No me alejes nunca de ti de Sarah Rusell

No me alejes nunca de ti de Sarah Rusell

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY Y ahora supera mi beso de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida…

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Tras la noticia del divorcio de su hermana, Lara viajará con ella, su sobrina y su mejor amiga a Venecia para animarla.

Allí conocerá a Thiago, quien no se dará por vencido hasta conseguir una cita con nuestra protagonista.

Lara guarda sus propios secretos, esos con los que sufrirían todos cuantos la rodean y quieren.
Cuando no tiene más remedio que contarlos, se confiesa con su hermana y su mejor amiga, quienes la animan a poner remedio a la situación a la que se enfrenta.

Un viaje al paraíso será el escenario en el que secretos y mentiras serán revelados, sorprendiendo a todos los involucrados.

¿Y si no solo el destino es el que pone a las personas correctas en nuestro camino?

Risas, amistad, locuras, amor, pasión, secretos y mentiras darán vida a esta historia, donde las segundas oportunidades tienen cabida, donde el destino, con un poquito de ayuda, puede cambiar nuestra vida.


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4 respuestas a «No me alejes nunca de ti de Sarah Rusell»

  1. Capítulo 1

    La vida es tan sorprendente como imprevisible.
    Es capaz de cambiar tanto en apenas unos segundos, que nos pilla por sorpresa.
    Y es imprevisible, porque pensábamos que era improbable que nos ocurriera a nosotros aquello que habíamos visto que vivían otros.
    Nadie podría haberse imaginado que en nuestra familia tendríamos tantas sorpresas, pero así había sido.
    Mi nombre es Lara, a solo dos años de entrar en la treintena, mi hermana me había dado una nueva sorpresa apenas un par de semanas antes.
    Amalia, que a sus treinta y seis años era la feliz madre de una recién estrenada adulta de dieciocho, y una adorable niña de nueve.
    Joven, ¿verdad? Un poquito, pero es que mi sobrina mayor, Celia, llegó por sorpresa, lo que llevó a sus padres a una temprana boda de lo que mi abuelo, Miguel, dijo que era de penalti como en sus tiempos.
    Amalia y Carlos, el padre de las niñas, se conocían de toda la vida del barrio en el que nos criamos, empezaron a salir cuando ella tenía dieciséis y él, dieciocho, y fue un noviazgo que gustó a ambas familias, ya que nuestros padres eran buenos amigos y además trabajaban juntos en la empresa de autobuses que recorrían España llevando a excursionistas del IMSERSO.
    Cuando mi hermana dijo que estaba embarazada, la noticia cayó como una bomba, ya que aún eran jóvenes, pero ese bebé fue bien recibido por todos y en cuanto nació mi sobrina, se convirtió en la reina de las tres casas.
    Carlos estudió carrera y terminó con honores, lo que llevó a poder optar al trabajo que él quería, y a día de hoy era un reconocido profesor de una de las mejores universidades de Madrid.
    Mi hermana, por su parte, cursó empresariales y acabó creando su propio negocio, una perfumería de las más concurridas de la ciudad, de la que me hizo socia en cuanto cumplí los veinticinco años, y de eso habían pasado tres.
    La pequeña Lucía se hizo de rogar, que mi hermana quería ampliar la familia, pero el bebé no llegaba, y cuando lo hizo, fue otro regalo sorpresa porque ya pensaba ella que no tendría más hijos.
    Y ahora, después de veinte años con el hombre que le había prometido amor y fidelidad, aquí estábamos todas, tratando de animarla para que no se viniera abajo después del varapalo que Carlos le tenía preparado.
    —Mamá, no te quiero ver llorar más, ¿estamos? —le pidió Celia a mi hermana.
    —¿Cómo no quieres que llore, hija? Que tu padre me ha estado engañando con otra, cuatro años. ¡Y de la edad de tu tía! —gritó.
    —Amalia, mi arma, ese lo que es, es un capullo, pero no de los que florecen —dijo Miriam, mi mejor amiga.
    Ella era una más de la familia desde que llegó desde su Sevilla natal al barrio hacía ya diez años, cuando tenía dieciséis, y nos convertimos en inseparables al ser vecinas de escalera.
    —Lo que tienes que hacer, es olvidarte de él. Y mira que es mi padre, pero esto, no se lo perdono —Celia apretó la mandíbula y la reñí con una sola mirada, no era el momento de que su madre se pusiera peor.
    —Soy una cornuda.
    —Amalia, eres una mujer maravillosa. Tienes tu propio negocio, te va de muerte con la perfumería y tus dos hijas son las niñas que todo padre querría. Y una cosa te voy a decir, hay más hombres que longanizas —me encogí de hombros.
    —Claro, y eso me lo dices tú, que llevas cuatro años sin pareja porque Fede, te hizo lo mismo que a mí y aún esperabas que recapacitara y volviera contigo —mi hermana volteó los ojos.
    —Fede, es otro capullo, que se casó nada más dejar a esta pobre que no lo vio venir —dijo Míriam.
    —¿Tú, a qué has venido, a animar a la llorona, o a hundirme a mí en la miseria? —protesté.
    —A animar, a animar, ¿no ves los pompones? —contestó la muy descarada levantando un par de servilletas.
    Resoplé y acabé sonriendo, y es que mi mejor amiga, con todo el arte y el salero que Dios le había dado, y esa gracia andaluza que corría por sus venas, era la que nos daba vidilla y para el pelo a todas.
    Mi hermana se terminó la copa de vino de un sorbo y cuando la vi secarse las lágrimas, supe que iba a ser una noche larga, pero para eso estábamos allí las cuatro, para pasar el duelo de la pobre que tenía los papeles del divorcio en marcha.
    Y fue ella la que los pidió cuando se enteró que Carlos, el bendito de Carlos, a quien todos en casa adorábamos, se atrevió a meter a su amiguita en la cama de mi hermana.
    Si quería que le pillara para acabar con aquello y que Amalia le pidiera el divorcio, o si solo pensó con la varita mágica en aquel momento de calentón y no contó con que mi hermana podría aparecer en cualquier momento, es una duda que nos quedará a todos para los restos.
    El abuelo Miguel lo tenía claro, no quería a ese indeseable por casa ni en pintura, y cuando mi abuelo le hacía la cruz a alguien, no había manera de que se la quitara.
    Él, que a sus ochenta y dos años era más sabio que ninguna de nosotras, llevaba tiempo diciendo que Carlos estaba raro.
    —Si es que mira que te dije, si tu marido te regala así porque sí unas rosas o unos bombones, es que está metiendo el pájaro en otra jaula.
    —Míriam, no animes tanto, anda guapa —me quejé.
    —Solo digo la verdad.
    —En eso estoy con ella, mamá. ¿Te acuerdas cuando por mi cumpleaños, el año pasado, te regaló a ti unos pendientes preciosos?
    —Te los puedes quedar, hija.
    —No seas tonta, Amalia, véndelos que te dan un buen dinerito y te vas de viaje a algún sitio —dijo Míriam, y ahí la iluminaba de la noche fui yo.
    —¡Nos vamos de viaje, las cuatro! —exclamé.
    —¿Qué dices? ¿Tú te has vuelto loca o algo? Tenemos un negocio que llevar.
    —Amalia, por Dios, que estamos en junio, y nos podemos permitir unas vacaciones.
    —Lara, ¿las dos a la vez? No, no podemos.
    —¿Cómo qué no? Sabes de sobra que Mari Pili, Pepi, Puri y Carmen, se pueden hacer cargo de la perfumería.
    —No, no me voy a ir ahora. En pleno divorcio, por Dios, ¿qué pensarán de mí los vecinos?
    —Vamos, tres pesetas me importan a mí la opinión de tus vecinos. ¿O me vas a decir que lo que piense de ti Manuela, Soraya y Herminia, te va a importar? Si esas son las que pusieron los cuernos a sus maridos —contesté.
    —Lara, que no, que tengo otra hija.
    —Mi hermana está divinamente en casa con la abuela y el bisabuelo, así que, yo opto por un viaje como dice la tía.
    —Ya estoy buscando destino, preciosas —escuché que decía Míriam, y ahí estaba, con el móvil en la mano—. A ver, Irlanda, París, Venecia…
    —¡Venecia! —gritamos Celia y yo.
    —Ay, sí, que yo quiero ir a una fiesta de disfraces y ponerme un vestido de esos con corpiño, falda pomposa, la peluca de tirabuzones, y pintarme un lunar sexy aquí, en el labio —dijo Míriam, poniendo morritos.
    —Estáis locas las tres, de verdad que sí. Yo no voy a ir a ningún sitio.
    —Anda que no, mamá. Nos vamos a ir las cuatro de despedida de casada.
    —Parece mentira que seas hija mía, con lo que te pareces a tu tía —protestó Amalia.
    —Mamá, te recuerdo que a mí me dejó David hace seis meses, y también merezco un viaje de despedida de ennoviada.
    —¿Ennoviada? La madre que te parió —reí.
    —Billetes comprados —anunció Míriam—. Nos vamos dentro de cuatro días. Y el hotel también está reservado.
    —¿Qué?
    —Lo que oyes, Amalia, que nos vamos a Venecia.
    —Madre mía, no puedo con vosotras.
    —Venga, vamos a bailar que la noche es joven —Celia se levantó la primera, ante la atónita mirada de mi hermana, que no dejaba de negar con la cabeza.
    Fuimos al bar de copas donde solíamos acabar Míriam y yo las noches de los sábados, alguna vez también nos había acompañado mi hermana, y mi sobrina Celia estaba deseando ir con nosotras.
    La noche era joven, sí, y allí estuvimos animando a mi hermana que acabó accediendo a ese viaje de despedida a su matrimonio en el que esperaba que disfrutara, ya que Venecia era un sitio al que siempre había querido ir, bien lo sabía Míriam cuando dijo los destinos.
    —¡Ronda de chupitos! —gritó Celia, con la botella en la mano para llenar los vasos.
    —Hija, que van a pensar que soy una madre horrorosa por llevar a mi hija de copas.
    —Lo que van a pensar, es que eres una madre súper guay, que sale a divertirse con su hija mayor. Venga, un brindis, mamá —levantó su vaso—. Por ti, y porque estoy segura, de que lo mejor aún está por llegar.
    —Si tú lo dices… —sonrió Amalia, encogiéndose de hombros.
    En ese momento comenzó a sonar una canción que le gustaba mucho a mi sobrina y que llevaba escuchando desde que la dejó su novio, se puso a bailar y cogió a mi hermana de las manos para que la siguiera, mientras cantaba a todo pulmón por Sofía Reyes y Becky G.
    “Pa’l mal de amores, tequila con canciones. Que yo por él ya no voy a sufrir, te juro, voy a sufrir… Hoy es noche de entierro, sírvanme dos tragos sin hielo”
    Mi hermana me miró, le hice un guiño y ella sonrió sabiendo que, por muchos sin sabores que nos tuviera preparada la vida, siempre estaríamos ahí la una para la otra.
    Nunca soltaría su mano, y me encargaría de que ese fuera un momento inolvidable para ella. Iba a conseguir que aquel, fuese el viaje de su vida.

  2. Capítulo 2

    Habíamos ido a despedirnos de nuestra madre y el abuelo, dejando a la pequeña Lucía con ellos para salir en dirección al aeropuerto.
    —Cualquier cosa, me llamas y vuelvo, mamá —dijo mi hermana, que seguía en sus trece de no dejar a la niña.
    —¿Te quieres ir ya, por Dios? —se quejó mi madre— La niña va a estar aquí estupendamente, ya lo verás. Que solo os vais cinco días, no un año.
    —Cuatro días es un mundo para mí, mamá.
    —Amalia, hija, mira que te quiero, que te parí hace ya treinta y seis años, pero, o te vas, o te saco de casa a empujones.
    —¡Mamá!
    —Mamá, ni leches. Tira para Venecia a ver si de allí vienes con un veneciano de esos. Me han dicho que los italianos son muy guapos.
    —¿Tú te crees que estoy yo para echarme otro novio?
    —Pues deberías, mamá —contestó Celia—, que desde hace al menos un año en tu jaula no entra el pajarito de papá.
    —¿Papá tiene un pajarito? ¿Desde cuándo? —preguntó mi sobrina Lucía.
    —Tu padre no tiene animales, cariño —dijo mi hermana, acariciándole la mejilla.
    —No, que, para animal, ya está él, un cerdo es lo que es —murmuró el abuelo.
    —Papá, no metas más el dedo en la llaga, que como sigas, la niña no se va a ir de viaje.
    —La niña, Rosa, ya tiene casi cuarenta años —rio Míriam.
    —Y seguirá siendo mi niña hasta que me muera.
    —Desde luego, podremos cumplir noventa años, que Rosa nos seguirá llamando sus niñas —volteé los ojos.
    —Ale, iros ya a hacer puñetas —dijo el abuelo, sacándonos a las cuatro de casa a empujones, literalmente.
    —No nos quiere ni el abuelo, hermana —protesté, riendo.
    —Os quiero mucho, pero al final perdéis el avión y os quedáis en tierra, que es lo que quiere esta —señaló a Amalia, con una inclinación de cabeza.
    —¿Yo?
    —Sí, tú, que parece que te han pegado los zapatos al suelo con Loctite, criatura. Vete, que la niña estará con sus yayos, la mar de bien.
    —Carlos sabe que me voy, si viene a verla…
    —Ese no ve a mi bisnieta hasta que no esté su madre de vuelta, yo me encargo de echarle cubos de agua fresca por la terraza.
    —Abuelo, no me la líes, que quiero un divorcio amistoso.
    —Tú, tranquila, que amistoso va a ser. Ese te da lo que tú quieras, ya verás, ya.
    A regañadientes acabamos saliendo del portal de mi madre, y cuando estábamos a punto de subir al taxi, Lucía empezó a gritar desde la terraza que nos acordáramos de comprarle algo bonito o no nos abría la puerta cuando volviéramos.
    —¡Vamos, que nos vamos! —gritó Míriam, en cuanto entramos al aeropuerto.
    —Deja de dar el cante, anda, mona —le pidió Amalia.
    —Menudo viaje nos va a dar la señora —protestó mi sobrina.
    —Niña, más respeto, que soy tu madre.
    —A ver, vamos a relajarnos un poquito, que nos hemos ganado todas estas vacaciones.
    —Sí, menos mal que nos vamos ahora, en mi intervalo de cambio de curro.
    —Bonita manera de decir que te han despedido —reí, al escuchar a Míriam.
    —Perdona, me invitaron amablemente a abandonar la tienda, pero en septiembre, empiezo en otra.
    —Ahí es nada, que se ha cogido la nena tres mesecitos de vacaciones.
    —Oye, que no empiezo hasta septiembre porque están haciendo remodelación del local y todo eso.
    —Y que te han cogido por enchufe, que, si el dueño de la tienda no fuera tu vecino Raimundo, ibas a estar tú tres meses de vacaciones —rio Celia.
    —Raimundo me llevaba pidiendo mucho tiempo que me fuera con él, y entro directamente como encargada porque yo lo valgo.
    —Lo sabemos, y tu jefa anterior era una petarda que prefirió perder a su mejor empleada, y meter allí a la hija de su nuevo novio.
    —La chiquilla no tiene la culpa, desde luego, que vale para el puesto, pero mira qué no darme a mí lo que me correspondía después de tantos años trabajando allí… —Se encogió de hombros.
    Llegamos a la fila de control de equipajes, nos dividimos en dos cintas, y para sorpresa de todas, a Míriam le hicieron un registro de maleta.
    Muertas nos quedamos las tres cuando vimos al policía sacando un Satisfayer, que la muy condenada le quitó de las manos mientras lo miraba con ojitos y se mordisqueaba el labio.
    —¿Qué le has dicho a ese pobre hombre que se ha puesto del color de las cerezas? —preguntó Amalia, cuando Míriam se unió de nuevo a nosotras.
    —Nada, mujer, solo que, si se compraba un billete y venía para Venecia, le dejaba usarlo conmigo.
    —La madre que la parió —volteé los ojos.
    —Tira para la cafetería, anda, que todavía tenemos tiempo antes de que anuncien la puerta de embarque —Amalia le dio un ligero empujoncito a Míriam, y me miró como diciendo que vaya viaje le esperaba.
    Pero en el fondo sabía que estaba nerviosa y deseando ir, que aquel era el lugar donde quiso ir siempre de luna de miel cuando se casara, pero que al ser tan precipitada la boda, y con el nacimiento de la niña, los estudios de ambos, tuvo que conformarse con irse a Mallorca.
    Mientras tomábamos algo haciendo tiempo para ir a la puerta de embarque, nos hicimos una foto que mi sobrina subió a las redes para que su santo padre viera que la mujer que había perdido para siempre, estaba sonriendo, feliz y radiante, no hecha un trapo viejo y llorando por casa, que es lo que ella habría hecho si no nos tuviera a nosotras.
    —Ya han puesto la puerta, venga, no sea que nos quedemos en tierra y me da un chungo muy grande —dijo Míriam.
    Allá que fuimos las cuatro, con nuestras maletas rodando por toda la terminal de Barajas, y en cuanto llegamos a la puerta desde la que salía nuestro vuelo, foto con el letrero y para Internet.
    Mi sobrina quería mucho a su padre, pero era pasión lo que tenía por mi hermana, y estaba más que convencida de que iba a subir todo un reportaje gráfico a las redes para que Carlos viera que Amalia, sí era capaz de seguir con su vida sin él.
    En cuanto ocupamos nuestros asientos, cogí la mano de mi hermana y ella sonrió.
    —Lo vamos a pasar de lujo, hermanita —dije.
    —Ya lo sé, pero es que… —Se encogió de hombros.
    —Amalia, has estado veinte años con él, es normal que te duela lo que te ha hecho, pero tienes que vivir tu vida igual que él va a vivir la suya. No te digo que ligues un italiano, pero tampoco te cierres a conocer a alguien, que todavía eres joven y bien guapa, que nuestra madre hizo dos bombones.
    —No te hace falta abuela, no —rio.
    —Mujer, si no me lo digo yo, ¿quién lo va a hacer?
    —Podrías seguir tu consejo, que, desde Fede, ha pasado la tira de años.
    —No son tantos, y no llevo tanto tiempo sin… ya sabes.
    —Ah, ¿no?
    —No —sonreí—. Solo un año, porque tuve un par de amigos de esos con derecho, moderna que es una.
    —Voy a tener que buscarme yo también uno, que llevo un año igual que tú. Y mira qué no darme cuenta de por qué era, y creerlo cuando me decía que estaba cansado por el día que había tenido.
    —A ver, que no digo yo que no estuviera ese hombre cansado, pero que es profesor de universidad, no un mozo de almacén que se pasa el día cargando peso.
    —Soy tonta, ya lo sé —contestó con tristeza.
    —No digas eso ni en broma, ¿me oyes? El tonto es él, por dejar a la mujer que más lo ha querido en su vida. Y cuando se dé cuenta de eso, y que la jovencita con la que se ha ido se canse de él, más le vale que no quiera volver contigo porque le puedo mandar cerca.
    —Tranquila, que después de lo que me ha hecho, soy yo la que no querrá volver con él. Y mira que lo he querido, y sí, le quiero, pero el daño que me ha hecho…
    —¡Chicas, que nos movemos! —exclamó Míriam desde su asiento en la fila de delante.
    —Venecia, allá vamos —dijo Celia, haciéndonos un guiño.
    Mi hermana sonrió, y le devolvió el gesto a su hija.
    Nos esperaban dos horas y media de vuelo y estaríamos en la ciudad donde disfrutaríamos de una despedida de casada por todo lo alto.
    Amalia no tenía ni idea de todo lo que Míriam y yo teníamos preparado, pero que se iba a sorprender, era un hecho.

  3. Capítulo 3

    A las doce del mediodía estábamos aterrizando en el aeropuerto de Venecia, y no recordaba haber visto una sonrisa más amplia y bonita en labios de mi hermana mayor, salvo cuando nacieron sus hijas.
    —Señoritas, bienvenidas a Venecia —dijo Miriam, extendiendo los brazos.
    —No me lo creo, mamá, ¡estamos en Venecia!
    —Ni yo, hija —rio mi hermana—. La de veces que he querido venir con tu padre.
    —Pues has venido con tu hermana, tu hija y tu amiga, que es más divertido —le pasé el brazo por los hombros y la besé en la mejilla.
    —Gracias, Lara, esto… no lo olvidaré en la vida.
    —Para eso están las hermanas, para levantarnos el ánimo cuando lo tenemos bajo.
    —Oye, las hijas también estamos para eso —protestó Celia.
    —Y las amigas, que os recuerdo que fui yo quien compró los billetes y reservó el hotel.
    —Mira la otra, que le hice un bizum para pagar nuestros billetes a los veinte minutos de que me dijera cuánto eran —volteé los ojos.
    —Qué pena de mí, soy una incomprendida.
    —Anda, vamos a ver cómo llegamos al hotel, que estoy deseando soltar la maleta y salir a callejear —Celia cogió del brazo a Míriam y fueron para la salida, mientras Amalia y yo las seguíamos.
    Nada más poner un pie en la calle, la que sonrió fui yo, porque tenía todo un planning de lo que haríamos esos cuatro días en la bella Venecia, y de allí no pensaba irme sin subir en góndola, que yo quería disfrutar de un paseo por los canales a la luz de la Luna, aunque fuera sola.
    —Por lo que leí en Internet, llegamos antes en taxi acuático —dijo Celia.
    —Andando, vamos a una barquita de esas tan monas —Míriam echó a andar y casi que tuvimos que correr tras ella, menuda velocidad cogió.
    —¿Alguna de las presentes sabe hablar italiano? —preguntó mi hermana.
    —No, pero seguro que, enseñándole la dirección del hotel, nos lleva —respondió mi amiga.
    —Verás, acabamos en Siberia —murmuró Amalia, y me reí por lo bajo.
    Llegamos hasta el primer barco que había junto al letrero de taxis, un hombre de unos cuarenta y pocos años sonrió al vernos, nos saludó en italiano, y ahí que fue Míriam, haciendo de portavoz, a contestar.
    —No, hijo, no, ni papa de italiano.
    —Oh, españolas —sonrió aún más, como si al ver que éramos turistas de donde se comía paella y tortilla de patatas, nos pudiera clavar una buena por llevarnos al hotel.
    —Sí, españolas y olé —contestó Míriam, levantando los brazos como si fuera a bailar unas sevillanas.
    —Bienvenidas, subid, subid.
    Dicho y hecho, le dimos nuestras maletas, y una a una subimos a bordo. Hasta que…
    —¡Ay la leche, que se nos mata! —gritó mi hermana al ver a Míriam cayendo al agua.
    —¡¡Míriam!! —Me apoyé en el borde de la barca para intentar agarrarla, pero nada, la pobre acabó en el agua empapada como un salmonete.
    —Esta quería darse un baño y no sabía cómo hacerlo —dijo Celia, muerta de risa.
    —Señorita, deme la mano —le pidió el taxista, y Míriam se agarró a él como lo haría a un salvavidas.
    —He visto mi vida pasar —anunció después de toser y escupir agua un rato.
    —Qué exagerada eres, leches —protesté.
    —Lara, te digo que he visto mi vida pasar. Qué pena me ha dado, no he hecho casi nada. Y encima he estado a punto de morir sin probar varón.
    —Huy la leche, ni que fueras virgen.
    —Casi, casi, que llevo una temporadita muy mala.
    —Señorita, tenga, no vaya a coger frío —el taxista le dio una manta y ella se la puso por encima para secarse.
    Mientras emprendíamos rumbo hacia el hotel, iba escurriéndose el pelo y protestando porque menudo baño se había dado, y todo porque al poner el pie en el borde de la barca taxi, lo empujó un poquito alejándolo del suelo en el que estaba, y adiós muy buenas, bañito para la señorita.
    —Esto es precioso, de verdad —dijo mi hermana que iba mirando todo como si fuera una niña pequeña en su primer día en el parque de atracciones.
    —Y aún no has visto lo que he planeado, hermanita. De aquí te vas con las pilas bien cargadas.
    —Eso, mamá, a la vuelta a Madrid, se te ha olvidado papá, su novia, y todos los males.
    —No lo creo, cariño —mi hermana sonrió con tristeza, y me daba a mí la impresión de que había algo que no me estaba contando, pero no iba a presionarla, cuando quisiera o estuviera preparada para hablar, ahí me tendría.
    —Señoritas, hemos llegado —informó el taxista.
    Estábamos en el centro de la ciudad, junto a uno de sus muchos puentes, esos que, ya fueran grandes o más pequeños, conectaban unas calles con otras de la ciudad.
    —Muchas gracias.
    —Disfruten de sus vacaciones, y vivan Venecia en toda su esencia —sonrió mientras se despedía.
    De eso que no le cupiera duda, que estábamos más que dispuestas a vivir aquellos cuatro días como si no hubiera un mañana.
    Ya no solo porque fuera la excusa de la despedida de casada de mi hermana, sino porque nos merecíamos unas vacaciones así, las cuatro juntas, que llevábamos mucho tiempo planeando hacer un viaje, y si no era porque Carlos ponía pegas, era porque Celia aún no había acabado el instituto.
    Pero ya estaba en edad de ir a la universidad, y su padre se había encargado de que le dieran plaza en la que él trabajaba. Quería estudiar empresariales, como mi hermana, y hasta para eso don perfecto puso el grito en el cielo.
    Que por qué no mejor se decantaba por magisterio como él, y la niña, que en genio había salido a mí, dijo que porque no le daba la real gana.
    Y se contuvo, si lo sabría yo que conocía a mi sobrina como si fuera mi hija, porque yo era igual y me acababa mordiendo la lengua para no decir nada de lo que después me arrepintiera.
    —Buenos días, teníamos reserva —le dijo Míriam a la recepcionista del hotel.
    —Buenos días. Déjeme su documentación, por favor.
    Míriam se la entregó y una vez que comprobó la reserva, nos entregó las dos llaves tras hacer el registro.
    Por suerte las habitaciones estaban en la primera planta, porque el hotel no tenía ascensor y no me veía cargando con la maleta por las escaleras hasta la cuarta planta.
    —¿Esto qué es, para que, no echemos de menos el gimnasio, Míriam? —dije, a medio camino.
    —Oye, que era el único que tenía habitaciones disponibles, y no está tan mal, joder.
    —No, si no está mal, me encanta. Pero digo yo que podían tener eso llamado ascensor, que las escaleras son un poquito empinadas.
    —Venga, va, no os quejéis más, ¡que estamos en Venecia! —gritó Celia.
    Mi hermana y ella entraron en la primera habitación, y Míriam y yo en la segunda.
    Aquello era precioso, con una decoración, así como de palacio antiguo, que me encantaba.
    Paredes empapeladas, muebles oscuros, chimenea, aunque más bien estaba para decorar, cama de matrimonio con dosel, y lo que más me gustaba, eran las vistas hacia el canal que teníamos desde allí.
    —Qué, ¿se te ha pasado el enfado por las escaleras al ver la habitación, y las vistas? —preguntó Míriam, pasándome el brazo por los hombros.
    —Se me ha pasado, se me ha pasado —reí.
    —Es más bonito así que en las fotos, te lo aseguro. Yo me quedaba aquí a vivir, Lara.
    —No es mala idea, esto es precioso.
    Un par de golpecitos en la puerta nos dieron aviso de que mi hermana y Celia esperaban fuera, cogimos los bolsos y salimos para ir a recorrer por primera vez aquellas calles, a empaparnos del encanto veneciano.

  4. Capítulo 4

    Amalia me había hablado tanto de aquel lugar, que tenía las mismas ganas de visitarlo que ella.
    Llevábamos cerca de una hora caminando por aquellas calles, haciéndonos fotos en cada puente o rincón que nos había gustado, y finalmente decidimos parar a comer.
    —¿Qué pedimos? —preguntó Celia.
    —Pues lo típico, pizza y pasta auténticas italianas —respondió Míriam, con la carta en la mano.
    Mientras comíamos acompañadas de una botella de vino, Amalia preguntó qué teníamos planeado para esos días, le conté lo que había pensado, pero me dejé la mejor parte para darle una sorpresa, y no pensaba contarle nada de eso ni bajo tortura de cosquillas, que, en eso, la muy jodida, era una experta.
    —Papá ha comentado una foto —dijo Celia, con el móvil en la mano.
    —¿Y qué dice? —Arqueé la ceja.
    —Que nos divirtamos —se encogió de hombros.
    —Amalia, me da a mí, que ese hombre vuelve para recuperarte de aquí a unos meses —comentó Míriam.
    —Lo dudo, y si así fuera, podría irse por el camino que hubiera cogido para llegar a mí. No quiero estar más con él.
    —Claro que no, si te lo hizo una vez, te lo puede volver a hacer, ¿no? —Celia se encogió de hombros.
    —Cariño, es tu padre y no quiero que…
    —Mira, lo quiero porque es mi padre, pero que no piense que voy a olvidarme de lo que te ha hecho. Después de veinte años, bueno, de dieciséis, que empezó con ella hace cuatro.
    —Ya —protesté—. Hemos venido a divertirnos, y es lo que vamos a hacer. Así que, Celia, sube fotos y ni las mires hasta que volvamos, que no voy a dejar que tu padre nos amargue el viaje.
    —Eso digo yo. Venga, un brindis por la no novia —dijo Míriam.
    —¡Por la no novia! —gritamos Celia y yo, mientras mi hermana nos miraba negando y sonriendo.
    —Estáis locas, que lo sepáis.
    —Pero nos quieres igual, hermanita —le hice un guiño y le besé en la mejilla.
    —Vale, ¿dónde vamos ahora, tía?
    —Toca visitar monumentos. Vamos a ver el Palacio Ducal y la Basílica de San Marcos. Hoy es tarde cultural, así que, andando señoritas.
    Siguiendo el camino que indicaban en el plano que habíamos cogido en la oficina de información turística, llegamos hasta la Plaza San Marcos.
    Allí no faltaron las fotos antes de empezar con nuestra visita guiada a aquellos dos monumentos de los más importantes y emblemáticos de Venecia.
    Teníamos reservado un tour de tres horas en las que nos mostrarían aquellos majestuosos edificios.
    Recorriendo los pasillos y rincones del palacio podías sentir que te transportabas a otra época, en la que hombres y mujeres disfrutaban de aquellos bailes de máscaras con sus mejores galas.
    —Esto es una maravilla —dijo Celia, cuando estábamos en la terraza de la basílica, desde donde pudimos contemplar las mejores vistas que nos ofrecía de la laguna desde esa parte de la ciudad.
    Y lo era, porque en aquellos lugares estaba gran parte de la esencia que se respiraba de una más que bella Venecia.
    Cuando acabamos con la visita a ambos edificios, regresamos a la Plaza San Marcos y nos sentamos en una de las terrazas a tomar un típico helado italiano.
    Amalia miraba todo a su alrededor y no dejaba de sonreír, cosa que me alegraba porque era lo que quería que hiciera, que disfrutara de aquel viaje que, estaba segura, iba a ser el primero de muchos que haríamos las cuatro juntas.
    —Chicas, estoy hay que repetirlo —miré a Míriam, sin entender a qué se refería.

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