Una boda imperfecta de Dina Reed

Una boda imperfecta de Dina Reed

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***SOLO HOY ¿Un último baile, milady? de Megan Maxwell 

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Max Harper es representante de deportistas y sabe que la única manera de conseguir un contrato más ventajoso para Jeff Bristol, una estrella del fútbol y uno de sus mejores amigos, es que siente la cabeza.

O, al menos, que lo finja.

Jeff es una figura del deporte, guapo y sexypero también mujeriego y juerguista. Y no piensa cambiar.

Por eso, cuando su representante le propone una boda por interés, para limpiar su imagen y conseguir un fichaje multimillonario en un club francés, ni se lo piensa y acepta casarse con la chica que elija Max.

Max no tiene ni idea de dónde va a encontrar una novia para Jeff, hasta que recibe una llamada de su hermana Gwen.

Su padre acaba de cortarle el grifo y está desesperada. Gwen no ha trabajado en su vida, no tiene experiencia más que en gastar y en irse de fiesta y necesita un cambio de aires y dinero con tanta urgencia que, cuando su hermano le cuenta que busca una novia para el insoportable de Jeff Bristol, ni se lo piensa.

Ella siempre ha querido vivir en París y tiene la intuición de que allí va encontrar su sitio en el mundo, así que se propone como candidata a novia, a cambio de una cantidad importante de dinero y de vivir en una mansión enorme junto al Sena, en la que no tenga que cruzarse con su marido de pega.

A Max le parece un despropósito, pero le cuenta a Jeff que su hermana está dispuesta a casarse con él en esas condiciones y él acepta sin dudarlo.

Gwen le odia tanto que jamás cometería el error de enamorarse de él y viceversa. Primero, porque él no cree en el amor y, segundo, porque jamás tendría nada, absolutamente nada, con la irritante, caprichosa y tocapelotas de Gwen Harper. O eso cree.

Porque en París descubrirán que lo que parece ser odio, esconde atracción, deseo, fuego y algo tan fuerte que podría cambiar sus vidas para siempre…

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SINOPSIS
Max Harper es representante de deportistas y sabe que la única manera de conseguir un contrato más ventajoso para Jeff Bristol, una estrella del fútbol y uno de sus mejores amigos, es que siente la cabeza.
O, al menos, que lo finja.
Jeff es una figura del deporte, guapo y sexy, pero también mujeriego y juerguista. Y no piensa cambiar.
Por eso, cuando su representante le propone una boda por interés, para limpiar su imagen y conseguir un fichaje multimillonario en un club francés, ni se lo piensa y acepta casarse con la chica que elija Max.
Max no tiene ni idea de dónde va a encontrar una novia para Jeff, hasta que recibe una llamada de su hermana Gwen.
Su padre acaba de cortarle el grifo y está desesperada. Gwen no ha trabajado en su vida, no tiene experiencia más que en gastar y en irse de fiesta y necesita un cambio de aires y dinero con tanta urgencia que, cuando su hermano le cuenta que busca una novia para el insoportable de Jeff Bristol, ni se lo piensa.
Ella siempre ha querido vivir en París y tiene la intuición de que allí va encontrar su sitio en el mundo, así que se propone como candidata a novia, a cambio de una cantidad importante de dinero y de vivir en una mansión enorme junto al Sena, en la que no tenga que cruzarse con su marido de pega.
A Max le parece un despropósito, pero le cuenta a Jeff que su hermana está dispuesta a casarse con él en esas condiciones y él acepta sin dudarlo.
Gwen le odia tanto que jamás cometería el error de enamorarse de él y viceversa. Primero, porque él no cree en el amor y, segundo, porque jamás tendría nada, absolutamente nada, con la irritante, caprichosa y tocapelotas de Gwen Harper. O eso cree.
Porque en París descubrirán que lo que parece ser odio, esconde atracción, deseo, fuego y algo tan fuerte que podría cambiar sus vidas para siempre…
Capítulo 1
Aquella mañana de mediados de mayo, Max se despertó con la llamada de Vivian, su asistente:
—Vivian, ¿qué pasa? —preguntó Max porque sabía que tenía que pasar algo para que su asistente le llamara a las seis de la mañana y más cuando la noche anterior había estado en una fiesta hasta las tantas.
Fiesta en la que, por cierto, había acabado enrollándose con una modelo que estaba durmiendo a su lado, una tal Alison o Alice ¿o era Meadow?
El caso era que la tenía metida en su cama y que lo que menos quería era que despertara.
Así que saltó de la cama y se encerró en el cuarto de baño mientras que Vivian se excusaba:
—Disculpa que te llame a estas horas. Imagino que anoche te acostarías tarde, pero es que esto es importante.
Max se sentó en el confortable sillón blanco del lujoso baño de la suite presidencial del hotel más caro y elegante de Nueva York, apretó las mandíbulas y respondió:
—Dispara.
—La prensa deportiva europea abre hoy con las imágenes de Jeff Bristol de vacaciones en Ibiza.
Max resopló, se pasó la mano por la cara y replicó temiéndose lo peor:
—¡Mira que le advertí que fuera discreto! ¡Hoy los de la prensa vuelan drones en cualquier sitio! ¿Y cómo le han cazado? ¿Follando? ¿Borracho? ¿Practicando deportes de riesgo? ¿Haciendo…?
Vivian trabajaba con su jefe desde hacía diez años y le conocía tan bien que le interrumpió, antes de que siguiera trepándole la bilis hacia la garganta:
—Le han pillado en un barco, metido en un jacuzzi con cuatro bellezas exóticas, dándoles de beber champán de la botella y luego untándoles protector solar en el cuerpo.
Max, que ya solo podía pensar en la bronca que le iba a pegar al irresponsable de su representado, inquirió:
—¿En el cuerpo?
—Las chicas estaban desnudas y Jeff sale en las fotos con las manos en los traseros y en los pechos.
Max bufó porque se imaginaba el escándalo que estarían siendo las fotos en Europa:
—¡No quiero ni imaginarme los titulares!
A Vivian, para quitarle hierro al asunto, solo se le ocurrió decir:
—Ni los comentarios en las tertulias de la televisión. Pero es verano y estas noticias se toman con cierto cachondeo. Quiero decir que no estamos ante una tragedia. Y ya sabes cómo son estas cosas, Max, dan que hablar el primer día, pero luego se olvidan rápido.
—¿El presidente del club que está dispuesto a pagar una cantidad indecente de dinero por el loquito de Jeff va a olvidar que es un juerguista, un pendón y un tarambana en el que no se puede confiar en absoluto? —bufó Max que estaba que se subía por las paredes.
—No te pases, Max. Jeff es un buen chico. Ha trabajado muy duro este año y necesita desconectar y divertirse. Tampoco ha hecho nada malo…
—No, qué va, ¡dejarse retratar en un entorno de sexo, alcohol y seguramente drogas es algo de lo más sensato y prudente cuando estamos negociando el contrato del año! —gritó Max, sin tenerle sin cuidado si la tal Alice, o Britney o como diablos se llamara, se despertara y saliera pitando de allí.
Al contrario, deseaba que lo hiciera porque no había nada que le diera más pereza que la típica conversación mañanera, después de un polvo de una noche.
—¡No exageres tampoco! No había drogas por ninguna parte, solo esa botella de champán y el protector solar.
—¡Me figuro las bromitas que estarán haciendo a costa del protector solar de las narices!
—Helen Black, la reina de las mañanas, ya sabes, dice que Jeff Bristol ha protagonizado, sin proponérselo, la mejor campaña de prevención del cáncer de piel.
Max, a pesar de que estaba que rabiaba, no pudo evitar reírse, pues lo de su asistente no tenía remedio:
—¡Espera que todavía voy a tener que llamarlo para felicitarle por su buena acción!
Vivian, que por supuesto que sabía lo que se estaban jugando y solo quería que salieran del entuerto de la manera más airosa posible, afirmó:
—La situación se ha vuelto un tanto delicada, pero estoy segura de que tiene arreglo. Por eso, y aun sabiendo que te iba a despertar, te he llamado…
Max lo único que sabía era que tenía que plantarse delante de ese inconsciente para cantarle las cuarenta:
—Voy a tomar el primer vuelo que pille para España. Necesito hablar con Jeff. No puede seguir así. ¡Tiene que dejar las mujeres y las fiestas de una maldita vez!
—¿Y qué vas a hacer? ¿Encerrarle en un monasterio? —replicó Vivian con guasa.
A Max le cabreó la bromita de su asistente, pero al momento se le pasó por la cabeza una idea que hizo que entornara los ojos y murmurara:
—O hacer que siente la cabeza por narices…
Vivian, perpleja por las palabras de su jefe, preguntó ansiosa por saber qué estaba tramando:
—¿Cómo que por narices?
—Que a este no le puedo meter a monje cartujo porque tiene que entrenar y jugar los partidos, pero como que me llamo Max Harper que yo a este tío lo caso.
Vivian soltó una carcajada, pues para nada pensaba que su jefe fuera a salir con algo parecido:
—¡Estás de broma! ¡Solo puedes estar de coña! ¡Es que no puedo creerlo!
Max estaba tan cabreado que, con la vena hinchada del cuello y el ceño fruncido, activó la cámara del teléfono móvil para que Vivian le viera:
—¿Esta es la cara de un tío que no está hablando en serio? —inquirió a su asistente.
Y Vivian al ver que su jefe estaba como Dios le había traído al mundo, solo pudo tragar saliva porque aquello era un auténtico espectáculo.
Max Harper era sin duda el tío más bueno que había visto en su vida. Y mira que ella estaba acostumbrada por su trabajo a ver a tíos buenos a diario. Max era representante de deportistas y por la agencia pasaban auténticos dioses griegos, pero Max era otra cosa.
No solo tenía un cuerpo para perder el aliento, porque hacía mucho deporte y lo marcaba todo… Es que era guapo como él solo, castaño, de pelo abundante, peinado con raya al lado, tenía unos ojos enormes de un verde salvaje, la nariz recta, la boca en su justo grosor, el mentón marcado, la sonrisa perfecta… Aunque bueno, ¿había algo que no fuera perfecto en Max?
Pues hasta eso que no había podido evitar mirar de refilón lo tenía increíblemente bien, tanto que masculló:
—¡Madre mía!
Sin embargo, Max se lo tomó por otro lado y replicó:
—¡Pues eso mismo! No voy a permitir que Jeff Bristol se arruine la carrera y que de paso pisotee mi prestigio y mi reputación. Mañana mismo me plantaré en Ibiza y le exigiré que corte con su faceta de vividor y mujeriego. El presidente del club que le quiere fichar es un tipo estricto, serio y riguroso al que no creo que le haya hecho ninguna gracia ver a su próximo fichaje estrella hacer el mamarracho en un barco.
Vivian, que por mucho que dijera su jefe seguía pensando lo mismo, insistió:
—Hace lo que cualquier joven soltero que…
Vivian, de repente, se calló porque escuchó a una voz femenina muy melosa decir:
—Max, cielo, ¿vuelves a la cama? Está gata en celo tiene ganas de mucho más…
Vivian tuvo que morderse los labios para no partirse de risa y Max en cambio gruñó:
—¡Cierra la puerta, por favor! ¡Estoy trabajando! Y no tengo tiempo de nada más. Coge tus cosas y vete, si eres tan amable…
La gata en celo le miró alucinada de estar escuchando aquello y replicó enroscándose un mechón de pelo rubio en el dedo índice:
—Estas vacilándome, ¿verdad? Porque te recuerdo que soy Ada Brandon, el sueño de medio mundo.
Ada. Se llamaba Ada, pensó Max, que solo tenía ganas de perderla de vista para siempre.
—No dudo de que seas el sueño de medio universo, pero yo tengo que trabajar —le habló Max, haciéndole gestos con la mano para que se fuera.
Sin embargo, Ada, que estaba desnuda y con el pelo cayéndole en cascada sobre los pechos, replicó:
—Los hombres tan ocupados me ponen muchísimo. Te dejo mi tarjeta en la mesilla. Sé que vas a tardar muy poco en llamarme.
Luego, se pasó la lengua por los labios, se pellizcó los pezones con ambas manos y se marchó dando un portazo…
Capítulo 2
Max se olvidó completamente de Ada hasta que su asistente se la recordó cuando iba en el taxi de camino al puerto de Ibiza:
—Vivian no paro de llamar a Jeff y no me coge el teléfono. ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con él? —le preguntó mosqueado.
—Hace un rato. Te está esperando. Le habrás pillado haciendo algo…
—Solo espero que no se le haya ocurrido ponerse otra vez a untar protector solar a diestro y siniestro —dijo Max mientras se ponía sus gafas de sol de aviador.
—No seas duro con él. Además, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra —replicó Vivian porque la verdad era que Jeff le caía genial.
Y bueno…
También había algo más.
Y no era exactamente que estuviera celosa, porque sabía que su jefe jamás iba a fijarse en una chica como ella, pero le daba mucha rabia que perdiera su tiempo con mujeres como Ada Brandon.
Max se revolvió en el asiento molesto, pues su asistente no tenía ninguna razón:
—Yo puedo hacer con mi vida lo que me dé la gana. Soy soltero y no estoy a punto de firmar un contrato con un club que está dispuesto a pagar lo que sea por tenerme.
—Eres el representante y también tendrás que dar una imagen de seriedad y rigor. ¿No crees?
Max admiraba muchísimo a Vivian, llevaban trabajando juntos desde el primer día en que montó la agencia, pero a ratos era una verdadera mosca cojonera:
—Yo soy un tío discreto, que no va por ahí dejándose retratar a la luz del día haciendo cosas indecorosas.
—¡Ay, por favor, hablas como si fueras mi abuelo! —exclamó Vivian divertida.
—Hablo como un tío sensato y con cabeza…
—Tanta que te lías con Ada Brandon —le recriminó Vivian en un tono tan duro que cualquiera hubiera dicho que estaba celosa.
—No sé quién es, si te digo la verdad. La fiesta era un aburrimiento, de pronto apareció esa chica, hablamos, tampoco era que tuviera una conversación muy estimulante, pero…
—Ya, tiene unas piernas interminables, pechos abundantes, cintura de avispa, un culazo de impresión, melenón rubio… —aseguró Vivian con un deje de rabia un tanto extraño.
—Pues sí, tiene todo eso. ¿Y?
Vivian pensó que lo que sucedía era que ella no podía ser más normal y corriente, medía 1,60 m, era pelirroja, un poco entrada en carnes, de pechos pequeños y culo normal tirando a plano… y en la vida su jefe se fijaría en ella.
Eso era lo que pasaba.
Y lo llevaba bien.
Y a ratitos fatal.
Pero en general le tenía cogido el tranquillo a la cosa y sufría lo justo y necesario.
Ahora bien, como eso a su jefe no le importaba para nada respondió:
—Que sí, que es una preciosidad, la modelo con los que todos suspiran…
—Yo no suspiro por esa chica. Los dos decidimos pasar un rato agradable y nada más —precisó Max, que lo tenía todo clarísimo.
Vivian sonrió, respiró aliviada y replicó con total sinceridad:
—Me alegro porque no te pega para nada. Esa chica es tan frívola y superficial que no sé cómo puedes perder tu tiempo con personas así.
Max arqueó una ceja y murmuró porque la verdad era que le costaba entender que tuviera que explicar algo así:
—Necesito mis momentos de esparcimiento y diversión. Como imagino que tú los tendrás y no serán siempre con catedráticos en Filosofía y cosas semejantes.
Vivian pensó que hacía un montón que no tenía ni rollos porque en su corazón solo había sitio para una persona:
—Yo es que no soy de rollos. Soy de enamorarme y… —le aclaró.
—¡Y no lo haces desde hace mil años! —le interrumpió Max—. Puesto que no te he conocido ni un novio en este tiempo. ¿O es que te niegas a que los conozca?
—¿Por qué iba a hacer eso? No. No ha surgido, pero estoy genial así. Me va muy bien. Estoy de maravilla… —mintió porque a veces le daban unas llantinas tremendas.
Unas llantinas que eran una mezcla de pena por estar enamorada de alguien que jamás iba a corresponderle y de rabia por no poder librarse de ese sentimiento que la tenía carcomida.
A Max le gustó saber que su asistente no estaba con nadie, era algo un tanto absurdo y también ilógico, porque a él le tenía que dar lo mismo. Pero los novios siempre descentraban y así estaba volcada a tope en el trabajo. Era un pensamiento un tanto cabrón y egoísta, pero él no era perfecto.
Y en esas estaba cuando el taxista por fin se detuvo, por eso habló:
—Lo celebro, Vivian. Y ahora voy a cortar que ya he llegado a mi destino. Hablamos. Adiós.
Max pagó la carrera del taxi, se apeó y accedió a través de un elegante pantalán hasta el yate de impresión que había alquilado su amigo.
Una vez allí, preguntó a un marinero que dónde estaba Jeff Bristol y le respondió que le estaba esperando en cubierta.
Max se subió al yate que era el colmo de la sofisticación y del lujo y efectivamente en cubierta le esperaba Jeff con bañador turbo, gafas de sol de pasta negra y un daiquiri en la mano.
—¡Bienvenido al paraíso, Max! —le saludó Jeff alzando su bebida.
Max torció el gesto porque no estaba para bromitas y masculló:
—No me toques los cojones, Jeff, que me tienes contento.
Jeff se acercó a su amigo, le abrazó porque le quería como al hermano mayor que no había tenido y luego se justificó:
—Estábamos en el quinto pino, en el mar, y esos mamones me cazaron con un puñetero dron.
—Te lo advertí una y mil veces, pero tú solo vas a lo tuyo —le regañó en un tono que sonaba perfectamente a la típica bronca de hermano mayor.
Y es que en el fondo casi que lo era…
Max tenía treinta y cuatro años y Jeff veintiséis, se conocían desde con dieciséis le descubrió en las categorías juveniles de un club inglés y desde entonces llevaban trabajando juntos y mucho más.
Porque a esas alturas eran amigos y casi que también familia. No en vano, con quien Jeff pasaba las Navidades y demás fechas señaladas era con Max, entre otras cosas porque no tenía absolutamente a nadie.
Su madre le abandonó en un orfanato cuando era un bebé y desde entonces estuvo en distintas casas de acogida hasta que, gracias a estar tocado por la fortuna para el fútbol, pudo fichar por un club inglés y a partir de ese momento su vida cambió para siempre.
Jeff se puso triste al escuchar aquello, ya que si había una persona en el mundo a la que no quería decepcionar esa era Max Harper:
—Joder, tío, lo siento. Los dos vamos en el mismo barco. Yo jamás haría nada que fuera en tu contra.
Max tragó saliva, pues sabía que las palabras de Jeff eran sinceras. Y es que si algo tenía ese chico era un corazón de oro, y no podía ser más noble, pero le perdían demasiado las fiestas y las mujeres y esta vez la había pifiado a lo grande. Por eso se puso muy serio y aseguró:
—Pues lo has hecho, campeón. Tú sabes lo que nos estamos jugando. Conoces bien cómo es el presidente del club con el que llevas toda la vida soñando. ¿Qué crees que habrá pensado al verte retratado tocándole el culo y las tetas a esas tías?
Jeff bajó la vista al suelo, avergonzado, negó con la cabeza y le recordó:
—Salgo untándoles protección solar. No me las follé en el jacuzzi. En eso fui muy cuidadoso, por si me tomaba alguna foto alguien de a bordo. No soy tan estúpido, aunque lo parezca, Max. Tomé mis precauciones y me encerré con esas cuatro chicas en mi camarote. Ahí sí que pasaron cosas, pero en cubierta solo fue la chorrada del champán y del protector solar porque en Ibiza no veas cómo pega el sol. Por cierto, ¿qué haces así vestido, con traje y corbata? Imagino que habrás traído bañador, ¿quieres cambiarte y nos damos un paseíto? ¡Este yate es un desfase!
Max contrarió el gesto porque ese chico parecía que no estaba entendiendo nada:
—Jeff, no he venido a pasar unos días de vacaciones locas contigo. He venido a decirte que eres un pedazo de irresponsable y de insensato y que tienes que enmendar la pifia ya.
Jeff, sintiéndose una mierda, se apretó el puente de la nariz y replicó cariacontecido:
—Claro, Max. He alquilado el yate por una semana, pero si quieres hoy mismo lo devuelvo y me encierro en casa a entrenar duro con máquinas y tal…
—Entrenando duro en casa no vas a limpiar tu reputación de golfo y sinvergüenza. Necesitamos un golpe de efecto mucho más potente. Y yo tengo el plan perfecto…
Capítulo 3
Max, que estaba asado de calor, se quitó la chaqueta y la corbata, se sentó en una tumbona a la sombra con un vaso bien grande de agua con hielo y limón, y le exigió a su representado que estaba sentado en frente de él:
—Tienes que sentar la cabeza.
Jeff le miró atónito porque si había alguien que pudiera entenderle ese era Max Harper que presumía de que jamás en la vida iba a contraer matrimonio ni a tener nada serio.
—Tú mejor que nadie entenderás que yo…
Max se revolvió en el asiento, ya que él no estaba ahí para entender absolutamente nada, y refunfuñó:
—¿Tú quieres firmar por el club de tus amores? ¿Quieres engordar tu cuenta como jamás te atreviste a soñar? Pues ¡déjate de milongas y escucha! Y ni se te ocurra compararte conmigo porque yo no soy como tú.
—Max, por favor, que nos hemos ido de fiesta muchas veces juntos y sé cómo te las gastas…
Max apretó fuerte las mandíbulas porque ese chico le estaba empezando a tocar demasiado las narices y replicó:
—Me gusta pasarlo bien. No hago daño a nadie. Conozco a mujeres que saben lo que hay. Y disfrutamos. No hay más. Pero tú sí que estás poniendo en peligro una operación muy importante y ya sé que no puedo pedirte que te comportes como un santo, pero sí que finjas que lo eres. ¿Estamos?
Jeff dio un sorbo a su daiquiri y asintió con una pequeña sonrisa porque aquello sonaba mejor, todo lo que fuera fingir estaba genial:
—Fingir es mejor que ser un santo. ¡Dónde va a parar!
Max le apuntó con el dedo índice, le clavó la mirada y le dijo muy serio:
—Pero fingirlo bien. Que todo el mundo crea que eres el mejor esposo del mundo. Un marido devoto y fiel.
Jeff, que casi se cayó de la tumbona al escuchar aquello, preguntó temiéndose lo peor:
—¿Me vas a organizar una boda?

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