Mi obsesión extraterrestre de Stasia Black

Mi obsesión extraterrestre de Stasia Black

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY ¿Un último baile, milady? de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida...

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Desde el momento en que inhalo su aroma necesito tenerla en mis brazos.

La hembra humana no sale de mis pensamientos.
—¡Oh! —dice, pero luego se detiene y se queda mirándome, congelada—. Hola.
Yo tampoco puedo moverme.
Esta hembra no se parece a nadie que haya visto. Es bajita, y tiene un largo cabello oscuro. Sus rasgos me resultan tan desconocidos como los de cualquier ser humano, pero, por alguna razón, los suyos me parecen irresistibles.
Antes de que pueda siquiera pensarlo, mi lengua sale por entre mis labios para olfatear mis alrededores.
Pero ella es lo único que puedo oler.
Y nunca había olfateado algo tan delicioso en mi vida.
ES MÍA.
Siento una necesidad desenfrenada que me recorre el cuerpo.
Espera, no. ¡Esto no puede estar pasando!
Pero soy débil. Más fuertes son los gritos de mis adentros: Mía. Mía. Mía. MÍA. MÍA.

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Mi obsesión extraterrestre

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Capítulo 1
JULIET
—Hola, Juliet —dijo Frank, el barista de turno. Era alto, delgado y con un tenue bigote emo no tan atractivo como él se pensaba—. ¿Te apetece el americano de siempre?
—Sí, pero más cargado.
—¿Tuviste una larga noche de fiesta? —me pregunta.
Solo si discutir con mi novio hasta altas horas de la madrugada contaba como una.
—¿Has visto a Ana? —le pregunto mientras doy un vistazo alrededor de la bonita cafetería sin encontrarla. Vengo a menudo a estudiar para las clases en línea que estoy tomando mientras intento por fin culminar mi carrera—. Nos envió un mensaje de texto a Giselle y a mí para que nos encontrásemos acá. Dijo que era urgente. Pensé que ya estaría aquí.
Las tres hemos sido amigas desde pequeñas y, de algún modo, nos hemos mantenido en contacto luego del instituto, de nuestros novios y relaciones, y la universidad. Algunas veces no hemos estado tan unidas, pero desde que Giselle regresó hace poco a Sacramento por un nuevo trabajo nos hemos vuelto inseparables.
Bueno, al menos ellas dos se han vuelto inseparables. A veces me siento como un florero, pero sé que todo es mi culpa. Yo soy quien se ha distanciado estos últimos años.
—No he visto a nadie más que a ti, cariño—. Frank apoya los codos en el mostrador y me sonríe.
—¿Estás suplicando por propinas otra vez, Frank? Sabes que siempre te doy una mano.
Agrego la propina a la compra y paso mi tarjeta. Estoy a punto de volverme para buscar a Ana con la vista cuando de repente tropiezo.
—¡Ay!
No era una pared, sino un hombre. Un hombre enorme. Parecía un jugador de la NFL. Levanto la mirada para verle el rostro y enseguida me incorporo.
Era un magnífico hombre fuerte.
—Hola —le digo, más como un chillido que un saludo normal.
Él se me queda mirando. Sus ojos son de un color ámbar tan claro que parecen dorados. No dice ni una palabra, pero frunce ligeramente el ceño, como si estuviese a punto de decir algo. Luego, se lame los labios, algo que por lo general no me parecería sensual, pero cuando lo hace, se ve increíblemente atractivo.
—¡El que sigue! —exclama Frank en voz alta.
—Lo siento —murmuro, bajando la mirada y apartándome del camino del grandullón.
Me ardían las mejillas. Demonios, ¿cuánto tiempo estuve mirándolo boquiabierta? Tengo novio y Dios sabe que mi vida ya es lo suficientemente complicada. No necesito más drama.
Luego de colocarle crema y azúcar al americano, me dirijo a mi mesa favorita junto al ventanal del frente. Miro hacia la puerta de entrada y Ana y Giselle siguen sin aparecer. ¿Dónde diablos están? Reviso mi teléfono nuevamente para asegurarme de que estoy en el lugar indicado.
Ana: SOS. NOS VEMOS EN LA CAFETERÍA DE LA 3RA. AHORA. ¡ES URGENTE!
Asumí que el SOS era tan exagerado como la mayoría de sus mensajes de extrema urgencia, pero ¿y si estoy equivocada esta vez? ¿Y si algo ha salido mal mientras yo estoy comiéndome con los ojos al hombre apuesto de la cafetería?
Solo tiene 10 minutos de retraso. Sé que estoy exagerando. Es una mala costumbre que tengo por todos los secretos que guardo.
Desvío la mirada nuevamente hacia el hombre de enormes hombros y buen culo mientras camina casualmente con un contoneo y se sienta en una mesa cercana con el diario de San Francisco en mano. Vaya, ¿un hombre que lee las noticias en lugar de estar sumergido en el teléfono o en el ordenador? ¿Cómo es que no tiene un anillo en el dedo? Lo comprobé porque, al igual que mi novio Robbie, soy una persona terrible, incluso peor.
Contemplo la ajetreada calle desde la ventana. El centro de Sacramento siempre está concurrido, sobre todo en verano. La gente camina en pareja o en grupos, sonrientes, con bolsas de compras y andando con propósito, como si supieran a donde se dirigen. ¿Y yo? ¿A dónde voy? Vuelvo la mirada al americano. Esto no es lo que imaginé para mis veintiséis años: estar atrapada en una relación sin salida, apenas llegando a fin de mes.
¡Puf!, es por esto que siempre cargo con mi portátil o mi lector electrónico cuando vengo por un café. Suelo estar muy ocupada en mi vida cotidiana como para sentarme a pensar en estas cosas, y es así como me gusta.
Saco el teléfono para enviarle un mensaje de texto a Ana y preguntarle dónde está, pero al segundo atraviesa la puerta doble de la cafetería; lleva el cabello rosado hasta los hombros, un vestido blanco y negro a rayas y unos zapatos Mary Jane turquesa. Mira alrededor de la cafetería y se dirige a mi mesa. Giselle la sigue a un ritmo mucho más tranquilo, saluda a Frank y se dirige al mostrador para pedir un café.
Esa es la señal que necesitaba. Otra de las típicas emergencias de Ana que no son más que una exageración.
—Juliet —dijo Ana con expresión seria, tras lo cual tomó asiento a mi lado. Debe tratarse de algo importante. Solo tiene la mitad del maquillaje que llevaría habitualmente y ni siquiera se puso pestañas postizas—. Tenemos que hablar.
Mira a su alrededor y niega con la cabeza.
—Esto es demasiado público. Ven aquí. —Me coge del codo y me conduce hasta una mesa apartada en un rincón.
—Está bien, está bien, ¿de qué se trata todo esto?
Ana se inclina hacia mí y susurra:
—Te lo mostraría en mi ordenador, pero podrían rastrear la IP. Tengo información. Mucha información. Tenía que contártelo a ti y a Giselle.
—Déjame adivinar, ¿es información que sacaste de la internet oculta? —le digo.
Ana asiente enfáticamente.
—Es el único lugar donde puedes encontrar la verdad en estos días.
Hago mi mayor esfuerzo por no poner los ojos en blanco. Trato de apoyarla, pero también sé que puede obsesionarse con las ideas hasta un punto en el que no es saludable para ella.
—¿Y cuál es la verdad? —digo para cambiar el tema y tomar el control junto con Giselle.
Ana se acerca aún más y apenas se le escucha lo que dice.
—Extraterrestres. Los extraterrestres están entre nosotros.
Agradezco no haber tomado un sorbo de café porque estoy segura de que lo habría escupido.
—¿Extraterrestres? —digo con asombro.
Ana hace un gesto con la mano y me hace callar.
—Cielos, Juliet. ¡No grites! Te escucharán.
Seguidamente, Giselle se acerca a la mesa con las bebidas para Ana y para ella.
—¿Ya te lo dijo? —me pregunta.
—Sí, me lo ha dicho —le digo mientras hacemos contacto visual y puedo adivinar que Ana ha estado conversando toda la mañana sobre esta nueva teoría conspirativa.
Giselle es la chica bonita del grupo. Es alta, tiene cuerpo de modelo y es rubia natural. Podría pertenecer también a la realeza de California; sus padres son ricos y lo tuvo todo de niña. No sé cómo es que no resultó ser la zorra más rica y engreída del universo. Quizás porque no se hizo rica hasta ser un poco más mayor. Tenía trece años cuando su madre se casó con su padrastro. De cualquier manera, siempre ha tenido los pies en la tierra y es, sin duda, la mejor persona que conozco. Incluso es voluntaria en organizaciones benéficas. Lo hace porque siente empatía por las personas sin hogar, las ballenas o lo que sea que intente salvar en un determinado día.
—Ten —dice Giselle entregándole la bebida a Ana—. Es un té de ginseng relajante. Te calmará los nervios.
Ana fulmina a Giselle con la mirada.
—No necesito ningún condenado té. Necesito que me crean de una vez por todas.
Giselle y yo nos volvemos a encontrar con la mirada.
—¿De dónde creen que vino la tecnología para el filtrado atmosférico? Hemos acelerado el curso del calentamiento global durante los últimos cincuenta años y, de repente, de forma inesperada, ¿descubren como filtrar los gases y reconstruir la capa de ozono cuando todos decían que no sería posible?
—Finalmente tomamos cartas en el asunto —dijo Giselle, tranquila.
Ana niega con la cabeza.
—¿Qué hay de la tecnología de terraformación? ¿De casualidad encontramos una tecnología capaz de convertir los desiertos en bosques? ¿Cómo explicas eso?
Me le quedo mirando.
—Los has escuchado hablar sobre eso en la tele. Son cosas en las que han estado trabajando desde hace décadas, solo no han querido decirlo hasta estar seguros de que funcionaría…
—Claro, eso tiene muchísimo sentido —responde Ana con sarcasmo—. Todo el mundo lleva años en pánico. ¿Crees que si estuvieran desarrollando algo como esto no sacarían provecho de la publicidad en todas las noticias y los medios en la red?
—Está bien —digo a regañadientes—. Puede que tengas razón.
A Ana se le ilumina la mirada y continuó rápidamente.
—Pero ¿extraterrestres? —Niego con la cabeza—. Lo siento, Ana, pero es que es imposible.
Soy la realista del grupo. Cuando Giselle se pone demasiado optimista sobre que hay que ser el cambio en el mundo y Ana se sumerge en sus historias, yo soy la voz de la razón. Algunos lo llaman pesimismo; yo prefiero llamarlo «vuelve a la maldita realidad antes de que te dé una patada en la cara».
El teléfono me vibra en el bolsillo.
—Eres tan ignorante —dice Ana mientras alcanzo mi teléfono para revisarlo. Me está llamando Robbie. Decido ignorarlo y vuelvo a guardar el teléfono.
Giselle, que no deja pasar nada, me dice:
—¿Problemas en el paraíso? —dice interrumpiendo a Ana.
—Ya te digo yo —le contesto poniendo los ojos en blanco.
—¿Por qué no lo dejas de una buena vez? —pregunta con preocupación—. Mereces algo mucho mejor.
Bajo la mirada y bebo un sorbo del café. Giselle no entiende mi relación con Robbie y eso está bien. Ese es el problema de volverse muy cercanos, las personas empiezan a tener expectativas muy altas, lo cual no es… no es una opción para mí en este momento.
—Digamos que son los extraterrestres. ¿Por qué iban a hacer todo esto? ¿No se supone que los extraterrestres son grandes y aterradores? ¿Por qué no intentan apoderarse del mundo? —digo volviendo la mirada hacia Ana.
—Juliet, hablo en serio —dice Giselle mientras extiende la mano para detener a Ana antes de que empiece hablar—. Robbie te trata muy mal, y sin importar lo que pase, siempre vuelves con él. No lo entiendo. Eres una persona hermosa y te mereces…
—¿El futuro de nuestro planeta está en peligro por un ataque extraterrestre y de lo único que hablan es de la vida amorosa de Juliet? —interrumpe Ana, enojada.
Me acerco y le cojo la mano. Puedo notar su disgusto. Fue una estupidez intentar distraerla. Sé lo mucho que puede obsesionarse.
Giselle y yo hemos tenido que recomponerla antes. Ana tuvo un ataque de nervios en el primer semestre de la universidad. No salía nunca del dormitorio, se obsesionó con los videojuegos, apenas comía… Fue bastante malo.
—¿No podemos estar contentas de que finalmente haya buenas noticias para el planeta? —pregunto con delicadeza mientras estrecho la mano de Ana. El optimismo suele ser el terreno de Giselle, pero por Ana lo intentaré—. Ya no debemos preocuparnos por el futuro del planeta. Todo lo que hemos escuchado a lo largo de nuestra vida han sido cosas pesimistas. Lo que está sucediendo es un milagro. Deberíamos estar celebrándolo.
Ana luce confundida.
—¿Así que a caballo regalado no se le miran los colmillos y aceptamos todo lo que nos dicen? —Niega con la cabeza —¿Y si tengo la razón? —agrega inclinándose.
—Desconozco lo que pueda pasar en el futuro —dice Giselle, colocando la mano junto a las nuestras—, pero sé que sin importar lo que pase, estaremos a tu lado en cada momento. ¿Vale? Seremos las tres mosqueteras por siempre.
Giselle alza la taza y brinda con la mía. Finalmente, a regañadientes, Ana también alza la suya y agrega:
—Las tres mosqueteras por siempre.
Hablamos durante un rato más hasta que Ana y Giselle se levantaron para retirar las tazas de la mesa. Tomo el teléfono y diez llamadas perdidas y cuatro mensajes de texto de Robbie aparecen al encender la pantalla:
Robbie: cariño, ¿por qué no respondes mis llamadas?
Robbie: sé que me estás ignorando
Robbie: no seas tan mala
Robbie: nos vemos en casa esta noche. te amo, ¿vale? ¿es eso lo que quieres que diga?
Se acabaron los juegos. Es como si tuviese un peso gigante oprimiéndome el pecho. Un peso fuerte, inamovible e ineludible que tarde o temprano me aplastará. Vuelvo a guardar el teléfono en el bolsillo y me doy la vuelta para coger mi bolso, pero en el proceso derribo la taza con el codo. ¡Mierda! Me doy prisa para intentar atajarla, pero de repente unas manos sujetan la taza antes de que caiga al suelo y se haga pedazos. Unas manos grandes y masculinas.
Levanto la mirada y nuestros ojos se vuelven a encontrar. Es el hombre de ahora y ha venido a rescatarme. ¿Cómo lo ha hecho? Miro por encima del hombro hasta la mesa donde estaba sentado, del otro lado de la cafetería.
No dice nada, y entonces me doy cuenta de lo grosera que estoy siendo.
—Oh, por Dios. Gracias. Soy tan torpe —digo sonriendo e intentando quitarle la taza de las manos. Sus ojos penetrantes no se apartan de los míos y me regresa la taza.
Por un breve momento le rozo los dedos y un chispazo eléctrico pasa entre nosotros. Él también debe haberlo sentido, porque abre los ojos de par en par y le brillan por un momento.
Me acerco la taza vacía al pecho.
—Gracias.
Sigue sin decir una palabra, solo inclina la cabeza con curiosidad y vuelve a lamerse los labios como lo hizo ahora. Gesto que me parece sorprendentemente sensual.
Como si pudiese sentir mi reacción, se acerca a mí. Debería dar un paso atrás, pero él se adelanta a hacerlo antes que yo.
—Me parece que te he visto antes —dice. Me sorprendo al escucharlo hablar. Tiene un aspecto oscuro y misterioso que me impide responderle durante un largo momento.
—¿Cómo? —pregunto como una idiota. ¿Qué acabo de decir? Trágame tierra.
—Siento que te conozco de algún lugar. Tu cara me resulta familiar —repite.
Tiene un acento extraño, uno que no puedo distinguir. Su voz es grave y melodiosa y no puedo evitar sonreírle.
—Créeme —le digo—. Si nos conociéramos, lo recordaría.
Mierda. ¿Aquello sonó como si estuviese coqueteando con él? ¿Estoy coqueteando con él? De inmediato me sonrojo.
—¡Juliet! —exclama Giselle desde la puerta—. Date prisa o llegaremos tarde a nuestra cita en el salón de belleza.
Sigo sin poder apartar la mirada del hombre que tengo enfrente. Es hermoso. Es raro que un hombre tan grande tenga un rostro tan atractivo. ¿De dónde diablos ha salido?
—¡Juliet! —repite Giselle.
Hago una mueca.
—Lo siento, tengo que irme.
Aunque renunciara a mi cita en el salón, no debería estar aquí sentada con un hombre que acabo de conocer.
—Juliet —dice él, saboreando mi nombre en sus labios.
Aun cuando sé que debo marcharme, no puedo evitar preguntarle:
—¿Cómo te llamas?
—Soy Shak.
—¿Shaq? ¿Cómo el jugador de baloncesto?
Frunce el ceño.
—No conozco a ese jugador de balón en cesto… —dice haciendo énfasis en la palabra como si no estuviese familiarizado con ella—. Mi nombre es Shakshaacac, pero me llaman Shak.
—¿No eres de por aquí? —le digo alzando una ceja.
—No —responde con una enigmática sonrisa—. No soy de por aquí.
—¡Vamos, Juliet!
—Debo irme. Ha sido un placer conocerte, Shak.

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