Mi alma te esperaba de Sophie Saint Rose

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Vamos con una de Vikingos muy especial, la historia de Disa.

Sinopsis de “Mi alma te esperaba”

Disa oculta un peligroso secreto desde su más tierna infancia. Adoptada por el jarl ha crecido esperando que alguien la reclamara. Pero ha llegado la hora de casarse y como hija del hombre que dirige a su pueblo, debe ser un matrimonio próspero y ventajoso para los suyos.

Ulmer el Vengador está a punto de llegar y para todos es bien sabido que no tiene buen carácter. Pero a Disa eso no le importa porque nadie la separará de la persona que más ama.

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Mi alma te esperaba
Sophie Saint Rose
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Epílogo
Capítulo 1
Disa abrió sus ojitos azules y apartó la piel de su madre para sacar la cabeza. Un rizo rubio cayó sobre su frente y miró hacia arriba para ver que había amanecido, pero afortunadamente ya no nevaba. —Mami despierta, ya es de día. —Apartó la gruesa piel y corrió hacia un árbol para aliviarse. Cuando salió de detrás del tronco dejó caer sus gruesas faldas sobre las medias y se detuvo en seco al darse cuenta de que su madre no se había levantado. De hecho parecía que ni se había movido. —¿Mami?
Corrió hacia ella tropezándose y cayendo sobre la nieve. De rodillas se acercó tan rápido como pudo y movió el brazo de su madre, pero no se despertaba. Apartó la nieve de su rostro con su manita y al ver su piel pálida lloriqueó. —¿Mami? —Tocó su mejilla. —Mami despierta. Ya estamos cerca, tú lo dijiste. ¿Mami? —Un ruido tras ella la tensó y miró sobre su hombro para ver un lobo totalmente blanco. Se levantó y cogió el cuchillo del cinturón de su madre. —¡Vete! —El lobo gruñó enseñando sus dientes y Disa sollozó. —¡Vete, por favor!
El lobo miró tras él antes de correr por la ribera del fiordo alejándose de ella. Se echó a llorar y se agachó al lado de su madre tocando su rostro de nuevo. Su piel estaba muy fría y una gruesa lágrima cayó por su mejilla. —No puedes morirte, mami. Dijiste que me cuidarías, que tú no me dejarías sola. Despierta.
Unas piedras se movieron tras ella y se volvió asustada para encontrarse con tres hombres a caballo armados con espadas. Cogió el cuchillo de nuevo y el que iba delante que era enorme con una espesa barba pelirroja bajó de su caballo. Llevaba unos pantalones de cuero y unas botas que le llegaban a las rodillas, pero lo que le llamó la atención es que solo le abrigaba una piel medio abierta encima de su pecho y de su cuello colgaba un gran medallón de oro con una piedra roja en el centro. Envainó la enorme espada que llevaba en la mano y metió los pulgares en su cinturón mirándola fijamente a los ojos. —¿Quién eres y qué haces en mis tierras?
—¿Mami? —preguntó asustada.
Él bajó la vista hacia el cuerpo de su madre y apretó los labios. —Está muerta.
—¡No! ¡No lo está! —Extendió su brazo mostrando su cuchillo. —¡Aléjate de nosotras!
—Jarl, el lobo está cerca.
El pelirrojo levantó una mano y le hizo un gesto a sus hombres. Estos se bajaron del caballo y Disa movió el cuchillo de un lado a otro. —¡No! ¡Atrás! ¡Está viva y no la tocaréis! —Aquellos hombres no le hicieron caso caminando hacia ellas y rabiosa se tiró sobre uno clavándole el cuchillo en la pierna. Este aulló empujándola por los hombros y cayó al suelo, pero se levantó y gritó cuando el otro levantó la falda de su madre —¡No!
—Jarl, tenía una herida en la pierna. Se le ha puesto negra.
Disa cogió una piedra y se la estampó en la cara. —¡No la toques!
Sintió que la cogían por la cintura elevándola y le arrebataban la piedra de la mano. Se agarró a la barba del pelirrojo y pataleó, pero él ni se inmutó y cuando agotada solamente lloriqueó, miró los ojos grises de aquel gigante. —Ha muerto, niña.
—Dijo que no me dejaría. Me lo juró por Odín.
—Y yo te juro por Odín que en mi pueblo estarás segura, niña.
Disa muerta de miedo se abrazó a su cuello y enterró su rostro en su espeso cabello.
—¿Qué vais a hacer con ella, jarl?
Apretó sus manitas a su alrededor.
—Vivirá con nosotros.
—No podéis quedárosla, tiene a Loki dentro. ¡Me ha roto la nariz!
Él se echó a reír con desprecio. —Inútiles. —Caminó hacia su madre y la miró fijamente. —Despídete, hija.
Se le cortó el aliento y se apartó para mirarle a los ojos antes de que la dejara en el suelo. Disa se arrodilló a su lado y cogió su mano. Tiró del anillo de su índice, pero no salía. Sollozó tirando de él y el jarl se agachó cogiéndolo con su gran mano para tendérselo. —Era de mi padre.
—Y ahora es tuyo.
Miró el bello rostro de su madre y una de sus lágrimas cayó sobre su frente. —Te quiero.
Asgerd la cogió por la cintura cargándosela y Disa miró el anillo entre sus dedos. —¿A dónde ibais? —Miró distraída las frías aguas y señaló con su dedito al final del fiordo. El jarl su subió al caballo y cogió las riendas. —¿Ibais hacia mi pueblo?
Se encogió de hombros sin saber qué decir. —No lo sé. —Muy triste apoyó su cabecita sobre su hombro.
El jarl sobre su caballo miró a la mujer de nuevo y entrecerró los ojos. —Llevadla al pueblo. Quiero saber si alguien la conoce.
—Sí, jarl.
Sus botas resonaron sobre la madera del suelo. El jarl rodeó la mesa donde estaba tumbada aquella mujer y apretó los puños viendo su hermoso perfil. —¿Estás segura?
—Totalmente, mi jarl. Es Brynja —dijo la vieja Andras—. Abandonó nuestro pueblo hace diez años al menos. Desapareció una noche. Creímos que la habían matado los lobos, pero al parecer se escapó. Cuando salieron a buscarla no había rastro.
—Brynja… Eso no puede ser, murió de fiebres, eso me dijeron.
—Estabais de incursión, jarl. En el sur. Vuestro padre hizo una batida, pero nevaba mucho. Os mintió para que no la siguierais.
—Por Thor, ni la había reconocido —dijo impresionado—. La han herido. ¿Huía de alguien?
—No lo sé, jarl. Tiene un corte en el tobillo que le envenenó la sangre. —Mostró la herida. —Yo no diría que es de una espada. No es un corte limpio. Intentó curárselo. —La vieja le miró con su único ojo, pues el otro lo había perdido hacía años cuando su marido le había pegado por tener a su sexta hija. —Murió porque no se puso ungüento. Pero eso no es lo que me preocupa.
El observando la herida dijo —Habla, mujer.
—La hija de vuestra hermana nunca ha parido.
Levantó la vista hacia ella. —¿Qué dices? He traído a su hija. ¡Está durmiendo en mi habitación!
—No es hija suya.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Brynja no podía tener hijos. —Se mordió el labio inferior.
—¡Habla! —gritó sobresaltándola.
—Se quedó preñada con unos doce años, poco después de que muriera su madre. Y se lo quitó, jarl.
Él frunció el entrecejo. —¿Se lo quitaste tú?
—Sí, jarl. Me lo suplicó porque temía al jarl. Pero algo salió mal, casi se muere. Después de eso no volvió a preñarse.
Asgerd dio un paso hacia ella. —¿Quién compartía lecho con ella? ¡Era una niña! —gritó haciendo que se encogiera—. ¡Quién se atrevió a tocar a la nieta del jarl!
—Gardi.
—¿Mi hermano? —preguntó espantado—. ¿La niña no será hija de mi hermano?
—No, Jarl. Esa niña no tiene más de seis años. Os digo que no es hija de ella.
El jarl se pasó la mano por su barba. —Puede que estés equivocada. La niña dijo que era su madre. Y estaba casada. Mi sobrina llevaba el anillo de su marido.
La mujer apretó los labios. —Igual tenéis razón, pero que me caiga un rayo si esta mujer ha parido alguna vez.
Ambos miraron hacia arriba, pero nada. —Que la quemen. Y que le pongan comida y cerveza en la pira. No quiero que su espíritu regrese para torturarnos.
—Sí, jarl.
Miró a su sobrina antes de salir de la casa de la vieja. Sus hombres le rodearon. —No habléis de esto con nadie, ¿me habéis entendido?
—Sí, jarl —dijo Odell, su segundo al mando.
—Encargaos de ella.
Entrecerró los ojos entrando en su casa y al ver a su hermano totalmente borracho sentado en su silla se le revolvieron las tripas. Al pensar en la niña que dormía en su cama sacó su puñal y se acercó por su espalda. Le agarró por el cabello y le rajó la garganta de parte a parte. Vio la sorpresa en sus ojos mientras se desangraba. —Debí hacerlo hace años, hijo de mala madre —dijo con odio antes de acercarse a su oído y susurrar —No debiste tocarla. Me lo juraste. Espero que Brynja te esté esperando… —Su hermano intentó respirar sujetando su antebrazo. Dejó caer su cadáver al suelo. Todos los que estaban en el salón le miraron con horror. —¡Sacad a esta escoria de aquí!
Subió los cinco escalones que daban a sus habitaciones y cogió la antorcha para iluminar el pasillo. Caminó hasta la habitación del fondo y vio el reflejo del fuego. Empujó suavemente la puerta y vio su ricitos rubios sobre las almohadas. Caminó hasta ella y sonrió débilmente al ver que se había acostado vestida. Se sentó y empezó a quitarle las botas. La niña se despertó sobresaltada y él sonrió. —¿No te han dicho que no se duerme con las botas puestas?
Disa negó con la cabeza mirándole con los ojos como platos. —Pues te lo digo yo. Y te quitarás la piel y el vestido también.
—Esta cama es muy grande.
—Es mi cama.
—¿Y yo dónde duermo?
—Mañana haré que te pongan una cama ahí, en la habitación de al lado.
—¿Y no puedo dormir aquí?
Él sonrió. —No, no puedes dormir aquí. ¿Y si estoy con una mujer? Me estorbarías.
—Soy pequeñita. No ocupo mucho.
El jarl rio por lo bajo. —Hay cosas que debo hacer solo y no puedes ver.
—Ah. ¿Como cuando haces caca?
La risa del jarl se escuchó en toda la casa. Los que sacaban el cadáver de su hermano miraron hacia arriba sin salir de su asombro.
Asgerd revolvió sus rizos rubios. —En pie.
La niña lo hizo de inmediato y él le quitó la piel antes de desatar el cordón de su vestido. Ella misma se lo quitó antes de acostarse de nuevo solo con su vestido interior. El jarl se tumbó a su lado y suspiró. Disa poniendo su manita bajó su mejilla le miró. —¿Tú te vas a morir?
Volvió la cabeza hacia ella. —Todos nos morimos tarde o temprano. ¿Cuántos años tienes?
—Siete.
—Pareces más pequeña.
—Soy pequeñita, pero creceré. ¿Tú cuántos años tienes?
—Demasiados. ¿De qué murió Brynja?
Le miró con pena. —Se cortó con una roca al pescar. Ahora estoy sola.
Él asintió antes de suspirar cerrando los ojos. —No estás sola. Duérmete, yo estoy aquí, pequeña. —De repente la miró. —¿Cómo te llamas?
—Disa, ¿y tú?
—Asgerd. Pero tú me llamarás padre.
—¿Por qué quieres ser mi padre?
—Ya que no tienes padre, necesitas uno, así que yo lo seré. Ahora a dormir.
—Mamá decía que aquí nos cuidaríais. —Él entrecerró los ojos. —Estaba muy empeñada en venir.
—¿Hablas de Brynja? —La niña asintió.  —¿Esa mujer era tu madre realmente? —Agachó la mirada sin responder y el jarl decidió cambiar de tema porque ya tenía su respuesta. —¿Huíais de alguien? ¿Os hicieron daño?
Disa puso un dedo sobre sus labios. —Shusss… No se habla de eso.
—¿Tu madre te dijo que no hablaras de ello?
—Sí, con nadie —susurró.
Asgerd se puso de costado. —A mí puedes decírmelo. Puedes contármelo todo.
Ella le observó como si le estuviera analizando y se puso de rodillas para poner su manita en su oído. Asgerd entrecerró los ojos mientras la niña hablaba y de repente la miró incrédulo. La niña asintió antes de poner la manita de nuevo y seguir relatando hasta que terminó y se tumbó de espaldas pegándose a él. El jarl acarició sus ricitos pensando en lo que le había dicho. Casi nada tenía sentido, pero lo que sí había entendido es que era huérfana, que alguien quería matarla como a sus padres y que por eso había huido con la mujer que la cuidaba desde su nacimiento. Así fue como Brynja se había convertido en su segunda madre. La rabia recorrió su cuerpo mientras su instinto de protección hacía que la rodeara con el brazo, demostrando que la protegería con su vida, sin saber por qué esa niñita se le había metido en el corazón.
El rugido del jarl se escuchó en toda la aldea y Disa que estaba lavando la ropa miró sobre su hombro para ver como Enar salía despedido de su casa para caer sobre el barro. Varios se echaron a reír y Disa puso los ojos en blanco. Se lo había advertido, así que no le daba ninguna pena. El jarl salió de la casa. —¿Que quieres poner tus sucias manos sobre mi hija? ¡Antes te mato! —Bajó los escalones y Enar salió corriendo. Muy valiente. Bufó para seguir frotando. Estaba metiendo la ropa en el agua para enjuagarla cuando alguien le tapó el sol. Sonrió sin mirarle. —Hija, se están poniendo muy pesados. ¡Es que eres muy hermosa! —dijo como si fuera culpa suya.
Se sentó sobre sus talones y le miró divertida con sus preciosos ojos azules. —¿Me cubro el rostro con un velo como esas refinadas del sur? —Parecía que se lo pensaba. —¡Padre! —Se levantó indignada cogiendo la ropa y fue hasta el tendal.
—A lo mejor si te trenzaras el cabello. —Él observó sus gruesos rizos rubios del color del trigo maduro y gruñó. —No, eso no serviría de nada. Hija, tendré que casarte.
Se le cortó el aliento y se volvió sobre su hombro. —¿Si?
—Tengo que buscar un buen candidato para ti.
—¿Buen candidato? —preguntó confundida—. Los jóvenes de aquí…
—Están descartados. Todos —dijo mirándola fijamente—. Y sabes por qué.
—Pero padre…
—Debo buscar alguien fuerte y valiente por si en el futuro lo necesitas. Estos de por aquí no saben ni coger una espada como Thor manda. Sirven para el pillaje, pero en la lucha cuerpo a cuerpo con un guerrero adiestrado… No, los de aquí no sirven para proteger lo que más me importa. —Asgerd preocupado se pasó la mano por su espesa barba que empezaba a tener canas. Ya tenía cuarenta y cinco años y a pesar de que seguía estando en muy buena forma, ya empezaba a notarse su edad. No podría defenderse. Eso la inquietó. El año anterior mucha gente había muerto de fiebres y el jarl también había enfermado. ¿Si se casaba tendría que irse de allí? Ella no quería dejarle. ¿Quién le cuidaría? Y tenía que cuidarle, tenía que protegerle.
—No quiero irme, padre —dijo asustada—. No me buscan, han pasado años.
—Me da igual —dijo inflexible—. Si no ocurre mejor, pero no voy a dejarte en manos de cualquiera. Quiero un guerrero para ti, así que vete haciéndote a la idea.
—Pero… —Su padre se volvió para irse dejándola con la palabra en la boca. —¡No! ¡No pienso irme!
El jarl se detuvo en seco y se giró lentamente. —¿Qué has dicho?
Entrecerró los ojos. —He dicho que no.
—Niña…
—¡Ya no soy una niña, tú lo has dicho! ¡Por eso me buscas marido!
—¡Tienes que casarte! ¡Y harás lo que yo te diga!
—¡No me voy a ir!
—¡Eso ya lo veremos!
Levantó la barbilla cogiendo las faldas y caminó hasta la casa.
—¡Disa te estoy hablando!
Entró en la casa cerrando de un portazo. Escuchó una risita y vio al lado del agua a su amante que se acercó a él sin dejar de reír. —¿Problemas con tu hija, amor?
Él gruñó cogiendo a Trine por la cintura antes de agarrar su larga trenza castaña para besarla en el cuello haciéndola reír. Cuando se apartó se miraron a los ojos. —Mujeres, solo me dais problemas.
Acarició su mejilla. —Ya sabes que con Disa debes tener mano izquierda. Si se lo impones, se pondrá rebelde.
—¡Soy el jarl, debe obedecerme! Sino tendré que castigarla.
Trine se echó a reír de esa manera cantarina que le inflamaba la sangre y la cogió en brazos antes de que se diera cuenta. —¿A dónde me llevas, mi jarl?
—A que hagas tu magia.
Ella soltó una risita y acarició su nuca. —Amor, debes hablar con ella y debe ser ahora. Enfréntate a Disa ahora.
—Está enfadada —dijo entre dientes—. Mejor esperar a que esté desprevenida de nuevo.
—Como llegue Ulmer el Vengador y no esté prevenida esta le quema el barco. Entonces sí que te quedarás sin hija con la mala fama que tiene ese hombre.
Él gruñó dejándola en el suelo y fue hasta la puerta con grandes zancadas para abrirla de golpe y gritar —¡Hija! ¡Preséntate ante mí!
Al no oírla Trine gimió por dentro y cuando la vio por el rabillo del ojo salir del pueblo a galope y sin escolta además, se apretó las manos nerviosa. Su niña debía estar enfadadísima para irse de esa manera. —¿Amor?
El jarl se volvió y pudo ver en sus ojos que estaba furioso, así que hizo lo único que podía hacer. Mentir. —Se ha ido a caballo. Lloraba. Pobrecita, debe creer que la abandonas.
Preocupado bajó los escalones. —¿Por qué iba a pensar eso? ¡Es mi niña!
Trine sonrió con dulzura. —Precisamente por eso, querido mío. Con el amor que te profesa no debe entenderlo. No querría separarse de ti por nada del mundo. Menos por un desconocido por muy buen partido que sea. Que lo es, pero ella no le conoce.
Asgerd se pasó la mano por la barba lo que mostraba su inquietud y Trine le acarició el antebrazo. —Debes explicarle que es muy buen partido y hará una alianza muy provechosa para tu pueblo.
Él gruñó porque eso era lo que menos le importaba de ese maldito mundo. Si no quisiera que estuviera protegida cuando él faltara no se movería de allí jamás, pero eso no lo sabía Trine, por supuesto. Como nadie de su pueblo. Respiró hondo asintiendo y miró el fiordo. —Volveremos para la cena.
Sonriendo vio cómo se alejaba para ir hacia el establo. Lo arreglarían, claro que sí. Con lo que se querían ese conflicto no iría a más y su niña recapacitaría. Su posible prometido era un candidato como no había otro. Se daría cuenta de que era lo mejor para todos.
Al ver a su niña sentada en una roca mirando el suelo donde la habían encontrado diez años antes, se le encogió el corazón por la tristeza que reflejaba su rostro. Se bajó del caballo y dejó caer las riendas para acercarse a ella. —Hija…
—No me voy a ir —dijo empecinada antes de cruzarse de brazos.
Él se sentó a su lado y suspiró pasando su enorme brazo por su hombro. —No voy a vivir para siempre.
—El marido que me busques también puede morir. Tait murió el año pasado y tenía veinte años.
—Cierto, pero también estás en edad casadera y es mi obligación buscarte a alguien que te merezca.
—Pues que sea de aquí y si se excede le matas.
Asgerd sonrió. —¿Si se excede?
Se sonrojó con fuerza. —Trine me dijo hace unos años que hay hombres que no son galantes como tú en el lecho.
Escandalizado preguntó —¿Cómo se le ocurre decirte eso?
—¡Para avisarme! ¡Y porque Bestla llegó a la casa llena de morados quejándose de su marido!  ¡Así que no me voy! —Sonrió maliciosa. —Tú no querrías que nadie me hiciera daño.
Él gruñó. Es que era demasiado lista. —¡No, no querría y por eso te vas a casar!
Jadeó indignada. —¡Te he dicho que no!
—¡Niña, te tengo muy consentida!
—¡No me voy de aquí! —gritó impotente.
Apretó los labios abrazándola. —Lo haces por mí. Porque me quieres.
Disa se echó a llorar sobre su pecho. —No puedes echarme.
—No te echo, mi niña. —La apartó para coger su hermoso rostro entre sus manos. —Intento que vivas segura y que tengas un futuro. El futuro que te mereces al lado de un hombre admirado por todos.
Incrédula apartó su rostro. —Me has mentido, ya le has elegido.
—No quería asustarte. Le elegí hace un año.
Se levantó furiosa. —¡Después de enfermar!
—Tenía que tomar una decisión y es la adecuada. Cada día que pasa estoy más convencido. Es el hombre idóneo para ti.
—¡No me voy a ir! ¡Ponte como quieras! —gritó apretando los puños de la rabia mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Le pareció verla tantos años antes cuando intentaba defender a la que decía que era su madre.
—No has preguntado quién es…
—¡Porque no me importa! ¡Me juraste por Odín que en tu pueblo estaría segura!
Asgerd apretó los labios. —Y durante todos estos años lo has estado, pero el año pasado por poco muero. ¿Qué crees que hubiera pasado entonces? —Disa palideció. —¡Exacto! ¡No tendrías a nadie, hija! ¡El hijo de Odell, al que todos quieren como futuro jarl, te tomaría! ¡Y Freki ya está casado! ¡Jamás serías su esposa! ¡Te tendría como amante para tu humillación! Y eso no va a pasar —dijo con furia—. Te casarás con quien he elegido, no hay más que hablar.
—¿Y por qué no te casas tú? —La miró como si estuviera loca. —¡Trine merece ser tu esposa! ¡Lleva siendo tu amante diez años!
—¿Y qué solucionaría eso? ¿Si en diez años no me ha dado un hijo, crees que lo hará ahora? ¿Y piensas que crecerá lo bastante rápido como para hacerse cargo de nuestro pueblo?
Se sonrojó ligeramente. —Si te das prisa…
—¡Disa entra en razón!
Gruñó molesta. —El hijo de Odell no es demasiado feo.
—Oh, por Thor, ¿qué locuras dices? ¡Si le odias! ¡Y su mujer te haría la vida imposible! Además, recuerda que ella sería la esposa del jarl y perderías el estatus que ostentas como señora de la casa.
Levantó la barbilla. —Me da igual. Así hago menos.
—Niña…
—¡Que no me voy! —De repente sus ojos brillaron. —Que espere a que mueras. Que venga a buscarme después.
—¡Disa deja de decir disparates! ¿Crees que Ulmer el Vengador va a esperar a que yo muera para tomarte?
Le miró impresionada. —No bromees, padre.
—¡Sí, el hombre que todo el mundo admira ha aceptado conocerte! Debe casarse y está considerando tomarte por esposa. Serías la mujer más influyente de cualquier tierra que yo conozca y la más rica.
—¡Es una bestia! —gritó furiosa—. ¿Cómo se te ocurre? ¿Acaso no has oído lo que se dice de él?
—Precisamente por eso le he elegido por esposo. Ya solo su fama asusta. Nadie se enfrentaría a él. —Se levantó y la señaló con el dedo. —¡Y te lo advierto o te portas bien y eres todo sonrisas o me vas a ver realmente enfadado! ¡Y si te quiere dirás que sí, porque como le enfades puedes provocar una guerra!
Jadeó indignada. —¡Sí, al parecer tiene poco sentido del humor!
—¡Ninguno! No tiene ningún sentido del humor, así que ya sabes lo que tienes que hacer.
—¡No me voy a ir!
—Hija, estás colmando mi paciencia. —Señaló la aldea. —¡A tu habitación! Esta conversación se ha terminado.
—¿A mi habitación? —preguntó entre dientes.
—¡Sí!
Levantó la barbilla. —Muy bien, padre. Me voy a mi habitación. ¡Y no pienso salir hasta que se vaya ese bruto!
—¡Pues te vas a hartar porque aún falta que llegue el verano! —le gritó a la cara.
Su empecinada hija entrecerró los ojos. —Pues muy bien. Te veo en otoño.
Asombrado vio que iba hacia su caballo. —Disa, no colmes mi paciencia. —Se subió a su montura. —Hija… te lo advierto. —Se lanzó a galope hacia la aldea. —¡Disa!
Trine al verla llegar puso los ojos en blanco. Estaba claro que no habían solucionado mucho por el portazo que dio al entrar en la casa. Bueno, ya lo solucionaría. Es que los dos eran igual de cabezotas.
Trine entró en su habitación tres semanas después y suspiró al verla sentada en la cama con las piernas cruzadas cosiendo una camisa de su padre. —Cielo, ¿no quieres salir a tomar un poco el sol? ¿No es bastante el encierro al que nos obliga el invierno como para que te encierres aquí cuando brilla el sol?
—Aquí estoy bien —respondió sin levantar la vista de su tarea.
Se sentó en la cama y cogió su barbilla para que la mirara a los ojos. —No puedes detener las mareas como no puedes detener este matrimonio.
—Claro que puedo. Que venga si se atreve.
Sonrió sin poder evitarlo. —¿Crees que en cuanto te vea no va a pedirte en matrimonio de inmediato con lo hermosa que eres? Si no hay hombre que no le haya pedido tu mano a tu padre y eso que saben que pueden morir en sus manos solo por atreverse a sugerirlo.
—¡Pues que acepte a uno de esos!
—¡No digas tonterías, eres la hija de un jarl! ¡Esa alianza será muy beneficiosa para nuestro pueblo!
Disa apretó los labios porque no podía sincerarse con la mujer que la había cuidado tantos años.
—¿De qué tienes miedo? Cuéntame. Serás la esposa de un hombre muy influyente. Y valiente. Dicen que no hay hombre más valiente.
—¡Está loco! ¡Mató a su primo por ser el jarl de su pueblo!
—Eso dicen las malas lenguas, pero también dicen que sus hombres no pueden estar más orgullosos de él. Le son fieles hasta la muerte. No me digas que no admiras eso de él. —Disa miró su labor y supo que lo había pensado. —Dicen que salvó a varios de sus hombres en una incursión arriesgando su propio pellejo.
—Dicen que está lleno de cicatrices.
—Cicatrices de honor por cuidar y hacer ricos a los suyos. —Acarició su mejilla. —¿Te importan esas cicatrices? —Negó con la cabeza. —Cielo, sé que le admiras. Te has criado con un hombre de mal carácter y de férreo honor. Y ese padre al que amas con locura ha buscado para ti otro hombre a su imagen y semejanza. Aún mejor dirían muchos.
—Mi padre es mil veces mejor.
Trine sonrió. —Aprenderás a amarle como amas a tu padre. Y sé que serás una buena esposa para él. —Vio el temor en sus ojos azules. —Sé que será difícil. ¿Quieres que te acompañe cuando te vayas?
—¡No me voy a ir!
—Serás cabezota. —Exasperada se levantó porque llevaban así semanas y tanto su hombre como ella estaban perdiendo la paciencia. —¡Espero que te comportes como la hija del jarl que eres! ¡No me defraudes!
—¿Es una orden?
—¿Por qué tienes que complicarlo todo tanto? ¡Estás provocando una brecha entre tu padre y tú que no se cerrará nunca porque te irás! —A Disa se le cortó el aliento al ver como sus ojos se llenaban de lágrimas. —¿Crees que él no sufre? ¿Crees que no te quiere?
—Sé que me quiere. —Se puso de pie sobre la cama. —¡Y yo le quiero a él! —dijo a grito pelado—. ¡Por eso no me voy!
—¡Tú sabrás lo que haces! ¡Pero como le dejes en evidencia no podrá perdonarte!
Salió de la habitación cerrando tras ella y Asgerd levantó una ceja. Trine forzó una sonrisa. —Se lo está pensando —susurró.
Dejó caer los hombros decepcionado. —La he oído. —Se pasó la mano por la barba. —Tendré que disculparme con Ulmer en cuanto llegue. Le diré que se ha muerto o yo qué sé.
Le cogió por el antebrazo. —Ni se te ocurra. —Tiró de él hasta su habitación y cerró la puerta. —No puedes hacer eso.
—¿Acaso no has notado que no quiere ni verle?
—Ya, pero es hasta que le vea. —La miró sin comprender. —¿Crees que se resistirá a él? No hay mujer que se le resista.
—¿Y cómo sabes eso, mujer?
—Será porque tengo oídos. —Carraspeó incómoda. —Y ojos.
—¿Ojos? ¿Y cuándo le has visto tú si puede saberse?
—Cuando fui a ver a mi tía al sur antes de que viniera la niña y me encargaras su cuidado.
—Pero sería un crío.
—Era un joven muy apuesto y fuerte. Las cicatrices no han podido borrar eso. Era… gallardo y tenía a todas las jóvenes locas por él. —Hizo una mueca. —Luego dicen que se le agrió un poco el carácter cuando mató a su primo, pero tampoco puede ser para tanto. Las habladurías exageran mucho.
—Así que es atractivo.
—Lo era y mucho.
—¿Crees que la seduciría?
—Totalmente. En cuanto ponga sus ojos en ella, a nuestra Disa se le cae la baba, te lo digo yo.
Asgerd sonrió satisfecho. —¡Pues a ver si llega de una vez! ¡Esta incertidumbre va a matarme!
Trine le abrazó por el cuello. —Deja que te relaje, amor. Tienes que durarme muchos años.
—Las mujeres de mi vida hacen conmigo lo que quieren.
—Ámame.
—Cuando digas tú que me amas.
Jadeó dando un paso atrás. —¿Vas a rechazarme?
—¡Es que me acabo de dar cuenta de que siempre hacéis conmigo lo que queréis! Llevo esperando nueve años a que te decidas, pero bien que me utilizas para que te caliente la cama.
Jadeó ofendida. —¿Perdón? ¿Qué has dicho? ¡A mí no me hables en ese tono, viejo gruñón! ¡No soy uno de tus hombres!
—¿Me amas o no?
Le miró angustiada. —Sabes que sí.
—Pues dímelo, quiero oírtelo decir. —Acarició su cuello. —¿No crees que nueve años ya son suficientes? Quiero que seas mi esposa.
—Todo el mundo sabe…
—¡Quiero que seas mi esposa! ¡Me importa poco lo que sepa todo el maldito mundo!
—Soy demasiado vieja. ¡No puedo darte hijos!
Separó los labios impresionado y más cuando se echó a llorar apartándose para darle la espalda. Asgerd se acercó a ella y la abrazó con fuerza. —¿Y por qué piensas que eres tú la que no puede darme hijos? No he tenido hijos con ninguna de las mujeres que han compartido mi lecho. —La besó en la sien. —Soy yo quien no puede darte hijos, preciosa.
—Eso no es cierto.
—Por supuesto que es cierto. —La volvió y la miró a los ojos. —¿Por qué dudas de mi palabra?
Trine apartó la mirada. —No puedo decírtelo.
—¿Tienes secretos conmigo? —Sonrió y la cogió por la trenza obligándola a que le mirara, pero perdió la sonrisa poco a poco al ver el temor en sus ojos. —¿Me temes?
—No es culpa mía. No sabía que me ibas a elegir para cuidarla y para compartir tu lecho. Lo juré por Odín hace muchos años.
Asombrado dio un paso atrás. —¿Qué me ocultas?
Trine sollozó. —¡No puedo decírtelo!
Pensó en todo lo que le había dicho y se le heló el alma. —¿Quién fue? ¿Quién perdió un hijo mío?
Al ver que no decía nada salió de la habitación casi arrancando la puerta y salió de la casa. Cuando llegó a la casa de la vieja dio una patada a la puerta tirándola abajo y la mujer que estaba machacando unas hierbas dejó el mortero para mirarle. —Sabía que este momento llegaría.
—¡Quién fue!
—¿Por qué quiere saberlo, mi jarl? Eso es pasado.
—¿Quién fue? ¿Quién me robó a mi hijo?
La mujer se sentó en una silla y miró el fuego. —A pesar de ser verano tengo frío continuamente, así que este seguramente será mi último verano. —Volvió la cabeza hacia él. —Juré no decirlo, pero supongo que ahora da igual porque murió hace un año. Fue Esme.
Incrédulo dio un paso atrás al oír el nombre de la hermana de Trine. —Pero solo fue una vez. Éramos unos niños.
—Fue suficiente. Por eso nunca se casará contigo. Piensa que está traicionando a su hermana al amarte. Qué tontería, ¿no, mi jarl? Cuando Esme se casó con Odell y tuvo sus hijos. Siguió con su vida, pero la lealtad que Trine sentía por ella le ha impedido todos estos años decir que compartía tu lecho. ¿No te diste cuenta de que no dejó que la besaras en público hasta que murió su hermana?
Negó con la cabeza incrédulo. —No era hijo mío.
—Sí que lo era. ¿O no recordáis que era virgen cuando la tomasteis?
—¡Sería de otro! ¿Por qué no he tenido más hijos sino?
—Eso solo Odín lo sabe. Igual tenía que llegar a tu vida cierta niña que necesitaba un padre. Y te necesitaba, te necesita. No le des la espalda, jarl.
El jarl se tensó con fuerza. —¿Qué intentas decirme?
—Que has provocado algo que es difícil de detener y has puesto la vida de tu hija en peligro. —Asgerd palideció. —Ese hombre que crees que será su salvación, puede llegar a ser su ruina.
—No digas eso.
—¿Por qué si es la verdad? Antes temía hablar de todo lo que sabía, pero ahora… —Miró el fuego de nuevo. —Debe ser que la muerte acecha y ya no tengo que morderme la lengua.
—¿Me he equivocado, vieja?
—¿Equivocado? No lo sé.
—¡Solo dices locuras, mujer!
—Sufrirá, se expondrá a la muerte. —Asgerd perdió todo el color de la cara dando otro paso atrás. —Conocerá el verdadero amor y se enfrentará al odio. Solo Odín dirá si te has equivocado o no.
Teniendo un mal presentimiento salió de la casa. Al mirar la suya escuchó el sonido del cuerno que indicaba la llegada de Ulmer el Vengador y sintió que el miedo le recorría. Tomó aire volviéndose para mirar a sus gentes que se acercaban al embarcadero con curiosidad. Todas esas vidas dependían de él. Por mucho que amara a su hija ya no había vuelta atrás.
Capítulo 2
Disa caminó por la habitación muy nerviosa apretándose las manos. Escuchaba a su gente fuera dando la bienvenida a los recién llegados. ¿Sería él? Rayos, si estuviera fuera se enteraría. Se mordió el labio inferior y se dijo que por echar un vistacito no perdía nada. Abrió su puerta lentamente y fue hasta las escaleras. Las tres habitaciones que había solo las ocupaba la familia y Trine, aunque ella dormía con su padre cada noche en realidad. Bajó un escalón que crujió por su peso e hizo una mueca deteniéndose. Con los gritos y vítores que estaban pegando dudaba que la oyeran. Se encogió de hombros y bajó como si nada quedándose en la penumbra. Agachó la cabeza todo lo que pudo, pero solo pudo ver que su padre entraba en la casa con un hombre que llevaba unos pantalones de cuero negro y una enorme espada colgada de su cinturón. Separó los labios de la impresión porque por el tamaño de sus muslos era más grande que su padre y eso ya era decir mucho. Se agachó aún más para ver un fuerte pecho lleno de cicatrices de distintos tamaños. Cruzaban su pecho en todas direcciones. Una de sus manos se posó en la empuñadura de su espada y su mirada recorrió su fuerte brazo sintiendo la boca seca por el vello negro que lo recorría hasta el codo. Era el hombre más masculino que había visto en su vida y su corazón saltó mientras un fuerte calor recorría su cuerpo de arriba abajo. Deseando ver su rostro se agachó más y perdió el equilibrio rodando escaleras abajo hasta llegar al duro suelo de piedra.
Espatarrada de espaldas con parte de sus piernas sobre las escaleras levantó la cabeza aliviada de que no se le hubiera levantado el vestido del todo, pero le dio un tirón en la espalda y dijo sin darse cuenta —Ay…
—¡Hija! —Su padre se acercó de inmediato. —¿Estás bien?
—Me he tropezado.
—¿Por qué bajas a oscuras? —le gritó del susto que se había llevado. La cogió del brazo levantándola como cuando era niña y Disa gimió llevándose la mano a la espalda.
—¿Está bien?
La voz grave a su espalda la estremeció y ella giró la cabeza lentamente para ver unos ojos verdes que le quitaron el aliento. Su mirada bajó por su recta nariz hasta la barba negra que cubría su rostro. Pero no la llevaba tan larga como los suyos, sino que parecía que apenas hacía unos días que la había dejado crecer. Lo que si llevaba muy largo era el cabello que le llegaba por debajo de los hombros y lo apartaba de su rostro con intrincadas trenzas hechas desde sus sienes. Al darse cuenta de que no respondía levantó una ceja marcando la cicatriz que tenía en la frente y Disa se sonrojó con fuerza.  —Sí, gracias.
Su padre sonrió metiendo los pulgares en su cinturón mientras la observaba con orgullo. —Hija, tienes ante ti a Ulmer el Vengador.
En ese momento recordó por qué estaba allí y se sonrojó. ¿Ese hombre quería casarse con ella? Menuda suerte tenía. Odín la había bendecido al darle aquel hermoso regalo. Si no tuviera a su padre diría que sí de inmediato y recorrería a nado el fiordo en pleno invierno para llegar hasta él. Qué guerrero. Disimuladamente le miró de arriba abajo. No, había visto muy bien la primera vez. Que la siguiera mirando sin decir palabra empezó a avergonzarla y esa vergüenza la hizo enderezar la espalda girándose hacia él. —La venganza conlleva furia y no parece furioso en absoluto.
Varios se echaron a reír. —Es que hoy le pilla en un buen día —dijo uno de los suyos.
Incómoda porque él seguía observándola fijamente sin mover el gesto miró de reojo a su padre y este le dio un codazo. —Hija, seguro que nuestros invitados quieren beber algo.
Bueno, podía ser muy gallardo, pero ella no se iba a ningún sitio. —¿Y?
Asgerd la fulminó con la mirada antes de sisear —Encárgate de que les sirvan.
—¿Yo? Ah no, padre. Estoy castigada. —Cogió sus faldas con descaro y empezó a subir las escaleras mientras Trine en la cocina gemía golpeándose la frente.
Su padre atónito miró a su invitado y forzó una sonrisa. —Es muy tímida.
—No parece tímida en absoluto. Todo lo contrario.
—No es que te rechace. Mi Disa jamás me llevaría la contraria. —Escucharon un jadeo en el piso de arriba y todos miraron hacia allí. Asgerd gruñó. —Es que me quiere tanto que no quiere abandonar el nido.
—Creía que ofrecías una mujer no una niña.
Otro jadeo en el piso de arriba hizo que miraran hacia allí.
—Será una esposa como no hay otra, te lo aseguro.
—¿Acaso no sabe cuál es su deber?
—Lo sabe, lo sabe. —Su padre se puso rojo de la vergüenza. —Pero lo ignora a propósito, jarl. Mi hija tiene un pequeño defecto, es algo tozuda.
—Ya le quitaré yo esas tonterías.
—¡Ja! —Escucharon arriba antes de ver dos piernas que bajaban a toda prisa para mostrar el resto de su cuerpo después y la resolución en su bello rostro. —No me casaré. Así que ya puedes irte por donde has venido.
—¡Hija! —Su padre parecía escandalizado. —No habla en serio, es que…
Ulmer levantó una mano acallándole y dio un paso hacia ella. Disa entrecerró los ojos por el gesto porque demostraba el poder que tenía sobre su padre y eso no le gustó nada. Pero nada en absoluto. —Ven aquí, mujer.
Puso los brazos en jarras dejando caer sus faldas. —¿Para qué?
Sus hombres parecieron sorprendidos. Todos menos uno que reprimía la risa. Era rubio y muy apuesto, pero ella casi ni se fijó mirando esos ojos verdes de nuevo. —Vuelve cuando mi padre fallezca y lo hablamos.
—¿Cómo has dicho? —preguntó entre dientes—. ¿Crees que te voy a esperar?
Levantó la barbilla. —Pues no vuelvas. Para lo que me importa…
Asgerd gimió mientras Ulmer no salía del asombro. —¿Qué es esto? ¿Una burla?
—No sé ni qué decir. ¡Disa discúlpate ahora mismo!
—¡No! ¡Solo he dicho lo que pienso!
—¡Pues a ver si aprendes a morderte la lengua! ¡Discúlpate ahora mismo!
Bufó antes de mirar a su posible prometido de nuevo. —Me agradas. —Él levantó una ceja. —Pero no puedo aceptarte. Mi padre es lo primero.
—¡Tu hija está loca! ¡Además, todavía no he dicho que la quiera por esposa!
Sus preciosos ojos azules brillaron. Era evidente que tenía carácter y eso le gustaba. Como si no hubiera dicho nada preguntó —¿Y si me caso y me quedo a vivir con padre hasta que muera?
—¡No!
—Estoy negociando, deberías estar más receptivo. —Se cruzó de brazos y llevó la mano a la barbilla para dar dos toquecitos con el índice sin dejar de mirarle de arriba abajo. —La verdad es que es una pena, padre.
—¿Ves, hija? ¿Ves lo bien que he elegido por ti?
—Pero llega en mal momento. ¿Cinco años? —preguntó a Ulmer que parecía a punto de soltar cuatro gritos—. ¿Tres? Casi se muere el año pasado y ha cumplido los cuarenta y cinco, ya no puede quedarle mucho.
Asgerd la miró asombrado. —¿Ahora no te parece tan mal que muera?
—Me parece muy mal, padre. Pero mi futuro marido me espera.
—¡No he aceptado casarme contigo!
Sorprendida preguntó —¿Me rechazas?
—¡Sí!
Disa sonrió radiante. —Perfecto. —Cogió las faldas de nuevo y empezó a subir por las escaleras mientras todos se quedaban con la boca abierta.
Los que estaban en el salón del jarl se miraron los unos a los otros y Asgerd carraspeó antes de gritar —¡Hidromiel para mis invitados!
Ninguno se movió y Ulmer gruñó sin dejar de mirar las escaleras. —Es muy lista.
—Desgraciadamente, jarl.
—Lo ha retorcido todo para que no la aceptara.
—Pues… —Asintió porque no tenía otra opción.
—Y ahora no debería cambiar de opinión —dijo como si le molestara.
Asgerd viendo que no se lo tomaba tan mal como había supuesto, se dijo que tenía una salida para desdecirse de su propuesta de matrimonio porque las palabras de la vieja no dejaban de rondarle una y otra vez. —No sé si sería buena idea que ahora quisieras su mano.
Le fulminó con la mirada. —¿Te estás arrepintiendo?
—Oh, no pero tú sí que lo has hecho y ella no te acepta, así que es mejor dejarlo porque preveo problemas.
—¡No hay problema que valga! ¡Disa!
Escucharon pasos lentos en las escaleras y cuando apareció con cara de aburrimiento el rubio rio sin poder evitarlo, pero todos le miraron como si estuviera loco. —¿Si, jarl? —Se miró las uñas.
—¡Recoge tus cosas!
Esa frase la tensó y le miró a los ojos. —¿Qué has dicho?
—¡No pienso hacer este viaje en balde! ¡O recoges o te vas como estás!
—¡Si ni siquiera nos conocemos! —gritó con rabia haciendo que varios dejaran caer la mandíbula del asombro—. ¿Acaso estás sordo? ¡No quiero casarme y además tú no me aceptas!
—Será posible. —Se acercó y la cogió por la muñeca tirando de ella, pero Disa se agarró con la otra mano a la barandilla de la escalera. Ulmer gruñó cuando le dio una patada en el muslo y la agarró por la cintura tirando de ella, pero aprovechó para agarrarse con ambas manos. —¡Te vas a hacer daño!
—Suéltame bruto.
—Amigo, ¿estás seguro de que se trata así a la novia?
Él fulminó con la mirada al rubio. —Cierra la boca, Bolthor.
—Lo que diga mi jarl, ¿pero no habíais venido a conocerla? ¿Ya te la llevas? Te ha debido causar una muy buena impresión.
—¿A mí? —Estupefacto la soltó. —¿Pero estás loco?
—Como hablas de irnos…
—Yo creo que antes de partir con ella deberíais conoceros —dijo su padre temiendo por la salud de su hija. Como siguiera hablándole así no viviría mucho.
—Yo no quiero conocerle —dijo ella con descaro.
Ulmer la miró como si estuviera loca. —¡Si hace cuatro palabras querías casarte conmigo!
—Eso fue antes. —Levantó la barbilla abrazándose al tronco de la barandilla. —Puedo cambiar de opinión.
—¡No, no puedes! —le gritó a la cara.
Sonrió maliciosa. —¿Y tú sí?
—¡Yo puedo hacer lo que me venga en gana, que para eso soy jarl! —La cogió del brazo. —Levanta de ahí.
Disa se aferró con más fuerza. —Pues te llevas a mi padre. Y a Trine que es su mujer.
—¿Pero qué dices, hija? —preguntó su padre con asombro—. Yo no puedo irme. ¿Quién dirigiría a mi pueblo?
Todos miraron a Freki el hijo de Odell que sonrió de oreja a oreja llevándose las manos al cinturón mientras su padre le palmeaba el hombro con orgullo.
Asgerd parecía catatónico de la sorpresa porque era evidente que a los suyos les importaba muy poco si se iba o no. Su hija desde las escaleras chistó. —Padre…
Se giró lentamente mostrando que estaba pasmado. Lo entendió perfectamente. Había sacrificado su vida por ellos y se había jugado el cuello más veces de las que recordaba para aumentar sus riquezas, pero era decir que abandonaría el pueblo y les daba igual. Le dio muchísima rabia por él y entrecerrando sus hermosos ojos azules le hizo un gesto con la cabeza para que se acercara. Asgerd lo hizo y su hija le susurró algo al oído. Todos estiraron el cuello para ver si se enteraban de algo. Incluido Ulmer.
Padre e hija se miraron a los ojos y Asgerd asintió antes de que su rostro se endureciera con fuerza. Se enderezó y se volvió hacia su pueblo mirándoles uno por uno. Varios tuvieron la decencia de agachar la mirada. —Trine, recoge nuestras pertenencias. Ya que aquí no se me necesita, me voy con mi hija.
—Buena decisión, viejo —dijo Ulmer antes de escupir en el suelo mirándoles a todos con rencor—. Perros desagradecidos, eso es lo que sois.
Sus hombres asintieron dándole la razón a su jarl mientras los suyos se tensaban, pero los hombres de Ulmer no se intimidaron en absoluto y él mucho menos que se dirigió a su padre. —Bebamos mientras las mujeres recogen. Tengo el gaznate seco. ¡Hidromiel para mis hombres!
Disa sin moverse de la escalera observó como se volvía y sin darse cuenta sus ojos bajaron por su dura espalda que al igual que el resto de su cuerpo estaba llena de cicatrices. Sintió que la furia la recorría. Si algún día encontraba a la persona que le había sometido a semejante tortura le mataría. Él la miró sobre su hombro y gruñó cuando la sorprendió comiéndoselo con los ojos. —Mujer, ¿quieres empezar a recoger?
—A mí no me des órdenes.
Asombrado miró a su padre que se encogió de hombros. —Yo no me meto que ahora es cosa tuya.
La fulminó con la mirada. —¡Arriba!
Trine se acercó corriendo y la cogió de la mano. —Vamos niña, tenemos mucho que hacer.
—Mira que lo hago por no discutir más…
—Pues muchas gracias —dijo él con burla—. ¡Apresúrate, mujer!
Disa sonrió radiante haciéndole parpadear. —Nos vamos a entender muy bien.
—¡Nos vamos a entender, mi jarl!
—Bueno, eso ya lo hablaremos.
Atónito vio que subía los escalones a toda prisa. Se volvió hacia su padre que obviamente estaba que se le llevaban los demonios por lo que cualquier jarl consideraría una traición de su pueblo. Le palmeó la espalda. —Bebamos, Asgerd. Hablemos de las nuevas funciones que tendrás a partir de ahora. Te aseguro que en mi pueblo tendrás el puesto que se merece alguien de tu rango.

Sobre la autora Sophie Saint Rose

Sophie Saint Rose es una prolífica escritora que tiene entre sus éxitos “A sus órdenes” o “Diseña mi amor”. Si quieres conocer todas sus obras publicadas en formato Kindle, solo tienes que escribir su nombre en el buscador de Amazon o ir a su página de autor. Allí encontrarás más de cien historias de distintas categorías dentro del género romántico. Desde época medieval o victoriana, hasta contemporáneas de distintas temáticas como la serie oficina o Texas entre otras.

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