Nuestra historia en tus labios (Shell Island nº 2) de Scarlett O’Connor

Nuestra historia en tus labios (Shell Island nº 2) de Scarlett O’Connor

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Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

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¿Cuánta distancia pueden tolerar dos corazones?
¿Cuántos secretos se pueden mantener en nombre del amor?

Johana Benson se hacía esas preguntas a diario, más desde que su amor de juventud, el oficial Roger Allen, regresó a Shell Island. Hallar las respuestas no será fácil, las mismas se hallan ocultas bajo los escombros, el polvillo y ¡las alimañas! de su vieja casa de infancia.
La verdad siempre encuentra el camino hacia la luz; el problema es que, cuando tu vida se cimenta en una gran mentira, las revelaciones pueden resultar catastróficas. Johana tendrá que responder un último interrogante: ¿tendrá las agallas de coger la pluma y reescribir su propia historia?

Viento, mar y vecinos variopintos… Bienvenidos a Shell Island, un refugio para el corazón.


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2 respuestas a «Nuestra historia en tus labios (Shell Island nº 2) de Scarlett O’Connor»

  1. Capítulo 1

    El ruido de las olas rompiendo contra las piedras siempre le traía calma. Había amado ese lugar desde que puso un pie en él, cuando no era más que un poblado de pescadores empobrecidos, desconectados del continente, sin apenas acceso a lo esencial durante los meses de invierno. Shell Island, así se llamaba por los cementerios de conchas, solía ser un paraje inhóspito hasta que él, Winston Benson, se enamoró de ella.
    Shell Island, su primer gran amor.
    Había sido el sonido de las olas lo que plantó la semilla en la cabeza. Luego, germinó: Comprar gran parte de la isla. No podía hacerla completamente privada como otras porque tenía un faro, propiedad del estado de Maine, y porque sus habitantes eran testarudos y no se irían por muchos dólares que él les ofreciera. Así que adquirió terrenos, gran cantidad de ellos, y comenzó a construir su sueño. Hermosas casas de verano, con vista al inmenso mar, con el viento como aliado para llevarse los malos momentos, limpiar las cabezas de los problemas mundanos…
    Con nuevos habitantes, adinerados e influyentes, el muelle con su respectivo ferry fue inevitable. Eso trajo a otros, a los dueños de Cloud Market, a los empleados de la única sucursal del banco, a un médico, a una veterinaria, a la dueña de una cafetería, a los guías turísticos, artesanos, trabajadores de mantenimiento: jardineros, domésticos, contratistas… En unos años, Shell Island floreció, y le retribuyó a Winston Benson todo su amor, a raudales.
    Sin embargo, no hay rosas sin espinas, y de pronto ellas brotaron también. Winston deseaba quitarlas, arrancarlas de una buena vez, como quien elimina la horrible maleza que amenaza a comerse el jardín. Sería muy fácil, era el hombre más poderoso de la isla y muy influyente en el estado de Maine, pero hasta el gran Aquiles tenía un punto débil. Su talón era Johana Benson, su hija.
    Donde él veía una espina, Johana veía un pimpollo. Juraba y perjuraba que de allí saldría una flor. A veces, cuando uno protege demasiado a los hijos los deja indefensos ante los peligros del mundo.
    Aguardó a que el rugir de las olas fuera el único murmullo dentro de la casa, Johana vivía bajo su techo, él siempre encontraba el modo de retenerla a su lado. Le otorgaba la privacidad e independencia propia de una mujer de su edad, por supuesto, la casa era inmensa y se lo permitía; pero si ella deseaba alejarse, emprender vuelo lejos de él, recurría a cualquier artimaña, algunas tan arteras que, con los años, lo avergonzaban.
    Ya nada quedaba por hacer, se dijo, era demasiado viejo para cambiar. Agudizó el oído, comprobó que no hubiera pasos en la planta alta y se escabulló como si él fuese el adolescente que escapa del escrutinio de sus padres. Johana era una mujer muy activa, no dudaba que estaría despierta. Le gustaba oír música antes de dormir, a veces meditar, dejar ir cualquier tormento de su mente para asegurarse un buen sueño. Saber que él era el único tormento de la mente de su hija lo martirizaba, y lo suyo no lo arreglaba con yoga, sino con pastillas para dormir y mucho mal humor.
    —¿Johana? —la llamó desde la escalera, con voz suave—. Psss, ¿Johanaaaaa?
    Nada. Perfecto.
    Dejó las luces encendidas, cogió el abrigo y salió por la puerta trasera, camino al amarre de su bote. Junto a él tenía un depósito de herramientas y utensilios básicos de supervivencia. Sogas, escaleras, linternas… Buscó esta última, un tarro de pintura roja que había comprado para retocar los detalles de su bote y un pincel. Cerró el depósito sin volver a pasar el candado. Tan solo con la cadena. Esperaba que el viento no lo abriera, pero más temía que lo hallaran infraganti.
    Los secretos lo cercaban, las excusas empezaban a agotarse y él, a cansarse de mentir. Sí, estaba demasiado viejo. Se marchó a pie. Esa zona, la de las casas más lujosas, estaba deshabitada en invierno. Los dueños preferían las comodidades del continente en los meses fríos. No los culpaba; de hecho, así le gustaba a él también. Su isla era más su isla cuando solo la habitaban los enamorados de ella. Como fuera, en la zona solo permanecían los Benson y Coleen Meyer, la dueña del club náutico.
    Las luces de la casa de Coleen estaban encendidas, elevó una plegaria a que la mujer no se asomara por la ventana. Era una metiche como todos en Shell Island, a veces para bien, otras… bueno, otras por aburrimiento. Se alejó de las farolas, la luna estaba casi llena y generaba un resplandor plateado tras la niebla constante de esas regiones costeras. Apuró el paso y arribó a destino.
    Suspiró. De pronto, sintió un dolor en el pecho. ¿Tendría un infarto?, se lo merecía, así que casi, casi, lo esperaba. Su corazón endurecido pronto se convertiría en piedra, y las piedras no laten. Observó la vieja construcción, tragó saliva. Aun descuidada, era la casa más hermosa de Shell Island.
    Su primera casa. Su hogar.
    —Johana… —dejó ir en un suspiro resignado—, si tan solo te rindieras, niña terca.
    Su hija estaba decidida a venderla. Estaba segura de que allí se instalaría una familia, con niños, un perro, un gato, un canario, pececitos, bicicletas… el combo completo. Determinación era el segundo nombre de Johana. Amaba ese lugar con todas las fuerzas de la nostalgia, aquel hermoso sentimiento que funciona como tamiz, elimina lo malo y deja lo bueno. Odiaba el deterioro de su casa de la infancia, detestaba verla vacía, sin vida, como un mausoleo. Lo único que Shell Island no tenía era un cementerio, la mayoría de sus habitantes esparcían sus cenizas en el mar. La vieja casona Benson era lo más parecido a un cementerio con lo que contaban, y, al igual que la mayoría de los terrenos sacrosantos, estaba teñida de mitos de fantasmas, visiones y conjuros del más allá.
    Era imposible de vender.
    Nadie quería compartir su hogar con un fantasma. Demasiadas películas de terror nos advertían que era mala idea. Winston solo… bueno… solo se encargaría de agregar un recordatorio más.
    Allí también tenían un amarre para botes, con su caseta y depósito de herramientas. Se hallaba vacía salvo por algunos trastos viejos y varias ciudades de arañas. Entró, las telarañas le dieron la bienvenida junto con el olor a moho y al encierro. Alumbró con su linterna, los insectos buscaron refugio en los recovecos.
    —Lo siento, no pretendo perturbarlos. Somos aliados… —les dijo, con una media sonrisa carente de humor. Las alimañas eran sus amigas, también ellas hacían esa casa invendible. Ni siquiera Ethan Kane, el mejor contratista que Benson conocía y un enamorado de la isla, había puesto su ojo en ella. Demasiado trabajo, poca posibilidad de retribución económica. Una bella mala inversión—. Y así seguirá, ¿verdad, lindas? —El correteo que se sintió le dijo que las arañas no eran las únicas huéspedes. Mucho mejor. Cogió la vieja escalera y la arrastró camino al porche. Iba demasiado cargado: pintura, pincel, linterna y escalera. Los brazos empezaban a dolerle—. No soy tan mayor, demonios —gruñó. Tenía sesenta y algunos años, ni siquiera se había retirado de sus labores. Se había casado joven, en su época era común. Incluso pasabas por el altar antes de terminar la universidad. Johana alegró su vida un par de años después, cuando él ya había decidido instalarse en la isla.
    Colocó la escalera sobre las tablas de madera descoloridas del porche, las mismas crujieron. Las olas y el viento amortizaban sus sonidos. El problema… amortizaban todos los sonidos. Destapó el envase, lo colgó del borde sobresaliente de la escalera, trepó un pie, se impulsó con el otro, embebió el pincel, quitó el excedente, se aferró con la mano izquierda, elevó la derecha y…
    —¿Qué demonios estás haciendo, Winston?
    La voz de Coleen irrumpió en la noche. Benson por poco cree cada una de los rumores sobre fantasmas que decoraban su viejo hogar. El susto lo hizo temblar. La escalera se tambaleó. La equilibró con un fuerte movimiento. El pote de pintura se resbaló, intentó atajarlo. La escalera volvió a moverse, en esa ocasión, la pata venció el viejo tablón de madera del porche. Los clavos saltaron por los aires, la pintura voló por los cielos y él…
    —¡Jodeeeer! —exclamó, casi en cámara lenta. Cada intento de aferrarse a algo empeoraba la situación. Otro tablón cedió, la escalera se quebró y él cayó en un ruido seco sobre el suelo.
    —¡Winston! —Coleen corrió a su lado—. ¡Winston, viejo estúpido!, ¿te encuentras bien?, ¿qué estabas…? —La voz de la mujer se cortó al ver a su vecino—. No te muevas. No te…
    Coleen había iluminado la escena con su móvil y lo tenía a mano.
    —No llames a Johana —fue el pedido absurdo de Winston.
    —Se va a enterar de todos modos, viejo cascarrabias.
    —Pero luego, no llames a Johana… —Coleen vio que la muñeca se le inflamaba, pero ese no era el mayor de los problemas. La pierna atrapada entre los tablones del porche lo era. El médico de la isla era tan viejo como ellos dos, así que, si lo querían sacar de allí, necesitarían sangre joven y fuerte.
    —Si llamo a Roger… —aludió al jefe de policía de la isla. La definición perfecta de joven y fuerte.
    —Tampoco al jefe Allen…
    —¿Pretendes quedarte atrapado aquí y morir?
    —Me lo merecería, ¿verdad? —dijo en un quejido. El frío de la isla le adormecía las extremidades. ¡Oh, pero cuando entrara en calor, dolerían como mil demonios!
    —Sí, por viejo tonto. Por lo demás, hasta tú eres digno de atención médica, defensa justa y una mano amiga. —Coleen sabía muy bien de qué hablaba, lo conocía a Benson desde los inicios de Shell Island. Cogió el móvil y eligió el contacto del segundo en la lista de jóvenes y fuertes: Alonso Rodríguez, su mano derecha en el club náutico—. Alonso, cariño, hemos tenido un percance. Y cuando me refiero a un percance, hablo de un viejo cascarrabias con una fractura y demasiadas quejas… —Hizo una pausa—. No, no quiere llamar al oficial Allen… —Otra pausa. Un suspiro—. Sí, es el señor Benson. No… no quiere informar a Johana aún. Sí, cariño, sé que estás en camino mientras hablamos. Sí, sé que toda la isla se enterará en breve. Vale, vale… te esperamos. No es que yo pueda mover a este hombre sola, ¿verdad?
    —Te iba a decir que tampoco llamases a Alonso…
    —Empiezo a pensar que tienes tendencias suicidas, Winston.  —Coleen observó la pintura roja, el desastre en el porche y a su viejo vecino. Negó con la cabeza—. Tendrías que haber dejado a los fantasmas descansar en paz.
    —Son ellos los que no me dejan descansar…
    —¿Lo son?, ¿o eres tú, que no los suelta?
    La luz del todo terreno de Alonso alumbró la noche, sus neumáticos chirriaron sobre la gravilla. A los segundos, otro todoterreno aparcó, el de Ethan Kane, hermano de vida de Alonso y tercero en la lista de «jóvenes y fuertes». Vieron el desastre, compartieron una mirada de complicidad y suspiraron.
    —Manos a la obra —dijeron al unísono y rescataron al hombre de las ruinas de su propio pasado.
    Shell Island era una comunidad estrecha. Los meses de invierno a esas latitudes eran tan duros, que los habitantes sabían que dependían los unos de los otros para sobrevivir. Desde lo más básico, como proveerse comida, hasta lo más inmaterial, los lazos de amistad. Se sostenían en las buenas y en las malas. La red de contención era intangible al igual que irrompible.
    Alonso Rodríguez, el rescatista número uno de esa noche, era viudo, a cargo de un niño de doce años. Si bien la isla era segura, dejarlo solo a la madrugada no era opción, por lo que llamó a su madre, Beatrice Rodríguez, para que fuera a cuidarlo. Por supuesto, debió dar explicaciones al respecto, y allí empezó a correr la voz. Una a una, las luces de los hogares se fueron prendiendo. Pauline, la esposa de Ethan, había quedado a cargo de Erina, y, como estaba avanzada en su embarazo, llamó a MaryAnn, la madre de corazón de Ethan para que le hiciera compañía, por si acaso.
    MaryAnn era una mujer de armas tomar, a ella un viejo cascarrabias no la amedrentaba, y a sabiendas de cómo era el mundo de las denuncias, los juicios y los tribunales, pues desempeñaba el rol de madre de acogida desde muy temprana edad, tuvo la sensatez de llamar a la policía. Es decir, a Roger Allen.
    —Si a Winston le sucede algo mientras los niños —así se refería a Alonso y Ethan, por más que superaran los treinta años— lo rescatan, serán ellos quienes lidien con un fiscal ambicioso dispuesto a arruinarles la vida.
    —Por supuesto que iré, MaryAnn —dijo Roger, al otro lado de la línea. Su voz sonaba ronca, lo habían sacado de la cama en su noche de descanso. Porque así se hacían las cosas allí, todos se conocían, a nadie se le ocurría llamar al 911 cuando se tenía el número del jefe de policía agendado en el marcado rápido—. De hecho, estoy en camino.
    —Roger… —La mujer hizo una pausa—, si soy yo la que llama es porque…
    —Johana no lo sabe aún. —MaryAnn percibió el cambio de tono en el hombre. El suspiro con el que se le escapaba el nombre de Johana, la resignación, el dolor.
    —¿Quieres que la llame yo? Sabes que a mí el viejo Benson no me amedrenta. —La risa amarga al otro lado la hizo estremecer.
    —A mí tampoco, no te preocupes. Yo la llamo.
    La isla estaba de pie. Winston Benson era el viejo más cascarrabias que pisaba esa porción de tierra, pero también era el gran fundador, quien convirtió el sitio en un refugio de almas rotas. Y no solo le había otorgado el cuerpo, la infraestructura que a todos les brindaba cobijo, también les había dado el corazón de Shell Island: su hija Johana. Si no era por él, sería por ella; como fuera, todos saldrían al rescate.
    Roger no la llamó al móvil. La casa de Benson quedaba a mitad de camino del lugar del accidente. Pasó por la residencia. Las luces estaban prendidas, la calma reinaba. Era una de las casas más hermosas, con el pórtico elevado, secundado por cuidados jardines. Los ventanales amplios, dejaban pasar el sol a raudales. Lo alejado de la siguiente vivienda les permitía mantener los cristales sin cubrir, la intimidad estaba resguardada. En ese instante, el oficial Allen la invadió, buscando la figura de Johana entre las sombras del interior. Llamó a la puerta un par de veces, hasta que al fin percibió el movimiento en la planta alta. Oyó la voz femenina.
    —¿Papá? —A Roger se le hizo un nudo en la garganta. Johana, desde hacía unos años, se dirigía a su padre como «señor» o «padre». Tenían una relación tensa, cargada de secretos y rencores. Sin embargo, en el silencio de la noche, cuando alguien se presenta a tu puerta a intempestivas horas, entiendes que algo grave ha sucedido. Es entonces cuando los verdaderos sentimientos afloran, y el oficial de policía supo que, pese a todo, Johana seguía amando a su padre—. ¿Papá?, han llamado a la puerta…
    Lo buscó primero a él, con la desesperación de una hija que no desea recibir malas noticias. Si Winston estaba a salvo, en su sillón, leyendo y despotricando, entonces podría enfrentar la adversidad que aguardaba por ella en el porche. Cuando al fin abrió, su hermoso rostro —Roger siempre pensaría que era la mujer más hermosa de la faz de la tierra— estaba desfigurado por la preocupación. Se cubrió la boca con la mano, las palabras no le salieron.
    —Johana, ha habido un accidente, tu padre —No hizo una pausa, lo dijo de corrido, pero a Johana le pareció que el tiempo se ralentizaba, hasta que, de los labios de Roger salió la declaración final— está bien, dentro de lo que cabe. Brandon —aludió a su ayudante— está con él. Alonso y Ethan lo han asistido y…
    No consiguió finalizar. Johana se lanzó a sus brazos, lo rodeó con toda la fuerza de su alivio. Fue un segundo de debilidad, Roger la rodeó, posó su tibia mano en la espalda de ella. Estaba desabrigada, el viento del exterior le había helado la piel, al igual que el lapso de miedo. Pudo sentir la pequeñez de la cintura, la delicadeza de los huesos, la tersura de los músculos que se mantenían a fuerza de yoga.
    —Estás helada… —la reprendió con dulzura. Intentó que regresara al interior de la casa.
    Las palabras de Roger la regresaron al presente. El helado miedo fue reemplazado por la fogosa furia. Se dio media vuelta, lo invitó a pasar con un ademán brusco que no lo tenía a él como objetivo. Johana era un torbellino de emociones: primero el miedo, después el alivio, luego… los brazos de Roger… Había cosas que era mejor no remover, entre ellas, los sentimientos soterrados.
    —¿Qué ha hecho esta vez? —preguntó. Vestía un pijama de raso, con pantalón lavanda y una camisa abotonada del mismo color, con ribete blanco. La tela, tan suave, dejaba adivinar cada curva—. Porque algo ha hecho, lo sé. ¡No!, déjame adivinar, el accidente ha sido en mi vieja casa…
    —Johana…
    —¡Ese hombre! Me va a hacer envejecer prematuramente. ¡Tengo canas, Roger!, me han salido canas. —Los labios del hombre se curvaron. En la melena castaña oscura de Johana no brillaba ni un cabello blanco—. Una pensaría que, con ausencia de hijos, no tendría que estar pasando por esto. ¡Los padres son peores que los hijos! Créeme, si tuviera tres años… ¡Tiene sesenta! ¿Me equivoco?
    —¿En qué?, ¿en su edad?
    —¡No!, en que su accidente fue en nuestra antigua casa…
    —Ah, es que pasas de tema en tema. Tendrías que cambiarte de ropa, así puedo llevarte a la sala del doctor Jagger.
    —Cierto. Lo siento… —Johana corrió hacia las escaleras, se detuvo de golpe y regresó a su lado—. No te he ofrecido café.
    —Johana…
    —Tienes razón, el café no es importante. ¿Él cómo está?, o sea… además del genérico bien. No, mejor no me lo digas, lo veré con mis propios ojos. —Hizo de nuevo el trayecto a las escaleras. Se detuvo una vez más—. Aunque tú puedes hacer café… solo es apretar un par de botones y…
    —¿Por qué me da la impresión de que estás postergando lo inevitable?
    Con eso consiguió ponerla en movimiento. Johana detestaba que la leyeran como a un libro abierto, algo que Roger conseguía fácilmente. Era el único, siempre lo fue. Solo una vez le había mentido, y hacerlo le costó demasiado. Pensó que se daría cuenta, pero el dicho era cierto, los corazones son ciegos, más cuando se rompen. Nunca supo de su única mentira, y ella fue incapaz de ocultarle nada más.
    Sí, postergaba el encuentro con su padre. No deseaba enfrentarlo ni saber los motivos que lo llevaron a la antigua casa. No le apetecía discutir de nuevo, ni mucho menos verlo en una cama de hospital y reconocer, ante la posible pérdida, que pese a todo lo quería. Que anhelaba tener muchos años más para seguir peleando, discutiendo, pero, en especial, muchos años para mantener las esperanzas de remendar su relación.
    Al bajar, ya dispuesta a marcharse, Roger tenía el café listo. Le tendió el vaso térmico y ella lo cogió con una leve sonrisa de agradecimiento. La patrulla era un todoterreno blanco, con la estrella dorada decorando las portezuelas. La sirena aguardaba en el interior, Johana no recordaba haberla oído jamás, ni siquiera en temporada alta, cuando los turistas hacían de las suyas y la actividad policial pasaba de nula a escasa. El oficial Allen le sostuvo la portezuela. Los buenos modales lo caracterizaban, había sido un caballero incluso de niño. Una sonrisa nostálgica se abrió paso en sus labios. Habían conformado una pandilla de lo más extraña, algo que se repetía generación a generación en Shell Island. Los niños eran tan pocos que no existía tal cosa como grupos, subgrupos, populares y nerds, animadoras y deportistas… Todos formaban parte de una alianza heterogénea. Así, Ethan Kane, quien supo ser el joven más problemático de la zona, era íntimo amigo de Roger Allen, quien terminara su formación en el ejército y ahora era jefe de policía. ¿Dónde más podía darse semejante dinámica?
    Él rompió el silencio.
    —Sé que esperas verlo con tus propios ojos, pero adivinando tus intenciones y teniendo en cuenta tu temperamento…
    —¿Insinúas que soy temperamental? —fingió ofenderse.
    —¡No, claro que no! Lo doy por hecho. —Johana dejó ir una risita contenida—. Soy oficial de la ley, debo evitar que agredas a un hombre postrado en una cama…
    —Hmmm, eso quiere decir que sí, voy a enojarme con mi padre. —Roger la conocía como nadie.
    —Se fracturó la pierna, no es grave, no hubo desplazamiento del hueso. El doctor Jagger me pasó el reporte mientras te vestías…
    —No hay que llevarlo al continente… —dijo, con alivio. Una fractura leve se podía tratar en la isla.
    —No. También se dislocó la muñeca.
    —¡¿Cómo demonios se ha hecho todo eso?! —masculló Johana, al tiempo que lo observaba de soslayo. Había un deje de preocupación en su expresión; para él, aquella vieja casa también estaba repleta de fantasmas. Tenía la mandíbula tensa, los labios prietos y los ojos negros, relucientes en la noche. Roger era guapo, de ese modo masculino que parece exudar testosterona. Los huesos de su quijada eran fuertes, formaban un rostro de líneas duras. Los labios llenos, la piel oscura, el cabello cortado al ras, impidiendo que se formaran los tirabuzones afros que Johana adoraba. ¡Cuántas veces en su adolescencia había pasado los dedos por ese cabello! El recuerdo fue intenso, le picaron las yemas de los dedos.
    —Eso tendrá que explicarlo él.
    —Tú eres el jefe de policía, puedes interrogarlo y te debe la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad…
    Roger dejó ir parte de la tensión con una carcajada.
    —Esa casa sigue siendo suya, si quiere, puede tirarse del tejado que no me debe explicaciones. No tengo nada que interrogar.
    —A mí me mentirá —sentenció Johana. Roger no pudo negarlo.
    Arribaron a la consulta del doctor Jagger, las quejas de Winston se oían desde la sala de espera.
    —Me marcho ahora mismo. El médico me ha dado el alta…
    —Yo no he hecho tal cosa —dijo el aludido. Lo obligó a apoyar la espalda en la única cama con la que contaba.
    —¡Lo acaba de decir!, puedo recuperarme en mi casa.
    —Una vez que yo le dé el alta.
    —¡Y hágalo!, ¿qué espera?, ¿le tengo que enseñar a hacer su trabajo?
    El doctor Jagger no se tomó personal la afrenta. Rodó los ojos, Johana vio la expresión y el médico se sonrojó. A modo de respuesta, ella lo imitó en gesto. Sí, la única respuesta posible ante Winston Benson era rodar los ojos, bufar o mandarlo al demonio. Y eso último solo podía hacerlo su hija.
    —Padre, estate quieto. Irse a casa implica estar bajo mi cuidado, y no pienso ser una enfermera gentil.
    Winston tuvo el atino de bajar la mirada. Mala señal, la sumisión y su padre no solían ir de la mano. Lo increpó al tiempo que se posicionaba junto a la cama.
    —¿Cómo ha sucedido esto?
    —Le dije a Coleen que no te preocupara…
    —No, le dijiste a Coleen que te cubriera las espaldas. Pero no tienes a todos bajo tu yugo. Responde a mis preguntas, ¿cómo ha sucedido esto?
    Winston divisó a Roger detrás de su hija y el sonrojo se incrementó. Johana se volteó a ver quién había despertado tamaña reacción en el patriarca. Los miró a ambos, como si de un partido de tenis se tratara. Fijó la atención de nuevo en su padre, esta vez con el ceño fruncido.
    —Padre… último aviso…
    La furia volvió a hacerse palpable. Winston había dicho cosas horribles de Roger en el pasado, cosas que Johana no concebía y jamás le perdonaría. En ese instante, si su padre arremetía contra el jefe Allen, no dudaría en tomar partido. Ya no era una niña.
    Benson vio el fulgor en los ojos grises de su hija. La admiró por ello, y por poco se sincera. Pero los secretos eran demasiados, los peligros de desterrarlos aún más. Las mentiras brotaron de sus labios.
    —Fui a retocar unos detalles de pintura en la casa vieja…
    —¿A medianoche? —Johana no le creyó. Winston no conseguía que sus embustes sonaran verosímiles. Estaba viejo, cansado, adolorido y mentir requería fuerzas y motivaciones, ambas cosas agotadas hacía años.
    —Quería que fuese una sorpresa, sé que pretendes venderla y… bueno, requiere algunos arreglos.
    Johana observó las prendas de su padre dispuestas a un lado, en una silla. Primero se aterró al pensar que estaban ensangrentadas, luego entendió que se trataba de pintura roja.
    —¿Arreglos con pintura roja?, no hay ni un solo detalle en rojo en toda la casa.
    —Eso le daría vida, ¿no?, el rojo levanta el espíritu…
    —¿No vas a decirme la verdad? —Winston abrió la boca en defensa, ella lo acalló—. No importa, sé lo que pretendes, que fracase. No lo haré, venderé la casa. —Bebió un sorbo del café. Su padre extendió la mano, también lo necesitaba. Ella lo alejó, Benson intentó alcanzarlo—. Tú, bebe el café del doctor Jagger, bien merecido te lo tienes. —Lo dejó oler el aroma de los granos molidos de su brebaje y volvió a alejarlo.
    Roger, con una media sonrisa socarrona, le alcanzó al hombre un vaso descartable con una infusión marrón, similar al agua estancada en un charco.
    —Que lo disfrute, señor Benson.
    —El que lo está disfrutando es usted, jefe Allen —gruñó.
    —Solo un poco.
    Johana no escuchó el intercambio, de lo contrario, hubiera intervenido. Solo oyó la última réplica de Benson.
    —Uno puede saber cuánto lo quieren por el café que le dan para beber. Y claramente, aquí me odian. —Miró el vaso con expresión asqueada.
    Johana se ruborizó, cruzó su mirada con Roger. Él le había preparado el que ella bebía y estaba delicioso. No se trataba de los granos, de la temperatura del agua o de la técnica del barista. Winston estaba en lo cierto, era el cariño el ingrediente secreto de un buen café.
    Por unos segundos no existieron más que ellos dos. El hechizo fue roto por una nueva voz femenina. Beatrice Rodríguez saludaba al doctor Jagger, era la dueña del café Jamaica, la única cafetería y librería de la isla.
    —Buenas noches, ¿dónde está el herido? —Se asomó a la habitación con una sonrisa—, señor Benson, ¿cómo se encuentra? —Antes de que pudiera responder, su declaración coronó la noche—. Le he traído su café preferido, no cura el cuerpo, pero sí el corazón.
    Roger y Johana ya no se observaban con adoración, sino con desconcierto. Los dos vocalizaron a la vez:
    —¡¿Qué demonios?!

  2. Capítulo 2

    Debía de reconocer que, una vez más, su padre la tomaba por sorpresa. Por lo visto, continuaba siendo un hombre muy habilidoso, y no era solo un manipulador de primera línea con una maestría en clasismo y tendencias racistas, también poseía unas dotes físicas poco habituales para su edad. No volvería a indagar en el extraño y nocturno accidente; cuando lo intentaba, Winston Benson ponía lo mejor de sí para torcer el asunto y valerse de la victimización. De momento, lo único que se prestaba a el debate era:
    —¿Cómo has llegado hasta aquí?
    Con aquí, Johana se refería a la cocina. Su padre tenía una pierna inmovilizada por completo, un brazo sostenido por un cabestrillo y, como detalle final, un cuello ortopédico.
    —Pregunta absurda la tuya… —Activó el modo de viejo cascarrabias—. Por la escalera, ¿por dónde más? —Mordió una tostada con gran disfrute. Vaya uno a saber cómo se las había apañado para vestirse, bajar un piso por escalera y prepararse un suntuoso desayuno. Sin lugar a dudas, era habilidoso.
    Johana miró la hora en el reloj pared: 7.32 AM. Exhaló. ¿Cuántas horas restaban para que finalizara el día? Sacudió la cabeza, la exhalación no fue más que el grito de largada del centenar de suspiros y expiraciones que se le sumarían en el transcurso de la jornada. Así era vivir con Winston Benson, discusiones sin sentido, malas interpretaciones, demandas y agotamiento físico y mental.
    —La aclaración de tu parte está de más, sabes a lo que me refiero. —Se cruzó de brazos, se apoyó de lado contra la pared. El estómago le hacía ruido con sus retorcijones, no había cenado la noche anterior, ni la anterior a esta, ni la… Desde el accidente de su padre no tenía ni un solo momento para el descanso, con suerte llegaba a su cama a los trompicones y allí se desvanecía. Gracias a eso, no podía disimular el hecho de que el olor a pan recién tostado le abría el apetito. Deseaba, no, corrección, necesitaba de un alimento sólido que rellenara su barriga, y lo necesitaba ya. Pero, no. Tragó saliva con fuerza. Sentarse a desayunar junto a él implicaba un posterior e inminente malestar gástrico.
    —Por supuesto que sé a lo que te refieres Johana, solo que he optado por responder a lo que preguntaste. —Sorbió de su taza, no había tenido más alternativa que preparar un té—. No es mi problema que formules mal las preguntas —masculló entre dientes tras beber la infusión—. ¿Puedes decirme qué demonios ha ocurrido con el café en esta casa?
    —En cuanto a la formulación de mi pregunta, siento mucho no haber hilvanado las palabras correctas para ti —Hizo contacto visual con su padre—, se lo atribuyo a mi cansancio. Un cansancio que tiene su origen en tus travesuras nocturnas. La ausencia de café es consecuencia de lo mismo, solo así he logrado combatir el agotamiento.
    —Oh, no… —acusó él agitando la pequeña espátula metálica que utilizaba para untar la mermelada en las tostadas—, no me responsabilices a mí por tu cansancio, la que ha decidido ocupar este rol de extremo asistencialismo eres tú.
    —¿Disculpa? —Johana carcajeó. La cocina era amplia, por un lado se encontraban las encimeras, la cocina vitrocerámica, el refrigerador y la isla central con el fregadero; por el otro, un espacio destinado al descanso, una mesa redonda con mullidas sillas a su alrededor, todo con vista a los jardines traseros y la bahía. Caminó hasta la mesa decidida a enfrentarlo—. Como si fuese tan sencillo hacerme a un lado y no ocupar ese rol, ¿verdad? La próxima vez que te suceda algo, pediré que llamen al siguiente en tu lista de contactos de emergencias. —Torció los labios en una mueca de fastidio y con ello logró que su padre resoplara. Perfecto, 7.39 AM y ya estaban empatados en exhalaciones forzadas—. Oh, no… —Utilizó el mismo tono de su padre de segundos atrás—, no tienes a nadie más en tu lista.
    Eran los únicos Benson de la isla. Los únicos con vida. Cuando murieran, terminaría el legado. A menos que… a menos que Johana aportara más miembros engendrados en su vientre. El reloj biológico de Johana le recordaba a diario que estaba a pasos de cumplir los treinta y seis, luego les seguirían los treinta y siete… y bueno, de ahí en adelante, comenzaría la cuenta regresiva. Por diversos y secretos motivos, ambos dejaban de apostar a esa jugada. Todo moriría con ellos.
    —Lamento ser una carga para ti… —El muy manipulador volvió a colocar sobre la mesa su carta de víctima. Johana, una vez más, entrecruzó los brazos contra su pecho—, pero me libraré de parte de la culpa, ¿te han avisado del accidente pese a que yo no lo deseaba?, cierto, al fin y al cabo, eres mi contacto familiar. ¿Has respondido de inmediato ante lo sucedido?, otra verdad innegable. Punto final. Todo lo demás lo has hecho por puro deporte, porque te gusta estar metida hasta las narices en cada asunto de la isla.
    La carcajada de Johana retumbó por toda la casa.
    —¡Mira quién lo dice! ¡El amo y señor de Shell Island! ¿Acaso te olvidas de que todo esto lo aprendí de ti, de tu necesidad narcisista constante de ser el centro de atención?
    —Por lo menos reconoces que es tu ego lo que te motiva y no tu altruismo. —Winston sonrió. Clavó los dientes en la tostada con aires de triunfo.
    —Ya quisieras que fuera mi ego… —Johana dejó escapar una última carcajada—. Así me consagraría como una auténtica Benson. Para tu decepción, lamento decirte que los genes de mamá le quitaron la condición de dominantes a los tuyos —Lo dijo con ironía—, y si meto mis narices en todo, es porque amo a Shell Island, a diferencia de ti, que lo que amas es el control que tienes sobre la isla.
    Había hecho una labor de años: los comentarios adecuados en el momento oportuno, las actitudes petulantes frente a cada uno de los habitantes y el comportamiento ermitaño cuando de eventos sociales se trataba. Construyó la imagen que su hija percibía en el presente. Para Johana, la isla no era más que la bandera de poder que su padre blandía con el mentón y el ego por lo alto. Bien. Lo había hecho bien. Logró su cometido, ocultar las señales de su alma rota y, a la vez, lograr que su hija no se apartara de él. Por deber. No por deber al lazo que los unía, sino por la isla y sus habitantes. Por dentro, bajo la exhaustiva custodia de sus demonios personales, el amor por esa tierra se magnificaba cada día. Perecer allí, que sus cenizas se conviertan en cimientos del océano significaba la gloria para él. Mientras tanto, continuaría con su pantomima.
    —¡Shell Island es lo que es gracias a los Benson! —reaccionó con fastidio. Golpeó la mesa con su mano sana y el movimiento brusco hizo que todo su cuerpo se agitara potenciando el malestar general que sentía. Los analgésicos no lograban vencer el dolor al cien por ciento.
    —¡Y a los Meyer! —El club náutico era un emblema del lugar, y él nada tenía que ver con ello—. Y los Mackenzies también dieron su aporte —le recordó, pese a no contribuir con el crecimiento económico, no podía negarse las raíces de la familia. Vivían allí desde tiempos inmemoriales. Sonrió satisfecha. Era tiempo que alguien le bajara el ego de una bofetada a Winston Benson, y nada mejor que una bofetada en su propia casa.
    —¡JA! —Los dientes de Winston rechinaron—. Y dime, ¿dónde están ahora?
    —Bueno, Coleen se encuentra en su casa… y doy por hecho que la señora Mackenzie también, jamás deja a su gata sola por más de unas horas. —Fue una respuesta con una burla interna, sabía muy bien a lo que se refería, solo las dos mujeres se mantenían al pie del cañón de la isla, sus hijos y nietos huyeron en busca de mejores oportunidades. Las hallaron. Nunca regresaron.
    —Veo que el cansancio ha potenciado tus dotes de bromista. —Sorbió el té una vez más, regresó la taza al platillo y lo apartó.
    —Posiblemente, aunque el factor común de ambos eres tú, tomarme las cosas a broma me resulta la alternativa más saludable, psicológicamente hablando, por supuesto. —La mueca burlona de su padre la sacó de quicio, en verdad parecía un niño. No era justo, ella debía de ser la hija en esa ecuación, no él—. Agggg… eres un verdadero incordio.
    —Tienes razón, lo soy, y no puedo evitarlo. Quizás, quien deba evitarme seas tú. —Fue una provocación directa. Necesitaba oír de la boca de su hija que sus planes de irse, unos que involucraban instalarse de manera provisoria en la casa abandonada de su infancia, habían sido postergados. No como él pretendía, hacerse trizas el cuerpo no formaba parte de la estrategia.
    —Y eso mismo era lo que pretendía hacer. ¡Vaya casualidad, ahora no va a poder suceder! ¿Sabes por qué? —Puso los brazos en jarra en torno a su cadera—. Porque tú estabas, vaya casualidad también, en el lugar que no debías, a la hora que no debías, haciendo lo que presumo, tampoco debías.
    —No sé qué presumes —Winston se reclinó en la silla, la postura erguida era difícil de sostener en su estado—, solo voy a decir que lo que me motivó a ir hasta nuestra antigua casa fuiste tú. —No era mentira. Pero el trasfondo resultaba ser otro. La deseaba a su lado para enmendar sus errores, y quizá, solo quizás, algún día le contaría la verdadera historia de los fantasmas que permanecían atrapados entre las paredes de la gran casona Benson.
    —¿Yo te motivé a subirte a una escalera destartalada con pintura en mano? ¿Pintura roja? —exclamó con los brazos en alto.
    —Otra vez con el mismo asunto, te lo he dicho, pretendía darle color, darle vida a la fachada de la casa. —Winston exhaló. De momento iba ganando la carrera de exhalaciones—. Lo has dicho hace unos minutos, todo lo que aprendiste sobre los negocios de bienes raíces y administración de los recursos de Shell Island lo obtuviste de mí. Soy lo que soy, sin importar que tenga treinta o setenta años. ¿Quieres vender la casona Benson? ¡Pues hazlo, yo estoy decidido a ayudarte!
    —Pues no me ayudes más, si quiero darle vida a la fachada de la casa tengo a quién recurrir. —Contaba con la ayuda de Ethan, un profesional del rubro, también estaba Alonso, el hombre multifuncional de la isla. —Winston rodó los ojos—. Además, de nada sirve cambiar su fachada si no logro cambiar la superstición en torno a la casa. —Lo miró, él evitó el contacto visual. Johana fingió toser—. Y para lograrlo tengo que demostrarles lo contrario.
    —Lo que dices es una tontería —Winston hizo un ademán al aire—, no tienes que demostrar nada a nadie. Los negocios inmobiliarios son así, a veces simples, a veces complicados… hay propiedades que se venden en un suspiro, otras…
    —En una eternidad… ¡dilo! —Él negó—. Pues yo pretendo acortar esos tiempos a mi manera.
    —Tu manera es muy poco funcional, déjame decirlo…
    —No pedí tu opinión. —Johana se encogió de hombros—. Puede que me demore un poco en la búsqueda de alguien que se ocupe de ti en este estado, pero en cuanto te recuperes, retomaré mis planes iniciales. Me instalaré en la casa y espantaré a esos benditos fantasmas de una buena vez. —Giró sobre sí y abandonó la cocina. Si se quedaba, la conversación no tendría fin. Dejarlo con la palabra en la boca solía ser siempre la mejor alternativa.
    —Pues buena suerte con eso —masculló entre dientes Winston. Y no se refería a la venta de la casa, sino a hallar alguien dispuesto a cuidarlo. ¡Ja! No había ni un solo habitante en Shell Island que tolerara su compañía por más de una hora—. Buena suerte mi dulce niña, la necesitarás.

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