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Orígenes Helados: (El Sendero del Guardabosques, Libro 11) de Pedro Urvi

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Un misterio. Una gran amenaza. Un Continente Helado.

Las Panteras tendrá que afrontar una misión que no esperaban, una llena de peligros y misterios en un lugar al que no desean ir. Allí descubrirán una terrible amenaza y misterios enterrados en el hielo por el paso del tiempo.

¿Sobrevivirán las Panteras de las Nieves esta misión? ¿Qué misterios descubrirán enterrados en el hielo? ¿Aprenderán algo sobre sus orígenes?

Descúbrelo mientras vives aventuras fascinantes con un grupo de personajes únicos que te enamorarán.

¡Disfruta de unas aventuras llenas de acción, aventura, magia y romance!

¡Fantasía épica para toda la familia

»PedroUrvi»

Orígenes Helados: (El Sendero del Guardabosques, Libro 11)

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Capítulo 1
La taberna estaba abarrotada aquella noche. El tabernero, un hombre enorme de pocos amigos, gritaba a uno de los clientes que, apoyado sobre la barra del bar, le discutía sobre la bebida gesticulando airadamente. La discusión se estaba decantando del lado del más grande de los dos que había sacado una porra grande con la que amenazaba al parroquiano descontento.
La Taberna del Mercader Honrado no hacía precisamente justicia a su nombre. Era punto de reunión de ladrones, piratas, mercaderes corruptos, jugadores, apostadores y todo tipo de personajes poco recomendables de las zonas bajas de la ciudad de Copenghen, la urbe más grande en la costa oeste de Norghana y de las más importantes en cuanto a habitantes y comercio de todo el reino.
Los gritos, peleas y ajustes de cuentas eran habituales en aquel local. El propietario era un siniestro mercader y contrabandista que nunca se dejaba ver por allí. Tenía empleados a media docena de matones armados de muy mala reputación que vigilaban en el interior del establecimiento y se encargaban de mantener el orden y silenciar cualquier altercado. Y su especialidad era hacerlo por las malas.
La puerta del local de ocio se abrió y dos figuras envueltas en sus capas con capucha entraron dejando la puerta abierta tras ellas. Los presentes detuvieron por un momento lo que estaban haciendo para ojear a los recién llegados. Las partidas de cartas y dados se congelaron en el tiempo por un instante, al igual que los brindis con jarras de cerveza entre carcajadas, las discusiones en las mesas y en la barra, y la degustación de pollo muy seco y filetes tiesos como suelas de zapato. Todo quedó en suspense mientras observaban a los dos extraños que acaban de llegar.
—¡Cerrad esa puerta! —les dijo uno de los matones de malas maneras.
La actividad se reanudó de inmediato en la taberna.
—Es mejor mantenerla abierta —dijo una de las dos figuras con voz femenina.
—Te he dicho que cierres la puerta. Lo que pasa aquí dentro, se entierra aquí dentro —contestó el matón llevándose la mano a una porra con cabeza de pinchos que colgaba de su cintura. Era enorme, con pelo y barba rubias, muy desaliñadas y sucias. Su ropa apestaba a sudor rancio y se le olía a varios pasos de distancia.
—En breves momentos va a ocurrir una pequeña estampida —dijo la segunda figura encapuchada. Era una voz masculina y hablaba con tono de advertencia.
—¡Lo que va a ocurrir es que os voy a abrir la cabeza! —les amenazó el fornido matón y le hizo un gesto a otro de sus compañeros para que se acercara.
La figura de la voz femenina echó la capucha atrás y dejó al descubierto su rostro.
—Te aconsejo que no lo intentes —advirtió Ingrid al matón.
—¡Vaya, si es una monada nórdica! —dijo el matón riéndose con una carcajada que sonaba a una mezcla sórdida y lasciva.
—¡Y preciosa que es! —dijo el otro matón que era tan grande y feo como su compañero, si no algo más. Este tenía el pelo castaño y barba del mismo color. También apestaba. La limpieza brillaba por su ausencia en los matones, y en el local, por lo que se veía y olía.
—Mantened una distancia prudencial —les aconsejó Ingrid estirando el brazo y deteniendo el avance del gigantón.
—¿Qué le pasa a esta mariposilla, se ha perdido? —le preguntó el matón rubio al otro.
—Eso parece. Será mejor que le demos un poco de cariño para que no se sienta fuera de lugar —respondió el castaño.
—Eso sería una muy mala idea —les dijo la otra figura, la masculina, con tono de advertencia.
—¿Y ese quién es? ¿Tu novio?
La figura se quitó la capucha descubriendo su rostro.
—De hecho, ese es precisamente quien soy: su novio —dijo Viggo con una gran sonrisa triunfal.
Ingrid puso los ojos en blanco, pero no lo desmintió.
—No me lo creo. Tú eres muy poca cosa para ser novio de esta belleza de las montañas nevadas —dijo el matón rubio.
Viggo asintió.
—No te falta razón. La vida está llena de incongruencias que no tienen sentido, como que tú seas un matón con alma de poeta.
—¡Yo no soy ningún maldito poeta! —le corrigió el matón y le mostró la porra empuñándola de forma amenazante.
—Seguro que tampoco sabes qué significa incongruente, no pasa nada, yo tampoco. De tanto estar con mi amigo Egil, un sabiondo sabelotodo, se me ha pegado.
—¡Sí sé lo que significa! —rebatió molesto el matón y se quedó pensativo un momento con la mirada perdida.
—¿Seguro que lo sabes? No te veo muy convencido…
—Significa… que…
—¿Que es casualidad? —respondió el matón castaño.
—Casi, pero no… —dijo Viggo negando con la cabeza y con cara de estar decepcionado.
—¡Da igual lo que signifique! —gritó muy molesto el matón rubio, que no había conseguido descifrar que significaba la palabra.
Ingrid suspiró profundamente y negó con la cabeza.
—¿Has terminado de hacer tonterías? —le preguntó a Viggo con una mirada de reproche.
Viggo sonrió a Ingrid encandilador.
—Sí, mi preciosa.
Ingrid se puso roja, mitad rabia, mitad por el piropo de Viggo.
—¿Cómo habré ofendido a los Dioses de Hielo para que me hayan castigado de esta manera tan insufrible? —masculló entre dientes.
—No me gustáis. Tenéis pinta de problemáticos —dijo el matón rubio señalándoles con la porra.
—¿Nosotros? Pero si somos de lo más amorosos —le aseguró Viggo con cara de no haber roto nunca un plato.
—Estáis en el local equivocado. Largaos —les dijo el otro matón.
—Para nada. Este es precisamente el lugar donde tenemos que estar —le aseguró Viggo.
—¡No lo vamos a repetir! ¡Largaos! —insistió el matón.
Ingrid miró fijamente al matón que les amenazaba con la porra.
—Estamos aquí por un asunto oficial. Estoy segura de que no quieres interferir en una misión encargada por el Rey Thoran.
Los dos matones se miraron. Aquello había llamado su atención.
—No sois de la Guardia de la ciudad —les dijo el matón castaño observando cómo vestían.
—Somos Guardabosques en misión oficial —dijo Ingrid con tono de autoridad.
—Los Guardabosques no pueden entrar en esta taberna —dijo el matón rubio.
—¿Y por qué no? —quiso saber Ingrid.
—Porque no nos gustan nada los sucios Guardabosques —contestó el otro, que sacó también su porra, esta con una cabeza grande y maciza de madera.
Viggo soltó una carcajada, se llevó dos dedos a la nariz y luego señaló a los dos matones.
—¿Sucios? —preguntó Ingrid ofendida ignorando la gracia de Viggo.
—Sí, sucios. Estáis todo el día por montes y bosques y luego venís a la ciudad a husmear en asuntos que no os importan.
—Si husmeamos será porque son asuntos ilegales —respondió Ingrid con mirada desafiante.
—Aquí no hay nada ilegal y vosotros dos no podéis entrar —le respondió el matón.
—No nos puedes negar la entrada. Somos Guardabosques y podemos ir donde necesitemos en todo el reino —le dijo Ingrid.
—Aquí no —negó el matón.
—¿Me vas a obligar a tumbarte? —le dijo Ingrid entrecerrando los ojos.
—Inténtalo, rubita, y te aplasto esa preciosa cabecita tuya.
—Uy… no deberías haberla llamado rubita… —dijo Viggo negando con la cabeza—. Se va a enfadar…
—Rubita y guapita —dijo él con voz sórdida.
Ingrid dio un paso adelante y le soltó un derechazo directo a la nariz. Se escuchó un crac y el matón dio un paso atrás.
—¡Mi nariz! ¡Me ha roto la nariz! —exclamó palpándosela—. ¡Te voy a matar!
—Bueno, tampoco hay que exagerar, que no se ha perdido tanto… guapo precisamente no es que fueras… —dijo Viggo tan tranquilo.
El matón intentó golpear a Ingrid en la cabeza con la porra. Su compañero siguió su iniciativa y atacó a Viggo. Ingrid midió el ataque del gigantón que, si bien era brutal en cuanto a potencia, era muy torpe en cuanto a ejecución. Se apartó a un lado. La porra descendió hacia el suelo y falló por completo. Antes de que pudiera levantarla para intentar otro golpe, Ingrid le dio un tremenda patada en la entrepierna. El matón se dobló de dolor y cayó de rodillas al suelo con cara de enorme sufrimiento.
Viggo desvió la porra del otro matón con un movimiento defensivo a gran velocidad de sus dos cuchillos. Cuando el matón intentó volver a golpear, Viggo se movió hacia él con enorme rapidez y le dio un tremendo golpe en la nuez con el puño derecho. El matón comenzó a atragantarse sin poder respirar y se llevó las manos a la garganta. Viggo continuó el ataque y le golpeó en la sien con la empuñadura de su cuchillo en un movimiento circular. El matón quedó totalmente aturdido, perdió el equilibrio y cayó de rodillas mientras luchaba por respirar.
Ingrid soltó un tremendo rodillazo al matón arrodillado frente a ella y este quedó tendido en el suelo sin sentido.
—Ya te dije que se iba a enfadar… —le dijo Viggo.
—¿Quieres encargarte de ese? —le dijo Ingrid señalando al matón arrodillado junto a Viggo.
—¿Este? Pero si es inofensivo…
—No estamos aquí para jugar.
—Está bien… no me dejas disfrutar nunca —Viggo le dio otro golpe en la sien y se fue al suelo de costado quedando inconsciente.
El resto de los matones y clientes del establecimiento habían presenciado lo ocurrido y comenzó el movimiento. Cuchillos, garrotes, hachas cortas y garfios comenzaron a aparecer en las manos de sus dueños.
—Parece que esto se pone divertido —le dijo Viggo a Ingrid con una de sus sonrisas de que se lo iba a pasar en grande.
—¡Quietos todos! —gritó Ingrid con autoridad.
Todo el mundo se quedó observándola por un instante. De debajo de su camisa, Ingrid sacó el medallón de Guardabosques y lo mostró.
—¡Somos Guardabosques! ¡Estamos aquí en misión del Rey! —anunció.
—Aquí no hay nada que os interese —les dijo el tabernero.
—Eso lo decidiremos nosotros —respondió Viggo.
Los matones miraban al tabernero esperando una orden para intervenir. Varios clientes de muy mal aspecto y que ya empuñaban armas los observaban también con ojos de odio. No parecía que los Guardabosques cayeran bien.
—¡Somos las Águilas Reales! ¡Estamos en misión de búsqueda de Guardabosques Oscuros! —anunció Ingrid.
—¡A mí qué me importa! ¡Como si eres el propio Thoran! —rio uno de los clientes armados.
—¡Te vamos a dejar esa carita bonita irreconocible! —le dijo otro.
—¡Asquerosos Guardabosques! —gritó otro maleante.
Viggo se acercó más a Ingrid.
—Preciosa, parece que en este local no nos quieren mucho —dijo por lo bajo.
—Ya me doy cuenta. Aquí está lo mejor de los barrios bajos de esta y varias ciudades.
Dieron un paso hacia delante. La mitad de los clientes estaban de pie con armas en las manos y la otra mitad observaba en silencio con miradas hoscas.
—Los que quieran salir de aquí y que no sean Guardabosques Oscuros, pueden hacerlo —les dijo Ingrid señalando con el pulgar la puerta abierta a su espalda.
—Los que quieran pelea, aquí estamos —dijo Viggo abriendo los brazos y mostrando sus cuchillos, invitándolos a luchar.
Hubo un momento de silencio, de duda. De pronto, un tercio del local salió en estampida hacia la puerta abierta. Otro tercio se dirigió hacia la parte posterior de la taberna. El último tercio se abalanzó contra Ingrid y Viggo.
—¡Esto va a ser de lo más divertido! —dijo Viggo mientras desviaba la porra de uno de los matones y le soltaba una fuerte patada a la rodilla, que se partió con un ruido horrible.
—No los mates, hay que interrogarlos —dijo Ingrid que con cuchillo en una mano y hacha corta en la otra se defendía de dos pendencieros de muy mala presencia.
Los que escapaban por la puerta abierta salieron esperando encontrarse con algún otro Guardabosques. Se equivocaron. La parte anterior de la taberna y la calle que subía estaban desiertas, no había ni un alma a la vista. Los primeros seis comenzaron a correr y bajo sus pies se escucharon varios ‘clics’. Un momento más tarde varias trampas de hielo estallaban congelando las extremidades inferiores de quienes huían, que caían al suelo entre maldiciones y gritos de rabia.
Los que salieron tras ellos los esquivaron e intentaron huir calle arriba, pues al otro extremo estaba el muelle y terminarían en el agua. Según corrían se escucharon más ‘clics’ y esta vez del suelo surgieron propulsadas hacia los cielos grandes redes similares a la de los pescadores, pero untadas con una sustancia melosa muy pegajosa. Se vieron apresados por las redes y cayeron al suelo. Cuanto más intentaban quitarse de encima las redes, más se enrollaban en ellas y más se untaban con la sustancia, que hacía imposible desembarazarse de ellas.
El último grupo que abandonó la taberna al ver a todo el mundo tumbado en el suelo calle arriba, se giraron y corrieron calle abajo, hacia el muelle. Corrían como si les persiguieran lobos hambrientos. Cuando estaban a punto de llegar al muelle, el que corría en cabeza tropezó con una cuerda atada de lado a lado de la calle y pintada de negro. Se fue de bruces al suelo. Los otros intentaron esquivarla saltando sobre ella. Corrieron un poco más y se encontraron con otra cuerda que los golpeó a la altura de la cabeza tumbando a varios de espalda. Los que quedaban en pie intentaron huir mientras sus compañeros intentaban levantarse. Se encontraron con dos Guardabosques armados con arcos esperándolos al final de la calle con el mar a sus espaldas.
—¡Quietos ahí si no queréis recibir una flecha! —avisó Gerd.
A pesar de la advertencia, varios intentaron esquivarlos a la carrera. Dos flechas alcanzaron a los dos primeros. Las flechas eran de Tierra y estallaron cegando y aturdiendo a los que intentaban huir.
—No lo intentéis… —les aconsejó Nilsa, que apuntaba junto a Gerd.
Cuatro más desobedecieron el consejo y huyeron: dos de vuelta hacia la taberna y dos hacia el agua. Gerd se encargó de derribar a los dos que intentaban llegar al agua y Nilsa se encargó de los otros dos con dos tiros certeros.
En el interior de la taberna Viggo derribaba matones y maleantes con maestría. Se desplazaba con gran rapidez, precisión y equilibrio. Esquivaba y contratacaba con una habilidad impresionante. Los contrincantes caían al suelo sin sentido o en terrible sufrimiento en menos de un pestañeo. Se lo estaba pasando en grande con toda aquella actividad.
Ingrid no tenía ni la rapidez ni la destreza de Viggo en el cuerpo a cuerpo, pero se defendía como una leona. Los golpes que soltaba eran duros y precisos. Cada vez que acertaba, un rival caía seco al suelo. Debía tener cuidado de no herirlos seriamente, y por ello le costaba un poco más derrotarlos, pero ninguno de aquellos malandrines tenía la habilidad necesaria para vencerla. No eran más que ratas de cloaca con dientes y uñas afiladas. Un cuchillo le hizo un corte en el muslo e Ingrid soltó una patada al pecho del atacante que lo tumbó de espaldas al tropezar con otro canalla ya en el suelo. Antes de que pudiera levantarse, Viggo lo había dejado sin sentido de un rodillazo en la cara.
—Me encanta esta cita. Tenemos que hacer esto más a menudo —le dijo Viggo a Ingrid, que noqueaba a un larguirucho con dos cuchillos de un golpe circular en la cabeza con la parte plana de su hacha.
Ella le devolvió una mirada.
—¿Quieres tomarte esto en serio?
—Me lo tomo en serio. Solo digo que me encanta y que tenemos que hacerlo más a menudo.
—Esto no es una cita —le dijo Ingrid que bloqueó un chuchillo con el suyo y soltó otra patada a la pierna de apoyo del atacante, que se desequilibró. Lo remató con un golpe cruzado de izquierdas con el puño con el que agarraba el cuchillo.
—Claro que es una cita, una cita perfecta —dijo Viggo deslizándose a un lado y golpeando en la nuca a otro bribón, que cayó sin sentido antes de llegar al suelo.
Ingrid resopló.
—Solo tú llamarías a esto una cita perfecta —dijo tumbando de un izquierdazo al último de los atacantes.
—En el fondo sabes que te encanta —dijo Viggo observando la estancia por si quedaba alguien más de pie que no habían visto—. Un grupo se escapa por la parte trasera —le dijo a Ingrid señalando hacia ellos.
Ingrid asintió. Más de una docena de hombres yacían inconscientes o heridos en el suelo a su alrededor. Sacó una quincena de pañuelos para amordazarlos y otras tantas cuerdas de presa del cinturón de Guardabosques. Eran del tipo que usaban para atar a los prisioneros, pues eran resistentes y difíciles de cortar. Los Guardabosques las trataban con un preparado especial para dificultar que pudieran ser cortadas o rasgadas contra superficies duras.
—Toma —dijo y le lanzó la mitad a Viggo, que las cogió al vuelo con su mano derecha sin soltar su cuchillo.
—¿No quieres que persiga a aquellos?
—No, atemos a todos estos.
—Atar a bobalicones inconscientes es aburrido.
—Nosotros ya hemos cumplido nuestra parte de la misión.
—Ya, pero yo prefiero un poco más de acción.
—Como no hagas lo que te digo, te voy a atar y amordazar yo a ti.
Viggo sonrió.
—Sí, mi preciosa —dijo y le sonrió amoroso.
Ingrid resopló, sacudió la cabeza y se puso al trabajo.
Capítulo 2
El grupo que escapaba por la parte trasera de la taberna llegó a la pared de piedra del fondo. No había ventanas y estaba oscuro y, sin embargo, los seis hombres parecían saber a dónde se dirigían. No tropezaron ni tiraron nada al suelo en su camino a una mesa maciza y grande de roble sobre una vieja manta raída que hacía de alfombra. Se apresuraron a mover la mesa de sitio y dejar la alfombra a la vista. Uno de los hombres la quitó de un tirón y dejó al descubierto una trampilla en el suelo. La abrieron tirando de una argolla y apareció ante ellos un agujero oscuro con capacidad para una persona.
No se lo pensaron dos veces y se descolgaron al interior uno por uno. Bajaron a un oscuro sótano sin ninguna entrada de luz. La humedad y suciedad eran tales que costaba respirar. A tientas llegaron hasta otra pared de piedra y la siguieron hasta el final. Palparon el techo bajo y se encontraron con otra trampilla más grande del tamaño de una puerta. Una pendiente inclinada en la pared permitía acceder a ella. La función de aquella trampilla era la de descargar mercancías al sótano de la taberna donde se almacenaban. Los fugitivos abrieron la trampilla y la empujaron hacia fuera.
Los seis hombres consiguieron alcanzar el exterior y la brisa nocturna los alivió con su frescor en un claro detrás de la taberna por el que pasaba un camino rudimentario. Tres robles centenarios a treinta pasos era cuanto se veía. Todo parecía despejado, iban a conseguir huir. Había estado cerca, pero conseguirían salir de aquella peliaguda situación. Se dispusieron a huir a la carrera cuando se escuchó una voz.
—¡Quietos todos!
Los seis miraron a su alrededor, pero no vieron a nadie.
—¿Quién va? —preguntó uno de los hombres.
—¡Águilas Reales! ¡Quedáis detenidos! —dijo la voz que no era otro que Egil gritando con voz potente oculto tras uno de los gruesos robles junto al camino.
Los seis hombres sacaron sus armas. Tres de ellos empuñaban cuchillos y hachas de Guardabosques. Los otros tres espadas cortas y puñales como los que usaban los mercenarios y forajidos con experiencia.
—¡No nos vamos a entregar! —gritó el que debía de ser el líder. Era alto y delgado, tenía perilla y cabello rubio recogido en una cola de caballo. Parecía fuerte y ágil, de los que luchaban bien y se desenvolvían mejor que la media en situaciones complicadas. Debía rondar la treintena.
—¡Será mejor que lo hagáis! ¡Estáis rodeados! —advirtió Egil.
Los seis hombres miraron alrededor y no vieron a nadie.
—¡Aquí no hay nadie más que tú! ¡Déjate ver!
Egil salió de detrás del árbol con un arco corto en la mano.
—¡No podrá con todos! ¡Id a por él! —ordenó el líder a sus compinches.
Tres de ellos salieron a toda velocidad hacia Egil, que no se movió. Los observaba con expresión tranquila. Levantó el arco corto y apuntó al que corría en el centro.
—Mala elección…
—¡Acabad con él!
Egil tiró con toda su habilidad, que tratándose del arco no era demasiada. Para su sorpresa, acertó al que corría en el centro en el pecho. La Flecha de Aire estalló con el impacto y una descarga golpeó al forajido, que cayó al suelo entre convulsiones incontroladas.
Los otros dos siguieron corriendo hacia Egil blandiendo sus armas. No tenía tiempo de volver a cargar, así que se escondió tras el roble.
—¡Eso no te va a salvar! —gritó el que iba en cabeza y estaba a punto de alcanzar el árbol.
—¡Tened cuidado! —avisó el líder, que no se fiaba y observaba con otros dos hombres a su lado. Los tres llevaban cuchillo y hacha de Guardabosques, lo que delataba que eran o habían sido Guardabosques y la razón por la que eran buscados. Tenían que ser Oscuros.
El atacante llegó al roble y se dispuso a darle la vuelta cuando escuchó un gruñido grave y fuerte. Intentó detener la carrera. Antes de que pudiera hacerlo, de una gruesa rama baja, una pantera de las nieves saltó sobre él. Con un chillido de pavor cayó de espaldas y perdió la espada. Fue a apuñalar a la pantera con el puñal que aún le quedaba en la mano izquierda cuando se encontró con que una fuerza invisible le aprisionaba el brazo y no podía moverlo.
—¡Ayuda! ¡Socorro! —gritó.
Ona le puso las fauces al cuello y gruñó. El hombre dejó de gritar y moverse y se quedó quieto como una estatua tumbada en el suelo.
—¡Por los cielos helados! —exclamó el que venía tras él. Miró a la pantera y pareció dudar si atacar o no.
—¡Mata a la pantera! —le gritó el líder.
Dio un paso adelante y pareció decidirse a atacar. Una flecha procedente de la parte alta del roble le alcanzó en el corazón. La punta se rompió con un sonido hueco y una descarga le recorrió el cuerpo. Se fue al suelo entre convulsiones.
Egil volvió a dejarse ver junto al roble con su arco corto en las manos. Se acercó al hombre en el suelo que Ona tenía apresado en un mordisco de muerte.
—No te muevas si quieres salir de aquí con vida —advirtió Egil.
—No… me muevo… —balbuceó con la cara blanca como la nieve. Ona le apretaba el cuello con sus fauces letales.
—Los tres que quedáis será mejor que os entreguéis si queréis seguir con vida.
El que acababa de recibir la descarga intentó levantarse. Una segunda Flecha de Aire le alcanzó en el torso y lo dejó inconsciente entre convulsiones incontroladas.
—¡No vamos a entregarnos! ¡Dile al tirador que baje del árbol y luche como un Guardabosques! —dijo el líder.
Egil se volvió hacia el roble.
—Baja, Lasgol, te requieren —le dijo Egil.
Lasgol se descolgó hasta el suelo con la habilidad de un mono y se situó junto a Egil. Llevaba un arco compuesto en la mano cargado con otra Flecha de Aire.
—Somos tres contra dos —dijo el líder.
—Sí, y probablemente tan buenos como nosotros —tuvo que reconocer Egil.
—Lo somos. Somos Guardabosques curtidos.
—Tú debes ser un Especialista, si no me equivoco… —le dijo Egil observándolo detenidamente.
—Tienes buena vista. Lo soy.
—¿Especialidad? —preguntó Egil con tono casual como si estuvieran charlando entre amigos, solo que todos empuñaban armas y estaban a punto de atacarse.
—Superviviente de los Bosques —respondió con orgullo.
—Una lástima que estés fuera de tu entorno —dijo Egil encogiéndose de hombros.
—Sí, lo es. De lo contrario no estaríamos teniendo esta conversación.
—La lástima es que os pasarais a los Guardabosques Oscuros —les reprochó Lasgol con tono de frustración—. No consigo entender qué os llevó a hacerlo.
—Algunos de nosotros nos cansamos de recibir órdenes estúpidas y hacer misiones peligrosas jugándonos la vida para nada —dijo el que estaba a la derecha del líder. Era fuerte y veterano, rondaba los cuarenta años y tenía pelo y barba castañas, casi rubias.
—Las órdenes se siguen y las misiones se completan por difíciles y arriesgadas que sean —dijo Lasgol.
—Ya, ya, ahórrate el discursito, conocemos perfectamente el Sendero del Guardabosques, nos lo han recitado hasta dejarnos sordos —le dijo el otro Guardabosques, que debía tener alrededor de treinta y cinco años y era delgado y muy rubio, casi albino.
—Por difícil que sea el Sendero no podemos abandonarlo. Somos los defensores del reino, del pueblo Norghano.
—Ya, ya… de enemigos internos y externos. Nos lo sabemos de memoria —dijo el líder—. Deberías preguntarte por qué servimos a monarcas sin cerebro, ni escrúpulos; por qué aceptamos que todo cuanto nos ordenan hacer es lo correcto, cuando solo buscan su ganancia y bienestar, y no el del reino y mucho menos el del pueblo. Sois unos títeres que ellos dirigen y gracias a los cuales ganan riquezas y poder que no compartirán con nadie más que con ellos mismos.
—Nosotros no elegimos a quién se sienta en el trono, lo defendemos y con ello al reino y al pueblo —replicó Lasgol.
—Eres otra de sus marionetas que ciegamente acepta cuanto se le ordena hacer. Cuando Thoran os lleve a una guerra que no puede ganar, guiado únicamente por la codicia y el ansia de atesorar más poder, ya me contarás. Miles de buenos Norghanos morirán, entre ellos tus amigos. Quizás entonces te preguntes si servir al Rey a ciegas era el sendero a seguir.
Lasgol quiso replicar, pero no pudo, aquellas palabras le habían afectado. Podía perfectamente imaginarse a Thoran y a su hermano conduciéndoles a una guerra solo por querer conseguir más poder y oro.
—No os falta parte de razón, pero no es motivo suficiente para traicionar al reino y, sobre todo, al pueblo que defendéis —dijo Egil.
—Eso lo dirás tú. Nosotros creemos que tenemos motivos de sobra.
Egil se encogió de hombros.
—Tendremos que acordar que no estamos de acuerdo.
—Eso mismo.
—Como no llegaréis hasta nosotros, es mejor que os entreguéis pacíficamente —recomendó Egil con tono apaciguador.
—¡Eso lo veremos! —replicó el líder—. ¡A por ellos! —gritó exaltado.
Los tres se lanzaron a la carrera a una velocidad realmente sorprendente. Eran buenos Guardabosques y sabían lo que se hacían. Egil y Lasgol levantaron los arcos y apuntaron. Los tres Guardabosques Oscuros comenzaron a desplazarse en zigzag para dificultarles el tiro. Lo hacían con rapidez y deslizándose al mismo tiempo, un movimiento entrenado.
Egil soltó. Falló.
—Acertar dos veces seguidas era mucho —le dijo a Lasgol y soltando el arco sacó su cuchillo y hacha corta, pues no tenía tiempo para volver a tirar.
Lasgol no se desconcentró y siguiendo el movimiento en zigzag del que iba más a la derecha apuntó, se concentró y tiró. El Oscuro realizó el desplazamiento, que era justo donde Lasgol había calculado que lo haría, y recibió la flecha en el torso. Una descarga lo dejó temblando en el sitio.
—¡Ya los tenemos! —gritó el líder, que estaba a punto de alcanzarlos.
Lasgol dejó caer el arco y sacó su hacha y cuchillo. Se situó en posición defensiva, con el cuchillo y el hacha cruzadas frente a su rostro, con una pierna adelantada y ligeramente flexionada y la otra atrasada y rígida. Egil lo imitó al instante y se preparó para defenderse del ataque de los dos adversarios Oscuros que ya llegaban hasta ellos.
En ese momento una figura saltó de una de las ramas superiores del roble y cayó con las piernas por delante sobre los dos Oscuros golpeándolos con fuerza. Los dos asaltantes recibieron el golpe en el torso y salieron despedidos de espaldas por la potencia del ataque. La figura rodó a un lado y se puso en pie con dos cuchillos oscuros en las manos. Golpeó en la cabeza al Oscuro que aún se convulsionaba de la flecha de Lasgol y lo dejó inconsciente.
—Y esta es nuestra Asesina Natural —les presentó Egil con un gesto de introducción.
—¡Maldición! —gritó el líder poniéndose en pie con dificultad.
—Será mejor que os entreguéis o dejaremos que ella se encargue de vosotros —amenazó Egil—. Oh, y me veo en la obligación de advertiros de que es muy, muy buena.
—¡De eso nada! ¡No me voy a entregar! —dijo el líder y encaró a Astrid, que los observaba lista para atacar—. ¡Vamos a por ella! —le dijo a su compañero.
—Es un Asesino Natural… —dijo él con tono de claro temor.
—¡Somos dos! ¡Ella solo es una!
—Aun así… Enfrentarse a un Asesino es una locura —dijo y echó sus armas al suelo—. Yo me rindo —añadió y se dejó caer de rodillas con las manos sobre la cabeza.
—Esa es una actitud muy juiciosa que agradecemos —dijo Egil.
—¡Pues yo no me rindo! —dijo el líder y atacó a Astrid.
Egil hizo gesto de lamentarlo.
—Que así sea entonces.
Astrid esperó a que su oponente estuviera a distancia de golpearlo y, esquivando el primer ataque del hacha, le cortó en un brazo. El Especialista gruñó y soltó un tajo con su cuchillo buscando el cuello de Astrid. Ella echó la cabeza atrás dejando pasar el filo frente a sus ojos.
—Están envenenados —le dijo mostrándole sus cuchillos.
—¡Maldición!
—Podemos dejarlo aquí o seguir luchando… pero corres el riesgo de morir —dijo ella encogiéndose de hombros.
Lasgol observaba la pelea y quería intervenir, ayudar a Astrid. Sin embargo, no lo hizo. Sabía que Astrid no necesitaba de su ayuda. Además, era un duelo y entrometerse sería menospreciarla. Un Norghano siempre se encargaba personalmente de sus propias peleas, y Astrid mucho más que cualquier otro. En lugar de entrometerse y enfadarla, mientras el Especialista decidía si seguir luchando o rendirse, Lasgol cogió su arco y se retrasó hasta una distancia desde la que pudiera tirar. Cargó una flecha y apuntó. Si las cosas se ponían feas para Astrid intervendría, si bien dudaba mucho que se diese el caso.
—¿Qué tipo de veneno? —preguntó el Especialista observando el corte en su manga.
—Tranquilo, no es letal. Te dejará fuera de combate en breve.
—Pues eso es un error —dijo él y atacó con dos tajos buscando el rostro de Astrid. Con la velocidad y agilidad de una pantera, la Asesina se agachó y se desplazó a un lado. El Especialista se giró para atacar golpeando de arriba a abajo con su hacha. Astrid le cortó en el muslo y se lanzó a su izquierda rodando sobre su cabeza. El hacha del Especialista golpeó el suelo con fuerza.
Lasgol tenía ahora un tiro claro y Astrid estaba fuera del alcance. Podía tirar y acabar con aquello. Estuvo a punto de soltar, pero no lo hizo, Astrid no lo aprobaría. Cada uno debía ocuparse de sus responsabilidades. Ya no eran críos, debían comportarse como adultos. Dejaría que fuera ella quién decidiera cómo proceder. Astrid le lanzó una mirada, como si supiera lo que estaba pensando y le hizo un gesto para que bajara el arco.
—Me… pesan los brazos… —dijo el Especialista que intentaba continuar la lucha.
—Y pronto también las piernas —le dijo Astrid.
—Veneno ralentizador…
—Exactamente. Una mezcla nueva de mi creación con la que estoy experimentando. Es un área de estudio que me gusta mucho. Si te sirve de consuelo, eres el primero que lo va a probar. Me servirás de sujeto de estudio.
—Vaya… qué bien… qué suerte la mía… —masculló lleno de sarcasmo y rabia.
—Debería hacer ya el efecto final.
El Especialista se miró las heridas. Se volvió hacia Astrid como decidiendo si atacar o rendirse, pero no llegó a tomar la decisión. Las extremidades le fallaron y cayó de rodillas con los brazos pegados a los costados. No podía levantarlos.
—Suelta las armas —dijo Lasgol apuntándole al torso.
El Especialista finalmente se rindió e hizo como Lasgol le indicaba.
—Buen veneno… —le dijo a Astrid, que lo observaba con ojos analíticos.
—Veo que funcionan muy bien, y más rápido de lo que pensaba.
—Espero que no me mate…
—Yo también —respondió ella.
—¿Flor de Lotus Violeta? —le preguntó Egil interesado en el veneno.
—Así es, pero le he puesto un potenciador: raíz de Haya Negra.
—Vaya, eso es muy interesante. Tendré que experimentar con ello —le dijo Egil sonriendo—. Tenemos que intercambiar conocimientos y notas sobre los experimentos que hacemos en este área tan excitante de investigación.
—Realmente excitante —dijo Lasgol con ligera ironía en el tono. A él los venenos no le parecían para nada interesantes.
El Especialista se derrumbó a un lado y se quedó tirado en el suelo. Su compañero lo observaba de rodillas con las manos en la cabeza. El tercero, que aún permanecía consciente, estaba bien quieto, ni respiraba del miedo que sentía con las fauces de Ona en su cuello.
«Ona, Camu, dejadlo ir» les pidió Lasgol.
«De acuerdo» respondió Camu que dejó de hacer presión sobre el brazo del Oscuro.
Ona liberó el cuello de su bocado letal y el Oscuro respiró llenando sus pulmones. Tenía cara de estar completamente aterrorizado.
«Ona, buena. Bien hecho».
La pantera de las nieves soltó un himplido de agradecimiento.
«Vigilad a ese. No creo que se mueva ni un ápice, pero no lo perdáis de vista por si acaso».
«Vigilar. De acuerdo. Ona morder si intentar escapar».
«Pero no lo matéis. Está muerto de miedo. No creo que sea peligroso ahora».
Ona gruñó una vez.
«De acuerdo. Morder, no matar».
«Eso mismo» reiteró Lasgol para asegurarse de que entendían lo que debían hacer. No quería que accidentalmente aquel hombre muriera. El miedo podía llevarle a tener alguna idea no muy brillante en aquella situación, como levantarse y echar a correr. Eso provocaría que todos reaccionaran.
—Quietos todos donde estáis y nada de intentar escapar —dijo Lasgol y les señaló a los tres con su arco. Utilizó un tono seco y duro para dejar claro que no se andarían con miramientos, aunque en realidad lo que quería era evitar que murieran por cometer una tontería cuando ya estaban vencidos y sin ninguna salida.
—Yo no voy a poder… escapar en un rato… —dijo el Especialista desde el suelo.
—En un buen rato —puntualizó Astrid, que se acercó a los Oscuros, les quitó todas las armas y las llevó junto a Egil.
—Átalos bien, por favor —le dijo Egil sacando las cuerdas y mordazas de su cinturón.
—Será un placer —dijo Astrid y se puso a ello.
De pronto escucharon el ulular de una lechuza, pero con una cadencia diferente, una que ellos conocían.
—Es Ingrid —reconoció Lasgol.
Al primer ulular le siguió otro, muy similar, pero algo más alargado.
—Y esa es Nilsa —dijo Egil reconociéndolo.
—Estupendo, eso significa que el plan ha salido bien —dijo Lasgol muy contento.
—Eso parece, sí. No están pidiendo ayuda, con lo que no debe haber heridos entre los nuestros —dijo Astrid mirando al cielo.
—Menos mal —dijo Lasgol con un pequeño resoplido de alivio.
—Fantástico entonces —sonrió Egil satisfecho—. Me encanta cuando los planes salen bien.
—Los tuyos casi siempre salen bien —dijo Astrid.
—Este era un tanto particular —dijo Lasgol con expresión de que la operación no había sido precisamente sencilla.
—Eso sí —sonrió Astrid que ya tenía a todos bien atados y acariciaba a Ona mientras Camu, en estado invisible, le daba empujoncitos cariñosos que ella agradecía.
—¿Y ahora qué hacemos? —le preguntó Lasgol a su amigo.
Egil inspiró profundamente.
—Ahora vamos a finalizar la primera misión de las Águilas Reales y a contentar al Rey Thoran.
Capítulo 3
Egil pidió a sus compañeros que llevaran a todos los prisioneros al interior de la taberna para que pudiera tener con ellos una conversación tranquila y reveladora. Primero despejaron de mesas y sillas el interior del local para hacer sitio. Gerd se esmeró y entre su fuerza y la rapidez de Astrid y Viggo, el local quedó despejado enseguida.
Luego trasladaron a todos los prisioneros que no estaban ya dentro al interior de la taberna. Esto les llevó algo más de tiempo porque tuvieron que arrastrarlos o llevarlos entre dos. A Viggo no le hizo mucha gracia y protestó, como era habitual en él. Para sorpresa de todos, Ingrid no le dijo nada y se limitó a indicarle que siguiera trabajando, que no tenían todo el día. Nilsa y Gerd intercambiaron una sonrisa. La nueva y extraña relación entre Ingrid y Viggo les iba a proporcionar incontables y divertidos momentos.
Situaron a todos los prisioneros atados de pies y manos y amordazados en el centro de la estancia. Los que se recuperaban de las trampas y flechas no se movían demasiado ni protestaban. Algunos por miedo, otros por los efectos que todavía no se les habían pasado. Unos pocos, ya más recuperados, intentaban soltarse sin éxito. Había quien intentaba gritar bajo las mordazas y Viggo le daba un coscorrón con la empuñadura de su cuchillo para que se callara.
—Menudo lío tenemos aquí montado —le susurró Nilsa a Gerd inclinándose hacia el grandullón para acercarse a su oído de forma que los prisioneros no los oyeran.
—Ya lo creo. ¿Cómo vamos a saber quiénes de todos estos pertenecen a los Oscuros y quiénes no? —susurró de vuelta Gerd, que se rascaba la cabeza.
Nilsa se encogió de hombros.
—Ni idea.
—¿Los habéis registrado bien? —preguntó Egil.
—Sí, ninguno lleva monedas de los Oscuros o carta o documento alguno sellado con el Jabalí y el Oso —le respondió Lasgol que había estado afanándose en inspeccionarlos.
Sobre la barra había depositado todas las pertenencias que había hallado al registrarlos. Desde armas pequeñas de todo tipo, a cartas marcadas, dados que pesaban raro, monedas de Norghana y de al menos otros tres reinos, cuerdas, agujas, garfios y numerosos enseres pequeños. Había cosas que Lasgol ni podía identificar. No las había visto nunca. Una cosa que le dejó boquiabierto fue un ojo de cristal que parecía muy real. Pensó en Ulf y en que le quedaría muy bien. Luego lo pensó mejor y sacudió la cabeza. Ulf nunca se pondría un ojo de cristal. Lo último que el viejo soldado retirado querría era parecer más guapo. No, al contrario, él lo que quería era infundir miedo y la falta de un ojo le venía muy bien.
—No me sorprende que no encontremos rastro del Jabalí y el Oso. Han aprendido que deben deshacerse de todo objeto que lo lleve, ya que es incriminatorio. Solo lo usarán cuando lo necesiten de verdad —comentó Egil que los estudiaba atentamente, como intentando adivinar quién era un Oscuro y quién no.
—Hubiera sido más fácil para todos que llevaran las monedas encima —dijo Ingrid con tono de no estar muy contenta con la situación—. Ahora inocentes pagarán por traidores.
—Pagar, lo que se dice pagar, tampoco es… —le restó importancia Viggo—. Solo les hemos causado unas ligerísimas molestias por encontrarse en el lugar equivocado con la compañía equivocada. Me refiero a los posibles inocentes, si es que hay alguno entre esta pesca apestosa que hemos capturado.
—Algo de incomodidad sí que les estamos causando —le dijo Lasgol e hizo un gesto hacia los prisioneros. Era mucho más que una simple incomodidad, y sería todavía más antes de que la noche terminara, pero Lasgol no quiso intranquilizar más a los cautivos. Algunos de ellos parecían estar más que nerviosos. Lo que no sabía era si se debía a que eran inocentes o, precisamente, por lo contrario, al verse atrapados y cerca de ser descubiertos.
—Si están en este lugar de perdición, muy inocentes no son, eso te lo aseguro —dijo Viggo y le guiñó el ojo.
—Razón no le falta, no veo yo aquí mucho trigo limpio, por no decir que no veo ni una cara con aire de inocente —añadió Astrid—. Yo no me fiaría de ninguno. Para mí que todos son culpables de un delito u otro.
Lasgol era consciente de que los clientes de aquella taberna de mala reputación eran delincuentes, mercenarios y forajidos de diversa índole, con lo que los que tenían allí atados, probablemente o eran Oscuros, o bien estaban en busca y captura por la guardia de la ciudad. De lo contrario, no hubieran salido en estampida como lo habían hecho. Además, estaban los que se habían enfrentado a ellos, que esos sí, con toda certeza, merecían estar allí.
—Ya, unos cuantos peces podridos sí que parece que hemos capturado en nuestras redes en esta operación de pesca… —comentó Lasgol que se preguntaba cuál sería el método o forma que iba a elegir Egil para desenmascarar a los Oscuros allí presentes. No era un problema de solución sencilla. Por más que le daba vueltas al asunto en la cabeza, no se le ocurría una buena forma de hacerlo. Estaba seguro de que su amigo ya lo había pensado y mucho, pero como solo les había compartido la información que necesitaban para la primera parte del plan, esta segunda parte era toda una incógnita para todos. La mente de Egil debía estar trabajando a todo lo que daba para desenmarañar aquel lío que tenían entre manos.
Egil comenzó a dar vueltas alrededor de los prisioneros, pensativo. A un lado del círculo que formaban en medio del establecimiento estaban Nilsa y Gerd y frente a ellos Ingrid y Viggo. En la puerta estaba Lasgol con Ona y Camu camuflado. Al fondo de la estancia estaba Astrid, vigilando la trampilla. Nadie podía entrar ni salir y los prisioneros tampoco podrían soltarse ni escapar. Estaba todo bien organizado y ejecutado, como a Egil le gustaba hacer las cosas.
Hubo un momento de silencio. El grupo observaba a los prisioneros, pero de reojo miraban a Egil, esperando a lo que tendría planeado hacer.
—Bonito grupo de Oscuros que tenemos aquí… —dijo de pronto Egil casualmente, como si hablara para sí mismo, si bien lo hacía en alto para que todos pudieran oírle bien.
—De los últimos que quedan ya —dijo Gerd cruzando los brazos sobre su enorme torso—. ¿Verdad? Ya no pueden quedar muchos más en el reino. Los hemos ido cazando a todos.
—En efecto, mi querido amigo —respondió Egil asintiendo mientras continuaba caminando.
—Hemos acabado ya con cinco… no, seis grupos dispersos —dijo Nilsa contando con los dedos de las manos—. Este tiene que ser de los últimos que quedan.
—Hay que reconocerles que están bien organizados —comentó Astrid—. Pequeños grupos que operan de forma independiente de los otros a los que apenas conocen. Las órdenes van acompañadas del sello o la moneda del Jabalí y el Oso. Nos complica bastante el encontrarlos y apresarlos.
—Que es nuestro deber y por lo que estamos hoy aquí —afirmó Ingrid y lanzó una mirada dura a los prisioneros mientras se llevaba las manos a descansar sobre las armas a su cintura.
Lasgol suspiró. En realidad, estaban allí porque la primera misión que el Rey les había encomendado como Águilas Reales no había sido otra que encontrar y apresar a todos los grupos de Guardabosques Oscuros que quedaban dispersos por el reino. Una misión que estaba resultando mucho más difícil de lo que habían anticipado. Al haber caído las cabezas de la organización, los grupos operaban ahora independientemente con el cabecilla de cada grupo dando las órdenes a seguir. Ya no eran ni Gatik, ni Eyra quienes pasaban órdenes hacia abajo, con lo cual no era posible seguir el rastro de la cadena de mando. Lasgol pensaba que sin liderazgo los últimos grupos supervivientes se habrían dispersado y desaparecido. Por desgracia no era así. Seguían operando en secreto, esperando que alguien tomara de nuevo el liderato de la organización. Eso era algo que ellos tenían que evitar como fuera. Los Guardabosques Oscuros debían desaparecer.
—Yo creo que deberíamos cortarles a todos el cuello y acabar con esto aquí y ahora —dijo Viggo con tono de gran pereza mientras se estiraba como si acabara de despertarse—. Empieza a ser un hastío buscarlos, apresarlos y entregarlos al Rey. Es mucho más eficiente acabar con ellos y final de la historia, continuamos con la siguiente misión.
Ingrid le lanzó una de sus miradas de disgusto. Sin embargo, no le dijo nada. Él sonrió y puso cara de pillo. Lasgol sabía que en realidad Viggo no lo decía en serio. No quería matarlos a todos, lo que buscaba era intimidarlos y, por los rostros de algunos de ellos, lo había conseguido. Viggo seguía con su habitual estilo amoral y rebelde y en algunas situaciones, como esta, les venía muy bien.
—Antes de matarlos a todos, veamos si alguno quiere dialogar y salvar el pescuezo —propuso Astrid siguiéndole el juego a Viggo—. Puede que encontremos alguno inteligente que quiera salvar la vida.
Lasgol se fijó en que varios de los prisioneros realizaban gestos afirmativos con la cabeza. Se esforzaban por que se les viera agitando el cuerpo cuanto podían. El comentario de Astrid estaba surtiendo efecto. Quizás pudieran obtener algo de información importante.
—Veamos qué tiene que decir este —dijo Ingrid y se acercó a uno de ellos que no paraba quieto sacudiendo brazos y piernas como si le estuviera dando un ataque. Le soltó la mordaza para que pudiera comunicarse.
—Yo… quiero hablar… —balbuceó el prisionero.
—Muy bien, pues habla. ¿Qué es lo que sabes? —preguntó Ingrid sin miramientos y lo miró fijamente a los ojos con expresión hosca.
—¡Yo no sé nada, lo juro! ¡No tengo nada que ver con esto!
—Vaya, qué desilusión… —se lamentó Viggo y sacó uno de sus cuchillos—. Si no sabes nada de nada no nos sirves —dijo y le hizo el gesto con el dedo pulgar sobre la garganta de que le iba a cortar la yugular.
—¡Por favor! ¡Soy inocente! ¡No soy de esos a los que estáis buscando! —gritó con cara de estar aterrado.
—¿Y cómo sabes a quién buscamos? —preguntó Ingrid enarcando una ceja con expresión sospechosa.
—Yo… he oído hablar de vosotros… los Guardabosques Reales que cazan a los Guardabosques Oscuros. Esos sois vosotros. ¿No es verdad? ¿Verdad que sois vosotros? ¿No? —dijo mirando a Ingrid y luego al resto con ojos muy abiertos llenos de temor.
—Águilas Reales, y sí, esos somos nosotros —confirmó Ingrid.
—¡Pues yo no tengo nada que ver con los Guardabosques Oscuros! ¡Solo estaba jugando a las cartas! ¡Vengo a menudo! ¡Me conocen! —se defendió intentando convencerles de que no era uno de los Oscuros.
—Ya, y vamos a creerte porque tú lo digas —replicó Viggo con un gesto de que no se creía nada el alegato de inocencia.
—¡Es la verdad! ¡Soy inocente! —se desesperaba en proclamar el prisionero.
—Es la primera vez que lo oímos, ¿verdad, amigos? —dijo Viggo con tono de estar cansado de oír las falacias de los que capturaban.
—No es ni la primera hoy —le siguió el juego Astrid a Viggo, lo que provocaba que los prisioneros estuvieran cada vez más nerviosos por lo que les iba a suceder.
Nilsa volvió a susurrarle al oído a Gerd.
—No veo cómo vamos a diferenciar quién dice la verdad y quién no…
—Ojalá tuviéramos Poción Verdadera…
—Ya lo creo, ojalá. Pero no la tenemos —respondió Nilsa y arrugó la nariz.
—Veamos qué se le ocurre a nuestro amigo —dijo Gerd y señaló a Egil, que paseaba con las manos entrelazadas a la espalda dando vueltas alrededor de los prisioneros con expresión absorta.
Lasgol acarició la cabeza y orejas de Ona. La pantera lo agradeció con un himplido cariñoso.
«Manteneos vigilantes por si alguno consigue soltarse y nos da un susto».
«Yo vigilar. Saltar si uno soltar» le transmitió Camu de inmediato.
«Camu, no sé si te has dado cuenta de que en cuanto a saltar se refiere, a Ona se le da mucho mejor que a ti. Con que avises nos vale. Ya saltará Ona sobre quien haga falta».
«Yo saltar muy bien» respondió el y transmitió un sentimiento de que estaba ligeramente ofendido por la implicación de que él no era tan ágil como Ona.
«Saltas bien, sí, pero Ona lo hace mejor. Es un gran felino. Un gran cazador. Es su especialidad saltar sobre presas y derribarlas» le explicó Lasgol para que se sintiera mejor.
«Yo dragón, yo más fiero».
Lasgol se llevó la mano a la cara y negó con la cabeza.
«No empieces con lo de ser un dragón… ya te he dicho mil veces que no eres un dragón».
«Yo dragón, tú ver».
Lasgol no quiso seguir con la discusión, no era el momento y con lo cabezota que era Camu, sabía que no lograría nada. Le iba a llevar mucho tiempo convencerlo de que no era un dragón. Resopló y abriendo la puerta una rendija observó el exterior. Todo parecía tranquilo. Le hizo una seña interrogativa a Astrid al fondo, al otro lado de la taberna. Ella le respondió con un gesto mostrando que todo estaba tranquilo.
—Empecemos a desenmarañar este ovillo —dijo de pronto Egil deteniendo su paseo circular—. A los que han luchado con armas de Guardabosques y los que nos han atacado en la parte posterior, sed tan amables de llevarlos con Astrid al fondo de este insigne establecimiento.
—¿Esos son Oscuros? —preguntó Gerd abriendo mucho los ojos.
—Primordial, mi querido amigo —respondió Egil asintiendo y le dedicó una sonrisa.
Nilsa soltó una risita.
—Le ha cogido gusto a esa frase.
—Ya, pero solo me la dice a mí —se quejó Gerd—. ¿No será por algo malo?
—Qué va. Si os lo pasáis genial los dos con vuestras cosas —replicó Nilsa sonriendo mientras arrastraba a uno de los Oscuros por los tobillos.
Gerd no se quedó muy convencido con la respuesta de Nilsa y arrastró a dos más de los tobillos mientras los Oscuros intentaban soltarse sin conseguirlo.
—Al que haga alguna tontería le corto el pescuezo —amenazó Astrid mostrándoles sus cuchillos negros de Asesino. Todos dejaron de resistirse al momento.
Nilsa y Gerd llevaron hasta Astrid a rastras y sin miramientos a todos los que Egil había indicado. Cuando terminaron se quedaron mirando a Egil a la espera de la siguiente orden.
—Al que he alcanzado yo con el arco en la parte trasera, quitadle la mordaza, por favor —pidió Egil—. Quiero conversar con él un poco.
—Al momento —respondió Astrid, que le quitó la mordaza al prisionero.
—Tú has tenido la mala fortuna de que hoy te haya alcanzado con mi arco. Debe ser que voy mejorando —sonrió Egil y se situó frente a él, observándolo con atención—. O puede que la diosa fortuna me haya sonreído en este caso. Sea cual fuere de las dos circunstancias, me gustaría que, si eres tan amble, me respondieras a una sencilla pregunta…
—¡No te diré nada, puerco! —le interrumpió el Oscuro y le escupió en las botas.
—Qué pocos modales. Este no ha sido Guardabosques. No es más que un malhechor cualquiera —dedujo Egil con expresión de desagrado.
—Ya sabemos que contrataron matones, desertores, y gentuza sin escrúpulos pagando con oro —dijo Ingrid que no perdía ojo al grupo de prisioneros.
—Para tener más número y poder llevar a cabo operaciones más ambiciosas. Solo con Guardabosques no tenían suficientes números y fuerza para lo que intentaban hacer —razonó Egil asintiendo.
—Como atreverse a atacar a nuestros Maestros Especialistas cuando iban de camino a la capital —convino Ingrid.
—Ese fue un movimiento muy arriesgado y que me sorprendió mucho. No pensaba que tuvieran suficientes Oscuros para intentarlo. ¿Veis como yo también me equivoco? —les dijo a sus compañeros.
—Rara vez —le corrigió Lasgol y le guiñó el ojo.
—Ver que también erramos, que no somos infalibles, nos mantiene humildes, en nuestro sitio, respetuosos —comentó Egil.
El prisionero comenzó a insultar a Egil y al resto del grupo con muy malos modales.
—Cierra la bocaza —le dijo Astrid y le puso el cuchillo al cuello.
—No… os diré nada… —cerró la boca con fuerza.
—Así estás mucho más guapo —le dijo Astrid tirando de su sucio pelo hacia atrás con una mano mientras con la otra mantenía el cuchillo en su cuello.
—Puedes volver a ponerle la mordaza. Este no nos sirve —dijo Egil negando con la mano.
—El Especialista al que derrotaste —le indicó a Astrid—. Hablemos con él.
Astrid le puso la mordaza al malhablado y se acercó al Especialista Oscuro. Le quitó la mordaza.
—¿Qué tal el veneno? —le preguntó.
—Mal… no se me pasan los efectos y me duele horrores la cabeza —respondió él.
—Ups… eso es un efecto secundario no intencionado —Astrid se encogió de hombros y le sonrió con ironía.
Egil se situó frente al Especialista.
—Necesito saber quién es el líder de este grupo —dijo con tono amigable—. Sí me lo dices, terminaremos con todo este interrogatorio.
—Ummm… déjame pensar. ¿Por qué debería decírtelo? Nos vais a entregar al Rey y él nos colgará. No veo ninguna ganancia en contarte nada.
—Algo de razón no le falta —dijo Viggo con sarcasmo.
Egil no se inmutó por el comentario de su amigo.
—Está bien. Puedo ofrecerte un trato. Si nos dices quién es el líder del grupo, no colgarás. Eso puedo asegurártelo.
—¿No colgaré? —preguntó él con tono de dudarlo mucho.
—Las Águilas Reales tenemos cierta libertad para actuar.
—No podéis ir tan lejos como para perdonar una condena a muerte. Todos sabemos que si somos capturados Thoran nos colgará por traidores al reino.
—Digamos que nosotros podemos conmutar tu pena de muerte.
—¿Conmutar? —preguntó sin comprender.
—Podemos cambiarla por otra —explicó Egil.
—¿Me dejaréis ir?
Egil arrugó la nariz y negó con la cabeza.
—He dicho conmutar, no darte la libertad. Tendrás que pagar, sufrir una condena, pero no será la muerte. Los errores se pagan siempre, de una forma o de otra. Esa es una ley del hombre y de la naturaleza que es inalterable.
—¿Qué condena entonces? —quiso saber el Especialista.
—Cadena perpetua en las minas.
Hubo un momento de silencio mientras el Oscuro recapacitaba.
—No hay trato. Prefiero morir a servir trabajos forzados en una maldita mina en una oscuridad sin final hasta morir.
—¿Estás seguro? Trabajos forzados es duro, pero no es la muerte…
—Para mí es peor que la muerte. No terminaré mis días en el fondo de una mina. Me hice Guardabosques para vivir libre en las montañas y bosques. No puedo acabar en un foso oscuro trabajando bajo un látigo.
Egil hizo un gesto de lamentar que aquella fuera la respuesta.
—Está bien. Sí esa es tu decisión… Te entregaremos, y colgarás.
El Especialista tragó saliva.
—Es mi decisión.
Egil se volvió hacia el grupo principal y observó a los prisioneros.
—Necesito al tabernero —dijo de pronto.
Lasgol abrió mucho los ojos. Le había sorprendió la petición.
—¿Al tabernero? —inquirió Gerd con la frente fruncida.
—Él es la clave aquí.
—¿La clave? ¿El tabernero? —preguntó Gerd con expresión de no entender a qué se refería.
—Sí, lo necesito. ¿Dónde está? —preguntó Egil mirando alrededor.
—No está entre los prisioneros —dijo Ingrid.
—Estará escondido —dijo Egil y realizó una indicación con el pulgar indicando detrás de la barra.
Viggo saltó la barra antes de que Egil hubiera siquiera terminado de señalar.
—Hay un par de cuartos traseros aquí atrás —dijo Viggo tras inspeccionar la zona rápidamente.
—Estará escondido por ahí —le dijo Egil.
—Yo me encargo —dijo Viggo y desapareció.
El resto se quedó esperando, extrañados por la petición de Egil.
Capítulo 4
Hubo un momento de espera silenciosa que rompió el sonido abrupto de un objeto al romperse contra el suelo y las paredes. Se escuchó un grito y más sonidos, esta vez de golpes. Volvió a reinar el silencio.
Viggo apareció de pronto al fondo, tras la barra.
—Ya lo tengo —proclamó con voz triunfal.
—¡No me pegues más! —gritaba el tabernero al que llevaba agarrado por una oreja, como si fuera un niño, solo que el encargado de la taberna era de un tamaño enorme.
Llegaron hasta la barra. Viggo tieso como una espiga y el tabernero encorvado y con las manos en las orejas.
—Sáltala —ordenó Viggo.
—Se puede pasar por allí —le indicó el tabernero con el dedo índice señalando al final de la barra, a una sección donde el mostrador se levantaba y se podía pasar.
—Quiero verte saltar la barra —le dijo Viggo que retorcía con fuerza la oreja del corpulento hombre.
—¡Está bien! ¡Ya la salto! ¡No retuerzas más!
El tabernero más que saltarla se subió a ella como pudo, con la tripa por delante, y se dejó caer al otro lado rodando como un saco de patatas. Cayó al suelo de madera cubierto de suciedad con un golpe que hizo temblar varios tablones.
Viggo sí la saltó con mucha agilidad para caer de pie al lado de su prisionero.
—Eso te pasa por tirarme cosas a la cabeza —regañó al tabernero que, tumbado en el suelo boca abajo, se protegía las orejas con las manos.
—Gracias, Viggo. Tú siempre tan eficiente —congratuló Egil.
—Y vistoso —añadió él mientras se sacudía algo de suciedad de los hombros—. Nada mejor que una buena entrada para captar la atención del público.
Egil sonrió.
—Muy cierto —convino, y se acercó hasta el tabernero—. Quiero hacerte una pregunta. Es sencilla y nos ayudará a solventar esta compleja situación a la que nos enfrentamos aquí. Es necesaria tu colaboración y espero que nos la brindes.
—¡Yo no sé nada! ¡Solo soy el tabernero! —se defendió de inmediato sin siquiera mirar a Egil.
—Por supuesto… es natural… —convino Egil con tono amistoso.
—¡No tengo nada que ver con ninguno de ellos! ¡Con ninguno!
—Lo entiendo… por supuesto…  —continuó Egil con una inflexión suave en su voz, casi cariñosa.
—¡No he hecho nada malo! ¡Lo juro!
—Estoy seguro de que tú solo te dedicas a regentar este local tan carismático y agradable y que no estás involucrado en el feo asunto por el que estamos hoy aquí de visita un tanto descortés y por la que te pido disculpas en mi nombre y en el de mis compañeros —dijo Egil con una sonrisa—. Sin embargo, hay una pregunta que quiero que me respondas.
El tabernero se volvió en el suelo y miró a Egil.
—¿Una? ¿Solo una?
—Así es, solo una —le aseguró Egil con un gesto afirmativo.
—Bueno… si solo es una… y mientras quede claro que yo no tengo nada que ver con todo esto… —masculló el tabernero.
—Por supuesto. Así me gusta. La pregunta es la siguiente: ¿Quién de entre todos estos insignes clientes de este afamado establecimiento te paga para mantener reuniones en la parte de atrás con total discreción?
El tabernero abrió muchos los ojos y cerró la boca. No respondió.
—Responde o te arranco una oreja a tirones —amenazó Viggo con tono lúgubre.
—Yo… no… —balbuceó el tabernero y se protegió las orejas con las manos.
—¿O prefieres que te las corte? —Viggo le mostró su cuchillo y luego hizo un gesto como que le cortaba una oreja con él.
—¡No! ¡No me cortes la oreja!
—Tampoco pierdes mucho, guapo precisamente no eres —dijo Astrid desde el fondo arrugando la nariz.
—Está bien…  Os lo diré… ¡pero me tenéis que proteger de ellos!
—Protección y salvaguarda podemos proporcionarte —le aseguró Egil—. Habla sin miedo, nadie te hará daño alguno.
—Es… —el tabernero miraba hacia el grupo en el centro de la estancia y señaló con el dedo índice—. Sigurd Mustenson —culpó.
Los hombres apresados al ver que todos miraban sin saber muy bien a quién señalaba el tabernero, comenzaron a separarse dando botecitos hasta dejar a un hombre en el medio. Era fuerte y alto, de ojos azules, cabello rubio largo y nariz plana. Una cicatriz de unos tres dedos de longitud en la frente lo marcaba. Tenía aspecto de tipo duro.
—Creo que hemos encontrado al líder —dijo Egil muy complacido—. Gerd, Nilsa, ¿os encargáis de acercármelo para que pueda hablar con él?
—Sí, claro —dijo Gerd.
Fueron hasta el prisionero y lo arrastraron hasta donde Egil aguardaba, alejado unos pasos del resto de prisioneros.
—La mordaza —indicó Egil.
Nilsa se la quitó.
—No he hecho nada ni pertenezco a los Guardabosques Oscuros —le dijo Sigurd a Egil en cuanto pudo hablar—. No sé por qué me ha señalado ese canalla —lanzó una mirada letal al tabernero en el suelo.
—Me imaginaba que dirías eso. Te voy a ofrecer el mismo trato que he ofrecido antes. Quiero saber quién aquí presente pertenece a tu grupo y también donde está el último grupo que nos queda por apresar.
—No sé nada. Estás hablando con la persona equivocada —dijo Sigurd.
—Yo creo que no. El trato es trabajos forzados por la información. De lo contrario colgarás —le ofreció Egil y abrió las manos en un gesto que infería que el trato era todo lo que podía ofrecer.
—Puedes ofrecerme todo el oro en los cofres de Thoran. Aun así, seguiré diciéndote lo mismo. Tienes a la persona equivocada. Yo estaba aquí bebiendo y buscando trabajo. No pertenezco a los Guardabosques Oscuros.
—Curioso lugar para buscar trabajo —comentó Ingrid negando con la cabeza—. No es muy buen lugar para hallarlo.
—Ciertos tipos de trabajo solo se encuentran en lugares poco recomendables como este.
—Te refieres a trabajos sucios —aclaró Ingrid.
—Sí, muy sucios. Alguien tiene que hacerlos. Yo me dedico a ello —confesó Sigurd y se encogió de hombros.
—Tiene todo el sentido que tú y tus camaradas os dediquéis ahora a ese tipo de trabajos, dadas las circunstancias —razonó Egil—. Sin embargo, eso no te elimina como líder de un grupo de Oscuros.
—Que tú digas que yo lo sea, no lo hace verdad —rebatió el prisionero.
Egil asintió.
—Muy cierto. Entiendo entonces que no quieres el trato que te ofrezco, ¿verdad?
—No lo quiero porque yo no soy quien crees que soy ni tengo la información que buscas.
—Veras, yo creo que sí. Algo me dice que sí.
—Puedes pensar lo que quieras, no voy a confesar —dijo Sigurd desafiante—. No conseguirás nada de mí.
—Bueno, eso está por ver, no adelantemos acontecimientos. El futuro no está escrito, se va escribiendo con cada una de nuestras decisiones —le dijo Egil con una sonrisa algo maliciosa.
Sigurd lo miró perplejo.
—¿Le doy un tratamiento especial para animarle a colaborar? —preguntó Viggo que se hizo sonar los nudillos de cada mano en gesto amenazante.
—No será necesario —dijo Egil—. Llevadlo por favor a una de las habitaciones traseras del tabernero. Voy a tener una charla privada con él. Ahora vuelvo —Egil pasó junto a Lasgol, le guiñó el ojo y salió de la taberna rápidamente.
Gerd resopló y sacudió la cabeza.
—¿Qué pasa? —le preguntó Nilsa en un susurro.
—Creo que ya sé lo que Egil ha ido a buscar.
—Oh. ¿Algo malo? —preguntó la pelirroja que ya se estaba poniendo nerviosa.
—Sí, bastante malo.
«Esto divertido» le transmitió Camu a Lasgol.
Ona gruñó dos veces. A ella no le parecía divertido.
«¿Por qué te parece divertido?» preguntó Lasgol.
«Mucha tensión, divertido».
«Sí, eso no te lo niego, pero no lo hace divertido. Yo diría que es todo lo contrario, una situación tensa».
«Divertido. Ser como juego. Adivinar quién ser malo. Yo adivinar también».
«Bueno… visto así… igual…».
«Yo decir él malo».
«¿Crees que Egil acierta?».
«Egil muy listo. Acertar».
«Pues sí, lo es y probablemente esté en lo cierto. Veremos qué pasa».
«Ver qué pasa. Divertido».
A Lasgol no le parecía divertida la situación, pero como para Camu todo era un juego y allí estaban intentando desenmascarar al líder Oscuro y su grupo, a la criatura se lo parecía. No podía culparle por ello. Desde el punto de vista de Camu tenía su sentido interpretarlo como un juego en el que se desenmascaraba al culpable al final. Lasgol esperaba dar con el culpable y poder salir de allí.
Ingrid y Viggo se llevaron a Sigurd mientras el resto vigilaba a los prisioneros.
—Ya verás qué bien te lo vas a pasar —le dijo Viggo según lo trasladaban a rastras hasta la habitación.
—No me vas a meter miedo en el cuerpo, así que puedes ahorrarte tus comentarios —dijo Sigurd desafiante, convencido de que no le harían hablar.
—Si te queda algo de decencia, acepta el trato de Egil y paga por tus crímenes en las minas —le aconsejó Ingrid—. De lo contrario te arrepentirás cuando cuelgues de una soga y sea demasiado tarde.
—Los que os arrepentiréis seréis vosotros cuando veáis que os estáis equivocando conmigo. Os lo repito. Yo no pertenezco a los Guardabosques Oscuros.
—Como quieras, ya veo que no te queda honor —le reprochó Ingrid decepcionada y lo metieron en la habitación.
—Voy por una vela para que podamos ver algo aquí —le dijo Viggo a Ingrid.
—Vale. Yo vigilo. Y pensar que un día fuiste un Guardabosques… —le dijo a Sigurd negando con la cabeza.
Sigurd fue a decir algo, pero calló.
Un momento más tarde volvía Viggo con una vela que había cogido del bar y tras él llegaba Egil con una bolsa negra. Entraron en la pequeña y sucia habitación.
—Ponedlo sobre la cama, por favor —pidió Egil señalándola.
Ingrid y Viggo lo levantaron de los brazos y las piernas y lo dejaron caer en la cama.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Ingrid.
—Le voy a presentar a mis dos pequeños amigos.
Ingrid entendió. Puso cara de rechazo.
—Yo me quedo con él para ayudar —dijo Viggo—. Tú, si lo deseas, puedes ahorrarte esta desagradable escena.
—De eso nada. Si tú te quedas y lo aguantas, yo también —dijo Ingrid.
—No es necesario, y se te va a revolver el estómago. Todos sabemos que eres la líder de las Águilas. No necesitas probarlo cada vez —dijo Viggo con tono amable.
—Es mi forma de ser —dijo Ingrid cruzando los brazos sobre el torso.
Sigurd los miraba intentando identificar si le estaban intentando engañar o de verdad iba a ocurrirle algo realmente malo.
—Solo intento ahorrarte un mal trago. Yo tengo estómago para estas cosas, tú no tanto… —dijo Viggo intentando que Ingrid no se enfadara con él por decirle que no tenía estómago para ciertas cosas.
—Si tú tienes estómago, yo también.
Viggo suspiró y se encogió de hombros.
—Lo he intentado. Egil, todo tuyo.
Egil asintió y abrió la bolsa.
—Sigurd, te voy a presentar a dos amigos míos. Estoy seguro de que os vais a llevar de maravilla. Quédate muy quieto, es por tu propia seguridad… Viggo si eres tan amable, amordázalo de nuevo.
—Será un placer —dijo y antes de que Sigurd pudiera protestar ya tenía puesta la mordaza.
Pasó un rato largo. En la estancia principal de la taberna Gerd echaba miradas furtivas hacia la habitación donde estaba sucediendo el interrogatorio.
—No se oye nada —le susurró a Nilsa.
—Eso no es necesariamente malo, ¿no? —preguntó la pelirroja que se balanceaba de un pie al otro.
—No estoy muy seguro de que sea bueno… —dijo el grandullón que lanzó una mirada a Lasgol. Éste entendió su inquietud y le hizo un gesto con las manos para que estuviese tranquilo, Egil sabía lo que se hacía. Era un juego peligroso, pero si alguien podía jugarlo, ese era Egil. Así lo creía Lasgol, que confiaba al completo en su amigo. Quizás confiaba demasiado porque un accidente podía darse, pero no le quedaba otra opción que confiar.
Los prisioneros, atados como estaban y vigilados de cerca, no les estaban dando muchos problemas de momento. Astrid había repartito unos cuantos golpes a la cabeza con la empuñadura de sus cuchillos y había conseguido que los que estaban con ella se calmaran rápidamente. Nilsa, Gerd y Lasgol no habían necesitado emplearse tan a fondo. Aun así, Lasgol vigilaba con ojos atentos a los intentos por librarse de las ataduras.
Egil apareció un rato más tarde. Tras él iba Sigurd, que estaba más blanco que la nieve de los picos de las montañas del norte. Tenía una expresión de terror y sufrimiento tan grande en la cara que todos identificaron que algo muy malo le había sucedido. Caminaba por su propio pie y las manos las llevaba libres. Ingrid y Viggo lo custodiaban. Salieron de detrás de la barra y se situaron frente al grupo de prisioneros en la estancia principal.
—¿Quién? —preguntó Egil.
Sigurd resopló profundamente y señaló con el dedo a cuatro hombres.
—Muchas gracias por tu colaboración —dijo Viggo con marcado tono irónico.
Los señalados comenzaron a intentar deshacerse de las ataduras para escapar, pero Gerd y Nilsa los agarraron y los llevaron con Astrid, arrastrándolos por los pies. La morena recibió a los prisioneros con sendos golpes en la cabeza para que se calmaran y dejaran de revolverse.
—Estaos quietos o vais a terminar con un agudo dolor de cabeza —les dijo la morena.
—Creo que por esta noche ya podemos dar por concluida nuestra misión —anunció Egil a sus compañeros.
—¿Los tenemos a todos? —preguntó Lasgol.
—A todos los de este grupo —le confirmó Egil—. Son los que están con Astrid—. Podéis soltar al resto —dijo señalando a los prisioneros que quedaban en medio de la estancia—. Ellos no son Oscuros.
—¿Seguro? —preguntó Gerd.
—Seguro. Sigurd ha estado muy colaborador y lo confirma.
—De acuerdo entonces, soltamos al resto —convino el grandullón.
Nilsa, Lasgol, y Gerd soltaron las ataduras de los prisioneros usando sus cuchillos. Los prisioneros, sin embargo, no se movieron, no intentaron huir. Estaban atemorizados. Además, Ona estaba frente a la puerta y no parecía querer dejar salir a nadie.
—Siento mucho las molestias ocasionadas —dijo Egil con tono y gesto de disculpa—. Muy a nuestro pesar no hemos podido evitarlas. Sin embargo, estoy seguro de que, como ciudadanos prominentes de esta gran ciudad, el honor de haber desenmascarado a estos Guardabosques Oscuros y servido al Rey compensa con creces el inconveniente sufrido.
Los prisioneros miraron a Egil sin saber qué hacer o contestar. Alguno fue a protestar, pero se lo pensó mejor y no lo hizo. Todos lanzaban miradas deseosas hacia la puerta. Querían salir de allí y olvidar que se habían visto envueltos en aquella situación.
—Lasgol, ¿puedes decirle a Ona que deje pasar a estos buenos ciudadanos para que regresen a sus moradas, por favor? —le pidió Egil.
Lasgol asintió y usó su habilidad con Ona.
«Ona, ven conmigo y déjalos salir».
La buena pantera, obediente, se acercó hasta Lasgol despejando la puerta.
«Camu, tú también».
«De acuerdo» transmitió la criatura.
Los prisioneros ahora liberados salieron corriendo por la puerta y se perdieron a la carrera en la oscuridad de las calles de la ciudad portuaria. Parecía que Ona les estuviera dando caza en lugar de estar muy formal junto a Lasgol. El tabernero fue el último en marchar. Miró a Egil y le preguntó.
—¿Puedo marchar yo también?
Egil asintió.
—Ve y que te sirva de lección.
El tabernero salió corriendo tras los otros y abandonó su local sin mirar atrás.
—Muy bien. Ya tenemos lo que buscábamos —dijo Egil observando a los prisioneros que Astrid, Viggo, Nilsa y Gerd custodiaban. Sigurd, si eres tan amable de ocupar tu lugar junto a ellos —le indicó Egil.
El líder fue con ellos y bajó la mirada al suelo para evitar la de sus compañeros.
—Ahora ya entiendo por qué el tabernero era la clave —le dijo Gerd a Egil—. Él sabía quién era el líder de este grupo —razonó Gerd realizando gestos afirmativos con la cabeza.
—Primordial, querido amigo —sonrió Egil.
—Has utilizado a Jengibre y Fred, ¿verdad? —preguntó Gerd con preocupación.
—Así es.
—Sigurd… ¿no irá a morir envenenado? —preguntó Gerd observando al líder y el mal aspecto que tenía y que no parecía mejorar.
—Tranquilo, grandullón, está perfectamente en lo físico. En lo emocional, no tanto.
—Le has dado el susto de su vida…
—Podríamos decir que sí. No sufras por él. Es una manzana podrida que además no quiere pagar el precio a pagar por todo el mal hecho. Terminará colgado.
—Cierto, tienes razón. No se merece que me preocupe por él.
Lasgol se acercó a ellos acompañado de Ona y Camu.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Ahora llamaremos a la guardia de la ciudad para que encierren a estos indeseables que han seguido el Sendero Oscuro. Después, nos ponemos en marcha.
—¿En marcha? ¿A dónde vamos? —preguntó Lasgol con curiosidad por saber qué les esperaba a continuación.
—A capturar al último grupo de Oscuros que queda —dijo Egil con una sonrisa.
—¿Sabes dónde están?
Egil asintió victorioso.
—Sigurd ha sido tan amable de decírmelo. Parece ser que cada líder de grupo Oscuro conoce a otro líder.
—¿Solo a uno? —preguntó Lasgol.
—Así es, solo a uno. Es una manera brillante de ocultar toda la estructura y jerarquía de la organización y correr pocos riesgos.
—Si un grupo cae, solo puede señalar a otro, no a toda la organización —dijo Gerd con expresión en el rostro de que comprendía el motivo y la lógica.
—Primordial, mi querido amigo, primordial —sonrió Egil.
—Estupendo entonces. Es momento de que vayamos a cazarlo a él y su grupo —dijo Viggo con una de sus sonrisas traviesas.
—Será ligeramente complicado… —comentó Egil con tono misterioso.
—¿Y cuándo nos ha detenido eso? —preguntó Viggo enarcando una ceja.
—Nunca —sonrió Lasgol.
Capítulo 5
Unos días más tarde, el grupo se encontraba en mitad del reino en dirección al condado de Landesson. Astrid, Egil y Lasgol iban en cabeza. Tras ellos montaban Ingrid y Nilsa. Algo más retrasados iban Gerd y Viggo. Cerraban la comitiva Camu y Ona. El paisaje era agradable, con pastos verdes cubiertos de nieve a ambos lados del camino. El otoño se despedía entre nevadas y un tiempo cada vez más gélido y arisco. El invierno estaba a punto de llegar, uno que esperaban no fuera excesivamente malo.
La misión de capturar a los grupos restantes de los Guardabosques Oscuros, la primera misión de las Panteras de las Nieves en su rol de Águilas Reales había resultado mucho más compleja de lo que inicialmente habían previsto. Que los Oscuros estuvieran tan diseminados y bien organizados para evitar ser encontrados había supuesto tener que trabajar mucho y soportar largas jornadas a la intemperie. No era algo a lo que no estuvieran acostumbrados y lo habían llevado bien. Sin embargo, estaban algo cansados y con ganas de terminar aquella primera misión antes que el tiempo realmente malo llegara y lo tuvieran que sufrir.
Lasgol miró el cielo con ojos entrecerrados.
—Amenaza tormenta —le dijo a Egil y acarició el cuello de Trotador, que cada vez que oía la palabra tormenta se ponía nervioso. Al buen poni Norghano no le gustaban demasiado las tormentas. En cambio, a Camu y a Ona no parecían importarles lo más mínimo. En especial a Camu, que era inmune a ellas.
Egil levantó la cabeza y observó el cielo gris y las oscuras nubes que parecían querer alcanzarles.
—Nos llegará antes de anochecer —predijo.
—Mejor si buscamos refugio y nos protegemos. La última tormenta que tuvimos que soportar fue bastante dura.
—Cierto, mejor acampar y aproximarnos al blanco de día.
—¿Cuál es el blanco exactamente? —le preguntó Astrid con ojos entrecerrados.
—Vamos en busca del líder del último grupo de Guardabosques Oscuros que queda.
—¿Cómo sabes que es el último? —preguntó la morena.
—No estoy completamente seguro, pero según mis indagaciones y cálculos, todo indica que este es el grupo final.
—Entiendo que este no estará solo, ¿verdad? —preguntó Astrid.
—Entiendes bien, mi perspicaz Asesina de la Naturaleza.
—Me lo imaginaba…
—Tendremos serios problemas, ¿verdad? —quiso saber Lasgol.
—Yo no los denominaría serios… diría más bien que nos aproximamos a una situación que presenta una dificultad que debemos sobrepasar.
—¿Dificultad? Eso no suena bien. ¿Qué dificultad? —quiso saber Lasgol.
—La identificarás en cuanto lleguemos —le sonrió Egil.
Lasgol suspiró.
—Cuando no me cuentas algo claramente, sé que vamos a tener problemas.
—Confía, todo saldrá bien —le aseguró Egil y le dio una ligera palmada en el hombro para que su amigo se relajara.
—No, si confiar, confío… —Lasgol resopló y miró atrás. Vio algo más retrasadas a Ingrid y Nilsa que iban enfrascadas en su propia conversación.
—No entiendo por qué no quieres contármelo —le reprochó Nilsa a Ingrid arrugando la nariz.
—Porque no es asunto tuyo —respondió Ingrid con su habitual seguridad y frialdad.
—¿Cómo que no es asunto mío? Por supuesto que es asunto mío —replicó Nilsa frunciendo el ceño.
—No veo cómo puede serlo. Es un tema privado y así debe seguir.
—No es privado ya que nos concierne a todos —rebatió Nilsa.
—Solo nos concierne a mí y al merluzo. A los demás no os concierne —le dijo Ingrid y miró al frente corrigiendo la dirección en la que avanzaba su caballo.
—Lo que os concierne a vosotros dos, nos concierne a todas las Panteras —corrigió Nilsa, que acercó su caballo todavía más al de Ingrid.
—No seas pegajosa y entrometida, no son buenas cualidades —dijo Ingrid con una mirada de estar decepcionada con su amiga.
—Yo tengo que velar por ti y por las Panteras.
—¿Tú? ¿Velar por mí? —le dijo Ingrid abriendo mucho los ojos—. Lo dudo mucho.
—Bueno, por ti menos, pero por el resto mucho y eso incluye a tu novio.
—Te he dicho mil veces que no es mi novio —dijo Ingrid con tono de enfado.
—Él dice que sí lo es.
—Da igual lo que él diga. No hay nada entre nosotros.
—Eso es precisamente lo que quiero aclarar. Su versión de los hechos es bastante incriminatoria…
—Su versión de los hechos, como siempre, es incorrecta y exagerada. ¿O es que no lo conoces?
—Lo conozco perfectamente, generalmente no le hago caso, pero dice algo que me ha dejado muy confundida. Dice que lo besaste.
—¿Yo? —exclamó Ingrid ultrajada.
—¿No lo besaste? Él dice que sí y que fue apasionadamente… —afirmó Nilsa con un tono de voz entre insinuante y soñador.
—¡De eso nada! —replicó Ingrid nada contenta. Miró atrás para ver a qué distancia estaban Viggo y Gerd y modular el tono para que no las oyeran.
—¿Fue apasionante o no? —le susurró Nilsa inquisitiva.
—¡No fue nada! —masculló Ingrid intentando no hablar alto. Miró al frente y volvió a corregir la dirección en la que avanzaba su caballo. Se ruborizó ligeramente.
Nilsa no perdía detalle y se percató.
—Si no es así como pasó, entonces cuéntame tú lo que sucedió, tu versión de los hechos.
—No pasó nada y ya está —se cerró en banda Ingrid con expresión hosca.
—Algo pasó. Egil ha confirmado que hubo beso. Pudo ser accidental o un arrebato del merluzo, pero lo hubo —insistió Nilsa que no quería que la conversación acabara sin aclararlo…

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