Quiero tenerte (Trilogía «Conquístame» nº 1) de Marcos A. C.

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***SOLO HOY Las Guerreras Maxwell, 7. Atrévete a retarme De Megan Maxwell

Regresa Megan Maxwell con la séptima entrega de la famosa saga «Las guerreras Maxwell».

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Quiero tenerte de Marcos A. C. pdf

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Lo que comenzó como un acuerdo entre Cloe y Miguel, acabó antes de que ella lo supiera, ni tan siquiera llegó a sospechar algo.

Cuando menos lo espera, Kike, a quien siempre había tenido como un buen amigo, le confiesa lo que siente y decide darle una oportunidad para conocerse.

Pero el destino pone en su camino a quien ella creyó que no volvería a ver, el hombre con el que deberá convivir en el bufete de abogados en el que ambos trabajan día a día, y por quien siente mucho más de lo que debería.

Una noche será suficiente para que nuestra protagonista comience a replantearse muchas cosas.

Cuando razón y corazón están en la misma balanza, ¿a quién hacerle caso?

Acompaña a Cloe en esta primera parte de una trilogía donde amistad, lealtad, amor y pasión van de la mano.

Y tú, ¿te dejarás conquistar?

»MarcosAC»

Quiero tenerte (Trilogía «Conquístame» nº 1) de Marcos A. C.

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Capítulo 1
 
Cuando tienes dieciocho años, y toda la vida por delante, solo piensas en comerte el mundo.
Pero la vida, en ocasiones, junto al caprichoso destino, se empeña en arruinar muchos de nuestros sueños, o en quitarnos aquello que más queremos.
Mi nombre es Cloe, y a pesar de haber nacido en el seno de una familia muy acomodada, no fue fácil para mí llegar hasta donde estoy hoy en día, a mis veintiocho años, siendo una de las mejores abogadas de Sevilla.
Y es que a veces eso del apellido familiar no ayuda, por mucho que la gente crea que sí.
Que no es lo mismo apellidarse Pantoja y querer seguir una carrera musical, que apellidarse Rodríguez y hacerse cargo del taller de coches que fundó tu abuelo, por poner un ejemplo.
En mi caso el apellido Hidalgo, va ligado al mundo del derecho, y es que, desde que el abuelo de mi padre, el gran Jesús Hidalgo, fuera el primero de su familia en ejercer la abogacía, cada primogénito que nacía seguía los pasos de sus antecesores.
Así, mi abuelo Rodrigo fue el segundo abogado de renombre, mi padre, Fernando, el tercero y, por ende, yo, la cuarta generación de abogados de la familia Hidalgo.
Un jovencísimo Fernando, recién licenciado, conoció a la hermosa Lorena, tres años menor, de la que acabó enamorado hasta las trancas, que se dice ahora, y a quien no dejó escapar, y eso que mi señora madre tuvo pretendientes a raudales.
Mi abuelo materno, Federico, quería un hombre de bien para su niña, barajaba la posibilidad de casarla con el hijo de un político, amigo suyo, pero el amor pudo a la razón, mi madre cortó lazos con su familia y se casó con el abogado que no iba a tener ningún futuro, según palabras de Federico.
Allá donde Dios lo tengo en su gloria, Federico debe estar tirándose de los pelos al ver éxito que tiene mi padre.
Dueño de su propio bufete, cientos de casos ganados desde que empezara a ejercer como abogado, ocho abogados a su cargo, junto con su socio, y dos hijas que lo aman por encima de todo.
Lo siento, me he desviado un poquito de la línea, pero ahora mismo sigo.
Contaba Fernando con veintisiete años cuando yo nací, llenando la casa de alegría, tal como solía decirme él.
Mi madre a sus veinticuatro se convirtió en la mujer más feliz del mundo, y con el tiempo quiso ampliar la familia, pero no llegaban los hijos, a pesar de ambos estar sanos.
La sorpresa me la dieron al día que cumplí dieciséis años, después de tanto esperar, mi madre por fin volvería a ser madre de nuevo, así que podéis imaginaros la felicidad que se respiraba en casa.
Ya tenía yo los diecisiete cuando nació Ana, esa preciosa muñequita que me miró, sonrió, y supe que tendríamos una más que bonita relación.
Todo eran alegrías en casa de la familia Hidalgo, hasta hace diez años.
Como decía, la vida se puede interponer en aquello que queremos conseguir, y cuando menos lo esperamos, nos quita lo que más amamos.
Había empezado a estudiar derecho, tenía claro que era lo que quería hacer, no solo porque así me tocara por cumplir con las normas de la familia, sino porque era lo que quería, lo que me gustaba, y es que cuando mi padre llegaba a casa diciendo que había ganado el caso y así ayudaba a la gente, yo quería poder sentirme igual que él.
Esas Navidades mi madre comenzó a sentirse mal, le hicieron pruebas y dieron con un tumor en el cerebro que, dado el lugar en el que se encontraba, no había posibilidad de operación.
Le dieron semanas de vida, como mucho, cuatro o cinco meses, y eso nos dejó a todos desbastados.
Mi hermana aún era pequeña y crecería sin su madre, sin el amor que solo ellas saben darnos, pero nuestra querida madre se encargó de que la grabáramos durante dos meses, a diario, para dejarle un mensaje a su pequeño milagro, y es que así llamaba a mi hermana.
Decía que, aunque había tardado tanto tiempo en llegar a nuestras vidas, Ana era ese milagro que Dios quería que pudiera tener antes de que la llamara para partir.
Yo no quería entender que, siendo tan joven, tuviera que dejarnos solas a mi hermana y a mí, a pesar de que estuviéramos con mi padre.
Y se fue, como habían dicho los médicos, cuatro meses después del fatídico diagnóstico.
Con dieciocho años, me vi siendo hermana y madre de una niña de tan solo un año de vida, ayudando en la casa a mi padre, y estudiando por las noches para conseguir sacar las mejores notas para acabar la carrera de derecho.
Y la acabé, por supuesto que conseguí ser abogada, y entré de lleno en el bufete de mi padre, empezando desde abajo como becaria y ayudando a todos los abogados en sus casos.
Hasta que por fin mi padre y Alberto Soler, su socio, además de mejor amigo, a quien mi hermana y yo teníamos como si fuera nuestro tío, me dieron mi primer caso.
Conseguí sacarlo adelante, gané y me hice un sitio entre los abogados de la ciudad, al punto de que, según avanzaba en mi carrera y ganaba un caso tras otro, decían que enfrentarse a mí en los tribunales era peor que hacerlo con mi padre.
¿Tan buena era yo en lo mío? Pues sí debía serlo, sí, y mi padre estaba muy orgulloso de ello.
Alberto y su esposa Thais tenían una hija de mi edad, Lucía, quien siempre había sido mi mejor amiga, como una más de nuestra familia y que en vez de tirar por la rama del Derecho, decidió poner su propio salón de belleza, así que es a quien acudimos su madre y yo, cuando hay que ir a una cena de abogados.
Pero no estamos solas, somos cuatro amigos, como lo fueran D’Artagnan y los tres Mosqueteros.
Patricia, a quien siempre hemos llamado Pati cariñosamente, estudió con Lucía y conmigo y nos hicimos inseparables, éramos las mosqueteras, sin ninguna duda. Ella siguió los pasos de sus padres, tíos y abuelos, y se hizo policía.
Y como nuestro D’Artagnan particular, tenemos a Gabriel, Gabi para nosotras, a quien conocimos hacía ya cuatro años en un evento de moda al que nos invitó Lucía, a Pati y a mí, y se convirtió en nuestro mejor amigo.
Es estilista, muy atractivo y de esos hombres a quien no te importaría meterlo en tu cama una noche, o dos, o tal vez tres, pero juega en otra liga distinta a la nuestra, y es que él siempre ha sido más de plátano que de pomelo, así nos lo hizo saber el día que le conocimos, pues era gay.
—Tierra llamando a Cloe —miré hacia arriba y ahí estaba Sofía, la secretaria del bufete, sonriendo.
—¿Qué pasa?
—Llevo ahí tres minutos esperando que me hicieras caso, y nada, tú en tu mundo.
—Lo siento, pensaba en… —mejor dar la callada por respuesta, y es que a menudo me sorprendían algo despistada y era porque pensaba y recordaba a mi madre. Habían pasado diez años, pero aún la echaba de menos.
—Tienes una llamada del abogado de la parte contraria de tu caso, dice que quieren llegar a un acuerdo.
—Ah, mira qué bien, eso es que se ha dado cuenta de que no va a ganar, y yo sí —sonreí, batiendo las pestañas de un modo de lo más inocente.
—Desde luego, si pones esa carita en los juzgados, es normal que ganes siempre, chiquilla.
Aquello me hizo reír, y vi a Sofía salir del despacho cuando me disponía a atender la llamada.
—Buenos días, Ramiro —saludé a Ramiro Estévez, dueño del bufete Estévez y Asociados.
—Buenos días, joven Hidalgo —noté que sonreía, y es que ese hombre ya me conocía desde antes de que yo fuera abogada. Siempre había sido la parte contraria en los casos de mi padre, y ahora no solo tenía que vérselas con él, sino también conmigo.
—Me ha dicho mi secretaria que quieres llegar a un acuerdo.
—Así es, espero que estés de acuerdo con lo que te voy a ofrecer, se lo dices a tu cliente, y hablo con el juez para que ponga fecha de nuevo.
—Venga, dame una alegría, Ramiro —sonreí, y escuché con atención lo que tenía para ofrecerle a mi cliente.
La verdad es que resultó ser un trato de lo más suculento, por lo que no tuve dudas en aceptar sin siquiera hablarlo con mi cliente, ya habíamos comentado que, si querían llegar a un acuerdo, se aceptaría si a mí me parecía beneficioso, por lo que al día siguiente me mandaría notificación con la fecha para el nuevo juicio.
El resto de la mañana se me pasó entre los expedientes de casos que habían cogido mi padre y Alberto, fui seleccionando los que mejor veía para cada uno de nuestros abogados y abogadas, y yo me quedé con un par de ellos que me llamaron la atención.
Recogí todo, repartí las carpetas en cada despacho con sus correspondientes post-it y notas, y me marché para casa.
Capítulo 2
 
Me había independizado, dos años antes, dejando a mi padre en la casa familiar a cargo de mi hermana, pero no estaba solo, que desde que Ana tenía dos años, habíamos contratado a Manuela, que ya contaba con cincuenta años, quien se encargaba de ella, así como de todo lo relacionado con la casa.
Y cuando llegaba el viernes, era el día en que yo me dejaba caer por la que había sido mi casa, comía con la familia y me iba a mi apartamento cargada con más tuppers que un repartidor de comida a domicilio.
Claro, que esos mismos era los que llevaba de vuelta.
—¡Cloe! —gritó mi hermana, nada más verme entrar en la cocina.
—¿Cómo estás, bichito? —La abracé con todas mis fuerzas, y es que la quería con locura.
—No me llames así, que ya soy mayor.
—Hija, aunque tengas veinte años, para tu hermana siempre serás su bichito —escuché que decía Manuela a mi espalda.
—Aquí te traigo los tuppers, nana —sonreí, y ella volteó los ojos.
—Toda la mañana cocinando me tienes, para que te vayas bien cargada de comida.
—Pero, si no me dejas que cocine yo sola en mi casa —protesté.
—Mientras esté yo, ni falta que te hace.
—Así me ha salido de consentida la mayor, y no digamos la pequeña —me giré al escuchar a mi padre.
—No hemos salido tan consentidas —arqueé la ceja.
—Es verdad, poco pedís para como son los hijos de algunos amigos míos.
—¿Qué tal el juicio de hoy? —le pregunté, dándole un abrazo.
—Bien, pero es un caso de lo más complicado. Alberto y yo estamos dando palos de ciego. Cada vez que creemos que tenemos todo atado, hay una prueba nueva en contra de nuestro cliente.
—Siempre se lo dije, señor Hidalgo, es difícil ser abogado defensor de gente que tiene negocios un poquito turbios.
—Manuela, el día que dejes de llamarme señor Hidalgo, te doy un beso de película, de verdad.
—Huy, huy, eso quiero verlo yo —dije, cogiendo un palito de zanahoria para comerlo.
—Eso no va a pasar nunca, hija, ya te lo digo yo.
—Manuela, no digas nunca jamás, que eso no lo sabes —contestó mi padre.
—Y yo que siempre he visto que vosotros hacéis buena pareja —dije—, además, saltan chispas cuando estáis en la misma habitación.
—Lo que me faltaba por oír, vamos —respondió Manuela, volteando de nuevo los ojos.
—Llevas doce años viuda, no tienes hijos, ni más familia que nosotros. Mujer, no sería raro que te hubieras enamorado de mi padre —me encogí de hombros, cogiendo otro palito de zanahoria.
—¿Quieres dejar de picotear? Luego no tendrás hambre —me riñó.
—Esto es sano, ni que estuviera comiendo patatas fritas de bolsa —resoplé.
—Cloe, ¿me vas a llevar este fin de semana a la playa? —preguntó mi hermana, mirándome con esa carita de cachorro que hacía que no pudiera decirle que no a nada.
—No lo he hablado con los demás, cariño —contesté.
—Pero, puedes hablar ahora. Venga, porfi dime que sí, que ha empezado ya el verano.
Llevar a Ana el fin de semana a la playa, significaba coger el coche y hacernos un breve viajecito de poco más de dos horas para llegar a Tarifa, donde Gabi tenía una casa a pie de playa y a la que nos había invitado más de una vez.
La verdad es que hacía tiempo que no nos íbamos allí a pasar el fin de semana, así que no era mala idea, solo que, al llevar a la niña, no podríamos ser nosotros ni hacer según qué locuras de las que tantas veces habíamos hecho.
—Voy a poner un mensaje en el grupo y a ver qué me dicen, ¿te parece?
—¡Sí! Verás como te dicen que se vienen todos —sonrió, y yo hice lo mismo, mientras negaba. No podía con ella.
Cloe: Buenas tardes ya, locuelos míos. A ver, que mi hermana quiere ir a la playa, ¿quién se apunta?
En el caso de que no pudiera venir ninguno, pues no pasaba nada, pues yo tenía llaves de la casa, igual que el resto.
Pati: ¡Hola, guapa! Pues yo no puedo, tengo turno completo el finde, esto de atrapar a los malos me quita la vida, jajaja. Pasadlo bien, bonitas. Un besazo a mi niña Ana.
Lucía: ¡Uf! Si me lo hubieras dicho a principios de semana, te habría dicho que sí, pero ya, imposible. Este finde tengo un evento de moda y estoy más liada que todas las cosas. Para otro me apunto, que necesito unas mini vacaciones a la de ya. ¡Os quiero!
Gabi: Me hago la bolsa para dos días y os recojo a las siete, ¿te va bien, reina mora? Dile a mi futura esposa que su Gabi hace por ella lo que sea, ya lo sabe.
Me eché a reír, y es que no podía con ese hombre, de verdad que no. Quería a mi hermana más que yo, y eso era difícil, pero así era. Se había proclamado su protector y no dejaba que la soplara ni una mijita de aire, vamos, que ya podrían tener cuidad los chicos dentro de siete años, porque ese hombre iba a ser peor que mi padre, y ya era decir.
Cloe: Perfecto, nos vemos a las siete, guapísimo.
—Después de comer prepara tu bolsa —dije, mirando a mi hermana, que sonreía—, nos vamos a preparar la mía y esperamos allí a Gabi, que nos vamos los tres.
—¡Bien! —contestó, dándome un abrazo.
—Pues ahora te hago unas tortillitas para que os llevéis y así tenéis la cena lista, hija —dijo Manuela, y yo asentí.
Nos sentamos a comer los cuatro, y es que Manuela no era solo la asistenta de la casa, sino una más de la familia. Como dije antes, ella no tenía a nadie más que a nosotros tres, y tanto mi hermana como yo, le habíamos cogido un cariño impresionante, al punto de que, si mi padre nos dijera que la quería como novia, nos daría una alegría a las dos, de eso estaba más que segura.
Mi padre recibió una llamada mientras comíamos y fue a su despacho a hablar, sería algo de trabajo así que no podríamos molestarlo hasta que no saliera.
Cuando acabamos de comer las tres, recogimos y mientras Manuela nos hacía las tortillas, además de un poco de pescado frito, Ana y yo preparamos su bolsa.
—El padre de mi mejor amiga está enfermo, como lo estuvo mamá —me dijo, mientras guardaba las cosas.
—¿El de Jimena? —pregunté, puesto que no me sonaba que tuviera otra mejor amiga, y es que ella lo era desde que empezaron juntas en primaria.
—Sí. La pobre está muy triste, y le he dicho que tú sabes lo que es esa enfermedad. Que si necesita hablar…
—Puede contar conmigo, claro que sí. ¿Es muy grave, cariño? —La abracé, al ver que se le escapaban algunas lágrimas.
—Siempre me dijisteis que mamá vivió cuatro meses más después de que se lo dijeran, pero a su padre le han dicho que solo serán dos. Va a ser el último verano que pase con él.
—Cariño —volví a abrazarla, y es que, para mi hermana, el padre de Jimena era también como uno para ella, al igual que Lucía y yo, mi hermana y su amiga habían estado en una u otra casa los fines de semana, y se querían con locura.
—Me da mucha pena, es tan joven.
—Mamá también lo era, mi niña.
—Lo sé.
—Venga, que nos vamos a la playa.
—¿Se puede venir Jimena? Le irá bien despejarse un poco.
—Si sus padres la dejan, no hay problema. Ten —dije, dándole mi móvil—, llámala.
Tras secarse las lágrimas, llamó a su amiga y sonrió al ver que la dejaban venirse a la casa de Tarifa con nosotros. Los padres de Jimena me conocían de sobra, sabían lo responsable que era y siempre me había hecho cargo de ambas niñas, así que sabía que no pondrían impedimentos.
Le mandé un mensaje a Gabi para que supiera que seríamos una más, y dijo que no había problema, que donde dormían tres, dormían cuatro.
Nos despedimos de nuestro padre y de Manuela, les prometí que traería de vuelta a mi hermana el domingo por la tarde, y nos marchamos a mi casa a preparar mi bolsa y esperar que nos recogiera Gabi, después saldríamos a buscar a Jimena.
Capítulo 3
 
Estábamos ya cogiendo las bolsas para bajar a esperar a Gabi, cuando me llegó un mensaje diciendo que estaba en la puerta de mi edificio.
A puntual no le ganaba nadie, tanto, que siempre llegaba a los sitios diez minutos antes, menos mal que le conocía y lo sabía más que de sobra.
—Aquí están mis chicas. Pero, ¡qué guapas, por favor! —dijo, dándonos un abrazo de oso a las dos a la vez.
Para guapo, él, que tenía una planta y un porte… de esos de galán de cine, vaya.
Era moreno, de ojos marrones, algo más de metro noventa de altura y con un cuerpo bien definido. A mí me recordaba mucho a Ben Affleck, cuando hizo la peli de Pearl Harbor, alguna vez se lo había dicho y Gabi bromeaba con que igual su madre había tenido un lío con el padre del actor y era su hermano sevillano perdido. Para matarlo.
—Tú sí que estás guapo, hijo mío. ¿Has hecho un pacto con el demonio o algo así? —reí.
—¡Qué va! No me deja el Padre Marcos, dice que yo tengo que seguir siendo uno de los corderos de su rebaño.
—Con lo que nos quiere ese cura a los cuatro, y la de disgustos que le damos.
—Desde luego, solo a nosotros nos confiesa por parejas.
—No sé cómo no deja la iglesia, con la de cosas que le hemos contado —sonreí, negando, y es que ese hombre, con lo joven que era, además de guapete, no nos pegaba a ninguno de los cuatro para ser sacerdote. Como decía el refrán, si el quisiera y nosotros nos dejáramos… otro gallo cantaría.
—Gabi, ¿no te importa que venga mi amiga Jimena? —preguntó mi hermana cuando subimos al coche.
—No, preciosa, no me importa en absoluto —le hizo un guiño y ella sonrío agradecida.
Cuando le dije que seríamos cuatro, preguntó quién más venía y le comenté un poco por encima la situación. Él no tenía padres, se había quedado huérfano con seis años y lo criaron sus abuelos maternos hasta que también los perdió a ellos a causa de la edad, así que estaba metido como uno más de la familia, tanto en la mía, como la de mis amigas, por lo que conocía a Jimena.
Al llegar a casa a recoger a la niña, nos estaba esperando con la puerta abierta, en cuanto nos vio, se despidió de sus padres con un beso y un abrazo y salió corriendo hacia mi hermana, que la recibió con los brazos abiertos y uno de esos grititos de felicidad.
—Cloe, no queremos que sea una molestia que te lleves a Jimena —me dijo Rosa, su madre.
—No te preocupes, que es el primer fin de semana de muchos que pasaremos en la playa. Esta vez solo vamos nosotros, pero en los próximos también irán Lucía y Pati, y ya sabes cómo es Pati, saca a la policía a relucir a la mínima de cambio —reí.
—Bueno, pero que no te sientas obligada.
—Rosa, mi hermana me ha contado lo de tu marido —contesté, mirando hacia la puerta que era donde estaba él—. Solo queremos que la niña se distraiga un poquito. Ya vendrán tiempo difíciles para ella.
—Gracias, porque esta no está siendo la mejor semana para él —confesó, dejando escapar alguna lágrima que sequé yo antes de que nadie pudiera verla.
—Tranquila, que para la próxima estará con más fuerzas y seguro que querrá llevarse a la niña a algún lado. Este fin de semana, disfrutad los dos solos, sé de lo que hablo —la abracé y ella se derrumbó a llorar, no quería que su hija la viera así, por lo que la mandé a la casa y nos despedimos de ellos desde el coche.
Comenzamos nuestro fin de semana y lo hicimos cantando todas y cada una de las canciones que sonaron en la radio, pero todas, desde las más romanticonas, hasta las más marchosas.
Cualquiera que nos viera en el camino a grito pelado, pensaría que estábamos locos. Pero en ese momento, tanto Gabi como yo haríamos lo que fuera por sacarle más de una sonrisa a Jimena.
—Ya estamos en Tarifa, preciosas —dijo Gabi, bajando el volumen de la radio.
Jimena miró por la ventana y sonrió al ver la playa, le gustaba tanto como a mi hermana, y a veces la habíamos llevado con nosotras un fin de semana.
En cuanto llegamos a la casa, ni lo pensamos, ocupamos solo dos habitaciones, una para las niñas y otra para Gabi y para mí. Éramos como hermanos, así que no había problema por dormir juntos.
Colocamos las cosas y fuimos a cenarnos las ricas tortillas que Manuela nos había preparado.
La casa era de ensueño, tenía un jardín enorme con piscina simulando una playa, palmeras, camas balinesas, una caseta como bar donde nos habíamos tomado más de una copa todos juntos, cinco habitaciones, todas con cuarto de baño, salón, cocina y un baño.
Yo estaba enamorada de esa casa y le decía a Gabi que, si cumplía los treinta y dos y no me había casado, me casaría con él, para que me dejara esa casa en herencia. Se moría de risa, a pesar de que yo lo decía completamente en serio.
—Mañana salimos a desayunar fuera, que no hemos pasado ni al super a comprar —dijo Gabi, mientras recogíamos la mesa.
—Guay. ¿Chocolate con churros, Gabi? —mi hermana sonrió, y es que ella sabía de sobra que, con él, hacía lo que quería, igual que conmigo.
—Claro que sí, preciosa. Lo que mis niñas quieran. Y ahora, ¿un bañito en la piscina?
—¿De noche? —preguntó Jimena.
—Claro, que hace calor, chiquilla.
Las niñas se miraron y, riéndose, salieron corriendo a ponerse los bikinis. Diez minutos después, estaban metidas en la piscina riendo y jugando a la pelota.
—Gracias, Gabi —dije, abrazándolo por la espalda.
—¿Por qué, si puede saberse?
—Por ser como eres.
—Oye, que yo digo que mi futura esposa será Ana, pero que me caso antes contigo, no lo dudes.

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