Te quiero para mí de Elizabeth Bermúdez

Te quiero para mí de Elizabeth Bermúdez

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Nicolás Hungría lo tiene todo, ha llegado a lo más alto de su carrera profesional como futbolista, superando a su propio padre, siempre su ejemplo a seguir.
Pero hay algo que desea con todas sus fuerzas y no puede tener: a una mujer. La que despierta todos sus deseos con una sola mirada y se siente un completo monstruo por no poder frenar sus instintos.
El pecado más grande de su vida se llama Victoria.
Los numerosos encantos de Nico no pasan desapercibidos ni para su hermana pequeña. Victoria está enamorada de él como una más de sus miles fans, considerándolo un imposible.
Pero negar lo evidente solo servirá para aumentar ese gran amor y pasión que existe entre Nico y Victoria.
¿Te atreves a descubrir qué pasará entre ellos?
¿Cómo se tomarán Bosco y Alba una historia de amor entre sus hijos?


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4 respuestas a «Te quiero para mí de Elizabeth Bermúdez»

  1. 1
    Crecer
    Abro los ojos y sonrío cuando observo que la luz del sol ilumina mi habitación. Me revuelvo en la cama sintiéndome mayor, más mujer. Hoy es mi cumpleaños. Cumplo dieciséis años y me siento muy feliz. Intuyo que mi madre y mi tía me van a hacer una gran fiesta de cumpleaños como la que siempre deseé desde pequeña. Como las que mi padre le prepara a mi madre o viceversa y yo solo veo a escondidas por revistas o por la televisión con mi abuela como cómplice. Desde que me convertí en una adolescente me encanta la vida de mi madre y siempre he soñado ser como ella, tan guapa, elegante y poder asistir a todas las fiestas a las que la invitan junto con mi padre. También anhelo poder asaltar su vestidor y que me deje todos los vestidos y zapatos de firma que tiene. Mi madre siempre me dice que ya tendré tiempo de crecer y de cumplir todos mis sueños, pero yo tengo la necesidad de que pasen los años y poder hacer cosas de adultos, sin que nadie me prohíba o restringa mis horarios ni me limite nada.
    Unos leves toques en la puerta de mi habitación consiguen sacarme de mis pensamientos, sin que me dé tiempo de decir nada ni de salir de la cama veo a mi madre, que abre la puerta y entra cargada con varios globos, la sigue mi padre, con unas cajas de regalos, y mis hermanos con más bolsas. Una amplia sonrisa se dibuja en mi rostro. Me siento en la cama, me acomodo en ella y los observo llegar hasta mí sintiéndome una mujer muy afortunada por pertenecer a la familia Hungría.
    Todos me abrazan y me besan, los observo sentada con ellos alrededor mientras aparto las lágrimas que han conseguido que salten de mis ojos. Me ha emocionado verlos aparecer todos juntos en mi habitación. Somos una familia unida, pero desde hace unos años para acá cada día valoro más cuando estamos todos juntos. Me hace especial ilusión que Nico haya venido, desde que comenzó con su carrera deportiva en el mundo del fútbol en serio, siguiendo los pasos de nuestro padre, para poco por casa. Lo veo más en la televisión y en las noticias de la prensa por las fiestas a las que asiste que en nuestro hogar.
    —Feliz cumpleaños, mi vida —me felicita mi madre. Se abraza de nuevo a mí y suelta los globos que trae en sus manos. Uno de ellos es el número dieciséis y el resto son globos de corazones rojos.
    —Mi princesa se convierte en toda una mujer —me felicita también mi padre. Lo abrazo y lo beso emocionada. Es el mejor hombre del mundo.
    —Cumpleaños feliz… —comienzan a tararear mis hermanos pequeños, los mellizos. Los adoro. Siempre alegres y sonrientes. Me abrazan a la vez y me refugio en los brazos de esos dos hombretones que pese a ser unos meses más pequeños que yo están tan grandes como nuestro padre.
    Nico es el último en acercarse a mí, me da dos besos y me abraza. Me refugio en su pecho y disfruto de su contacto, de tenerlo tan cerca. Lo miro a los ojos y compruebo que está más guapo que nunca. Sus ojos azules tienen un brillo especial. Me sonríe y yo le devuelvo el gesto. He de confesar que siento debilidad por él. desde hace tiempo sueño con encontrar a alguien como mi hermano. Es mi referente. Lo encuentro perfecto en todos los sentidos. Es guapo, atractivo, simpático, inteligente y mi padre dice que va a llegar alto en su carrera deportiva. Su único defecto es que le encantan demasiado las fiestas y las mujeres, pero ¿a qué chico o chica de su edad no le gusta la diversión? Yo estoy deseando ser mayor de edad para gozar de toda la libertad que tiene Nico. Nuestros padres nos quieren demasiado y nos protegen mucho. Nos tienen prohibidas muchas cosas hasta que cumplamos los dieciocho años.
    —Qué guapa estás, hermanita —me elogia Nico mirándome con atención. De inmediato, me toco el pelo e intento estar un poco más presentable. Me importa mucho cómo me vea.
    —Victoria se ha convertido en una auténtica belleza —añade nuestra madre.
    —Eres mi referente, mamá. En belleza y elegancia —le indico. Mis amigas odian a sus madres, pero yo adoro a la mía en todos los sentidos. Ella es especial.
    —Yo creo que va a superarte —comenta Damián, sonriente.
    —En el instituto todos los chicos están locos por ella —lanza Jorge.
    Nico posa sus ojos sobre mí, serio.
    —¿Sales con alguien? —se interesa mi hermano mayor. Siento cierto aire protector hacia mí que me halaga.
    —¿No vas a abrir todos los regalos? —agradezco que la pregunta de mi padre pare esta conversación.
    —Eh… sí, claro —titubeo, algo nerviosa. La mirada de Nico sigue posada sobre mí, algo que me incomoda.
    Me dispongo a abrir todos los regalos y me encuentro con un montón de cosas que me hacen mucha ilusión y no esperaba. Lo que más me gusta es el vestido de firma que me ha regalado mi madre. Es azul eléctrico, con una espalda y un escote impresionantes y estoy segura de que me va a quedar de maravilla.
    —Lo llevaré esta noche —le indico mientras la abrazo y le doy las gracias.
    —¿Esta noche? ¿Dónde piensas ir? —pregunta mi padre, serio. Pero lo conozco y sé que está interpretando un papel.
    —Pues a soplar mis velas, con vosotros y mis amigos. Donde sea. —Le hago un guiño con el ojo y mi maravilloso padre me sonríe y me abraza.
    —Yo no sé nada de nada —me susurra al oído haciéndose el inocente.
    —Abajo nos espera un estupendo desayuno —anuncia Damián.
    —Vamos, hermanita. —Jorge tira de mi mano y me saca de la cama.
    Abrazada a los mellizos, salgo de la habitación sintiéndome muy contenta. Mis padres y Nico vienen detrás.
    Cuando llegamos al salón encuentro una maravillosa tarta sobre una mesa adornada. Mi padre se encarga de encender las velas y mi familia me canta cumpleaños feliz. Los miro a todos mientras me siento una mujer afortunada.
    —Pide un deseo —me indica mi madre, antes de que yo sople mis velas.
    Me paro un segundo, pienso en algo que desee mucho y mientras lo hago miro a Nico, mi hermano mayor, lo tengo frente a mí y me mira con atención. Le sonrío y me inclino sobre la tarta para soplar las velas mientras pienso en mi deseo, el cual casi considero un imposible.
    Mi madre me abraza y me susurra:
    —Esta noche volveremos a celebrarlo, pero quería que hiciésemos algo más íntimo y familiar.
    Le doy un abrazo y le gradezco que siempre esté tan pendiente de todos nosotros. Es una madre maravillosa.
    —Bueno, ya le podemos decir que esta noche tendrá una super fiesta en el Afaia —revela Damián, sonriente y feliz.
    Me imaginaba que me harían algo especial en la discoteca de mi padre. Mi madre sabe que desde pequeña he soñado con una gran fiesta en ese lugar, como las que mi padre le ha preparado a ella por su cumpleaños y aniversarios.
    —Eres un chivato —le reprende Jorge.
    —No pasa nada —tercia mi madre—. Esa fiesta es parte de su regalo y ya puede saberlo.
    —¿Estaréis todos? —pregunto con ilusión mientras miro a Nico con especial interés.
    —Sí —responde mi madre—. También estarán tus abuelos, tus tíos y todos tus amigos.
    —Oh, mamá, muchas gracias. —Me abrazo a ella emocionada.
    Luego desayunamos en familia y siento que el día de mi cumpleaños va a ser uno de los más especiales de mi vida.

  2. 2
    Mi fiesta de cumpleaños
    —Estás preciosa, mi vida. Te has convertido en toda una mujer —me indica mi madre mientras me admira.
    Me ha ayudado, junto con mi tía Julia, a vestirme, maquillarme y peinarme.
    —Pareces mayor —aprecia mi tía mientras me observa emocionada.
    —Me encanta este vestido, mamá. Y los zapatos y los pendientes —le indico a mi tía, me los ha regalado ella.
    —Estás espectacular. Esta noche serás el centro de atención, y no solo porque sea tu cumpleaños, sino porque eres toda una belleza —murmura mi madre.
    Admiro en el espejo mi vestido azul eléctrico, mi pelo rubio marcado con ondas y lo bien que mi tía me ha pintado los ojos, se aprecian más azules y más grandes. Tengo que pedirle que me enseñe a maquillarme así.
    Sintiéndome guapísima y espectacular, abandono mi habitación para dirigirnos al Afaia, donde nos esperan para la gran fiesta de mi cumpleaños.
    Llego a la discoteca propiedad de mi familia acompañada de mis padres, el resto de mi familia ya está allí. Siento especial ilusión cuando el coche en el que vamos para en la puerta principal del Afaia y observo que hay una gran alfombra roja hasta la entrada. Hay fotógrafos en la calle y mis padres permiten que nos tomen fotografías. El gran Bosco Hungría siempre es noticia. Poso junto a ellos, sonriente, sintiéndome muy feliz. La prensa me felicita y cuando entramos en el Afaia una lluvia de papeles estalla mientras que suena música.
    Admiro cómo está decorada toda la discoteca y veo a muchísima gente. Mis padres me han preparado una fiesta de cumpleaños por todo lo alto.
    Me abrazo a mis abuelos, mi tío Rodrigo y a mis amigos, que están todos. Echo de menos a mis primos, Declan y Estela, pero son más pequeños que yo y sus padres no los han dejado asistir.
    Mis mejores amigas del instituto, Clara y Sandra, se acercan a mí y me susurran al oído:
    —Una fiesta espectacular.
    —Pero sin duda lo que la hará inolvidable es la presencia de tu hermano Nico, cómo está el tío —murmura Sandra sin dejar de mirarlo.
    Nico se encuentra rodeado de mujeres, para variar, algo que me molesta porque todas son amigas mías. Es mi cumpleaños y es él quién está acaparando toda la atención.
    Corto la tarta y brindamos con todos mis invitados por mis dieciséis años. La música comienza a sonar más alta y todos empiezan a bailar. De repente, me veo rodeada de varios amigos. Quieren bailar conmigo, no sé por cual decidirme. Y justo en ese instante, irrumpe mi hermano, me toma de la mano y les dice:
    —Lo siento, caballeros, el primer baile es para el hermano mayor.
    Nico me toma de la mano y me lleva a bailar con él. En ese momento siento que es el mejor regalo que podía hacerme. Desde que he llegado al Afaia apenas he hablado con él.
    —¿Te lo estás pasando bien? —me pregunta Nico.
    —Es una fiesta maravillosa —le indico sonriente, feliz de estar entre sus brazos y ser la envidia de todas mis amigas.
    —Estás guapísima esta noche. Has cambiado mucho últimamente, ya eres toda una mujer.
    Lo observo muy contenta, mi pecho se hincha de alegría. Me llena de satisfacción que Nico me vea cómo a una mujer y no cómo a su hermana pequeña, para mí es muy importante.
    El resto de la noche mi hermano mayor lo pasa rodeado de mis amigas.
    Ya entrada la madrugada, mis padres, mis abuelos, mis tíos y mis hermanos pequeños se marchan.
    —Nico se queda, vuelve a casa con tu hermano. Él cuidará de ti —me indica mi padre antes de irse con el resto de la familia.
    Vuelvo a la pista y me dispongo a disfrutar del resto de la noche, quiero celebrar mi cumpleaños por todo lo alto y pasármelo muy bien. El alcohol está prohibido. El que mi padre sea el dueño de la discoteca tiene sus ventajas y desventajas.
    —Han llegado unos amigos de tu hermano —anuncia eufórica Sandra.
    —Joder, están todos buenísimos —murmura Clara sin dejar de mirar a los cinco tíos que acaban de llegar a mi fiesta.
    —Son jugadores como Nico, de su equipo —aclara Sandra—. Ve con Nico y que nos los presente —me anima dándome un ligero empujón para que comience a caminar en la dirección de mi hermano.
    Me dirijo hacia ellos y Nico me los presenta, yo les presento a mis mejores amigas. Tengo que darle un leve codazo a Sandra y Clara para que dejen de mirar a mi hermano y a sus amigos como un par de bobas.
    —Papá me ha pedido que me quede hasta que te quieras marchar y se acabe la fiesta. He inviado a unos amigos para no aburrirme y que la noche no se haga muy larga. Espero que no te moleste —me explica Nico cuando observo a sus amigos con cara de ¿qué hacen aquí?
    Lo miro, suspiro y hago verdaderos esfuerzos por ser educada y no decirle todo lo que realmente pienso de su actitud.
    —Esta discoteca es muy grande —murmuro. Me doy media vuelta y me marcho.
    Al cabo de un rato observo que Nico se ha instalado con sus amigos en el reservado de la planta superior. Algo molesta me dirijo hacia allí y cuando llego observo que varias amigas mías están con ellos y hay un par de botellas de alcohol por medio.
    Nico baila con Sandra y veo que mi amiga está más alegre de lo normal. Me acerco a ella, la miro y sé que ha bebido. Me interpongo entre ella y mi hermano y le reprocho enfadada:
    —¿Qué estás haciendo?
    —Beber y divertirme en la fiesta de mi hermanita —me indica sonriente mientras me acaricia el rostro y atrapa un mechón de pelo entre sus dedos.
    —Mi fiesta es abajo y tú has montado otra paralela aquí —le echo en cara de forma enérgica—, con alcohol. Sandra y el resto de mis amigas —Las señalo— están bebiendo —lo acuso directamente como responsable de ello.
    —¿No me digas que tú no lo has hecho nunca? —pregunta con sorna mientras lo miro seria—. ¿Eres perfecta? —se burla de mí.
    —No seas aburrida, Victoria —intercede Sandra—. Cuando hacemos fiestas o vamos a discotecas bebemos.
    —Yo no —le indico de inmediato.
    —Mi hermanita es perfecta. Te quiero porque eres única —murmura Nico. Me abraza y me da un beso en la mejilla. Su cercanía consigue aplacarme un poco.
    —¿Cuántas te has bebido? —le pregunto en forma de reproche a mi hermano.
    —Un par de ellas, pero tranquila, sigo lúcido para cuidar de ti.
    —Sé cuidarme sola —le indico alzando mi barbilla.
    —Hoy todos los hombres de esta discoteca te desean, hermana. El sueño de casi todos ellos es llevarte a la cama como broche final de esta fiesta. ¿No te has dado cuenta? —pregunta con aire de inocencia.
    Miro a Nico y paseo la mirada por el resto de mujeres que nos rodean, amigas mías. Las observo allí esperanzadas en marcharse con mi hermano o alguno de sus amigos. Ya no están disfrutando de mi fiesta de mi cumpleaños, piensan en la suya propia.
    —Quiero irme —le indico de repente—. Fin de mi fiesta. Vámonos todos a casa. Cierra el Afaia —le ordeno de inmediato con ímpetu.
    —¿Ya? —pregunta Nico desconcertado—. Apenas son las tres de la mañana —me indica consultando su reloj.
    —He tenido suficiente —alzo la voz, cabreada. Me doy media vuelta y me dispongo marcharme.
    No he dado ni dos pasos cuando siento la mano de Nico sobre mi muñeca, me agarra con fuerza. Lo miro a los ojos y puedo leer en su mirada azul que sabe que la ha cagado.
    —Encárgate de que todos se vayan —le indica mi hermano a uno de sus amigos. Este le hace un gesto de descontento, pero Nico le confirma que se ocupe de ello.
    Cuando me dirijo hacia la salida del reservado y voy a comenzar a bajar las escaleras para marcharme mi hermano tira de mi mano y, sin decir ni una sola palabra, me lleva hasta el despacho de nuestro padre en el Afaia.

  3. 3
    ¿Cómo sucedió?
    —¡¿Qué quieres?! —le grito a Nico cuando estamos solos en el despacho de mi padre.
    —Lo siento, Victoria —lamenta de inmediato—. No fue mi intención arruinar el final de la fiesta de tu cumpleaños. No debí llamar a mis amigos ni montar una mini fiesta paralela en tu celebración. Hoy tú eras la protagonista y debí permanecer a tu lado —se disculpa.
    —Ya nada se puede hacer. Vámonos a casa —le indico alterada. Intento salir de allí, pero mi hermano lo impide.
    —¿Hay algo que pueda hacer para remediar mi torpeza? Haré lo que me pidas —me implora. Puedo leer en sus ojos una gran culpabilidad.
    Estoy a punto de espetarle que no, pero me quedo callada y suspiro. Lo miro, parado frente a mí, tan guapo… y últimamente pasamos tan poco tiempo juntos que decido aprovecharme de la situación.
    —Un último baile y un brindis final —le propongo. Consigo dejarlo desconcertado con mi inesperada petición. No se lo esperaba.
    —¿De todo lo que me podías pedir en la noche de tu cumpleaños quieres eso? —pregunta, sorprendido.
    —¿No te parece bien? —inquiero desconcertada.
    —Es todo un halago que quieras pasar el resto de la noche conmigo —murmura atónito.
    —Ya sabes que eres mi hermano preferido —bromeo, ya de mejor humor.
    —No seas mentirosa, tienes debilidad por los mellizos —me echa en cara, sonriente.
    —No es cierto —afirmo segura de ello. Miro a Nico a los ojos y ambos nos quedamos callados. De repente, cuando siento el azul de su mirada sobre mi rostro, comienzo a sentirme nerviosa, el corazón se me acelera y se me reseca la boca mientras fijo mi mirada en los maravillosos labios de mi hermano.
    —Vamos a cumplir su petición, señorita —me indica Nico. Me toma de la mano y nos dirigimos a la planta baja de la discoteca.
    Estamos solos. Observo el lugar y me pregunto en qué momento ha desaparecido todo el mundo tan rápido.
    —Señor, —Un chico aparece de repente y se dirige a Nico llamándolo señor, algo que me desconcierta— no queda nadie más. Todos se han marchado.
    —Gracias, Felipe. Cierra al salir, que vengan temprano a limpiar todo esto, y como siempre, todo queda entre tú y yo —le indica Nico al trabajador.
    Este se marcha sin decir nada más.
    Cuando estamos solos de nuevo le digo a Nico:
    —No es la primera vez que haces esto.
    Él me sonríe, pero no me dice nada más. Se dirige hacia la barra mientras yo lo observo moverse como pez en el agua. Saca una botella de champán, una muy cara, y la abre ante mi atenta mirada.
    —La ocasión lo merece —murmura mientras llena dos copas.
    —¿Qué vas a dejar para cuando cumpla los dieciocho? —le pregunto sonriente mientras tomo la copa en mi mano.
    —Ya pensaré en algo original —me indica mientras me guía el ojo y me mira de una forma radiante.
    Brindamos y bebemos sin dejar de mirarnos a los ojos. El champán está buenísimo, no es la primera vez que lo pruebo, pero junto a Nico todo sabe mejor.
    Vacío mi copa y cuando quiero echarme otra mi hermano me lo impide.
    —Vamos a bailar —me indica llevándome al centro de la pista.
    —Ya veo que tienes ganas de marcharte cuanto antes —murmuro algo decepcionada.
    —No es mi intención que el champán se te suba a la cabeza. Podemos estar aquí y bailar todo lo que quieras. Soy tuyo el resto de la noche —anuncia mientras me toma por la cintura y comienza a sonar una música lenta.
    Le sonrío y me dejo llevar. Lo miro a los ojos y por primera vez me permito admitir que deseo con toda mi alma que ojalá no fuese mi hermano. Me muero por besarlo. De inmediato, me estremezco e intento hacer desaparecer lo que estoy sintiendo y es tan real…
    Nico se acerca a mí y me da un tierno beso en la mejilla, luego me da otro en la frente. Alzo mi mirada y lo miro como si lo hiciese por primera vez. Y ahí es cuando me doy cuenta de que todo ha cambiado para siempre. Tiemblo en sus brazos, siento frío y tengo una sensación extraña que nunca había experimentado antes.
    Lo miro bien y aumentan las ganas de besarlo, pero como a un hermano. Besarlo de verdad, como he besado a otros chicos con los que he salido.
    —Eres guapísima, Victoria —murmura Nico con la mirada fija en mí.
    Me emociono y en un impulso, sin ser realmente consciente de lo que hago, me acerco a él, me lanzo, y lo beso con ganas y desesperación. Para mi gran sorpresa, Nico se apodera de mis labios con la misma entrega y pasión. Sonrío sobre sus labios, y cierta sensación de alivio se apodera de mí cuando experimento que siente lo mismo que yo. Me olvido de todo y me entrego al momento, sintiendo que besar a Nico es lo mejor que me ha pasado en la vida.
    Lejos de parar ese beso, él lo profundiza. Lo saboreo y es exquisito. Me toma con fuerza por la cintura y me alza, haciendo que mis pies dejen de tocar el suelo y me sienta por completo en una nube.
    Sin dejar de besarnos, y en los brazos de Nico, me lleva hasta uno de los reservados de la discoteca. Nos tumbamos en un sofá y comenzamos a acariciar nuestros cuerpos sin pudor alguno, como si no hubiese un mañana. Todo es tan nuevo para mí que no tengo tiempo de pararme a pensar en nada, solo sé que quiero vivirlo. Jamás he sentido esta clase de deseo ni esta necesidad que me provoca mi hermano.
    Sentirlo completamente empalmado hace que me sienta poderosa, que me sienta mujer para él. Me desea, y eso me hace inmensamente feliz.
    Lo animo a que me baje la cremallera del vestido, yo llevo mis manos hasta su pecho y le abro la camisa sin dejar de besarlo, a la misma vez que gimo sobre sus labios y él lo hace sobre los míos.
    —Me vuelves loco —murmura sobre mi boca.
    Atrevida, envalentonada, y feliz como nunca antes llevo mis manos hasta la cinturilla de su pantalón y lo desabrocho.
    —Victoria… —gime con los ojos cerrados, pidiendo clemencia, pero no se la otorgo.
    Introduzco mi mano en sus calzoncillos y lo acaricio. Lo siento duro como el acero y suave. Suspira, gime y siento que lo vuelvo loco.
    —Te deseo —le imploro mientras lo beso y no dejo de acariciarlo. Necesito esto con él. Lo sé.
    Lleva la mano hasta el centro de mi placer y comprueba que estoy muy mojada. Puedo sentir su satisfacción en la sonrisa que esboza sobre mis labios.
    Con manos hábiles, Nico me deja desnuda en un instante. Luego le saco toda su ropa con su ayuda y cuando unimos nuestros cuerpos sintiéndonos piel con piel es pura magia. Un universo desconocido se apodera de mí.
    Nico deja de besarme, lo miro y observo cómo raja un papel con prisa. Se coloca un preservativo, bajo mi atenta mirada, y yo alzo las caderas de forma involuntaria. Siento la necesidad de tenerlo dentro de mí.
    Sin dejar de besarme, entra en mi interior. Grito, siento cierto dolor, un pinchazo. De inmediato, Nico irrumpe el beso y me mira con los ojos muy abiertos.
    —¿Eras virgen? —pregunta mientras yo observo el sudor en su frente. La voz no me sale, solo soy capaz de asentir—. ¡Joder! —murmura en una especie de lamento.
    Lleva su frente hacia la mía. Se queda ahí quieto unos segundos mientras suspira. Lo siento en mi interior. Tengo miedo. Miedo a que se vaya.
    Tras unos eternos segundos, lleva una mano hacia mi barbilla, hace que nos miremos a los ojos, me muestra una sonrisa y se apodera de nuevo de mis labios mientras se mueve en mi interior haciéndome la mujer más feliz del mundo.
    Nico hace que sienta mi primer orgasmo con un hombre y la experiencia no puede ser más maravillosa. Él es un dios.
    Terminamos derrotados, abrazados y con la respiración alterada. No me importaría pasar el resto de mi vida así.
    Nos quedamos dormidos y cuando escuchamos unos ruidos abajo en la discoteca nos despertamos sobresaltados. Cuando abrimos los ojos, nos miramos, sentimos nuestros cuerpos desnudos y recordamos lo sucedido horas antes. Ambos saltamos del sofá y comenzamos a vestirnos con prisa mirándonos de reojo, sin saber qué decir.
    —¿Cómo ha sucedido esto? —pregunta en una especie de lamento Nico.
    Yo lo miro desconcertada. ¿Se arrepiente? Para mí ha sido la experiencia más bonita y maravillosa de mi vida.
    —¡Joder, Victoria! Esto ha sido un completo error —maldice mientras busca sus zapatos, se pasea las manos por la cabeza y mira entre las cortinas del reservado.
    Yo trato de dominarme, no esperaba flores y corazones al despertar con él, pero tampoco esta reacción. Tengo ganas de salir corriendo y llorar, pero estoy tan paralizada que solo he sido capaz de colocarme el vestido.
    Nico me toma de la mano y salimos del reservado con prisa.
    —Señor, pensé que no quedaba nadie —le indica un chico. Tiene pinta de ser de la limpieza.
    —Acaban de irse todos. Nos estábamos asegurando de que no quedaba nadie —miente Nico—. Ya nos marchamos, pueden comenzar con las labores de limpieza.
    Yo voy descalza, ni me he molestado en buscar mis zapatos. Nico me mira, se da cuenta, y se vuelve en busca de ellos. Hace que me siente en un escalón de la discoteca y me los coloca. Lejos de sentirme la Cenicienta del cuento logra que los recuerdos del que consideraba mi mejor cumpleaños hasta hace unas horas se conviertan en mi gran pesadilla. La mirada de Nico es fría y está cargada de arrepentimiento. Ni siquiera es capaz de mirarme a los ojos después de lo sucedido entre ambos. Y yo tengo el corazón roto.

  4. 4
    Despertar
    Nos montamos en su coche, está en el aparcamiento privado del Afaia, y salimos a la calle. Él va centrado en el tráfico. Yo lo miro mientras me retuerzo las manos. Después de lo sucedido entre nosotros nunca más podré verlo como mi hermano. Espero que sea Nico quien diga algo. Yo solo sé que los sentimientos que se han despertado en mi interior por él son tan fuertes que nunca los podré borrar. No me arrepiento de lo que ha pasado entre nosotros, considero que ha sido todo un regalo que mi primera vez fuese con él, pero creo que Nico no piensa lo mismo.
    Lo observo y fijo la mirada en su ceño fruncido. Lo siento pensativo, intranquilo, sin saber qué decir ni cómo comportarse. Por mi parte anhelo besarlo y abrazarlo de nuevo, es tan nuevo lo que se ha despertado en mí que no sé manejarlo. Me asusta.
    —Victoria… —murmura Nico al fin—. Esto que ha pasado entre nosotros… —comienza a decir. Yo lo miro con el corazón acelerado, esperanzada—. Lo siento —pronuncia tras varios segundos en silencio—. No debió suceder jamás. No sé cómo pedirte disculpas. Es un error irreparable. Supongo que el champán se nos subió a la cabeza… —trata de justificar mientras yo lo miro con los ojos muy abiertos—. Olvidé que eres mi hermana —lamenta apenado.
    —¡No! —grito con todas mis fuerzas—. ¡No lo soy! —le recuerdo con ímpetu—. No compartimos ni una sola gota de sangre —le indico con gran dolor.
    Él me mira en silencio mientras estamos parados delante de un semáforo.
    —Nos hemos criado como hermanos, hasta hace apenas un par de años no nos enteramos de la verdad —me recuerda, abatido.
    —No hemos cometido ningún pecado —le reprocho mientras él me mira como si hubiésemos cometido la mayor aberración del mundo.
    —Yo siento que sí —murmura con pesar—. Sobre todo, creo hemos traicionado a nuestros padres, al menos yo lo veo así. Por dios santo, solo tienes dieciséis años. Esto no puede estar sucediendo. —Golpea el volante, furioso.
    —Ya veo —murmuro con un nudo en la garganta. El dolor y la decepción que siento es enorme. Quiero morirme.
    —Tenemos que olvidar lo que sucedió anoche entre nosotros —propone como si nada, así de simple para él.
    Lo miro con dolor mientras me pregunto si él podrá hacerlo. Porque yo estoy segura de que no lo haré jamás.
    —Si así te quedas más tranquilo… —comento con tono indiferente.
    —Me siento como un completo monstruo —revela mirándome a los ojos.
    —No me forzaste a nada —le recuerdo con garra.
    —Lo sé. Pero eso no hace desaparecer el desprecio que siento en estos momentos por mí mismo.
    Vuelvo el rostro, miro por la ventana y con disimulo aparto varias lágrimas de mis mejillas. No quiero llorar, no en su presencia.
    El resto del trayecto hasta nuestra casa lo hacemos en silencio. Cuando cruzamos la verja de entrada en el coche, antes de bajarnos, Nico consulta la hora, está amaneciendo, y me dice:
    —Para papá y mamá la fiesta ha terminado hace poco. Por mi parte solo te ruego que olvidemos lo sucedido. Te pido perdón, Victoria. Ni siquiera puedo mirarte a los ojos —se disculpa con la cabeza gacha.
    Observo en su mirada lo culpable que se siente, no sé qué hacer o qué decirle para que desaparezca esa sombra que planea en él.  Como una tonta, termino asintiendo.
    —Está bien, olvidémoslo —le indico.
    En esos momentos solo quiero que la enorme culpabilidad que observo en su rostro desaparezca. Ya tendremos tiempo de hablar y exponer todo con la mente más despejada. Quizá recapacite y cuando se calme se dé cuenta de que lo que hicimos no fue producto de un arrebato ni un calentón. Sentimientos ocultos salieron a la luz cuando ninguno de los dos lo esperábamos. Creo que ambos estamos asustados y no sabemos cómo manejar esto que nos ha sucedido casi sin pensar.
    Nico asiente algo más calmado. Salimos del coche y entramos en casa. Apenas son las siete de la mañana. Todos duermen. En silencio, cada uno nos dirigimos a nuestra habitación sin decir nada más. Antes de cerrar mi puerta lo miro, recuerdo sus besos y cómo me hizo el amor y me estremezco. Me encierro en mi cuarto, me deshago del vestido y me meto en la cama. Solo tengo ganas de llorar. Es increíble cómo te puede cambiar la vida en cuestión de horas. Nico y yo nunca volveremos a ser los mismos. Yo ya no lo veo ni lo quiero como a un hermano, siento pasión, deseo, amor por él, sin embargo, lamento no ser correspondida. Él quiere olvidar todo lo sucedido mientras que yo daría mi vida entera por gritarlo al mundo entero.
    Cuando abro los ojos siento que me pesan los párpados y tengo un horrible dolor de cabeza. Atino a ver qué hora es y compruebo que son las seis de la tarde. No tengo ganas de levantarme ni de ver a nadie. Abro mi mesita de noche y cojo un analgésico, me lo tomo y me vuelvo a dormir. No quiero pensar en nada.
    Una hora después, mi madre entra en mi habitación algo preocupada.
    —Cariño, ¿te encuentras bien? —me pregunta con sigilo, sentada a mi lado en la cama mientras me acaricia la mejilla con un amor infinito.
    Entreabro los ojos y la miro. Tengo ganas de llorar y de abrazarme a ella, contarle todo lo que llevo por dentro, pero no lo hago.
    —Estoy muy cansada —murmuro—. Necesito dormir más.
    Mi madre sonríe, creo que me comprende.
    —Descansa, cariño. ¿Quieres que te suba algo de comer? —niego con un gesto de la cabeza, tengo el estómago cerrado—. Luego vengo a ver que sigas bien.
    Me da un beso en la frente y se marcha.
    Paso el resto del día en la cama. No tengo noticias de Nico, no ha venido a mi habitación ni me ha enviado ningún mensaje. He consultado el móvil millones de veces. Siento una gran decepción con su comportamiento.
    A altas horas de la mañana siguiente me obligo a levantarme. Es domingo y sé que toda la familia está en casa, incluidos mis abuelos. Que ayer no saliese de mi habitación estaba considerado como normal, pero si no lo hago hoy todos comenzarán a hacer preguntas.
    Haciendo el mayor esfuerzo de mi vida me coloco un chándal, me cojo una coleta y bajo a desayunar.
    —Apareció la bella durmiente —anuncia Jorge. Los mellizos están terminando de desayunar en la cocina, es nuestro lugar favorito para empezar el día.
    —Tienes los ojos hinchados de tanto dormir —aprecia Damián.
    Ante su comentario me limito a mostrarle una sonrisa fingida mientras Pepa, trabaja para mis padres desde hace años junto con su marido, me sirve un zumo de naranja y me hace unas tostadas.
    —¿Dónde están todos? —pregunto a mis hermanos. Evito preguntar directamente por Nico, que es el único que me interesa. Tengo una especie de contradicción en mi interior. Quiero verlo, pero al mismo tiempo me muero de miedo al tenerlo frente a frente.
    —Hay movida en el despacho —comenta Jorge en un susurro.
    —¿Qué pasa? —pregunto con preocupación.
    —Papá está que trina. Nunca lo he visto tan enfadado —dice Damián.
    —¿Por qué? —pregunto con miedo.
    —Es por algo que le ha dicho Nico —anuncia Jorge.

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