Sparkle and Fade de Amelia Gates y Cassie Love

Sparkle and Fade de Amelia Gates y Cassie Love

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY ¿Un último baile, milady? de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida...

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Sparkle and Fade de Amelia Gates y Cassie Love pdf

Sparkle and Fade: Enamorada de una estrella de rock de Amelia Gates y Cassie Love pdf descargar gratis leer online

¿Qué diablos le pasa al destino? En primer lugar, te pone en el camino a alguien con un rostro digno de cualquier portada de revista, un cuerpo duro como una roca y el talento musical de un Dios. Y luego te hace aferrarte a tu orgullo mientras corres a la sala de emergencias con dolor de cabeza tras sufrir un serio ataque de pérdida de memoria.

Vale, tal vez no me esté quejando. La mayoría de las urgencias apestan. Pero esta viene con una doctora explosiva llamada Estelle Pankette.
Una mujer con más curvas que la media de las montañas. Una mujer más mojigata que tu abuela. Más caliente que el Sáhara
Y… no quiere saber nada de ti.

¡Que le den! Una estrella del rock SIEMPRE consigue lo que quiere.
Y ahora mismo, ¡Estelle Pankette es lo que quiero!

»CassieLove»

Enamorada de una estrella de rock de Amelia Gates y Cassie Love

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Capítulo Uno
 
—¿Estás listo para ir? —dijo Sydney, sacudiendo el barro de sus botas mientras se dirigía a la cabaña.
—Vamos a rocanrolear —repuso Elias en voz baja, la fragilidad de su cuerpo absorbiendo el jugo de su entusiasmo.
Esta era la parte difícil. Hasta ahora todo había sido muy fácil. Se habían tomado todas las decisiones que había que tomar. Se habían hecho todas las cosas que había que hacer. Ahora solo quedaba esperar. Eso era lo que le estaba matando. La jodida espera.
—Así que esto es el final, supongo… —dijo Sydney nervioso.
—Es el final, ¿no? —Elias sonrió.
—Joder, no puedo hacer esta mierda sobrio, y tú tampoco deberías —se quejó Sydney mientras se levantaba de la silla e iba a la cocina a por una taza de café con vodka. Ni siquiera era de primera clase como el que solía beber, pero era mejor que intentar pasar el día sin nada.
—No para mí. No hasta que termine con esto —dijo Elias.
—Joder, ¿quién ha comprado esta mierda? Sabe a patata fermentada y pis de cerdo —soltó Sydney.
Elias se rio entre dientes ante el refunfuño del viejo.
—Fuiste tú, maldito tacaño —replicó Elias.
—Vale, creo que ya puedo hacerlo. —Sydney se sentó de nuevo en el sillón reclinable que colocó junto a la cama de Elias.
Ya sabía lo que le tocaba, ya llevaba con esto una semana. Se sentó y escuchó, analizando cada palabra y tomando notas de lo importante. Su trabajo no consistía en aconsejar o inspirar como ya había hecho en el pasado. Su trabajo ahora era escuchar. Probablemente era el mejor para ese trabajo. Solo otro músico entendería lo importante que era para el público escuchar. Solo los verdaderos músicos sabían escuchar bien. Podían escuchar la música en la música, la pequeña pieza del genio bajo los sonidos que brillaban y se desvanecían. Para su amigo, él podía hacer todo eso. Podía escuchar bien.
—Hace un año empecé a tener dolores de cabeza muy fuertes, desmayos, visión borrosa, todo eso. Así que, creo que tal vez es hora de cambiar la medicación o, al menos, de reducir el uso porque soy un puto miserable. Y sabes que ese no soy yo. Soy de todo menos miserable —comenzó Elias.
Sydney asintió lentamente.
—Eso es lo que yo habría hecho.
—Solo que no está mejorando, sino empeorando. Al final fui a los ensayos de un concierto en Los Ángeles, la música comenzó a sonar y me perdí, joder. No recordaba la canción. Recordaba la música, mis manos podían tocarla sin ningún problema. Sabía cómo se llamaba, cómo la escribí y cómo pasé dos malditos días haciendo bien el riff, pero no podía recordar la letra. Se fue, así porque sí —dijo Elias, con los ojos en blanco mientras recordaba la sensación de la guitarra en sus manos y la frustración de perder el control de las palabras.
—Vaya mierda.
—No quiero ser una de esas estrellas del rock envejecidas que leen la letra en un teleprompter porque tienen el cerebro tan frito que no pueden recordarla. Quiero decir, tocas la misma canción 600 veces al año, la cantas diez mil veces antes de hacerlo bien, no deberías olvidarla tan jodidamente rápido. Pero se me fue y necesitaba recuperarla.
—¿Fuiste al médico?
—Joder, sí, fui al médico. Mira, puedo soportar un pequeño dolor en los riñones, dientes rotos y huesos agrietados, pero cuando la música empieza a irse… —Elias miró a lo lejos mientras hablaba—. Cuando la música se va, ¿qué más queda?
—Entiendo. —Sydney cogió su bolígrafo y el cuaderno que había estado utilizando en las sesiones. Rápidamente escribió las palabras de Elias y dejó el cuaderno.
Elias observó la acción con desdén. Llevaba meses intentando convencer a su mentor y amigo para que lo cambiara por una tablet, sin resultado. Ni siquiera el atractivo de las aplicaciones para crear música sobre la marcha pudo tentarle a apartar su colección de bolígrafos Bic y cuadernos.
—Soy de la vieja escuela, del rock clásico… Necesito sentir la pluma en la mano para que todo tenga sentido para mí —decía Sydney. Parecía que ya iba a ser imposible hacerle cambiar de opinión.
—¡Ya tengo la maldita grabadora digital! —Sydney le recriminó al joven vacilón.
—Como iba diciendo —continuó Elias—, hice que Chris pidiera cita por mí. Se suponía que este doctor Jay era uno de los mejores neurólogos. Se suponía que era capaz de solucionar lo que fuera que estuviera mal. O al menos de dar con ello. —Elias resopló disgustado y luego se estremeció cuando le empezó a dar el ataque. Era el segundo de hoy. El primero había sido bastante intenso y tardó varias horas en recuperarse. Este fue pequeño. No fue más que una molestia que lo dejó sin aliento y con los ojos desorbitados.
—¿Quieres seguir con esto?
—Sí, no te preocupes. He tenido ataques peores que este —repuso Elias, dando un trago de agua antes de acomodarse de nuevo en las almohadas y continuar con su historia—. Así que este neurólogo me echó un vistazo y me di cuenta de que no estaba interesado. No puedo culparle. Aunque no estuviera perdiendo la cabeza, no era precisamente un ejemplo de buena salud. Me hacía hacer ejercicios normales, extender las manos y cerrar el puño, todo ese tipo de cosas. Luego me hizo algunas pruebas, juegos de memoria y esas mierdas. Yo le seguí el juego porque… Bueno, ¿qué cojones se supone que debía hacer? Necesitaba ayuda y él era el tipo que se suponía que podía ayudarme. Así que hice lo que me dijo.
—Malditas sanguijuelas —murmuró Sydney, apretando los dientes—. He visto a más de unos cuantos de esos cabrones en mis tiempos. Les importa una mierda lo que te pase mientras les pagues al final.
—Con este tipo fue mucho peor. Empezó a decirme que «el estilo de vida que llevo no es adecuado para una mente sana» —dijo Elias, usando las comillas de la forma más odiosa posible.
—Vaya mierda.
—Pues sí, así que le dije que necesitaba una segunda opinión. Me mandó a un neuropatólogo, total que llegué y descubrí que el puto médico la había palmado esa mañana de camino al trabajo.
—Cálmate hombre, acabas de tener un ataque.
—Estoy fetén. Estoy fetén. Pero me hizo pensar. Doy un concierto en dos días para el que tengo que estar preparado y no puedo pasarme todo el día detrás de los médicos. Cuanto más lo pienso, mejor opción me parece el teleprompter. Pero luego me dijeron que tenían a uno nuevo de sustitución si no me importaba cambiar de médico. Así que me dije: «Les doy otra oportunidad. Me gusta probar cosas nuevas, allá vamos». Entré y ahí estaba la doctora P.
Elias se detuvo y cerró los ojos. Su barbilla se inclinó ligeramente hacia arriba, como si el propio nombre hubiera invocado un coro de ángeles para que le cantaran hasta que se durmiera. Una lenta sonrisa se dibujó en su rostro al pensar en ese momento. El momento en el que entró a la consulta del médico y conoció a la mujer que le cambiaría la vida. Lo poco que le quedaba de ella.
—¿Estelle?
—Sí, Estelle. —Elias se revolvió en la cama, destapándose, cruzando las manos detrás de la cabeza y saboreando su nombre como si de un caramelo se tratara.
—Háblame de Estelle —dijo Sydney, más interesado ahora.
—Si conocerte a ti fue el principio del principio para mí, ella fue el principio del fin. Ella hizo que valiera la pena morir, ¿me entiendes?
Capítulo Dos
 
Un año antes
Mi médico acaba de morir en un accidente de coche de camino a la consulta. No es que no importe, es simplemente que no me importa personalmente. Quiero decir, es triste que alguien se muera, especialmente si lo hace sin haber vivido realmente, pero todos sabemos que nuestro número saldrá alguna vez. Morir es la única garantía que tenemos en la vida. Incluso todo sobre la vida después de la muerte es, en el mejor de los casos, desconocido. Pero el aquí y el ahora lo tenemos seguro, así que más vale vivirlo.
—Me dicen que si quieres que te vean tienen a alguien disponible para cubrir las citas de hoy —dice Chris, mi mánager.
—Vale, venga, iremos a San Diego mañana. No puedo permitirme cambiar el día —respondo, molesto por toda la situación—. ¿Por qué cojones se tiene que morir justo para mi cita?
—Intenta ser un poco compasivo, tío. El hombre acaba de fallecer —advierte Chris.
Pongo los ojos en blanco. Para ser sincero, ni siquiera conocía al tipo. Me lo recomendaron y hoy se suponía que era la primera cita. No sé si eso mejora o empeora la situación.
Intento parecer un poco menos irritado cuando entro en el centro médico. La sala de espera parece el tipo de lugar donde los pacientes geriátricos van a pasar el rato. Las flores de seda de tonos pastel y las paredes de color beis dan asco. Quizá murió a propósito para no tener que volver aquí. Sonrío mientras la idea resuena en mi cabeza. Chris se aclara la garganta con fuerza, devolviéndome a la realidad.
—¿Estás colocado?
—Creo que ambos sabemos la respuesta a esa pregunta —digo, tomando asiento y apoyando el tobillo izquierdo en la rodilla derecha. Con los codos apoyados en el respaldo de la silla, observo la escena. El lugar está vacío, salvo por una enfermera algo seca detrás del mostrador que no parece preocupada en absoluto por la muerte del ilustre médico. Quizá también sea su primer día.
—Muy bien, señor Topher, si rellena esto, le avisaremos cuando le toque —dice la enfermera sin rodeos.
—¿Les has dado tu nombre? —le pregunto mientras se sienta a mi lado con un portapapeles lleno.
—¿Tienes idea del tipo de tormenta de mierda que causaría esto si se supiera? Los promotores, los locales e incluso tu maldito seguro se pondrían por las nubes —me replica siseando.
—Está bien —digo, cerrando los ojos. Mientras tenga fans, ¿qué cojones me importa el traje que me hagan? Ese es el trabajo de Chris.
Cierro los ojos un minuto y me despierto cuando Chris me sacude sin miramientos.
—Vamos —dice, con aspecto más que mosqueado.
—¿Qué?
—Levanta y vamos. —Chris me empuja delante de él. Seguimos a la enfermera seca, que parece un poco más preocupada por mi bienestar que cuando entré. Chris le entrega mi historial a alguien con bata blanca y los tres, la doctora, la enfermera y mi mánager, se reúnen para hablar mientras yo me siento en la camilla como un niño idiota que espera a que los adultos terminen de hablar.
—¡Eh!
Tres pares de ojos se vuelven hacia mí simultáneamente. Los que llaman mi atención son los que no están llenos de miedo. Los que tienen un divertido tono marrón que parece casi naranja a la luz. No están llenos de miedo. No están preocupados por mí.
—Vale, señor… ¿Tayfer? —pregunta ella con esa voz que me dice que no tiene ni idea de quién soy.
—Dalian. Elias Dalian, él es el señor Topher —corrijo, señalando a Chris.
—¿Chris Topher? —Sonríe a Chris, que hace tiempo que aceptó que el cambio de nombre que se hizo a los dieciocho años es tan penoso como la familia que intentaba dejar atrás.
—Bueno, señor Dalian, ¿en qué puedo ayudarle?
—¿No debería estar todo ahí, en el historial?
—Lo está, pero lo que quiero que me diga es todo lo que no está en el historial.
—¿Cómo qué?
—Como qué tipo de sustancias controladas consume y con qué frecuencia. ¿Cuándo fue la última vez que se hizo una prueba de sífilis y cuántas parejas sexuales ha tenido desde entonces? Cuando tiene estos dolores de cabeza, ¿también ve los colores de forma diferente? Cuando lee, ¿las palabras tienen a veces pequeños halos o sombras alrededor? Todo.
—No sé si puedo resumirle todo eso, doc —digo, sonriendo a pesar de mi falta de voluntad para desvelar cada detalle de mi vida personal a una completa desconocida.
—No lo haga. Deme los detalles. Tengo mucho tiempo —dice, cruzando los brazos sobre el pecho e inclinándose hacia atrás en su silla. Sus gafas se ajustan perfectamente a su nariz. Son de ese tipo que solo se ve en las películas sobre niñas que crecen en la pradera. Dos óvalos de gran tamaño en una montura de alambre que se enganchan detrás de las orejas para evitar que se deslicen.
—Perdone, pero ¿qué tiene que ver esto con lo que le pasa? —interviene Chris, que parece cada vez más molesto según pasan los segundos.
—Todo lo que dijo su último médico era correcto. Su estilo de vida no es apropiado para la salud y el bienestar, pero a veces las malas decisiones y el abuso de sustancias enmascaran un problema más profundo. Los pacientes en las últimas fases de la sífilis suelen automedicarse con opiáceos y son propensos a un comportamiento errático. Otras enfermedades neurológicas pueden enmascararse o incluso verse afectadas por el consumo de drogas. No sé qué buscar si no tengo qué mirar, así que necesito saber qué está consumiendo, con qué frecuencia y durante cuánto tiempo. Y luego necesito un análisis completo: sangre, orina y una visita a radiología.
Chris asiente comprendiendo lo que dice, pero yo lo único que puedo hacer es fijarme en su pelo. Lo lleva con dos apretadas trenzas francesas que comienzan justo por encima del arco de las cejas y forman una más gruesa por la espalda. Su pelo es extremadamente oscuro, grueso y largo. Es el tipo de pelo que refleja las luces del escenario hacia ti en uno de esos oscuros clubes de sótano en los que solía tocar, y donde de vez en cuando todavía lo hago cuando puedo escaparme de mis responsables.
Se levanta de su asiento y escribe una serie de notas en su libreta antes de acercarse a mí. Su mirada es fría y no se ve afectada. Soy un tío atractivo. Incluso sin el maquillaje y todos focos de los conciertos, sé cómo impresionar a las mujeres, pero esta parece inmune a todo eso. O al menos es buena fingiendo.
—Avíseme si le duele —dice ella, antes de sacarse una linterna del bolsillo y alumbrarme los ojos. Primero el izquierdo, luego el derecho. Es zurda. Me doy cuenta enseguida. Su mano derecha está en mi barbilla y sus dedos son fríos y suaves, su tacto es clínico, solo ejerce la fuerza necesaria. Su trenza oscura cuelga sobre su hombro, con los extremos balanceándose en el lugar en el que imagino que debe descansar el pezón más exquisito. Uno desarrolla un ojo para estas cosas… e incluso con la bata de laboratorio y el uniforme azul oscuro puedo decir que sus pechos son fantásticos.
Alargo la mano y agarro la trenza de seda, acercando los extremos a mi nariz e inhalando profundamente. Jabón antibacteriano. ¿A qué clase de mujer le huele el pelo a jabón antibacteriano? Levanto la vista y me doy cuenta de que ha terminado de examinarme y me mira fijamente. No está molesta, solo observa.
—¿A qué huele?
—Jabón —le digo. Sonríe.
—Bien, puedo descartar algunas afecciones mientras su sentido del olfato esté intacto —dice ella, volviendo a su posición al otro lado de la consulta.
—¿Qué ha encontrado, Doc? —pregunto.
—Pankette —dice ella.
—¿Qué es eso?
—Mi nombre, señor Dalian. No Doc. doctora Pankette.
—Ah —respondo, asintiendo lentamente.
La doctora Pankette abre un pequeño portátil y lo pone sobre su regazo. Sus dedos se ciernen sobre las teclas de inicio. Me devuelve la mirada y siento que algo dentro de mí se rebela contra su mirada. Me doy cuenta de que no está fingiendo. No le intereso en absoluto. Podría estar observando gérmenes bajo un microscopio, y me jode pensar que los virus puedan ser más interesantes para ella que yo.
—Bueno, señor Dalian, llevaremos un registro detallado de su abuso de sustancias y hábitos para ver si podemos encontrar alguna pista que nos haga llegar al problema. Le escucho —dice la doctora Pankette.
¿Qué demonios le hace pensar que puede tratarme como a una rata de laboratorio y salirse con la suya? Ya podría haber planteado un desafío formal. La vida no es nada sin desafíos y pienso vivirla al máximo hasta que me saquen de este perro mundo. Vale, Doc, vamos a rocanrolear.
Capítulo Tres
 
Al final, la doc se sale con la suya. Llevo la mayor parte de la mañana detallándole mi consumo de drogas y mi vida sexual mientras ella teclea incesantemente en el pequeño portátil que tiene delante. No me mira mientras hablamos, aunque es evidente que me escucha con atención. No se ríe ni sonríe, pero es agradable cuando habla. No hay nada que la sorprenda. Varias veces se muerde el labio inferior y frunce las cejas mientras mira sus notas. Creo que, por un segundo, está a punto de tener un momento de inspiración, pero, inevitablemente, se le ocurren más preguntas. Más preguntas punzantes e invasivas.
—Sabe, he hecho cientos de entrevistas en mi carrera y nunca me han hecho tantas preguntas en todas ellas juntas —me quejo. No es que espere que se compadezca de mí.
—Lo siento. No me gusta equivocarme. Cuanto más sepa de usted, más fácil será evitar un diagnóstico erróneo —dice, sin mirarme todavía.
—Vamos, doc, equivocarme es lo que mejor hago. Déjeme decirle que no es tan malo. Además, suele sentar bastante bien —digo con una sonrisa, la misma que puse a los trece años para librarme de pagar a una prostituta por mi primera mamada.
Mira hacia arriba, contrae las comisuras de los labios por un momento y luego vuelve a la pantalla.
—¿Y Ahora qué? —digo, sin estar preparado para asumir la derrota, pero sin planear otra jugada por el momento.
—Ahora hacemos algunas pruebas de diagnóstico. Diré a la enfermera que venga a sacarle sangre. Lo podemos mandar al laboratorio y tener la mayoría de los resultados en uno o dos días. Tendrá que pedir cita con radiología —dice ella, firmando un recibo y dándoselo a Chris.
—¿Es necesario todo esto? Quiero decir, solo tiene algunos dolores de cabeza —dice Chris, intentando descifrar el jeroglífico de la hoja. Aunque pudiera leer su letra seguiría siendo chino para mí. De todas formas, no lo entendería.
—Si ese fuera el caso, le diría que fuera a ver a un cardiólogo. Lo más probable es que sea estrés. Y aunque el estrés es un factor indudable en este caso, una pérdida de memoria así es señal de un problema mayor. Con suerte, si lo detectamos a tiempo, podremos intervenir y usted podrá llevar una vida normal —me explica, mirándome por primera vez. Sus ojos casi anaranjados muestran por primera vez preocupación por mí.
—Vale, doc, tengo que coger un vuelo, pero seguramente Chris organizará algo en los próximos días y tendremos los resultados —acepto, sobre todo porque quiero que siga mirándome así. Como si fuera una persona y no un problema, producto o sueño húmedo.
—De acuerdo, un placer conocerle, señor Da…
—Elias, doctora Pankette. Me llamo Elias.
Me da la mano y sonríe amablemente.
—Bueno, Elias, tendrá noticias mías en unos días.
Y así fue. Solo que las noticias no eran buenas.
 
Hay momentos en la vida que no puedes evitar. Sabes que algún día alguien te va a decir que tienes los días contados. Sabes que algún día van a romperte el corazón. Sabes con seguridad que en algún momento va a morir alguien a quien quieres. Y a pesar de que lo sabemos, a pesar de que pensaba que vivía abrazando todos esos días, no estaba preparado para lo que la doc me iba a decir.
Ahora, mirando hacia atrás, me parece estúpido. Sabía que iban a ser malas noticias cuando insistió en que volviera a la consulta a hablar con ella. Mierda.
Aquella noche me subí al escenario y canté todas las canciones como si me fueran a arrancar las cuerdas vocales por la mañana. Chillé y grité. Toqué cada riff, cada acorde como si las yemas de los dedos no importaran. Esa noche grabábamos el DVD del concierto. Fue una grabación jodidamente increíble. Estaba aún más impresionado conmigo mismo de lo que normalmente estoy. ¡Y eso es mucho decir!
Así que cojo el avión para ir a ver a la doc. No viene Chris conmigo esta vez. Me enfrentaré yo solo a lo que me tenga que decir. Voy directamente desde mi avión privado a la consulta. Prometió abrir pronto la clínica solo para mí, con el fin de evitar que me vieran. Observo el paisaje que pasa por mi ventanilla mientras el chófer conduce el todoterreno por las calles casi vacías. A pesar de que Los Ángeles es una metrópolis muy animada, a estas horas parece una ciudad fantasma. Hasta la gente que veo por la calle parece fantasma. Solo espectros con silueta humana. No son reales, no son ejemplos vivos, vibrantes, jodidos y sudorosos de humanidad.
Yo estoy acojonado porque la esperanza de vida en mi familia no parece ser muy alta. Mi padre la palmó antes de los cincuenta. Un infarto. Mi madre no duró mucho más. Complicaciones con la diabetes. Mi hermano, un veterano de la guerra de Irak, se suicidó seis meses después de que lo mandaran de vuelta a casa con las piernas en asientos separados. Lo llamaron TEPT. Ya casi solo quedo yo. Tengo algunos primos que no quieren tener nada que ver conmigo. No puedo culparlos. No soy exactamente un ejemplo para los buenos niños mormones que están intentando criar.
Entro de nuevo en la sala de espera, más preocupado esta vez. Han cambiado muchas cosas en pocos días. Ya no están las plantas de seda, las han sustituido por pósteres sobre la salud circulatoria y cerebral. Las paredes son de un blanco crudo y deslumbrante. Todavía se puede oler la pintura medio húmeda. Toso un poco cuando el olor me llega a la garganta.
La doc aparece por la esquina, con esos ojos anaranjados que parecen atentos y descansados. Su pelo sigue peinado en esas dos trenzas. Esta vez lleva una blusa blanca, una corbata negra y un vestidito a juego que le llega justo por debajo de las rodillas. Sonrío al verla. La madre que la parió, su estilo es un poco pésimo. Parece un extra de La doctora Quinn.
—Pues bueno, ya tengo los resultados. Tengo buenas y malas noticias.
—Vale —respondo, mientras la sigo a la consulta y me siento en la misma camilla.
—Han llegado los resultados y parece que tiene un tumor que crece en su cerebro. La buena noticia es que lo hemos detectado a tiempo. No podemos saber si es maligno o no, pero los análisis de sangre parecen buenos, así que podemos descartar algunos de los cánceres más desagradables. Parece que solo hay uno, aunque podrían desarrollarse otros más adelante —dice, mirando más a los informes que tiene delante que a mí.
—¿Y las malas noticias?
—La parte del cerebro en la que se encuentra. Es complicada. Hay muchos vasos sanguíneos y funciones superiores sensibles que ocurren en esa parte del cerebro —me explica, enseñándome la imagen de mi cerebro en el ordenador y señalando el pequeño punto oscuro donde parecen originarse todos mis problemas.
—¿Cuánto tiempo lleva ahí?
—Es difícil de saber. Lo que sí puedo decirle es que al menos algunas de las drogas que ha estado consumiendo han impedido que creciera más. ¿Sabe cuando dicen que matan las células cerebrales? Pues es literal. En este caso, la razón por la que parece empeorar cuando se desintoxica, sospecho, es porque el tumor crece más rápido cuando el sistema está limpio —prosigue la doc, sin ningún sentido de la ironía.
Me río a carcajadas, aplaudiendo mientras la casi histeria del momento me consume.
—¿Es esa una nueva terapia, doc? ¿Terapia con narcóticos?
Sonríe y resopla, pero sin unirse a mí.
—Lo siento, señor Dalian. Ojalá tuviera mejores noticias para usted. Puedo citarle para una biopsia, de forma que podamos hacernos una idea mejor de a qué nos enfrentamos. Si se trata de un tumor benigno, podemos buscar formas de reducirlo para que pueda volver a la normalidad y nos limitaremos a controlar su estado durante un tiempo. Si es maligno, tendremos que buscar opciones más invasivas —explica.
La oigo, pero no la escucho. En este momento tengo otras cosas en la cabeza.
—Sabe, es usted una mujer muy guapa. Quiero decir que intenta disimularlo con esa apariencia de señorita Rottenmeier, pero apuesto a que esconde un cuerpo increíble —le suelto, mirando fijamente esos ojos anaranjados, rodeados por un marrón intenso.
—Señor Dalian, sé que probablemente no es el mejor momento para sacar esto a colación, pero lo que tenemos aquí es una situación única. El cóctel de narcóticos ilegales, abuso de medicamentos recetados y su posible enfermedad es algo que nunca he visto antes. Estoy segura de que ha oído hablar de personas que utilizan la marihuana para ayudar a tratar los síntomas e incluso impedir el crecimiento de otros tipos de cáncer. Si este tumor es lo que creo que es…
Como si acabara de darse cuenta de que se está excitando con la idea de un tumor mortal creciendo en mi cabeza, reprime su deleite.
—A ver si lo entiendo. No tiene ni idea de quién soy, ¿verdad, doctora Pankette?
—Le he buscado en internet —admite, intentando recuperar la compostura.
—Y sé que soy guapo, pero no está interesada, ¿no?
—No.
—¿Pero le pone la idea de hurgar en mi cerebro para ver si el sexo, las drogas y el rock and roll son las claves para curar el cáncer?
—No, lo que quiero decir es que debe haber algo de lo que ha estado consumiendo que ha impedido el crecimiento o, al menos, los síntomas del tumor. Es imposible tener un tumor de ese tamaño en esa parte del cerebro y seguir funcionando tan bien como lo hace usted, a menos que algo de lo que esté haciendo le esté ayudando. Solo quiero descubrir qué es.
La luz de sus ojos es tan brillante que casi la ciega. Se muerde la comisura de los labios con nerviosismo y la imagen de sus dientes, suplicantes, mordiendo la suave carne rosada de sus labios es suficiente para arrancarme un gemido audible.
Se queda en shock durante un minuto y veo la sospecha en sus ojos mientras considera si estar a solas en la consulta con un hombre al que le acaban de decir que tiene cáncer es la segunda o tercera decisión más estúpida que ha tomado en la vida.
—Le propongo algo. Seré un buen chico. Le dejaré hurgar en mi cabeza, ya que parece que solo le interesa esa parte de mi anatomía. —Acaricio mi entrepierna a propósito, de forma sugerente, y sonrío para mis adentros mientras sus ojos siguen la acción—. Pero con la condición de verme fuera de la consulta.
—Las relaciones médico-paciente no son éticas. Dificultan la capacidad del médico de ser imparci…
—Shh. —La callo con un solo dedo y avanzo hacia ella. Es una mujer fuerte, no retrocede ni se echa atrás como lo haría la mayoría. Se mantiene firme mientras me acerco—. Encontraré otro médico para que se encargue de las cosas desde aquí. Usted solo puede aconsejar. Pero tiene que aceptar verme.
—¿Y si no? —Levanta la barbilla desafiante.
—¿Si no? Si no voy a seguir bebiendo, follando y fumando lo que me dé la gana y no sacará nada de mí. Ni datos, ni encuestas, ni restos, ni estudio de casos o lo que sea que hagan los tipos de laboratorio. ¡Nada!
—¿Así que o acepto una cita con usted o me olvido? —Todavía no ha retrocedido y el olor a pasta de dientes de su aliento hace que me piquen los ojos.
—No es una cita. Piense que es una investigación de campo.
—¿Y qué ha motivado esta generosa oferta?
—Te deseo y tú eres la primera mujer en mucho tiempo que no me desea. Creo que, si tú quieres estudiarme, yo también debería tener la oportunidad de estudiarte. Además, estoy seguro de que esas tetas son extraordinarias y si no consigo verlas al menos una vez antes de morir, es como si no hubiera vivido nunca.
Por un momento pienso que quizá me he pasado con esta última parte. A las chicas no les suele gustar que les hables de sus tetas como moneda de cambio, pero yo no estaba de humor para ser tímido. A ella debió gustarle mi sinceridad, o tal vez realmente quería obtener una porción de ese tumor, porque aceptó.
Nunca sabré por qué, pero aceptó.

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