ZAC (Huida desesperada 3) de Sabina Rogado

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***SOLO HOY Las Guerreras Maxwell, 7. Atrévete a retarme De Megan Maxwell

Regresa Megan Maxwell con la séptima entrega de la famosa saga «Las guerreras Maxwell».

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Zac dispone de una vida libertina en Londres para acallar la nostalgia por su Wyoming natal, pero todo cambia a raíz de una subasta a la que acude con su mejor amigo.
Amara es secuestrada y enviada a Londres con el propósito de ser vendida al mejor postor. Su vida está marcada por el horror y por un secreto inconfesable.
Un hombre de buen corazón.
Una dama en apuros.
Y una casualidad que cambiará el transcurso de la historia, ¿o no?

»ZAC»

ZAC (HUIDA DESESPERADA 3)

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A ti, por ser como eres…
A ti, por llenar de luz cada uno de mis días…
A ti, porque siempre serás mi pequeño…
A ti, el ser que llegó para iluminar nuestras vidas…
A ti, hijo.
ÍNDICE
PRÓLOGO
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
CAPÍTULO XIII
CAPÍTULO XIV
CAPÍTULO XV
CAPÍTULO XVI
CAPÍTULO XVII
CAPÍTULO XVIII
CAPÍTULO XIX
CAPÍTULO XX
CAPÍTULO XXI
CAPÍTULO XXII
CAPÍTULO XXIII
CAPÍTULO XXIV
CAPÍTULO XXV
CAPÍTULO XXVI
CAPÍTULO XXVII
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
OTROS TÍTULOS
 
Londres 1888
El club de dudosa reputación estaba repleto a esas horas intempestivas y las mesas de juego se erguían coronadas por nobles depravados, los cuales acostumbraban a ejercer el poder que les otorgaba el título heredado sin el menor remordimiento. Sabían lo que querían y buscaban alicientes acordes a su manera de ser y no a los convencionalismos de siempre, de ahí que naciera un tugurio que presumía en lo referente a la escasez de normas y de señoritingos estirados y aburridos.
En el interior de sus discretas paredes resultaba habitual respirar el aire viciado, mientras apostaban cantidades indecentes de libras, propiedades y lo que se terciara. La espesa neblina ocasionada por el tabaco cubría la mayor parte de la estancia y se mezclaba con los diferentes olores y sonidos; el toque dulzón venía a través del perfume de las damas de compañía, el alcohol corría de vaso en vaso como la pólvora y las voces de las personas allí congregadas se escuchaban demasiado elevadas. Sin duda alguna, cualquier caballero de honor, íntegro y de buenas formas, ni siquiera se dejaría caer por el barrio a riesgo de permanecer en boca de lenguas viperinas y malintencionadas durante semanas, convirtiéndose en un cotilleo escabroso y asegurando así los pecados inconfesables de almas corrompidas.
Lo que no se ve no se comenta y, por lo tanto, no existe.
Al fondo, un pianista, una cantante de suntuosas curvas y varias bailarinas con un vestuario indecente amenizaban la frenética noche, al tiempo que varias amantes se acomodaban sobre el regazo de sus respectivas compañías y alardeaban de la buena suerte que estaban dispuestas a brindarles.
El conjunto en general era el consecuente de arrastrar a los envalentonados socios a situaciones nefastas, terminando en más de una ocasión con una cita en Hyde Park; el famoso parque en el que se debatían los duelos entre caballeros al dejarse llevar por la impulsividad y la euforia incuestionable que les otorgaba el whisky, las trampas, y alguna que otra muchacha recién llegada y que levantaba el revuelo entre los más mujeriegos de inmediato.
En una de esas mesas, Zac ojeaba las cartas que sujetaba en su mano derecha y alzó la vista en busca de su compañero de juegos o, mejor dicho, de juergas. Últimamente, las escapadas nocturnas se acortaban entre unas y otras y, lo que era peor, cada vez ansiaba, con una necesidad acuciante, vivir a contracorriente para empaparse de las delicias que la vida podía ofrecerle tras dejar atrás el internado en el que cursó sus estudios, y en el que compartió habitación con su amigo Henry, para terminar, como era el caso, en una multitud ingente de lugares de dudosa reputación. Cada día le perdía el respeto a lo que podría sucederle, no terminaba de encajar en la ciudad londinense y se dejaba llevar.
Atrás quedó el chiquillo de dieciséis años que tuvo que armarse de valor, viéndose obligado a abandonar el rancho de sus padres fallecidos, en el oeste americano, con el único propósito de salvar a su hermana Zoe de las garras de un ser deleznable, el cual, de no huir a tiempo, habría desposado a su hermana a la fuerza y se hubiese quedado con la propiedad que no le correspondía. Por fortuna, los planes de huida jugaron a favor de los desprotegidos hermanos y, ese ser deleznable, terminó con el final que le correspondía al otro lado del océano. Eso sí, debía reconocer que la aventura emprendida les pudo salir demasiado cara, no todo fue un camino de rosas, y de no ser por la providencial aparición de Nick, duque de Hackins, el destino de Zoe, y de él mismo, no se habría semejado ni una pizca con el actual, mas resultó que ese hombre se convirtió en la tabla de salvación para ambos.[1]
De ese episodio habían transcurrido diez años, en la actualidad, Zac tenía veintiséis y contaba con una formación académica excelente; el que su cuñado fuese un noble tan poderoso le bastaba para acceder a un sinfín de oportunidades inalcanzables para cualquier otro individuo, quizá por ello, y a pesar de tener la edad perfecta para sentar la cabeza, ni por asomo pretendía dar por finalizada su etapa de bribón y mujeriego, ampliándola hasta límites demasiado peligrosos.
No, por supuesto que no dejaría ese tipo de vida. ¿Para qué con lo divertido que era?
Zac dejó atrás sus pensamientos, prestó atención al hombre situado frente a él, y una mueca socarrona salió de su boca al interpretar un movimiento sospechoso.
«Vaya, así que el fulano contra el que me juego toda la asignación del mes quiere hacer trampas, ¿eh?».
El aspecto del hombre en cuestión lo delataba por sí solo, y lo corroboró al percatarse de su mano dirigiéndose al corbatín en un intento de aflojarlo. La frente resplandecía perlada por el sudor y la mirada huidiza confería que la situación le vencía por momentos; con cada detalle dejaba entrever la incomodidad y la desesperanza de encontrarse en ese lugar, aunque claro, que lo hubiese pensado antes de quedarse sin ninguna libra y terminar apostándose la propiedad de campo que poseía a las afueras de la ciudad.
Estos nobles se creían impunes y a la vista estaba que nunca aprenderían. Él jamás hubiese sido capaz de apostar el rancho de sus padres, el bien más preciado que tanto su hermana como él poseían en Wyoming, y menos en una mísera partida de cartas.
No, jamás.
Y le dio exactamente igual el estado de desconcierto de su rival. La disposición a zanjar el asunto, en la mayor brevedad posible, era lo único que le importaba en esos instantes, pues de pronto, estar rodeado de gente como aquella consiguió que la repugnancia invadiera el vacío alojado en su interior cada vez que recordaba su pasado.
La nostalgia resurgió, el malestar de Zac se agrandó, y de ahí brotó la disposición a actuar con total impunidad. Una casa de campo le vendría demasiado ventajosa para retirarse durante un tiempo de la ciudad depravada, llena de formalismos y teatralidades por doquier. Quién sabe, puede que aquella oportunidad fuese la excusa perfecta para replantearse qué hacer con su vida, porque claro, lo que se dice claro, no lo tenía en absoluto, comenzando a aceptar que la vida de excesos que llevaba no le aportaba la felicidad que ansiaba, sino todo lo contrario.
Mientras, en la mente del otro sujeto, una lucha esclarecedora se debatía con fervor ante el clamor que le otorgaba una información primordial. Nadie de su condición era ajeno a las habladurías en torno al cuñado del duque de Hackins; los varones de la alta sociedad eran conocedores de la destreza magistral con cualquier tipo de arma, al igual que sabían que, gran parte de esa destreza surgió a consecuencia del tiempo en el que tanto su hermana como él convivieron entre una tribu india, cuando escapaban del destino que trataron de marcarle a la duquesa de Hackins a la fuerza (HUIDA DESESPERADA). Es por ello que debía de templar los nervios, recomponerse y practicar un intento desesperado para que el azar jugase a su favor, al menos por esta vez. Si el muchacho contra el que jugaba descubría las intenciones de hacer trampas, y le retaba a duelo, las posibilidades de salir impune brillarían por su ausencia, en cambio, si seguía adelante, la baza de cartas que poseía entre sus manos con toda la probabilidad le dejaría sin una de sus propiedades. Solo de pensar en la humillación y la vergüenza que pasaría, primero ante la obligación de confesárselo a su esposa, y después siendo el tema de conversación de las malas lenguas, le provocaba espasmos y sudores fríos.
La determinante debilidad por el juego no entendía de límites y acechaba en su interior sin darle tregua alguna, pues la obviedad resultó tan grande que no le quedó otra alternativa que aceptar la delicada situación en la que se encontraba por su poca cabeza. Parecía predestinado a ser empujado hacia el abismo y, antes de caer, debía armarse de valor y coraje.
De bien sabidos era que eligiese la opción que eligiese él perdería.
¿Cómo diablos consintió en llegar hasta estos límites indecentes?
La reflexión llegaba tarde, demasiado tarde, de hecho.
—¿Quiere otra carta? —escuchó a Zac, sintiendo como si el corbatín tuviese vida propia y se empecinara en atenazarle el cuello, impidiéndole respirar con normalidad.
El noble supo que si aceptaba, y por muy buena que fuera, no le serviría para su propósito, y eligió la opción que según él más se adecuaba a las nefastas circunstancias.
¿O no?
Pronto lo descubriría.
—No, mejor quiero otro whisky —desvió la atención, tratando de que su voz no lo delatara.
Sin más, se dejó llevar y, a la desesperada, procedió con la actuación estelar, lo que ocasionó a que alertara por unos segundos a las mesas próximas, al alzar una de las manos para avisar a la muchacha que servía las bebidas, mientras tiraba a propósito el vaso vacío contra el suelo.
—Vaya, qué inoportuno —lamentó, aprovechando de inmediato la situación que él mismo acababa de provocar.
Solo tendría una oportunidad para salir airoso de un aprieto tan grande, y sin lugar a dudas era ahora o nunca, por lo que su siguiente movimiento fue agacharse a recoger los cristales aparentando una normalidad absoluta.
Ni a Zac, ni a su amigo, le pudo pasar por alto el movimiento rápido de una de sus manos, observando cómo sacaba algo de la manga.
La rabia de Zac no tardó en aparecer y no perdió ni un segundo de su tiempo. Tiró los naipes sobre la mesa y siseó en un tono escalofriantemente calmado:
—Lo que acaba de hacer ha sido una temeridad, amigo.
—¿A qué se refiere? —le encaró con una gota de sudor cayéndole por la sien.
—Supongo que sabrá que las cartas están marcadas, ¿me equivoco? Nunca juego sin que sea así.
La palidez invadió la cara del noble y tragó con dificultad.
—¿Qué está insinuando? —dudó delatándose.
—¿De verdad tengo que aclarárselo, o mejor nos disponemos a arreglar el asunto como es debido? Le cedo la oportunidad de elegir día y hora, no quiero molestar a mis padrinos.
—Yo… —titubeó acorralado.
Con normalidad, cuando alguien retaba a duelo a otro en un local de esas características, el revuelo aparecía de inmediato y hacía partícipes a cada una de las mesas, no así en esta ocasión, y todo gracias a la templanza de Zac y al aturdimiento del tramposo.
—Por favor —suplicó de repente perdiendo la decencia—, salvo su amigo nadie se ha dado cuenta de mis verdaderas intenciones, por tanto le suplico que tenga misericordia conmigo.
Lo que faltaba.
—Disculpe, ¿acaso pretende ablandarme? Porque en el caso de ser así pierde el tiempo.
—Por favor, acepte mis excusas y olvidemos este malentendido. He escuchado que es un hombre justo y le prometo que no volverá a verme en lugares así. He aprendido la lección y no puedo dejar viuda a mi esposa. Está enferma y…
—¡Basta! —exclamó levantando una mano—. Se equivoca conmigo, la gente como vos no levanta ninguna simpatía en mí y desprecio su falta de hombría. Además, si tan estima le tiene a su esposa, ¿qué hace aquí y no en su compañía?
El hombre perdió la palidez y un rojo intenso cubrió su rostro mostrando una vergüenza absoluta.
—Estas últimas semanas he perdido bastante dinero y no puedo hacer frente a los medicamentos tan caros que precisa —se excusó avergonzado—, es por ello que continúo buscando una buena racha y así enmendar mis actos indecorosos. Por mi poca cabeza he llegado tan lejos que me avergüenzo de mí mismo y la conciencia no me deja dormir por las noches.
Los ojos de Zac parecían escupir fuego, de la rabia contenida, tras dicha confesión.
Odiaba que gente sin escrúpulos le mintiera en su propio beneficio, aunque claudicó al percatarse de que ese tipo bien podría estar diciendo la verdad. Cada uno de sus gestos lo delataba y parecía avergonzado, aunque, ¿qué diantres le importaba a él?
De seguido, maldijo por lo bajo y miró a su amigo en busca de una respuesta que no debería de admitir siquiera, pero sus correrías, borracheras y mala vida, al parecer no terminaban de bastar para aplacar al hombre frío e insensible que se empeñaba en mostrar ante los ojos de seres egoístas y carentes de sentimiento alguno.
Henry se limitó a asentir con la cabeza, dando credibilidad al testimonio, y a Zac le bastó. Su amigo conocía al dedillo cada chisme referente a las vidas de esos fulanos, pues desde bien pequeño aprendió la valía de saber cada punto débil de los ricachones en general, y así obtener una ventaja que siempre podría aprovechar en su propio beneficio.
Zac expulsó el aire con pesar y habló antes de arrepentirse.
—Largo de aquí, no quiero volver a verle.
—Oh, milord, gracias, gracias —repetía servil, levantándose del asiento sin todavía creerse el acto de buena fe de su contrincante.
—Por su bien espero que venda la propiedad que debería de ser mía y pague sus deudas, de no ser así se tendrá que atener a las consecuencias. No habrá más oportunidades.
—Lo haré, no le quepa la menor duda, buen hombre.
Inclinó la cabeza en una muestra de respeto y, sin tiempo que perder, anduvo hasta la entrada. Allí aguardó a que le llevaran la chistera y el bastón, e, inmediatamente después, se largó del local que ni loco volvería a pisar, y lo hizo con pasos apresurados y sin echar la mirada atrás en ningún momento.
Al salir, el aire chocó contra su rostro acalorado y pudo respirar con la normalidad debida, alzó el mentón y avistó el coche de caballos que le esperaba.
Subió con un alivio creciente y apoyó la espalda contra el respaldo.
La certeza de salir indemne, de una muerte segura, consiguió que recapacitara de una vez por todas. Su lugar estaba al lado de Mary, y no le importaría echar por tierra su honor al vender la casa de campo que le salvaría de las cuantiosas deudas acumuladas en su haber.
Y le dio las gracias al muchacho que le acababa de dar una de las lecciones más importantes de la vida. Gracias a él volvía a tener otra oportunidad y ni por asomo pensaba desaprovecharla.
No, ni hablar.
—No seas aguafiestas, salgamos y gastémonos unas cuantas libras, ¿qué te parece? —le animó un Henry despatarrado sobre el sillón con un vaso lleno de un exquisito licor en la mano.
Zac no acababa de decidirse, la última vez que jugaron a las cartas lo hicieron en un club de mala muerte, perdió una suma bastante considerable de dinero, y lo peor, por poco terminan involucrados en una pelea callejera.
De seguir así, sus andanzas llegarían a oídos de su hermana y le echaría otro sermón de los buenos. En el último le dejó claro que ni su esposo ni ella tolerarían ningún escándalo más, haciéndole partícipe de que no dudaría en posicionarse a favor del padre de sus hijas si consideraba oportuno echarle de patitas en la calle. La paciencia tenía un límite, y el duque de Hackins era un hombre de reputación y de honor, por lo tanto la obligación de velar por su familia apremiaba y, la primera regla de rigor en un mundo como aquel, pasaba por dejar de lado cualquier atisbo de habladurías en relación a un apellido de abolengo incuestionable, lo que quería decir que, en el caso de que Zac continuara perdiendo el tiempo con sus acciones, la posibilidad de quedar desamparado del ducado y de la protección del apellido Hackins existía de verdad.
Lo de seguir perdiéndose en las dudosas diversiones que Londres ofrecía a personas descarriladas, se acabó. Tanto Zoe, como Nick, eran conocedores de la calaña con la que se rodeaba de manera asidua, desde el instante en el que salió del internado, aunque en un principio prefirieron no interferir y darle el beneficio de la duda. Al fin y al cabo, el vertiginoso cambio en el estilo de vida que el muchacho acostumbraba a ejercer, en Wyoming, poco o nada tenía que ver, y la evidencia gritaba que no debió de resultar nada fácil para él desde el momento en el que pisó Inglaterra por vez primera.
Pero de ahí a saltarse todas las reglas…
—¿Me estás escuchando, Zac? —alzó la voz Henry—. Pareces distraído.
—Lo estoy.
—¿Y eso a qué es debido? —se interesó alzando las cejas.
—Ni que no lo supieras —suspiró con lamentación.
Henry aprovechó que había terminado el exquisito licor para servirse otro. Estaba de visita en la mansión del duque y actuaba como era costumbre al estar solos.
El comportamiento se asemejaba al del amo y señor de la casa y Zac no parecía darle ninguna importancia. La amistad entre ellos bien podría asemejarse a la de un par de hermanos y le resultaba de una normalidad absoluta.
—Vamos, Zac. No te habrás creído que te echarán a patadas en cuanto te veas involucrado en otro escándalo, ¿verdad? Ambos te quieren demasiado para hacer algo así y lo sabes.
El joven no contestó, dio pasos hacia la cristalera y allí se quedó, ensimismado mientras observaba el cuidado jardín.
—Zac, ¿estás bien?
Henry dejó el vaso y olvidó lo de echarse otro trago. Le inquietaba la melancolía de su amigo y sabía lo que necesitaba.
—Vamos, amigo —le animó con un golpe suave sobre la espalda—, deja las lamentaciones y salgamos fuera. Tengo en mente algo diferente y es justo lo que precisas en estos momentos.
—¿Algo diferente? —preguntó prestando atención y regresando de donde estuviera—. Que yo sepa hemos recorrido un sinfín de tugurios, locales y clubes. A estas alturas no nos queda nada diferente por vivir, ¿no crees?
—Te equivocas —contestó dando suspense a sus palabras.
Y lo consiguió.
—¿Qué estás tramando?
—Es una sorpresa, anda, anímate y larguémonos.
Los ojos de Zac cobraron vida, debido a la intriga que su amigo le ofrecía, y sonrió de medio lado.
Sin lugar a dudas, Henry acababa de ayudarle a ahuyentar los fantasmas del pasado y decidió seguirle. La racha aventurera resurgió y con ella la ilusión que iba quedando a ratos en el camino, mal que le pesara.
—A saber qué tienes en mente.
Henry se encogió de hombros y a continuación se dirigió a la salida con aires de grandeza.
—Tú prepárate, esta noche será inolvidable.
—¿Me dirás al menos a dónde vamos?
—Por supuesto, tendremos que alquilar un coche de caballos, y mucho me temo que deberemos de abonar una propina extra para que nos lleve hasta allí.
La alerta no tardó en asaltar a Zac.
—¿Una propina extra? ¿Acaso el lugar al que vamos es peligroso?
—¿Y cuál no lo es? —Le quitó importancia—. Vamos a East End.
Es escucharlo, y a Zac le vino a la memoria la noticia narrada en la primera página del periódico de hoy.
—¿Y por qué a la zona este?
—Pues porque es donde se va a celebrar algo que muy pocos tienen la suerte de poder ver con sus propios ojos.
—Henry, dime con exactitud el lugar al que te estás refiriendo —exigió.
No sabía el por qué, pero tenía la premonición de que se trataba del mismo lugar al que se refería el periódico.
¿Estaría equivocado?
—A Whitechapel.
Zac dejó de seguir los pasos de su amigo y se plantó en mitad del vestíbulo. La impresión al escucharle se reflejaba con una claridad pasmosa en su atractivo rostro.
—No hablas en serio, ¿verdad?
Y, como no contestó, insistió:
—¿Henry?
—Me han dado un chivatazo de las subastas que se practican casi en secreto en esa zona de la ciudad. Ha sido una casualidad, y mira por dónde sé el lugar exacto en el que se celebrará esta misma noche. Por lo que he oído hay barcos que traen desde otros continentes especies de animales que jamás se han visto aquí y también se comercia con cualquier tipo de enser raro. Incluso se atreven a comercializar de vez en cuando con personas de diferente raza, ¿te lo puedes creer? Todo de manera clandestina e ilegal, claro, y es por ese motivo que casi nadie sabe de estos asuntos, es más, siempre supuse que se trataba de una simple leyenda.
—Henry, no estoy seguro de querer ir —dudó con vacilación.
—Por supuesto que quieres, Zac. No me dirás que los sucesos ocurridos en esa zona te asustan, ¿no?
—Claro que no, pero…
—Vamos, Zac, sé por el periódico lo mismo que tú. En Whitechapel han aparecido al menos cinco cadáveres de prostitutas que algún loco ha mutilado de idéntica manera, sé que el posible causante se dice llamar Jack el Destripador y que ha enviado a la policía y a la prensa alguna carta con burlas varias y firmadas con ese apodo, sé que sus calles son peligrosas y todo lo que quieras, pero, precisamente por ello, eligen esos lugares mugrientos y llenos de pobreza. ¿Te imaginas que dichos negocios tan turbios tuvieran lugar en algún barrio rico de la ciudad? Sería una indecencia y un escándalo.
—Lo sé, pero… —continuó dudando.
Nunca, ninguno de los dos, se permitió ser tan poco cuidadoso como para no tomar cierta distancia en cuanto se refería a los barrios más peligrosos de Londres. Cualquier hombre bien posicionado sabía de la importancia de cubrirse las espaldas, empezando por evitar ciertos lugares, y siempre que habían salido juntos lo hacían con unas mínimas garantías. Ahora, en cambio, Henry parecía dispuesto a dinamitar cualquier tipo de seguridad y, aunque entendía su aspecto aventurero, puesto que eran iguales, lo que le pedía esta vez sobrepasaba el límite de la coherencia y de la sensatez.
—Pero nada —zanjó Henry con rapidez y templanza—, no tendremos más oportunidades y no estoy dispuesto a perdérmelo, si no quieres acompañarme lo entenderé.
El convencimiento de Henry era palpable y le ayudó a decidirse. Total, si tenía algo claro era que no iba a consentir que su amigo se dirigiera a ese barrio tan inhóspito solo, así que cogió su capa, siguió sus pasos y salió al exterior.
Lo hizo con una expresión interesada y jovial, ante las nuevas correrías que le ofrecía en bandeja su querido amigo, y se olvidó de que, con toda seguridad, pudiera estar metiéndose en la boca del lobo.
Tal y como predijo Henry, únicamente, con una propina elevada, un reacio y necesitado cochero aceptó a llevarles cuando la noche empezaba a caer sobre la ciudad de Londres, al tiempo que en el interior del carruaje el nerviosismo se convertía en el protagonista absoluto por la disparidad de emociones que embargaba a unos jóvenes ávidos de experiencias nunca antes vividas.
***
Al llegar fueron recibidos por una multitud de calles mugrientas, la luz artificial brillaba por su ausencia y se limitaba a unas pocas lámparas de gas que no lograban iluminar la oscuridad reinante, además, y por si fuese poco, el olor nauseabundo empezó a introducirse en el carruaje a pesar de encontrarse la portezuela cerrada.
Ninguno se pronunció al respecto, decidiendo que podrían soportarlo a fin de descubrir lo que supusieron siempre como una leyenda y no como una realidad al alcance de sus manos.
¿Qué importaba la oscuridad y el olor?
De pronto, el coche de caballos paró y los dos bajaron con sendos pañuelos en la nariz, intentando hacer algo más llevadero el olor, pues era insoportable.
—¡Maldición! —se quejó Henry al pisar algo blando.
Se temía lo que era, no había que ser muy listo para saber que las aguas negras de las residencias iban a parar a la calle, de ahí ese fétido olor que se extendía a lo largo y ancho de la calle en la que se encontraban.
Con razón era uno de los barrios más pobres, y casi que sintieron alivio ante la oscuridad creciente.
La mayoría de residentes en la zona eran extranjeros, estos trabajaban por horas en los muelles y el poco dinero que ganaban lo gastaban en los bares y burdeles, aunque lo que predominaba era la gente sin hogar ni empleo.
La poca visibilidad no impidió que se fijasen en la imagen de hombres tirados en el suelo, seguramente borrachos, y a Zac le espeluznó.
—¿Dónde está ese sitio? —La alarma en su voz denotó su estado de nerviosismo.
El espíritu aventurero del que se vanagloriaba había desaparecido, brillando por su ausencia, para dar paso al sentido común. O se ponían a salvo o podría sucederles cualquier cosa, y él solo quería evitar un escándalo que obraría en su contra.
Henry no lo sabía con exactitud, la escasa luz dificultaba el simple hecho de reconocer la fachada que buscaba.
—No logro saberlo —confesó alarmado.
En ese mismo instante, Zac escuchó un ruido a su espalda y un escalofrío surgió en todo su esplendor, haciéndole retroceder un par de pasos en cuanto se percató de que una prostituta maloliente, que ni siquiera sabía cómo había llegado hasta ahí, se empeñaba en invadir su espacio personal para pegarse a su cuerpo.
—¿Buscas compañía, hombretón? —Los signos de embriaguez y la escasez de aseo resultaban evidentes.
Tuvo que esforzarse para contener una arcada a la vez que la apartaba con la mano sin delicadeza alguna.
—No, gracias.
—¿No? Anda, pasemos un rato divertido —susurró mediante una insinuación que resultó patética—. Por tres peniques estoy a tu entera disposición.
—No insistas.
—Está bien, me conformaré con una lonja de pan viejo —suplicó a modo desesperado.
El joven sacó unas monedas y se las entregó a condición de que le dejara tranquilo, a lo que la prostituta obedeció sin rechistar y sin creerse la buena suerte que el buen samaritano le acababa de ofrecer.
Pero claro, los problemas no acabaron ahí, pues de pronto el peor escenario se magnificó debido a un ruido conocido que alertó a Zac, en cuanto se produjo, y que le provocó que los pelos se le erizasen.
Un nuevo escalofrío lo sacudió ante la vulnerabilidad en la que se encontraban.
—Henry, ¿sabes el lío en el que estamos metidos? —explotó con estupefacción al percatarse de que el carruaje en el que llegaron no cumplía con lo acordado y salía escopetado de allí—. ¡Maldición! ¿Cómo vamos a regresar ahora?
El aludido no contestó, o encontraban el local o mucho se temía que esta vez les costaría salir airosos de aquel barrio de mala muerte.
El problema era tan real, que pronto el asco se tornó en un pánico atroz e inquietante al corroborar lo que en verdad sucedía, y es que, a pesar de la mala iluminación, descubrieron a un grupo de mendigos y de prostitutas avanzando hacia ellos con la determinación de sacar unas monedas de la manera que fuese. Aquella gente carecía de integridad, escrúpulos o conciencia alguna, pues la pobreza hacía mella en cada uno de ellos y se evidenciaba a través de la desnutrición que saltaba a la vista en las distancias cortas.
La escena se asemejaba a una pesadilla de terror y una única pregunta asaltó a los amigos en una situación tan comprometida.
¿Cómo demonios iban a solucionar un entuerto de semejante envergadura?
El peligro les acechaba como nunca antes y ni siquiera contaban con un arma con el que pudieran defenderse, así de ilusos llegaron a ser.
¿Y ahora qué?
La imagen de Zoe, y Nick, aparecieron de pronto en la cabeza de Zac y la culpa le engulló.
—Vaya, vaya, mirad lo que tenemos aquí —se escuchó la voz de un hombre desconocido.
De pronto, un grupo de cuatro vecinos harapientos dejó atrás la esquina y se internó en la calle principal. Todos ellos portaban un candil en la mano y un garrote de considerable envergadura en la otra, consiguiendo acaparar las miradas de los dos jóvenes que retrocedían temerosos, mientras los mendigos y prostitutas les acorralaban sin remordimientos de ningún tipo contra la pared.
—¿Has visto eso? —susurró Zac con un hilo de esperanza.
—Sí —contestó un Henry impactado al ver cómo la presión ejercida sobre ellos empezó a disolverse.
La intención era clara, dejar paso al grupo que se acercaba.
Zac y Henry estaban desamparados en mitad de la nada, quizá, por ello, el primero quiso interpretar que con un poco de suerte aquella gente intercedería a favor de la situación tan comprometida en la que se encontraban. La disponibilidad a entregarles todos los objetos de valor que se hallaban en su haber bien podría convertirse en la única salvación para un par de ingenuos como ellos, pues la obviedad de que el chivatazo que le dieron a Henry era una burda mentira clamaba al cielo.
De ser cierto habrían visto varios carruajes en las inmediaciones y desde luego no era el caso.
¿Puede que se tratara de una trampa tendida a mala fe?
—Vuestra presencia en este humilde barrio nos confunde y abruma al mismo tiempo —se burló el que iba en cabeza, alzando el candil en busca de las facciones de esos dos con mayor claridad—, las vestimentas que llevan delatan el estatus al que pertenecen y dista mucho del lugar en el que están, ¿me equivoco? Porque a mi entender parecen perdidos entre unas calles a las que no debéis de estar muy acostumbrados.
—Ha sido un malentendido —se adelantó Henry tomando la palabra—, alguien nos ha hablado de este lugar y el cochero que nos ha traído no ha cumplido con lo acordado. Ha decidido abandonarnos a nuestra suerte.
—Interesante —intervino otro diferente, mostrando una encía sin dientes y analizándoles al detalle—. ¿Y a qué es debida tan grata visita? —se mofó, alardeando de la superioridad con la que contaban, para terminar acusándoles—, ¿acaso os aburríais tomando el té y por ese motivo venís a perpetuar otro asesinato como empieza a ser costumbre?
—¿Qué? —se enojó Zac entornando una ceja—, somos hombres respetables y nos confunden con la persona que aparece en los periódicos. Nunca seríamos capaces de cometer tal atrocidad.
El grupo en general se jactó de las palabras escuchadas y se adelantaron un paso con gesto amenazante.
—Así que respetables, ¿eh? —siseó el cabecilla—. No es la primera vez que gente de su calaña viene hasta aquí para satisfacer sus instintos más bajos, carecen de escrúpulos y toman lo que desean a la fuerza. Se creen con el derecho suficiente que les otorga su riqueza y les convierte en auténticos mezquinos, ahora bien, con su presencia aquí nos alientan a tomar medidas. La desesperanza ha caído sobre nosotros y no consentiremos que ninguna más de nuestras mujeres termine como las anteriores. La policía no nos brinda ninguna ayuda y estamos dispuestos a aniquilar a cualquiera que tenga el atrevimiento de pisar estas calles, ¿queda claro?
Se quedaron helados. La desastrosa noche iba complicándose con una alarma creciente y la integridad de los dos corría un grave peligro. Los hombres que les rodeaban no tenían nada que perder y ese era el verdadero problema.
—¡Un momento! —pronunció Henry a modo desesperado.
O pensaba en algo con rapidez o acabarían a garrotazo limpio contra sus cabezas y, como no tenían otra opción, soltó de pronto:
—El hombre que me acompaña es familia de uno de los nobles más importantes de la ciudad, le tiene en gran estima y no dudará en pagar un elevado rescate.
—Pero, ¿qué haces? —preguntó un Zac aturdido y perplejo.
—Calla, tú déjamelo a mí. Sé lo que hago —susurró para que solo él le escuchase.
Zac volvió la atención a los asaltantes y se dio cuenta de un cambio significativo.
Estaban dispuestos a escuchar a su amigo y ya era algo, lo que significaba que no todo estaba perdido.
Lo corroboró al escuchar la siguiente intervención:
—¿Y dice que es un hombre importante?
A lo que Henry aclaró:
—No, lo que digo es que es familia de un hombre muy poderoso.
La atención de los presentes se encaminó hacia una única persona.
Zac.
—Vamos, le concedemos una oportunidad para hablar, y si sois listo sabrá aprovecharla —le increpó amenazándole con el arma rústica sobre su cabeza, dispuesto a dejarlo caer sin remordimiento alguno.
La amenaza era real, acuciante y sórdida, solo que a Zac le bastó un segundo para darse cuenta de que no estaba dispuesto a involucrar a su familia en un escándalo de semejante magnitud. Sabía que había llegado demasiado lejos y que si estaba en esa tesitura tan comprometida era por su mala cabeza, así que decidió, bajo su cuenta y riesgo, optar por lo que era mejor para su cuñado y hermana; que era permanecer en silencio. Por una vez actuaría como un hombre de compromiso y dejaría a su familia al margen, al fin y al cabo sus correrías habían llegado demasiado lejos, tendría que aceptar las consecuencias y ni siquiera el que Henry pudiera acabar mal parado era suficiente para hacerle entrar en razón.
No y no.
Y se mantuvo firme con dos actitudes que bien podrían ir de la mano, la primera pasó por mantener la boca cerrada y, la segunda, la ejerció con una pose segura mientras sus ojos confirmaban la decisión que acababa de tomar.
El nerviosismo, acompañado de la ansiedad, se expandió entre los presentes y fue Henry el que se creyó con la obligación de intervenir, por lo que procedió a aclarar un asunto que era de vital importancia para sus vidas.
¿Qué importaba que no fuese él el que debía hacerlo? Conocía tan bien a su amigo que no hacía falta que le confirmase sus intenciones, y estas nunca pasarían por comprometer directamente a Nick.
Un detalle que a Henry le dio igual, dado el apuro que podía marcar sus vidas.
—¿Zac? —se dirigió a él dándole la oportunidad de explicarse.
No le sirvió de nada.
—No lo hagas, te lo suplico.
Henry soltó el aire, lo miró durante unos segundos y, a continuación, se volvió con la determinación de que no le quedaba otra opción.
—La duquesa de Hackins es la hermana de este hombre al que retenéis, ¿habéis escuchado alguna vez hablar de ella?
Y, al igual que le sucediera a la prostituta a la que Zac le dio varias monedas, los integrantes del grupo encargado de la vigilancia de las calles, desde que un tal Jack el Destripador se dedicara a asaltar a mujeres indefensas, se frotaron las manos al unísono ante la fortuna con la que divisaban el horizonte.
—Vaya, vaya, pues sí que somos afortunados, entonces.
No había nada más que conversar. El tipo que habló se acercó peligrosamente a Zac, alzó el brazo derecho, y lo dejó caer con fuerza.
El golpe lo dejó inconsciente al momento.
***
Zac despertó desorientado, solo, con un dolor de cabeza insoportable y sin tener una mínima idea del lugar en el que se encontraba.
Con dificultad se puso en pie, intentó apartar el insistente zumbido que no le permitía pensar con la claridad oportuna y se dedicó a analizar cualquier detalle que le sirviese para orientarse en mayor o menor medida. Era de vital importancia, y en parte lo consiguió gracias a un candil situado en el suelo.
Echó un vistazo general y se percató de que estaba en un espacio pequeño, carente de ventanas, pero no de una humedad que rezumaba por todo el largo y ancho de las cuatro paredes; además, y por si fuera poco, el olor que penetraba en sus fosas nasales era demasiado desagradable, lo que le hizo pensar que no estaba acostumbrado a ese tipo de ambientes empobrecidos y mohosos.
Por lo demás nada, ni siquiera algo de mobiliario. A simple vista, bien podría asemejarse a una celda cualquiera, aunque en esta no se habían molestado ni en poner un mísero catre para al menos poder descansar, ¿o estaba confundido?
La gravedad al descubrirse desamparado le obligó a recordar el por qué estaba en un sitio tan precario, solo así encontraría las respuestas que buscaba, pero…
Nada, por más que lo intentó no pudo.
Incrédulo por la situación a la que se enfrentaba determinó cerrar los ojos, dejó que su mente vagase en la dirección que desease y se relajó. Buscaba el encuentro que lo conectase a la persona que en realidad debía de ser y…
Nada, más de lo mismo.
El pobre hombre se quedó helado, una alarma interior saltó por los aires y soltó un exabrupto.
—¡Maldición!
Y es que ni siquiera recordaba su nombre. ¿Cómo era posible?
Instintivamente, por inercia, se palpó el chichón que sobresalía de su cuero cabelludo y ahí intuyó una realidad evidente.
¿Estaría acertado?
La posibilidad de que todos y cada uno de sus problemas, pudiesen surgir a raíz de la agresión orquestada por alguien, resultaba más que evidente. Y ahora, en una situación que ni siquiera estaba al alcance de sus manos, se veía en la tesitura de esperar a que su mente recuperase la memoria en el menor espacio de tiempo posible. Solo así determinaría, a ciencia cierta, su manera de actuar y, ante todo, cuál sería la mejor opción a seguir.
La sensación de que corría un grave peligro lo acechaba, de forma inquebrantable, y odiaba sentirse en inferioridad de condiciones con respecto a…
¿A quién o quiénes?
—¡Diablos! —exclamó con gesto desesperanzado e impotente.
Un frío que al principio no advirtió le hizo temblar, palpó sus extremidades y se percató de que estaba en ropa interior. Ese detalle lo confundió del todo, y lo hizo hasta un extremo difícil de catalogar.
¿Por qué le habían dejado medio desnudo?
Divagó y divagó, sin servirle de nada, y procedió a sentarse sobre el suelo. El estómago lo tenía revuelto y estar de pie no le beneficiaba.
Al final terminó haciéndose un ovillo sobre sí mismo y, solo cuando se quedó dormido, logró encontrar algo de paz.
Zac perdió la noción del tiempo al poco de estar entre esas cuatro paredes. Permanecer sin ninguna luz natural dificultaba hasta lo indecible saber si era de día o de noche, ni siquiera era conocedor de las horas que podría llevar allí y la desesperación comenzó a lapidar su estado de ánimo.
Continuaba sin acordarse de nada en cuanto a su persona y, para colmo de males, el estómago le rugía de manera estrepitosa.
¿Acaso el que lo retenía lo iba a matar de hambre?
Pues no, no debería de contemplar esa posibilidad, y lo supo ante el ruido de unos pasos que le alertaron.
Alguien se acercaba y no sabía si debía alegrarse o no. ¿Con qué intenciones lo haría?
Esperó con el corazón bombeando demasiado rápido y trazó un plan. Las posibilidades eran escasas, pero ¿quién dijo que sería fácil? El convencimiento de que si lograba escapar y divisaba el exterior, le ayudaría a recuperar la memoria, era la única opción con la que podría contar y la disposición a llevarla a cabo no tenía dilación.
Con rapidez se acercó a la puerta, posicionándose en el lugar indicado y esperó.
No tuvo que hacerlo durante mucho tiempo, al otro lado alguien metió la llave en la cerradura y abrió lo justo para dejar un cuenco humeante sobre el suelo, cometiendo la imprudencia de creer que seguía inconsciente.
Ahora o nunca.
Zac golpeó la puerta con fuerza, sorprendió al individuo y se cambiaron las tornas. El que terminó en el interior fue él y Zac emprendió una carrera tras quitarle la llave y dejarle en la misma situación en la que él estaba hace escasos segundos. Encerrado.
Salió fuera y casi que agradeció que estuviese anocheciendo, la poca luz del atardecer molestaba a sus ojos. Una vez que pudo acostumbrarse, fijó la vista en lo que lo rodeaba y la preocupación aumentó. Lo que parecía un barrio de mala muerte se avistaba frente a sí y no le ayudó a saber quién era en realidad.
¿Sería ese su hogar?
No era el momento de conjeturas ni por supuesto de llamar la atención, y dejarse ver medio desnudo obraría el efecto contrario al deseado. Algo que no le interesaba si quería salir bien parado.
Divisó ropa tendida en una de las casas aledañas y cogió lo que necesitaba, se lo puso a toda prisa y se caló una gorra todo lo que pudo. Buscaba pasar desapercibido de miradas indiscretas, y solo después comenzó a caminar sin rumbo fijo.
¿Cómo iba a hacerlo si no sabía qué dirección era la adecuada? En menuda odisea estaba inmerso.
Terminó en los muelles, muerto de hambre y con la sensación de que él no pertenecía a esa zona en concreto.
¿Tendría razón?
Y, como las tripas no paraban de rugir, decidió ofrecerse a la llamada de un hombre para descargar uno de los últimos barcos que acaban de llegar a puerto. A cambio le pagarían unos peniques y podría saciar el apetito que lo consumía.
Puede que con el estómago lleno su precaria memoria colaborara, ¿no?
Con lo que no contaba era con el arduo trabajo que terminó dejándole sin fuerzas. Definitivamente no pertenecía a ese mundo, y lo corroboró a través de un cuerpo exhausto y unas manos que dolían demasiado.
Sí, en efecto no estaba acostumbrado al trabajo duro y cabía la posibilidad de que él viviese en una zona acomodada, aunque la pregunta era, ¿dónde?
No se dio por vencido, continuó descargando al límite de sus fuerzas y recibió los peniques como compensación.
Le llegó para pagar un guiso de verduras y un poco de vino aguado que le supo a gloria. Al menos pudo llenar la barriga, aunque seguía sin tener el conocimiento que buscaba con ahínco.
La falta de techo le obligó a buscarse un sitio para poder pasar la noche, lo hizo sobre el duro suelo y no fue el único. Muchos otros, en la misma situación precaria, le acompañaron mientras compartían una botella de ron.
***
Puerto de Londres, al día siguiente
Un sobresalto despertó a Zac y la angustia se tornó insoportable. Parecía más perdido que el día anterior, y que le despertaran con una patada en el estómago no ayudó mucho, la verdad.
—Vamos, arriba gandul. Hay barcos esperando para descargar.
Como pudo se incorporó. Le dolía en extremo cada parte de su cuerpo y no sabía si soportaría el trabajo infrahumano que le ofrecían, solo que el hambre volvía a apretar y no tenía nada que echarse a la boca, ni tan siquiera un poco de pan duro.
Divisó en la cercanía un pilón de agua turbia y arrastró los pies hasta allí con la intención de que lo ayudara a despejarse. Introdujo la cabeza y el agua helada lo condujo hacia una imagen que surgió de pronto, recordando que durante la noche esa misma imagen se dejó vislumbrar entre sueños.
Se aferró con frenesí a ella para que no se desvaneciera y le abandonara, era de vital importancia.
¿De quién se trataría?
El rostro de una mujer pelirroja se intensificó, despertándole una ternura infinita, y tuvo la certeza de que se trataba de alguien muy importante y afín a su vida. Desde luego un gran avance tras las penurias pasadas.
Igual que vino se fue, dejándolo desamparado y con una tristeza que embargó su melancolía hasta darse por vencido. No podía recordar más, por consiguiente procedió a ganarse el pan y comenzó a cargar sobre sus hombros maltrechos el peso de los fardos que le iban dando.
Si quería seguir subsistiendo tendría que comer, algo a lo que estaba dispuesto con tal de volver a abrazar a la mujer pelirroja que apareció en sus sueños y, aunque todavía no era conocedor del parentesco que les unía, no le importó. El vínculo entre ellos era fortísimo, así lo indicaba su corazón, aunque el ansia por recobrar su vida anterior no le sirvió de mucho, todo había que decirlo.
Al parecer su mente no estaba dispuesta a colaborar, por el momento, y el enojo consigo mismo se multiplicó.
***
La bodega del barco estaba repleta de mercancías y, después de varias semanas atravesando el océano, por fin atracó a orillas del Támesis. El trayecto, en esta ocasión, se desarrolló con relativa calma y la carga llegaba al destino indicado según lo planeado. Nada de tormentas bruscas, nada de piratas o corsarios, y por lo tanto nada de abordajes no deseados.
A esas horas, el puerto rebosaba del característico ajetreo de todos los días y el febril movimiento era incesante. Hombres jóvenes, sudorosos y acostumbrados al trabajo duro, portaban sobre sus hombros un sinfín de bultos llegados desde cualquier otro continente. La imagen se repetía allá donde mirases, mientras decenas de peones se acercaban a la embarcación que requería sus servicios para proceder a la descarga.
En esa parte de la ciudad el trabajo físico imperaba y no todos estaban capacitados para el arduo esfuerzo, apenas pagado por unas míseras monedas. Eran las consecuencias de pertenecer a la clase pobre, el escalafón más bajo, viéndose obligados a buscarse la vida en una ciudad inmunda, repleta de peligros y en la que la decencia no existía. Allí las leyes brillaban por su ausencia, y allí mismo es donde un Zac desfallecido por el esfuerzo hacía lo imposible por integrarse al resto, y sin que estuviese preparado para lo que sucedería a continuación.
Echó otro saco sobre su espalda y, antes de girarse, la imagen del capitán bajando a empujones a una muchacha le llamó la atención.
—¿Qué demonios haces? No te detengas —le increpó a Zac el que iba detrás.
—¿Ves eso?
El aludido se fijó en lo que señalaba y bufó.
—Mira, no sé el tiempo que llevas aquí, pero te daré un consejo. Trabaja sin hacer preguntas y podrás llevarte algo de comer a la boca, de no hacerlo no durarás ni una semana.
—Pero…
—¿Acaso no has escuchado ni una sola de mis palabras? En este sitio nada importa salvo uno mismo.
Lo empujó para que se apartara y continuó a lo suyo.
Zac se quedó perplejo al observar a los demás, ninguno prestaba atención a lo que sucedía a escasos metros de donde se encontraban los primeros porteadores, continuando a lo suyo, y sin que al parecer les importara que el capitán del barco actuara con la impunidad necesaria para seguir maltratando a una muchacha asustada, temerosa y angustiada.
Los sollozos varios y palabras ininteligibles se escuchaban con una voz estremecedora.
—Vamos —gruñó el capitán empujándola de malos modos—, Sophie tendrá que adecentarte para sacar el máximo partido. Bienvenida a suelo londinense, madame.
Una sonrisa ladina cubrió el rostro del infame y no tuvo ninguna consideración hacia ella, llevándola casi a rastras, y haciendo cávalas de lo que ganaría gracias a la casualidad de encontrarla en el momento más oportuno en cuanto a él se refería.
Todavía se frotaba las manos debido al golpe de suerte.
Mientras, la asustada muchacha se limitó a apartar las lágrimas que caían por su rostro y a seguir sus pasos. ¿Qué otra alternativa le quedaba?
Al pasar junto a Zac, sus miradas se encontraron y…
¡Zas! Por arte de magia el rostro de su hermana apareció en su mente, dejándolo confundido y aturdido.
Y fue cuestión de segundos lo que tardó en que todo le viniese a la memoria.
¡Por fin!
Retó con la mirada al ser repugnante que se alejaba y la contención que tuvo que ejercer sobre sí mismo fue estrepitosa; por fortuna, el sentido común obró en su beneficio, optando por ser inteligente y así no intervenir.
En las condiciones en las que se encontraba hubiese afectado en su contra, lo que quería decir que, con toda probabilidad, su cuerpo habría desaparecido bajo las aguas del río Támesis por los restos de los restos.

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