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Una boda en Escocia de Camila Winter

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En su cumpleaños dieciséis su madre decide hacerle un regalo que jamás olvidará: un viaje a Inverness a las tierras escocesas para visitar a los familiares de su madre de los que nunca ha oído hablar.

Angelet está feliz y lista para la aventura pero nada más llegar al castillo de los MacArthur descubre un secreto de su madre celosamente guardado, un secreto que cambiará su vida por completo.

Una familia llena de secretos oscuros y la presencia inquietante de un misterioso escocés heredero de un antiguo linaje de Inverness que comienza a seguir sus pasos nada dispuesto a dejarla ir. Archie MacDowald el hombre más guapo que ha visto en su vida pero también el más peligroso…


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2 respuestas a «Una boda en Escocia de Camila Winter»

  1. Una boda en Escocia
    Camila Winter
    Dover 1880
    Mansión de Spring house
    La vida de Angelet cambió por completo el día que cumplió los dieciséis años y su madre planeó un viaje a Escocia a visitar a sus parientes con la excusa de su tía estaba gravemente enferma, pero entonces no lo sabía ni podía imaginarlo. Que ese viaje sería el fin de una vida y abriría la temible caja de pandoras con secretos bien guardados, mentiras y parientes de los que nunca había hablar, pero mejor empezar desde el principio.
    ******
    Su cumpleaños número dieciséis había sido una celebración familiar muy íntima donde estuvieron los hermanos de su padre y sus primos, y también sus dos amigas más cercanas: Laura y Beatrice.
    Su madre estaba tan feliz ese día durante el almuerzo y el festejo, pero en un momento lloró cuando la vio entrar con su vestido color rosa pálido que ella le había ayudado a escoger en una rápida visita a Londres.
    —Madre, no lloréis por favor—le dijo.
    Lady Sophie Warthon era una dama muy hermosa, pero de carácter melancólico que se emocionaba con facilidad. Todos decían que se parecía mucho a su madre y poco a su padre.
    De su padre sólo sabía que era un caballero rural taciturno y de pocos amigos, amante de los libros y de una copita de jerez durante las comidas.
    No era muy atractivo en realidad y por primera vez ese día se preguntó si la boda de sus padres habría sido concertada entre sus familias o una boda romántica pues eran tan distintos y había cierta frialdad entre ellos. Algo que sólo se nota cuando cumples los dieciséis.
    Tonterías, sus padres se amaban, su padre la adoraba y jamás los veía reñir, eso era muy bueno según su amiga Beatrice que le confesó un día que sus padres reñían sin parar.
    Todos decían que él adoraba a su madre y sin embargo había cierta tensión entre ellos y por primera vez ese día, notó que no eran un matrimonio feliz, algo pasaba, algo que su madre callaba de forma sistemática. Pero ese día no pensó más en eso y disfrutó de los presentes y los obsequios y a media tarde dio un corto paseo por los jardines en compañía de sus dos amigas.
    Tuvo muchos presentes y estaba emocionada, pero algo la perturbó ese día.
    La presencia del caballero Rupert Horton.
    Era un amigo de su padre con el que tenía un negocio muy ambicioso en Londres y fue invitado sin su consentimiento, por esa amistad y sabía que ese joven tan atento la cortejaba y temía que su padre estuviera tramando una boda ventajosa para ella pues según lo escuchó “ya era hora de que comenzaran a buscarle un marido…”
    Angelet habló de eso con sus amigas cuando dieron un paseo.
    —Pero a ti no te agrada ese hombre—dijo Beatrice.
    La cumpleañera suspiró.
    —En verdad que no, pero si es voluntad de mis padres deberé obedecer.
    —Pero acabas de cumplir dieciséis, no puedes casarte a esta edad, te echaremos de menos y tendrás que mudarte a Londres además pues el señor Horton vive allí.
    La jovencita no quería pensar en eso, sentía que el festejo se había arruinado ante la posibilidad de que sus padres estuvieran planeando una boda para ella.
    Al atardecer, cuando todos los invitados estaban distraídos, fue a dejar una flor a la tumba de su hermanita melliza Elizabeth.
    Solía ir a visitarla a menudo y conversaba con ella, le contaba de las novedades y esperaba que no se sintiera tan sola. Lo hizo desde niña, luego de que una gripe se la había llevado, o eso le contó su madre. Eran tan unidas y compinches y por eso se sentía triste y vacía por momentos y sólo ella podía entender la sensación de perdida, de sentir que le faltaba algo importante: su hermana melliza.
    Se preguntó cómo habría sido si ambas hubieran festejado ese día, pero entonces sintió pasos y se crispó. Alguien estaba espiándola y no le gustó. Y entonces vio a su antigua niñera, la señora Sullivan y sonrió.
    —Mi niña, ven aquí, es un día especial no debes estar triste.
    Ella se quedó dónde estaba.
    —Sólo conversaba con mi hermana, señora Sullivan.
    La antigua criada la miró con pena.
    —Tu hermana no está allí, está en el cielo—insistió—Ven, tu padre pregunta por ti.
    Angelet tuvo que regresar y al entrar en el salón supo por qué su padre la buscaba. Habían llegado más invitados de última hora a su cumpleaños. Se sonrojó al ver a Rupert Horton, ese joven alto y pelirrojo que la pretendía y con el que su padre esperaba casarla tarde o temprano. Había oído una conversación muy inquietante al respecto días atrás en el que sus padres discutían sobre su futuro. Su madre se oponía a que la casaran con ese joven, pero era un buen partido y estaba muy interesado en ella, eso dijo su padre y allí estaba invitado a su fiesta mirándola con intensidad.
    —Felicidades ángel—él la llamaba así. Ángel. Como si fuera un verdadero ángel y a ella le crispaba.
    Se acercó sonrojada y murmuró una frase de agradecimiento. Era una joven muy educada y por eso reprimía de forma constante sus deseos. Habría deseado correr en esos momentos o decirle a ese hombre que nunca sería su esposa, pero en cambio se quedó y soportó la charla de ese pecoso fingiendo estar interesada mientras pensaba atormentada si era cierto que su padre iba a arrojarla en sus brazos.
    Pensó que su padre la amaba y no la entregaría como paquete de encomienda al primer hombre rico que se interesara en ella, pero eso planeaba y se asustó. No le gustaba nada ese caballero ni se sentía lista para el matrimonio.
    Días después presenció una discusión de sus padres y se crispó. Verlos pelear la angustiaba mucho, como hija única adoraba a sus padres y no entendía por qué había entre ellos esa tirantez.
    —Quieres alejar a mi hija de mí—dijo su madre dramática.
    Su padre respondió con voz apenas audible.
    —No por Dios, ¿por qué haría eso?
    —Deja de fingir Edward, sé lo que tramas. Quieres entregar a nuestra hija en matrimonio como si fuera una mercancía.
    —Eso no fue lo que dije, pero me ha pedido su mano y yo le dije que debía esperar un tiempo. Eso es todo.
    —Solo tiene dieciséis años, es tan joven.
    —No encontrará una propuesta mejor y lo sabes. Pero será el año próximo, lo prometo.
    —¿El año próximo? —la voz de su madre se quebró.
    Para su madre no era suficiente y lloró. Lloró como hacía siempre en cada discusión y su padre la abrazaba y trataba de calmarla. La pobre sufría d ellos nervios y podía pasar días encerrada en sus aposentos. Su padre intentaba encontrarle medicina para sus nervios, pero era poco lo que podía hacerse.
    Angelet fue a dar un paseo pensando que no le gustaba que sus padres pelearan por su causa, pero tampoco quería casarse con Rupert el año próximo. ¿Acaso solo su madre tenía en cuenta sus sentimientos?
    Bueno, tenía un año para convencer a su padre, él nunca le había negado nada y no entendía por qué ahora tenía tanta prisa por casarla.
    ************
    Fue inevitable que hablara con su madre en privado días después sobre el asunto de la boda, Angelet buscó la ocasión cuando fue a verla a su habitación.
    Ella adivinó que algo le pasaba cuando la vio.
    —¿Qué sucede mi niña? ¿Hay algo que te preocupa?
    Angelet asintió.
    —Los oí discutir hace unos días por Rupert Horton. ¿Acaso mi padre quiere casarme con él en un año?
    Su madre palideció.
    —No lo permitiré, te lo juro, Angie.
    —¿Por qué quiere casarme con Rupert? Nadie me ha preguntado qué pienso al respecto.
    —No te preocupes, no te obligará a una boda, te lo prometo.
    —¿Y cómo esperas impedirlo? Al parecer le ha dado su palabra que en un año seré su esposa.
    —Rupert Horton es un hombre muy rico, es heredero de una gran fortuna y necesita una esposa. Pero no dejaré que te entreguen a él, lo juro Angie, te doy mi palabra—la expresión de su madre cambió. Realmente se veía desesperada y triste por todo ese asunto de la boda, casi tanto como ella.
    —Me casaré con él si me dan tiempo a hacerme a la idea, ni siquiera lo conozco bien, pero… no quiero que riñas con mi padre por mi culpa. Por favor.
    Angelet estaba dispuesta a sacrificarse, sabía que tarde o temprano tendría que casarse pues para eso la habían educado y aunque le desagradaba bastante ese caballero pensó que con el tiempo podría…
    —Oh no tú no eres culpable de nada y no permitiré que te casen con ese hombre, es mucho mayor que tú y tú eres casi una niña todavía.
    No, no era una niña, pero su madre así la veía.
    —No soy una niña, madre—replicó algo molesta.
    —Pero eres muy joven y sé que no estás lista para el matrimonio ni te agrada Rupert.
    —Pero no quiero enfadar a nuestro padre, a lo mejor su fortuna ha menguado y, además, él tiene negocios con el señor Horton.
    Los tenía, lo sabía bien pero su madre restó importancia al asunto. No quería una boda arreglada de esa forma para su hija y se lo dijo.
    ***********
    No hubo más peleas y durante semanas reinó la calma, pero Rupert fue un asiduo visitante a la mansión y Angelet sabía que estaba cortejándola con mucha sutileza. Como un amigo iba a llevarle flores, bombones y libros… sabía cuánto apreciaba la buena literatura clásica y le obsequió varios ejemplares de la literatura inglesa clásica y francesa.
    Angelet hablaba francés y era muy culta para su edad, la biblioteca de la mansión era su lugar favorito y aunque sus amigas se burlaran de esa afición por los libros viejos ella pasaba muchas horas en el día acompañada de un buen libro. Sus favoritos eran los cuentos y leyendas de otras tiempos, pero también leía novelas y todo lo que cayera en sus manos.
    Rupert le dijo ese día que era una dama hermosa y culta y eso le agradaba.
    Angelet sonrió y pensó que lo veía distinto ahora. Era todo un caballero atento y agradable y parecía embobado con ella.
    Su madre no estaba muy contenta con esas visitas, pero no había vuelto a reñir con su padre sobre ello.
    La llegada del otoño parecía inminente y fue entonces que su padre marchó a Londres para resolver unos asuntos y Rupert Horton lo acompañó pues tenían un proyecto de ampliar las nuevas vías del tren que partía de Londres y traerlo a Dover. Era un proyecto muy ambicioso y su padre estaba muy entusiasmado.
    —Bueno, al menos te verás libre de su cortejo—dijo su madre al día siguiente mientras almorzaban solas en el gran comedor. La ausencia de su padre más que entristecerla la aliviaba, no sabía si porque se había llevado consigo al señor Horton.
    —No me disgusta tanto el señor Horton, es muy amable. Me obsequió una importante colección de novelas clásicas. Le gusta mucho leer como a mí.
    Su madre la miró ceñuda.
    —Lo hace para conquistarte, al principio son así. Se llama cortejo. Durante el cortejo son amables y atentos, parecen perfectos, pero luego…
    Era la primera vez que su madre le hablaba con tanta franqueza sobre el cortejo y el matrimonio y eso la alarmó.
    —¿Acaso mi padre os defraudó? —preguntó espantada.
    —No dije eso, pero… no creo que debas casarte con Rupert sólo porque vuestro padre tiene un ambicioso negocio con él—respondió con sinceridad.
    Días después de la partida de su padre Angelet daba un paseo por los jardines de la mansión pensando que le gustaba el otoño en Spring house, tanto como el verano y la primavera, pues la brisa se hacía fresca y las hojas del árboles cubrían el parque con una alfombra amarilla y roja muy bonita.
    No era muy dada a las caminatas, pero ese día estaba inquieta sin saber por qué y quería caminar cuando de pronto sintió que la seguía una criada a distancia.
    —Señorita, no se aleje—le dijo.
    Siempre la escoltaban criados y no podía ir a ningún lado sola. Pero ese día quería estar sola y fastidiada de tener siempre escoltas se alejó y corrió para esconderse. El escondite era su juego favorito y pasó bastante antes de que la encontraran.
    La doncella estaba agitada y disgustada, pero Angelet reía encantada de que hubiera tardado tanto en encontrarla.
    —Señorita, no haga eso. Su padre la castigará—le dijo Bessie jadeando.
    —Mi padre está en Londres.
    Cuando regresaba a media tarde su madre la envió buscar.
    La sorprendió ver que estaba dando instrucciones a una criada de que organizara sus maletas mientras hablaba con su dama de compañía, la imponente señora Emily Peterson.
    —Madre, ¿qué sucede? —no pudo evitar preguntar.
    Algo en su mirada había cambiado, había algo distinto.
    —Bueno, estoy organizando un viaje, partiremos mañana temprano. Nos iremos a Escocia, Angelet. Le he pedido a Bessie que haga tus maletas.
    —¿A Escocia? —dijo. Le pareció una idea tan extraña. ¿Qué harían en ese país?
    —Sí, iremos a visitar a una tía enferma. Es que acabo de recibir una carta de mis tíos y estoy muy preocupada por su salud, debo ir y quiero llevarte conmigo—dijo su madre. Sus ojos tenían un brillo intenso y se veía nerviosa pero muy entusiasmada con la perspectiva del viaje.
    —¿Tienes parientes en Escocia? —Angelet no podía creerlo, su madre nunca lo había mencionado antes.
    La vio asentir algo nerviosa, no sabía por qué.
    —En Inverness, debemos viajar hasta Edimburgo y de allí tomaremos una diligencia o carruaje seguramente.
    Angelet sabía algo de ese lugar, pero no demasiado, pero la perspectiva de hacer un viaje en tren la animó al instante.
    —Deberás llevar abrigo. Hace mucho frío en Inverness, cerca de las montañas, en Dunkelfeld. Lleva también libros para leer pues puedes aburrirte en las montañas. Partiremos mañana muy temprano.
    Nunca habían hecho un viaje tan largo, apenas iban a Londres en primavera, pero siempre estaban confinadas en la mansión porque su madre era delicada de los nervios y la asustaban los viajes. Podía pasar semanas confinada en sus aposentos. Su padre en cambio siempre viajaba por todos lados, había recorrido Europa, América en su juventud, pero nunca las llevaba decía que era peligroso para una dama viajar por el mundo.
    —Qué emocionante, Escocia… ¿Iremos a Escocia?
    Por alguna razón ese país le agradaba y había leído mucho de Inverness y sus montañas, de un bosque misterioso, pues su madre tenía libros de Escocia en su cuarto y a ella le gustaba mirarlos de niña. Ahora entendía por qué, su madre tenía sangre escocesa, tenía una tía escocesa y primos. Y de pronto su madre se acercó para abrazarla sin ocultar la emoción que sentía. Estaba feliz, contenta como no la veía desde hacía tiempo.
    —¿Qué sucede? —le preguntó Angelet algo sorprendida.
    Su madre secó sus lágrimas y de pronto dijo:
    —Es que mi tía está muy enferma, por eso. Tenemos que darnos prisa. La señora Peterson nos acompañará. El viaje será de dos horas tal vez menos, pero espero llegar a tiempo. Lleva algo que vayas a extrañar, algún libro, fotografía, diario… empaca todo lo que puedas.
    —Pero nunca mencionaste que tuvieras pariente escoceses.
    Su madre la miró distraída.
    —Son parientes lejanos, no los veo con frecuencia—se disculpó.
    ¿No los veía con frecuencia? Nunca supo que su madre fuera a Escocia a ver a sus parientes lejanos ni que recibiera cartas de allí… Y una tía no era exactamente un pariente lejano.
    —Es una tía muy vieja—dijo su madre y no dio más detalles.
    —¿Y cuánto tiempo nos quedaremos?
    Su madre suspiró y tomó el vaso de agua fresca que le ofrecía su doncella.
    —Nos quedaremos unos días, no lo sé, tal vez una semana—respondió y miró de reojo a su dama de compañía que tenía la mirada adusta, pero como eso era algo constante en ella, pues más que dama de compañía era una especie de enfermera no le sorprendió.
    Angelet corrió a guardar todo aquello que necesitaba llevar, de la ropa se encargaría Bessie, ella llevaría libros y algunas cartas. Echaría de menos a sus amigas, pero regresaría pronto, estaba segura de ello. Un cambio de aires le haría bien a su madre y a ella pues en otoño su madre siempre se enfermaba de los nervios y pasaba días recluida en sus aposentos.
    Le pareció que su madre actuaba algo extraño y se preguntó si esa tía anciana no estaría moribunda o algo así por eso se veía tan triste y nerviosa.
    ***********

  2. Finalmente partieron a primera hora del día siguiente con algunas maletas y tres robustos criados y la inseparable señora Emily Peterson. No hubo tiempo de organizar la partida comprar los boletos de tren ni reservarlos y su madre tuvo que postergar la partida.
    Angelet durmió muy poco la noche anterior, emocionada por el viaje había guardado todo en sus maletas, sus vestidos más bonitos, libros y su diario con cuidado y al despertar saltó de la cama contenta.
    Todo estaba listo para la travesía, irían con dos sirvientes y la inefable señora Peterson que organizaba todo y supervisaba que nada fuera olvidado.
    Su madre solo llevaba una maleta grande y una pequeña y se veía nerviosa, ansiosa, como si deseara correr ahora que su padre estaba de viaje. Siempre cambiaba cuando él no estaba, era raro.
    —¿Estás lista, mi niña? —le preguntó tomando sus manos de repente y su sonrisa se iluminó.
    Ella asintió.
    Y tomadas de la mano dejaron atrás la mansión de Spring hall muy contentas como si hicieran una travesura, ambas subieron al carruaje y por una razón Angelet contempló la lujosa finca campestre con la sensación de que nunca regresaría. Fue una corazonada, una de esas visiones que la asaltaban a veces y de las que solo hablaba con su mejor amiga Beatrice.
    Pensó que ese presentimiento era extraño y no le dio importancia, seguramente estarían de regreso en una semana.
    —Por aquí, señorita Harrington—le ordenó el ama de llaves con gesto sombrío.
    La dama era una solterona muy seria y algo hosca, pero de buen corazón, eso lo sabía bien, toda su vida había cuidado de sus hermanos enviándoles la mitad de su sueldo para que no pasaran necesidades y tan abnegada que había decidido no casarse para poder llevar a cabo su trabajo y ayudar a su familia.
    Por eso no le extrañó la rara conversación que la dama mantuvo con su madre antes de abandonar la mansión.
    —Señora, ¿está segura de esto? Ese viaje es peligroso para su salud, su esposo se disgustará—dijo la señora Peterson.
    —Oh no lo es… Debo ver a mi tía, se está muriendo.
    —Lady Sophie, por favor… sabe por qué. Sabe por qué le digo.
    —Es necesario, ya no puedo más Emily, ya no puedo más.
    Su madre estaba al borde de las lágrimas, pero muy decidida.
    Angelet no pensó que esa conversación fuera rara en sí, porque la dama de compañía de su madre le tenía miedo a los viajes y a los escoceses. Y por alguna razón el viaje a Escocia la crispaba. Como la crispaba ir a Londres cuando tenía que acompañar a su madre. Un día su madre le dijo que la señora Peterson era como un gato viejo que adoraba la mansión y odiaba tener que abandonarla, aunque sólo fuera unas semanas. Le gustaba estar allí cuidando a su señora, ronroneando, bordando a veces, charlando con ella, leyéndole el diario o algún libro en las tardes de invierno…  y dejar su “cómodo cojín” le daba pereza y rabia, por eso tal vez quiso persuadirla de no hacer el viaje. Porque los cambios y los viajes la ponían de mal talante, por cierto, estuvo mirando a su alrededor alerta todo el viaje, quejándose de todo en voz baja, ella la escuchó.
    La travesía duró mucho más de lo esperado. Al viaje en tren sin percance que duró más de dos horas le siguieron algunos contratiempos. Angelet pensó que el mal humor de su sirvienta ponía a todos muy nerviosos y su madre era la más afectada.   Se veía muy nerviosa y tensa, no dejaba de mirar a su alrededor.
    —Madre, ¿te sientes bien? —le preguntó varias veces.
    Su madre asentía.
    —Estoy emocionada, por el viaje—dijo de pronto.
    Ella notó un brillo especial en sus ojos, algo distinto. Se preguntó si la señora Peterson no le habría contagiado los nervios pues se veía así, nerviosa, pero pensó que era normal, era la primera vez que hacía un viaje a otro país, su pobre madre pasaba encerrada en Spring cottage, por sus nervios o porque le gustaba la vida hogareña, pero sólo había acompañado a su padre a Londres en contadas ocasiones y eso era lo más lejos que había viajado.
    —Tranquila, estoy bien… a pesar de todo. Tenía que hacer este viaje, tenía que hacerlo—declaró.
    Angelet miró a su alrededor y sintió miradas de curiosidad, aunque no había nada de malo en una dama viajando con su hija y sus sirvientes, su madre despertaba esas miradas pues era una dama muy hermosa y elegante, aunque retraída.
    Fue entonces que notó que su madre estaba nerviosa, asustada y la señora Peterson también. Apretaba los labios y no dejaba de mirar todo con recelo. No podía creer que esa mujer tuviera cuarenta años y se viera mucho mayor que mi madre. Tal vez porque era una solterona consumada que vestía de negro y era muy rígida.
    —¿Qué sucede, mami? —preguntó Angelet.
    —Es que me dan miedo los trenes, un poco—dijo palideciendo.
    A ella le pareció raro, pero no dijo nada, estaba muy contenta con la aventura y no dejaba de mirar por la ventanilla.
    Pero algo cambió de repente, horas después un hombre miraba con fijeza a su madre y a ella. se asustó porque no parecía un caballero sino todo lo contrario y ellas llevaban maletas con todas sus ropas y algunas joyas.
    Angelet observó al hombre y notó que hablaba con alguien en el andén y se alejaba despacio.
    “Son tonterías, miran a mi madre porque es muy guapa y a mí porque me parezco a ella “se dijo.
    Algunos hombres eran así de atrevidos, miraban a las damas con fijeza y hasta algunos más osados les decían alguna tontería. Le había pasado en Londres hacía meses que un caballero siguió a su madre y un sirviente le propinó un golpe y lo espantó.
    Es que su madre era muy hermosa y joven pues se había casado muy joven y no se le notaban los años como a sus amigas. Llamaba mucho la atención siempre pero ahora no era divertido. Estaban solas en un tren repleto de personas extrañas y muchos hombres solos con feo aspecto y sabía por experiencia que los hombres solos se volvían atrevidos en ciertas circunstancias y peligrosos. Y notó que la señora Peterson estaba tan asustada como su madre.
    Quiso hablar decir algo, pero no pudo, no fue capaz. Sólo quería llegar a destino y que ese hombre dejara de mirar a su madre como si fuera un delicioso bocado que quería probar.
    Había sido una audacia ir sin su padre, en su presencia ese hombre no se habría atrevido, pero eran tres mujeres solas que viajaban a Escocia con unos pocos sirvientes que además estaban en otro vagón.
    Cuando llegaron a la estación ese hombre las siguió y Angelet tembló.
    En un castillo de Inverness
    Habían llegado a destino, a las tierras místicas de las Highlands escocesas de las que sólo había oído hablar en alguna historia de su madre, aunque ella evitaba hablar demasiado de Escocia.
    Ese bandido le dijo algo a su madre al oído y ella se crispó y le gritó algo en otro idioma. Él le sonrió y un grupo de hombres se le acercaron como para apoyarle.
    Su madre no demostró miedo, estaba indignada y la señora Peterson se plantó delante del desconocido y le dijo que era un puerco atrevido.
    La llegada de los criados espantó al misterioso granuja que sin embargo no las perdió de vista mientras subían a un carruaje que estaba allí esperándolas. Qué alivio sintió entonces. El bandido no apartó la mirada de su madre y esta dejó de estar tan asustada cuando se alejaron.
    Al llegar a la estación de Edimburgo la señor Peterson estaba con los nervios crispados y eso aumentó porque no encontraron tan pronto un carruaje que los llevara a destino. Tuvieron que aguardar un buen rato hasta que finalmente encontraron uno algo viejo, pero con varios caballos.
    —Yo creo que esto es un mal augurio—dijo la señora Peterson entre dientes.
    —No digas eso Emily—respondió su madre mientras subía al carruaje con ayuda de su lacayo.
    Angelet se sintió feliz de estar en Escocia. Se detuvo a mirar el paisaje a su alrededor, era una ciudad muy bonita Edimburgo, no esperaba que fuera tan pintoresca y poblada en realidad. Había muchos viajeros y pobladores curiosos allí mirando todo.
    El carruaje emprendió la travesía por un camino sinuoso y empinado y el traqueteo fue casi constante. El paisaje se volvió boscoso y montañoso y el clima cambió cuando se adentraron en un sendero oscuro. El bosque oscuro de alerces era una franca verde y gris y el aroma de sus pinos y abetos era único.
    —Madre, ¿cuántos parientes tengo en Escocia? —preguntó ella.
    Su madre la miró inquieta, algo le había dicho la señora Peterson que estaba a su lado como perro guardián supervisando maletas y que todo estuviera perfecto.
    —Sólo unos tíos, mis padres murieron hace tiempo.
    —¿Tus padres eran escoceses?
    Parecía un secreto no entendía la razón. Estaba segura de que nunca lo había mencionado, sí que habían muerto, no que eran escoceses.
    Asintió nerviosa.
    —Murieron cuando era una niña y me criaron mis tíos.
    —¿Y cómo es que te casaste con mi padre? Él es inglés.
    La historia no coincidía, pero su madre dijo que luego le contaría porque era una historia larga. Esas fueron sus palabras. Se veía cansada de repente y distinta, como si hubiera perdido entusiasmo permanecía alerta.
    El traqueteo del carruaje le dio sueño, era un mecer constante o a lo mejor fue el aire fresco y el olor a bosque lo que la hizo cabecear de vez en cuando hasta que durmió.
    —Angie, despierta—sólo su madre la llamaba así. Angie, y le gustaba, era un diminutivo de su nombre.
    —¿Qué sucede? ¿Dónde estamos? —no recordaba nada dormida como estaba. Hasta que recordó que estaban en Escocia y al parecer habían llegado a destino, eso le dijo su madre.
    Una mansión vieja y algo ruinosa apareció al final del camino.
    —Ven, sígueme. Debemos andar hasta la puerta—le avisó su madre.
    Angelet estiró las piernas y ahogó un bostezo mirando la casa gris con curiosidad.
    —¿Es la casa?
    —Sí, ven… hace mucho frío.
    Su madre la arropó con la capa como si fuera una niñita y Angelet sonrió mientras la señora Peterson hablaba con los criados que llevaban su equipaje a la mansión antigua y escondida.
    —Este fue mi hogar un día, Angie, hace tanto tiempo… todo ha cambiado ahora, la casa no se ve muy bien—se quejó su madre y miró a su alrededor emocionada pero algo desanimada.
    Avanzaron tomadas de la mano rumbo a la aventura, Angelet se preguntó cómo serían esos parientes escoceses pues le pareció muy raro que no hubieran siquiera enviado un carruaje a Edimburgo a buscarlas. No era muy cortés de su padre en realidad, como si no estuvieran muy contentos con esa visita…
    Angelet siguió a su madre entusiasmada pero la señora Peterson seguía en guardia, disgustada y alerta mirando todo a su alrededor. No lo aprobaba.
    Cuando llegaron al pórtico escuchó unos ladridos feroces a la distancia y tembló. Perros y ninguna presencia humana. Un jardín descuidado, un camino de piedras húmedas y algo resbalosas las obligó a caminar despacio por las dudas. Todo iba en mal en peor.
    —Oh mastines… qué horror. Ay lady Sophie, ¿es que no llegó la carta a tiempo? Parece que nadie nos esperaba—se quejó la señora Peterson.
    Lady Warthon sonrió con expresión serena.
    Habían llegado a la puerta y sólo debían rezar para que la gran mansión se abriera antes de que esa horda de perros furiosos se acercara a atacarlas. Lo raro para Angelet fue que su madre no parecía sentir miedo de los perros. Aunque no podían verlos imaginó que serían unos cuantos.
    Cuando la puerta se abrió un sirviente viejo vestido con cierto descuido los miró interrogante.
    —Buenos días. temo que han errado el camino. ¿Son turistas ingleses? —les dijo mirándolos con una sonrisa burlona en su rostro mofletudo y viejo.
    —Soy Sophia MacInner. Y ella es mi hija Angelet. Debo ver a tía Annie, por favor. He hecho un largo viaje.
    El cambio en el sirviente fue notable, sus ojos oscuros brillaron sin ocultar su sorpresa y estupor. Como si viera un fantasma.
    —Señorita Sophia, ¿es usted? —dijo sin poder creerlo.
    Ella asintió y se emocionó al decir.
    —Por favor, debo ver a mi tía ahora. He hecho un largo viaje y estoy cansada.
    —¡Dios mío! Lo siento es que pensé que había muerto.
    Lo dijo sin más y la señora Peterson dio un paso delate con intenciones de ponerle en su lugar y exigir se respetarán los deseos de su señora, pero no fue necesario, el viejo sirviente las dejó pasar al instante.
    —Pasen por favor. La señora MacArthur no me lo dijo, no avisó que vendrían… ¿cómo podría saberlo? —dijo el hombre.
    ¿Pensó que su madre había muerto? Angelet no podía creerlo, ¿por qué dijo semejante cosa? ¿Acaso su madre se había peleado con su familia y se fugó con su padre inglés para poder casarse por eso nunca había oído hablar de esa familia? Ella no se llamaba Sophia MacInner, además, era lady Sophie Warthon… ¿qué confusión era esa? ¿O se había cambiado el nombre por algún motivo? Bueno, Sophie y Sophia se parecían bastante, aunque sonaban distinto.
    Sin embargo, todo era tan extraño para Angelet.  Su padre jamás mencionaba a esos parientes en Escocia, y sólo una vez su madre le habló de Escocia sin confesarle que fuera escocesa para nada. La mente de Angelet comenzó a buscar respuestas, a entender qué estaba pasando.
    Miró a su madre, pero ella no dijo nada. Acababan de entrar en la mansión y comenzó a mirar todo como un gato curioso, aunque su nana la reprendiera siempre lo hacía y no pensó que fuera malo echar un vistazo a su alrededor al que había sido el hogar de su madre cuando quedó huérfana al parecer. Rayos, no podía imaginarse a su madre como una chica descarriada que se enfrentó a su familia por un amor inglés, ella no tenía ese temperamento, era una mujer muy dulce y tranquila, jamás se enojaba ni estaba de mal humor, sólo sufría de melancolía y parecía evitar la vida social.
    Ahora tenía muchas preguntas, pero ninguna respuesta por el momento.
    —Señorita Sophia. Oh es un milagro. Señorita… pensábamos que había muerto.
    Esas palabras saltaron de la boca de una sirvienta de cara muy redonda y luego de otra y parecía que todos allí realmente pensaron que su pobre madre había yacido en una tumba todo ese tiempo (no sabía cuánto tiempo con exactitud) y como en un cuento macabro de moda abandonaba su tumba y regresaba a visitar a sus familiares, y no lo hacía sola, con una hija que también debía ser una zombi. Si su madre era una zombi ella no podía ser menos…

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