Un giro del destino (Mala estrella nº 3) de Kattie Black

Un giro del destino (Mala estrella nº 3) de Kattie Black

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY ¿Un último baile, milady? de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida...

DESCARGAR AQUÍ


Un giro del destino de Kattie Black pdf

Un giro del destino: Amor, intriga y mafia (Mala estrella nº 3) de Kattie Black pdf descargar gratis leer online

Paula Guerrero es una mujer de acción: ha dedicado su vida a su trabajo como inspectora de policía en Nueva York, pero eso nunca le ha impedido mantener una relación saludable con su familia y amigos, tener citas y hacer vida normal. Al menos así había sido hasta la aparición del Danés, el misterioso delincuente que parece jugar con ella, año tras año, dejando pistas que solo Paula cree ver… ¿O es su obsesión jugándole una mala pasada?

Tras un malentendido con cierto maletín, Paula Guerrero y Lily aceptan la colaboración del Danés para desmantelar la cúpula del hampa que gobierna en las sombras de la gran ciudad, pero los verdaderos planes de él siguen siendo un misterio. Uno al que Paula no puede resistirse… Por mucho que quiera.

Tras las aventuras de Lily y Summer, Paula Guerrero se dispone a desentrañar el mayor secreto de todos: el enigma del Danés. ¿Podrá haber un final feliz para la cazadora y su presa?

»Kattie

Un giro del destino: Amor, intriga y mafia (Mala estrella nº 3)

»leer»

Introducción
Nueva York, septiembre de 2019
Las fotografías fijadas en la pizarra formaban un extraño tapiz, una tela de araña que señalaba con sus hilos rojos a la silueta del centro. Aquella era la incógnita que llevaba años volviendo loca a Paula Guerrero, quien en ese momento observaba las imágenes con los ojos brillantes de una cría ilusionada.
Esa sensación inquieta en el pecho, como si se hubiera tragado un pequeño animal que diera saltos en su interior, le resultaba maravillosa. Le recordaba a su infancia, al momento en que, tras pasar horas intentándolo, atrapaba un renacuajo en el lago del parque de su barrio. Al fin, después de tantos años tras su presa, tenía un indicio que podía llevarle hasta ella. Estaba más cerca que nunca de despejar la incógnita del Danés y ponerle un rostro a la imagen central de aquel tapiz. A la clave del caso alrededor del que había girado su vida todo ese tiempo.
—Hola, Paula. —La voz de James la sacó de sus cavilaciones bruscamente—. ¿Hay algo nuevo?
Dejó de mordisquear el bolígrafo y se dio la vuelta, saludando a su amigo con una ancha sonrisa que no pudo disimular su excitación. James se apoyó contra la puerta, cruzando las piernas y mirándola con las cejas levantadas. A su amigo siempre le sorprendía el entusiasmo que mostraba en todo lo relacionado con el Danés.
James y ella habían sido compañeros muchos años, pero tras la muerte del padre de él, también policía en la misma comisaría y al que había idolatrado, James se había replanteado toda su vida, dejando el cuerpo para perseguir su sueño de abrir un restaurante. Paula aún se estaba acostumbrado a aquella situación. Le echaba tremendamente de menos, eran muy buenos amigos, además de compañeros, y habían formado un equipo excepcional. Era poco dada a los dramas y solía superar las cosas con facilidad, pero James le ponía difícil la adaptación al negarse a soltar del todo el caso del Danés, en el que habían trabajado juntos. Ese delincuente era una némesis para ambos, y para James, no haber podido cerrar el caso antes de marcharse, era como una espina clavada que no se podía sacar.
—No, pero creo que estamos muy cerca —le respondió ella agarrando la parka para ponérsela—. Vienes a comer, ¿no? Porque te recuerdo que ya no eres policía —bromeó.
James resopló, negando con la cabeza. Los dos sabían que eso no era tan sencillo y que no iba a darse por vencido. Con la risa titilando en sus ojos grises, James abrió la puerta y le dio paso.
—Sí, vamos a comer algo y a hablar de nuestro amigo Greg Marino.
La conversación en la hamburguesería giró en torno a aquel hombre. Greg Marino había amenazado a la novia de James, que casualmente se había visto envuelta en un caso cuyas pistas apuntaban al Danés. Alguien olvidó un maletín en la cafetería donde Lily trabajaba. Con buenas intenciones y muy poca inteligencia, la muchacha se había llevado el maletín a su casa, descubriendo que estaba lleno de dinero. Cuando, asustada, trató de devolverlo a su lugar, alguien la asaltó con una pistola y la amenazó para recuperar el maletín. James llegó a tiempo de evitar una desgracia y el asaltante dejó caer su arma en la refriega. Así lograron la pista más fiable que habían conseguido hasta el momento y que apuntaba directamente al Danés: las huellas en la Glock correspondían a las encontradas en el escenario de uno de sus crímenes. Acabaron descubriendo que su poseedor era un tal Greg Marino y pudieron ponerle nombre a una de las imágenes en la pizarra.
Aquel día, entre cervezas y patatas fritas no lograron sacar nada en claro, así que al terminar de comer, James decidió acompañar a Paula a la comisaría.
—Tú lo de cambiar de vida lo interpretas de una forma que me alucina, James —bromeó ella mientras caminaban hacia el edificio.
—Bueno, ya sabes que los cambios radicales no son lo mío. Hay que dejar las cosas poco a poco.
—En el fondo echas de menos todo esto, ¿no?
—Algunas cosas, sí. Pero que me disparen, por ejemplo, es algo que no añoro en absoluto.
Paula rio y le pasó el brazo por la cintura. Sabía que James no debería estar allí, que si no cortaba de una vez con sus viejas costumbres nunca dejaría atrás la vida de policía. Pero también sabía que discutir con su excompañero era una pérdida de tiempo y energías y que aquel caso era tan importante para él como para ella misma, así que, una vez en el despacho, envió a James a por dos cafés y se sentaron a seguir dándole vueltas al asunto. Al fin y al cabo, trabajar con él siempre había sido más fácil. Le ayudaba a pensar.
—¿Por qué el Danés haría una cosa así? Entregar un maletín… —dijo Paula pensativa, mirando las carpetas, fotografías e informes que había desperdigados sobre la mesa.
—Es una de sus extorsiones, eso está más que claro —respondió James, alargándole un vaso marrón y humeante. El café de la comisaría era especialmente bueno. Los agentes se habían tomado muy en serio sus reivindicaciones respecto a la vieja máquina hasta que consiguieron cambiarla por varias cafeteras de cápsulas. Desde aquel logro, la vida de Paula era mucho más feliz.
—Normalmente es el Danés quien recibe el dinero, no quien lo entrega. Eso es lo que me resulta más extraño —apuntó ella—. No tiene sentido, está totalmente fuera de su modus operandi.
—Puede que forme parte de algún plan —sugirió su excompañero—. Alguna clase de artimaña…
—No, no lo veo —interrumpió ella negando con la cabeza—. La única explicación a ese desespero por recuperar el maletín es que esta vez sea el Danés quien esté siendo extorsionado. —Entrecerró los ojos, mordisqueando uno de sus bolígrafos con expresión reflexiva—. Nunca ha sido tan descuidado, perseguir a una chica en pleno día para robarle el maletín no es el estilo de esta gente. Están nerviosos porque no se ha completado la entrega de ese dinero y eso va a tener consecuencias.
Cuando James le quitó el bolígrafo de la boca no protestó, concentrada como estaba en encontrar una posible respuesta a aquel misterio. Si en algo era una experta Paula, era en el Danés. Tantos años siguiéndole la pista habían derivado en una obsesión, pero no por lo esquivo que era o por su peligrosidad, sino por el enigma que representaba. Por eso no entendía lo que había ocurrido. El Danés era un hombre pulcro y elegante, con una forma de ejecutar las cosas casi artística. Paula se había dado cuenta de ello mucho tiempo atrás. Las escenas de sus crímenes estaban dispuestas de una manera concreta y peculiar, como si hubiera hecho una composición con ellas, colocadas con un propósito estético y juguetón: flores frescas en un jarrón, dejar los platos recién fregados, hacer un nudo particular en el pomo de la puerta… Paula no sabía si es que su obsesión la estaba influyendo, pero había pensado en muchas ocasiones que el Danés trataba de comunicarse con ella de alguna manera con aquellos detalles. Lo cual la hacía sentir confusa. Por una parte le resultaba emocionante y le despertaba cierta admiración, pero por otra: ¿era para él un juego todo aquel asunto? Ese hombre robaba, extorsionaba y controlaba a otros para sus propósitos, como un psicópata. Solo tenían su apodo mientras él permanecía en las sombras, a salvo, distante, observándoles. Pero ahora tenían algo más: A Greg Marino. El primer vínculo que llegaba directamente a él.
El elegante y medido estilo del Danés no se reflejaba en el caso del maletín. Algo había hecho que perdiera el control, o que lo perdiera su esbirro. Y debía ser muy grave para hacerles cometer un error como ese.
—Creo que has dado con la clave, Paula —dijo James, alzando las cejas—. Si tiramos de ese hilo…
Paula vio el ceño fruncido de Donovan cuando apareció por la puerta sin que James se percatara. La expresión grave del jefe, un hombre negro de casi sesenta años, canoso y de aspecto gruñón, presagiaba una bronca y Paula ya conocía las razones.
—¡James! —tronó la voz grave de Donovan—. Sabes que no puedes hacer esto, maldita sea. El caso ya no te incumbe. Ya no eres policía, eres un civil. Debes mantenerte alejado de nuestras investigaciones.
Todos los presentes eran conscientes de que lo que hacía James era ilegal. Paula, además, se había dado cuenta de cómo había estado esquivando a su antiguo jefe con relativo éxito hasta ese momento. Y también sabía que sería inútil buscar excusas o tratar de explicar la presencia de James allí, pero lo intentó de todas formas.
—Solo estaba haciéndole algunas preguntas, Donovan. James es un testigo del caso.
Una de las canosas cejas de Donovan se arqueó. No había colado en absoluto, como Paula esperaba.
—No me vengáis con cuentos. Sé que llevas aquí todo el día y por esta vez lo voy a pasar por alto. No te voy a amonestar —añadió el jefe señalando a Paula con un dedo acusador—, pero la próxima vez no seré tan permisivo.
—Lo comprendo, jefe —respondió James levantando las manos en señal de paz—. No habrá una segunda vez, te lo aseguro. Dejaré de meter mis narices en esto y de preguntarle a Paula por la investigación. Pero sabes que es importante para mí…
—Sé lo que pasa, pero no es excusa. Dejaste el cuerpo, no puedes estar aquí cada dos por tres interrogando a Paula sobre los casos, James, joder… piensa en la situación en la que nos pones. No es profesional.
James se puso en pie. La mirada que Donovan le dirigió fue tan dura que ni sus gafas consiguieron suavizarla. Paula sospechaba que aquella bronca tenía más que ver con que James hubiera dejado el cuerpo que con haberse saltado las normas. Perder a Patrick, el padre de James, y después perderle a él había sido un palo demasiado duro para la comisaría, los dos habían sido buenos agentes y Donovan les apreciaba. Todos les apreciaban, pero tenían que aceptar sus decisiones.
—No volverá a pasar. Lo siento, Donovan —se disculpó James agarrando su chaqueta para salir—. Ya nos veremos.
Paula le guiñó un ojo antes de que saliera casi huyendo. Le vio a través de los cristales de la oficina y se aseguró de que se había marchado bien lejos antes de volver la atención a Donovan. El jefe la miraba con la misma dureza que a James.
—Tranquilo, a partir de ahora seré yo quien haga las preguntas y solo las que estrictamente se le hacen a un testigo —le dijo para calmarle. Donovan asintió con firmeza, pero la señaló acusadoramente con el dedo.
—Más te vale, Paula.
Cuando el jefe salió de la oficina, ella se puso en pie rápidamente y salió tras James. En la calle el ambiente era bullicioso y corría un viento helado que la hizo arrebujarse en su chaqueta. Con alivio, comprobó que aún estaba en la calle. Levantó un brazo y gritó su nombre. Los ojos grises de su excompañero se volvieron hacia ella.
—¡James, ve con cuidado! —dijo alzando la voz, pero él entrecerró los ojos como si no la hubiera escuchado. Estaban a unos veinte metros, así que Paula levantó el móvil y lo señaló, haciéndole entender que podía contactarla a través de él para mayor seguridad.
En ese momento, un coche se detuvo en la acera junto a ella.
—Señorita Guerrero. —Una voz grave se hizo oír sobre el ruido del tráfico y el viento. A Paula se le detuvo el corazón.
Volvió la mirada y vio al hombre sentado en el asiento de atrás, observándola, con los ojos profundos y oscuros clavados en ella. Era atractivo, de rasgos angulosos y señoriales. No sabía cómo, ya que nunca había visto su rostro, pero le reconoció. Ante ella estaba el hombre al que había perseguido durante años. El delincuente con el que había iniciado un extraño juego del gato y el ratón.
«El Danés», pensó, asombrada. Su corazón comenzó a latir a toda velocidad.
—Creo que me está buscando. Es momento de que tengamos una conversación —continuó el hombre con un peculiar acento europeo. Paula no necesitó más para confirmar su sospecha—. Ahora o nunca.
El tiempo parecía haberse detenido. James seguía mirándola, extrañado. Ella le devolvió la mirada, intensa, con una advertencia implícita en los ojos: «Esto es serio, James», parecía decirle. Antes de que su excompañero pudiera reaccionar, Paula abrió la puerta trasera del lujoso coche y se sentó en el asiento junto a él, cerrando con fuerza, el corazón galopando como loco dentro de su pecho. James solo pudo ver cómo el coche se alejaba entre el fluido tráfico con los semáforos en verde.
. . .
Dentro del coche, Paula contenía el aliento. El hombre sentado junto a ella tenía el pelo platino pulcramente recortado y vestía con un traje gris perla. Debía rondar los cincuenta años a tenor de las arrugas de expresión alrededor de sus ojos, que volvían su mirada más profunda y oscura. Ladeaba ligeramente el rostro y la miraba directamente con una sonrisa en los ojos que no se reflejaba en su boca fina y varonil. Inclinó la cabeza en un gesto elegante al saludarla. Sus rasgos tenían un toque exótico que lo hacían indudablemente atractivo y un halo de misterio parecía envolverle. Durante el instante de silencio en que compartieron una mirada a través del espejo, Paula se preguntó si realmente era él o había enviado a uno de sus esbirros. «No, tiene que ser él. No viste como un esbirro ni habla como un esbirro. Esa es la mirada de alguien que controla la situación», se dijo. Aun así, tendría que comprobarlo. Estaba impresionada, pero hizo un esfuerzo por superar el shock y habló.
—¿Qué había en el jarrón el siete de junio de dos mil diecisiete? —preguntó con voz segura, manteniéndole la mirada.
El hombre levantó una ceja.
—Tendrá que ser más específica, señorita Guerrero.
—Tobias Menken. ¿Qué había en el jarrón de su salón cuando encontramos la escena del crimen? —insistió Paula.
—Doce margaritas y un tulipán blanco —respondió el hombre.
«¡Es él!». El descubrimiento despertó en ella una excitación burbujeante que le subió en forma de escalofrío hasta el cuero cabelludo. Al fin le tenía ante ella. Al fin conocía su rostro. Las margaritas, el tulipán… nadie más podía saber aquel detalle. Eran pequeños mensajes que, según creía, el Danés les dejaba y que no había podido descifrar del todo.
—¿Por qué el tulipán? —inquirió Paula.
—Es la única flor que dejé allí. Las margaritas ya estaban —respondió el Danés volviendo la mirada al tráfico con calma, como si solo estuvieran conversando del clima—. Simboliza el perdón.
—Si le habías perdonado lo que fuera que tuvieras que perdonarle, ¿por qué Tobias Menken estaba muerto cuando llegamos?
—Que yo le perdonara no significaba que hubiera pagado su deuda.
Paula parpadeó sorprendida ante la respuesta. No era la primera vez que Paula sentía desprecio y admiración hacia el hombre al que acababa de poner un rostro. Aunque pareciera imposible, esas dos emociones convivían en ella desde que empezó a perseguir al Danés. El hombre que tenía ante sí poseía una peculiar escala de valores y un sentido de la justicia que eran el motor de todas sus acciones, y, por aborrecibles que fueran, Paula intuía que el Danés estaba convencido de que hacía un bien a la sociedad.
—¿Hay alguna pregunta más que quiera hacerme para asegurarse de mi identidad? —inquirió el Danés.
A pesar de todo lo que se agitaba en su interior, Paula se mantuvo fría y controlada.
—No. ¿De qué quieres hablar conmigo? —No le devolvió la deferencia de tratarle de usted. Llevaba tantos años estudiándole que casi tenía la sensación de estar ante un viejo amigo.
—Hemos sufrido un pequeño contratiempo con un maletín, como sabrá —explicó el hombre—. Ese problema me obliga a utilizarla para un intercambio.
—¿Me estás secuestrando? —preguntó Paula incrédula.
—Eso depende de usted —respondió volviendo a fijar sus oscuros ojos en ella. Paula no estaba segura de si eran negros o marrones, ya era de noche y la única luz con que contaban era la que se filtraba desde las calles—. Si accede a venir por propia voluntad no estaríamos hablando de un secuestro. Pero si opone resistencia, en ese caso la respuesta es sí.
—Esos juegos no funcionan conmigo. La elección que me ofreces es falsa. Por supuesto que me opongo a esto, y te exijo que me dejes bajar —replicó Paula endureciendo su voz.
—Lamentablemente no puedo acceder a esa petición —el Danés habló sin variar su tono calmado.
—¿Y qué harás si intento irme?
—Preferiría no tener que mostrárselo.
La curiosidad que sentía Paula era tan fuerte que estuvo a punto de acceder, pero el impulso de la provocación fue más fuerte que eso. ¿Quién se creía que era? Su madre no la había educado para dejarse secuestrar, ni mucho menos, y su padre tampoco. Llevaba años en la policía de Nueva York, uno de los cuerpos más exigentes y duros de Estados Unidos, incluso del mundo. «Qué demonios». Impulsada por su rebeldía natural, Paula se ladeó para abrir la puerta del coche en marcha con rapidez. El Danés se movió casi al mismo tiempo, estirando un brazo hacia ella. Paula sintió un pellizco en su cuello, en el punto donde se unía con el hombro, y un brusco calambre, seguido de un repentino mareo hizo que su mano resbalara de la manilla. Perdió el equilibrio, cayendo torpemente en el respaldo sin fuerzas.
—¿Qué…? ¿Qué me has hecho…?
—Es una llave del KGB. Corta parte del riego sanguíneo al cerebro —explicó el Danés volviendo a su posición—. No me gusta tener que usar ese truco, mucho menos con usted… así que le ruego que no vuelva a intentarlo.
—Sabes que lo haré —replicó Paula intentando moverse sin éxito. Le hormigueaban los brazos y le pesaba todo el cuerpo.
—Leah, por favor —dijo simplemente el Danés, extendiendo la mano hacia adelante.
En el asiento del copiloto había sentada una mujer que le tendió unas bridas como si las hubiera tenido preparadas en la mano. Paula apenas pudo resistirse, intentó soltarse cuando el Danés le tomó las manos con una gentileza impropia de la situación, pero no tenía fuerzas para apartarlas. Sintió la calidez de sus dedos mientras le pasaba suavemente el lazo alrededor de las muñecas. Ladeó apenas la cabeza para echarle una mirada hostil, pero incluso ese leve movimiento hizo que el mundo diera vueltas a su alrededor.
—¿Voy a tener que amordazarla también? —preguntó el Danés con absoluta tranquilidad.
—¡Más te vale! —espetó Paula.
—¿Va a ponerlo todo tan difícil?
—¡Sí! —la agente se sacudió al replicar, pero volvió a quedar sin fuerzas en el asiento.
—Leah.
La mujer que iba de copiloto se volvió de nuevo y le entregó una capucha y una mordaza. Con la misma delicadeza, el Danés se las colocó a Paula, ordenándole la larga trenza sobre el pecho y asegurándose de que la mordaza no le hacía daño antes de cubrirle la cabeza con la tela negra.
Incapacitada, amordazada, ciega y atada, Paula debería haber sentido pánico. Su corazón debería estar estremeciéndose de miedo, pero no sintió la amenaza ni el peligro que la situación debería haberle provocado.
«Mi instinto debe estar de vacaciones», pensó la agente Guerrero sin más remedio que dejarse llevar hacia su destino.
Cazador y presa
Calculó que debían haber pasado una hora en el coche, pero no podía estar segura. El mareo tardó en calmarse, pero para cuando el vehículo se detuvo, Paula ya había recuperado el tono. Aun así, no se resistió cuando abrieron la puerta y tiraron con suavidad de ella para que bajara. Sintió gravilla bajo sus pies. El aire era frío y olía a tierra mojada y vegetación: ya no estaban en la ciudad y por el silencio reinante no se encontraban cerca de ningún núcleo urbano. Alguien la ayudó a subir unas escaleras, luego escuchó una pesada puerta abrirse y cerrarse a sus espaldas cuando accedieron a un ambiente cálido y más seco que el exterior. Las mismas manos que la habían ayudado a subir le retiraron la capucha y la mordaza: era la mujer rubia a la que el Danés había llamado Leah. Era pálida y de rasgos afilados. A su lado permanecía un hombre tan alto como ella y con los mismos ojos azul claro: era el conductor. Paula se dio cuenta de que eran hermanos. A pesar de la barba poblada del hombre, sus rasgos, su nariz y sus ojos eran exactamente iguales, como si fueran la versión masculina y femenina de la misma persona. «Gemelos, tal vez», pensó Paula. Su mente no dejaba de registrar todo cuanto veía, atenta a cualquier detalle. El entrenamiento de la academia y su experiencia en la policía no habían sido en balde, y hasta su cuerpo sabía que era lo que debía hacer si quería escapar de allí.
La mujer le cortó las bridas de las muñecas.
—Ellos son Thorstein y Leah, se encargaran de su seguridad aquí —dijo el Danés. Paula reprimió una risa sarcástica. «Querrás decir que son mis carceleros», pensó, pero en esa ocasión no dijo nada.
—Debo pedirle su teléfono móvil —le indicó el tal Thorstein cuando quedó libre, extendiendo la mano. Paula lo sacó del bolsillo de su parka y se lo entregó sin rechistar, mirando después alrededor.
Se encontraban en el recibidor de una casa de estilo colonial. Las paredes estaban decoradas con cuadros y tapices de distintas épocas y candelabros que parecían los originales de la casa. El lujo les rodeaba, pero no era especialmente ostentoso, todo parecía en armonía y el blanco predominaba en la decoración. No pudo evitar pensar en el buen gusto que lo impregnaba todo. Buen gusto de verdad, comedido, sin exabruptos.
—Acompáñeme, señorita Guerrero, si es tan amable. —El Danés se encontraba junto a ella y señaló la escalinata de mármol que llevaba al piso superior con un gesto cortés.
Sin más opciones y sintiendo una creciente curiosidad, Paula subió acompañada de su captor. Los hermanos rubios se quedaron en lo alto de la escalera cuando la condujo por un pasillo hasta una habitación amplia y bien iluminada. El suelo era de madera y estaba cubierto de mullidas alfombras. La cama era ancha, de madera oscura y con dosel. Todos los muebles parecían estar allí desde que la casa fuera construida, pero estaban en perfecto estado de conservación. El ambiente era cálido, había calefacción y tenía todo lo que cualquiera podría necesitar para un descanso óptimo, incluyendo el baño que podía ver a través de la puerta abierta en un lateral, un televisor ultraplano en la pared y un equipo de música en uno de los estantes. Tenía de todo, sí… salvo teléfono, ordenador o cualquier señal de tecnología que pudiera ponerla en contacto con el mundo exterior.
—El armario tiene toda la ropa que pueda necesitar en el tiempo que esté con nosotros. También tiene un pequeño mueble bar bajo el televisor con refrescos, agua y comida, pero puede pedir lo que necesite si no lo encuentra en esta habitación —le explicó el Danés con su tono suave y cortés.
Paula le miró de reojo con suspicacia, luego se acercó al armario y lo abrió, viendo al instante que la ropa en él no solo era de su talla, sino también de su estilo: sus marcas preferidas, tejanos, camisetas, chaquetas de cuero y vaqueras, botas y zapatillas de deporte. Se volvió para mirar al Danés tratando de disimular la mezcla de emociones encontradas que le provocaba aquello.
—Sé lo que estás haciendo y no voy a jugar a tu juego —le advirtió—. Esto no es una invitación. No eres mi anfitrión, eres mi secuestrador, eso no cambia por muy cómoda que esté o lo educado que seas conmigo. Me has secuestrado. Y no lo voy a olvidar.
Un centelleo cruzó los ojos del Danés, un relámpago de humor, o tal vez de excitación. Paula no pudo descifrarlo, pero lo vio, igual que sintió la extraña tensión vibrando entre los dos, a través del aire fresco de la estancia.
—Es usted libre de actuar como quiera, señorita Guerrero, pero que no vaya a olvidarlo no significa que deba pasar el tiempo que estemos juntos como si fuera una prisionera. A menos que disfrute viviendo en la mayor miseria e incomodidad —respondió el Danés sin mudar su expresión calmada a pesar de aquella nueva llama que brillaba en sus ojos.
—A lo mejor es como quiero pasar ese tiempo, ¡como sería normal pasarlo! —replicó Paula.
—Bueno, por suerte esa decisión es mía, señorita. —El Danés volvió junto a la puerta. La abrió, pero se detuvo antes de salir para decirle una última cosa—. La cena estará servida a las seis.
Cuando el Danés se marchó, Paula se quedó mirando la puerta cerrada. No había escuchado que echara la llave, pero sabía que eso no significaba nada: no podría salir de la mansión, estaba segura. La mezcla de sentimientos que bailoteaba en su pecho se fue licuando poco a poco hasta que uno predominó sobre todos los demás: la indignación. Aquel hombre la había secuestrado, ¿qué se había creído?
—Cretino engreído… —murmuró, enfadada también consigo misma.
Echó un vistazo a través de la ventana. Afuera, más allá del jardín bien cuidado, se extendía un bosque frondoso y oscuro. Estaba en medio de la nada, encerrada en el castillo de la Bestia. La analogía le vino a la cabeza y no pudo evitar soltar una risa sarcástica. Sí, era un símil muy acertado. Lo que acababa de ocurrir le recordaba a la escena en la que Bestia invitaba a cenar a Bella y esta se negaba, provocando la ira del monstruo. ¿Debería negarse ella también?
«Tengo que actuar con inteligencia», se dijo, observando el paisaje unos instantes mientras pensaba. «Puedo aprovechar esta situación para investigar, averiguar más cosas sobre el Danés… e incluso escaparme si consigo que baje la guardia». No deseaba matar a ese hombre, ni siquiera en defensa propia, aunque no dudaría si era su vida la que estaba en juego. No quería ver al Danés muerto, ella era una agente de la justicia, no una asesina. Lo único que quería era que pagara por sus crímenes. Era eso, sí.
Resuelta, se apartó de la ventana y volvió al armario para escoger la ropa con la que bajaría a cenar. Entre las cómodas prendas había otras más elegantes que también eran de su agrado. Resultaba un tanto inquietante que el Danés la conociera tanto como para haber escogido un armario entero que realmente encajaba con sus gustos. Junto a la ropa también había un joyero lleno de joyas hermosas y discretas. Paula escogió un vestido verde que dejaba la espalda al aire, ceñido, con una caída impresionante. Era mucho más seductor que la mayoría de cosas que solía ponerse pero trató de convencerse de que todo formaba parte de su plan.
—Está bien, voy a jugar a tu juego… —dijo en voz baja, sacando el joyero y el vestido del armario y dejándolos sobre la cama.
Se metió en el baño y se desnudó para ducharse. Al terminar, se dio cuenta de que también el baño contenía todo lo que podía necesitar, y a su gusto: en un neceser junto a la pila había un surtido de maquillaje de las marcas que ella usaba. Paula siempre lo había sospechado, pero aquella era la confirmación de que el Danés la había estado vigilando tan estrechamente como ella a él, aunque claramente con mejores resultados. Eso la irritó. Si ella consiguiera secuestrar al Danés no podría decir siquiera qué loción de afeitado utilizaba. Suspiró. El juego al que habían estado jugando era real, y se encontraban en un momento determinante de la partida, así que pensaba jugar en condiciones. Se maquilló, usando una sombra oscura que ensalzaba el color verde de sus ojos y destacaba sobre su piel caramelo. Se recogió la larga melena negra en un moño sobre la nuca y dejó dos mechones ondulados sueltos. Estaba terminando de ponerse los zapatos cuando llamaron a la puerta.
—Señorita Guerrero, la cena está lista —dijo Leah tras la puerta.
Cuando Paula abrió, la mujer estaba esperándola.
—Hola, perra… —saludó— guardiana —añadió de inmediato con una enorme sonrisa que contradecía la intención ofensiva de sus palabras. Leah la miró de arriba a abajo con desdén.
—Por aquí —dijo la rubia sin más. Luego la acompañó al piso inferior. Atravesaron el amplio recibidor y cruzaron un amplio arco que comunicaba con el salón, donde el Danés esperaba sentado en uno de los extremos de la larga mesa de comedor. Ante el asiento a su derecha esperaba el plato vacío dispuesto para Paula.
«Impresionante», pensó ella a su pesar. Leah se quedó junto a la puerta y ella avanzó un par de pasos, sin saber muy bien qué hacer. El rostro anguloso del Danés se veía iluminado por las velas que ardían en dos candelabros de plata. Iba elegantemente vestido con el traje gris perla que ella ya había visto en el coche, camisa blanca y una corbata de un gris más oscuro. Al verla llegar se puso en pie y retiró la silla gentilmente para que pudiera sentarse. El Danés era todo cortesía y buenas maneras, pero sus ojos eran los de un lobo. La histori de Caperucita se le pasó de pronto por la cabeza y la apartó de su mente a toda prisa. «¿Qué demonios me pasa hoy con los cuentos de hadas?», se preguntó. «Que, por lo que parece, acabas de entrar en uno», se respondió a sí misma. La mirada intensa del Danés la observaba de cerca, pero a pesar del análisis al que la sometió, Paula no se sintió incómoda. Todo lo contrario. La admiración que vio destellar en los ojos de su captor y el perfume a madera y jabón que cosquilleó en sus fosas nasales al encontrarse tan cerca, hicieron que una emoción absurda se agitara en su pecho.
«No, de eso nada. No voy a sentirme halagada ni emocionada porque me mire de esa forma. No debo sentirme de ninguna manera», se reprendió mientras tomaba asiento.
Sobre la mesa había dispuestos un montón de platos dignos de un restaurante de lujo y cuyos nombres a Paula se le escapaban por completo. Ella disfrutaba yendo a comer hamburguesas y devorando perritos calientes mientras miraba un partido, no era fan de la cocina sofisticada, pero la comida en esos platos tenía un aspecto delicioso, así que dejó que la sirvieran sin quejarse. El olor le abrió el apetito a pesar de todo.
—Espero que le guste —dijo el Danés, y Paula no supo si se refería a la comida o a su secuestro.
Incómoda, se sirvió algo que parecía una crema de calabaza y, para evitar mirarle a él, contempló la decoración del salón. Su mirada se detuvo en los cuadros colgados en las paredes. Los reconocía, los había visto todos en fotos de archivo.
—Son las obras que has robado —casi exclamó, volviendo la mirada a él. El Danés la observaba con sus profundos ojos castaños, con esa extraña mirada de depredador acechante. Esbozó una sutil sonrisa al asentir—. Nunca he entendido tu fijación con ese tipo de robos. El tema de los chantajes y los asesinatos me encaja con tu organización criminal, pero el robo de arte me parece un detalle excéntrico. Casi jactancioso.
—Me gusta el arte —respondió el Danés con sencillez—. Y esas operaciones, además, cumplieron una importante función: llamaron la atención de la policía sobre las personas adecuadas.
—¿Qué quieres decir con eso? —inquirió Paula.
—Lo sabe perfectamente —replicó él alzando la copa para dar un pequeño trago de vino—. ¿No ha podido detener a gente muy poderosa gracias a que la desaparición de los cuadros ponían en el punto de mira localizaciones sospechosas? No era casualidad que en esos lugares encontrarais documentos y pruebas incriminatorias que situaban a cierta gente en todo tipo de tramas criminales.
Paula chasqueó la lengua, dejando la cuchara dentro de la crema anaranjada y sabrosa que estaba comiendo. Le miró con dureza.
—No te hagas el interesante conmigo. Si pretendías ayudar a la policía podrías haberlo hecho directamente, sin usar los robos como excusa. No finjas que era esa tu intención.
La sonrisa del Danés se volvió más evidente y algo parecido a la diversión destelló en sus ojos.
—Si hubiera hecho eso no tendría estos cuadros tan hermosos decorando mi salón.
—Al menos lo admites.
—Claro. Nunca he negado lo que soy.
Paula apartó la mirada de él. Dio un par de cucharadas más antes de seguir hablando, en parte por la curiosidad que sentía y también para no tener que comer en silencio.

ENLACES DE DESCARGA

Deja un comentario:

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.