Sé que será para siempre de Sophie Saint Rose

Sé que será para siempre de Sophie Saint Rose

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Nos vamos a Nueva York a conocer a una protagonista que no ceja en su empeño de… fastidiar, básicamente.

Sinopsis “Sé que será para siempre”

Payton centra su vida en hundir a la farmacéutica Lackman y hará lo que sea necesario para que sufran lo que su madre y ella han sufrido por su culpa. Solo les importa el dinero, pero las Hack van a demostrarles que hay cosas que importan mil veces más como la buena reputación o el amor. Todavía no las conocen, pero las conocerán… Vaya si las conocerán. Que Keane Lackman se vaya preparando para la que se le viene encima.

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Sé que será para siempre

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Capítulo 1
Payton bebió de su café sin quitar la vista de la puerta de la empresa. En la Farmacéutica Lackman era la hora de largarse a casa, aunque sabía que su presidente aún tardaría algo más en salir. Solía hacerlo sobre las cinco y media.
Sobre el sillín de su bicicleta volvió a beber de su café y se detuvo en seco al ver abandonar la empresa a Keane Lackman, que con el teléfono al oído miraba de un lado a otro como si estuviera nervioso. Dijo algo al teléfono de muy mala manera antes de metérselo en el bolsillo interior de la chaqueta del carísimo traje gris que llevaba. Ella como si nada bebió lo que le quedaba de café antes de tirar el envase a la papelera que tenía al lado sin dejar de mirarle de reojo. El hijo del presidente de la empresa tenía treinta y dos años. Rubio y enormemente atractivo medía uno ochenta y seis, su cumpleaños era el seis de julio y le habían operado de apendicitis con catorce años. Tenía una hermana pequeña que era una niña mimada que solo se dedicaba a ir de tiendas. Entrecerró sus ojos azules de la rabia haciendo que se oscurecieran hasta tomar un tono violáceo recordando la última factura de la niña. Veinte mil dólares se había gastado en un bolso de firma que seguramente usaría dos veces en su vida. Cuando él miró hacía allí se ajustó la gorra sobre su cabello rubio platino. Vio que llegaba su Porche gris y que el mozo se bajaba a toda prisa. Keane cogió sus llaves furioso y rodeó el coche metiéndose en él como una exhalación. Payton decidió seguirle a él ese día. Parecía que tenía prisa. Demasiada para su gusto. Aceleró saliendo al tráfico y ella le siguió bajando al asfalto. Nueva York estaba llena de repartidores y era fácil pasar desapercibida. Cuando se detuvo en el semáforo ella se subió a la acera y detrás de una farola se cambió la gorra por una roja. El semáforo se puso en verde y al ver que aceleraba a toda pastilla tuvo que salir al tráfico haciendo que un coche tuviera que frenar. Hizo una mueca pedaleando a toda prisa para no perderle. Estaba claro que le importaban un pito los límites de seguridad. Giró hacia la derecha y ella se colocó detrás de una furgoneta preguntándose a dónde iba porque era evidente que ni iba a los laboratorios ni a su casa. Al ver que se desviaba hacia el Soho chasqueó la lengua porque iba a casa de su hermanita. Tenía que haber seguido a su padre. Pero cuando pasó de largo su calle se quedó en blanco. ¿A dónde coño iba?
Keane frenó en seco ante un edificio sin importarle que no pudiera aparcar y se bajó del coche a toda prisa para correr hacia el portal y pulsar el botón del tercero. Payton con la respiración agitada observó como entraba. Lo más rápido que pudo dejó la bicicleta apoyada en una señal antes de bloquear el seguro que tenía en el manillar y cogió la caja de pizza que llevaba en la mochila a la espalda para correr hacia el portal. Solo había cuatro pisos por planta. Pulsó casi todos los botones menos los del tercero y alguien abrió. Empujó la puerta y al ver que el ascensor llegaba en ese momento se dio cuenta de que no lo había esperado y había subido por las escaleras. Ya que estaba allí se subió en el ascensor y pulsó el tercero. Se mordió el labio inferior y cuando llegó a la tercera planta salió con precaución mirando alrededor. Vio dos de las puertas.
—¿Es que estás loca? —Se escuchó un portazo y ella miró hacia el pasillo que tenía a su derecha. Caminó hacia allí sin hacer ruido con sus zapatillas de deporte y en la esquina sacó la cabeza. Solo había una puerta al final del pasillo y se escuchaban gritos. De puntillas se acercó y pegó la oreja.
—Voy a llamar a una ambulancia —escuchó que decía Keane. Se le cortó el aliento porque era la primera vez que oía su voz y decidió ignorar el brinco que pegó su corazón. Al escuchar un sollozo entrecerró los ojos—. Debes haber perdido la cabeza.
—¡No! ¡Va a venir!
—¡No digas tonterías, Poppy! —Parpadeó al escuchar el nombre de su hermana. —¡No te quiere! ¿Por qué crees que me ha llamado para que solucione esto?
Escuchó su llanto desgarrado y como gritaba —¡Sí que me quiere!
—¿Cuántas pastillas te has tomado?
—No sé. Medio bote.
—¿De esto? —Ella debió asentir. —¡Joder! ¿Sabes lo fuertes que son?
—Déjame. No…
Escuchó una arcada y después de esa otras, así que supuso que le había metido los dedos en la boca. —¡Sí, necesito una ambulancia! ¡Mi hermana se ha tomado un bote de pastillas!
Payton sonrió maliciosa enderezándose y se volvió saliendo de allí a toda prisa. Minutos después sentada en su bicicleta en la esquina de la calle vio como llegaba una ambulancia y como a los diez minutos sacaban a la princesita en una camilla con su hermano detrás. Sacó fotos con su móvil. Él se volvió como si quisiera asegurarse de que nadie les veía y ella sacó una foto a su preocupado rostro. Buscó un teléfono en la agenda y se lo puso al oído sonriendo. —Jerry, cuanto tiempo. ¿Adivina qué tengo para ti? —preguntó viendo como Keane se subía a su coche—. Sí, algo muy jugoso. Por casualidad ahora mismo estoy viendo cómo se lleva una ambulancia a la hija de un pez gordo. Poppy Lackman. Sobredosis. Tengo fotos. —Se echó a reír. —Sí, ya sé que me quieres. Te las envío de inmediato. ¿Dónde? Ahora estoy en el Soho. No fastidies, ¿tengo que seguirles? —preguntó sabiendo de sobra que se lo pediría—. ¿Para saber a qué hospital van? Bueno, pero me deberás una muy gorda. Vale… Te llamo cuando sepa el hospital. Uy, te dejo que tengo que coger un taxi si no quiero perderles. —Colgó para seguir a la ambulancia. Estaba segura de que con la prisa que tenían desde allí la llevarían al Presbyterian y no se equivocó. Le envió un mensaje a Jerry con las fotos y la localización. Él le envió una cara sonriente dándole un beso. Pasó de largo el hospital porque a partir de ahí se encargaría Jerry enviando a sus reporteros para sacar toda la basura de esa historia. Sonriendo encantada pedaleó en dirección a su casa. Ese había sido un buen día.
Ante su ordenador mordió el donut riendo por lo bajo porque la historia estaba en todos los tabloides. Ya fuera en televisión o en internet. Jerry debía haber ganado una pasta con eso. Puso de nuevo el video donde Keane saliendo del hospital le gritaba a un reportero que le dejara en paz antes de darle un empujón. —Chico tienes que llevarte mejor con la prensa. Son tus amigos —dijo a la pantalla antes de morder el donut de nuevo.
La puerta de su casa se abrió y apagó la pantalla sonriendo a su madre que entraba con una bolsa de la compra. —Deja que te ayude. —Se acercó cogiendo su bolsa y dándole un beso en la mejilla. —¿Qué tal el día?
Su madre la miró divertida. —Te veo muy contenta.
—Hoy ha sido un día genial. Me han subido el sueldo.
Nora se llevó una mano al pecho. —¿Y eso por qué?
—Porque he encontrado algo que salvará muchas vidas. Una enzima que es muy beneficiosa para el fortalecimiento del corazón.
—Hija, qué bien te explicas. A tu hermano no le entendía ni palabra de lo que decía. —A ambas se les oscureció la mirada, pero su madre forzó una sonrisa intentando no estropear el momento. —Eso es genial, ¿y qué te ha dicho tu jefe?
—Que está muy contento con mi trabajo y que puede que en un año me dé su puesto en el laboratorio cuando se jubile.
—¿No me digas? —Nora chilló de la alegría y la abrazó muy contenta. —Felicidades.
—Mamá, para eso queda un año.
—Pero si te lo ha dicho la decisión está tomada.
—En cuanto cene tengo que irme.
Su madre frunció el ceño. —¿Otra vez tienes que trabajar?
—Tengo unas placas que hay que revisar con urgencia —dijo sacando las cosas de la bolsa disimulando—. Me quedaré hasta tarde.
—Hija últimamente tienes unos horarios de lo más raros. Así no vas a encontrar novio en la vida.
—Bah, soy joven. ¿Quién quiere novio?
—Es que ni sales a divertirte.
—Claro que me divierto. —Abrió la nevera para meter la fruta y la verdura. Cuando se volvió vio que su madre la miraba incrédula. —Me encanta mi trabajo. ¡Allí me divierto mucho!
—¿Y ese científico que te tiraba los tejos? ¿Era guapo?
—¿Jack? Mamá…
—Si no dejas de mirar tanto el microscopio un día te darás cuenta de que los años han pasado y te tirarás de los pelos por haber perdido parte de tu vida.
—No voy a perder parte de mi vida. Tengo veintiséis años. Ahora es momento de trabajar y labrarme un futuro. En un par de años me plantearé lo de cazar a un hombre, ¿vale?
—¡Yo quiero un nieto ya! ¡Me aburro mucho!
Puso los ojos en blanco cogiendo las latas y su madre le rogó con la mirada. —Vamos, eres tan bonita que debes tener a todo el laboratorio deseando que les hagas caso.
—Casi todo somos mujeres. Somos más listas, aunque los puestos buenos se los lleven los hombres.
—Ya empezamos con el feminismo.
—¡Es cierto! Y tener hijos tiene mucho que ver en eso, ¿sabes?
—Déjate de rollos. —Exasperada su madre se pasó un mechón castaño tras la oreja para fulminarla con sus mismos ojos azules. —Eres capaz de enamorarte e ignorarlo con lo cabezota que eres.
—Tranquila, que si llega mi príncipe azul en su caballo blanco le guiñaré un ojo. —Colocó la última lata y se volvió poniendo los brazos en jarras. —¿Pedimos una pizza?
—¿Y para qué he comprado tanta comida?
—Ni idea. ¿Piensas cocinar ahora?
Su madre gruñó. —No, estoy molida. En la peluquería hoy estaban muy pesadas.
—Es el calor. Ya empieza el verano y los neoyorkinos nos volvemos algo locos. Mamá, te he dicho que ya no tienes que trabajar tantas horas. Gano más que suficiente para que no te pases tanto tiempo de pie con esas pesadas.
—Dejaré de trabajar cuando tengas un niño.
—Y dale. ¿Qué tal un gatito? Ni hay que sacarlos.
Gruñó cogiendo el teléfono. —¿Comida china?
—Vale. —Se quitó la camiseta mostrando su sujetador deportivo. —Voy a ducharme mientras tanto.
Salió con ella al salón y su madre volvió a gruñir al ver el envase de donuts. —Hija, ¿por qué compras estas cosas? —preguntó cogiendo uno y dándole un mordisco antes de decir al teléfono con la boca llena—. Sí, quiero hacer un pedido.
Divertida entró en el pasillo y fue hasta la puerta del fondo donde estaba el baño. Cerró la puerta y se quitó los leggins dejándolos caer al suelo antes de abrir el grifo de la ducha. Se quitó la ropa interior y la goma del pelo dejando caer su larga melena sobre su espalda. Ya le rozaba el trasero. Un día de esos tenía que decirle a su madre que se lo cortara un poco. Al levantar los brazos para apartarse el cabello jadeó al ver que tenía un par de pelitos en el sobaco. —Menudo timo la depilación láser.
Se agachó para buscar una maquinilla en el armarito de debajo del lavabo y al revolver al fondo vio un bote de espuma de afeitar. Se le puso un nudo en la garganta cogiendo el envase. Hacía nueve meses que le habían perdido y seguía encontrando cosas suyas por la casa. Una lágrima corrió por su mejilla recordando su risa. Ya no le vería más. No volvería a escuchar su voz y nunca más la abrazaría. Había perdido a su hermano para siempre. Su otra mitad. Reprimió un sollozo apretando el bote en su mano queriendo gritar de dolor y ese dolor hizo que su odio por los Lackman se multiplicara por mil si eso era posible.
—Hija, ¿quieres rollitos? —gritó su madre al otro lado.
Asustada escondió el bote en la ropa sucia y carraspeó por lo bajo antes de gritar—¡Sí!
—Y rollitos de primavera —dijo su madre alejándose de la puerta.
Suspiró del alivio escondiendo bien el bote entre la ropa antes de coger la cuchilla y cerrar la puerta del armarito. Menos mal que su madre no lo había visto porque era encontrar algo de Kenneth y ponerse a llorar una semana. Ya lo tiraría cuando ella no la viera.
Se duchó a toda prisa y cuando salió del baño envuelta en su albornoz con el cabello mojado cayendo por su espalda fue rápidamente a su habitación. Sacó el bote de la espuma de afeitar y lo escondió en el armario tras las camisetas. Allí su madre no lo encontraría, ella se encargaba de colocar su ropa. Viendo los montones de ropa colocados por colores sonrió con tristeza recordando como Kenneth le decía que tenía un trastorno compulsivo y como ella le decía a él que viendo su habitación alguien debía ser la ordenada de la familia. Cerró la puerta y su mirada fue a parar a la fotografía de los tres que estaba sobre su tocador. Los tres felices miraban a la cámara mientras Kenneth extendiendo su brazo sacaba el selfi en un día de playa un año antes. Puede que su padre les hubiera dejado tirados cuando los mellizos tenían dos años, pero no había familia más unida que la suya. Los tres se habían apoyado los unos en los otros y en cuanto habían sido capaces de trabajar habían ayudado a su madre en lo que habían podido. De hecho se llevaban tan bien que seguían viviendo juntos y jamás había habido un conflicto. Pero le habían perdido. Mirando a su hermano dio un paso hacia él y siseó —Yo no olvido, Kenneth. No te olvido. Pagarán lo que te hicieron, hermano. Te lo juro por mi vida.
Apuntó el resultado y miró el microscopio de nuevo para analizar la reacción en la célula. —Eso es, pequeña… Reaccionas muy bien.
—¿Payton? —Levantó la vista hacia su jefe que sonrió. —Chica, ¿qué haces aquí a las dos de la mañana?
—Tenía unos estudios pendientes y no quería esperar hasta mañana. ¿Y tú? —Sorprendida se levantó quitándose los guantes para tirarlos en el cubo. —Es tardísimo. —Fue hasta la nevera y sacó una lata de refresco. Necesitaba cafeína.
Harold suspiró sentándose en uno de sus taburetes y se pasó la mano por su cabello cano. Ella bebió del refresco y frunció el ceño. —¿Estás bien?
—Vete olvidándote del aumento.
—¿Y eso por qué?
—Esta tarde me ha llamado el jefe. Ha dicho que busque la manera de reducir presupuesto porque estamos en rojo.
Asombrada dejó la lata sobre su escritorio. —Será una broma. Mi estudio…
—A tu estudio todavía le quedan meses para el visto bueno y necesitan la pasta ya. Nadie puede negar que cuando tus investigaciones salgan a la luz la empresa se va a forrar, pero para eso falta mucho y no saben si sobrevivirán. —Hizo una mueca. —Si sobreviviremos.
—Genial, paso de un aumento y un posible ascenso en el futuro a quedarme en el paro.
—Todavía no estás en el paro. Ni yo. Dame soluciones, Payton. Eso es lo que necesito.
Apretó los labios mirando a su alrededor. —Esto nos pasa por encargarnos únicamente de enfermedades cardiovasculares. Tenemos mucha competencia.
Harold asintió. —Lo sé. Si fuéramos como Lackman podríamos abarcar muchos más campos. Sus virólogos son los mejores del país.
Sonrió con tristeza. —Esta empresa ha acotado tanto su campo de investigación que se ha ahorcado ella sola. La única solución que te puedo aportar es que acelere mi estudio todo lo posible. La regeneración de los músculos del corazón. Nadie lo ha hecho antes y salvaría muchas vidas. Después de un infarto el corazón se recuperaría.
—Eso sin mencionar la reacción que tendría tu medicamento en otros músculos.
—Aún no puedo aportar nada a esa suposición. Habrá que estudiarlo en otra fase.
—No tenemos tiempo.
—Lo sé.
—Joder.
—¿Creías que te iba a dar una solución mágica? —preguntó divertida.
—Sí. Lo esperaba, la verdad.
Se sentó frente a él. —¿Qué queremos salvar?
—No te comprendo.
—¿Queremos salvar nuestro culo? ¿La investigación? ¿La empresa?
—Que le den por el culo a la empresa —respondió indignado—. Me queda un año para jubilarme.
—¿Cuánto crees que daría Lackman por mi investigación?
Los ojos de su jefe brillaron. —No entiendo muy bien por donde vas.
—Lo entiendes perfectamente. En cuanto Lackman se entere de que estamos en problemas y que tenemos una investigación revolucionaria querrá lo que nosotros tenemos. Siempre quieren ir a la avanzadilla y que sus acciones suban como la espuma. Grandes titulares. En eso se basan. —Sonrió maliciosa. —Esta es una empresa pequeña. Es calderilla para los millones que ganarán cuando termine.
Su jefe asintió. —Conozco un tipo que trabaja allí. Es un directivo. Jugamos al golf en el mismo club.
—Tan fácil como decir como si nada que aquí hay dificultades y que es una pena porque estás a punto de que tu equipo saque adelante el KDH.
—¿Ya le has puesto nombre?
—Me gustaba como sonaba.
—¿Y qué significa?
—¡Son nuestros apellidos! Knight, Dalton, Hack.
—¿Has puesto a la empresa y a mí antes que a ti?
—Bueno, soy modesta.
Él se echó a reír y cuando se calmó dijo divertido —Hablaré con ese tipo.
No esperaba menos. —Perfecto. ¿Crees que me subirán el sueldo?
—¿En Lackman? Serás un pececillo entre los mejores. Pero eres lista, sabrás arreglártelas. —Suspiró levantándose mientras ella le observaba. —Me voy a casa. Estoy agotado.
—Que descanses.
—Y vete tú también. Por cierto, en Lackman no te permitirán esas licencias que te tomas con tus horarios. ¿Podrás soportarlo?
—Uy, no. Yo trabajo cuando estoy inspirada.
Harold se echó a reír. —Veremos cómo se lo toman. —Sonrió viéndole ir hacia la puerta. —Buenas noches.
—Buenas noches, jefe.
En cuanto se quedó sola sonrió maliciosa. —Estamos por el buen camino. Por muy buen camino.
Capítulo 2
—No, repite el estudio. No lo has hecho según mis especificaciones —dijo mosqueada a su investigador en prácticas porque era la tercera vez que la retrasaba con sus meteduras de pata. —Hay que ser concienzudos. Quiero anotaciones de cada reacción de la célula. Si te digo que no debes despegarte del microscopio en dos horas no te despegas, ¿me has entendido?
Cliff se sonrojó. —Tenía que ir al baño.
—¡Haber ido antes! —En ese momento vio a través de las paredes de cristal a tres hombres saliendo del ascensor. Se le cortó el aliento porque Harold iba acompañado del presidente de la compañía y del mismísimo Keane Lackman. Él miró hacia ella y cuando sus ojos coincidieron su corazón saltó en su pecho e intentando disimular lo nerviosa que se puso se volvió hacia su ayudante. —Vuelve al trabajo.
—Sí, Payton.
—Payton… —Se escuchó a través del intercomunicador.
Se volvió y sonrió a Harold que como iba vestido de calle estaba al otro lado del cristal. —¿Si?
—¿Puedes venir un momento?
—Sí, por supuesto. —Se quitó los guantes y los tiró antes de ir hacia la puerta de cristal y pulsar el botón para salir. Sonrió a los presentes. —¿Me necesitas?
Harold se echó a reír. —Quería presentarte a alguien.
Ella miró a los presentes y como al señor Knight ya le conocía de sobra estiró la mano hacia Keane. —Mucho gusto, señor Lackman. Soy Payton Hack.
—Veo que me conoce —dijo con voz grave. Estrechó su mano y sintió un estremecimiento que le hizo mirar sus ojos castaños. —Encantado de conocer a la promesa de la medicina moderna.
—Viniendo de usted esas palabras son un honor —dijo apartando su mano como si le quemara.
—Payton, el señor Lackman quiere hablar contigo sobre tu estudio —dijo el señor Knight como si estuviera encantado de la vida.
—¿Es médico? —preguntó aparentando sorpresa aunque sabía de sobra que no.
—Después de tantos años en este negocio entiendo los conceptos.
Sonrió como si estuviera encantada. —Perfecto. ¿Se puede poner la bata, por favor? —Le mostró varias batas.
—Payton no es necesario —dijo el señor Knight.
—Sí que lo es —dijo ella perdiendo la sonrisa—. En el laboratorio B hay que seguir los protocolos exhaustivamente.
—Estoy de acuerdo. —Keane fue hasta allí y se puso la bata que le quedaba algo pequeña.
—El gorro para el cabello, por favor.
Cuando terminó de ponérselo debería estar ridículo, pero en absoluto. Seguía estando de lo más atractivo y al darse la vuelta para introducir su tarjeta de acceso vio que las tres chicas que estaban trabajando en ese momento no le quitaban ojo. Las fulminó con la mirada y agacharon la vista de golpe. Le miró de reojo. —Venga conmigo.
—Te sigo —dijo tuteándola.
Miró al frente acercándose a su puesto que era el más grande del laboratorio. Cogió unos guantes de la caja y se los tendió. Al cogerlos rozó su mano e incómoda por lo que sintió se volvió para coger los suyos. —Bueno, no sé lo que le ha explicado Harold…
—Has encontrado una enzima que acelera la regeneración muscular cardiaca.
Abrió la nevera donde tenía sus muestras y sacó unas placas colocándolas al lado del microscopio pensando que en ese momento no podía meter la pata. Era crucial no fastidiarla. Colocó las placas al lado del microscopio. —No solo regeneran el músculo cardiaco. Las posibilidades son infinitas, pero de momento es a lo que nos dedicamos. —Puso una placa en el microscopio y le miró. —Como seguramente sabe cuando se produce un infarto es porque se interrumpe el ciclo sanguíneo ya sea por un bloqueo o por un fallo de una válvula… Y esa falta de flujo hace que se pueda dañar el músculo cardiaco. Esto es un cardiomiocito dañado. —Él levantó una ceja. —Una célula del músculo del corazón.
Él asintió y miró por el microscopio. Payton le observó y vio que tenía una marca en el lóbulo de la oreja como si en el pasado hubiera llevado pendiente. ¿Quién se lo iba a decir? Tan pijo que parecía ahora, había tenido una etapa rebelde. Él giró la cabeza mirándola a los ojos. Se sonrojó sin poder evitarlo y a toda prisa puso otra placa. —Esta es una célula en proceso de regeneración.
Keane la observó unos segundos fijamente. —¿Nos hemos visto antes?
—Una vez fui a una conferencia que dio en Stanford sobre la industria farmacéutica. Pero yo estaba al fondo, no creo que me viera.
Miró el microscopio de nuevo. —¿Fuiste a Stanford?
—Hice un posgrado. ¿Ve la diferencia? —preguntó cambiando de tema.
Él se incorporó. —¿Puedes conseguir que esa regeneración se efectúe en otro tipo de músculos como los lisos o los esqueléticos?
Eso sí que la sorprendió porque demostraba que sabía mucho más de lo que hacía creer. —Aún no he investigado en ese campo. Solo tengo tres investigadoras a mi cargo y un ayudante. Los demás están en otros proyectos y…
Él asintió. —Y no hay bastantes recursos.
—Bueno, no me quejo, podría ser peor.
—¿Cuándo tendrás los resultados definitivos?
—Seis meses hasta la prueba con humanos. Si todo va bien podrá distribuirse el KDH en un año.
Su mirada la puso nerviosa. Era como si intentara descubrir si le estaba soltando un farol y no desvió los ojos intentando parecer convencida. Keane asintió. —Tendrás noticias mías, doctora Hack.
Casi chilla de la alegría, pero no movió el gesto como si no supiera de lo que hablaba mientras él salía del laboratorio quitándose los guantes. Vio como hablaba con sus superiores y la sonrisa satisfecha de Knight. Estaba dentro. Al fin estaba dentro.
Estaba comiendo una hamburguesa mientras repasaba sus notas dos horas después cuando sonó su teléfono móvil. Con la boca llena contestó —¿Si?
—Payton te quiero aquí en una hora.
Frunció el ceño mirando la pantalla para ver que era un número de móvil que no tenía grabado y masticó una vez antes de decir —¿Quién es?
—Soy tu jefe. Te espero en las oficinas centrales de Lackman en una hora —dijo antes de colgar.
¿Su jefe? Atónita dejó el teléfono sobre la mesa y levantó el auricular del que tenía sobre el escritorio. —Harold, ¿ya han firmado?
—El preacuerdo está firmado. No te lo vas a creer, le ha dado una pequeña fortuna y todo en un tiempo récord. Tenía los papeles preparados. En cuanto llegamos al despacho se presentaron sus abogados. A Knight no le ha dado tiempo para pensarlo. Joder, no sé lo que le has contado, pero debía estar realmente impresionado.
—Me ha llamado.
—¿Cómo que te ha llamado? ¿A ti?
Entrecerró los ojos. —No lo entiendo, tendría que haberte llamado a ti.
—¡No irá a prescindir de mí! ¡Me queda un año para jubilarme y en el acuerdo dice que la plantilla está asegurada!
—Tú eres el jefe de proyectos. Está claro que solo una investigación le interesa. Querrá saber más detalles del KDH.
—Sí, igual es eso. Lleva tus informes.
—¿Puede echarse atrás?
—¿Hay algo que tengas que decirme de la investigación que no sepa?
—No, claro que no —respondió rápidamente.
—Entonces no habrá problema. Igual es una reunión con sus investigadores para saber a fondo de qué va el asunto. Realmente no se ha asesorado bien.
Ella no las tenía todas consigo. Esa llamada era muy extraña. —Creo que es mucho más listo de lo que parece.
—Pues entonces ya sabrá el filón que tiene entre manos. Sé natural y no la cagues.
—Muchas gracias —dijo con ironía —. Ahora estoy mucho más tranquila. —Colgó el teléfono y tiró lo que quedaba de hamburguesa en la papelera. Le mosqueaba muchísimo que la llamara en tan corto espacio de tiempo. Se quitó la bata y fue hasta el archivador metiendo su clave de acceso en el teclado numérico. Sacó toda la documentación y la dejó al lado de su mochila. Suspiró al verse los vaqueros desgastados, sus zapatillas de deporte y su camiseta de los Lakers. Estupendo, iba a causar una impresión buenísima pero no le daba tiempo a cambiarse. ¿A que iba a tener razón su madre cuando decía que siempre debía llevar buen aspecto?
Algo nerviosa fue hasta el baño e hizo una mueca al ver su cabello en un rodete en la cabeza que estaba medio deshecho. Estupendo. Se quitó la goma a toda prisa y se cepilló el cabello hasta que brilló dejándolo tan liso como una tabla. Gimió porque no llevaba una pizca de maquillaje. Un poco de brillo de labios, eso es lo que necesitaba. Corrió hasta su mochila y casi chilló de la alegría al encontrar entre un montón de basura que no servía de nada un brillo que debía llevar allí siglos. Un día tenía que limpiar la mochila, pensó tirando a la papelera el envoltorio de un chicle. Se lo aplicó uniendo un labio con el otro y puso cara de asco cuando algo le supo muy mal. ¿Estaría caducado? Miró el envase, pero no encontró la fecha de caducidad así que se encogió de hombros. Fue hasta el baño y se miró los labios. Bueno, no quedaba mal, pero notaba un olor algo raro. Podía soportarlo por tener un poco de mejor aspecto. Regresó hasta su mochila y aplicó un poco de perfume de una muestra que encontró. Eso disimularía el olor. Se cargó la mochila a la espalda y cogió los informes. —Vamos allá.
No había sido buena idea ir en la bici. Hacía un calor de mil demonios y cuando llegó a la empresa estaba sedienta. Eso por no mencionar que el cabello lo tenía hecho un desastre y se había tragado un mosquito. Entró en Lackman y miró a su alrededor. Era la hora en que la gente regresaba del almuerzo, pero en recepción había una chica con un traje rosa y una plaquita blanca, así que fue hasta allí. —Tengo una cita con Keane Lackman. Soy Payton Hack.
—Un momento, por favor.
Miró a su alrededor y en ese momento entraba el mismísimo Carl Lackman hablando con su hijo. Se tensó con fuerza al ver al hombre que había matado a su hermano y al lado de su hijo vio su enorme parecido. Había visto fotos suyas antes pero su manera de caminar y de hablar era tan parecida que era impactante. Padre e hijo se llevaban treinta años, pero lo único que les diferenciaba era el cabello canoso y las arrugas alrededor de los ojos que demostraban que no era una persona de trato fácil.
Apretó los puños de la tensión cuando Keane miró hacia ella. La miró de arriba abajo como si no se lo creyera y dijo deteniéndose —Padre, ven que te presente a la investigadora de ese proyecto del que te he hablado en la comida. —Se acercó al igual que Carl que como su hijo la miró de arriba abajo. —Parece una adolescente que acaba de salir de un partido de los Lakers, pero apuesto a que tiene un futuro prometedor. Payton Hack, él es el presidente de la empresa.
—Señor Lackman usted no necesita presentación —dijo estrechando su mano.
—¿Hack? —Estrechó su mano mirándola fijamente a los ojos y sintió repulsión por su contacto. —¿De qué me suena su apellido, hijo?
—Kenneth Hack era su hermano —respondió fríamente sin dejar de observarla—. ¿No es cierto, Payton?
Se esperaba que la investigara, así que no la pilló por sorpresa. —Sí, es cierto. Kenneth trabajó para ustedes.
Carl miró a su hijo escandalizado. —¡Será una broma!
Keane la cogió por el brazo como si temiera que saliera corriendo lo que a punto estuvo de que se soltara de la rabia, pero consiguió contenerse mientras tiraba de ella hacia el ascensor.  —Mejor subamos al despacho. Tenemos mucho de lo que hablar.
—¿Ocurre algo? —preguntó aparentando estar confundida.
—Claro que ocurre —dijo entre dientes—. Pero enseguida me lo vas a aclarar.
Carl entró en el ascensor muy tenso. —¿Has firmado el compromiso de compra?
—Sí, padre… lo he firmado —respondió con ironía —. Pero tranquilo, porque Payton no nos va a fallar, ¿no es cierto?
Parpadeó mirando a uno y después a otro antes de poner el brazo libre en jarras. —¿Se puede saber qué pasa aquí? Oigan, si quieren me largo.
—Más quisieras —dijo Keane entre dientes.
Las puertas se abrieron de nuevo y volvió a tirar de ella fuera del ascensor. Atravesando la enorme estancia se quedó sin aliento por el mármol de carrara y la luz que pasaba a través de los ventanales que cubrían la pared de parte a parte. Una mujer con un traje negro tras una mesa de cristal se levantó de inmediato. —Buenas tardes, señores Lackman.
Ninguno le hizo ni caso mientras se abría una puerta de cristal automáticamente y pasaron a otra estancia exactamente igual con dos puertas blancas al fondo y dos mesas con dos secretarias a ambos lados de la habitación. Estas se levantaron como si estuvieran en el ejército y les saludaron como la de fuera. Impresionada preguntó —¿Estamos en otra dimensión?
Keane la fulminó con la mirada pasando entre ellas y abriendo la puerta de la derecha. Carl entró tras ellos cerrando la puerta de golpe. —Hijo, ¿quieres explicarte?
—¡No lo sabía, padre! ¡Me interesaba el proyecto y no me dio por investigar a los empleados! ¡No fue hasta hace hora y media cuando al revisar el informe caí en el apellido e hice unas llamadas!
La miró poniendo los brazos en jarras y ese gesto le pareció tan masculino que le robó el aliento. Intentando contener el latido de su corazón miró sus ojos. —¿Qué?
—¿Cómo que qué? ¡Nos demandaste!
—Ya. —Parpadeó mirando a los dos que parecía que querían tirarse sobre ella en cualquier momento. —Por negligencia, lo recuerdo. —Se volvió y caminó por el despacho que era enorme. Tenía un sofá blanco de piel con dos sillones haciendo juego y una mesa de cristal que tenía un montón de documentos apilados. Suspirando dejó sus informes y quitó la mochila de la espalda tirándola sobre una de las sillas. Vio un bol de caramelos y cogió uno metiéndoselo en la boca antes de acercarse al ventanal para ver las impresionantes vistas de Nueva York. —Bonito, muy bonito. —Se giró para ver que seguían en la misma posición. —¿Me ha llamado por algo o…? Tenía que comprobar unos datos. —Chupó su caramelo con descaro antes de levantar las cejas.
Keane entrecerró los ojos. —¿Acaso no te bastaron los dos millones que tuvimos que pagarte? ¡Nuestros abogados llegaron a un acuerdo!
—A mí no me pagasteis nada —dijo tuteándoles—. Ese dinero se donó para investigación. Yo trabajo por mi dinero.
—¡Cuando me viste en el laboratorio te hiciste la tonta! ¡Te pregunté si te conocía y me dijiste lo de la conferencia!
—Hijo, ¿esto podría considerarse fraude? —Carl sacó su teléfono móvil. —Voy a llamar a Garret.
—Ya le he llamado yo, padre. —Dio un paso hacia ella amenazante. —Y solo puede haber fraude si nos ha engañado en la investigación. Sino tengo que atenerme al contrato.
Ella sonrió satisfecha. —Bueno, pues ahora que lo hemos aclarado todo…

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