Un Amor En Construcción de Lorraine Cocó

Un Amor En Construcción de Lorraine Cocó

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***SOLO HOY ¿Un último baile, milady? de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida...

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Un Amor En Construcción de Lorraine Cocó

Un Amor En Construcción de Lorraine Cocó pdf descargar gratis leer online

Una comedia romántica, fresca y divertida (que para dramas ya está el mundo).

Jenna Hopper es la diseñadora y reformadora de viviendas más famosa, querida y cotizada de la televisión. Hasta que su novio y compañero en el programa la humilla ante toda la audiencia nacional, intentando acabar con su imagen pública.

Después de aquello Jenna se recluye en su casa, pero su amiga y ayudante Krysten, no está dispuesta a dejarla hundirse en la miseria y decide obligarla a salir del letargo, poniendo ante ella un reto; un nuevo programa que requiere la colaboración en Reno con un constructor local para la fabricación de minicasas. Un proyecto modesto, sencillo, pero interesante, con el que finalmente Jenna espera recuperar la ilusión.

Lo que no imagina es que su nuevo compañero será Dylan Dalton, un ex militar perteneciente a los Delta Force, que ahora se dedica a la construcción y que no tiene intención alguna de ponerle las cosas fáciles. Mucho más cuando odia la televisión, las cámaras y cree que ella puede poner en peligro la integridad de su proyecto. Dylan está seguro de que podrá tener a Jenna a raya, pero no cuenta con que, desde el minuto uno la mujer que se entromete en su obra supondrá un desafío, romperá sus esquemas, y hará peligrar su tranquila vida. Y lo que es más peligroso aún, su duro corazón.

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CAPÍTULO 1
—¡Jenna!
La cabeza de Krysten asomó por la pequeña apertura de la puerta mientras esperaba una respuesta, pero esta no llegó. Golpeó con los nudillos la madera un par de veces con impaciencia antes de decidir entrar sin esperar. No tenía tiempo para cortesías. Y aunque su amiga le hubiese dicho un millón de veces que llamase antes de invadir su hogar, no era culpa suya si estaba sorda como una tapia. Aun así, nada más adentrarse, y mientras cerraba la puerta tras ella, volvió a llamarla a gritos.
—¡Jenna! ¡Vamos! ¡Si estás tirada en la cama, ya puedes levantarte!
Entornó la mirada al no recibir respuesta. El amplio y estiloso apartamento parecía desierto, pero sabía que era imposible que no estuviese allí. Llevaba recluida en su casa doce semanas, desde el incidente. Y no había conseguido que saliese ni tentándola con extravagantes planes, cenas suculentas o sesiones de tratamientos de belleza que antes le habrían hecho estallar la cabeza. Incluso hacía dos semanas hizo saltar la alarma de incendios del edificio, a la desesperada, pero ni siquiera así logró que abandonase su auto impuesta prisión.
Esa mañana, sin embargo, iba con un nuevo plan, una idea a la que llevaba una semana dando forma. Se le había ocurrido mientras ojeaba las noticias en su móvil, en el metro, en el transcurso del trayecto desde su casa en Little Italy hasta el Upper East Side, donde residía su amiga. Normalmente empleaba ese tiempo en ver vídeos en Tik Tok y ojeando las últimas novedades de lo que se cocía en Instagram. Pero ese día un idiota la empujó cuando estaba a punto de tomar asiento, y al recoger su móvil del suelo debió tocar la pantalla sin querer. Estuvo a punto de desechar la página de noticias rápidamente en cuanto se acomodó en su sitio, pero entonces se fijó en el protagonista del artículo y detuvo en seco su dedo antes de deslizar la pantalla a la derecha.
Una lectura rápida del artículo, tres minutos de cavilaciones y un par de conexiones neuronales más tarde, tenía el plan perfecto para devolver a la vida a su amiga. Y por muchas excusas que esta le hubiese preparado ese día, no iba a dejar que su plan fracasara. Había tenido que cometer un par de delitos para asegurarse de que así fuera, pero la necesidad apremiaba y ambas se jugaban mucho.
Necesitaba recuperarla urgentemente. Odiaba tener que ponerse dura cuando sabía que estaba sufriendo, pero no podía seguir viéndola en ese estado. No soportaba a la gente triste y amargada. Lo llenaban todo de un halo gris y deprimente que se cargaba sus buenas vibraciones. Además, en el caso particular de su amiga/jefa, el tema se convertía en una cuestión de supervivencia. Llevaba tres años trabajando para Jenna, los mejores de su vida laboral, pero parecía que todo lo que había conseguido en ese tiempo peligraba con cada día que pasaba, hasta el punto de ver que en pocas semanas se vería en apuros para pagar el alquiler de su apartamento y tendría que volver a pedir asilo en casa de su hermana, su cuñado y los cuatro terroristas de sus sobrinos.
Sacudió los hombros al sentir un escalofrío que le atravesó la espalda solo con imaginarlo. Ya estaba frente a la puerta del dormitorio de Jenna, y el ansia que la carcomía por contarle su plan hizo que abriese sin llamar, con una energía que estuvo a punto de hacerla puerta giratoria.
—¡Jenna! ¡Te juro que como te pille en la cama…!
Había imaginado que la encontraría como tantas otras veces durante las últimas semanas: allí tirada, sobre el colchón, en pijama y con una pinta desastrosa. Pero en lugar de eso se vio imbuida por la más absoluta oscuridad. Achicó los ojos cuando advirtió una pequeña luz azulona que se movía de un lado a otro con rapidez, y sacudió la cabeza justo antes de presionar el interruptor de la luz, esperando tener que enfrentarse a un intruso, armada solo con su mini bolso.
—¡Mierdis! —exclamó Jenna despojándose de una visera de plástico transparente que cubría su cara. Elevó las cejas y apretó los labios después, como una niña pequeña a la que han pillado robando en una tienda de chuches.
—¿Qué diablos estás haciendo? ¿De qué vas disfrazada?
La respuesta de su amiga fue intentar ocultar tras su espalda la linternita que le había advertido en la mano un segundo antes. Como si con aquel gesto infantil ella fuese a obviar lo rocambolesco de la escena. Jenna, la más sensata, centrada y juiciosa de sus amigas (hasta hacía doce semanas) llevaba una especie de mono blanco, como los que usaban los del Centro para el control y la Prevención de Enfermedades en las series de médicos que devoraba los jueves por la noche.
—Tienes exactamente diez segundos para explicarme qué está pasando aquí antes de que llame a tu madre para que te ingrese en algún sitio de esos a los que vais los pijos cuando sufrís una crisis nerviosa —le dijo sacando el móvil del bolsito y mostrándoselo para que viera que iba en serio.
Jenna se mordió el labio inferior y puso ojitos de cordero antes de alzar las manos y despojarse de la parte superior del traje, liberando su cabeza.
—No es para tanto… ¡Lo juro! Solo estaba… estaba… —Apretó los dientes y los puños al tiempo. Estaba tan roja como si hubiesen abofeteado su pálido rostro sin piedad. Abrió los labios—… buscando muestras biológicas —escupió las palabras a la carrera, como si no quisiese escuchar su propia declaración.
La que abrió los ojos desorbitadamente en ese momento fue Krysten.
—¿Muestras biológicas? —Ladeó la cabeza mientras pronunciaba la frase, sin poder creerlo, pero Jenna afirmó repetidamente con energía mientras su gesto se contraía en una mueca avergonzada.
—¡No estoy loca! ¡No he perdido la cabeza! Es que después de encontrar unas braguitas que no son mías en un cajón, yo…
Con mirada desquiciada, empezó a negar con la cabeza, como si estuviese sufriendo un ataque. Y tenía que haber sido así porque entre las muchas peculiaridades de su amiga estaba la fobia a los gérmenes. Imaginarla tocando la ropa interior de otra persona era surrealista.
—Tenía que comprobarlo. Ese… ese pedazo de… se acostó con esa… con esa…
—Con ese zorrón —terminó por ella, viendo que la furia que había empezado a dominarla, y que hacía que su rostro pareciese ahora incandescente, se le atragantaba en el gaznate.
—Sí, con… esa. ¡En mi cama! ¡Mi casa! ¡Mi hogar! El que he estado pagando con mí esfuerzo, con mi programa, mientras él se hacía un nombre a costa del mío y vivía de gorra porque supuestamente respetaba y admiraba mi independencia, mi autonomía, mi capacidad de emprendimiento y mi carrera. ¡El muy hijo de…!
—Perra, cielo. Hijo de perra. Puedes decirlo abiertamente —apuntó posando una mano sobre el hombro plastificado de su amiga. Apartó la palma al instante, repeliendo el contacto gomoso, y aleteó los dedos al tiempo que arrugaba la nariz.
Jenna empezó a sacudir los brazos con rabia, como un pajarillo enfundado en un preservativo blanco y brillante, mientras hacía pequeños ruiditos que pretendían ser gruñidos, pero que en la finolis de su amiga no eran más que quejidos lastimeros. No lo iba a negar, verla disfrazada con ese mono, la cara enrojecida, el cabello largo y rubio pegado al rostro perlado de sudor, en medio de la escena de CSI que se había montado, era rocambolesco. Pero por fin la veía estallar y hacer algo más que llorar como una mema. Tenía que dejar que sacara su ira, frustración y dolor. Ella, de haber estado en el lugar de Jenna, le habría rajado las ruedas del coche a su ex, le habría tirado en plena calle un cubo con restos de pescado putrefacto, y subido a las redes sociales las fotos de aquel viaje a las islas griegas en las que tuvo la ocurrencia de ponerse un tanga verde fluorescente. Pero su amiga y ella no se parecían en nada.
Se habían criado en lados opuestos de la ciudad. Jenna había nacido en el seno de una familia adinerada, mientras que ella había aprendido en su barrio que el que la hace, la paga. Y su mente retorcida había imaginado cientos de escenarios en los que humillaba a su exjefe hasta convertirlo en el hazmerreír y la comidilla de todo el mundillo televisivo. Pero Jenna se lo había impedido alegando que ellas eran mejores personas, estaban a otro nivel y no iban a rebajarse a su juego sucio.
Sabía que creía aquella afirmación palabra por palabra, pero también que Jenna evitaba a toda costa alimentar el escándalo en el que se había visto envuelta cuando su novio, su prometido, su compañero en el programa de reformas más famoso del momento, la había dejado delante de toda la audiencia nacional, en directo, en un programa especial de recaudación de fondos. Era un programa en el que su amiga había deseado participar durante meses, en el que se subastaban sus demandados servicios como diseñadora de interiores. Se había hecho eco del evento en todas las redes sociales, prensa y televisión. La audiencia había sido la más alta del mes y ante toda aquella gente, el asqueroso de Kevin la había ridiculizado, avergonzado y dejado en directo, por una de las presentadoras del programa, con la que al parecer hacía meses que mantenía una relación.
Desde entonces, la humillación no la había dejado salir siquiera de casa. Primero, intentando evitar a la prensa sensacionalista que se había apostado las primeras semanas, cámara en mano, en la puerta de su edificio, deseosa de conseguir la instantánea de la destrozada y hundida Jenna Hopper. Y después, cuando las aguas se calmaron, tampoco quiso salir temiendo ser reconocida y vuelta a ridiculizar por cualquiera que hubiese visto el programa o se hubiese reído con alguno de los innumerables memes que se habían hecho a su costa tras el incidente.
Había sido durísimo para ella. Las cosas que había dicho el asqueroso delante de todo el país… Entendía que hubiese necesitado un tiempo para reflexionar, lamerse las heridas y recuperarse. Pero el período de autocompadecerse había terminado. Se lo decía su instinto, su preocupación de amiga, y su cuenta bancaria, que estaba tiritando tras estar tres meses sin ingresos del programa que Jenna había cancelado al romperse la pareja.
—¡Está bien! No puedo seguir viéndote de esa guisa, y tampoco oliéndote, para ser sincera… —dijo tras aproximarse a su amiga y olisquearla como un sabueso. Jenna abrió los ojos, espantada—. ¿Te extrañas? Eso es plástico y estamos a más de treinta grados. Sudas y hueles como una gorrina.
Jenna introdujo la nariz por el cuello del traje y casi se puso azul.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó espantada—. ¡Voy a darme una ducha!
—Me parece una idea estupenda. Yo me ocupo mientras de quemar el colchón. —Cuando su amiga, que ya iba en dirección a la puerta, se giró alzando las cejas como si de repente la hubiese iluminado con la mejor de las ocurrencias, añadió—: ¡Era una broma, loca! Pero me desharé de él sin testigos y haciendo que parezca un accidente. —Le guiñó un ojo y Jenna sonrió, iluminando sus facciones dulces y elegantes.
—Eres la mejor amiga del mundo —declaró de repente—. No sé si te lo he dicho mucho últimamente, pero sabes que te quiero, ¿verdad?
Sus palabras la emocionaron, y estuvo tentada de ir a abrazarla, pero luego recordó que apestaba y se limitó a asentir, tocarla con la punta de los dedos y hacerla girar para guiarla hasta el baño de la suite.
—Perfecto, recuerda lo que acabas de decirme hasta que salgas de la ducha porque… ¡tengo un plaaaaaan! —dijo en tono cantarín.
Jenna le brindó una mirada entornada desde el interior del baño, pero antes de que pudiera preguntarle qué se le había ocurrido, cerró la puerta en sus narices y gritó:
—¡Primero la ducha! —Y cuando oyó segundos más tarde el sonido del agua correr, se mordió el labio volviéndose a preguntar qué clase de arma usaría para matarla cuando descubriese lo que había hecho.
CAPÍTULO 2
Jenna salió de la ducha y se envolvió en la mullida toalla blanca que cogió del toallero. La anudó sobre su pecho y tomó otra más pequeña para hacer lo mismo con su cabello, dejándolo recogido asemejando un turbante. Era una operación mecánica, algo que repetía sin la necesidad de pensar en sus pasos. Y durante unos segundos se dejó llevar por esa inercia apaciguante, hasta que se detuvo en el reflejo del espejo y se contempló como lo harían los demás si la viesen en ese momento: como una loca desquiciada y hundida.
Apartó la vista y se concentró en el resto de tareas mecánicas que hacía al salir de la ducha cada día, como su ritual de cremas, desenredar su cabello largo y dorado, y perfumarse. Cualquier cosa que le impidiese pensar en lo que acababa de hacer. Porque había que estar muy loca para haberse disfrazado de esa forma y buscar durante horas pruebas biológicas por toda su casa. ¿Qué habría hecho de haberlas encontrado? ¿La habría ayudado eso a superar el dolor, la traición, el sentimiento de fracaso o la vergüenza?
El pulso le tembló al darse cuenta de que si alguien la hubiese visto, la situación no habría hecho más que confirmar todo lo que había dicho su ex de ella. La lista de adjetivos para calificarla ante todo el país había empezado por loca, maniática, perturbada y… Se negaba a repetirla al completo en su mente, como las cientos de miles de ocasiones en las que se había dejado llevar por el punzante recuerdo en aquellas semanas. Lo curioso era que nunca se había considerado una persona con esos problemas hasta que él la vejó públicamente. Y entonces la vergüenza y el sofoco de verse juzgada y abochornada le hicieron perder la cabeza.
Hasta ese momento se había considerado una mujer fuerte, a la que no le importaba la opinión que tenían los demás de ella. Se había sentido segura de sí misma, pero las últimas semanas habían sido clarificadoras en ese sentido, pues descubrió que siempre le había importado la opinión de cuantos la rodeaban, darles lo que esperaban de ella, ser complaciente y perfecta. Imaginaba que era algo que le habían inculcado sus padres desde niña, pues así habían sido ellos, o al menos la imagen que daban de puertas para fuera. En consecuencia, siempre se había esforzado por ser la hija perfecta que encajase en la fotografía familiar. Su cometido había sido sacar las mejores calificaciones en sus estudios, destacar en cuanto hacía y buscar la excelencia.
«No es mala idea. Vales lo que la gente está dispuesta a pagar por ti». Eso le había dicho su padre hacía unos días cuando le confesó que ya no estaba segura de querer seguir con su empresa de diseño. Creyó que él, un importante empresario del sector joyero, la habría animado a no desistir, a luchar, que a lo mejor le habría brindado las palabras que la animarían a salir de la espiral de vergüenza y autocompasión en la que estaba perdida.
Pero no había sido así.
Elevó la vista y dejó que su mirada se clavase en la de su reflejo, y se preguntó cuánto estarían dispuestos a pagar por ella ahora. Hacía tan solo unos meses era Jenna Hopper, la más cotizada y valorada diseñadora de todo el país. Los clientes esperaban hasta dos años para que ella pudiese hacerse cargo de su reforma o la redecoración de alguna de sus propiedades. Todos buscaban su esencia, su sello y estilo. Pero ahora… Ahora los que la habían llamado lo habían hecho para acribillarla a preguntas sobre el programa, interesarse falsamente por su estado o cotillear sobre las últimas noticias que había publicado su ex en las redes sociales. Como si saber que era súper feliz, que ahora sí tenía a la novia perfecta y que acababa de comprometerse y firmar para tener su propio programa de televisión sobre parejas que se enamoraban en directo en dos citas, fuese a hacerle algún bien a ella.
La única persona que se había mantenido a su lado, inamovible y siempre intentando salvarla de la oscuridad en la que se sentía inmersa, era Krysten. Su alocada, divertida, excéntrica y especial amiga. Había sido una suerte que hubiese sido ella la que la había pillado haciendo de CSI, porque sabía que jamás la vendería ni contaría sus más humillantes secretos. Los había guardado desde que se conocieron hacía siete años, cuando se los confesó completamente borracha durante una fiesta universitaria.
Krysten no se parecía en nada a las amigas que había tenido hasta ese momento; las que había conocido en el club de campo del que era socio su padre, en su escuela privada o las hijas de los amigos que frecuentaban la mansión familiar. Ella era descarada, insolente, hablaba sin tapujos ni dobleces. No había una gota de falsedad en su larguirucho cuerpo. Y desde el minuto uno fue estimulante para ella, como aire fresco que llegaba a su vida para abrirle la ventana a un mundo que hasta entonces había estado vetado para ella.
Por eso le había pedido que se convirtiera en su ayudante cuando decidió emprender y crear su propia empresa de diseño. Necesitaba su dosis de realidad, su facilidad para simplificar las cosas, para olvidarse de las apariencias y su capacidad de trabajo y honestidad. Tenía que haberla escuchado cuando le dijo que no le gustaba Kevin, que le parecía artificial y prepotente. Que escondía un halo de falsa modestia y una hostilidad maquillada de seguridad. Con frecuencia lo había acusado de ser un aprovechado, una especie de parásito que se alimentaba de su éxito. También decía que era un interesado y manipulador. En definitiva, un cuadro. Nunca le había caído bien. Y la animadversión era mutua, pues Kevin tampoco había soportado la presencia de Krysten en su vida. La tachaba de vulgar, descarada y teatral. Decía que le daba mala imagen y que tenía que deshacerse de ella, como si fuera un cachorro que había decidido adoptar para después aburrirse de él.
La guerra entre ambos siempre había añadido tensión a la dinámica de trabajo, pues se sentía en la obligación de defender a uno y a otro delante del contrario para mantener la paz. Creía que merecía la pena conservar a ambos en su vida y ahora veía que cuanto le había intentado mostrar su amiga era cierto. Aun así, aun estando acertada en todo lo que había dicho de su ex, desde la ruptura ni una sola vez le reprochó habérselo advertido. Aunque sabía que, en su fuero interno, se carcomía por hacerlo.
Sonrió al imaginarla estallando y soltando por esa boquita todo lo que guardaba desde hacía casi tres meses en uno de sus apabullantes ataques de sinceridad brutal. No iba a negarlo, esa era una de las cosas que echaba de menos de trabajar con ella. Los momentos en los que se divertían juntas y conseguían que una situación caótica, como las muchas que se daban en una obra, se convirtiese en una anécdota que atesorar.
Suspiró desolada posando una mano sobre el pomo de la puerta antes de abrirla. Temía que esos momentos ya no se volviesen a repetir. No se sentía ni con fuerzas ni capaz de enfrentarse al mundo, a los juicios y las críticas. Se imaginaba más desapareciendo en mitad de la noche, tomando un avión a algún recóndito lugar del mundo donde nadie la reconociese y donde pudiese dedicarse a alguna causa humanitaria.
No era ninguna locura, se dijo saliendo del baño para empezar a cubrirse con un vestido fresco y holgado, de largo por encima de la rodilla. Y tampoco sería la primera vez que se embarcaba en una aventura así.
Durante la universidad, varios veranos los había dedicado a viajar a países como la India, Etiopía o Camerún para participar en las causas en las que colaboraba su madre recaudando fondos en las muchas asociaciones en las que participaba. Para el grupo de mujeres elitistas con las que se codeaba, no eran más que una forma de entretenimiento y competencia entre ellas. La que más recaudaba era mejor persona. Y por eso, cuando ella decidió apuntarse personalmente a una de esas causas, ayudando en la construcción de viviendas en la India, su madre no pudo poner objeción, pues aquello le hizo subir puntos frente a su grupo de amigas.
Ella, sin embargo, vio la oportunidad de hacer algo más que sonreír y figurar en el ambiente falso y edulcorado en el que había crecido. Descubrió que podía ser útil de verdad, que sus ideas sobre estructuras y aprovechamiento del espacio eran valoradas, y descubrió que quería ayudar a los demás haciendo lo que más le gustaba.
De ahí nació la idea de su empresa, y ahora todo lo que había conseguido crear se había destruido. No quedaba nada, salvo los contratos de disolución de la empresa que llevaban dos semanas sobre la mesa de su despacho, y que debía firmar y enviar a su ex para no volver a tener nada que ver con él.
No sabía por qué aún no lo había hecho, tal vez porque esa firma ponía fin a una etapa muy importante de su vida. Una en la que creyó ser feliz y haber alcanzado sus sueños. Pero tenía que hacerlo, afrontar la situación y terminar con todo aquello. Contarle a Krysten su plan de marcharse de allí y dejarlo todo no iba a ser fácil tampoco, pero en aquel lugar ya no le quedaba nada más por lo que luchar.
Se puso unas sandalias bajas y salió al pasillo en busca de su amiga, sopesando la forma de darle la noticia de su marcha. No lograba imaginar cuál sería su reacción. Si la abrazaría y le daría ánimos para emprender su viaje o la tacharía de loca e intentaría retenerla. Daba igual, se intentó convencer echando un vistazo en el salón; tenía clara su decisión.
Se repitió aquellas palabras, mentalmente, cuando la encontró en la cocina, sentada en uno de los altos taburetes que rodeaban la isla, y sobre esta, una buena cantidad de papeles esparcidos que observaba con interés mientras sorbía su humeante café.
—Bien… ya has salido —le dijo bajando la taza para dejarla sobre la superficie blanca de mármol de Carrara, sin haber puesto un platillo debajo para no dejar mancha. Suspiró sacudiendo la cabeza, pero decidió no decirle nada en esa ocasión, porque la conversación que debían tener era mucho más importante.
—Sí, además de la ducha… necesitaba pensar cómo decirte que he estado reflexionando y, tal y como me has estado aconsejando, he decidido tomar de nuevo las riendas de mi destino… —comenzó a decir caminando hasta la barra de desayuno, y dándole la espalda, empezó a servirse ella también una taza de café.
—¿No me digas? ¿En serio? ¡Joder! ¡Qué alivio! Y yo pensando que iba a tener que llevarte drogada hasta Nevada…
—¿Nevada? —repitió girando sobre sus talones con la taza a medio llenar en una mano y la jarra en la otra.
—Sí, nuestro nuevo destino —replicó Krysten con una sonrisa tan enorme que pudo apreciar cada una de sus piezas dentales.
—¿Qué se me ha perdido a mí en Nevada? No era eso lo que te quería decir…
—Ya supongo que no imaginabas que nuestro siguiente proyecto sería tan lejos…
Jenna hizo una mueca pensando que no lo suficiente, pero antes de que pudiese intervenir, Krysten siguió argumentando, vomitando palabras, enfebrecida e ilusionada con su plan.
—Pero es que la oportunidad es única. Es un proyecto fantástico, lleno de desafíos que afrontar, en un nuevo ambiente, con nuevos retos, un nuevo programa de doce semanas, doce capítulos, y contigo en solitario a la cabeza.
Estiró los brazos como si visualizara su nombre en un gran cartel publicitario. Y Jenna sintió un escalofrío enfermizo que le recorrió la espalda desde el final de la columna hasta la nuca.
—En cuanto leas las condiciones que he negociado para el contrato —dijo levantándose y acercándole algunos de los papeles que segundos antes estaban esparcidos por la isla—, verás que es una oportunidad insuperable de regresar a la palestra, olvidar todo lo que dijo el imbécil de Kevin y volver a hacer brillar tu nombre, demostrando que eres la mejor.
—Pero yo no quiero… no quiero… volver a ser el centro de atención.
—Eso es una estupidez, eres una estrella. Una persona de esas que brilla e ilumina la vida de la gente, cambiándosela por completo. Es lo que has querido hacer siempre. Y esta es la oportunidad —volvió a insistir Krysten haciendo que parpadeara varias veces al verse acosada por los documentos que colocó a escasos centímetros de su rostro.
Estaba a punto de apartarlos de un manotazo cuando reparó en el garabato que había en el lateral de la primera hoja. Dejó la taza y la jarra en la barra y tomó el taco de folios rápidamente. Fue pasando las hojas con ligereza, tan solo comprobando que cada una de las páginas estaba firmada con la misma rúbrica. Después clavó la vista en su amiga con el rostro desencajado y tan blanco como el papel.
—¿Has… has firmado el contrato en mi nombre?
Krysten sonrió afirmando repetidamente, sin el menor atisbo de arrepentimiento en la mirada. Y ella sintió que se mareaba y el mundo se abría bajo sus pies.
CAPÍTULO 3
—¿Te vas a desmayar? ¿Vomitar? ¿Ambas cosas? —le preguntó Krysten inclinándose sobre ella.
Pero Jenna solo era capaz de ver una nube gris aproximándose a toda velocidad para engullirla como si fuese un tornado amenazando con devorarla y partirla en dos.
—¡Joder, Jenna, háblame! ¿Estás enfadada? ¿Me he pasado?
—Has falsificado mi firma en un contrato, Krysten —repuso enfocándola por primera vez tras parpadear repetidamente, como si quisiese despertar de una pesadilla.
Jenna vio a su amiga alzar las cejas mientras apretaba sus carnosos labios con fuerza, después encogerse de hombros y fruncir el gesto en una mueca, mientras ladeaba la cabeza sopesando sus palabras, para terminar por morderse el labio inferior con fuerza hasta temer que se haría sangre. Cuando Krysten se ponía nerviosa era así, como una feria con todas las atracciones al máximo de revoluciones. Y no podía parar.
—Joder… dicho así… —farfulló la morena con gesto desencajado.
—¿Y cómo quieres que lo diga? ¡Es lo que has hecho! Has falsificado mi firma y me has comprometido a hacer un trabajo para el que no estoy preparada —dijo casi sin resuello.
Jenna dejó caer los papeles al suelo y posó una mano en su frente. Krysten entonces se llevó el pulgar a los labios y empezó a morderse la uña con ansiedad. Una manía que hacía tres años que había conseguido superar y que en ese momento, apareció espontánea, fruto de la culpa.
—Lo he hecho, ¿verdad? Es lo que he hecho. ¡Joder! ¡Voy a ir a la cárcel! ¡Merezco ir a la cárcel! Soy la peor amiga del mundo, la peor del ranking de peores amigas que existen. ¿Cómo me ha podido parecer siquiera una buena idea? A ver… es… es que no quiero perder mi piso y quedarme en la calle, irme a vivir con mi hermana y terminar mis días en su sótano mohoso que está lleno de muebles viejos y la colección de mi cuñado de rascadores de espalda, que atesora en vitrinas como si fueran las joyas de la corona.
Jenna arrugó la nariz ante aquella visión.
—¿Stuart colecciona rascadores de espalda? —No pudo evitar preguntarle Jenna, alucinada.
—Sí, y patitos de goma. Pero eso no es lo importante. Es que he sido egoísta, manipuladora y la peor clase de persona del mundo. Quería sacarte de una vez de la depresión de la ruptura y volver a trabajar juntas, pero no lo tenía que haber hecho así, por muy desesperada que estuviese. Es que cuando vi que no salías de casa ni haciendo saltar la alarma de incendios del edificio…
—¿La alarma de incendios? ¿De qué estás hablando?
Jenna la miró con gesto de no entender una palabra, y Krysten se dio cuenta de que su amiga ni se había enterado del suceso. Tampoco era el momento de reafirmar lo loca que estaba contándoselo en ese instante, así que sacudió la mano como si con aquel gesto borrase su última frase y siguió hablando.
—No tiene importancia, créeme. Lo único que cuenta es que voy a arreglarlo, ¿vale? Llamaré a los productores y hablaré con los responsables del proyecto, asumiré mi culpa y las consecuencias de haber cometido este delito…
—Espera, fiera. ¿Qué es eso de que ibas a irte a vivir con tu hermana? Odias a tu hermana.
—Odiar… odiar… no es que la odie. Es que me cae muy mal, pero habría podido con ello. Mira, lo bueno de todo esto es que ya no voy a tener que irme con ella porque tendré una celda para mi solita en Rikers.
—¡No hagas locuras! No vas a ir a ninguna prisión. Y deja de hablar atropelladamente, que no consigo entender nada de lo que dices. Explícame qué es esa locura de irte con tu hermana.
Krysten resopló y miró a otro lado. No tenía que haber dicho nada. No quería que Jenna se sintiese culpable por su situación. Ella tenía todo el derecho a cerrar su empresa y cesar la actividad, sin darle ningún tipo de explicación. Pero sabía que en cuanto le contase su estado, eso sería exactamente lo que conseguiría.
—Ni se te ocurra mentirme. Tú no. Nunca lo has hecho y espero que no empieces ahora —le dijo Jenna con gesto serio.
Krysten bufó. Su amiga acababa de entrar en el modo jefa y era mejor obedecer.
—No es nada, tarde o temprano lo habría conseguido solucionar…
—Por favor, intenta ser breve —la interrumpió.
—Está bien… Estoy sin blanca —declaró a bocajarro.
Jenna la miró perpleja y frunció el ceño sin entender.
—Arruinada, sin un céntimo, a punto del desahucio, de que me pongan de patitas en la calle…
—Ya lo he entendido. Pero ¿cómo?
—Cariño, llevo tres meses sin ingresar un dólar en la cuenta. Hacía poco que había cambiado de apartamento. Uno mejor, más grande y mucho más caro. Era cuestión de tiempo que terminase con mis reservas.
Krysten, tal y como había temido, vio transfigurarse el rostro de su amiga, que se descompuso volviendo a parecer que se había quedado sin una gota de sangre.
—No pasa nada. Ha sido culpa mía, he estado esperando a ver si las cosas se solucionaban, cuando me tenía que haber dado cuenta de que necesitabas más tiempo y haber buscado otro trabajo. Y eso será lo que haga desde hoy mismo. No tienes que preocuparte por esto…
Krysten siguió hablando, pero Jenna había dejado de oírla porque su mente empezó a unir piezas, recordar que su amiga había estado yendo al menos dos veces al día para estar con ella, llevarle comida, proponerle planes, o simplemente acompañarla mientras ella lloraba sin parar. La había cuidado y en ningún momento ella había caído en que, con la cancelación del programa, la dejó sin sustento. Krysten podía argumentar lo que quisiera para no hacerla sentir responsable de su situación, pero lo era. Había sido una egoísta, solo centrada en su dolor, como si fuera el maldito ombligo del mundo. Como si lo peor que te pudiera pasar en la vida fuera que un imbécil integral te abandonase.
Se sintió como una estúpida.
—Y en cuanto al contrato, tampoco tienes que preocuparte por eso. —La oyó decir con voz ahogada. La observó agacharse para recoger los papeles que ella había dejado caer al suelo—. Hoy mismo lo solucionaré. Llamaré a…
—No llamarás a nadie —le dijo con determinación quitándole la documentación de las manos.
—Jenna, ¡no! —Krysten intentó arrebatárselos, pero ella los alejó de su alcance.
—Déjame ver al menos lo que he firmado. Con tu olfato es muy probable que hayas conseguido mejores condiciones que si lo hubiese hecho yo misma.
Krysten bajó el brazo y la observó clavar la vista en los papeles. De eso podía estar tranquila. En los tres años que llevaba trabajando con su amiga, había repasado mil veces los contratos que redactaba para sus servicios y los vinculantes con la cadena de televisión. Sabía lo que debía evitar y lo que tenía que exigir. Y por encima de todo, lo que más le preocupaba era el bienestar de Jenna y mantenerla a salvo.
—¿Es una causa benéfica? —preguntó pasando un dedo por las líneas que describían el programa.
—Sí, es un proyecto para ayudar a la reinserción en la vida civil de soldados y exmilitares tras volver de servir en zonas de conflicto. Para muchos es complicado conseguir una vivienda, establecerse y lograr reencauzar sus vidas laborales.
—Interesante… —Fue la respuesta de Jenna, que siguió leyendo con atención.
—Una empresa local, junto al Centro de Veteranos del Ejército de Nevada, ha recaudado fondos para el proyecto de minicasas. Necesitaban el último empujón, pues no habían conseguido todo el dinero que precisaban para ejecutar todos los proyectos. Y entonces pensé que nosotras podíamos negociar con la cadena televisiva que ellos asumieran la financiación de la mitad del proyecto a cambio de los derechos para la filmación de las reformas. Serían un total de doce semanas, y tú colaborarías con la empresa local en el diseño y supervisión de la construcción de las minicasas.
Jenna seguía alucinada leyendo cada detalle, lo bien atados que estaban todos los puntos del contrato, cuando escuchó a Krysten carraspear antes de querer intervenir de nuevo, pero alzó una mano para detenerla, pues por primera vez en meses se sintió atraída, casi podía decir que ilusionada, con un proyecto. Los dedos empezaron a hormiguearle con impaciencia. Si hubiese tenido su Ipad a mano, con total seguridad habría empezado a esbozar algunas de las ideas que surcaban su mente, mientras leía los perfiles de las familias a las que podrían ayudar.
Krysten solo consiguió mantenerse en silencio apenas diez minutos más antes de interrumpir su lectura y cavilaciones.
—Sé que nunca has hecho algo parecido. Lo tuyo son los grandes proyectos, no las minicasas. Es un trabajo sencillo, sin la repercusión mediática a la que estás acostumbrada. No hay celebrities, ni presupuestos abrumadores, pero es un reto. La oportunidad…
—¡Lo haré! —proclamó interrumpiéndola.
No lo iba a negar, estaba aterrada. Una parte de ella seguía aferrada a la idea de mantenerse en un perfil bajo en redes. No quería exponerse ni volver a ser enjuiciada, que hablasen de ella y le recordasen todas las cosas de las que la había acusado Kevin, pero no era una cobarde. No podía seguir escondiéndose si tenía la oportunidad de ayudar a toda esa gente. Volvió a recorrer los rostros de las fotos que adjuntaba el informe del proyecto y sonrió. Después elevó la mirada decidida.
—Lo haremos. Tú y yo.
—¿En serio? —respondió Krysten dejando que la ilusión hiciese brillar sus expresivos ojos verdes.
—Totalmente. Solo me queda por saber una cosa —dijo sintiendo que, de repente, le sudaban las palmas de las manos. Ignoró el hecho de estar a punto de sufrir una crisis de ansiedad, parecida a la que se debía sentir a punto de tirarse en paracaídas frente a un desfiladero, y preguntó—: ¿Cuándo nos vamos?
CAPÍTULO 4
—Señor Dalton, ¡no puede entrar ahí! ¡No lo haga! El coronel está en una reunión…
Las palabras angustiadas de la secretaria no tuvieron efecto alguno en Dylan, que no se lo pensó y, asiendo el pomo de la puerta del despacho del presidente de la asociación de veteranos, irrumpió como un toro desbocado. Allí, tal y como le había advertido la secretaria, lo encontró frente a su mesa, acompañado de otras tres personas.
—¡Dalton! No esperaba verlo hoy, ¿teníamos una cita? —le dijo el hombre apenas sorprendido con su presencia.
No le extrañaba, el coronel Jenssen y él eran viejos conocidos. Si había hecho lo que le habían contado, tenía que estar esperando que fuese hasta allí a pedirle explicaciones.
—Coronel, ya sabe que no. Pero también intuyo que aguardaba mi visita. ¿O creía que aceptaría que vendiera mi proyecto a cualquiera, quedándome de brazos cruzados?
Jenssen clavó en él su mirada oscura como la noche, en contraste con su cabello tan blanco como la nieve, y el gesto le hizo retroceder en el tiempo más de una década. Aun así, no pensaba retirarse. El tema era demasiado importante para él, y ya no estaba bajo su mando en el ejército. Al parecer, su exsuperior también pensó en ese detalle, pues tras dejar salir el oxígeno de sus pulmones lentamente por la nariz en un gesto de resignada aceptación, asintió.
—Está bien. Señores, necesito unos minutos con el Mayor Dalton. ¿Nos dejan a solas?
Como si sus palabras fuesen el pistoletazo de salida en una carrera, los presentes se levantaron al instante y con diligencia abandonaron la pequeña mesa de juntas y el despacho. En cuanto estuvieron solos, el coronel le señaló una de las sillas desocupadas, invitándolo a sentarse. Y él aceptó, aun con las mandíbulas apretadas. Estaba tan furioso, que no tardó en devolver la mirada pétrea al hombre ante él, y expresar su enfado.
—¡No puede hacerlo! ¿Cómo ha podido pensarlo si quiera? ¡Es mi proyecto! —Su tono fue cortante, áspero y cargado de frustración. El coronel no tuvo más que advertir el brillo endiablado de sus ojos grises para saber que apenas lograba contener su enfado.
—Dalton, sé que lleva meses trabajando en esto, que ha sacrificado tiempo, recursos y muchas horas de sueño para sacarlo adelante, pero no ha sido suficiente…
—¡Lo será! Solo necesito un poco más de tiempo. Conseguiré el respaldo de más empresarios de la zona, del ayuntamiento… Lo que haga falta. Pero no venderé las vidas y tragedias de esas personas al mejor postor.
Jenssen se llevó una mano a la barbilla, cubierta con una pulcra y bien cuidada barba, y volvió a clavar en él su mirada oscura antes de levantarse de la silla y acercarse a su escritorio, del que tomó una carpeta de cartón marrón. Dylan la reconoció al instante como la que él mismo le había entregado hacía once meses. Era la idea y plan estratégico para la puesta en marcha de su proyecto de ayuda a veteranos del ejército.
—Hijo, siento tener que decírselo, pero este no es su proyecto —hizo una pequeña pausa antes de lanzar la carpeta a la mesa. Esta aterrizó frente a él, abierta, esparciendo sobre la superficie de madera las fichas de las familias a las que quería ayudar—, es el de ellos. De cada una de esas personas. Familias que llevan meses esperando para poder comenzar una nueva vida.
Dylan recorrió los rostros de aquellas fotografías que tenía memorizadas al milímetro. Tal y como el coronel había reconocido, había pasado el último año trabajando sin descanso para ayudarlos. No había nada que le importase más que esas personas y el inicio de la nueva vida que les había prometido. Por eso no podía aceptar que esa vida comenzase exponiendo sus experiencias y dolor. No lo iba a consentir.
—Me niego a pensar que esta sea la única forma. No los exhibiré como si fueran atracciones de feria —señaló apartando la mirada del informe y levantándose de la mesa.
—No puedes negarte —lo tuteó, hecho que dio más énfasis a sus palabras—. Está hecho. Firmé el contrato con la cadena ayer mismo.
La incredulidad y enfado transformaron el gesto de Dylan, que bajó el rostro y cabeceó, pasándose una mano por el cabello corto, hasta llegar a su nuca, que presionó para liberar la tensión.
—No puede estar hablando en serio —dijo furioso— ¿Cree que sigo estando bajo su mando? ¿Que puede tomar todas las decisiones así, sin más?
Jenssen volvió a reconocer ese brillo en su mirada, mientras le lanzaba las preguntas como dardos. Y tuvo la certeza de que cada una de esas palabras estaba teñida de reproches del pasado que habían compartido. Sentía que siguiese llevando esa pesada carga, que no hubiese conseguido superar las heridas de su alma, pero no estaban hablando de ellos, de lo que habían vivido, o de las consecuencias de sus actos. Ya no estaban en guerra, ni defendiendo a su país, no luchaban por sus vidas, sino por las de otras personas. Entendía que quisiera protegerlos. Estaba en su misma situación. Se sentía responsable de cada uno de sus veteranos, hubiesen estado bajo su mando o no. Y si para ayudarlos tenía que hacer algunas concesiones, lo haría.
—¿Ni siquiera se le ocurrió preguntarme a mí o a las familias antes de venderlos de esta forma?
—¡No los he vendido! Me he asegurado de que todos vayan a ser tratados con respeto. Ninguno se verá obligado a hablar de nada. Pero no pueden esperar más. Y eso es algo que pareces no entender. Siempre has sido terco, orgulloso y…
—No se corte coronel. Sabe que lleva muchos años deseando repetirme esas palabras.
El duelo de miradas se reinstaló entre ambos, mientras los recuerdos más dolorosos de sus historias compartidas se filtraban en sus mentes, devolviéndolos al pasado por unos segundos.
—No —sentenció finalmente el coronel—. Le reitero que no se trata ni de usted, ni de mí. Se trata de ellos. De todos ellos. De mantenerlos a salvo. Necesitan esas casas, hogares, esperanza…
La mirada del coronel se tiñó de tristeza y Dylan entornó la suya.

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SOBRE LORRAINE COCÓ

Es autora de ficción romántica desde hace veinte años. Nacida en 1976 en Cartagena, Murcia. Ha repartido su vida entre su ciudad natal, Madrid, y un breve periodo en Angola. En la actualidad se dedica a su familia y la escritura a tiempo completo.

Apasionada de la literatura romántica en todos sus subgéneros, abarca con sus novelas varios de ellos; desde la novela contemporánea a la paranormal, suspense, new adult, contemporánea o chick lit. Lectora inagotable desde niña, pronto decidió dejar salir a los personajes que habitaban en su fértil imaginación, primero escribiendo poesía y más tarde a través de la novela y el cuento.

En mayo de 2014 consiguió cumplir su sueño de publicar con la editorial Harlequín Harper Collins su serie Amor en cadena, que consta de ocho títulos. En septiembre de 2015 publicó Se ofrece musa a tiempo parcial, galardonada en 2016 como mejor comedia romántica en los Premios Infinito. En 2015 recibió el Premio Púrpura a la mejor autora romántica autopublicada. En 2018 recibió el premio NORA de romántica, concedido por compañeros escritores, y lectores. En 2019 resultó finalista del PLA, Premio Literario de Amazon de habla hispana, con su novela La coleccionista de noches vacías, seleccionada entre más de dos mil cuatrocientas novelas de treinta países.

Con más de treinta novelas publicadas con gran éxito desde sus inicios, Lorraine sueña con seguir creando historias y viajar por todo el mundo, recogiendo personajes que llevarse en el bolsillo.

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