poder tener el mismo control que Lucas y Paulina: casarse. Y ya no hablamos más de esto.
Suspiró, procurando controlar el aleteo persistente de su inquieto vientre al nombrarle.
—Días después —siguió Melina, seria, abrazándose a sí misma, de repente sintiendo un escalofrío. Lo que estaba contando en ese momento correspondía al inicio del bache que había pasado con sus hermanas—, él y Helena, la jefa de maquetación, me hicieron la entrevista en Teix y me contrataron como diseñadora gráfica —se le llenaron los ojos de lágrimas—. Siento mucho no habéroslo contado, todo, no haberme refugiado en vosotras, no haber confiado en vosotras… fui una estúpida, una celosa y… —suspiró de nuevo—. En vez de deciros lo sola que me sentía, lo mucho que os echaba de menos, yo…
Cayetana la tomó de la mano y se la apretó, sonriendo con ternura.
—Agua pasada, bella ratita de biblioteca —la interrumpió Caye—. Y quien tiene que pedir perdón somos nosotras a ti —se emocionó también y se abrazaron con fuerza—. Todas nos equivocamos, pero más Dani y yo por no darnos cuenta de lo que te estaba pasando.
—Sí, Mel —convino Dani con voz temblorosa—, Caye tiene razón. Mejor, olvidémoslo —suspiró con fuerza—. Y ahora, continúa, por favor. ¡Me estás inspirando para la última novela de mi trilogía de fantasía!
Las tres se echaron a reír.
—En mi primera semana en Teix —prosiguió Melina, frunciendo el ceño—, comí con Alex en su despacho todos los días. Ahí fue cuando me pidió que me casara con él para poder mantener el control de la revista que Paulina y Lucas le querían quitar—inhaló una gran bocanada de aire y la expulsó, irregular, aunque sin atisbo de nerviosismo.
Paulina Santana era la peor persona que existía… Mientras estuvo casada con Alex, le traicionó con su hermano, Lucas. Luego, había iniciado una guerra sutil contra él, en la que se había asegurado de tener las manos limpias, y, por último, pretendía agenciarse Teix, arrebatársela a Alex.
—Pero… —comenzó Mel, ruborizándose.
—¿Qué pasa? —quiso saber Cayetana.
—Eso, ¿qué pasa? —dijo Dani—. Os recuerdo que estoy al teléfono y no os veo.
—Mel se ha puesto colorada.
—¡No es verdad! —se quejó Melina, más abochornada aún.
—Ahora está más roja, Dani —sonrió con picardía—. Escúpelo, querida.
Ella suspiró con los ojos cerrados.
—Que yo creía que algo así jamás sucedería… —se sinceró Mel. Inquieta, se sentó en uno de los escalones—. ¿Casarse Alex conmigo? —posó una mano en el pecho. Meneó la cabeza.
—¿Y por qué no, a ver? —se enfadó Caye—. ¿Sabes? —la señaló con el dedo índice—. Estoy harta de que te infravalores. Eres la mejor mujer que Alex puede tener. Y él lo sabe, si no, ¿por qué te lo pidió? Alex tiene muchísimo dinero, Mel, podría haber elegido a cualquier otra mujer, firmar un contrato con ella, pagarle una buena suma de dinero y listo. —la tomó de la mano—. Hay gente poderosa que hace eso, pero Alex te ha elegido a ti, por algo será.
—Pues cuando lo sepas, me lo dices… —Melina volvió a suspirar.
—¿Y por qué no se lo preguntas?
—Quizás, él todavía no lo sabe… —murmuró Daniela—. Pero Caye tiene razón, Mel, te ha elegido a ti. Alex pertenece a una de las familias más ricas de América, él es uno de los hombres más ricos de Brasil. Podría haber hecho lo que ha dicho Caye, pero te ha elegido a ti. De todas formas, lo bueno es que cuando estéis casados seréis tres contra Lucas y Paulina, ya tenéis la mayoría.
—Nunca serán mayoría, Dani —le contó Caye, apretándole la mano a Melina—. Gabi ya no está en la Junta.
—¡¿Desde cuándo?! ¡Ay, Dios!
Cayetana se sonrojó hasta el extremo.
—Desde hace cinco minutos —dijo Mel en un tono dramático—. No te imaginas lo que te has perdido…
—Esto es increíble… Hoy es tu día libre, Caye, ¿qué haces allí? De verdad que no entiendo nada…
—Yo te lo explico —Mel le dio un suave codazo a Cayetana—. Resulta que hace un rato, Caye, Gabi y los padres de ambos se han presentado en la revista; Caye quería que conocieran a Nathan y a Jacky. Y literalmente como te lo cuento, ¿de acuerdo?
—¡Suéltalo de una vez, Mel!
—Estábamos Caye y yo hablando con Jacky de su embarazo cuando Gabi se ha fijado en que Caye se estaba acariciando la tripa y, como no es tonto, se ha acercado a ella, ella se ha echado a llorar y le ha confesado delante de todos que está embarazada, y Gabi, emocionado… ¡la ha besado!
—¡En plena revista!
—En pleno departamento de Publicidad, aunque había más gente de otros departamentos. Y si a eso le sumas las cámaras de seguridad, Lucas ha tardado cero segundos en bajar a comunicarle a Gabi que, a raíz de su efusividad hacia nuestra querida Cayetana, quedaba expulsado de la Junta por completo, y a cambio, Caye mantendría su puesto de trabajo.
—Espera, espera… —la cortó Cayetana con regocijo—. ¡Ahora me toca a mí, Dani!
—¡Y yo me lo he perdido! —bufó Daniela, molesta.
—Y cuando el imbécil de Lucas le ha dicho a Alex que se quedaba solo en la Junta —siguió Caye—, Alex ha anunciado delante de todos que de solo, nada; que le llegaría la invitación de su boda. Imagínate la cara de Lucas… —soltó una gran carcajada—. Y para demostrar sus palabras, Alex se ha acercado a Mel y…
—¡Oh, Dios mío! ¡La ha besado! —se echó a reír y a gritar—. ¡Oh, Dios mío!
—Y aquí estamos Mel y yo escondidas en las escaleras.
—¡Oh, Dios mío! —repetía Dani sin cesar.
—Eso digo yo… Oh, Dios mío… —murmuró Melina, hundiendo los hombros—. ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? Es un hecho…
—Lo primero de todo es hablar con Alex —le aconsejó Cayetana, arqueando las cejas.
—Estoy de acuerdo, pero… —suspiró Daniela—. Tengo que preguntártelo, Mel… ¿Estás dispuesta a sacrificarte? No sé… Las veces que he hablado con Branko sobre Alex no me deja nada tranquila con respecto a ti.
—¿A qué te refieres? —quiso saber, preocupada.
—Alex les ha dicho a Branko y a Gabi que no cree en el amor, Mel, pero tú sí estás enamorada de él.
Melina respiró hondo, incorporándose de la escalera.
—Sí —confesó ella en un susurro áspero—, estoy enamorada de él…
—¿Él lo sabe? —le preguntó Daniela con mucha suavidad.
—No, Dani —desorbitó los ojos—. Jamás se me ocurriría decírselo.
—No pospongas más hablar con él de lo que ha pasado ahora —le aconsejó Cayetana.
Melina asintió, grave.
—Será mejor que vaya a verle.
—Esta noche cenamos todos juntos, Mel —le recordó Caye—. Vienes, ¿no?
—Claro, luego nos vemos —sonrió—. ¡Adiós, Dani!
—¡Adiós, Mel!
Melina subió por la escalera hasta el último piso del edificio. Abrió la puerta y se dirigió con paso firme, aunque por dentro no paraba de temblar, hacia la secretaria de los hermanastros Teixeira, Adriana, una mujer encantadora, de cincuenta y ocho años, inteligente, muy discreta y trabajaba allí desde hacía veinte años. La saludó con una sonrisa cariñosa.
—Hola, Adriana —le devolvió la sonrisa.
—Hola, Melina. Está solo, puedes entrar.
—Gracias.
Melina suspiró, a un centímetro de la puerta del despacho de Alex. Golpeó con los nudillos con suavidad y esperó.
—Adelante —le indicó esa elegante voz masculina que le cosquilleaba la piel cuando la escuchaba.
Ella tragó saliva y obedeció, cerrando tras de sí.
—Hola, Alex.
Él alzó la mirada del ordenador. Durante unos segundos, ambos se observaron en silencio y sin moverse, analizándose el uno al otro.
Alex estaba sentado en su magnífica silla de piel tras el inmenso escritorio, y elegante, como su voz. Todo en aquel hombre lo era: sus trajes oscuros siempre del mismo color que sus corbatas, sus impolutas y refinadas camisas blancas a medida, su constante semblante de rectitud, su insuperable y esbelta anatomía, las fuertes facciones de su rostro…
Melina, una apasionada del arte, pensaba que Branko era increíblemente guapo, con un rostro casi perfecto, y Gabriel, de un estilo intimidante, porque intimidaba siendo tan grande, a pesar de que luego era puro corazón, era también muy, pero que muy guapo. Alex, en cambio, no lo era. Sin embargo, era el único con el que le resultaba imposible calmarse cuando al verle o pensar en él, se ponía tan nerviosa que se le desbocaba el corazón.
Su seguro caminar, su erguida compostura, su innegable madurez y su constante seriedad le convertían en un hombre… irresistible. Inalcanzable. Le palpitaba el cuerpo cuando reconocía su aroma a musgo fresco, que le recordaba al de las rocas donde chocaban las bravías olas del mar, mezclado con la sal del océano, una fragancia que, en opinión de Mel, ofrecía una segunda cara de Alex, como si esa fachada de seriedad escondiera a una persona verdaderamente apasionada, con cálidos y enigmáticos sentimientos que nadie había visto hasta el momento. Alexander Teixeira era un secreto en sí mismo, estaba convencida de ello.
Y como jefe era el mejor. Melina llevaba cuatro meses trabajando en Teix y solo había escuchado alabanzas hacia él: todos creían que era un hombre de gran amabilidad, respetuoso, justo, responsable, con buenas ideas y soluciones, y un cerebrito en los negocios, que hacía aumentar los beneficios de la revista cada año.
No obstante, a pesar de aquel despliegue de cualidades y de un aspecto más que admirable, sus penetrantes ojos, de un tono insólito que parecía más gris que azul, estaban caídos; no es que lo fueran, sino que lo estaban, como si la tristeza formase parte de su esencia, ¿quizás por su madre, que había fallecido cuando él era pequeño? Mel había perdido a sus padres hacía nueve años, en un accidente de tráfico, y todavía sufría pesadillas, a lo mejor le sucedía algo parecido a Alex.
Suspiró y se armó de la valentía necesaria para enfrentarse al hombre del que estaba irremediablemente enamorada.
—Creo que… —comenzó ella, en portugués, el idioma que preferían ambos, aunque dominasen el español como nativos—. Deberíamos hablar.
2
Alex tragó saliva, levantándose. No recordaba la última vez que se había puesto tan nervioso. Bueno, nervioso, a secas. Ni siquiera cuando le pidió matrimonio a Paulina, ni cuando se casó con ella, y tampoco cuando la pilló en la cama con Lucas.
O no.
A su mente acudió una imagen en la que su tranquilidad se había resquebrajado, hacía justo un año, en una gala, el día que conoció a la mujer más hermosa que había visto en su vida: Melina.
Pero no se dejaría engañar por un rostro bonito…
¿Bonito? ¡Bonito! Debía castigarse por describirla de manera tan pobre. ¿Bonita? Melina no era bonita, era más que guapa, era más que atractiva… Era una mujer impresionante.
No era alta, le llegaba al pecho, y calzaba siempre plano, zapatillas, en realidad, como hoy: las clásicas Vans slip-on, sin cordones, de cuadros negros y blancos cubrían sus pies, con dibujos de pequeñas cerezas que él hubiera jurado que había pintado la propia Melina, reconocería su estilo en un segundo; unas zapatillas que iban con ella, a juego con el vestido de cuadros negro y blanco que llevaba, abotonado, sin mangas y corte en la cintura. La había visto arreglada de manera muy elegante, y la veía en Teix vestir muy informal, siempre con un estilo muy marcado. No importaba. A Melina todo le sentaba demasiado bien para la cordura de Alex.
Su voluptuoso cuerpo, de caderas y senos más que notables, le habían provocado, y seguían provocándole, infinitos y dolorosos espasmos en el cuerpo, estuviera ella presente o no. Su piel era aceitunada; su pelo, negro —tan negro que, a veces, según la luz, parecía que tuviera reflejos azules—, largo y rizado; sus ojos, grandes y oscuros; sus pestañas, con el ángulo perfecto en las terminaciones para hacer sombra a su mirada y aclararla de un modo seductor; su nariz, recta y pequeña; sus labios, más carnosos que finos, perfectos y perfilados… a Alex le volvían loco y se esforzaba sobremanera en desviar la mirada para no caer en la tentación.
No tenía una belleza angelical como su hermana Daniela, o perfecta y llamativa como su hermana Cayetana. Melina era bellísima de forma indecente, picante, perversa… que le ahogaba de calor, le erizaba la piel y le hormigueaba las manos por querer arrancarle la ropa y comprobar que era… real.
Su sencillez, sus buenos modales y su preciosa sonrisa, aunque fuera triste, hacían de ella una persona de la que él se enamoraría con los ojos cerrados y en un instante.
Y no podía permitirlo.
Alexander Teixeira no creía en el amor, y todo por culpa de Paulina. Cuando se divorció de ella, hacía ya un año, se juró a sí mismo que jamás volvería a confiar en una mujer, aunque fuera tan buena como Melina.
—Sentémonos —le indicó él.
A la izquierda, había un tablero de reuniones y dos estancias: el baño y una cocina pequeña; en el centro y al fondo se hallaba la mesa, donde se encontraban, y a la derecha, un salón bastante amplio, que fue adonde se dirigieron.
La decoración era moderna, gris, de formas rectas, de madera, pulcra, ordenada, discreta e, incluso, reservada, como Alex. Las paredes eran lisas, blancas y estaban vacías. Parecía como si a la estancia le faltase algo.
Se acomodaron en el sofá, cada uno en un extremo.
—¿Quieres un café o…?
—No, gracias —respondió ella, clavando sus oscuros ojos en el suelo.
—Melina, yo… —respiró hondo—. Siento mucho haberte besado delante de todos sin… —carraspeó—. No debí hacerlo sin haberte pedido permiso o avisado.
—Estoy un poco confusa porque… —se humedeció los labios—. Solo hemos hablado de esto una vez y fue hace bastante tiempo y… —se detuvo, observándose las manos en el regazo—. No sé qué va a ocurrir ahora ni lo que esperas de mí.
Él tampoco sabía nada, pero la boda era un hecho. Lucas había acudido a su despacho hacía unos minutos, gritándole que no se creía su supuesto compromiso. Obviamente, Alex no le había contestado, se había mantenido mudo e indiferente a su ataque verbal, y le había indicado con la mano que se largara.
Era muy triste la mala relación que tenían ahora… Él tenía seis años cuando su padre, Yago, se casó con Katherine. Ella le sacó de la tristeza por la muerte de su esposa, Vera, la madre de Alex, y este había ganado a una segunda madre, a quien amaba con todo su corazón, pues Vera y Kath habían sido mejores amigas y él se había criado en los brazos de las dos. Y no solo eso, Katherine le había regalado un hermano, Lucas, de dos años de edad en aquel entonces, y Alex se había convertido, encantado, en su protector sin que nadie se lo pidiera; le había cuidado, le había enseñado a jugar y se habían convertido en dos amigos inseparables a lo largo de sus vidas.
Hasta que le había pillado acostándose con su mujer, y en su propia cama.
Lucas le había traicionado, y de la peor manera. Nunca le había considerado un hermanastro, sino un hermano, pero aquella traición logró que le odiase por haber roto el lazo tan fuerte que les había unido. Qué ciego había estado Alex… Todo había sido una mentira, hasta su relación de ocho años con Paulina. No sabía cuánto tiempo le habían estado engañado, pero sospechaba que ese asqueroso maniquí operado, como la apodaban en la revista, había estado jugando con los dos desde el principio.
Gracias a sus mejores amigos, Branko y Gabriel, en especial Gabi por haberle acogido en su casa en cuanto se separó de su ex mujer, no se había escondido en la amargura, aunque eso no significaba que no la sintiera, sino que se había acostumbrado a sobrellevarla.
—Redactaremos un contrato con mi abogado —declaró Alex—, para que no tengamos problemas en un futuro, ni tú ni yo.
Melina frunció el ceño.
—No quiero tu dinero.
Alex estuvo a punto de reírse. Lo había dicho como un proyectil y con el semblante cruzado por el orgullo y la dignidad.
—Me enteré de que… —continuó ella, ruborizándose—. Dani me contó que hiciste separación de bienes con Paulina.
—Sí, aunque ella no se enteró hasta que nos divorciamos.
—Yo lo firmaré —anunció Melina, solemne—. No me ocultes nada ni me engañes, por favor. Firmaré todo lo que quieras, Alex. No deseo tu dinero, ni tus propiedades, ni nada —agachó la cabeza—. Me valgo por mí misma. Me he valido por mí misma desde que mis padres murieron y no necesito que nadie me mantenga.
No le sorprendió. Helena, la jefa de maquetación, le había hablado maravillas de Melina, de lo trabajadora, responsable y perfeccionista que era, y el talento innato que poseía para diseñar. No se quejaba de nada y se ofrecía la primera para ayudar a quien fuera.
—Entonces… ¿La boda es un hecho? —titubeó Melina en un tono bajo.
—Esta revista la fundó mi abuelo, el mío —se señaló a sí mismo con el dedo índice—, no el de Lucas —fue incapaz de no hacer la aclaración—, y ni él ni Paulina me la van a quitar. Tienen más poder que yo desde que lograron echar a Branko de la Junta. Me he estudiado los estatutos de memoria e incluso le he preguntado a mi padre, pero no hay otra solución: tengo que casarme.
—Lo siento, Alex —sonrió con tristeza—. Debe de ser horrible que dos personas que te han hecho tanto daño pretendan quitarte también lo que es tuyo por derecho.
—Yo también lo siento —dijo en un suspiro, recostando la nuca en el respaldo.
—¿Y tus padres?, ¿qué opinan de todo esto?
—Mis padres creen que Lucas no me engañó, sino que ya estaba enamorado de Paulina y que, en cuanto nos separamos, fue a por ella, que siempre la esperó porque no quería traicionarme.
—¿Y de repente, unos meses después se casan? —bufó Melina, alucinada—. ¿Quién se cree algo así?
—Kath, no. Odia a Paulina —sonrió, distraído en la linda imagen de su madrastra—; siempre la ha tratado con educación y respeto, pero con una barrera casi invisible. Es muy cariñosa, alegre y risueña, pero solo con las buenas personas. Con Paulina nunca ha sido así, la ha tratado con distancia desde el principio.
—¿Y por qué lo hiciste, Alex? —quiso saber Melina, indignada por la injusticia.
—Para ahorrarles un disgusto, supongo —frunció el ceño—. Kath no me ha dicho abiertamente que no cree lo que les dije, pero se le nota. Ya no la sonríe y la educación y el respeto que le muestra rozan la frialdad. Kath cambia por completo cuando coincide con ella.
—¿Y no será porque Paulina primero estuvo contigo y ahora, con Lucas? —preguntó con delicadeza—. Es más que evidente que Paulina salta de cama en cama para adueñarse de la revista, y con Lucas lo ha logrado. Supongo que cuando estás con ellos delante de tus padres, no finges que todo sigue igual con Lucas y que Paulina es tu adorable cuñada…
—Pues no —respondió él, escueto—. Me hierve la sangre cuando coincido con ellos en casa de mis padres.
—Paulina se define muy bien solita por sus actos —arqueó las cejas—. Solo con Lucas ha conseguido tener poder en la revista, contigo no fue así, tú nunca la metiste en la Junta.
—Estuve tan ciego con Paulina… Nunca me quiso por mí, sino por ser quien soy —apretó la mandíbula de forma casi imperceptible. Se levantó y se acercó a la mesa baja frente al sofá, donde había una jarra y dos vasos de agua; sirvió los dos y le tendió uno a ella.
—¿Tú sí la querías? —aceptó el vaso—. Gracias —dio un pequeño sorbo.
—Creía que sí, pero cuando los vi en mi cama me di cuenta de que nunca estuve enamorado de ella, ni de ella ni de ninguna otra —se rio sin humor—. Le dediqué ocho años de mi vida. Dejé de hacer cosas, Melina, cosas que me encantaban, cosas que me hacen olvidar lo que me rodea y me permiten ser yo mismo, y ¿para qué? Para que me pisoteara y rompiera mi relación con mi hermano —hizo una mueca—. Cuando me separé de ella comprendí muchas cosas.
—¿Por ejemplo?
Qué fácil era charlar y abrirse con Melina.
—Yo quería tener hijos, y ella lo sabía —respondió él, tranquilo—. Cuando quise dar el paso, me dijo que no, que lo último que deseaba era estropear el cuerpo perfecto que tanto le había costado mantener —alzó el vaso—, el dinero que a mí me costó —se corrigió—. Nada más empezar a salir juntos y que la prensa se hiciera eco de nuestra relación, me pidió que le regalase una operación de estética.
—¿Te lo pidió? —desorbitó los ojos, horrorizada—. ¡Menuda cara!
—Y menudo imbécil yo… Le pagué más de una. Pechos, culo, labios y nariz.
—¡Oh! —se tapó la boca
—¿Tú quieres tener hijos? —le preguntó él.
Ella se sonrojó, aunque sonrió.
—Me gustaría ser madre algún día, y de más de uno. Caye, Dani y yo nos hicimos inseparables desde que nos conocimos con tres años. Son mis hermanas de sangre aunque no compartamos sangre. Nunca necesité que mis padres tuvieran otro bebé después de mí, pero a mí sí me encantaría ser mamá de varios niños.
—Yo ya no podré ser padre —confesó Alex en un susurro, con la mirada perdida en el vaso que rodaba entre las manos.
—Puedes ser padre, Alex, eres joven.
—No es por la edad, Melina —inhaló aire y lo expulsó con suavidad—. Quiero ser siempre sincero contigo, ¿de acuerdo?
—Vale —accedió algo dubitativa.
—No te tomes como algo personal lo que te voy a decir.
—Habla tranquilo —le pidió ella, apretando su vaso con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blanquecinos.
Alex respiró hondo.
—Paulina me traicionó, y lo único que hice yo fue entregarme entero a ella, me dejé engañar por una apariencia bella, sin saber, o sin darme cuenta de que el interior estaba podrido de veneno —apuró el agua y depositó el vaso vacío en la mesa—. Fueron ocho años de mi vida entregado a ella, y no lo haré por ninguna otra —la miró sin pestañear ni vacilar—, pero contigo es distinto. Melina, yo te ofrezco un matrimonio sin amor, pero no un matrimonio falso. No voy a firmar un acuerdo de separación de bienes contigo —levantó una mano al verla abrir la boca para interrumpirle—. Por favor, primero escúchame.
Ella asintió, seria.
—El contrato al que me refería antes —prosiguió él, sereno en apariencia, aunque experimentando un repentino nudo de nervios en su estómago— no era para que tú no tocaras mi dinero y mis bienes materiales, sino para que cada uno tengamos por escrito lo que queremos y esperamos de este matrimonio, y así no tengamos problemas entre nosotros —frunció el ceño—. Por supuesto, estás en tu derecho de negarte a casarte conmigo, no tienes por qué ayudarme. Y precisamente porque este matrimonio va a arruinarte, haré cualquier cosa por ti, no importa el qué, solo quiero tu voto en la Junta, que me apoyes en todo lo que yo quiera llevar a cabo. A cambio, pídeme lo que quieras, cualquier cosa, y la tendrás.
—¿Por qué dices lo de arruinarme? —arrugó la frente.
—Porque desde el momento en que hable con mis padres, nuestro compromiso será totalmente real, seremos un matrimonio real —se incorporó y se aproximó a la cristalera, dándole la espalda, con la vista perdida en la playa de Copacabana—. No puedo hacer cosas que perjudiquen a mi familia, Melina, es decir, que cada paso que des desde que te conviertas en mi novia será cuestionado y examinado por la prensa y por las amistades de mi familia, amistades muy influyentes en el país, de negocios, también. Mi padre está jubilado, pero es muy importante en América, toda mi familia paterna lo es. Nunca les he decepcionado, y nunca lo haré. Yo siempre estaré a tu lado, no quiero que te pongas nerviosa con esto que te estoy diciendo, pero…
—¿Pero?
Alex se giró de inmediato, sorprendido al escucharla tan cerca.
—Casarte conmigo —prosiguió él, con voz ronca por la escasa distancia que les separaba— implica que no tendrás otra vida que no sea conmigo. Renunciarás a muchas cosas, Melina; renunciarás al amor, a salir con chicos de tu edad, a… —se detuvo, preso de unos repentinos celos al imaginársela con otro que no fuera él. Apretó la mandíbula un instante—. Asistiremos a fiestas aburridas, serás mi acompañante en cada evento al que me inviten y un sinfín de cosas que seguramente no te apetezcan. Y no habrá divorcio, Melina, no puedo permitirme un segundo divorcio. Nos casaríamos para siempre y para siempre es mucho tiempo. Te aconsejo que te lo pienses bien porque no habrá vuelta atrás.
—Alex, yo… —se ruborizó, hundiendo los hombros aún más de lo habitual—. Nunca he tenido novio, ni citas, ni nada. El beso de antes… —se le aceleró la respiración—. Ha sido mi primer beso. Sé que suena ridículo, pero…
Él dejó de prestarle atención en cuanto oyó lo del primer beso.
—Espera… ¿Tu primer beso ha sido conmigo?
Ella afirmó con la cabeza, avergonzada.
Alex se quedó patidifuso. Un puño invisible le golpeó, noqueándolo. Tuvo que sentarse en la silla de piel, lo más cercano que había, porque las piernas no le sostenían.
—Olvídalo todo —le dijo él en un tono áspero, todavía impresionado. Cerró los ojos unos segundos—. No nos casaremos, Melina. No puedo condenarte a una vida así. No te lo mereces y yo jamás me lo perdonaría, sé que llegaría el día en que serías infeliz porque desearías conocer el amor. Eres muy joven y una chica de tu edad, y más sin haber tenido novio, está llena de sueños y de esperanzas —la miró—. Yo puedo darte todo el dinero que quieras, llevarte a los mejores restaurantes, regalarte joyas, viajes, casas… todo lo que te puedas imaginar y más, pero conmigo no tendrás amor; amistad sí, pero solo eso —se puso en pie—. Te puedo prometer mi lealtad, mi ayuda, mi sinceridad, mis recursos, pero nada más, y eso es algo que ya tienes, puedes estar segura —añadió, vehemente—, así que olvida la boda, es lo mejor para ti.
—¿Y la revista? ¿Y Paulina?
—Tú estás por encima de eso.
Aquella frase no se la esperaban ninguno de los dos, pues abrieron los ojos sin mesura.
—Acepto —dijo Melina, de pronto—. Acepto casarme contigo.
—Melina, no…
—Por favor, ahora escúchame tú a mí, ¿vale?
—Vale —metió las manos en los bolsillos del pantalón del traje—. Adelante.
—No me importa el amor, Alex —sonrió con tristeza—. Tengo veintiséis años y nunca he tenido novio, tampoco lo he querido ni buscado. Para ser franca, en el instituto no me interesaba estar con nadie que no fueran mis hermanas o hacer otra cosa que no fuera estudiar; cuando no estudiaba, estaba con Caye y Dani, así que nunca nos replanteamos salir con chicos ninguna de las tres, éramos felices —caminó hacia el escritorio y apoyó las manos, fijando la vista en un punto de la madera—. Antes de que terminase el instituto, en mayo, mis padres murieron. Fue un momento muy malo, Alex —su voz se rasgó por la emoción—. En septiembre de ese año empezamos la universidad, en noviembre cumplí los dieciocho años y me dediqué a buscar trabajo. Si antes de eso los chicos no existían, después, menos aún —arqueó las cejas—. Me centré en mi carrera, en Bellas Artes, pero sobre todo me centré en mi trabajo —sonrió—. Ahora he empezado un nuevo capítulo en mi vida profesional, aquí, en Teix, y mis hermanas están felizmente emparejadas y deseando casarse con sus novios —amplió la sonrisa—. Cuando éramos pequeñas, prometimos casarnos a la vez, una boda triple, así que, Alex, me casaré contigo, tanto por ti como por ellas, porque sé que ellas no se casarán hasta que yo no lo haga. Lo sé.
Alex parpadeó. ¿Boda triple? No sonaba mal…
—Antes me has dicho que podía pedirte cualquier cosa a cambio de que nos casemos —agregó ella en un suspiro irregular—. Quiero un hijo, Alex. No es porque Dani ya sea madre y porque Caye esté embarazada, es por mí. Si vamos a estar siempre juntos, quiero, al menos, un hijo. Es lo único que te pediré jamás, redáctalo en el contrato si no te fías de mi palabra. Lo firmaré. No quiero nada más, ni siquiera tu dinero, joyas, regalos, viajes, restaurantes… Quiero ser mamá.
Un hijo… Aquello le enmudeció. Un hijo…
—Yo… —Melina tragó con esfuerzo—. La ciencia está muy avanzada. Me… —se acaloró. Se giró y agachó la cabeza—. No hace falta que tú y yo… Ya sabes. No hace falta que nos acostemos para que me quede embarazada. Yo… —se giró de nuevo y le miró—. Alex, yo… Es mucho lo que te estoy pidiendo, ¿verdad?
Era todo lo que él quería… Desde hacía años, soñaba con ser padre y aquella mujer se lo estaba rogando, una mujer que sería su esposa, una mujer que había accedido a ayudarle, sin dudar. Si no fuera por ella, Lucas y Paulina hundirían Teix. Lo menos que podía hacer era aceptar su única petición.
—No, Melina, por supuesto que no es mucho —se levantó—. Entonces, ¿nos casamos?
Ella suspiró y asintió.
—Nos casamos, Alex.
3
Por la tarde, cuando Melina llegó a casa —el precioso dúplex que había compartido con sus hermanas—, la recibieron Martín y Aurora, los padres de Cayetana, que habían aterrizado ese mismo día para tomarse unas vacaciones, y se alojaban con ella, en la habitación que había sido de su hija.
Les sonrió, contenta de verles allí. Se acercó a ellos, atravesando el diminuto hall, hacia el fondo, donde se hallaba el salón, y les abrazó, como si no les hubiera visto en Teix por la mañana. Les quería muchísimo, eran sus segundos padres.
—¿Qué tal, Mel? —le sonrió Aurora, muy elegante con su vestido floreado de manga francesa—. Deberíamos hablar, ¿no crees?
—Cayetana ya nos lo ha contado, pero queremos escucharte —le aclaró Martín, con otra sonrisa, y tan elegante como su mujer—. Mel —la tomó de las manos—, queremos lo mejor para ti, lo sabes, ¿verdad?
Ella asintió, seria.
—Alex y yo nos vamos a casar —les anunció, tranquila—. No quiero que os preocupéis. Es una decisión de los dos. Sé que nunca me hará daño —desvió la mirada.
—Cayetana y Dani confían en él, con eso nos quedamos casi tranquilos —le dijo él.
—¿Pero?
—Pero deberías casarte por amor, y a la primera —continuó Aurora, acariciándole la mejilla con ternura—. Os divorciaréis dentro de un tiempo, ¿no?
Melina se sentó en el sofá alargado, a la izquierda, entre los dos sillones individuales con reposapiés y en torno a los cuales se disponía una mesa baja con ejemplares de Teix, uno de ellos abierto por haber estado hojeándolo. Dirigió la mirada hacia la alfombra, debajo de la mesa.
—La familia de Alex es muy importante, no solo en Brasil, también en América —les informó ella—. No puede permitirse un segundo divorcio, no quiere decepcionar a su familia.
—Para siempre es mucho tiempo para un amor no correspondido —Aurora se acomodó a su lado, sonriendo con tristeza—. Nos lo ha dicho Cayetana. Tú le amas, Mel, pero él a ti, no —su expresión se tornó grave—. Lo siento, cielo, pero debes estar cien por cien segura del paso que vas a dar: si te casas con un hombre que no te corresponde vas a ser infeliz. ¿Por qué aceptas algo así? ¿Por qué no te das la oportunidad de vivir el amor? Eres tan joven… —la rodeó por los hombros—. No necesitas a Alex, Mel, no estás sola, tienes a Cayetana, a Dani y a nosotros.
—¿Es eso, Mel? —le preguntó Martín, sentándose a su otro lado—, ¿te sientes sola?
A Melina se le formó un nudo en la garganta. Si por ella fuera, habría detenido el tiempo como Peter Pan para no crecer… Y hacía demasiado tiempo de la última vez que se había sentido parte de algo. Dani y Caye se habían esforzado en cuidarla y quererla, y se lo agradecería el resto de su vida, pero una parte de ella murió con sus padres, y desde entonces estaba perdida. Y había explotado, unos meses atrás, cuando había dejado de ver tanto a sus hermanas, cuando habían dejado de ser tres para convertirse en cinco. Lo había pagado con ellas injustamente, ni Caye ni Dani tenían la culpa de que Melina no avanzara.
De que no pudiera avanzar.
Y necesitaba avanzar. Necesitaba encontrarse a sí misma, sentirse parte de algo, ser la propia Mel quien protegiese a alguien, quien cuidase a alguien, no al revés. Estaba agotada de arrastrar los pies, de mantener la cabeza agachada, de ir detrás…
De esconderse en sí misma.
Que la despidieran las editoriales españolas para las que había trabajado por haber diseñado la portada de la novela de Daniela, Luza, había sido lo mejor que le podía haber pasado, aunque de ello se dio cuenta más adelante. Fue entonces cuando Alex y Melina habían empezado a hablar, fue entonces cuando ella había entrado en Teix, donde era feliz, donde se sentía valorada, donde había conocido a gente maravillosa.
Fue entonces cuando él le pidió que se casaran.
Alex la necesitaba.
Y ella necesitaba, por una vez, ser la que intentase borrar la tristeza de los ojos de alguien a quien de verdad amaba. Le apoyaría, estaría a su lado en todo lo que él le pidiese, y sabía que no le haría daño, no de forma intencionada; a cambio, le daría un hijo… un hijo del hombre del que estaba profundamente enamorada.
No se arrepentiría nunca de aquella decisión, aunque Alex jamás se entregase a su amor.
—No es solo por eso —se sinceró Melina—. Alex y yo nos llevamos bien. Ha sido sincero conmigo desde el principio. Me pidió ayuda y yo he aceptado. No me importa que no me corresponda —volvió a desviar la mirada.
—Eres adulta —le sonrió Martín—, eres la más sensata de las tres, la más madura, Mel. Si decides casarte con Alex, independientemente de las circunstancias, nosotros te apoyaremos y para mí será un inmenso honor entregarte en el altar, si tú quieres, claro —le guiñó un ojo.
Ella se cubrió los labios al escuchar sus últimas palabras. Se le cerró la garganta y sus ojos se humedecieron hasta desbordar lágrimas por su cara como dos ríos.
—¡Ay, cielo! —exclamó Aurora, abrazándola y riéndose, también emocionada—. Por supuesto que Martín te entregará a Alex, Mel. Y te regalaremos el vestido, no hay negociación, es un hecho, ¿de acuerdo? —enarcó una ceja.
Melina soltó una carcajada y asintió.
—Entonces, esta noche en la cena hablaremos de esa boda triple —comentó Martín, comprobando su reloj de muñeca—. No creo que tarden mucho en llegar. Hemos reservado en el restaurante dentro de media hora. Por cierto, Mel, ¿por qué no invitas a Alex a cenar?
Ella dudó, frunciendo el ceño y ladeando la cabeza.
—No nos mires así —le dijo Aurora, divertida, dándole un suave apretón en el brazo—. Lo conocimos esta mañana, pero no como tu prometido. Vamos a hablar con él más temprano que tarde. Martín tendrá que amenazarle, si no, no sería Martín, ya le conoces.
Los tres se rieron.
—Voy a llamarle.
Melina se levantó y se encaminó hacia las escaleras que conducían al piso superior, de frente. Sacó el móvil del bolso y buscó el número de Alex en la agenda. Lo marcó mientras andaba por el pasillo hacia su habitación, la de la derecha. Los nervios afloraron cuando oyó el primer tono.
Alex descolgó al tercero.
—Hola, Melina —respondió él, con su elegante voz, a través de la línea.
Ella experimentó una sacudida en el vientre.
—Ho… Hola, Alex. Siento molestarte.
—Tú nunca me molestas.
—Mira, es que… —cerró la puerta, se apoyó en la madera y se deslizó hacia el suelo cual trapo, las rodillas le fallaron—. No sé si sabrás que vamos a cenar todos esta noche con los padres de Caye y de Dani. A Martín y a Aurora los has conocido esta mañana.
—Gabi me habló de la cena después de que me los presentara Caye.
—Ya… Ya saben que nos vamos a casar. En realidad, están al tanto de todo. No les he mentido. Y quieren conocerte un poco mejor. ¿Te apetece cenar con nosotros? Será una cena informal —comenzó a hiperventilar de los nervios, le temblaba hasta la mano—. No es… No es obligatorio, puedes negarte. Es solo que Martín y Aurora son…
—Importantes para ti.
—Sí.
—Iré a la cena. Además, tú también tendrás que conocer a mis padres, y mi padre ya me ha llamado para interrogarme sobre ti, Lucas se lo ha contado. Seguramente, la cena con los míos sea el viernes.
—Supongo que no le habrá hecho gracia —comenzó a tranquilizarse.
—No le ha hecho gracia porque no se ha enterado por mí. Al principio, estaba enfadado, pero luego me ha dicho que tiene muchas ganas de conocerte. Por cierto…
—¿Sí? —se puso alerta.
—Yo no seré sincero con mis padres. No quiero que sepan que me caso contigo por la Junta de Teix. Sé que es injusto que te pida otra cosa más, pero cuando tu familia y la mía se vean…
—Hablaré con Martín y Aurora, no dirán nada.
—Me siento un completo idiota, Melina… —suspiró con fuerza—. Siento todo esto. Todavía estás a tiempo de negarte, te lo digo muy en serio.
—Tranquilo, Alex —sonrió con tristeza—. Martín y Aurora me apoyan en esto y jamás harán nada para perjudicarnos. Lo único… —frunció el ceño—. ¿Tendremos que comportarnos como una pareja enamorada?
—No. Quiero decir… Nunca he sido de demostraciones en público. No es que me haya molestado alguna vez coger a Paulina de la mano o besarla, pero sencillamente no lo he hecho, no me ha nacido hacerlo, supongo.
Otra vez nombraba a su ex…
—Alex, ¿has tenido otras relaciones además de la de Paulina?
—Serias, ninguna. La prensa ha especulado, pero solo me han fotografiado con ella. Con las otras, he sido muy discreto.
—¿Y…? —se humedeció los resecos labios, inquieta—. ¿Y si quieres tener una… amiga una vez que nos casemos?
—No, Melina, no lo haré. Tú, en cambio, puedes hacerlo, pero sin que nadie te pille, por favor. No quiero otro escándalo en mi familia, con un divorcio es más que suficiente.
—¿Yo? —exclamó ella, atónita—. ¿Por qué yo sí y tú no?
—Porque es demasiado lo que vas a hacer por mí. Lo menos que puedo hacer yo por ti es darte plena libertad en ese aspecto.
Creyó notar un leve endurecimiento en su voz, pero pensó que se lo habría imaginado.
—Alex, yo no… —le escocieron los ojos otra vez—. No te seré infiel. Puede que nos casemos por conveniencia, pero, para mí… —tuvo que parar unos segundos—. Yo no hago promesas si no las voy a cumplir.
—Una pareja que se está casando promete amarse para el resto de su vida y no es nuestro caso, Melina. No me tomaré tus promesas a la ligera, perdona si te he ofendido, pero… —suspiró de nuevo con fuerza—. Eres muy joven, no has tenido novio todavía y te voy a condenar a una vida basada únicamente en dinero, posición social y poder. Por eso, quiero que… —su voz se endureció ligeramente otra vez— tengas plena libertad, con discreción.
—No eres ningún viejo, Alex —masculló Melina, irguiendo los hombros—, y yo tampoco soy una niña, deja de referirte a mí como alguien tan joven, y tampoco hace falta recordar que tú has sido mi primer beso, así que…
—No, Melina —la interrumpió, ahora con una voz ronca que no le había escuchado antes y que propulsó de nuevo su corazón hacia el horizonte—, no eres ninguna niña, créeme, lo sé… —carraspeó—. Pero yo tengo nueve años más que tú, cargo un divorcio a mis espaldas y tengo experiencia en un determinado tema que tú no tienes. Siento ser tan directo, pero es la verdad. Tu primer beso ha sido esta mañana conmigo, sí, pero te puedo asegurar que eso no ha sido un beso…
Ella ardió de vergüenza.
—¿Ah, no? —pronunció Mel, haciendo que no entendía a qué se refería.
—No, Melina… —su voz se volvió más ronca—. Un beso no es solo juntar los labios, es mucho más.
—Un beso también es juntar los labios a una mejilla, ¿no?
Alex emitió una risita que a Melina le revolucionó el estómago.
—Me refiero a un beso… —carraspeó—. Un beso en condiciones.
—Alex… —dudó… dudó mucho. ¿Y si…?
—Dime.
—Me preguntaba si… —cerró los ojos con fuerza—. Nada, olvídalo.
—Dímelo, Melina, nunca temas decirme algo.
—¿De verdad?
—De verdad. Sinceridad ante todo, siempre.
Ella respiró hondo.
—Para mí sí fue un beso lo de esta mañana, Alex —susurró, incapaz de encontrar su voz—. Me preguntaba si… se repetirá cuando estemos a solas.
El silencio a continuación asustó a Mel.
—¡Olvida lo que he dicho! —gritó en un tono en exceso agudo—. Mejor, olvídalo, ¿vale? Nos vemos en un rato. Te envío ahora la ubicación del restaurante. ¡Adiós! —y colgó sin esperar una respuesta. Se mordió la lengua, meneando la cabeza—. Soy tonta… —murmuró—. Ahora va a salir huyendo… ¡seguro! Se creerá que estoy loquita por él y… —se tapó la cara con las manos—. ¿A quién pretendo engañar?
Soltó el bolso encima de la cama, al fondo, debajo de la ventana que ocupaba casi el ancho completo de la pared. Era una estancia muy espaciosa, limpia, ordenada, con pocas cosas. A la izquierda, estaba el armario; a la derecha, el escritorio inclinado y el taburete giratorio; y en el centro de la habitación, había una alfombra circular. El cuarto estaba decorado en tonos azules, beis y blancos, de estilo náutico, como el resto de la casa. Los muebles eran de madera, antiguos, le recordaban a un barco en el mar; aunque ella prefería la modernidad, el dúplex le parecía precioso.
De repente, le sobrevino un malestar al pensar que dentro de poco abandonaría esa casa… ¿Y si no estaba a la altura de las expectativas de Alex, de la familia Teixeira, de su círculo de amistades…? ¿Y si fracasaba por ser un pececito extraviado en un mundo en el que jamás había entrado? ¿Y si Alex se diese cuente de que ella no valía para ser su mujer y se arrepentía de casarse con ella?
Se cambió de ropa, ignorando el miedo y las dudas. Eligió unos shorts de lino, negros, que tenían un cinturón de la misma tela. Se colocó una camiseta con volantes a modo de mangas, y de cuadros vichy amarillo y blanco, por dentro de los pantalones. Lo conjuntó con sus zapatillas Vans, como la camiseta, y a las que les había pintado pequeñas piñas cuando se las compró. Se retiró el pelo de la frente con unas horquillas en la coronilla y se aplicó brillo labial.
Observó su reflejo en los espejos que había en el interior de las puertas del armario y… volvió a dudar. No solía pintarse mucho, salvo en ocasiones especiales. Cuando se convirtiera en la esposa de Alex, ¿debía cambiar su estilo informal, guardar las zapatillas, maquillarse a diario y ponerse tacones? Le gustaba arreglarse, no sería un problema. No era insegura con su cuerpo voluptuoso, pero sí lo era si tenía que mostrarlo delante de Alex. Ahí la cosa cambiaba… Por si acaso, hablaría con Cayetana, la experta en protocolo y demás.
Se reunió con Martín y Aurora justo cuando Caye y Gabi entraban en el dúplex.
Gabriel ya había cambiado su apellido oficialmente, ahora era Gabriel Acuña; lo había hecho unos días atrás, con su hermano, Leo, desterrando los dos por completo cualquier cosa relacionada con el desgraciado que había sido su padre biológico.
Y no era lo único que había cambiado: ahora, sus cabellos no alcanzaban los tres centímetros de longitud y su barba se había convertido en una sombra. El resultado había sido increíble, aumentando su atractivo y volviendo a su sirena Ana aún más loca por él de lo que ya estaba. Se complementaban, se merecían el uno al otro y se odiaban con toda su alma. Y esperaban gemelos. Melina no podía ser más feliz por su hermana.
—Hola, Gabi —le saludó Mel, acercándose para besarle en la mejilla.
—Hola, Mel —le sonrió con cariño.
—Bueno, ¿nos vamos? —sugirió Martín, en portugués, pues Gabi estaba aprendiendo español y todavía no lo entendía bien.
—Sí —convino Caye, colgándose del brazo de Melina—, Dani me acaba de decir que ya salían de su casa —se inclinó hacia su oreja—. ¿Hablaste con Alex?
—Sí. Viene a cenar.
Cayetana asintió, mostrándole una sonrisa que pretendía ser tranquila, pero Mel la conocía demasiado bien como para saber que estaba preocupada.
En la calle, Melina ahogó una exclamación al ver a Alex salir de su Audi RS7 gris oscuro, color que combinaba con su traje y su corbata. No se había cambiado, por lo que supuso que acababa de terminar de trabajar.
Ese día interminable continuaba siendo intenso y verle a escasos metros de distancia, erguido con naturalidad, irresistible a pesar de llevar todo el día trabajando, y oliendo a musgo fresco… ¿Se iba a casar con este hombre? ¿Ella? Se sintió fea, sosa y poca cosa a su lado, fue inevitable.
—Hola —dijo él, avanzando hacia Mel—. Habíamos quedado en el restaurante, pero pensé que sería mejor venir a buscarte.
Alexander Teixeira era un caballero de brillante armadura, aunque, por desgracia, no solo con ella, él era así con todos, en especial con las mujeres.
—Un bonito detalle, Alex —comentó Aurora, sonriendo—. Es un placer verte otra vez. Me alegro de que vengas a cenar con nosotros.
—Para mí también es un placer, señora Saavedra, sé lo importantes que son usted y su marido para Melina.
Aurora, por favor —le corrigió, sonrojándose por el despliegue de Alex, otra mujer que tampoco era inmune a su poder invisible—. Martín y yo iremos con Cayetana y Gabi.
Alex se acercó a su marido y le tendió la mano.
—Señor Saavedra, gracias por la invitación.
—No es nada, Alex, y llámame Martín —pero no sonrió.
Alex asintió y posó una mano en la parte baja de la espalda de Mel, guiándola hacia el coche. Le abrió la puerta del copiloto y la ayudó a montarse. Ella tragó saliva, obligándose a pensar en otra cosa que no fuera el viaje de quince minutos que la esperaba a solas en un espacio reducido junto a él.
Emprendieron la marcha detrás del jeep verde de Gabriel.
Un silencio muy tenso protagonizó todo el trayecto. No se escucharon ni las respiraciones.
Sin embargo, al aparcar en la puerta del restaurante, justo cuando ella se quitaba el cinturón de seguridad para salir del coche, él la retuvo poniendo la mano en su rodilla desnuda.
—Sí —pronunció Alex en un ronco susurro, inclinándose hacia Mel—. Se repetirá a solas si tú quieres.
Melina se paralizó, comprendiendo perfectamente lo que había querido decir. Le dio miedo hasta respirar…
Entonces, él depositó un suave beso en su mejilla, que duró más segundos que un saludo de cortesía, y que casi le rozó la comisura de la boca. Esos labios abrasaron su piel, la hormiguearon y la colmaron de un intenso cosquilleo que jamás había sentido y que la dejó aturdida unos segundos.
Alex se separó de ella, rozándole el muslo con las yemas de los dedos, un gesto que no supo si fue intencionado o no, pero que la alteró todavía más. Le abrió también la puerta y la ayudó a salir.
Daniela, Branko y su hija, Zara, de apenas un mes de vida, durmiendo en el carrito, junto a los padres de Dani, Miguel y Laura, ya estaban sentados en torno a la mesa. Se levantaron para saludarles.
—¡Mel! —Daniela corrió a abrazarla.
—Hola, Mel —la saludó Bran con su pícara sonrisa, besándola en la mejilla.
Y ese beso sí había sido inocente, no como el de Alex en el coche…
Se acomodaron en las sillas, Melina, a la derecha de Alex, que le retiró el asiento con una cortesía que la sonrojó; no estaba acostumbrada, pero le encantaba que fuera tan atento.
—Bueno —comenzó Laura, sonriendo con timidez—, entonces, ¿tendremos la boda triple pronto?
—Sí —convino su marido, serio—, ya quiero ver a Daniela y a Branko casados. Tenéis una hija y ya es hora de formalizar las cosas, porque las cosas se hacen bien.
La pareja se rio.
—Y nada de jueces, ¿eh? —añadió Miguel, chasqueando la lengua—. La boda será por la iglesia, como Dios manda.
Bueno, la boda ya era un hecho, pensó Mel, empezando a creérselo.
4
Alex respiró hondo, acababa de ponerse nervioso. Otra vez.
—Podríamos hacerla en casa de mis padres —les sugirió a sus amigos—. Es grande, tiene una carpa abierta que utilizamos para eventos y mis padres estarán encantados de que se celebre allí, además de que hay suficientes habitaciones como para que todos nosotros pasemos la noche.
Cayetana le iba traduciendo todo a Gabi.
—¡Me encanta tu casa, Alex! —exclamó Dani, emocionada.
—A mí también —confirmó Cayetana—, estoy de acuerdo con que sea…
—¿Te casaste allí con Paulina? —la interrumpió Melina, sin mirar a Alex.
—Sí —asintió él—. Y Lucas y Paulina, también.
Ella frunció el ceño y carraspeó.
—Miraremos otros lugares —dijo Aurora, rompiendo la tensión—. Podríamos hacer la boda en la playa, en alguna cala que pertenezca a un hotel donde luego celebremos el banquete.
—Sería muy bonito —apuntó Laura, muy contenta.
—Mi padre es dueño de un hotel que reúne esas características —propuso Alex—. Le llamaré, y así podréis verlo cuando os venga bien.
—¿Has celebrado algo allí con Paulina? —insistió Melina, en un tono demasiado suave.
Él tardó unos segundos en contestar.
—La pedida de mano.
—Si me disculpáis… —se excusó Melina, levantándose—. Si viene el camarero, ¿me pedís agua, por favor? No tengo estómago para otra cosa.
Alex también se incorporó, educado y servil, ayudándole con la silla, aunque con un semblante más grave de lo habitual. No le gustaba verla incómoda, pero no podía borrar los últimos años de su vida.
Laura y Aurora salieron detrás de ella, sin dilación.
—Tú eres imbécil —le increpó Gabriel con el ceño fruncido—. ¿Cómo se te ocurre ofrecer los sitios donde ya has estado con Paulina?
—Paulina es mi exmujer, no puedo retroceder en el tiempo y borrarla de mi vida —masculló Alex—, ojalá pudiera, pero es imposible. Te recuerdo que está casada con mi hermanastro. Y que yo sepa, Melina y yo no nos casamos por amor, así que no entiendo por qué me atacas.
—No os casáis por amor, vale —señaló Cayetana, también enfadada—, pero cualquiera en la situación de Mel desearía algo de comprensión —se inclinó sobre la mesa—. No llevamos ni diez minutos hablando de la boda y ya se ha nombrado a Paulina tres veces.
—Ella me ha preguntado —se defendió Alex, molesto, con los brazos cruzados en el pecho—. Le prometí ser sincero y es lo que hago.
—Pues piensa un poco antes de hablar —le regañó Daniela, con el ceño fruncido—. A mí tu casa me encanta, Alex, y a Caye también, y estoy segura de que Mel se enamorará de ella como nosotras lo hicimos cuando estuvimos allí, pero ponte en su situación —suavizó su expresión—. Aunque no os caséis por amor, ¿a ti te gustaría hacerlo donde Mel ya se haya casado con su ex, que encima ahora es su cuñado, además de trabajar con él, es decir, que lo verías a diario revoloteando a su alrededor, ya sea en la revista o con la familia? —resopló—. A cualquiera le molestaría, Paulina no es una buena persona y precisamente es por ella por quien os casáis.
—Alex —comenzó Martín, en español por deferencia a Miguel, muy serios los dos—. No me gusta que Melina se case contigo si no estás enamorado de ella. Lo siento, pero es mi hija, aunque no sea de mi sangre, y es mi deber avisarte —apoyó la mano en el respaldo del asiento vacío de ella—. Aurora y yo aceptamos su decisión. Si quiere casarse contigo, tiene nuestra bendición, pero, óyeme bien porque no te lo repetiré —agitó un dedo en su cara—, si la escucho llorar o me entero de que sufre por tu culpa, será la última vez que la veas, y me dará igual que tu familia se vea salpicada por otro escándalo. Contrataré al mejor abogado para que se divorcie de ti, tenlo claro, Alex. Melina ha sufrido demasiado.
—Jamás le haría daño —pronunció él en un tono afilado, conteniendo la rabia que le provocó que dudaran de sus intenciones con Melina—. Jamás. No necesito que me avise nadie de nada. La cuidaré con mi vida e intentaré hacerla feliz —se inclinó—. Con todos mis respetos, no me conoces en absoluto para dudar de mí, Martín. Y no permitiré que ni tú ni nadie se la lleve de mi lado si ella quiere estar conmigo.
En ese momento, Aurora, Laura y Melina regresaron y la cena prosiguió. Sin embargo, las conversaciones se centraron en temas banales, logrando que la incomodidad de Alex aumentara.
Después, al salir a la calle, se despidieron de los demás; ella se quedó con él.
—¿Te apetece tomar una copa conmigo, Melina? —le preguntó, al abrirle la puerta del coche.
—Es tarde y…
—Por favor —insistió él.
Ella asintió.
Se dirigieron a un club de bossa nova que Alex conocía, donde el volumen de la música y la música en sí eran adecuados para charlar con tranquilidad e intimidad. Se acomodaron en unos sofás de piel negra, en un rincón. Un camarero les tomó nota enseguida, reconociéndole de inmediato.
—Señor Teixeira y compañía, buenas noches. ¿Qué desean?
—Buenas noches. ¿Melina?
—Buenas noches. Caipiriña, por favor.
—Para mí, agua con limón, por favor. —Como ella se sorprendió, él añadió—: Tengo que conducir.
No era una mentira, pero tampoco era la verdad absoluta. Y estaba tan acostumbrado a responder aquello cuando alguien se asombraba de que no pidiese alcohol que él ya se creía esa respuesta… aunque ahora ese alguien fuese Melina, su prometida, y debía saberlo.
Pero no hoy.
El camarero se marchó tras anotar el pedido.
—Perdóname por ser tan poco considerado antes —se disculpó Alex, recostando los codos en las rodillas separadas. Giró el rostro hacia la izquierda, hacia Melina—. No me di cuenta de que te podía sentar mal que te casaras con un hombre divorciado.
—No me sienta mal que estés divorciado, Alex, eso es algo que no se puede cambiar, pero no me gusta que me compares con ella.
—Nunca te he comparado con Paulina —frunció el ceño—. Jamás lo haría.
—Bueno, quizás no lo has hecho directamente, pero pretendes que me case contigo en el mismo sitio donde te casaste con ella o donde hicisteis la pedida de mano —cruzó las piernas a la altura de los tobillos, un gesto muy femenino que erizó la piel de Alex y le inquietó, aunque no lo demostró—. Mira, Alex, lo único que sé de ti es que eres el mejor amigo de los novios de mis hermanas y el dueño de la revista donde trabajo. Desconozco quién es tu padre o tu familia, los hoteles que tenéis o cómo de grande es tu casa, son cosas que no me han preocupado hasta ahora —le miró unos segundos en silencio, pensativa—. Digo hasta ahora porque hoy está siendo el día más largo de mi vida. Tengo muchas dudas, muchas preguntas y necesito que seas paciente conmigo porque… —suspiró, entrecortada, retorciéndose los dedos—. Yo no pertenezco a tu mundo, Alex. La única fiesta de alta sociedad a la que he asistido fue la gala de la editorial de Branko, el año pasado.
—El día que nos conocimos —susurró Alex, sonriendo al recordar lo inepto que se comportó al deslumbrarse por su belleza.
—¿De qué te ríes?
—De que fui un idiota —se recostó en el respaldo, relajado—. Gabi tuvo que empujarme para que reaccionara y te saludara como era debido —sin perder su rostro de vista, se le alteró la respiración por culpa de sus ojos oscuros, que pretendían rasgar su interior y averiguar todos sus secretos. ¿Qué tenía que perder? Iba a ser su esposa—. Branko nos presentó porque me fijé en ti, Melina —le salió un tono bajo y ronco—. Estabas con Caye y Dani en la barandilla del jardín donde se estaba celebrando el cóctel de la gala. Solo me fijé en ti. Eres la mujer más guapa que he visto en mi vida, me lo pareciste en ese momento y me lo sigues pareciendo cada día.
Melina contuvo el aliento. Los dos se sonrojaron, pero ninguno apartó los ojos del otro.
—No me lo creo —murmuró Melina, tragando, nerviosa—. Siempre has estado y estás rodeado de mujeres de cuerpos y caras perfectos. No necesito que me regales los oídos, Alex —le temblaba la voz, pero era segura en sus palabras—. Sé lo que tenemos tú y yo.
Alex entornó la mirada.
—Me pediste un hijo, Melina, a cambio de casarte conmigo, a cambio de ayudarme. Y antes te he dicho que nos besaremos a solas si tú quieres, porque me apetece, porque me gustas, Melina, me gustas mucho —ladeó la cabeza, inclinándose hacia el brazo del sofá, en su dirección. Sus rostros estaban separados por escasos centímetros. La repasó con los ojos, desnudándola, sin esconderse. Le resultó imposible no hacerlo, la deseaba, ¡demasiado!—. Cuando quieras te demuestro que no te estoy mintiendo. Y —añadió, apretando la mandíbula, conteniendo las repentinas ganas que le asaltaron de lanzarse a ella y comérsela entera, en especial sus labios carnosos, importándole nada, por primera vez en su vida, hacerlo públicamente—, no le regalo los oídos a nadie, es algo que no soporto, ni hacerlo ni que me lo hagan a mí.
El camarero les interrumpió con las bebidas. Alex retrocedió e intentó calmarse. Ella cogió su cóctel y dio pequeños sorbos, con manos temblorosas, mientras él se llevaba a la boca su vaso de agua con limón.
—Tú no eres guapo —musitó Melina.
La mano de Alex se congeló en el aire. ¿Acababa de llamarle feo? ¿La había oído bien?
—Pero… —continuó ella, jugando con la pajita de su bebida—, tienes algo que… —se removió en el asiento, esquivando su mirada—. Tienes algo que te hace diferente… Algo que… Algo que te hace… irresistible. Son tus modales, o tu forma de caminar, o tu postura, o lo bien que hueles… —suspiró de manera irregular, con las mejillas muy coloradas—. No sé qué es, pero… Yo prefiero a un hombre como tú antes que a un hombre como Branko. Branko es guapísimo, es perfecto, pero no me gusta la perfección.
—Claro que no —ironizó él—; siendo tú tan guapa prefieres a un hombre feo a tu lado para que no te haga sombra.
Ambos desorbitaron los ojos, atónitos en igual medida.
—Perdona, yo… —se disculpó Alex, estupefacto de sí mismo sin saber qué le había poseído hacía un instante para decir tal tontería—. No sé por qué he dicho eso.
Reconoció en ese momento que fueron los celos los que hablaron, unos súbitos y detestables celos que estrujaron sus pulmones: a Melina le parecía guapísimo su amigo Bran, en cambio, él era feo… ¡Feo!
—No te he llamado feo, Alex —frunció el ceño—. No eres feo.
—Pero tampoco soy guapo —sentenció Alex, molesto e incómodo. Se bebió el agua de un trago y depositó el vaso en la mesa redonda y baja que había entre los dos sofás, con un golpe seco.
—También he dicho que te prefiero a ti antes que a un hombre guapo —confesó Melina, tímida y con las mejillas tan rojas ahora que estaba a punto de explotar de vergüenza.
Él, entonces, sintió una oleada de júbilo.
—Y que soy irresistible, ¿no?
Los dos sonrieron, más relajados.
—Antes has dicho que tienes preguntas y dudas —le recordó Alex, serio—. Mañana, ven a mi despacho a la hora de comer. Avisaré a mi abogado para que redactemos entre los tres el contrato y responderé a todo lo que quieras.
Ella asintió y apuró el cóctel.
—¿Y cuándo nos casaremos? —quiso saber Melina. Dejó la copa vacía en la mesa—. Tendremos que hablarlo con los demás, pero ¿tienes alguna fecha en mente?
—Pronto. El mes que viene es el cincuenta aniversario de Teix y en julio es la presentación de la nueva novela de Dani, Obol. Creo que agosto sería lo más conveniente.
—A ver qué opina Caye, en agosto estará de seis meses, y trae gemelos. A lo mejor es demasiado ajetreo para ella, que le encanta organizar y planificar y, conociéndola, se pondrá muy nerviosa. Eso no es bueno para los bebés.
—No había pensado en eso —se frotó el mentón—. Pues después de que hagamos el contrato mañana, quedamos con todos y decidimos entre los seis. Cuanto antes, mejor, así Lucas y Paulina me dejan en paz.
Los dos se tornaron sombríos. Sus amigos tenían razón, su exmujer estaba presente en sus conversaciones, pero no podía evitarlo, mal que le pesara.
Pagó las bebidas y la llevó a su casa. La acompañó hasta la puerta del edificio.
—¿Quieres que te pase a buscar mañana para ir a trabajar? —sugirió Alex, alzando las cejas—. Puedo hacerlo todos los días.
—No es necesario —sonrió con dulzura—. No hace falta que seas tan caballeroso.
Él se sonrojó.
—Yo soy así, Melina. Lo siento si te incomoda, no puedo evitarlo.
—Todo lo contrario, Alex —posó una mano en su brazo—. Es solo que nunca me han tratado como lo haces tú, y sería muy fácil acostumbrarme a ello —sus ojos brillaron. Se puso de puntillas, casi no le alcanzó, y le besó en la mejilla, sujetándose a su hombro—. Eres muy alto —se rio, nerviosa y acalorada.
Alex ignoró el cosquilleo que experimentó al recibir su delicado beso.
—Tú eres muy bajita —susurró, inclinándose para besarla a su vez—. ¿Y te gusta?
—¿El qué?
—Que sea caballeroso —metió las manos en los bolsillos del pantalón, nervioso… otra vez.
La tímida sonrisa que ella le dedicó le obligó a tragar saliva con esfuerzo.
—Dulces sueños, Alex —le susurró.
—Buenas noches, Melina —le contestó del mismo modo.
Se miraron unos segundos en silencio hasta que ella desapareció de su vista.
Alex observó el portal, pensando en que no era tan mala idea casarse por segunda vez. Le gustaba estar con Melina. Al menos, sería una buena compañera. Solo esperaba que no se convirtiera en una tortura lo mucho que la deseaba…
—Irresistible… —recordó, de vuelta al coche. Su pecho se hinchó, orgulloso y encantado por el halago.
No le gustaba que le regalasen los oídos, pero, al igual que Melina podría acostumbrarse a su caballerosidad enseguida, él bien podría acostumbrarse a su dulzura, aunque no fuera guapo.
Arrancó y se marchó… sonriendo.
Al día siguiente, su abogado, Jorge Vieira, un hombre de sesenta y pocos años, que había representado a su padre y que llevaba los aspectos legales de la revista desde hacía décadas, se presentó a media mañana en su despacho, con su grueso maletín de piel marrón. Le conocía desde que era un niño. Era uno de los amigos más íntimos de Yago.
—Hola, Alex.
—Hola, Jorge —se abrazaron—. Gracias por venir con tan poco tiempo.
—No me las des, no solo vengo como abogado —arrugó el ceño—. Estoy aquí para regañarte, y con razón.
Jorge se acomodó en una de las sillas que flanqueaban el escritorio. Tenía el escaso pelo canoso, al igual que el fino bigote, una nariz achatada y una barriga que atestiguaba lo mucho que le gustaba comer, aunque en consonancia con su vigoroso aspecto.
—Sé lo que me vas a decir —le dijo Alex, acomodándose en su asiento, al otro lado del escritorio.
—No —masculló, aflojándose la corbata—, no lo sabes. No te voy a regañar porque hayas encontrado una salida rápida por culpa de Paulina, sino porque has vuelto a mentir a tus padres —suspiró, mitigando el enfado—. Tu padre me llamó anoche para contarme que te ibas a casar, que no sabía nada, que si yo sabía algo.
—¿Qué le dijiste? —se alarmó un segundo.
—Que te casabas con una diseñadora de la revista, que es amiga de las novias de Branko y Gabriel —farfulló una serie de incoherencias—. No puedes continuar así, Alex.
—Por eso me caso con Melina, Jorge, precisamente, para frenar a Paulina.
—¡Es que no me refiero a eso! Tus padres deben saber lo que sucedió entre Paulina y tú, y lo que está pasando en Teix. ¿Has tenido noticias de Paulina?
—No, y me extraña —arrugó la frente, recostándose en la silla—. Ayer no vino a trabajar y hoy, tampoco. Eso no es raro, lo hace bastante a menudo. El problema es que no se ha pronunciado por mi compromiso; Lucas, sí —hizo un ademán, restando importancia—, me exigió explicaciones, pero se quedó con las ganas.
Un golpe proveniente de la puerta les interrumpió.
—Adelante —dijo él, incorporándose.
Melina abrió y asomó primero la cabeza, luego, sonrió y después, entró.
—¿Llego tarde?
Alex sonrió sin darse cuenta, acercándose a ella.
—Llegas justo a tiempo. Hola, Melina —la besó en la mejilla.
Estaba muy guapa, con su pelo rizado retirado de la cara por una diadema ancha en tonos azules y blancos, a juego con su vestido, de mangas abombadas, y con las Vans, que llevaban pintadas unas pequeñas moras sobre los cuadros azul y blanco.
Ella, ruborizada, le devolvió el beso.
—Te presento a Jorge, nuestro abogado —la tomó de la mano y la condujo hacia él—. Jorge, ella es Melina, mi prometida.
—Es un placer, señor —dijo Melina, tendiéndole la mano libre, Alex todavía no la había soltado.
—Igualmente, Melina. Llámame Jorge y tutéame —sonrió con cariño mientras le besaba los nudillos—. Tengo que reconocer que estoy sorprendido. No te imaginaba así.
Ella se separó de Alex y hundió los hombros, apagándose… Él, al percatarse de su repentina inseguridad, entrecerró los ojos hacia su abogado, reprendiéndole con la mirada.
—No me malinterpretes, Melina, por favor —se disculpó Jorge, preocupado—. Lo digo en el buen sentido. Lo siento —sonrió con desánimo—, pero es inevitable compararte con Paulina. Han sido muchos años aguantando a esa mala mujer —frunció el ceño—. No te pareces en nada a ella y me sorprende. Esperaba…
—¿A una vulgar modelo operada? —sugirió Melina, arqueando las cejas—. Así la llama toda la revista.
Los dos hombres se rieron.
—Supongo que sí —respondió Jorge—. Me caes bien, Melina —le indicó que se acomodara en una silla.
—Todavía no me conoce.
—Pero no te pareces en nada a Paulina, no hay más que verte. ¡Llevas zapatillas!
Los tres soltaron una carcajada, sentándose.
—También tengo tacones y vestidos atrevidos en mi armario —bromeó ella, sonriendo, divertida—, guardados para ocasiones especiales.
—Estoy seguro —la miró ahora a ella, sonriendo con dulzura—, que Kath te va a adorar y a Yago le vas a encantar, aunque te aviso de que, si a mí me has sorprendido, al padre de Alex más aún.
Nadie entendió que Alex se volviera tan loco por Paulina. Él siempre había huido de ese tipo de mujer tan superficial y artificial, pero, por algún motivo, ella consiguió atraparle. Le había tentado, pero se había resistido hasta volverle casi loco por acostarse con ella, hasta tenerle en la palma de la mano y que él hiciese lo que ella le ordenase. Una zorra muy astuta que había jugado con Alex lo que había querido, y hasta que dejó de servirle. Menos mal que no se había dejado embaucar del todo por Paulina: no se habían casado por la iglesia, habían hecho separación de bienes y no la había metido en la Junta de Teix.
—Bueno, ¿empezamos? —sugirió Alex, abriendo un documento de Word en su portátil, un MacBook Air plateado.
—He traído… —comenzó Jorge, agachándose para husmear en su maletín.
—No —le cortó él—. No haremos separación de bienes.
El abogado sacó la mano vacía del maletín, y asintió.
—Alex, por favor, te dije que no quería tu dinero ni… —dijo ella con el ceño fruncido.
—No, Melina. Lo mío será tuyo en cuanto nos casemos. Ya te avisé ayer de que no habría separación de bienes, y no la habrá.
—Pero…
—Pero nada.
Melina gruñó.
—No estoy de acuerdo.
Alex movió las comisuras de la boca, pero no llegó a sonreír.
—Te lo diré de otro modo —apoyó los codos en el borde de la mesa y se inclinó—. Tu vida está a punto de cambiar. Soy una figura pública, Melina, y tú lo serás desde que se haga oficial nuestro compromiso, y en cuanto nos casemos, serás una Teixeira. Quiero que tengas plena libertad, que puedas disponer de todo cuanto desees, de todo cuanto tengo porque vas a ser mi mujer, e, independientemente de nuestras circunstancias, no quiero que te falte de nada, pero, por encima de todo lo que te estoy diciendo, quiero que hagas tu vida sin reprimirte más —frunció el ceño, preocupado—. Te recuerdo que en Nochevieja te propuse que compartiéramos piso, y lo hice porque tú me dijiste que no sabías qué hacer, ni adónde ir, te habían despedido, tampoco sabías si tenías que volver a España o no, porque los alquileres en Río eran muy caros.
—No necesito tu caballerosidad, amabilidad o compasión —sentenció, muy molesta.
—No es caballerosidad, ni siquiera amabilidad, ni lo fue en Nochevieja ni lo es ahora —apretó la mandíbula con fuerza, sin esconder esta vez lo molesto que también se sentía—, y la palabra compasión bórrala ahora mismo porque, por ti —la señaló con el dedo, conteniéndose—, jamás sentiría compasión, que te quede claro. Y si quiero que dispongas de todo lo que tengo es…
—¿Tu pago por convertirme en tu mujer? —entornó la mirada—. Me caso contigo porque quiero, soy mayorcita para decidir, y para vivir también. Puede que no tenga tu dinero, pero no lo necesito, ¿o acaso iba mal en la gala de la familia de Branko? —se puso en pie de un salto, indignada—. El modelito completo seguro que me costó una insignificancia para ti, pero creo recordar que anoche me dijiste que te parecí la mujer más guapa que habías visto en tu vida —se irguió, cruzándose de brazos.
Aquella extraña mujer no se parecía a la discreta y dulce Melina. Esta era otra… Era Lina. Era parte de su nombre, parte de ella, pero era otra Melina, una distinta. Y le gustó muchísimo conocer a Lina, descubrir que su interior, puro fuego, rebeldía, dignidad, lucha, un fuerte carácter… competía con su belleza exterior.
—No te estoy pagando para que seas mi mujer —detestó que ella siquiera dudase de eso—, podría hacerlo con cualquiera, pero no quiero a cualquiera, te lo he propuesto a ti —se levantó muy despacio—. Solo quiero compartir contigo lo que es mío. Tú me pediste un hijo, solo me pediste eso, y encima ser padre es algo que siempre he querido, pero yo te pido tu vida, Melina. Vas a renunciar a mucho por casarte conmigo —chasqueó la lengua—. Sé que eres una mujer adulta y madura que toma sus propias decisiones —respiró hondo—. Acepta lo que quiero darte.
Se retaron con la mirada, hasta que Melina la desvió a la pared.
Jorge se excusó y les dejó solos.
—No me siento cómoda aceptándolo —ella dejó caer los brazos—. Siempre me he valido por mí misma, Alex, nunca he necesitado a nadie. Pero no es por ti, tampoco me he sentido cómoda nunca con los numerosos y carísimos regalos que me ha hecho Cayetana, ni cuando sus padres nos pagaban el piso de Madrid o el de aquí —suspiró y le miró de nuevo, con determinación, ya sin enfado—. No lo entiendes —se giró, ofreciéndole el perfil.
—Claro que lo entiendo —acortó la distancia y la tomó del brazo para que volviera a fijar los ojos en los suyos, ambos pares brillando sobremanera—. Sé lo que es luchar por lo que uno cree. Nací rico, Melina, pero te juro que si Teix y los negocios que tengo están donde están, que si yo estoy donde estoy, es porque me he esforzado mucho para que así sea, y seguiré haciéndolo. Lo hago cada día. Mi padre me ayudó al principio, con su dinero e influencias. ¿Y sabes qué? —hizo un amago de sonrisa—. Que me siento orgulloso de haber contado con su apoyo. Claro que te entiendo —asintió despacio—. Aceptar mi dinero no significa que te conviertas en una mantenida, ni que todo lo que has hecho los últimos años no sirva de nada. No es cuestión de dignidad ni de orgullo, Melina.
—Alex… —resopló—. Trabajo para ti, mi sueldo sale de tu bolsillo, tú eres Teix. Y pretendes darme más, dármelo todo —agachó la cabeza—. Por favor, si es por lástima o porque te sientes culpable porque crees que voy a renunciar a mucho por ti, insisto en que lo hago por…
—No —descendió la mano por su brazo hasta tomar la suya—. Es porque confío en ti.
Sorprendida, alzó la mirada.
—No me conoces… —susurró Melina.
—Tú a mí tampoco, y vamos a casarnos… para siempre —también susurró.
—Para siempre…
Ella suspiró de forma entrecortada.
Él contuvo la respiración.
—¿Entonces…?
Melina volvió a suspirar de igual modo.
—Vale.
Alex expulsó el aire que había retenido.
—Eres dura de pelar, Lina —un regocijo inmenso recorrió su ser por la respuesta que tanto había necesitado escuchar.
Pero ella palideció.
—¿Cómo… me has llamado?
—Lina —frunció el ceño.
—¿Por…? —posó las manos en su pecho y el contacto le quemó, pero ninguno se retiró—. ¿Por qué me has llamado así?
Alex fue sincero y le contó lo distinta que la había sentido hacía unos minutos, lo guerrera que había sido, y que, por ese motivo, se le había ocurrido llamarla así.
—Pero si no te gusta, no te preocupes que no te llamo más así. Perdóname, me he tomado una libertad que no…
—Todo un caballero —le interrumpió con suavidad—. Te disculpas hasta por ponerme un apodo —le dedicó una sonrisa preciosa—. Llámame así cuando quieras. Ya pensaré yo uno para ti. ¿No hacen eso las parejas de verdad?
—Y nosotros lo somos —rodeó su cintura lentamente, poniéndose ella de puntillas, pegando su pecho al de Alex, notando este cada curva de su impresionante cuerpo.
Definitivamente, no era tan mala idea casarse otra vez si era con ella…
—Alex —Jorge abrió la puerta, rompiendo aquel momento tan… interesante—, ¡perdón! No quería interrumpir nada, ya no se oían gritos y pensé…
—Tranquilo, Jorge —Alex, sonrió—, sigamos.
Y a pesar de que ambos tenían la mente en otra parte, se forzaron a centrarse en el contrato de su futuro matrimonio.
5
Días después, el viernes, tras terminar su jornada laboral, a las cinco de la tarde, Mel se marchó a casa corriendo. Había quedado con Alex a las seis para conocer a sus padres y no tenía tiempo para arreglarse. Se agobió. Vació el armario. Toda su ropa se desperdigó por la cama, el suelo, la mesa, la silla, la alfombra… ¡hasta por la ventana!
Aurora la vio tan nerviosa que llamó a Cayetana, y esta se presentó enseguida en el dúplex para ayudarla.
—Aquí estoy, querida. Tranquila, estarás sensacional.
—No quiero estar sensacional —se derrumbó en el colchón, arrugando prendas debajo del trasero—. Quiero ser yo misma. Como me ponga algo que no vaya conmigo… ¡Voy a hacer el ridículo! —se tapó la cara, horrorizada—. Es mejor no ir, me inventaré cualquier excusa, le diré que estoy enferma y…
—¿Cómo es la cena? —ignoró sus tonterías, ojeando el desorden de la habitación—. Y tú eres sensacional, te lo seguiré repitiendo hasta que te entre bien en esa cabecita de ratita que tienes.
—Me ha dicho Alex que no me preocupe, que con cualquier cosa estaré bien.
—Vale, cena informal, pero cualquier cosa en la familia Teixeira siempre será algo arreglado. Tú eres de pantalones cortos o vestidos y zapatillas… —recogió unas bermudas blancas, de pinzas y con dobladillo—. Ponte estas, te hacen un culo increíble —se los lanzó a la cara. Encontró una camiseta marinera, de rayas horizontales azules y blancas, ancha, con un hombro caído—. Y esto, así le das un toque sexy con el hombro al descubierto, tienes una piel preciosa —se lo arrojó sin mirarla—. Póntela por dentro del pantalón. ¿Y tus alpargatas plateadas?
—No lo sé.
—Búscalas entre todo esto —hizo una mueca—, mientras, voy a por tus pinturas, y hoy pienso esmerarme —enarcó las cejas—, ¿has visto las ojeras que tienes, querida mía? Llegan al suelo, Mel. Vas a conocer a tus suegros y esa cara de fantasma que traes desde hace días no es la tuya.
—No son mis suegros —se sonrojó.
—Son tus suegros extraoficialmente, y lo serán oficialmente desde el cuatro de agosto.
Ya habían decidido la fecha. Las tres hermanas de sangre se casarían en una boda triple el cuatro de agosto. Los padres de Dani y Caye habían puesto el grito en el cielo, quedaban menos de tres meses y había mucho que organizar en tan poco tiempo, pero sus hijas estaban deseando casarse, por lo que los mayores habían aceptado a regañadientes.
—Háblame un poco de Yago, Caye.
Su hermana se sentó a su lado.
—Está jubilado —ladeó la cabeza—. No solo se dedicaba a Teix. En realidad, la revista ha sido siempre un pasatiempo de la familia paterna de Alex, su abuelo la fundó como un entretenimiento, sin pensar en que podía llegar a convertirse en la revista de moda más influyente de Brasil. Y luego Alex también tiene su propia empresa, AT, ya lo sabes.
En Nochevieja, Alex y Melina habían hablado mucho, y ella se había enterado de la existencia de AT, la empresa de Alex, dedicada al ocio y con negocios por todo Brasil: restaurantes, gimnasios, centros comerciales… Un equipo del departamento de Contabilidad de Teix, que dirigía Gabriel, se dedicaba, única y exclusivamente, a AT.
—Es mucha responsabilidad —se preocupó.
—Pues ya sabes lo que te toca hacer —movió las cejas de manera insinuante, reprimiendo una sonrisa—: quitarle el estrés cuando estéis a solas.
—¡Caye! —la regañó, colorada al máximo.
Terminaron riéndose las dos.
—Mel —la tomó de las manos—. Alex ha podido escoger a cualquiera, pero te ha elegido a ti.
—Me lo dijo, que podía haber elegido a cualquiera, pero que me ha elegido a mí porque no quiere a cualquiera —suspiró con fuerza—. Y eso me tiene bastante confundida, por eso no he dormido bien estos días —se estrujó la camiseta en el pecho—. El problema es que no sé por qué.
—A ver, Mel, seamos claras… —añadió, seria—. Alex tiene a un séquito de mujeres que hacen cola para ser la señora Teixeira; todas tipo Paulina: ambiciosas, astutas, cuya única aspiración es salir en las revistas del brazo de un hombre poderoso, y si puede ser uno como Alex, joven y atractivo, mejor que uno viejo o feo, aunque algunas no hacen ascos a nada con tal de nadar en billetes —le apretó las manos—. Alex ya se casó con una como esas, la peor de todas, que le traicionó con su hermano, y encima pretende quitarle la revista, que es lo que más quiere. Tú —sonrió— eres todo lo contrario: sencilla, amable, educada, discreta, natural, buena, inteligente, con un talento impresionante con las manos, que es con lo que te ganas la vida desde los dieciocho años, y la más guapa del mundo —la abrazó, sonriendo las dos—. Cada segundo estoy más convencida de que si Alex estuviera tan negado al amor como dicen Bran y Dani, no te hubiera elegido a ti.
—Eso no lo sabes… —giró la cara.
—Te equivocas, querida, lo sé —le dedicó una sonrisa de satisfacción—. Cuando cenamos el otro día todos, cuando hablamos de la boda por primera vez, te fuiste al baño enfadada, ¿recuerdas? Y con razón —levantó una mano para recalcar el hecho—. Pues mi padre amenazó a Alex con que si te hacía sufrir, aunque solo fuera un poquito —juntó el pulgar y el índice—, se encargaría personalmente de buscar al mejor abogado para que te divorciaras de él. ¿Y sabes qué le contestó Alex?
Ella, pasmada, negó con la cabeza, incapaz de hablar por los repentinos nervios que la asaltaron.
—Se cabreó y le dijo que te cuidaría con su vida, que intentaría hacerte feliz y que nunca permitiría que nadie te separara de él si tú querías estar a su lado.
A Melina se le disparó el corazón.
—Lo que oyes, querida —sonrió Cayetana—. Por culpa de Paulina, Alex se ha cerrado al amor, pero te ha elegido a ti —le acarició la mejilla—, y tú tienes tanto amor escondido en tu interior… —se emocionó—, tanto amor que entregar… Así que entrégate, Mel, con todas las consecuencias. Es mejor arrepentirse de lo que hacemos que de lo que no hacemos.
Melina suspiró, nerviosa, ansiosa, esperanzada… pero muy confusa.
Se arregló con rapidez y su hermana la maquilló y le recogió los rizados cabellos en una trenza de espiga lateral, que caía por el hombro tapado por la camiseta, para lucir el otro al desnudo; le puso un brazalete ancho en el antebrazo y le colgó unos aros grandes, finos y dorados en las orejas.
—¡Perfecta! —exclamó Cayetana, radiante de dicha por el resultado.
—¡Ya está Alex aquí! —anunció Aurora desde las escaleras.
—Ay, Caye… —se lamentó Mel—. Voy a hacer el ridículo…
—Vamos —se colgó de su brazo y tiró de ella hacia las escaleras—. No vas a hacer el ridículo, te van a adorar, solo sé tú misma, confía en mí —le guiñó un ojo.
—Espera —se detuvo y bajó el tono para que nadie las escuchara—. Hay algo que no os he dicho todavía y necesito que tú se lo digas a tus padres.
—¿Qué pasa? —se preocupó.
—Verás… —se humedeció los labios—. Por parte de Alex, Jorge, su abogado, es el único que sabe que nos casamos…
—Por conveniencia —la ayudó.
—Exacto. Y no pueden enterarse de la verdad.
—¿Por qué? —desconfiada, entrecerró los ojos.
—Los padres de Alex no saben nada de la traición de Lucas y Paulina, creen que empezaron después del divorcio. También desconocen lo que está haciendo Paulina en la revista, absolutamente todo.
Cayetana se cubrió la boca, horrorizada.
—Alex me pidió —prosiguió Melina— que, por favor, no comentáramos nada porque no quiere disgustarles.
Su hermana asintió con gravedad.
—Mel —la sujetó por los hombros—, te quiero esta noche con la cabeza bien alta y tu dulce sonrisa sin titubear, ¿te queda claro?
—Gracias —la abrazó con fuerza—. Deséame suerte.
—No la necesitas —la repasó de los pies a la cabezas—. No te olvides de que las ratas transmiten enfermedades con mordiscos, y como eres una bellísima ratita de biblioteca, si Paulina te intimida, enséñale los dientes.
Se rieron otra vez y descendieron al piso inferior.
Alex la esperaba sentado en el sofá con Martín. Se incorporaron al verlas.
—¡Qué guapa, cariño! —la obsequió Aurora, acudiendo a ella para besarla en la cara con adoración.
—Gracias —se sonrojó.
—Hola, Melina —la saludó Alex, extendiéndole la mano, sin variar su seria expresión.
Melina se mordió la lengua para no gritar por lo atractivo que estaba en bermudas de pinzas azul oscuro, camisa de rayas verticales rojas y blancas, por fuera de los pantalones y remangada en las muñecas, y zapatos náuticos de color marrón. Estaba incluso más irresistible que con traje y corbata… Sus ojos grisáceos fulguraron un instante al contemplarla, fue apenas perceptible, pero Caye se percató y le dedicó una discreta sonrisa de satisfacción a Mel, que se ruborizó aún más.
Aceptó la mano de Alex, se despidieron de los Saavedra y se marcharon. Bajaron en el ascensor en silencio, salieron a la calle en silencio, la ayudó a montarse en el coche en silencio y partieron rumbo a la cena en silencio.
Alcanzaron la propiedad minutos más tarde. Era de noche, pero Mel, impresionada, pudo apreciar, gracias a los numerosos farolillos de la finca, lo imponente que era. Una verja de hierro forjado verde que cercaba la finca fue abierta por uno de los dos hombres de seguridad, de traje y corbata negros, con un auricular en sus orejas.
Se trataba de una obra maestra colonial del siglo XVIII, que había sido reformada antes de mudarse allí siendo Alex un niño, cuando su padre viudo se había casado con su segunda esposa.
Atravesaron un sendero de tierra cuesta arriba, rodeado de césped, palmeras, un sinfín de flores de colores y dos fuentes inmensas con una figura de ángel de cuya boca salía el agua en cascada.
—Joder —se le escapó a Alex, al llegar a una explanada de tierra al aire libre donde había aparcados dos todoterrenos negros de lujo con las lunas tintadas, y otros coches que reconoció de inmediato, a la izquierda de la casa principal.
—¿Qué pasa?
—Que no cenamos solos.
Perfecto… Sencillamente perfecto.
—Bienvenida a mi casa —le abrió de nuevo la puerta y le tendió la mano.
Melina tragó, enmudecida. Aceptó el gesto con un ligero temblor.
En el exterior, se respiraba un intenso olor a distintas flores.
Con las manos entrelazadas, se dirigieron a la mansión, a la derecha del garaje. Era blanca inmaculada, con tejas marrón oscuro, de tres plantas, varios jardines, dos piscinas en el exterior y una cubierta, según le fue informando Alex, balcones en las cuatro caras del edificio, tres porches y salas de eventos con capacidad para albergar a más de mil personas, tanto fuera como dentro, pues la propiedad continuaba con una carpa a unos minutos a pie de la mansión.
Subieron unas escaleras de piedra. Él le apretó la mano, deteniéndose antes de cruzar el porche principal, donde había dos pilares, y frente a una doble puerta abierta, de madera, custodiada por un mayordomo.
—Melina.
Ella no reaccionó.
—¿Melina?
Ni siquiera se inmutó. No podía dejar de observarlo todo con gran admiración. Era un lugar maravilloso, digno de pintarlo en un cuadro.
Entonces, unos labios realmente suaves y cálidos se deslizaron sobre los suyos en una lenta y delicada caricia que la sobresaltó.
—Hola —le susurró Alex, bailando las comisuras de la boca, divertido.
—No le veo la gracia —arrugó la frente, abochornada por el increíble beso que había recibido.
—Ya sé qué hacer para que vuelvas en ti cuando te quedes en shock —se rio—. Anda, vamos —la guio hacia el interior de la casa—. No es para tanto.
—Para una persona acostumbrada a esto, como tú, no es para tanto —gruñó—. Voy hecha un desastre, mírame. Van a pensar que…
Él frenó en seco, en el hall, provocando que Melina se chocara con su espalda.
—¡Ay!
Alex se giró hacia ella y la miró con tanta intensidad que Mel retrocedió, pero Alex acortó la distancia, tirando de su mano, y le alzó la barbilla con dos dedos, sosteniéndola con firmeza para obligarla a mirarle a su vez.
—Te aseguro que te he mirado muy bien —susurró él en un tono muy ronco—. Una mujer que va hecha un desastre no me tienta como me estás tentando tú, nena, y aunque fueras hecha un desastre seguirías tentándome.
—¿Ne…? ¿Nena? —balbuceó Mel en un hilo de voz.
—Me ha salido solo —murmuró, asombrado—. Lo siento —arrugó la frente, regresando el caballero de brillante armadura.
—No —le respondió ella, sonriendo con timidez—. Me ha gustado.
—Bien —se separó, aunque no le soltó la mano—. No sé por qué lo he dicho, pero… —sonrió— a mí también me ha gustado llamarte así.
—¿Vamos, nene?
A Alex le brillaron los ojos con diversión.
—Así que nene… Tenía seis años la última vez que alguien me llamó así —y se echó a reír—. Fue el día que se casaron mi padre y Kath. Ella me llamaba así —sonrió con nostalgia—. Ese día, le dije que ya no podía llamarme así, que ahora tenía un hermano al que cuidar —su sonrisa comenzó a desvanecerse—, que ya era mayor —sus ojos se perdieron en un punto infinito y la tristeza regresó a ellos.
A Melina se le encogió el pecho al notar su dolor por Lucas. Se puso de puntillas y le besó en los labios con una ternura delicada, queriendo transmitirle que ya no estaba solo, que podía contar con ella.
Se extraviaron en la mirada parpadeante del otro, durante unos segundos, el tiempo pareció detenerse y su alrededor, difuminarse, hasta que Alex alzó una de sus manos y le besó los nudillos con los ojos cerrados, un gesto de agradecimiento, y algo más, que a ella le acarició el corazón. ¿Y si Cayetana tenía razón? ¿Y si Alex necesitaba ser amado como nunca le habían amado y ella era capaz de hacerlo, de entregarse por entero y lograr que la correspondiera, y ser, por fin, los dos felices, después de lo mucho que habían sufrido?
Atravesaron el recibidor en línea recta, seguidamente, un pasillo hacia una escalera de mármol blanquecino, al fondo del corredor, donde este se ensanchaba.
Predominaba el amarillo apagado en las paredes, de las que colgaban cuadros impresionistas; los muebles, en cambio, eran oscuros. Inmensos jarrones de preciosas rosas rojas, rosas, amarillas y azules poblaban las mesitas que iban dejando atrás.
Subieron los peldaños y accedieron a una de las terrazas, cuyo suelo formado de lamas de madera crujía suavemente bajo sus pies. Una barandilla de mármol, rectangular, cercaba el recinto en los tres lados. En el centro del amplio espacio, una mesa ovalada, a juego con el suelo, como si formase parte de él, estaba preparada para una cena de siete comensales: manteles individuales de lino amarillo con bordados en las esquinas, copas de un cristal exquisito, cubertería resplandeciente de plata y vajilla de porcelana blanca con dibujos de rosas amarillas y sillas de madera con cojines amarillos, bien alejadas entre sí para favorecer la comodidad.

PREPARANDO LA DESCARGA...



En unos instantes podrás disfrutar de tu libro



 

Deja un comentario:

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.