Mi maldita suerte de Kaera Nox

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***SOLO HOY Y ahora supera mi beso de Megan Maxwell 

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Mike nunca se ha sentido afortunado y, probablemente, haya tenido motivos de sobra para ello.
Así que, después de todo, tener que regresar al pequeño pueblo de Montana del que huyó doce años antes y al que juró no volver jamás, no debería ser una novedad.
Tampoco encontrarse de bruces con Jake Adams en la vieja cocina de su abuelo.
Mi maldita suerte es un relato sobre dos hombres que se quisieron, se rompieron el corazón y que vuelven a encontrarse frente a frente.
El primer amor, la primera traición, miles de palabras no dichas y, tal vez, una segunda oportunidad.
Nota de la autora:
Este relato ya estuvo publicado en un libro de relatos que actualmente no está a la venta. Ha sido revisado y espero que disfrutéis de la historia de Mike y Jake tanto como yo.


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2 respuestas a «Mi maldita suerte de Kaera Nox»

  1. Capítulo 1
    Paré el motor del coche alquilado y mis manos se aferraron con fuerza al volante hasta que mis nudillos se pusieron blancos. Mi mandíbula estaba apretada, conteniendo la misma tensión que el resto de los músculos de mi cuerpo. Y no, no era por las cinco horas de viaje en coche.
    Observé la calle, vacía y oscura, apenas iluminada por un par de farolas viejas y ennegrecidas por el paso de los años.
    Mi mirada se desvió hacia la casa frente a la que había aparcado. Era como si la oscuridad se hiciera más densa a la altura del pequeño porche blanco, de madera. Me froté los ojos con fuerza, y algo de furia, cuando me di cuenta de que esa sensación se debía a las lágrimas furtivas que escapaban de mis ojos sin control. Golpeé el volante con saña y aparté la vista de la pequeña casa de una planta en la que había pasado la mayor parte de mi vida.
    De repente, mis ganas de salir de allí, de conseguir mi independencia, de estudiar una carrera, de convertirme en alguien…, en definitiva, mis ansias por abandonar aquel diminuto pueblo de mala muerte en el que estaban mis raíces, habían dejado de tener sentido.
    Cogí aire y aparté la vista. Pero, para mi mala suerte, mis traicioneros ojos no encontraron mejor lugar para posarse que en la enorme casa de tres plantas situada al otro lado de la calle.
    Las luces navideñas parpadeaban en un compás rítmico y feliz, casi como si estuvieran burlándose de mí. Pero ¿qué podía esperar tratándose de la casa de los Adams?
    Me forcé a mí mismo a apartar la vista antes de que la tentación me llevara a fijarme en la segunda ventana de la derecha, en la planta alta, y a buscar una imagen tras las cortinas.
    No. Ya tenía bastantes cosas con las que bregar en ese momento. No necesitaba más recuerdos inoportunos.
    Volví a fijarme en el pequeño porche blanco, en el que había pasado innumerables tardes de verano, y en el viejo balancín que habíamos construido. Con el tiempo se convirtió en nuestro lugar favorito, donde pasábamos las horas muertas, después de la cena, compartiendo una taza de té, un refresco o, cuando ya tuve la edad suficiente, una cerveza, mientras charlábamos sobre lo divino y lo humano.
    Apreté mi puño contra mi pecho, justo en el punto en el que podía sentir latir a mi corazón desbocado, y tragué con fuerza.
    —Ya es hora de afrontar la realidad, Mike, deja de procrastinar —me insté a mí mismo.
    Con un último y largo suspiro, deslicé mi mano izquierda desde el volante hasta la manija de la puerta y la abrí.
    Un golpe de aire frío sobre mi rostro hizo que me apresurara a coger la bufanda y el abrigo que estaban en el asiento trasero. La humedad que las lágrimas habían dejado en mis mejillas se enfrió rápidamente haciendo castañetear mis dientes. Con rapidez me coloqué el plumas negro y rojo y la bufanda oscura antes de colar las manos, que ya temblaban por el frío —aunque, tal vez, solo tal vez, el temblor fuera de antes—, en los guantes de cuero negros que me regaló las últimas navidades.
    Respiré a través del dolor —y de las lágrimas—, cuando los recuerdos invadieron mi mente.
    Podía con esto.
    Tenía que poder.
    Después de todo, no me quedaba otra opción.
    Aparté los dolorosos pensamientos y, con paso decidido, me dirigí al maletero para abrirlo y rescatar mi pequeña maleta con ruedas.
    La arrastré, no sin algunos problemas, a través del pequeño camino de entrada. Probablemente debería haberme llamado la atención el hecho de que estuviera limpio de nieve, pero estaba demasiado concentrado en la puerta roja que me saludaba desde el centro del porche.
    Dejé la maleta a un lado mientras apartaba la mosquitera con una mano y con la otra rebuscaba en el bolsillo de mis pantalones la llave. La introduje en la cerradura sin permitirme pensar en el momento en que me dio el llavero del que colgaban, ni en las veces que me había esforzado en hacerla girar de la forma más silenciosa posible, para evitar ser descubierto volviendo a casa a altas horas de la madrugada, cuando se suponía que llevaba acostado desde antes de medianoche.
    Media sonrisa se coló en mi rostro ante ese recuerdo y por un instante, volví a sentirme como aquel adolescente. Queriendo entrar sin hacer ruido, y sabiendo que, por muy silencioso que fuese, lo encontraría en el sofá; con una copa de brandy en una mano y su vieja pipa en la otra, la vista clavada en la pared frente a él, cuajada de fotos, y el aroma dulzón de su tabaco inundando la estancia, calentada por las llamas que bailaban en el fuego de la chimenea.
    Pero no. No iba a tener esa suerte.
    Cruzar aquel umbral era algo que había hecho infinidad de veces antes, pero en esa ocasión todo era diferente.
    Al otro lado de la puerta todo lo que me esperaba era frío, oscuridad y olor a cerrado. Revisé cada pared buscando… algo —a él— y sabiendo en el fondo que no volvería a encontrarlo allí jamás.
    Un ruido procedente de la cocina me hizo dar un respingo y que algo parecido a la felicidad retorciera mi estómago.
    —¿Abuelo? —lo llamé. Aun sabiendo que era imposible. Que no podía ser él. Que se había ido.
    Mis pasos ansiosos me llevaron a atravesar la estancia a oscuras, mi pequeña maleta abandonada en la entrada.
    —¿Abuelo? —repetí, mientras una parte de mi cerebro, a la que no estaba dispuesto a hacerle caso en aquel momento, me recordaba una y otra vez que no podía ser él.
    La luz asomaba bajo la puerta cerrada de la cocina, brillando tan fuerte como comenzaba a hacerlo la vana esperanza que crecía en mi corazón.
    —¡Estoy en casa, ab…! —Las palabras se quebraron en mi garganta, cambiando el tono alegre con el que empecé a pronunciarlas por algo parecido a amargura cuando me encontré cara a cara con la fuente del ruido—. Tú. ¿Qué haces aquí?
    El rostro frente a mí había lucido una leve sonrisa que, poco a poco, se fue transformando en otra cosa. ¿Timidez? ¿Vergüenza tal vez? No lo sabía y tampoco me importaba. O no debería importarme.
    —¿Qué haces aquí? —insistí al no obtener respuesta.
    Sus manos revolvieron su pelo castaño cuando se las pasó por encima de la cabeza. Un gesto que era tan suyo como el pequeño hoyuelo que se le formaba en la mejilla derecha al sonreír.
    —Yo… —Su voz tembló y me permití durante todo un segundo sentir una sensación de victoria. Por primera vez, no era yo quien se sentía inseguro al encontrarnos—. Supuse que tendrías hambre después del viaje desde la gran ciudad y te traje algo de comer. Iba a encender la chimenea para calentar la casa, pero has llegado pronto.
    —Gracias.
    Y aquella simple palabra salió de mis labios con desgana, como si estuviera masticando cristales. «Gracias» era lo último que había imaginado que alguna vez le diría a Jake Adams.

  2. Capítulo 2
    Quince años antes.
    ¿Podía el sonido de un timbre cambiar tu vida?
    Sí, podía.
    Y la prueba de ello la tenía frente a mí, en forma de una pequeña casa blanca de una planta con la puerta de un rojo desvaído.
    Tiré de la maleta en la que llevaba todo lo que quedaba de mi vida tal y como había sido —que no era mucho—, y observé a Patrick Williams. Mi abuelo. El padre de mi madre. Esa que había fallecido hacía un par de días después de que nuestro pequeño apartamento ardiera hasta los cimientos.
    «Un cortocircuito», dijeron los bomberos
    «Inhalación de humo», añadieron.
    Había muerto mientras dormía, antes incluso de que el fuego arrasara su pequeño cuerpo y todos nuestros recuerdos.
    «No sufrió. Ni siquiera se dio cuenta».
    Eso último me lo habían repetido hasta la saciedad. Supongo que esperando que me sirviera de algún tipo de consuelo.
    «Eres un chico con suerte, de no haber estado esa noche en casa de tu amigo…».
    Sí. De no haberme quedado a dormir en casa de James para celebrar las vacaciones de navidad, probablemente habría sufrido el mismo destino que mamá. O tal vez no. Quizás me habría despertado. Quizás me habría dado cuenta de que el edificio ardía. Quizás… Quizás podría habernos sacado a los dos de allí antes de que todo se viniera abajo.
    Quizás entonces sí que me sentiría «un chico con suerte» y no como la mierda que me sentía en aquel momento.

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