Mr Garcia de T L Swan

Sr Garcia de T L Swan

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY Y ahora supera mi beso de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida…

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Sr Garcia de T L Swan pdf

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Era hermoso, mayor y cauteloso.
Sabía que era un problema desde el momento en que nos miramos a los ojos.

Nos conocimos en el trabajo, en mi primer día como barista.
Sonrió, me derretí…. luego probó mi café y lo tiró.

De nuevo, al día siguiente y al siguiente.
Odiaba el café, pero aun así regresó.
Conocía su juego.

Llamó a mi café muerte en una taza.
Lo llamé el regalo de Dios para las mujeres.
No estaba mintiendo.

Luego nos encontramos fuera de la cafetería, y ahí fue cuando las cosas se pusieron interesantes.

Ya no es suave y dulce con modales impecables.
El Sr. García tenía un lado más oscuro, su apetito, espeso y pesado.
Me prendió fuego.

Incapaces de evitarlo, nos enamoramos perdidamente.
El más alto de los máximos.

Pero sus demonios son oscuros, como los míos.

No estoy seguro de que podamos lograrlo y sé que tengo dos opciones.
Aléjate ahora para salvarme.
O intenta aguantar y deja que el amor sea la luz.

Elijo la opción dos.


Agradecimientos
No existen palabras lo suficientemente elocuentes
para agradecer a mi maravilloso equipo.
No escribo mis libros sola. Tengo un ejército.
El mejor ejército del mundo.
Kellie, la más maravillosa asistente personal del planeta tierra.
Eres increíble. Gracias por todo lo que haces por mí.
A mi madre, Kerry, mi mayor apoyo
y quien más me alienta, te amo.
A mis maravillosas lectoras de prueba: Vicki, Am, Rachel, Nicole, Lisa K, Lisa D, Nadia y Rena. Gracias. Soportan demasiado sin quejarse jamás, incluso cuando las hago esperar por el siguiente capítulo. Nunca sabré cómo tuve la suerte de tenerlas en mi vida y de poder llamarles amigas.
Vic, me haces mejor, y tu amistad tiene un gran valor para mí.
Lindsey y Linda, gracias por todo lo que hacen por mí.
Es sumamente apreciado.
A mis motivados cabrones. Los quiero mucho.
Ustedes saben quiénes son.
A Linda y a mi equipo de relaciones públicas en Foreward.
Han estado conmigo desde el principio
y estarán conmigo hasta el final.
Gracias por todo.
A las chicas de mi barrio en el Swan Squad.
Siento que puedo hacer cualquier cosa si las tengo de mi lado.
Gracias por hacerme reír cada día.
A Amazon.
Gracias por proporcionarme una plataforma increíble
para dar vida a mis libros. Soy mi propia jefa.
Sin ustedes, no tendría el trabajo de mis sueños.
Su confianza y apoyo a mi trabajo en estos últimos años
ha sido más que increíble.
Y a mis cuatro razones para vivir,
mi hermoso esposo y mis tres hijos.
Su amor es mi adicción, mi motivación y mi vocación.
Sin ustedes, no tengo nada.
Todo lo que hago es por ustedes.
Gratitud
Cualidad de ser agradecido; disposición a
mostrar aprecio y a devolver amabilidad.
Dedicatoria
Me gustaría dedicar este libro al alfabeto.
Porque esas veintiséis letras han cambiado mi vida.
Dentro de esas veintiséis letras
me he encontrado a mí misma
y vivo mi sueño.
La próxima vez que digas el alfabeto
recuerda su poder.
Yo lo hago cada día.
SR. GARCÍA
Advertencia
Sebastian García no es el “típico hombre dulce”.
Si no te gustan los hombres de voluntad fuerte, te gustarán al finalizar este libro.
¡Que lo disfrutes!
Xo.
1

April
El ritmo del tráfico transcurre a una velocidad ensordecedora.
La gente, como hormigas, se adapta al apresurarse transitando la acera congestionada.
La hora pico de la mañana en Londres siempre es agitada. Una meca vertiginosa llena de la gente más ocupada. Y yo no soy diferente, me apresuro a llegar a mi trabajo en una cafetería.
Llego tarde, como siempre, después de haber estudiado hasta la madrugada.
Realmente necesito obtener una Distinción Alta en mi examen de esta tarde. Haber obtenido una beca completa para la carrera de Derecho fue increíble, pero vivir al otro lado del mundo, lejos de mi familia y mis amigos, no lo es.
Si consigo suficientes DAs, espero regresarme a Estados Unidos y estudiar allí. Al menos tendré a mi familia, y ser una estudiante pobre no será tan jodidamente solitario.
Llego apurada a un concurrido cruce de cuatro vías. Está repleta, y mucha gente espera a que cambie el semáforo para cruzar la calle. Me ubico frente a la fila de tiendas, esperando, sólo para echar un vistazo y ver a un hombre de rodillas, desaliñado y sin zapatos. Sobre sus rodillas, extiende un recipiente pidiendo monedas a quienes le rodean. Saco mi cartera y, maldita sea, no tengo dinero en efectivo.
Me parte el corazón ver como todos fingen no verlo, como si no existiera o no importara, una mancha en la sociedad.
¿Cómo nos volvimos tan insensibles a los indigentes y a los pobres? Simplemente se asume que es un adicto. Es así como esta gente justifica ignorarlo. Piensan que al ayudarle estarían alimentando su adicción. Creen que hay que ser cruel para ser bueno.
No lo entiendo; realmente no lo entiendo.
Suspiro al pensar en nuestra deprimente realidad. Una realidad llena de productos de marca y redes sociales. Todo lo que este pobre hombre no es.
De reojo, veo que un hombre se detiene frente a él.
Es alto, lleva un traje caro. Parece culto y adinerado, con el pelo negro y un rostro apuesto.
Se levanta y mira al hombre.
Oh no, ¿qué va a hacer? ¿Va a echarlo de la calle por mendigo?
¿Va a llamar a la policía? O peor…
Se arrodilla ante el indigente y el corazón se me estremece.
El semáforo cambia, pero estoy demasiado preocupada para cruzar la calle. Necesito ver qué va a hacer este tipo. Será mejor que no le haga daño, o perderé el control.
Es inofensivo. Déjenlo solo.
Se me ocurre darle una patada en las pelotas al hombre apuesto en defensa del mendigo.
Estúpido y rico imbécil.
El hombre del traje dice algo y el vagabundo asiente. Veo cómo alcanza su cartera en el bolsillo interior de la chaqueta de su traje, saca un billete de cincuenta libras, y se lo entrega.
¿Qué?
Le hace una pregunta al indigente, y éste le sonríe como si el propio Dios le hubiera concedido un regalo sagrado. El vagabundo extiende la mano para estrechar la del hombre apuesto, quien la estrecha sin vacilar.
Con un amable gesto de reverencia, el ricachón se levanta, completamente ajeno a todo lo que le rodea, y se despide de él antes de darse la vuelta y cruzar la calle.
Lo veo alejarse y sonrío para mis adentros, habiendo recuperado mi fe en la raza humana.
Vaya, esto ha sido algo inesperado. Continúo mi camino caminando alegremente. Finalmente cruzo la calle y hago mi recorrido por dos calles antes de caminar dos manzanas, y vuelvo a ver al hombre del traje más adelante. Estiro mi cuello para mirar hacia adelante y verle, mientras se limpia las manos con un pequeño bote de desinfectante de manos que ha sacado de su bolsillo.
Me enternezco. Ha esperado a estar fuera de la vista del indigente para limpiarse las manos.
Y también, sensible.
Me detengo y lo observo, es guapo y posiblemente de unos treinta y tantos años.
Me pregunto quién es su esposa, perra con suerte. Apuesto a que sus hijos también son amables.
Desaparece al doblar la esquina, yo me doy la vuelta y entro a mi cafetería, escuchando el timbre de la puerta.
Mónica levanta la vista de su lugar en la caja registradora. —Hey.
—Hola. —Sonrío y paso junto a ella, saliendo por la parte de atrás para poner mi bolsa en un casillero.
La cafetería está llena y todos los asientos están ocupados. Maldita sea, esperaba una mañana tranquila. Necesito ahorrar energías para mi examen de esta tarde.
—Hola, guapa —dice Lance mientras transporta una caja de tazas por la puerta trasera.
—Creía que trabajarías esta noche —frunzo el ceño.
—Me han hecho venir. —Suspira—. Hoy no estoy de humor para este puto agujero de mierda.
—Únete al club. —Me pongo el delantal blanco y negro y lo anudo por detrás antes de dirigirme a mi lugar en la registradora—. Yo me encargo.
Aparto a Mónica del camino con la cadera y ella se tambalea hacia un lado.
—Bien —murmura—, me estoy muriendo de Bourbon-itis. —El bourbon es malo. Esa mierda te matará, —le susurro.
La siguiente persona de la fila se adelanta.
—Hola. ¿En qué puedo ayudarle?
—¿Tiene leche de cabra? —pregunta la mujer a la moda.
—Mmm. —Miro detrás de mí para preguntarle a Mónica, pero ha desaparecido. Nunca había oído hablar de la leche de cabra.
—Quiero un café con leche de cabra y cúrcuma, gracias —dice la clienta.
—Déjame ir a ver. —Salgo rápidamente por la parte de atrás para encontrar a alguien a quien preguntar. Lance está cortando cajas—. ¿Servimos café con leche de cabra y cúrcuma?
Lance frunce el ceño. —¿Quién carajo querría beber esa mierda?
—Una loca de por ahí.
—Joder —murmura secamente—. La gente se esfuerza demasiado por estar a la moda. Cúrcuma de leche de cabra. Ahora lo he oído todo.
—Entonces, ¿eso es un no?
—Un no rotundo. —Rompe una caja—. Estamos en una zona de ordeño libre de cabras.
Me río. Mónica pasa junto a nosotros, sale por la puerta de atrás y entra en el callejón. —Voy al baño. Me siento mal.
—¿Estás bien? —Le pregunto, mirando como corre hacia la puerta.
—¿Qué le pasa? —Pregunta Lance.
—Resaca. Bourbon.
Lance gesticula con desagrado. —Asqueroso.
—Cubre la máquina de café por mí, ¿quieres? —dice Mónica, mientras la puerta se cierra tras ella.
Vuelvo al frente de la tienda y veo que ahora tengo una enorme fila esperando. Genial. —Lo siento, no tenemos cúrcuma de leche de cabra.
—¿Por qué no? —pregunta la mujer.
—Porque no la tenemos en depósito. Lo siento. —Finjo una sonrisa—. Esta es una cafetería sin leche de cabra.
—Eso no es suficiente. Quiero ver al gerente.
Oh, vete a la mierda, perra. Hoy no estoy de humor para ti. Ni siquiera hay un gerente de turno.
—¡Ahora! —exige.
Fingí otra sonrisa. —Iré a buscarlo. —Salgo por la parte de atrás hacia Lance—. Quiere ver al gerente.
—¿Quién quiere?
—La chica de la cabra.
—¿Para qué?
—No lo sé. ¡Malditas cabras! Sal de ahí. —Vuelvo a salir a la caja registradora—. No tardará nada. —Sonrío—. ¿Puede hacerse a un lado para que pueda atender a la siguiente persona?
Me mira fijamente y cruza los brazos, luego se hace a un lado y espera.
—¿Puedo ayudarle? —Le pregunto al siguiente hombre.
—Hola. —Sonríe. Oh Dios… no tú—. Soy yo, Michael.
—Sí. —Me avergüenzo—. Lo recuerdo. Hola, Michael. ¿Qué puedo ofrecerte?
—Lo de siempre. —Me guiña un ojo.
Tomo su pedido y el timbre suena sobre la puerta para decirme que ha entrado alguien más. —Serán cuatro libras con noventa y cinco —digo fríamente.
Tomo la tarjeta de Michael y la paso por la lectora. No puedo entablar una conversación casual con Michael porque es demasiado coqueto.
—Quiero leche de cabra —dice.
—Pues no tenemos —responde Lance. Por el tono de su voz me doy cuenta de que hoy tampoco está de humor para estas tonterías.
—Quiero que la pongas en el menú inmediatamente.
Miro a Lance. Su cara es asesina, y me muerdo el labio para ocultar mi sonrisa.
—Mire, señora, si quiere leche de cabra, tendrá que ir a otro sitio. Lo nuestro no es ordeñar cabras.
—¿Prefiere ordeñar una vaca?
—O echarlas de mi cafetería —murmura Lance en tono seco.
—Cualquiera de las dos cosas.
Carajo… Miro hacia abajo para ocultar mi sonrisa.
—¿Acabas de llamarme vaca? —exclama la mujer.
Mierda, lárgate, perra. Basta de dramatismo. Vete de una vez.
—¿Puedo ayudarle? —Pregunto al siguiente cliente y miro a la fila.
Unos grandes ojos marrones me miran fijamente y doy un paso atrás, sorprendida.
Es él.
El tipo de la calle.
—Hola. —Sonrío tímidamente revolviendo un mechón de cabello tras mi oreja.
Lleva un traje azul marino perfectamente entallado y una camisa blanca impecable. Parece que es europeo o algo así.
—Hola. —Su voz es profunda y ronca.
Siento que mis mejillas se sonrojan y sonrío nerviosamente. —Hola.
Nos miramos fijamente. Joder. Este tipo es absolutamente precioso.
En su cara se dibuja una sonrisa, como si leyera mi mente.
Le sonrío torpemente y contraigo los hombros.
Él levanta las cejas. —¿Quieres que te diga mi pedido?
—Oh. —Hago una pausa—. Le estaba esperando. —Miento. Joder, me estoy comportando como una fan adolescente frente a un artista. Compórtate, estúpida—. ¿Qué le gustaría?
—Quiero un macchiato doble, por favor.
Tuerzo los labios para ocultar mi sonrisa. Hasta su café resulta atractivo.
—¿Quiere algo más? —le pregunto.
Él levanta una ceja. —¿Como por ejemplo?
Abro la boca para decir algo, pero no sale ninguna palabra.
Él sonríe, comprendiendo que me tiene completamente desconcertada.
Oh, demonios. Actúa con frialdad, carajo.
—¿Un muffin? —Respondo—. Están deliciosos.
—Muy bien. —Clava su mirada en mí—. ¿Por qué no me sorprendes, April?
Lo miro fijamente mientras mi mente falla. —¿Cómo sabe mi nombre?
—Está en tu delantal.
Y yo cierro los ojos con fuerza. —Oh… claro. —Por favor, Madre Tierra, trágame entera. Qué manera de quedar como la tonta—. Ah, perdona. Hoy no me encuentro bien —tartamudeo.
—A mí me parece que estás completamente bien. —Me regala su primera sonrisa genuina, y la siento hasta en los dedos de los pies.
Es oficial: este hombre es delicioso.
—¿Y su nombre? —Pregunto, acercando mi marcador a su vaso de cartón.
—Sebastian.
—¿Sr. Sebastian?
—Sr. García.
Sebastian García. Hasta su nombre es picante. —¿Quiere otro café para su esposa?
—No hay ninguna esposa.
—¿Novia?
—No hay novia. —Una sonrisa cruza su cara una vez más. Sabe que estoy a la caza de información.
Nuestras miradas se cruzan y el aire cruje entre nosotros.
El hombre que está detrás de él en la fila suspira con fuerza. —Tengo prisa, ¿sabes?.
Piérdete. Estoy tratando de coquetear aquí.
Pendejo.
El Sr. García se hace a un lado, y dirijo mi atención al hombre que está detrás de él. —¿Puedo ayudarle?
—Quiero un sándwich tostado de jamón y queso, y será mejor que lo hagas rápido —vocifera.
—Por supuesto, señor. —Joder, ¿por qué están todos los cabrones de Londres en mi cafetería hoy?
—Disculpe. —Escucho desde un lado.
El hombre y yo levantamos la vista para ver que el señor García ha dado un paso hacia nosotros.
—¿Qué? —arremete el cabrón.
—¿Qué acabas de decir? —El Sr. García levanta una ceja, claramente molesto.
El hombre se encoge, sorprendido. —Tengo prisa.
—No hace falta ser grosero. —Los ojos del Sr. García posados sobre los del hombre.
—Discúlpese.
El hombre hace un gesto de desdén.
—Ahora.
—Lo siento —me dice el hombre entre dientes.
Aprieto los labios para ocultar mi sonrisa.
El Sr. García vuelve a su lugar junto a la pared.
Siento que mis mejillas se sonrojan de emoción.
Babeándome.
—Solo será un minuto —, digo, y el hombre asiente, sin decir más nada…
Miro a mi alrededor, preguntándome quién está haciendo los cafés.
Oh, mierda, se supone que soy yo.
Espera, ¿cómo se hace un macchiato doble?
Nunca lo he hecho antes. Aunque he visto a los demás hacerlo un millón de veces. Me concentro y hago lo que creo que hacen ellos. Me vuelvo hacia los clientes.
—Sr. García —le llamo, y él se adelanta—. Aquí tiene.
—Sus ojos se fijan en los míos mientras lo recibe—. Gracias. —Asiente con la cabeza, se da la vuelta, y lo veo caminar hacia la puerta.
Mierda… ¿eso es todo?
Voltéate e invítame a salir, maldita sea.
Se detiene en el acto y yo contengo la respiración, se da la vuelta.
—April, te veré mañana.
Sonrío. —Eso espero.
Agacha la cabeza y, con otra sonrisa impresionante, se da la vuelta y sale a la calle. Como una niña pequeña, cojo un trapo y prácticamente corro hacia la parte delantera de la cafetería para poder observar qué dirección toma.
Finjo limpiar una mesa cercana a la ventana para poder espiar.
Sebastian pasa por delante de algunas tiendas, y le veo dar un sorbo a su café y luego hacer una mueca. Frunce el ceño y, haciendo un gesto de desaprobación, lo tira a una papelera.
¿Qué? Después de todo eso, ¡ni siquiera se lo ha bebido!
Me quedo con la boca abierta.
—¿Me van a servir aquí o qué? —dice el maleducado desde el mostrador.
—Sí, por supuesto, señor. —Finjo otra sonrisa y me dirijo de nuevo a la máquina de café.
Vas a tomar el peor puto café que he hecho en mi vida, cabrón.
Y, a juzgar por la reacción del Sr. García, es bastante malo.
Camino por el pasillo de Holmes Court, mi dormitorio en la universidad.
Creo que he reprobado el examen, maldita sea.
Unas risas resuenan en el pasillo y un tenue ritmo tecno se escucha a lo lejos. Regresar a casa a este lugar es un auténtico infierno.
Nunca he odiado tanto vivir en un lugar como aquí. Todo el mundo es bastante agradable, pero me siento como la abuela. A los veinticinco años, me consideran una estudiante madura, y, sin embargo, por alguna razón desconocida, mi beca hace que me aloje con los estudiantes de primer año, todos ellos de dieciocho años y en su primer permiso de ausencia de casa.
Todos están ciegos de borrachera o teniendo sexo, y realmente no me importa lo que hagan, pero ¿tienen que hacer tanto puto ruido cuando lo hacen?
Este lugar es como un club nocturno veinticuatro horas al día. Están de fiesta toda la noche y duermen todo el día.
No entiendo cómo pueden aprobar alguna de sus asignaturas.
Respiro con fuerza mientras subo las escaleras. La música está cada vez más alta. Claro que sí.
Penélope Wittcom: mi vecina y archienemiga. Compartimos una pared común y, de mi lado, intento estudiar, dormir y ser una estudiante respetable. De su lado, está el centro de las fiestas y orgías. Su habitación es conocida como la “Cueva del Rave”.
Está abierta toda la puta noche.
Incluso tiene una bola de disco con luces allí.
La gente entra y sale a todas horas, golpeando las puertas, festejando y haciendo bromas. A decir verdad, creo que puede estar traficando con drogas. Tiene que ser así. Nadie puede ser tan popular y tener tantas visitas. Es molesto que sea tan inteligente y que se convierta en una científica de la computación.
Y eso no es lo peor, ni de lejos.
¡Nunca he oído tantos gritos durante el sexo en mi vida!
He perdido la cuenta de cuántos hombres se ha tirado. Ok, bien por ella, al menos una de nosotras lo está logrando, pero ¿tiene que aullar cada vez que acaba?
He puesto quejas. He solicitado el traslado de edificios. He hecho todo lo posible. Pero es muy difícil que te hagan caso cuando Penélope se acuesta también con el encargado del piso.
Además, tengo una beca. No estoy pagando por vivir aquí, así que tengo que aguantarme.
Sólo tengo que pasar el resto de este año, y con suerte mis notas serán lo suficientemente buenas como para conseguir una beca para volver a los Estados Unidos.
Cuando dejé al infiel e imbécil de mi ex marido, Roy, me fui sin nada. Cada céntimo que había ganado está en la casa en la que todavía vive, y hasta que no acceda a venderla, tengo que vivir con las consecuencias.
Estoy en mi segundo año de derecho, de lo que estoy muy orgullosa, pero también necesito vivir mientras estudio. He aplicado a todos los trabajos imaginables, pero el horario de mis cursos es intenso y nada parece encajar con el. Estoy agradecida por mi trabajo en la cafetería, pero con sólo tres turnos a la semana, no me alcanza para conseguir un apartamento propio. Así que, por ahora, esta es mi vida.
La música está muy alta cuando paso por delante de la habitación de Penélope. Su puerta está abierta. Cuatro o cinco chicos están sentados en su piso, y el inconfundible olor a cigarrillo invade el pasillo.
Paso junto a ellos sin sonreír y cierro la puerta tras de mí. La música alta sólo se suaviza un poco, así que me pongo los audífonos. ¿Quién iba a decir que necesitaría audífonos con cancelación de ruido para pasar el día?
Enciendo la televisión, que está conectada por Bluetooth a mis auriculares. Cojo un agua mineral de la nevera, me tumbo en el sofá y empiezo a navegar por mi teléfono. Abro un correo electrónico.
Asunto: Solicitud.
De: Club Exotic.
Para: April Bennet.
Felicidades, April.
Has conseguido una entrevista con el Club Exotic.
Esperamos conocerte en el número 290 de la calle High Street, en London East, a las 11:00 a.m. del 22 del próximo mes.
Pagamos por encima del salario mínimo nacional, tenemos un excelente plan de desarrollo profesional y estamos reclutando diez miembros del equipo para unirse a nuestra estimada plantilla.
Por favor, confirma tu asistencia en un plazo de siete días desde que recibas la invitación.
Club Exotic.
Tomo asiento de inmediato.
Solicité este trabajo hace meses. Una chica que solía trabajar en la cafetería trabajaba en el Club Exotic una noche a la semana en el bar, y cubría todo su alquiler.
Salto del sofá emocionada.
Sé que no es lo ideal. Es un club de caballeros, pero sólo será detrás de la barra.
¿Qué tan difícil puede ser servir bebidas?
Además, he tenido que escuchar a Penélope tener sexo todas las noches de forma gratuita, de todos modos. Estoy bastante segura de que mis ojos y oídos puros pueden soportar cualquier cosa estos días. Si no encuentro a algo antes, esto podría funcionar bien. Vuelvo a leer el correo electrónico a toda velocidad. Cielos, pero faltan cinco semanas.
Maldita sea, cinco semanas es mucho tiempo.
Mi teléfono empieza a vibrar.
—Hola.
—¿Hola, April?
—Sí. —No reconozco la voz.
—Soy Anika del Club Exotic.
—Oh —frunzo el ceño—. Justo acabo de abrir un correo electrónico tuyo.
—Sí, por eso te llamo. Acabamos de tener a alguien que se ha ido sin avisar y tú eras la primera persona de nuestra lista de entrevistas que ha contestado.
—Vale…
—¿Quieres venir mañana para una entrevista? Sé que es de última hora, pero si no, tu entrevista tendría que esperar hasta el mes que viene.
Repaso rápidamente mi agenda para mañana. Supongo que puedo dejar de asistir a mi clase. —Sí, claro. Sería estupendo. ¿A qué hora?
—¿Puedes estar aquí a las once?
No termino mi turno en la cafetería hasta las 10:30 a.m. Aunque podría prepararme con anterioridad a mi turno. —Vale, me parece estupendo, gracias. —Sonrío, emocionada—. Nos vemos entonces.
—¿Puedo ayudarle, señor?
—Quiero una tostada de queso con pan de centeno y un café con leche, por favor.
—Por supuesto. —Sonrío mientras introduzco su pedido en el sistema. Es otro día en la cafetería, otros pocos kilos—. Son nueve libras con noventa y cinco, gracias.
Me entrega el dinero y oigo el timbre de la puerta a lo lejos indicando que alguien ha entrado al edificio.
Este es el turno más largo que he hecho en la cafetería. Estoy nerviosa por mi entrevista de esta mañana. Después de pensarlo toda la noche, he decidido que realmente quiero ese trabajo.
Si pudiera trabajar dos turnos a la semana, podría mudarme de la residencia y tener mi propio apartamento.
¡Imagínatelo!
No te emociones. Todavía no lo has conseguido, me recuerdo a mí misma.
—¿Puedo ayudarle? —Pregunto mientras levanto la vista mirando fijamente a los ojos del Sr. García.
Regresó.
—Hola —dice con su voz profunda.
El aire entre nosotros vuelve a hacer esa cosa… electricidad y mariposas todo en uno.
—¿Has vuelto por más de mi estupendo café? Sonrío. Me dedica una sonrisa lenta y sexy—. Así es.
2

April
—Bueno… —Dejo caer los hombros y me pongo de pie, mientras trato de actuar con frialdad—. ¿En qué puedo ayudarle?
Su rostro refleja la diversión. —Quiero un macchiato doble, por favor.
—Por supuesto. —Lo escribo en el sistema y lo observo—. ¿Eso será todo?
Me mira directamente a los ojos. —Por ahora.
Muevo los labios mientras trato de ocultar mi sonrisa. ¿Por qué todo lo que sale de su boca suena sexy?
Por ahora no es teóricamente una frase candente.
Lance mira por encima de mi hombro para ver la pantalla. —No pasa nada, Lance, al señor García le gusta que le prepare el café —digo mientras intento mantener la cara seria.
La frente de Sebastian se arruga y sé que se está avergonzando por dentro. Ja, ja, esto es un clásico. Bueno. Eso le enseñará por haber tirado mi café ayer.
—De acuerdo —dice Lance, sustituyéndome en la caja registradora.
Me dirijo a la máquina de café y me dan ganas de echarme a reír. Soy tan mala en esto que no tiene gracia. Sí, claro. ¿Qué es lo que debo hacer? Esta máquina de café es tan complicada.
Miro por encima del hombro y veo al Sr. García esperando pacientemente mientras me observa. Tiene las manos metidas en los bolsillos de su traje gris. Hoy lleva una camisa de color crema que hace resaltar su pelo oscuro.
Me sonríe suavemente y yo le devuelvo la sonrisa.
Es un hombre de ensueño.
Le preparo el café y me vuelvo hacia él. —Aquí tienes.
—Gracias. —Lo toma y baja la cabeza—. Que tengas un buen día.
Así será, ahora que te he visto.
—Tú también —digo.
Se da la vuelta y sale de la tienda. Recojo un paño de limpieza y prácticamente corro hasta el frente del café para espiarlo a través de la ventana. Sale a la calle y cruza el camino. Veo cómo toma un sorbo, hace una mueca de disgusto y frunce el ceño.
Lo odia.
Me río.
Vuelve a tomar un sorbo y después, con un movimiento de cabeza, lo tira a la papelera.
Me echo a reír y vuelvo a la caja.
—¿Qué es tan gracioso? —pregunta Lance.
—Ese tipo.
—¿Quién, el italiano?
—Sí, el guapísimo. Aunque no creo que sea italiano.
—Es un poco mayor para ti, ¿no? ¿Qué pasa con él?
—No es demasiado viejo para mí, y odia mi café.
—¿Y?
—Odia mi café y, sin embargo, ha vuelto.
Lance frunce el ceño. —No lo entiendo.
Agrando los ojos, Lance no puede ser tan ingenuo.
—Bueno, si no le gusta mi café y ha vuelto, significa que viene a verme, ¿no?.
—Tal vez sólo trabaja cerca, y este lugar es conveniente.
—Tal vez. —Sonrío mientras limpio el mostrador—. Ya veremos mañana, ¿no? —Sonrío mientras organizo los menús—. Si vuelve mañana, será la confirmación definitiva de que viene a verme.
—Ustedes las mujeres y sus mentes jodidas. —Lance hace un gesto de fastidio —. Si te gusta, ¿por qué no lo invitas a salir? No tienes que hacer que el pobre desgraciado tenga que beber tu café con gasolina. —Me río al recordar el asco en su cara. Realmente soy una perra muy divertida.
Exhalo con fuerza y miro el cartel de la puerta.
C L U B
E X O T I C
No puedo creer que esté haciendo esto. Nunca antes he estado en un club de caballeros, y mucho menos he pensado en trabajar en uno.
Está bien. Está totalmente bien.
No está bien, ni cerca de estarlo, pero no puedo vivir donde estoy por mucho más tiempo. Penélope y su Cueva del Rave me están volviendo loca. Empujo el gran pomo de latón de la pesada puerta negra y entro.
Al instante, mis sentidos se ven sobrecargados de lujo, paredes de carbón oscuro, enormes lámparas de araña e increíbles espejos dorados que cuelgan como obras de arte.
—Hola —me dice una bonita chica rubia con una sonrisa—. Soy Anne-Marie.
—Hola. —Sostengo la carpeta de mi currículum con fuerza.
Corre. Huye de una puta vez, ahora mismo.
Oh, diablos, ¿qué estoy haciendo aquí? Creo que voy a vomitar.
Me trago el nudo en la garganta para intentar que pase algún tipo de frase por mis labios. —Ho-hola. Soy April. Estoy aquí para una entrevista.
Anne-Marie mira su agenda y marca mi nombre.
—Genial. Por aquí, por favor, April.
Se da la vuelta y atravesamos el club. La sigo, mirándola de arriba abajo.
Es preciosa y se ve muy elegante en su vestido negro ceñido, de punto y cuello alto. Como una mujer de negocios sexy y sofisticada o algo así. ¿Cómo puede caminar con zapatos tan altos?
Abre una puerta que da a una especie de sala de espera. Hay una chica sentada sola en un rincón y nos mira con una tímida sonrisa.
—Tome asiento aquí. Porsha estará con usted en breve —sonríe Anne-Marie.
—Gracias.
Me siento en el asiento más cercano y Anne-Marie desaparece, la puerta se cierra tras ella. La sala se queda en silencio, y arrastro los ojos hacia la otra chica que está esperando. Me dedica una sonrisa irregular.
—Hola —digo en voz baja.
—Hola.
Volvemos a quedarnos en silencio y, finalmente, ella susurra: —¿Qué demonios estoy haciendo aquí?.
—Lo sé. Yo también.
Se sienta a mi lado para que nadie pueda oírnos. —Tienes que decirme que me vaya. Esta mierda es una locura.
—Si me lo dices primero —le susurro—. ¿Estás aquí por el trabajo en el bar?
—Sí.
—Yo también. Estoy en la quiebra.
—Lo mismo. Estoy estudiando. Soy Kayla, por cierto.
—Lo mismo. —Sonrío—. Yo soy April.
—¿Qué estudias?
—Derecho. —Miro a mi alrededor con nerviosismo—. ¿Es este lugar siquiera legal?
—¿Quién sabe? —Kayla se encoge de hombros—. Estoy estudiando medicina. En mi tercer año.
Sonrío, y me siento un poco más tranquila. Kayla es atractiva y obviamente inteligente. —Por lo visto, pagan setenta libras la hora y se trabaja en turnos de diez horas —me susurra.
—Carajo, ¿en serio? Dios, me vendría bien eso.
—A mí también. Estoy viviendo en el peor basurero del planeta.
—Bueno, yo estoy en el campus, y es literalmente el infierno.
—Hice eso en mi primer año. Nunca más. Ojalá ambas consigamos el trabajo y así al menos conoceremos a alguien más.
La puerta se abre, y una hermosa mujer con una melena negra entra en escena. —Hola. —Sonríe y mira entre nosotras. Es preciosa, maquillada de punta en blanco, con toda la cara producida y los labios pintados de rojo—. Me llamo Porsha. Soy la gerente aquí.
—Hola. —Sonreímos ambas.
Porsha nos mira con ojos calculadores. Esta mujer no es fácil. Me doy cuenta al instante.
—¿Quién llegó primero? —pregunta.
—Yo —dice Kayla nerviosa, poniéndose de pie—. Soy Kayla.
—Hola, Kayla. —Porsha sonríe—. Por aquí. —Se da la vuelta y entra en la oficina, y Kayla me da un movimiento nervioso de la cabeza.
—Buena suerte —digo.
—Gracias —responde antes de desaparecer en la oficina y cerrar la puerta tras ella.
Inclino la cabeza hacia atrás y miro el techo. Hay pinturas antiguas en él, como si fuera la Capilla Sixtina.
Vaya… es algo raro.
Este lugar realmente tiene algo. Me pregunto qué había antes en este edificio.
Espero quince minutos y entonces se abre la puerta. Veo cómo Kayla estrecha la mano de Porsha. —Gracias por la oportunidad, estoy muy emocionada —dice.
Oh, debe haber conseguido el trabajo.
—Toma asiento, Kayla. Estaré contigo después de entrevistar a April.
—Vale, gracias. —Kayla encorva los hombros y se sienta—. Buena suerte —me dice moviendo los labios.
—Hola, April, encantada de conocerte —Porsha me sonríe y me tiende la mano. Luego me abre la puerta—. Por favor, toma asiento.
Después de estrechar su mano, me siento en el enorme escritorio negro.
Porsha se sienta frente a mí y me estudia atentamente.
—Bienvenida.
—Gracias.
Tiene un aire poderoso y seguro. Espera a que hable, como si evaluara todo lo que hago y digo.
—Entonces, dime… ¿por qué estás aquí?
—Yo…
—… —Hago una pausa—. Estoy solicitando el puesto de la barra.
—¿Y qué sabes del Club Exotic?
—No mucho, me temo. Espero que pueda informarme sobre el puesto.
Se sienta con una sonrisa cómplice y cruza las piernas.
—Háblame de ti.
Me encojo de hombros. —¿Qué quiere saber?
Ella levanta una ceja. —Todo.
—Tengo veinticinco años. Soy americana.
—Puedo decirlo por tu acento.
—Estoy estudiando derecho aquí en Londres con una beca.
—¿Actualmente estás trabajando?
—Sí, en una cafetería en Kensington.
—¿Y no eres feliz allí?
—Lo soy, pero no me pagan lo suficiente y necesito encontrar un nuevo apartamento.
—De acuerdo —responde ella—. Háblame de tu situación económica.
Joder, eso es un poco personal.
—April, no me hagas perder el tiempo. ¿Por qué necesitas este trabajo, cariño?
Algo dentro de mí estalla. —Porque todo mi dinero está inmovilizado en mi casa de Estados Unidos, y el cabrón de mi ex marido no quiere salir de ella para que pueda venderla.
Sonríe como si estuviera contenta con mi respuesta. —Entonces, ¿vas a empezar de nuevo?
Asiento con la cabeza, ligeramente avergonzada. Apuesto a que su ex marido no se saldría con la suya. —Sí, estoy comenzando de nuevo.
—¿Estás de mi lado? —Frunzo el ceño mientras ella se levanta y se acerca a mi lado del escritorio—. Ponte de pie.
¿Eh?
Hago lo que me pide y me rodea, mirándome de arriba abajo. Me levanta el pelo y estudia mi cara. Me pasa la mano por la cadera y luego inclina la cabeza.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunto—. Creo que tengo otro papel para ti. —Frunzo el ceño.
—Por favor, siéntate. —Vuelve a sentarse y enlaza sus dedos frente a ella—. Deja que te hable del Club Exotic.
Tomo mi currículum de mi regazo. ¿Acaso querrá verlo? Anoche trabajé en él durante horas.
—Somos el club de caballeros más exclusivo de Londres —continúa—. Y tenemos franquicias en todo el mundo. ¿Exclusivo? Por favor, sean honestos.
Simulo una sonrisa y me hago la interesada.
—Nuestros miembros pagan una cuota Premium para garantizar la confidencialidad.
—¿De cuánto es la cuota Premium?
—Eso depende del nivel de afiliación que tengan. Una membresía de bronce, por ejemplo, cuesta cincuenta mil libras.
—¿Al año? —exclamo.
Porsha sonríe. —Sí, al año. Una membresía de plata es de setenta y cinco mil, y una de oro ronda las ciento diez mil.
¿Qué demonios?
—¿Cuál es la diferencia entre membresías? —le pregunto.
—Bronce tiene acceso a las instalaciones, barra libre, un restaurante galardonado, un gimnasio…
Frunzo el ceño. ¿Un gimnasio? Espera, estoy confundida.
—April —hace una pausa como si tratara de expresarse correctamente—. Nuestros socios vienen aquí para poder mezclarse con sus amigos en la comodidad de la intimidad. El calibre de los hombres aquí es excepcionalmente alto, incluyendo celebridades, políticos, atletas profesionales, esos tipos no quieren que aparezcan fotos en las redes sociales sobre su vida privada, así que les posibilitamos escapar de su estatus público.
Me esfuerzo por no poner los ojos en blanco. Es un burdel. Diga las cosas como son, señora.
—Ya veo. —Mis ojos se fijan en los suyos—. ¿Y qué obtienen los otros miembros?
—Tienen acceso a todas las instalaciones, pero también obtienen bailes eróticos ilimitados, así como algunos vales al año.
—¿Vales?
—Ya hablaremos de eso más tarde.
—¿Qué obtienen los miembros de oro?
—Todos los beneficios anteriores, así como tiempo en el Salón Escape.
—¿Salón Escape?
—¿Tienes idea de lo que supondría ser un hombre de prestigio y que las mujeres se te lancen encima cuando vas a un bar público?.
La miro fijamente. No, y no me importa.
—¿Y sabes cuántas mujeres intentan aprovecharse de hombres con poder chantajeándolos con imágenes?. —Me encojo de hombros—. La verdad es que no lo había pensado antes.
—Los famosos necesitan desconectarse sin temor a ser fotografiados. Nuestros miembros no vienen aquí por las mujeres. Pagan mucho dinero para proteger su reputación, y vienen aquí para ser anónimos.
Asiento con la cabeza. —De acuerdo.
—Por supuesto, pueden conseguir un baile erótico si lo desean, o pueden pasar un rato en el Salón Escape, pero nuestras chicas están más vigiladas que nuestros miembros. Se firman documentos legales de confidencialidad en el empleo y en las membresías.
—¿Qué significa eso?
—Protegemos la reputación de nuestras mujeres tanto como la de nuestros clientes. Sólo tenemos mujeres de alto nivel trabajando aquí. Mujeres inteligentes y hermosas que se están preparando para la universidad o que se esfuerzan por dar a sus hijos una vida mejor. El 99% de nuestras candidatas no conseguirán un puesto.
Mierda, no lo voy a conseguir, y esta es su manera de decepcionarme amablemente.
Se sienta en su silla y levanta la barbilla. —¿Supongo que tu ex marido te jugó una mala pasada?
Sujeto mi currículum con fuerza. —Lo hizo.
—¿Y qué vas a hacer al respecto?
—Sacar una licenciatura en Derecho, me encojo de hombros.
—Creo que ya es hora de que empieces a tomar decisiones que te sirvan para la vida, ¿no?. —Frunzo el ceño, pero ella continúa.
—Creo que estás por encima del trabajo en la barra.
—¿Qué significa eso?
—Todas las noches, en el Salón Escape, hacemos un desfile de moda con veinticuatro de las mujeres más bellas que tenemos.
¿Eh? Desfile de moda.
—Cada noche, veinticuatro hombres reservan una Noche de Escape, y al final del desfile de moda, celebramos un cóctel privado.
Escucho atentamente mientras me imagino el escenario que está montando.
—Durante el cóctel, nuestras Chicas Escape elegirán a su pareja para la noche.
—Lo siento, me he perdido.
—Ser una Chica Escape no significa que te acuestes con cualquiera, April. Lo que sí significa es que pasarás la noche con el hombre que elijas.
—¿Pasar la noche? —¿Qué demonios?
—Tenemos un hotel de cinco estrellas encima, y tenemos un piso de apartamentos.
—¿Los hombres te eligen y luego tienes que dormir con ellos? —Frunzo el ceño con horror.
—No, nada de eso —responde con calma, y me pregunto cuántas veces habrá dado esta charla —. La mujer elige al hombre y decide si lo besa o si deja que la toque. —Hace una pausa—. O decide si desea acostarse con él.
—Entonces… —Levanto las cejas—. ¿Esto es un burdel de lujo?
Porsha se ríe. —Para nada, cariño. Créeme. Los hombres que tenemos aquí no tienen que pagar por sexo.
—¿Por qué me dices esto?
—Eres algo especial. —Su mirada se fija en la mía—. Tienes ese factor X, April.
—¿Qué significa?
—Quiero que seas una Chica Escape.
Me siento en mi silla. —Oh, lo siento si te he dado la impresión de que soy…
—Cinco mil libras por noche.
Me congelo. —¿Qué?
—El pago por ser una Chica Escape es de cinco mil libras por noche. Eso son casi siete mil dólares en moneda americana. No tienes que acostarte con nadie. Ni siquiera tienes que tocarlos. Sí tienes que pasar la noche en una suite con ellos, pero hay dos habitaciones en los apartamentos si decides no ir allí. Tenemos seguridad las veinticuatro horas, y tu seguridad e identidad están siempre protegidas.
—Yo… este… mmm… ¿qué?. —Me incorporo alterada—. ¿Cinco mil libras por noche?
Porsha sonríe, sabiendo que ha despertado mi interés.
—Así es, April. Podrías ganar veinte mil libras al mes simplemente trabajando un turno a la semana.
Podría pagar el alquiler de todo un año en un solo mes. ¿Qué carajo? —Piénsalo.
Me quedo en silencio.
—Kayla acaba de apuntarse.
—¿Kayla de la sala de espera?
—Sí, está ahí fuera esperando el tour entre bastidores ahora.
—Oh. —No tengo palabras.
Ella se pone de pie. —Ven y mira alrededor. Puedes pensar en ello. —Se levanta y abre la puerta, mientras yo me quedo sentada, en shock… ¿qué demonios?
—Kayla. —Porsha sonríe—. ¿Estás lista para la visita?
—Claro que sí —responde Kayla. Parece tan segura como el agua. ¿Y sabe ella para qué puesto está solicitando? Porsha dirige su atención hacia mí—. ¿Vienes, April? —Me pongo de pie.
No creo… —Mi voz se interrumpe.
Cinco mil libras por noche.
—Vamos. —Kayla amplía sus ojos hacia mí—. Un vistazo alrededor no hará daño—.
Miro entre ellas, sintiéndome la última aguafiestas.
—Mmm, vale. Supongo.
Sigo a Porsha y Kayla fuera de la oficina y bajo las escaleras. El club parece haber sido un antiguo teatro en algún momento. Tiene una caída gradual hasta el escenario en la parte delantera, y hay pequeñas secciones por encima, que claramente fueron alcobas alguna vez. Porsha saca una tarjeta, la desliza por un escáner y se abre una gran puerta negra de seguridad. Caminamos por lo que parece la antesala de un desfile de Victoria’s Secret. Hay pequeños tocadores alineados en el espacio, llenos de maquillaje, pelucas y todo tipo de cosas glamorosas.
Pasamos a otra sala, y veo un enorme estante forrado con vestidos de diseñador, todos de lentejuelas, encaje y plumas.
Dios.
—Todos tus tratamientos de láser y belleza corren por cuenta de la casa mientras trabajas aquí —dice Porsha mientras nos acompaña—. Y hay un tope en tus turnos. Las Chicas Escape sólo pueden trabajar cuatro veces al mes.
Kayla hace un gesto de alegría en el acto, como si esto fuera lo más emocionante que le ha sucedido nunca.
—¿Puedes creerlo? —susurra.
—¿Estás loca? —Gesticulo con mis labios.
—Shhh. —Enlaza su brazo con el mío—. Sólo mira a tu alrededor.
Seguimos a Porsha por el club. Nos presenta al equipo de seguridad y nos lleva al ascensor. —En un turno normal, entrarías y te peinarían y maquillarían profesionalmente, y luego elegirías tu vestido.
Mi estómago se revuelve de nervios mientras subimos en el ascensor. Imagino el escenario que está planteando.
—Te presentarían a los miembros de la Escapada durante el desfile de moda, y después del cóctel. —Las puertas del ascensor se abren y la seguimos por el elegante pasillo—. Elegirías a tu pareja y subirías con ella a tu suite. —Desliza la tarjeta de seguridad, abre la puerta y la retiene para que pasemos.
Entramos, y mientras miro el lujoso apartamento, mi estómago empieza a revolverse con más nervios.
Suena el teléfono de Porsha y lo mira en su mano.
—Tengo que atender esto; denme un momento. Miren alrededor, chicas. —Sale al pasillo y Kayla empieza a dar saltos de emoción—. Dios mío. —Pone mis manos en las suyas—. ¿Puedes creer esto?
—No puedo cogerme a un millonario por dinero —susurro—. Claro que puedes. Ya me he follado muertos de hambre gratis. —Me río. Esto es cierto.
—Cinco mil libras, April, y ni siquiera tienes que acostarte con ellos.
—No puedo hacerlo. Mi moral no me lo permite.
—Necesito un nuevo apartamento y un mes en España más que la moral. ¿A dónde te lleva ser una buena chica?
Me encojo de hombros.
—A vivir en un basurero. Ahí es donde me lleva.
—Kayla —susurro—. Esto es todo el paquete.
—Vamos. Podemos ayudarnos mutuamente en esto. ¿Cuándo volveremos a tener la oportunidad de ganar esta cantidad de dinero? —Sonríe, con la cara llena de esperanza—. Y, además, si es una porquería, simplemente nos vamos.
—Es prostitución —susurro.
—Es sólo una oferta, eso es todo. No tenemos que acostarnos con ellos. La misma Porsha lo dijo.
—Pero sabes que probablemente lo haremos.
—Se me ocurren cosas peores que acostarse con un atleta profesional.
Me río.
—Además, nadie lo sabrá nunca. Es el puto trabajo perfecto, April.
—Dios —susurro. No puedo creer que esté considerando esto.
Porsha vuelve a entrar en el apartamento. —¿Y? —Sonríe mientras nos mira—. ¿Qué opinan, chicas?
—¡Me apunto! —anuncia Kayla.
Porsha sonríe. —Genial. Vuelve su atención hacia mí—. ¿Y tú, April?
—Oh —hago una pausa. Realmente quiero el dinero, pero… Dios—. No creo que…
—¿Por qué no lo intentas por una noche? —me interrumpe.
La miro fijamente, mi mente es un cúmulo de confusión.
—Cinco mil libras por una noche. Vale la pena intentarlo. —Sonríe.
Mis ojos parpadean entre las dos y Kayla asiente emocionada.
Cinco mil me sacarían de la residencia, aunque fuera por unos meses.
Oh, al carajo con todo.
—De acuerdo, una noche —acepto.
La sonrisa de Porsha se amplía. —Fantástico. Empezamos tu entrenamiento mañana.
Cierro los ojos.
¿Qué carajo acabo de aceptar?
Sebastian
Entro en el restaurante exactamente a las 7:00 a.m. Spencer y Masters ya están sentados en nuestra mesa habitual del fondo. Parece que estos desayunos son lo único que podemos hacer últimamente.
El tiempo con mis dos mejores amigos es precioso.
Julian Masters y Spencer Jones.
Hemos estado juntos desde la infancia. Son los hermanos que nunca tuve.
Julian tiene hijos, y ahora una esposa, por lo que todo su tiempo libre está ocupado, y Spencer está recién casado con su esposa Charlotte, que está embarazada. Necesita estos desayunos con nosotros para sobrevivir. Ella lo está jodiendo todo el tiempo y es muy gracioso.
—Hola. —Sonrío mientras me dejo caer en mi asiento.
—Mmm —Julian gruñe mientras lee el periódico.
—¿Puedes dejar de ser tan putamente gruñón? —le pregunta Spencer mientras le pone mantequilla a su tostada—. Estoy harto de los putos gruñones. Me molestan.
—¿Qué hay de malhumorado en esto? —pregunta Julian—. Solo he dicho: hola.
—Oh, carajo. ¿Acaso no te escuchas? Es tu tono —Spencer pone los ojos en blanco.
Julian finge una sonrisa. —¿Amaneciste un poco más gracioso hoy, Spencer?
—La verdad es que sí. Buenos días, Sebas. ¿Cómo estás, mi querido amigo? —pregunta dulcemente.
Me río mientras pongo la servilleta en mi regazo—. Buenos días, chicos.
Aparece la camarera. —¿Puedo tomar su pedido?
—Quiero la tortilla y un jugo fresco —digo.
—Lo mismo.
—Que sean tres —dice Julian.
Sonríe y desaparece.
—Entonces, ¿qué hay de nuevo? —pregunta Spence, dando un sorbo a su taza de café.
—Nada. —Bostezo y me estiro—. Estoy cansado.
—¿No has dormido bien?” pregunta Spencer.
—No, estoy de puta madre.
—Sí, bueno, disfruta de la paz. —Spencer sopla sobre su café—. No tengo ninguna duda de que Charlotte está planeando cogerme hasta que muera. Para cuando el bebé nazca, no me quedará nada de pito. Habrá dos madres en nuestra familia.
Julian sonríe mientras lee su periódico. —Ah, el sexo durante la dulce espera. ¿Hay algo mejor?
—Dormir, Masters. Me gustaría dormir de vez en cuando, coño —suspira Spencer—. Ya me estoy quedando vacío, coño.
—¡Qué problema! Una esposa sexy y excitada. —Digo con ironía—. No me jodas, ¿quieres?.
—¿Más café? —pregunta la camarera, sosteniendo la jarra.
—Por favor.
—Gracias.
La camarera nos sirve los cafés y nos deja solos.
—Oh. —Sonrío—. Buddy tiene novia.
—¿De verdad? —Spence se sienta—. Es la primera, ¿verdad?
—Me llamó anoche, está muy ilusionado. —Buddy es el hijo de mi hermana. Su padre se fue cuando él tenía dos años, y yo he sido lo más cercano a una figura paterna desde entonces. Nos vemos un par de veces a la semana. No podría querer más a ese niño, aunque lo intentara.
—La va a traer el fin de semana —digo.
—¿Qué dicen los padres cuando conocen a la primera pareja de su hijo? —Spencer frunce el ceño.
—Vete a la mierda —dice Masters rotundamente, sin apartar los ojos del periódico—. Simple y sencillo. Vete a la mierda y lárgate. —Nos reímos.
Julian no lo ha tenido fácil. Su hija Willow lo hace sufrir con sus malas elecciones de pareja.
—Bueno, me alegra por él —sonrío melancólico—. Por lo visto, ella es más buena que el pan.
—¿No lo son todos cuando tienes esa edad? —pregunta Masters.
—¿Qué van a hacer hoy? —Spencer pregunta.
—La misma mierda, pero un día distinto. —Julian se encoge de hombros.
—Bueno —hago una pausa y reacomodo la servilleta en mi pierna—. Al salir de aquí, conduciré a través del centro de la ciudad, con el tráfico en hora punta, para ir a una cafetería y ser atendido por la mujer más sexy que he visto en mucho tiempo. —Y añado—y que, además, hace el peor café que jamás he probado. —Los dos se ríen de mí.
—¿Conduces hasta la otra punta de la ciudad para tomar un mal café? —Julian frunce el ceño.
—Ni siquiera se le puede llamar café. Podría morir literalmente por tomar esa porquería, así de malo es.
Spencer levanta una ceja. —Dios, debe estar buena.
—Lo está. Aunque demasiado atlética y joven para mí.
—¿Por qué? ¿Qué edad tiene?
—No lo sé. —Tuerzo los labios mientras me paso la mano por la cara—. Tendrá unos veinte años, supongo. —Eso no es demasiado joven —responde Spencer.
—Lo es. —Frunzo el ceño—. Yo tengo más de treinta años. Si la invitara a salir, probablemente pensaría que soy un cretino.
—Eso es porque eres un maldito cretino —murmura Masters secamente.
—Lo mismo digo. —Levanto mi taza de café hacia él.
—De todos modos, tengo un plan.
—¿Cómo así?
—Voy a seguir yendo allí hasta que me invite a salir.
—Buen chico. —Spencer me da una palmadita en la espalda—. La persistencia paga.
—Si es que sobrevives al café —dice Masters mientras pasa la página de su periódico.
Terminamos de desayunar y poco después me encuentro conduciendo hacia Kensington para ir al café. No estoy muy seguro de qué es lo que pasa con esta chica, sólo que he pensado en ella constantemente, lo cual es raro en sí mismo. No pienso en mujeres… nunca.
Aparco el coche y empujo la pesada puerta de la cafetería, sin perder de vista el tintineo del timbre de arriba.
April levanta la vista, nuestras miradas se cruzan y sonríe dulcemente, lo siento en mis entrañas.
El chico con el que trabaja y ella intercambian miradas, y él hace un sutil movimiento de cabeza.
¿Qué significa eso? ¿Ha dicho algo sobre mí?
Me dirijo al mostrador.
—Hola, Sr. García —sonríe de forma sexy.
Tuerzo los labios para ocultar mi alegría por el hecho de que recuerde mi nombre. —Hola, April.
—¿Macchiato doble, señor? —La muerte en una taza.
Levanto la ceja. En realidad, eso es lo último que quiero. —Sí, por favor.
—Yo lo prepararé —le dice al chico con el que trabaja. Con un movimiento de cabeza, desaparece por la parte de atrás. Se vuelve hacia la máquina de café y mis ojos bajan por su cuerpo y se detienen en su trasero. Lleva unos vaqueros azules ajustados que la ciñen en todos los lugares adecuados.
En serio… está muy buena.
Es alta y tiene un cuerpo atlético. Tiene el pelo corto y rubio. Su cabello es grueso y tiene algunos rizos. Sus ojos son grandes y marrones, y su piel tiene un hermoso tono miel.
Sólo con mirarla se me pone dura.
—¿Qué vas a hacer hoy? —me pregunta por encima de su hombro.
Masturbarme pensando en ti. —Solo trabajar.
—Oh. ¿A qué te dedicas?
¿A qué quieres que me dedique? —Soy arquitecto.
Se gira y sonríe. —Vaya, impresionante.
Nuestras miradas se cruzan y me viene la imagen de ella de rodillas frente a mí chupándome la polla. Me muerdo el labio para intentar ocultar mi reacción ante ella. Hacía mucho tiempo que una mujer no me afectaba así.
Ella sonríe, como si me leyera la mente, y nos miramos fijamente mientras el aire se agita entre nosotros.
Invítala a salir.
—Aquí tienes tu café. —Me lo entrega.
Invítala a salir.
—Gracias.
Invítala a salir.
—Que tengas un buen día, Sebastian. —Me regala una sonrisa pícara.
Mi polla se tensa al oírla decir mi nombre.
—Tú también.
Me giro a regañadientes hacia la puerta.
Mierda.
Exhalo con frustración y atravieso las puertas.
Maldita sea.
Doy un sorbo al café y hago una mueca de dolor.
Cristo todopoderoso, es un café asqueroso. Lo tiro inmediatamente a la basura.
Parece que voy a tener que volver mañana.
April
—Vaya. —Porsha me mira de arriba abajo—. Estás increíble.
Me pongo la mano sobre el estómago. —Esto es una locura. —Una buena locura —sonríe Porsha.
El murmullo de las chicas que nos rodean llena la habitación. Todas parecen muy emocionadas de estar aquí. Durante las últimas tres horas, me han retocado, acicalado y me han hecho todos los malditos tratamientos de belleza conocidos por el hombre. Me han peinado y maquillado, y llevo el vestido de lentejuelas más hermoso que he visto nunca.
Es mi primer turno en el Club Escape, y estoy a punto de salir a la pasarela. Kayla no está aquí. Al parecer, dos chicas nuevas no pueden empezar la misma noche por algo relacionado con un anuncio.
Creo que voy a vomitar. Nunca he estado tan nerviosa.
¿En qué estaba pensando?
—¿Estás lista? —pregunta Porsha.
—N-no —tartamudeo.
—Estarás bien. —Me sujeta los hombros con las manos.
—Sigue mi ejemplo y haz lo que te enseñamos en el entrenamiento. —Asiento con la cabeza—. De acuerdo.
Puedo oír la música sonando. Una a una, las chicas salen y hacen lo suyo. También oigo el ajetreo de los hombres en el bar mientras observan el desfile de moda.
Cojo un cóctel de una mesa y me lo bebo de un tirón.
Que Dios me ayude.
Entonces, oigo el anuncio. —Y esta noche, presentamos a una nueva Chica Escape. Este es su primer turno, así que denle la bienvenida a la hermosa Cartier.
Salgo al escenario y miro a los hombres reunidos alrededor de la pasarela. Inmediatamente, mis ojos se fijan en un hombre que está de pie al final de la pasarela.
Se le cae la cara al verme.
Oh, no…
Es él.
El Sr. García está aquí.
3

April
Me congelo en el acto, y nos quedamos mirándonos.
¿Qué demonios?
Coño, no. No quiero que me vea aquí.
Un momento… ¿qué carajo hace él aquí?
¿Acaso es una broma?
Dios mío, y yo que pensaba que era una persona agradable. Qué payaso.
Típico. Otro hombre de mis sueños que resulta ser un puto banco de esperma andante. Puaj.
Estoy harta de los hombres.
Él enfoca sus ojos hacia mí, y yo enfoco los míos de vuelta.
No me mires así, imbécil. Ahora te veo como lo que realmente eres.
Depravado.
—Les presento a nuestra nueva Chica Escape —dice Porsha en el micrófono—. Este es su primer turno. Está completamente intacta.
Un susurro de asombro se extiende por la sala, y siento el calor de los ojos de todos sobre mí.
—Cartier es tan inteligente como hermosa, estoy seguro de que todos están de acuerdo, caballeros.
Miro a todos los hombres que están de pie, cautivados, alrededor de la pasarela. El aroma del dinero flota en el aire. Tantos trajes caros en hombres guapos y bien cuidados.
Cada uno de ellos en sus treintas o cuarentas.
Me pregunto si alguno de ellos está casado.
Qué demonios.
¿Qué coño estoy haciendo aquí?
Maldita sea Kayla y su entusiasmo tan contagioso. ¿Dónde está ella ahora, ah?
Esto es una pesadilla viviente.
Sólo hay que ir a una habitación y dormir. No tengo que hacer nada con nadie, me recuerdo a mi misma.
—Señores, ¿quién va a ser? —Porsha pregunta a la sala.
Todos los hombres sonríen sombríamente, absorbiéndome.
Casi puedo sentir su hambre.
Mi aliento se estremece al respirar, bajo los hombros y me fuerzo a sonreír.
Si voy a ir al infierno, más vale que lo haga con ganas.
—Caballeros —dice Porsha, como si esto fuera una especie de espectáculo. Bueno, supongo que lo es, en realidad—. Declaren sus intenciones. ¿Quién quiere ser el primer hombre con quien Cartier pase la noche?
Todos los hombres empiezan a moverse, y vienen y se colocan delante de mí, tal y como dijo Porsha que harían.
Miro al único hombre que no lo hace: El Sr. García.
—Hola, soy Jonathan —dice un hombre rubio mientras coge mi mano y me besa el dorso. Me mira a los ojos y me besa la mano de nuevo—. Encantado de conocerte.
—Hola. —Mi estómago se revuelve por los nervios y fuerzo una sonrisa—. Igualmente.
—Bennet. —Un hombre de pelo oscuro sonríe—. Es un placer.
Le doy la mano y sonrío. —Encantada de conocerte.
Uno a uno, los hombres se presentan, y Porsha tiene razón: la mayoría de ellos son guapísimos. Y aunque no hayan sido bendecidos genéticamente, todos tienen el “Factor X”.
Miro a Sebastian, que está de pie, solo, dando un sorbo a su whisky. Sus ojos miran al frente, como si estuvieran preocupados.
¿Por qué no está alineado para conocerme? Sé que le gusto. Al menos, eso creía. Miro la fila de chicas hermosas que hay a mi lado y me doy cuenta.
Está aquí por otra persona. Una de ellas.
Carajo.
—¡Empiezo la subasta!” —dice un hombre desde el fondo—. Treinta mil libras.
Algunos de los hombres se ríen. —Cincuenta mil.
¿Eh? ¿Qué es lo que pasa?
—¡Setenta y cinco mil de propina para pasar la noche conmigo! —dice un hombre con voz imponente.
Miro a mi alrededor. Parece que hay algún tipo de subasta.
Oh, mierda, me lo habían dicho, recibo el 25% del precio de la subasta además de mi salario si acepto una de ellas.
—Ochenta y cinco.
—¡Cien! —dice otro hombre.
Desde mi visión periférica, veo que Sebastian deja su whisky sobre la mesa y se gira hacia la puerta de salida.
¿Qué? ¿Acaso se va?
Miro a mi alrededor con nerviosismo. ¿Acaso se está yendo?
—¡Él! —llamo.
Sebastian sigue caminando, y yo señalo hacia él. —Ese hombre de ahí. El que camina hacia la puerta.
—¡Sr. Smith! —Llama Porsha.
Sebastian se detiene en el sitio, todavía mirando hacia la salida.
—Cartier te ha elegido —le llama.
Sebastian se gira, y dirigiendo su mirada hacia Porsha, dice: —Ella no tiene lo que yo quiero. —Su voz es llana y sin vida.
Lo fulmino con la mirada. Imbécil.
—Esto no funciona así, y usted lo sabe, señor Smith —dice Porsha—. Nuestras chicas son las que mandan. Si Cartier te quiere, Cartier te tendrá.
Los ojos de Sebastian se encuentran con los míos, y entonces su barbilla se levanta en señal de desafío. —No me interesa.
Siento que mi cara se sonroja de vergüenza. Esto es posiblemente lo más degradante que me ha pasado nunca. Jódete.
—Sr. Smith, o cumple con las reglas o entrega su membresía. —Porsha insiste.
Se pasa la lengua por los dientes, claramente enfadado, y vuelve a caminar hacia mí. —¡Ciento treinta! —grita otro hombre desde el fondo.
Sebastian se pone delante de mí, a centímetros de mi cara, y nos miramos fijamente.
La ira rebosa entre nosotros. No sé por qué estamos enfadados exactamente. En realidad, es mentira. Sí lo sé.
Es el hecho de que esté aquí, eso es. Y yo que pensaba que era alguien especial. No sé si alguna vez me he enfadado tanto con alguien que ni siquiera conozco.
Alzo la ceja.
Me mira fijamente y, sin decir nada, me coge la mano.
—Por aquí —murmura en voz baja.
Porsha le sonríe. —Eso está mejor.
Siento que los demás hombres de la sala nos miran fijamente mientras nos dirigimos a la puerta y entramos en el ascensor. En cuanto se cierran las puertas, Sebastian suelta mi mano como si fuera una papa caliente. Nos quedamos mirando hacia adelante en total silencio mientras viajamos hacia arriba.
Ella no tiene lo que yo quiero.
Por supuesto que lo tengo, coño. Podría hacerte rogar por mí si quisiera, imbécil ególatra.
La puerta del ascensor se abre y él marcha por el pasillo con la llave del apartamento en la mano. Le sigo. Ni siquiera lo quiero ahora, pero que me parta un rayo si dejo que me avergüence así o que se lleve a una de las otras chicas delante de mí. ¿Quién demonios se cree este imbécil?
Ella no tiene lo que yo quiero.
Me hierve la sangre cuando abre la puerta del apartamento y entra. La puerta casi se cierra en mi cara. Buenos modales, idiota.
Entro detrás de él.
Se dirige directamente a la barra y se sirve un whisky.
—No, gracias —le digo.
Dejo el bolso sobre la mesa y veo un cubo de plata lleno de hielo y una botella de champán en él. Eso está mejor.
Sebastian sigue mi trayectoria.
—¿Quieres uno de esos? —pregunta.
—Por favor.
Abre la botella, sirve una copa de champán y me la da.
Nos miramos fijamente mientras tomamos un sorbo de nuestras bebidas, la hostilidad desborda entre nosotros.
—Creía que tu trabajo era hacer un café de mierda. —Da un sorbo a su whisky.
Una sonrisa sarcástica aparece en mi cara. —Pareces juzgar rápidamente a los demás para ser un hombre que paga por sexo.
Finge una sonrisa como si yo fuera estúpida. —Prefiero pagar que venderme.
—Es la misma mierda. —Doy un sorbo a mi champán y luego sonrío dulcemente—. Pero ya me han pagado. Así que vete… Sr. García —le digo.
El menosprecio le sale por todos los poros mientras sus ojos se fijan en los míos. —¿A qué coño juegas? —susurra.
Doy un paso adelante para estar a escasos centímetros de su cara. —Esperaba obtener alguna satisfacción sexual —digo en voz baja—. Pero no tienes lo que quiero.
Su mandíbula se aprieta, mientras me mira fijamente y se quita lentamente la chaqueta del traje. —Tengo más de lo que tú quieres, maldita sea.
—Lo dudo…
Me corta tomando mi mano y poniéndola sobre su entrepierna. Su polla está dura como una roca bajo la tela de su traje.
Mi sangre empieza a calentarse y, sin poder evitarlo, mi mano se cierra alrededor de la forma de su duro pene.
—¡Haz tu trabajo! —se burla, y es obvio que está furioso de que esté aquí.
—Ya quisieras.
Sus ojos se fijan en los míos. —Ponte de rodillas y chúpame la polla, perra sucia.
La excitación grita a través de mi cuerpo. Esto se ha ido a la mierda… pero, coño, está buenísimo.
—No te la chuparía ni aunque fuera la última polla de la tierra.
Susurro. —Estoy en la quiebra, no desesperada.
El rastro de una sonrisa cruza su cara, a él también le gusta este juego.
Se adelanta y me coge la cara con una mano, su agarre es casi doloroso mientras me lame un lado de la cara y deja caer su boca sobre mi oreja. —¿Quieres ser una puta, Cartier?
Mi corazón empieza a latir con fuerza en mi pecho ante su dominio.
—¿Quieres que te utilicen? —Gruñe en mi oreja, apretando más mi cara—. ¿Quieres que acabe en tu cara? —Me agarra un puñado de pelo y tira de mi cabeza hacia atrás para que mi cara esté en la suya—. Porque tengo una polla muy llena que quiere ser vaciada.
Santo Cristo, es un maldito sucio.
Se me pone la piel de gallina en el cuerpo. Su apretón es casi doloroso.
Vuelve a tirar de mi cabeza hacia atrás y me muerde el cuello con fuerza. Mi cuerpo me traiciona y bombea con la excitación.
Sí.
Me lame los labios abiertos y lo siento en mi sexo. Toma mi labio inferior entre sus dientes y lo estira. Me agito por todo el cuerpo y gimo.
Vuelve a lamerme la cara y me inmoviliza con el agarre de su mano. Lo único que puedo hacer es cerrar los ojos.
—Responde a la pregunta, Cartier. ¿Quieres mi polla, o me voy a buscar a otra que la quiera? —susurra en voz baja—. Cualquier coño húmedo servirá.
Su agarre en mi cara me resulta doloroso cuando me lame la cara una vez más, y luego me muerde el lóbulo de la oreja.
Maldita sea.
Los hombres respetables no hablan ni se comportan así.
Y como si se tratara de una banda elástica, la moral se rompe y, de repente, quiero ser quien él cree que soy.
Quiero ser su puta.
—No sobrevivirías a mi coño —susurro—. Te arruinaré de por vida, muchachito.
Su boca se rompe en una sonrisa lenta y sexy, y se aleja de mí mientras tira de su corbata con fuerza y la desata. —Ya quisieras. —Cojo mi champán y bebo un sorbo.
Nuestras miradas se cruzan y, botón a botón, se desabrocha lentamente la camisa. Su pecho es ancho y aceitoso con abundante vello oscuro, y yo caigo por completo, es el espécimen masculino más perfecto que he visto nunca.
Todo hombre.
Mi vagina empieza a palpitar. Dios, me convierte en una puta… una zorra sucia que lo desea profundamente.
Se abre por completo la camisa y se desprende de los pantalones.
Mis ojos bajan por su cuerpo y me trago el nudo en la garganta. No sé si alguna vez he estado tan excitada.
Esto está mal y es un desastre y es tan terriblemente primitivo.
Se desabrocha el botón de los pantalones y se acomoda en ellos. La punta de su dura polla se asienta sobre la cintura y mis ojos se detienen en la gruesa cabeza morada.
Está bien dotado.
Vale, esta pequeña fantasía sigue dando más.
Pum, pum, pum, late mi pulso.
Se acerca y coge mi copa de champán para dar un sorbo a mi bebida. Luego, con los ojos puestos en los míos, inclina lentamente la copa y deja que el champán se deslice por mi escote. Está frío y mis pezones se endurecen.
Me besa el cuello y muerde y chupa hasta llegar al champán. Allí, lo lame con fuertes golpes de su gruesa lengua.
Mis entrañas se agitan.
¡Carajo!
¿Quién arruina a quién aquí?
—Quítate ese puto vestido —gruñe.
Me río a carcajadas porque esto es una locura, y ¿quién demonios soy yo?
—Si lo quieres quitar, quítalo tú —le digo—. No me desnudo para nadie, y menos para imbéciles privilegiados.
Me empuja hacia delante. —Harás algo más que desvestirte para mí.
Me hace girar y me baja la cremallera del vestido con un movimiento brusco. Me lo desliza por los hombros y lo deja en el suelo alrededor de mis pies.
Me da una palmada en el trasero. —Las rodillas —gruñe.
Me doy la vuelta y me quedo quieta, ahora viéndonos de frente.
—He dicho que te arrodilles, coño —dice.
Esto es demasiado caliente.
Incapaz de desobedecer, caigo al suelo y veo cómo se baja los pantalones hasta que su gruesa polla se libera.
Esto no era parte del plan, April.
Su polla está abultada, con gruesas venas que la recorren a lo largo. La hace rebotar en mi mejilla, observándome. —Saca la lengua.
Saco la lengua y lo miro asombrada.
Por fin, un hombre que sabe lo que quiere.
—Más adentro —gruñe.
Hago lo que me dice, y él se pone a un lado, deslizando la parte inferior de su polla sobre mi lengua.
—sisea—. Sigue. Haciéndolo. Así. —Repite el movimiento, y pre-eyacula algunas gotas.
La idea de que se deshaga por mi culpa me fríe el cerebro y aprieto con fuerza para detener mi propio orgasmo.
Me atrapó y me atrapó muy bien. Esto es jodidamente caliente.
Quiero probarlo. Lo quiero en mi boca.
Vuelvo la cabeza hacia él. Me agarra del pelo y acerca mi cara a la suya, con sus ojos oscuros clavados en los míos.
—Para. —Se inclina y me lame lentamente los labios—. Yo te diré cuándo tienes que chupar. —Me lame de nuevo, pero esta vez se convierte en un beso, su lengua baila seductoramente contra la mía. Mis ojos se cierran.
Oh Dios.
Con sus manos aún en mi pelo, su lengua cabalga por encima de la mía, de un lado a otro, de un lado a otro.
Todo este escenario está mal, es caliente, y maldita sea… me siento mala al máximo. Como una estrella porno o algo así. Este es un territorio inexplorado para mí. Mi vida sexual siempre ha sido promedio en el mejor de los casos.
Agarra la base de su polla y se levanta, rompiendo el beso. Me roza la punta de la polla con los labios abiertos y sus ojos se oscurecen de placer. Una sonrisa oscura y peligrosa se dibuja en su rostro. —Me gusta cómo te queda.
Le sonrío alrededor. —Cállate o te la arranco de un mordisco.
Se ríe antes de deslizar su polla por mi garganta, y me dan arcadas.
—Tómala. —Sus manos se tensan en mi pelo—. Tómala toda, joder. —Dios mío, es un hombre grande.
Cierro los ojos y trato de asimilar su gran tamaño. El sabor de su pre eyaculación calienta mis papilas gustativas.
Nuestras miradas se cruzan y entonces, como si no pudiera aguantar más, me pone de pie y me baja las bragas por las piernas. Desliza sus dedos por mis labios empapados y sus ojos se cierran mientras deja escapar un agudo silbido.
Se gira rápidamente y rebusca en el bolsillo de su chaqueta. Antes de que me dé cuenta, se pone un condón y me arrastra hasta el sofá, donde se sienta. Me pone encima de él y luego sostiene la base de su polla, con los ojos clavados en los míos. —Ponte encima.
—Me río mientras pierdo todo el control y me pongo a caballo sobre él.
Sus dedos encuentran ese punto entre mis piernas y desliza lentamente dos dedos hacia el interior.
—Apretado y húmedo —dice—. Justo como me gusta.
Sus dedos se mueven dentro de mí, casi con violencia, mientras me arrodillo sobre él y me agarro a sus anchos hombros para mantener el equilibrio. Mi excitación resuena en la habitación y me estremezco.
—Ni se te ocurra acabar. —Me muerde el pezón a través del sujetador. Mi cabeza se inclina hacia atrás y gimoteo en voz alta.
Mierda. ¿Qué demonios está pasando aquí?
Es un dios.
Y se supone que no debería estar haciendo esto.
Me agarra por el culo y, sosteniéndose con una mano y con la otra empujándome hacia él , me penetra profundamente. Siento el agudo pinchazo de su posesión estirando mi cuerpo completamente abierto.
Oh… Carajo.
Nos miramos fijamente, y parece que algo cambia entre nosotros.
—Joder… —Gimo antes de inclinarme para besarle—. Tan… bueno.
Sonríe contra mis labios y me agarra de los huesos de la cadera, haciéndome caer sobre él, rodeándose de lo más profundo de mí.
Se me escapa un gemido profundo y gutural, y empiezo a ver las estrellas.
No… ¡Aguántate!
Repite el delicioso movimiento una vez más, y casi pierdo el control.
—Me voy a venir —gimo—. No puedo aguantar. Nadie puede ser cogida así y no acabar.
—No pasa nada. —Me mira y me aparta el pelo de la frente—. Te corres fuerte para mí, nena. Ordeña mi polla.
Me golpea con fuerza mientras toma mis labios entre los suyos, y yo grito en su boca, mi cuerpo se convulsiona. Entonces, ocurre algo muy extraño. Su agarre en mi cara se suaviza y nuestro beso se vuelve tierno. Dejamos de movernos y nos besamos como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, como si fuera lo único que importa. Es dulce y maravilloso, y me olvido de dónde estoy.
Sonríe contra mis labios y me levanta para tumbarme de nuevo en el sofá, donde me abre las piernas.
Sus ojos permanecen fijos en mi sexo mientras separa lentamente mis labios con sus dedos.
Contengo la respiración.
¿Qué está haciendo?
¿Se detiene?
¿No quiere acabar?
Me separa los muslos, se arrodilla junto al sofá y me lame. —Necesito probarte.
Su gruesa lengua recorre mi carne y sus ojos se cierran de placer. —Es tan jodidamente bueno —gime contra mi sexo.
Se me pone la piel de gallina al ver a la criatura más sexual que jamás he conocido lamiéndome.
Bajo mis manos y le paso los dedos por el pelo negro. Levanta la vista y nuestros ojos se cruzan.
Qué demonios.
Entonces se mete de lleno, moviéndose casi violentamente contra mí; sus labios, bigote y cara brillan con la evidencia de mi orgasmo.
Cierra los ojos en un estado de absoluta felicidad. Su gruesa lengua se agita y, oh Dios, mi espalda se arquea sobre el sofá.
—¡Ahh! —grito.
Me da la vuelta y me arrastra hasta el final del sofá, colocándome de rodillas antes de penetrarme con fuerza por detrás.
Se me escapa el aire de los pulmones y empujo la cara contra los cojines.
¡Ouch, coño!
Me coge, y son movimientos duros, profundos y potentes. Su gruesa polla se mueve a un ritmo de pistón, y en algún momento de mi estupor, me doy cuenta de que nunca antes me habían follado así.
Tan a fondo.
Tan completamente.
Empieza a gemir y yo sonrío contra los cojines. Qué sonido más caliente. Me penetra de golpe y luego se mantiene en lo más profundo. Noto la contundente descarga de su polla cuando acaba con fuerza. Suelta un gemido bajo y gutural, y continúa deslizándose lentamente dentro y fuera, liberando su cuerpo de los últimos restos de su orgasmo.
Me cuesta respirar y mi cuerpo está mojado por el sudor. Miro por encima del hombro y veo la sonrisa de satisfacción de Sebastian.
Jadeo y dejo caer la cabeza, mi cuerpo sigue estremeciéndose con oleadas de placer en lo más profundo.
Sólo diré “wow”.
Se quita, jadeando, mientras echa la cabeza hacia atrás para mirar al techo. Sus manos se apoyan en las caderas.
—Maldita sea —jadea.
Me quedo sin palabras. No hay un pensamiento coherente en mi cabeza vacía.
Estaba destinado a ser dulce y sencillo, no caliente y retorcido.
Eso fue tan inesperado.
—Ducha —dice, y me agarra de la mano para levantarme. Me lleva al pasillo y al baño. Después de abrir el agua caliente de la ducha, se quita el condón y lo tira a la papelera.
Sin decir nada más, me aparta de él y me desabrocha el sujetador.
Miro nuestro reflejo en el espejo. Tengo el pelo revuelto y él está completamente desnudo.
Creo que llevamos quince minutos en el apartamento. Hasta aquí llegó el hecho de que no me acostara con nadie. Supongo que realmente soy una Chica Escape.
Una puta extraordinaria.
Sebastian me tira el sujetador al suelo, me aparta el pelo a un lado del cuello y me besa con ternura en la piel sensible.
—Has estado increíble —me dice al oído.
Mi mano sube instintivamente a su cara y nos quedamos un momento mejilla con mejilla. Nuestros ojos se fijan en el espejo y su frente se arruga. Me vuelvo hacia él para coger su cara con las dos manos y lo beso suavemente. Ya no quiero nada duro.
Quiero algo dulce. Quiero suavidad. Quiero ternura.
Nos besamos por unos instantes, y sus grandes y fuertes brazos me rodean. Me abraza con fuerza, y oh… este hombre.
Nuestro beso se vuelve desesperado, y me pega a la pared, dejando que nuestras lenguas se exploren mutuamente. Nos tomamos nuestro tiempo. Su dura erección se apoya en mi estómago. Abro los ojos y veo que los suyos están firmemente cerrados. Está aquí conmigo.
Me levanta y envuelvo mis piernas alrededor de su cintura. Sin perder tiempo, se desliza hasta el fondo, justo donde debe estar. Es tan natural entre nosotros que no puedo evitar sonreír contra sus labios.
Nos movemos en sincronía.
—Joder —susurra antes de retirarse de golpe y bajarme.
—¿Qué pasa?
Se arrastra la mano por la cara. —Tengo que…
—¿Qué? —Mira alrededor de la habitación como un animal asustado.
—¿Sebastian?
Arranca una toalla de la percha y se la envuelve en la cintura. —Condón —dice antes de salir corriendo de la habitación.
¿Eh? Cierro la ducha y se me abren los ojos. Oh, mierda, nos olvidamos del condón.
Oh… está buscando un condón, vuelvo a abrir la ducha y me meto bajo el agua caliente, esperando a que vuelva a entrar. Meto la cabeza bajo el agua y sonrío hacia el techo mientras el agua caliente y humeante corre por mi cara. No puedo creer esta noche.
Sebastian vuelve a entrar al baño, ahora completamente vestido.
—Tengo que irme —dice.
—¿Qué?
Sus ojos se fijan en los míos, pero no dice nada.
—¿Qué estás haciendo? —Frunzo el ceño—. Tenemos toda la noche juntos.
Abre la boca para decir algo y se detiene. —Te veré más tarde. —Sin decir nada más, sale corriendo de la habitación.
Cierro la ducha y corro tras él, cogiendo una toalla del estante.
—¿Qué? ¿Por qué? —le grito.
—Tengo que irme. —Se dirige a la puerta principal.
—¿Adónde?
—A casa.
Se me cae la cara al atar cabos. —¿Estás bromeando? —Le digo de golpe.
Él se detiene.
—Maldita sea ¿Estás casado?
Se detiene y gira hacia mí. —¿Qué?
—¡Estás casado! —grito—. Tienes una esposa y una familia, ¿no? Por eso vienes aquí. ¿Por eso tienes que irte?
Él frunce el ceño, claramente disgustado. —¿Qué?
Tengo una visión de una esposa en casa esperándolo, y tres niños pequeños metidos a salvo en sus camas esperando a papá.
Se me hace un nudo en la garganta porque, demonios, ahora me siento como una puta. La forma más baja de lo bajo.
—¿Estás casado? —susurro.
—No.
—¿Hay alguien esperándote en casa?
—Eso no es asunto tuyo. —Se me llenan los ojos de lágrimas.
Se pasa la mano por el pelo. —Soy soltero —dice finalmente—. Aunque eso no importa.
Se da la vuelta y, sin decir nada más, se va.
El remordimiento me agita el estómago.
Me acerco a la puerta y apoyo la frente en ella.
¿Qué carajo acaba de pasar?
4

April
Volteo y miro alrededor del apartamento ahora silencioso, apreciando todo su lujoso esplendor. Mis ojos se desvían hacia los dos vasos medio vacíos de alcohol encima del mostrador.
—Carajo —suspiro—. ¿Qué diablos fue eso?
Arrastro mi mano por mi cara y camino apenada de vuelta hacia el pasillo. Me volteo hacia la entrada.
¿Será que volverá?
Volteo los ojos.
Sí, seguro que lo hará.
Vuelvo a meterme en la ducha y coloco mi cabeza bajo el agua hirviendo.
Mi cuerpo todavía está palpitando. Puedo sentir un pulso en mi vagina. Me enjabono, y me arde por haberse estirado al haberlo tenido dentro de mí. Su cuerpo trabajó bien el mío—demasiado bien.
¿Cómo pudo todo terminar tan mal?
Termino de ducharme y me seco. Me pongo la bata de terciopelo negra que está colgando en la parte de atrás de la puerta del guardarropa de la entrada, y luego camino de vuelta hacia la sala de la habitación. Un sentido de remordimiento se asienta en mi pecho.
Maldita sea… Estoy molesta conmigo misma.
¿Por qué dormí con él cuando me prometí a mí misma que no lo haría? Yo no soy ese tipo de mujer.
Además, él era la última persona en la Tierra que pensé que vendría a un lugar como este.
Me sirvo otro vaso de champaña, y ojeo dentro del refrigerador para encontrarme con una porción gigante de fresas cubiertas de chocolate puestas sobre una bandeja de plata. Las saco y camino hacia la sala, colocándolas en la mesa de café que está frente a mí. Recojo el control remoto y prendo la televisión.
Caigo y me siento encima de mis piernas.
Dando sorbos de mi champaña, miro hacia el espacio, mientras sus palabras vuelven a mí.
Estoy soltero. Aunque no tenga mucha importancia.
Muerdo una fresa y el fabuloso sabor explota a través de mi boca.
Responde la pregunta, Cartier. ¿Quieres mi pene?… ¿O debo irme a buscar a alguien más que lo quiera? Cualquier vagina mojada bastará.
Dios.
Yo pensé que estábamos haciendo un juego de rol… ¿Pero lo estábamos?
Cierro mis ojos y vacío mi copa, apenas para rellenarla inmediatamente. Quiero olvidar que esta noche siquiera pasó.
Cinco mil libras nunca se sintieron tan baratas.
—No sean perezosos. Los detalles de su ensayo están en la hoja de asignaciones que se les mandó la semana pasada. —Dice el profesor desde su escritorio—. Recuerden: esto es el treinta por ciento de su nota total. Despiértense, gente.
La clase emitió un ruido de descontento.


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