No tenemos un papá cualquiera

No tenemos un papá cualquiera

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***SOLO HOY ¿Un último baile, milady? de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

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Capítulo 1 Trillizos
«Hace calor. ¿Por qué siento que me estoy quemando?».
Adriana Ventura se sentía como si llevara mucho tiempo caminando sin rumbo por el desierto. Lo único que quería era saciar su sed.
Los labios helados de un hombre cubrieron los suyos mientras la devoraban, dándole un respiro temporal al calor. Alargó la mano y le echó los brazos al cuello, chupando sus labios con avidez.
Pronto resonaron en la habitación fuertes gemidos y suspiros acelerados. Sus sombras en la pared de enfrente se superponían con una pasión ardiente.
Como la luz era tenue, Adriana no podía ver con claridad el rostro del hombre. Lo único que se le ocurrió fue lo bestial que era en la cama. La tomó de manera salvaje hasta el amanecer.
Cuando el amanecer llegó, él se fue.
Adriana abrió los ojos aturdida. Vio una imagen borrosa de la espalda de un hombre y el feroz tatuaje de una cabeza de lobo en la parte baja de su espalda.
Era un tatuaje de un lobo aullando con la mandíbula muy abierta, como si fuera a devorar a su presa en cualquier momento.
Ella sintió que su corazón se aceleraba de miedo al ver ese tatuaje.

Adriana tuvo un sueño. En él, se había convertido en una enredadera que se enredaba en un árbol colosal, sin poder liberarse.
Cuando recuperó la conciencia, su cuerpo le dolía de manera terrible.
Adriana se sentó en la cama con una mano en la cabeza, tratando de calmar su dolor de cabeza. Vio el desorden en la cama y una camisa de hombre rota en el suelo. Congelada por el shock, se devanó los sesos tratando de recordar los acontecimientos de la noche anterior.
En su fiesta de compromiso, su prometido la había traicionado. Estaba a punto de derrumbarse cuando su prima, Selene Arriaga, la llevó a Encanto Nocturno para que bebiera sus penas.
Por completo agotada, anunció que quería vengarse de su prometido. Selene le consiguió de inmediato un acompañante.
Al recordar los acontecimientos de la noche anterior, Adriana se agarró el pecho conmocionada.
«¡Oh, Dios! ¡Perdí mi virginidad con un extraño!».
Se agarró el cabello con frustración.
Después de un largo rato, al final salió de su trance y se puso la ropa a toda prisa. Cuando salió corriendo del hotel, un grupo de periodistas se agolpó a su alrededor.
Acompañados por los cegadores flashes de las cámaras, los reporteros le hacían duras preguntas.
—Señorita Ventura, ¿es cierto que pasó la noche con un acompañante masculino de Encanto Nocturno porque los Ferrera cancelaron el compromiso?
—Señorita Ventura, ¿es usted consciente de que el acompañante masculino es un travesti?
—Señorita Ventura, ¿sabe que su padre se fue a la quiebra?
—Señorita Ventura, acabamos de recibir la noticia de que su padre se suicidó. Se tiró del edificio de su empresa.
La mente de Adriana se quedó en blanco como si le hubiera caído un rayo. Enseguida salió corriendo, pero un auto la dejó inconsciente.
A la mañana siguiente, los titulares ardían con la noticia de Adriana y su padre.
«El hombre más rico de Ciudad H, Ricardo Ventura, se queda en quiebra y se suicida. Héctor Ferrera deja a la hija de Ricardo Ventura. Adriana Ventura pasa la noche en un club con un acompañante travesti».
Ambas noticias de última hora llegaron de inmediato a los titulares.
Adriana, que antes era una heredera rica, se convirtió de la noche a la mañana en una despreciable e inmoral z*rra. Había perdido todo, desde su familia hasta su reputación.

Diez meses más tarde, se oían los fuertes llantos de bebés en una clínica del campo.
La Señora Fresno sostenía un bebé en sus brazos mientras se acercaba a Adriana eufórica.
—Señorita, muchas felicidades. Dio a luz trillizos. Dos niños y una niña.

Cuatro años después, en la estación de tren de Ciudad H.
Adriana llegó a la ciudad con sus hijos y la Señora Fresno.
La regordeta Señora Fresno llevaba dos grandes maletas, agitándose al caminar.
Adriana llevaba una mochila de mezclilla colgada del hombro mientras salía a toda prisa de la concurrida estación de tren con sus tres hijos.
Para los demás, parecían una familia pobre del campo que venía a la ciudad a depender de sus parientes.
—¡Fuera de mi camino, campesina!
Una mujer con un abrigo de pieles empujó a la Señora Fresno con dureza y la insultó.
Adriana estaba a punto de reprender a esa mujer cuando una flota de autos de lujo se detuvo a su lado.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, decenas de guardaespaldas bajaron de sus vehículos y formaron dos ordenadas filas.
Haciendo una profunda reverencia, gritaron al unísono:
—¡Bienvenida, Señora Ferrera!

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